Tecumseh, el líder nativo que combatió a Estados Unidos (II)

Llegó a ser definido como «el indio más grande que jamás haya existido», y no es una expresión gratuita. Tecumseh, líder de la tribu Shawnee a caballo entre los siglos XVIII y XIX, puso en jaque a los colonos estadounidenses en tierras de Virginia y Ohio tras la Revolución Americana. Su gesta, muy conocida al otro lado del Atlántico y apenas mencionada por estas latitudes, podemos conocerla a fondo gracias al ensayo Tecumseh y el Profeta, publicado por Desperta Ferro.

Por Óscar Herradón ©

La visión de Lalawethika/Tenskwatawa también incluía otras «restricciones» de la vida disoluta, como la abolición de la brujería, la poligamia o la tortura, y, además, debían matar a todos los perros. Cuentan las crónicas que el joven profeta llegó a vaticinar un eclipse de sol en 1806, lo que le granjeó aún más fama y veneración. ¿Fue cierto? Cualquiera sabe, teniendo en cuenta la fina línea que separa la fe de la superstición y la leyenda de la razón. Mientras, la fama de su hermano Tecumseh se extendía por un territorio cada vez más extenso de aquel Nuevo Mundo descubierto por los españoles.

William Henry Harrison

Por aquel entonces, William Henry Harrison, quien acabaría siendo el 9º presidente de los Estados Unidos, gobernador del recién creado Territorio de Indiana, veía cada vez con mayor preocupación la influencia de Tecumseh. Aprovechando los viajes que este comenzó a hacer por amplios territorios del Norte y del Sur para cosechar alianzas (llegando a amenazar de muerte a cualquier jefe indígena que se alineara con los estadounidenses), en septiembre de 1809, Harrison negoció el Tratado de Fort Wayne, en el que los indígenas cedieron 3 millones de acres (12.000 kilómetros cuadrados) de territorio de los Pueblos Nativos Americanos al gobierno estadounidense, a cambio de 7.000 dólares y una pequeña anualidad, acuerdos que para la mayoría de historiadores se trataron más bien de un soborno, pues se firmaron después de que los jefes mayores indígenas en Fort Wayne hubiesen ingerido grandes cantidades de licor por cortesía de Harrison.

Siguiendo al Gran Espíritu

«Blue Jacket»

Tecumseh se opuso al tratado, alarmándose por la venta masiva de tierras. Para más inri, muchos de los seguidores que lo acompañaban en su capital Prophetstown pertenecían a las tribus Piankeshaw, Kikapú y Wea, moradores tradicionales de aquellos terrenos vendidos de forma rastrera. Entonces, el caudillo indio recuperó una idea expuesta años atrás por el líder Shawnee Blue Jacket (o Weyapiersenwah) y por el líder Mohawk Joseph Brandt (o Thayendanegea): una de sus máximas era que ningún hombre blanco podía poseer la tierra, el mar o el aire, pues el Gran Espíritu se los había entregado libremente a todos ellos y ellos debían, por tanto, compartirlos también libremente, algo que no casaba con el ansia expansionista y la defensa de la propiedad privada de los estadounidenses blancos de origen europeo.

Profundamente contrariado, el caudillo nativo emplazó a Harrison (que veía en los movimientos del nativo la mayor amenaza para la seguridad de sus electores en Indiana) a un encuentro cara a cara. Con gran cautela, el estadounidense recibió a Tecumseh en su cuartel general en Vicennes en agosto de 1810. Durante tres días, el caudillo indio expuso a través de un intérprete expuso sus quejas a Harrison y su consejo. En aquella reunión discutieron acaloradamente, pero no se llegó a ningún acuerdo. Si es cierto lo que cuentan las crónicas, tras decirle al intérprete que Harrison era un mentiroso, Tecumseh blandió su tomahawk y el oficial yankee desenvainó su sable, aunque la sangre no llegó al río. Por el momento. Tecumseh advirtió a Harrison de que a menos que el tratado fuese revocado, se alinearía con los británicos.

Volverían a reunirse de nuevo unos meses después, en la mansión de Grouseland en Vicennes, donde parece que lo que el líder nativo buscaba era ganar tiempo, mientras que Harrison acabó de convencerse de que no le quedaría más remedio que luchar contra él y sus pieles rojas. No llegaron a ningún acuerdo. Pocos meses después, en marzo de 1811, cuentan las crónicas que un gran cometa surcó los cielos y su aparición fue aprovechada por Tecumseh (no olvidemos, «Estrella Fugaz») para anunciar en clave profética (hay que tener en cuenta la fuerza de la superstición y el animismo en aquellos tiempos, principalmente entre los nativos) que había llegado el momento de luchar. No obstante, el caudillo indio causó una gran impresión en el político blanco, que señaló que este tenía aptitudes para ser emperador.

