Los difusos orígenes de Halloween

Corría el año 835 de nuestra era cuando el pontífice Gregorio IV designaba el 1 de noviembre como All Hallow’s Day (Día de Todos los Santos). El día anterior, 31 de octubre, fue conocido como All Hallow’s Evening (Noche –Víspera– de Todos los Santos); de la evolución de la palabra a lo largo de los siglos, y de su contracción, surgió «Halloween», probablemente en el siglo XVI, de una variación escocesa de la expresión irlandesa All Hallows’ Even.

Óscar Herradón ©

No hay que olvidar que ese es el nombre que recibe en otros países, o recibía, incluido España. En México se conoce como Día de Muertos y es la fiesta capital –al menos en sentido espiritual– del país. El origen de la festividad que hoy día se celebra de un rincón a otro del mundo gracias al marketing estadounidense, muy alejado de la Roma pontificia, parece ser celta, el Samhain. Al parecer, los celtas estaban convencidos de que la frontera entre los vivos y los muertos se estrechaba en la noche anterior a la llegada del nuevo Año –nuestro 31 de noviembre–, permitiendo a los espíritus volver a nuestro mundo.

Algunos folcloristas han señalado que, para ahuyentar a los malos espíritus en ese momento clave, los celtas se ataviaban con cabezas y pieles de animales con la intención de tener una apariencia tenebrosa y evitar sufrir daño a malos de los espíritus malignos. Adoraban al dios Sol (Belenus), especialmente en Beltane, el primero de mayo, pero también adoraban a otra deidad: Samagín o Samhaín, el Señor de la Muerte o de los Muertos –y quien daría nomenclatura a la festividad–, el 31 de octubre, donde parece que se realizaban sacrificios no sólo animales sino también humanos. Según Julio César en sus Comentarios, los celtas de Britania creían que eran descendientes del dios Dis, una tradición transmitida oralmente por los druidas.

Beltane

Los celtas y sus sacerdotes druidas comenzaban su año nuevo el día correspondiente al 1 de noviembre de nuestro calendario, que marcaba el comienzo del invierno. Al parecer, estaban convencidos de que el 31 de octubre, la noche previa, el Señor de la Muerte reunía las almas de los difuntos que en vida habían sido malvados y que habían sido condenados a encarnarse en cuerpos de animales –aquellos que habían llevado una vida honorable, creían, se reencarnaban como humanos y volvían a sus hogares–.

Para evitar sufrir daño a manos de los espíritus del inframundo, se ataviaban con cabezas y pieles de animales; asimismo, los druidas estaban convencidos de que el castigo a ese espíritu maligno podría ser favorecido a través de sacrificios, oraciones y dones ofrecidos al Señor de la Muerte.

En La Historia y orígenes del Druidismo, del folclorista escocés Lewis Spence (1874-1955), podemos leer: «El rasgo sobresaliente de Samagín consistía en encender una gran hoguera… Samagín también era el festival del muerto, se pensaba que en esta estación los espíritus recorrían los campos, asustando a la gente en sus recorridos.

Para ahuyentarlos de los campos y de los recintos de las villas, encendían teas desde la fogata, las cuales eran llevadas alrededor del territorio… al tiempo que adivinaban el destino del individuo para todo el año».

Durante los días anteriores a la víspera del año nuevo, los jóvenes de la comunidad recorrían el vecindario pidiendo materiales para la gran hoguera, en la creencia de que el fuego no sólo desterraba los malos espíritus, sino que «rejuvenecía al sol». No en vano, hasta hace poco la montaña de fuego de Halloween que encendían los escoceses se conocía como Samagín o Samhain, indicando la fuerte influencia del antiguo festival celta.

Además de las mascaradas y los bailes alrededor del fuego, el interés por la adivinación y los sortilegios llegó a ser importante en el marco de la festividad. Los druidas creían que por las particulares formas de los frutos y los vegetales podían adivinar el futuro, y con el mismo propósito se utilizó a las víctimas de los sacrificios humanos, práctica prohibida con la conquista romana de Bretaña.

Así, Halloween rivaliza con los agüeros, hechizos y toda clase de prácticas místicas que también se realizan en la noche de San Juan, aunque en este caso en relación con el declive del sol, y no con el solsticio de verano. En Irlanda, esta fiesta incluye tradiciones propias, como el barmbrack, un pan dulce que lleva pasas y pequeños objetos en el interior de la masa –algo así como nuestro Roscón de Reyes–; cada objeto tiene un significado específico que, al parecer, sirve para predecir el futuro de aquel que lo encuentra. Una práctica bastante similar a la del soul cake, que se cocía en honor de los muertos en la tradición cristiana. Esta práctica comenzó en la Inglaterra medieval y se mantuvo hasta los años 30 del siglo pasado, y era llevada a cabo tanto por protestantes como por católicos. Hoy se continúan realizando «soul cakes» en Portugal o en la Francia rural.

Los pasteles, tradicionalmente denominados «almas», se entregaban a «las almas gemelas» –generalmente a niños y pobres– que iban de puerta en puerta durante los días de Difuntos rezando «por las almas de los benefactores y amigos», y muchos folcloristas han visto en esta tradición el origen del «truco o trato». Entre los católicos, era una tradición que los pasteles fueran bendecidos por un sacerdotes antes de ser repartidos en el Día de Todos los Santos.

A cambio de aquel presente en tiempos de precariedad, los niños prometían orar por las almas de los parientes fallecidos del donante durante el mes de noviembre, que creían se hallaban en el Purgatorio.

Ya que la celebración de Halloween era una noche donde se creía que las almas de los muertos vagaban por todas partes, la costumbre de narrar historias de fantasmas a la luz de la lumbre se originó como una consecuencia natural de tales creencias, y se mantiene hoy con fuerza en distintos países.

