Superman contra el Ku Klux Klan (I)

En 1946 un valiente norteamericano que se había infiltrado en la peligrosa organización racista, quiso sacar a la luz sus oscuros rituales. Ante la indiferencia de las autoridades, tuvo que utilizar la fama del superhéroe de DC Cómics para lograr su objetivo.

Óscar Herradón ©

DC ©

Superman siempre está de actualidad. Ayer mismo DC Cómics anunciaba, coincidiendo con el «Día Internacional de Salir del Armario» en EEUU, que el nuevo hombre de acero es bisexual y luchará para frenar el cambio climático. Jonathan Kent –hijo de Clark Kent y Lois Lane– iniciará una relación con un amigo reportero en el nuevo número que se lanzará el 9 de noviembre dentro de la serie Superman: Son of Kal-El.

También se baraja que Henry Cavill vuelva a ponerse las mayas del hombre de acero, a pesar de su apretada agenda, que incluye el rodaje de la segunda temporada de la catódica The Witcher y otros proyectos como repetir en el papel de Sherlock Holmes en Enola Holmes 2 (protagonizada por Millie Bobby Brown, la carismática «Eleven» de Stranger Things) mientras rueda Argylle, de Matthew Vaugn.

Y se habla además en los medios del impacto que tendrá la nueva serie en torno al personaje en HBO Max que, siguiendo las últimas noticias será, según sus creadores, «muy pasada» y buscará la calificación R (que alude a «Restricted», en películas no aptas para menores de 17 años).  El show televisivo no seguirá a Clark Kent, sino a Val-Zod, el Superman afroamericano, interpretado por Michael B. Jordan.

Aprovechando el eterno tirón del superhéroe, recordamos en este post una singular historia del hombre de acero y una de las más deleznables sociedades secretas contemporáneas, el Ku Klux Klan. La misma tuvo al hombre de acero como indirecto protagonista de la misma –o para ser más correctos, vehículo para darla a conocer– y penetra de lleno en ese mundo «discreto» que tanto nos fascina en el interior del Pandemónium preñado de conspiraciones, códigos secretos y organizaciones clandestinas: la historia de cómo un norteamericano se infiltró entre los miembros de una de las sociedades más temibles de la historia moderna: el Ku Klux Klan.

Activismo por los derechos humanos en la América profunda

Su nombre es William Stetson Kennedy y su proeza todavía hoy es toda una declaración de intenciones. Fue el primer estadounidense que se infiltró en el Klan, arriesgando su vida para sacar a la luz pública los ritos de lo que él consideraba una ignominiosa organización –y lo era– en un tiempo en el que, sin embargo, muchos de sus compatriotas miraban a la misma de otra manera, incluso con cierta simpatía.

Miembros del Klan, algunos de corta edad (Source: Wikipedia).

Stetson Kennedy nació el 5 de octubre de 1916 en Jacksonville, Florida, y ya en su adolescencia sintió una gran afición hacia el folclore en sus distintas formas. Estudió en la Universidad de Florida y tras licenciarse se puso a trabajar para una editorial donde se puso a cargo de la sección de historia, tradición y estudios étnicos, que le cautivaron definitivamente, empezando a viajar para escribir en primera persona sobre las culturas con las que se encontraba. Pronto, comenzó también a destacar como activista y defensor de los derechos humanos en una sociedad marcada por la segregación racial, las injusticias sociales y la fiebre anticomunista.

Stetsonkennedy.com

Pionero de la investigación sobre las tradiciones de los pueblos durante la primera mitad del siglo pasado, su nombre pasaría a engrosar la lista de valientes del siglo cuando decidió hacer frente a una de las organizaciones más temibles de su tiempo. Stetson se convirtió en parte fundamental de la abolición del denominado impuesto al sufragio y para que se modificaran las llamadas «primarias blancas», una fórmula norteamericana que impedía votar a los afroamericanos.