La ofensiva del coronel Harrison

Llegó el momento de reclutar más hombres y Tecumseh marchó hacia los extensos territorios del sur dominados por los creeks y los cheerokee; aquella ausencia fue aprovechada por el coronel Harrison para remontar el río Wabash con una fuerza de 1.000 hombres y arribaron a las puertas de Prophetstown a comienzos del mes de noviembre de 1811. Mientras esperaban para negociar in extremis la rendición de los nativos, los estadounidenses acamparon en las afueran del poblado y la madrugada del jueves 7 de noviembre fueron atacados por guerreros de la Confederación India. Sin embargo, los hombres de Harrison mantuvieron las posiciones en la que sería conocida como batalla de Tippecanoe y obligaron a los indios a retirarse, entrando posteriormente en Prophetstown.

Tenskwatawa

Como acostumbraban a hacer los colonos –enfurecidos además por el ataque furtivo–, destruyeron los cultivos de los alrededores e incendiaron el poblado. Aprovechando la ausencia del líder, dispersaron a los seguidores de Tecumseh en frenando el impulso de la Confederación Nativa al neutralizar su centro neurálgico y su capital «mágica».

Casacas Rojas

Brock

Cuando estalló la guerra de 1812, finalmente Tecumseh se alió con los casacas rojas para detener la expansión estadounidense, realizando junto al mayor general Isaac Brock, que comandaba las fuerzas coloniales británicas, una gran ofensiva contra los estadounidenses, donde hicieron uso también de técnicas de guerra psicológica para reforzar el efecto de sus tropas, menores en número.

Aunque lograron ciertos éxitos (Tecumseh dirigió un exitoso asedio contra Fort Detroit, la actual Michigan), Bock fue derribado por una bala en la batalla de Queenston Heights y el oficial que lo reemplazó, el general Proctor, no respetaba a Tecumseh y sus hombres, tildándolos de salvajes e indisciplinados. Una historia (no sabemos si apócrifa, pero casa con el carácter justo de nuestro protagonista) cuenta que durante un traslado, varios prisioneros estadounidenses, que estaban bajo la protección de Proctor, fueron torturados y asesinados. Tecumseh, profundamente contrariado, afirmó que el oficial británico no era apto para el mando. Y finalmente sería la cobardía de Proctor lo que conduciría al líder nativo a un trágico final.

En 1813 una serie de derrotas, debidas en parte a la ineptitud del oficial, provocaron que Proctor se retirase a territorio canadiense, pensando que los hombres de Harrison no realizarían una ofensiva invernal. Se equivocó de pleno, y los estadounidenses presionaron en la retaguardia de las tropas inglesas en retirada. A finales de ese año, finalmente, el 5 de octubre de 1813, los británicos abandonaron a Tecumseh en medio de la batalla del Támesis. En la escaramuza que siguió a la huida de los casacas rojas, el líder nativo fue finalmente abatido.

Se atribuyó su muerte al coronel Richard M. Johnson que acabaría siendo nada menos que vicepresidente de los Estados Unidos (el presidente sería Harrison) en parte gracia a la fama cosechada con la eliminación de «Estrella Fugaz». Al difundirse la noticia de la muerte de Tecumseh, de su gran líder, las fuerzas nativas, diseminadas, acabaron por rendirse, poniendo fin al sueño de un movimiento panindio frente a los colonos. El nombre de Tecumseh se convirtió en leyenda, protagonizando poemas y canciones, pero en apenas unas décadas los indígenas que vivían al este del Misisipi fueron expulsados de sus tierras por distintos tratados siguiendo el Sendero de las Lágrimas (Trail of Tears). Los restos de Tecumseh fueron arrojado a una fosa común, final indigno para cualquier ser humano, más para un hombre de su entidad. Aquello alimentó toda suerte de leyendas, entre otras, que realmente no había fallecido. El mito del hombre redivivo aplicado a los grandes líderes históricos.

PARA SABER MÁS:

El citado ensayo que ha publicado en castellano, en una fabulosa edición, Desperta Ferro: Tecumseh y el Profeta. Los hermanos shawnees que desariaron a Estados Unidos, del historiador estadounidense y funcionario retirado del Servicio Exterior de Estados Unidos Peter Cozzens, del que la misma editorial ya publicó con enorme éxito su trabajo La Tierra Llora, la amarga historia de las guerras indias por la conquista del Oeste, que ya va por su sexta edición.