Infiltrado en el Klan

A comienzos de la década de 1940, cuando el mundo estaba pendiente de la guerra que asolaba Europa y más tarde el Pacífico, Stetson decidió infiltrarse en el Ku Klux Klan, algo para lo que había que tener arrestos. Y lo hizo. Se las ingenió de tal manera para engañar a los orgullosos supremacistas blancos que pronto acabó formando parte de sus tenebrosos rituales: cruces ardiendo, túnicas y capirotes que parecían cubrir la ignominia, saludos fascistas, símbolos fundacionales de corte místico…

El arriesgado activista pasó un año entero dentro de la organización, recopilando información sobre la jerarquía, las funciones de los altos mandos del Klan, las obligaciones con las que debían cumplir sus miembros, las contraseñas que utilizaban entre ellos para pasar desapercibidos y los citados rituales, muy elaborados para causar impresión entre los neófitos. Todo ello acabaría por salir a la luz gracias a Stetson para vergüenza de una sociedad que no acababa de ser la meca de la libertad por mucho que se empeñaran en ello los propagandistas. De todas maneras, no fue fácil para nuestro hombre que sus relevantes informes sobre la «Gran Hermandad Aria» llegaran a la opinión pública.

Túnica del Klan utilizada por Kennedy y que se conserva en el Smithsonian Institute.

En 1946, año en que salió de la peligrosa organización para hacer pública su investigación, el gobierno estadounidense comenzaba a sumirse en la histeria anticomunista: el senado no tardaría en estar tomado por un señor de nombre Joseph McCarthy, azote de todo lo que no oliera a patriotismo recalcitrante. Fueron los años de las listas negras, el acoso a actores, guionistas y directores de Hollywood –al punto de que se produjeron no pocos suicidios– e incluso, pocos años después, la ejecución del matrimonio Rosenberg por espionaje atómico al servicio de la URSS, uno de los episodios más ignominiosos de la historia estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial.

McCarthy con Roy Cohn, quien sería con los años abogado de Donald Trump.

Unos cuantos miles de hombres encapuchados, a pesar de sus linchamientos entre la comunidad negra sureña y sus ataques a los derechos civiles, no quitaba el sueño a las autoridades; es más, muchos de los que formaban parte del status quo simpatizaban en cierta manera contra estos nuevos «soldados arios de Dios» que también perseguían a los comunistas con inquina –de hecho, algunos miembros del Comité de Actividades Antiamericanas, la temida HUAC, eran simpatizantes del KKK–. Así que los ruegos de Stetson Kennedy no fueron escuchados. De poco sirvió que se presentase ante los mandamases de la HUAC –convertida en Comité Permanente desde el año anterior–, que no tenía ojos más que para el color rojo y hacía caso omiso al impoluto blanco de la organización.

Ni siquiera obtuvo repercusión alguna cuando, ataviado como un miembro del Klan, túnica y capucha incluidas, luciendo en la pechera el escudo de la Orden, se presentó en Washington con una maleta llena de informes: lo único que consiguió fue ser detenido y pasar un día entero en el calabozo. Mientras tanto, las vías legales se agotaban.

Este post tendrá una inminente continuación en Dentro del Pandemónium donde contaremos cómo el hombre de acero sería el vehículo para dar a conocer la historia del activista infiltrado.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Recientemente, Tikal (Ediciones Susaeta) publicaba un volumen con un gran despliegue gráfico: Sociedades Secretas en la Historia. En sus páginas se dedica espacio al Ku Klux Klan, su inquietante origen, sus acciones más sanguinarias y su posición en la política estadounidense en la actualidad.

En todas las épocas ha habido hombres que por afinidades ideológicas, religiosas, delictivas o de cualquier otro tipo han sentido la necesidad de asociarse en secreto para perseguir juntos determinados objetivos. Muchas de ellas tuvieron una vida breve. Otras sobrevivieron siglos o permanecen aún activas. Su lado oscuro suscitaba, y sigue suscitando, sospechas. En este detallado libro se exponen la historia y finalidad de las más destacadas, muchas con presencia en «Dentro del Pandemónium».

De los carboneros a la Filikí Eteria, la masonería, los caldereros, la Joven Italia, Propaganda Due (y sus turbias relaciones con el Vaticano y la «muerte» de Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa), los sempiternos templarios, los Illuminati, La Garduña, las organizaciones criminales (Cosa Nostra, Yakuza, Tríadas…), Thule y el origen del nazismo o los Pitagóricos, entre muchas otras sociedades en la sombra.

He aquí el enlace para adquirir el libro:

https://www.editorialsusaeta.com/es/esoterismo-y-otras-dimensiones/12396-sociedades-secretas-en-la-historia-9788499284903.html

Superman en ECC Cómics

Y si lo que queremos es volver al origen del superhéroe, nada mejor que acercarnos al universo de las viñetas, donde nació. Recientemente, ECC Cómics (que publica el inmenso catálogo de DC en castellano en unas ediciones de infarto) lanzaba Superman Hijo Rojo, surgida de la mente de Mark Millar (autor de las aclamadas The Authority y Wanted), una visión extrañamente diferente sobre el mito del hombre de acero. En este caso, la acción se desarrolla en la Unión Soviética, pues el cohete originario de Krypton con un bebé en su interior no se estrella en Smallville, Kansas (EEUU), sino en una granja colectiva de la URRS. El extraño visitante de otro planeta, como campeón de los obreros, librará una batalla interminable por Stalin, el socialismo y la expansión internacional del planeta.

He aquí la forma de adquirir tan singular historia que el pasado año fue adaptada como película de animación por Sam Liu y que en papel, en castellano, ya va por su quinta edición:

https://www.ecccomics.com/comic/superman-hijo-rojo-quinta-edicion-4246.aspx

Y en Liga de la Justicia: Doom Metal, una de las últimas y más potentes novelas gráficas lanzadas también por ECC Cómics, Nightwing deberá liberar a la Legión de la condena de las garras de Perpetua, pero tendrá que contar con la ayuda nada menos que del antagonista de Superman, el retorcido Lex Luthor. Junto a una nueva Liga de la Justicia, deberán abrirse paso a través de una Tierra conquistada por Multiverso Oscuro.

Por fin llegan en castellano los numerosos cruces de la colección Liga de la Justicia con Noches oscuras: Death Metal en un tomo único recopilatorio escrito por el guionista Joshua Williamson (Flash) y dibujado por Xermánico (El Green Lantern) y Robson Rocha (Aquaman: Primera Temporada – Aguas Silenciosas).

Podéis adquirir el volumen en el siguiente enlace:

https://www.ecccomics.com/comic/liga-de-la-justicia-doom-metal-9689.aspx

Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802

Bajo el Muro de Berlín

A 60 años de la construcción del que fue bautizado como «El Muro de la Vergüenza», muchos de los escenarios que configuran nuestra actualidad tienen su origen precisamente en aquel acontecimiento que supuso la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría. Tantas décadas después, en la capital alemana rinden homenaje a aquellos que perdieron su vida cruzándolo, con una serie de tours por los túneles subterráneos (reconstruidos) que unían las dos Alemanias, y varios trabajos editoriales arrojan luz sobre aquellos turbios momentos de la historia del convulso siglo XX.  

Óscar Herradón ©

Fue uno de los mayores símbolos de la ignominia del siglo XX. Si bien es cierto que si Hitler y su Tercer Reich no hubiesen desencadenado la Segunda Guerra Mundial, Alemania jamás habría sido partida en dos, lo que sucedió durante la ocupación soviética de Berlín constituyó una de las mayores aberraciones contra la dignidad humana en suelo europeo. Un reflejo de que esa «justicia» social por la que clamaban los primeros bolcheviques y el fin del autoritarismo del Ancien Régime tan solo había cambiado de forma y nombre, y el comunismo fue readaptado por los regímenes del siglo XX como otra forma de gobierno no tan diferente al fascismo que decían combatir.

Tenía apenas diez años cuando, en medio de esa Perestroika que surgió a la luz de la decadencia y el colapso de una URSS azotada por el desastre de Chernóbil, cayó el Muro de Berlín. Recuerdo las imágenes en el telediario, vívidas todavía, con las gentes derribando el hormigón y el ladrillo preñados de grafitis a martillazos; fue un acontecimiento que cambiaría nuestro mundo, el fin de una era y el inicio de algo muy diferente, quién sabe si mejor… Desde luego, sí para los que habían visto sus vidas quebradas por una separación aleatoria, «a escuadra y cartabón», como décadas antes se repartiera el continente africano por el todopoderoso Occidente. Muchas familias rotas, hermanos que tuvieron que esperar casi 30 años para reencontrarse, alambradas, lágrimas, el sinsentido del poder a toda costa, el disparo frío del francotirador… El «Muro de la Vergüenza» caía y atrás quedaba el recuerdo –a veces largamente ocultado– de millones de vidas atrapadas.