El libro de Tecumseh, ganador en 2021 del premio Spur de la Western Writers of America a la mejor biografía, aúna la profunda investigación de la sociedad y costumbres indígenas del autor con una prosa subyugante, para abrir una ventana a un mundo borrado de los libros de historia, pero que vuelve a vibrar en estas páginas. Una obra equilibrada y objetiva, que no idealiza al «buen salvaje» pero que empatiza con la resistencia de unas gentes cuyo universo desaparecía a pasos agigantados, decididos a mantener su independencia y su forma de vida ante el arrollador empuje de una joven nación, los Estados Unidos, que echaba los dientes de la modernidad. Un turbulento mundo de frontera, de tramperos y emboscadas en la espesura, de mosquetes, tomahawks y captura de cabelleras, al que Cozzens nos traslada en una narración con aliento de novela de aventuras, demostrando, otra vez, que escribir historia no está reñido con escribir bien y con gancho.

Mamás, de Yeong-shin ma

Ponent Mont publica en castellano la novela gráfica que ha catapultado al surcoreano Yeong-shin ma y que además es su ópera prima. Nacido en Seúl en 1982, desde 2015 publica webtoons con enorme éxito y su libro, Mamás, ha aparecido en numerosas listas de éxitos en 2020, haciéndose, un año después, con el premio Harvey que entrega la industria del cómic estadounidense. Ahora podemos disfrutar de su potente mensaje en castellano.

Por Óscar Herradón ©

Su desenfado e ironía –que no ocultan una abierta crítica social y una crisis de valores que afecta a Corea pero que también lo hace en el resto del globo, principalmente en Occidente, cosas de la globalización–, su poderoso sentido del humor (que no comicidad) a partir de la tragedia del día a día, retratan una sociedad moderna que se resiste a abandonar tradiciones y costumbres que parecen más propias del medievo que del siglo XXI. Una eterna dicotomía entre «progreso» –que tampoco hay que entenderlo como algo positivo– y tradición.

Para contar su historia y dar forma a este portentoso Manhwa para adultos, Yeong-shin ma se ha inspirado en la historia de su propia madre. Las «mamás» del título son tres mujeres en la cincuentena, Lee Soyeon, Myeong-ok y Yeonjeong, que, hartas de sus parejas y de sus sacrificados trabajos, y sumidas en el sopor de unas vidas que empiezan a acercarse peligrosamente a su ocaso, deseosas de agarrarse a aquello a lo que habían renunciado –o ni siquiera sabían que existía en la monotonía de sus existencias– desafían las normas de la familia tradicional coreana (que podríamos hacer extensiva, con sus particularidades, a la familia tradicional de la mayoría de países) para lanzarse a una segunda vida de aventuras escandalosas y contratiempos (a cuál más delirante) mientras anhelan conseguir algo más que los mediocres hombres que no han sabido hacerlas felices, lo que tiene una profunda lectura feminista en un país por lo demás abiertamente patriarcal. Mal de muchos…

El difícil camino del empoderamiento

Un precioso y voluminoso tomo en blanco y negro narra la azarosa vida de estas tres singulares mujeres, que podrían ser las madres de cualquier lector, con un guión magnífico, en ocasiones incluso retorcido, que no escatima en exabruptos (insultos, vamos) y en dibujar un sórdido mundo contemporáneo por el que pululan alcohólicos, fracasados y «peterpanes».

Yeonjeong, con cuya historia abre la novela gráfica, tras un matrimonio fracasado y varios noviazgos no mucho más propicios, sale con un camarero sumido en el infierno de la bebida; para ayudarle en el negocio, Yeonjeong se dedica a asistir con sus amigas a la discoteca en la que trabaja y persuadir a «pagafantas» para que les paguen las consumiciones –dando así comisiones a su pareja–. Pero la mujer ha perdido la ilusión y la vitalidad y lo que desea es terminar pronto ese coqueteo absurdo, esa pantomima en la que ha de tratar con personajes a veces repulsivos, con hombres inseguros y repletos de oscuridades en la trastienda de la noche coreana.