Momento de la Caída del Muro (Source: Wikipedia. Free License).

Recuerdo esas imágenes, aunque no tenía ni idea de qué significaban, ni de qué era eso de la política o qué demonios se nos había perdido en Berlín, una capital que solo me sonaba de las primeras clases de geografía. Tampoco me importaba demasiado. Si eso te importa con 10 años es que no tienes infancia. Pero sí que era algo bueno, o al menos eso me decían mis padres. Y lo que dice un padre, va a misa. Así que fue uno de esos momentos televisivos que no se olvidan, cuando la televisión de dos canales también experimentaba su propio cambio: acababa de empezar a emitir Telecinco –el mes de marzo de ese 1989– y Antena 3 lo haría en diciembre, vestigios de ese «nuevo mundo» mediatizado y vagamente globalizado que se avecinaba imparable.

No hay que olvidar, no obstante, la responsabilidad de los países occidentales en esa forma de actuar del régimen soviético en los años más duros de la Guerra Fría. El otro lado del cinturón de acero tampoco estaba regido por angelitos –es más, muchos antiguos nazis pasaron a trabajar, tras la derrota, al servicio de la CIA y de la inteligencia de la República Federal, siguiendo órdenes de Washington– en uno de los episodios más oscuros de la posguerra. Lo que no excusa un padecimiento tal de varias generaciones de alemanes, pisoteados primero por las botas de la Gestapo y más tarde de la Stasi. El país teutón sería el cruento escenario de una guerra no declarada entre dos potencias antagónicas, los Estados Unidos capitalistas y la Unión Soviética comunista que hoy se ha dejado cautivar por las mieles del capital, el consumo y el comercio internacional, pero sin dejar de mirar con cierta nostalgia al esplendor de sus tiempos soviéticos, reivindicando incluso, en algunos casos, la figura del «hombre de hierro» Iósif Stalin desde el mismo Kremlin comandado por Vladimir Putin, el nuevo zar ruso.

Túneles secretos bajo el muro

El 13 de agosto de 1961 comenzaba la construcción del Muro de Berlín y el 9 de noviembre de 1989 caía definitivamente. Y aún así, hubo que esperar 30 años para que salieran a la luz los túneles por los que miles de alemanes escaparon –o al menos lo intentaron– de las garras soviéticas. En 2019, la organización cultural Berliner Unterwelten («Mundo Subterráneo de Berlín») inauguró un nuevo tour por las entrañas de la capital alemana: invirtió más de 300.000 euros en reproducir ese túnel que evoca el que en su día construyeron los fugitivos. Y asegura haberlo hecho a mano, como el original.

La labor pedagógica e historiografía de esta organización es prodigiosa, y nos permite acercarnos de primera mano a escenarios durante mucho tiempo olvidados de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. En mayo de 2017, durante un viaje a Berlín que realicé con mi infatigable compañera Tere Nieto, tuve la ocasión de realizar una de esas rutas subterráneas por un viejo refugio antiaéreo construido por los nazis y la experiencia, que reservaré para una futura entrada, fue realmente satisfactoria.

Marcas del Muro. Foto del autor.

La línea divisoria por la que pasaba el muro está señalizada a conciencia en las calles berlinesas, para el turista, pero también para luchar contra el olvido de la población. Me impactó cómo el museo erigido sobre los antiguos cuarteles de la Gestapo, en la Prinz-Albrecht-Strasse, se encuentra justo frente a una parte considerable del antiguo muro edificado por la RDA, no muy lejos del célebre Checkpoint Charlie. Un guiño del pasado en el que dos regímenes totalitarios e implacables se dan la mano, aunque el nacionalsocialista se llevase la palma en lo que respecta a la mecanización de la muerte.

Parte de los cimientos del cuartel de la Gestapo. Detrás puede verse el Muro (foto del autor)
Siekmann

Un túnel de 30 metros de longitud, 2,05 metros de altura y 7,5 de profundidad que homenajea a las miles de personas que lograron escapar con el único anhelo de vivir al lado de sus seres queridos; y también, por supuesto, a aquellos que no lo lograron: 140 personas que murieron intentando escapar (al menos oficialmente, pues las cifras pueden ser incluso mayores), entre ellas la enfermera de 58 años Ida Siekmann, la primera en perder la vida apenas una semana después de que se levantaran las alambradas.

En aquel primer momento varios edificios de apartamentos del lado este quedaron prácticamente sobre la línea divisoria en el Mitte (Centro) a lo largo de varios kilómetros de la Bernauer Strasse. Desesperados por la situación, muchos ciudadanos de la Alemania oriental comenzaron a saltar por las ventanas para no quedarse aislados en la zona comunista, y se produjo la tragedia: Siekmann tiró un colchón por la ventana de su piso, un tercero, y se arrojó, pero no consiguió caer sobre el jergón y murió por las heridas camino del hospital. No fue la única. Los bomberos de la zona oriental se organizaban para abrir redes y amortiguar la caída de las gentes en un escenario rocambolesco, pero no siempre lo conseguían.

Liftin

Dos días después de la muerte de Siekmann, Günter Litfin, un sastre de 25 años murió frente a la actual estación central de trenes de Berlín, en Humboldt Harbor del SpreeKanal, de un disparo efectuado por un guardia cuando había alcanzado la orilla del río. El motivo: trabajaba del lado occidental y le habían revocado el permiso para cruzar la frontera. Era una cuestión de supervivencia. Su verdugo recibió del gobierno una medalla y un reloj de oro por sus servicios al Estado.

Miles de berlineses marcharon en masa a protestar en el lugar de su muerte, pero el régimen de Berlín Este reaccionó deteniendo a su hermano Günther, requisando el apartamento de su madre y divulgando una información falsa (sí, las fake news no son algo nuevo, ni mucho menos): que se trataba de un homosexual al que llamaban «Muñeca» que había querido escapar para reencontrarse en el otro lado con su amante. Ni qué decir tiene que aquello era para el régimen una «desviación» y un delito estatal. Unos días después, otro joven berlinés moría también por disparos en el canal de Treptow. Otros tres la semana siguiente que habían saltado por la Bernauer Strasse… Una lista trágica y vergonzante.

Ciclista, vendedor de periódicos y héroe nocturno           

Uno de los primeros valientes al que se le ocurrió llevar a personas y familias enteras lejos de la mirada de las autoridades pro-soviéticas fue el ciclista profesional Harry Seidel. De reconocido prestigio internacional, lo que le facilitó cierta indulgencia de los policías del muro, por las noches simulaba que entrenaba con su bicicleta para ayudar a sus conciudadanos a cruzar desde la República Democrática Alemana a la República Federal. Primero se llevó a su mujer y a su hijo: tres meses después de la construcción del muro, tras muchas noches indagando a lo largo de toda la línea de separación (en los rincones que no había vigilancia, se entiende). Seidel salió a dar un paseo con su esposa y su pequeño por la orilla del río Spree. Para evitar problemas si eran detectados, no les había dicho nada de sus planes: los condujo a un pasadizo y unos minutos más tarde estaban ya en Berlín occidental. Sin embargo, a pesar del peligro que implicaba su nuevo «trabajo», renunció a una vida en libertad al lado de su mujer e hijo y, tras dejarlos a salvo, decidió regresar para liberar a todas las personas de que fuera capaz.

Seidel había sido ganador de dos medallas en el campeonato de Alemania del Oeste en 1959 y se hizo con otros numerosos galardones más en distintas competiciones estatales. Durante años fue uno de los niños mimados del régimen, hasta que pronto fue perdiendo el favor del gobierno, por negarse a tomar esteroides para mejorar su rendimiento, y lo peor, el gran pecado que te convertía en «enemigo del pueblo»: se negó a ingresar en el Partido Comunista, lo que le hubiera facilitado mucho la vida: quedó fuera del equipo olímpico en 1960 y le arrebataron suciamente el subsidio, por lo que pudo mantener a su familia –en condiciones muy precarias– repartiendo diarios en un barrio de la zona occidental. Hasta que se erigió el muro de la ignominia.