Por su parte, Lee Soyeon, otra mujer divorciada de 50 años, trabaja como limpiadora en un edificio de apartamentos en Seúl, aguantando a unos jefes explotadores y despreciables. Su situación en casa no es mucho mejor: su hijo treintañero es un derrochador (no de su dinero, sino del de su madre) y una suerte de parásito, y su novio, Jongseok, es otro perdedor sin horizonte (lo que dice mucho sobre el retrato que el autor pinta del género masculino al que pertenece), un tipo que se tiró tres años engañando a Soyeon y ella, sabiéndolo, es incapaz de dejarle, lo que barniza su vida, si cabe, de una mayor pátina de patetismo, en ocasiones innato al género humano. Myeong-ok, por otro lado, sale con un hombre más joven que ella, pero tampoco vive precisamente en un mundo de ensueño.

Las vidas de las tres amigas son compartidas en sus confesiones, una suerte de terapia psico-emocional en petit comité y vía de escape cotidiana a su infelicidad. En definitiva, un relato gráfico que a pesar de los brochazos de desolación y escepticismo que salpican sus páginas, deja pie a la esperanza de una vida mejor, o de mejorar la propia vida, que no es lo mismo.

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Nadadores en el desierto

Fue el hombre que inspiró la novela El Paciente Inglés, aunque la verdad histórica dista mucho del personaje al que daría vida Ralph Fiennes en la película homónima de 1996. El conde austrohúngaro Ladislaus E. Almásy fue uno de los grandes exploradores de los años 30 y 40 del pasado siglo, y contribuyó en sus expediciones a abrir nuevas rutas en el desierto norteafricano y a sacar a la luz joyas del pasado de la humanidad olvidadas bajo la arena. Nadadores en el de desierto, que publica Ediciones del Viento, cuenta su particular epopeya.

Óscar Herradón ©

Ladislaus Eduard Almásy nació en el castillo de Bernstein, en territorio de la antigua Hungría, en una zona que hoy pertenece a Austria, y era hijo del célebre explorador de Asia György Almásy, por lo que su pasión le venía de familia. Ladislaus, conde de Almásy (como le gustaba que se dirigieran a él) no tardaría en seguir los pasos de su progenitor. Con una excelente formación y dominando hasta seis idiomas, entre ellos el árabe, no tardó en caer cautivado por el desierto; antes, durante la Primera Guerra Mundial (entonces conocida como Gran Guerra), sirvió en la fuerza aérea del imperio austrohúngaro, las denominadas Tropas Imperiales y Reales de Aviación (Luftfahrtruppen KuK) y fue condecorado por sus acciones. Tras finalizar la contienda, trabajó como representante de la marca de automóviles Steyr Autmobilewerke, para la que realizó tests de resistencia de coches, aviajando con ellos a través del noreste de África, Libia, Sudán y Egipto. A partir de ese momento las arenas del desierto se convertirían en su hogar.

Fue el personaje que inspiraría la novela del canadiense Michael Ondaatje El Paciente Inglés, que sería adaptada al cine en 1996 por Anthony Minghela y protagonizada por Ralph Fiennes, pero el protagonista romántico de la cinta poco tiene que ver con el aventurero y explorador a veces temerario que fuera el astro-húngaro, que en las décadas de 1930 y 1940 exploraría todo el  desierto occidental de Egipto contribuyendo a abrir nuevas rutas hasta entonces desconocidas por el hombre occidental.

A diferencia de otros exploradores que partían con elaborados mapas o información fidedigna, el conde se aventuraba basándose en fuentes documentales de dudosa historicidad, apenas referencias aparecidas en antiguos manuscritos árabes como los textos de Al Bakri, quien hablaba de los djinns (duendes o demonios) que viven en las arenas del desierto y en los árboles de los oasis y cuyos quejumbrosos lamentos Almásy afirmaría haber escuchado, según recogió en su diario, voces nocturnas a las que los beduinos se referían como provenientes de los ghule, los malos espíritus que habitan en las dunas; aunque el aristócrata húngaro bien sabía que se producían por fenómenos naturales que, no obstante, extrañaban incluso a los «europeos de ideas racionalistas» y que, escasos, eran un efecto del enfriamiento de la arena. Para los beduinos, el conde era Abu Ramla, «Padre de la Arena».

Zerzura y el Valle de las Imágenes

Fue en busca también de la llamada «Ciudad de Latón» que se menciona en uno de los cuentos de Las Mil y una Noches y que para él solo podía concordar con el oasis perdido egipcio de Zerzura, cuya búsqueda se convertiría en una obsesión para el explorador y que a día de hoy nadie ha localizado. Finalmente, muy cerca de Jilf al Kabir, sus hombres hallaron un oasis que como él había sospechado era muy real, y no un enclave mítico de relatos medievales. Formaba parte del llamado «Club Zerzura», un grupo de aventureros cosmopolitas que se internaron en el desierto de Libia recorriéndolo en vehículos y aeroplanos en busca de ciudades míticas –pero también con la labor de cartografiar el desierto en misiones de inteligencia, como enseguida veremos–.