Seidel en su juicio

En 1962, las autoridades de la RDA atraparon finalmente al ciclista reconvertido en libertador. Fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua, pero la RFA llegó a un acuerdo para obtener su liberación en 1966. Aquellos cuatro años que pasó en prisión supo aprovecharlos, inquieto como era, e ideó una nueva estrategia que pronto puso en funcionamiento: en lugar de saltar el muro o cruzar el río, atravesarlo por debajo. Y lo excavarían precisamente en la citada Bernauer Strasse regada por la sangre de los inocentes a manos de los guardias de la frontera artificial; en 350 metros se llegaron a excavar hasta siete túneles subterráneos que comunicaban ambas Alemanias. Debían hacerse a mano, en la más completa oscuridad y haciendo el mínimo ruido, por lo que su construcción sería ardua y lenta.

El autor ante el Puente de Oberbaum, al lado de una de las zonas más emblemáticas del antiguo muro.
Palacio de la República

Se calcula que a lo largo de 28 años, tiempo que permaneció en pie la línea divisora, se excavaron hasta 75 túneles completos, sin tener en cuenta los que no llegaron a finalizarse. Pronto, desde la zona occidental varios ingenieros llevaron a cabo sus propias mediciones y comenzaron a excavar túneles desde el otro extremo del muro para facilitar el escape de sus compatriotas, hermanos y amigos. Así se terminaron los conocidos como «túnel 29» y «túnel 57», nombres que se les puso como homenaje al número de personas que lograron cruzar bajo tierra el «Muro de la Vergüenza» en un solo día. Por supuesto, no todo fueron victorias y dulces reencuentros; los túneles solían estar activos poco tiempo porque las autoridades de la RDA terminaban conociendo su existencia de boca de «chivatos» en nómina del Palacio de la República, que abundan en todo tiempo y lugar, e incluso encuentros casuales en plena huida.

Para el recuerdo queda también el mastodóntico concierto que Pink Floyd celebró ante más de 400.000 personas bajo el título de «The Wall Live in Berlin», la noche del 21 de julio de 1990, diez meses después de la caída del Muro, donde atronó su «profético» himno de 1979 «Another Brick in the Wall». El rock psicodélico de los británicos cautivó a los berlineses, en un espacio entre Potsdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, lugar que durante la división se conocía como «tierra de nadie».

En 2019 se cumplieron tres décadas del derribo del muro, y desde entonces se han publicado distintos trabajos sobre la intrahistoria de aquella Alemania dividida, algunos muy recientes, en este 2021. Recomiendo a continuación varios de ellos…

Después del Muro

Para una visión global, profusamente documentada y reveladora sobre lo que sucedió tras el derrumbe, Taurus ha publicado recientemente una voluminosa monografía firmada por la politóloga alemana Kristina Spohr: Después del Muro. La reconstrucción del mundo tras 1989, un recorrido fascinante por aquel complejo período elaborado a partir de fuentes oficiales y extraoficiales, muchas de ellas inéditas hasta el momento. El resultado es un relato detallado y de gran pulso periodístico, lo que convierte su lectura en toda una aventura… muy real.

La autora analiza, con precisión de cirujana y desde una perspectiva novedosa, el papel del presidente estadounidense George H. W. Bush (Bush Padre), así como el de Mijaíl Gorbachov, Margaret Tatcher, Hetmut Kohl y François Mitterrand, enmarcando a su vez la transformación europea dentro del contexto global, entrelazando con pericia detectivesca las líneas temporales occidental y asiática al comparar los sucesos de Berlín y Moscú con los de Pekín: mientras el Muro de Berlín se derrumbaba, se aplacaron a la fuerza las protestas en la plaza de Tiananmén, en Pekín. El mundo cambió drásticamente pero, al menos en China, el comunismo no sucumbió a las protestas del movimiento prodemocrático, que fue brutalmente reprimido por Deng Xiaoping dando impulso a otro tipo de comunismo (capitalista en lo económico) que ha llevado al gigante asiático a convertirse en la segunda potencia a nivel mundial.

Aquella salida global de la Guerra Fría fue el origen del mundo de Putin, Trump y Xi, con una Unión Europea frenética (de la que se desmarcó el Reino Unido con lamentables consecuencias, un euroescepticismo impulsado por la pandemia del coronavirus y una visión distinta de la democracia entre los países miembros, casos por ejemplo de Ucrania, Polonia o Bielorrusia), estados corruptos y una terrible crisis migratoria y económica.

En una entrevista al diario ABC en mayo de este 2021, con motivo del lanzamiento del libro en castellano, su autora sentenció: «Los auténticos ganadores de la Guerra Fría fueron los ciudadanos de Europa del Este que exigieron libertad».

He aquí el enlace para adquirirlo en papel (tapa dura con sobrecubierta) y en eBook:

https://www.penguinlibros.com/es/historia/38874-despues-del-muro-9788430622108

La caída del imperio soviético:

La editorial Actas publicó recientemente este monumental y minucioso volumen sobre el fin de la Guerra Fría y la caída de la URSS, escrito por un testigo de excepción: el español nacido y criado en Rusia Boris Gutiérrez Cimorra, quien durante años compaginó su trabajo como ingeniero aeronáutico–se graduó en el Instituto de Aviación de Moscú–, con colaboraciones periodísticas y programas de radio, hasta convertirse en 1972 en una de las voces más emblemáticas de Radio Moscú, la cadena que emitía programas para América Latina. Se instaló definitivamente en España con su familia en 1977, emprendiendo una nueva carrera profesional en el mundo de las finanzas y más tarde se volcó en su faceta como novelista y ensayista. 

El 25 de diciembre de 1991, el líder aperturista Mijaíl Gorbachov, que intentó modernizar el país sin éxito, dimitió de todos sus cargos entregando el poder y dando por concluida la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La URSS, un gigante implacable que poco antes parecía imbatible para los más avezados observadores internacionales, se derrumbaba estrepitosamente tras 70 años de un régimen totalitario que nació de la esperanza de acabar con el gobierno zarista y terminó en el mayor de los fracasos. Ni siquiera la esperanza en la Perestroika logró consolidar las nuevas expectativas: una gran crisis endémica, heredera de las profundas carencias de tiempos anteriores, la eclosión de los nacionalismos, y a juicio del autor, una estrategia política profundamente equivocada, dieron al traste con el proyecto de Reconstrucción pero dieron paso también a una época renovada de la mano de nuevos líderes como Borís Yeltsin al frente de la Federación Rusa, quien encabezó con acierto la oposición al golpe de Estado de agosto de 1991. El comienzo de una nueva era.

El enlace para adquirilo en papel (tapa dura con sobrecubierta y más de 32 fotografías):

En el Muro de Berlín: la ciudad secuestrada

El español Sergio Campos Cacho lleva veinte años viviendo en Alemania, donde trabaja como bibliotecario, y es el autor de un documentado trabajo recientemente publicado por Espasa: En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989). En sus páginas, el autor reconstruye la historia de la muralla de hormigón de 156 kilómetros que cercaba completamente la zona occidental para impedir que los habitantes de Alemania Oriental abandonaran el país. Conoceremos con detalle el plan que desarrollaron los dirigentes comunistas de la RDA para controlar la libertad y movimientos de sus ciudadanos, los puntos álgidos de desencuentro y conflicto de ambas y antagónicas sociedades, aunque pertenecientes a la misma nacionalidad. Y, sobre todo, rememora 60 años después de la construcción del Muro la trayectoria vital de esas 140 personas que perdieron su vida intentando cruzarlo.

Campos Cacho está preparando actualmente la biografía y la edición de las obras del renegado comunista español Enrique Castro Delgado (1907-1965). Metalúrgico y periodista de profesión, durante la Segunda República participó activamente en el Comité Central del Partido Comunista y fue uno de los líderes de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), así como redactor de noticias del área local del periódico Mundo Obrero. Cuando estalló la Guerra Civil, participó en la creación y organización del llamado Quinto Regimiento, del que sería su primer comandante en jefe. Ocupó distintos cargos de importancia en el seno de las organizaciones comunistas durante la contienda y finalmente tuvo que optar por la vía del exilio, primero a Francia y después a la Unión Soviética, siendo el representante del PCE en la Internacional Comunista –Komintern– hasta su caída en desgracia. Regresó a España en 1963 tras una estancia en México y pasó a colaborar para el llamado segundo franquismo, siendo muy crítico con el comunismo y con sus antiguos correligionarios, escribiendo dos obras: Hombres made in Moscú (1960) y Mi fe se perdió en Moscú (1964). Estaremos atentos a su lanzamiento. Mientras tanto, he aquí el enlace para adquirir En el muro de Berlín:

https://www.planetadelibros.com/libro-en-el-muro-de-berlin/331426