Precisamente allí, en el macizo rocoso de Jilf al Kabir, al suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, Almasy redescubrió la existencia de antiguos valles (wadis) que bautizó como Wadi Sura (el Valle de las Imágenes en la llamada «Cueva de las Bestias»), unas oquedades en cuyo interior se albergaba un tesoro de la antigüedad: las célebres pinturas «de los nadadores», que darían nombre a sus memorias y que demostraban que aquel hábitat, en pleno siglo XX totalmente desértico e inhóspito, había sido miles de años atrás un vergel por el que se extendían increíbles zonas lacustres que fueron el hábitat de pueblos primitivos de los que apenas sabemos nada. Hombres que tenían por costumbre bañarse en aquellas aguas, algo que apoyan pinturas de cazadores rodeados de jirafas, además de numerosas herramientas , imágenes que sí conocían los beduinos, cuyas indicaciones fueron de gran valor para el equipo de exploradores europeos. Realizó aquellos hallazgos en compañía del explorador y príncipe egipcio Kamal el Dine.

La crónica en primera persona de aquellas apasionantes y arriesgadas expediciones a los lugares más recónditos del Sáhara oriental la publicó Almásy en 1934 en húngaro bajo el título de Sáhara desconocido y vio la luz cinco años después, en una edición ampliada y modificada, en lengua alemana. Precisamente, Ediciones del Viento recupera los capítulos centrales de ambas ediciones en Nadadores en el desierto, vibrantes páginas en las que Almásy narra sus aventuras y hallazgos más sobresalientes, como la búsqueda del mítico oasis perdido de Zerzura y el sensacional descubrimiento de las pinturas rupestres que dan título al libro.

Un espía-aventurero al servicio del Tercer Reich

Su faceta como espía es uno de los aspectos más fascinantes de su biografía, y una de sus muchas oscuridades al haber contribuido a pasar valiosa información a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando estalló el conflicto, László era un hábil combatiente que tenía un buen currículo como aviador en la Gran Guerra y aceptó vestir el uniforme de la Luftwaffe comandada por Hermann Göring y pasó a servir en las filas del Afrika Korps de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, ese inhóspito paraje en el que el conde húngaro tan bien se movía.

Almásy fue instructor de efectivos procedentes del Regimiento Brandenburgo, un grupo de élite de la Abwehr (el servicio de inteligencia del ejército alemán) en el desierto: atacó con éxito al «Grupo del Desierto de Largo Alcance» (Long Range Desert Group), una unidad de élite británica, y llegó a coordinar a diversos agentes alemanes que desplegó en El Cairo, acciones que le valdrían ser condecorado con la Cruz de Hierro. Precisamente al frente del Long Range Desert Group se hallaba otro explorador y militar obsesionado con dar con el mítico Zerzura, el británico Ralph Bagnold. Aquellos hombres nunca hallaron el oasis perdido, pero el también explorador Théodore Monod escribió en referencia al esquivo enclave: «Un día, quizá el viento del desierto libio, soplando en tempestad sobre los cordones de dunas y levantando en el aire nubes de arena fina, restituirá a los hombres el oasis perdido, revelando su emplazamiento y sus secretos».

El ejército perdido de Cambises

En 1950, Almásy llevó a cabo su última (y fallida) campaña: la búsqueda del ejército perdido de Cambises que, según lo recogido por el historiador griego Heródoto en el siglo VI a.C. desapareció en el desierto sin dejar rastro. Un ejército colosal de 50.000 hombres enviados por el rey persa que partió del oasis de Jarga hacia el norte con el fin de conquistar el oasis de Siwa, célebre por la visita de Alejandro Magno en busca de una respuesta sobre su destino.

Una tormenta de arena enterró a aquellos miles de hombres y, siguiendo diversas fuentes orales y documentales, Almásy se entregó a la exploración del llamado Gran Mar de Arena; y aunque su expedición halló unos Alamat, colosales hitos de piedra erigidos por los hombres de Cambises antes de perecer, jamás hallaron verdaderos restos de los soldados persas. Él mismo escribió en su preciado diario acerca de aquel contratiempo: «los antiguos dioses saben todavía defender los últimos secretos del desierto».

Almásy, el «Padre de la Arena», moría en Salzburgo de disentería el 22 de marzo de 1951. Tan solo tenía 55 años pero había vivido una vida plena y al límite. Quizá su alma descansa ahora con los djinns de las dunas del desierto.

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