Según un estudio realizado en por la empresa The Harris Poll en 2014, un 42% de los estadounidense cree en fantasmas, cifra que aumenta hasta el 52% en Gran Bretaña. No es raro que Halloween sea para ellos una festividad especial.

2 lecturas –recién publicadas– que no te dejarán pegar ojo este Halloween:

–El maestro del horror contemporáneo, el señor Stephen King, regresa con cuatro novelas cortas publicadas por Plaza & Janés, editorial habitual de sus libros en España, bajo el sugerente título de La Sangre Manda y con una portada en tonos naranjas con un gato negro, símbolo –algo injusto– del mal fario y el satanismo que adquiere aún mayor significado en estas festividades. Relatos que se centran en las fuerzas oscuras que nos acechan. El primer texto, que da título al libro, es un absorbente noir paranormal protagonizado por la detective Holly Gibney, al frente de la ya legendaria agencia Finders Keepers, quien siguiendo la máxima de una cruenta y violenta noticia precisamente bajo el potente titular de «La sangre manda», investigará una matanza en el instituto Albert Macready, enfrentándose a sus propios temores interiores. Le siguen tres narraciones no menos inquietantes para este Halloween: El teléfono del señor Harrigan, La Vida de Chuck y La rata, un relato sobre un escritor que, desesperado, se enfrenta al lado más oscuro de la ambición y parece contener ciertos ecos de la película En la boca del miedo que en 1994 dirigió el también multifacético John Carpenter.

–Por su parte, la Editorial Minúscula nos trae una de las joyas de la novela «gótica» contemporánea, La maldición de Hill House, probablemente la novela más emblemática de escritora estadounidense Shirley Jackson (1916-1965) que ha gozado de un nuevo impulso gracias al éxito de la serie homónima de Netflix que es otra buena opción para pasar este «Día de los Muertos» en familia y en semi confinamiento. Maldiciones familiares, fantasmas, premoniciones y fenómenos poltergeist que acaban en tragedia, se dan la mano en esta vertiginosa trama, uno de los grandes libros de terror del pasado siglo.

Cuatro personajes llegan a un viejo y laberíntico caserón que da nombre a la novela, Hill House. El doctor Montague, estudioso de lo oculto, y tres personas que éste ha reclutado para llevar a cabo un experimento que arroje pruebas evidentes de fenómenos psíquicos en casas encantadas. A pesar las reticencias de la familia, que arrastra una terrible tragedia vivida entre esos angostos y ahora abandonados muros, la joven y atormentada Eleanor acabará formando para de esa singular comitiva. También Theodora –con quien Eleanor establecerá un fuerte vínculo desde el principio–, y Luke, el heredero de tan desagradable mansión. Como un organismo que tiene vida, la casa pondrá a prueba a los incómodos visitantes, que serán testigos de situaciones extremas que escapan a su compresión, con la intención de escoger a uno de ellos y atraparlo para siempre. Una delicia… terrorífica.

Los Warren: su historia contada por ellos mismos

Me apasiona el cine de terror. No es extraño teniendo en cuenta el nombre del blog «Dentro del Pandemonium». El cine de terror bueno, añadiría, cual cinéfilo –o más bien cinéfago– pedante, que soy un poco…

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…pero, ¿cuál es el bueno? También disfruto con el cine de serie B, y con el de serie Z… y otro más inclasificable, y no son cintas que gocen precisamente de una posición envidiable entre la crítica más exigente –no así entre el público, menos encorsetado y sometido a los cánones de lo «políticamente correcto»–. En las próximas líneas no entraré en esa discusión que daría para varios post y de la que otros de mis colegas de profesión saben mucho más, infinitamente más.

Comienzo así esta entrada porque lo cierto es que hacía años que me daba pereza visionar nuevos lanzamientos del género (con numerosas aristas que escapan a dicha clasificación, insisto) porque, salvo una o dos excepciones, me parecía más de lo mismo, abuso de las nuevas tecnologías, los primeros planos o los travelling hasta volverte loco, de lo que ya se había hecho en este campo.

Es más, sigo disfrutando mucho más viendo El Exorcista de Friedkin o La Profecía de Donner –sí, lo reconozco, algo de nostalgia– que de estar a la última en cintas slasher, de zombies y derivados, algo imposible ahora que las plataformas de streaming te ofrecen un catálogo infinito, producciones propias incluidas. Y eso que ver, veo unas cuantas.

Cine de terror de nuevo cuño

Hace unos años, no obstante, y cuando aún no pegaban tan fuerte, al menos en España, HBO y otras, ni se oía hablar de Netflix o Amazon Prime, y tras negarme a ir al cine casi por convicción personal a ver algo que llevase el marchamo de «terrorífico» en el cartel, decidí ver en DVD Expediente Warren: The Conjuring, del malayo-australiano James Wan.

Sabía, por supuesto, que aquella cinta se basaba en unos personajes de carne y hueso que conocía bien de mis muchos años trabajando en el periodismo llamado «de misterio», en la redacción de mi añorada revista ENIGMAS y en las filas de Año/Cero. Pero aparte de eso, no esperaba mucho de un título de gran presupuesto con el sempiterno recurso de «basado en hechos reales» que explotaban hasta la saciedad los telefilmes y las cintas generalmente limitadas al servicio del espectáculo en los que aquella historia «real», gerny las cintas generalmentedesvirtuados en los que aquella historia «real saciedad los telefilmes y las cintas generalmente» se desvirtuaba por completo. No fue el caso.

No es Expediente Warren una de mis películas favoritas, pero me gustó bastante, y desde ese momento puse el foco en el trabajo de Wan y seguí con atención su ristra de secuelas, precuelas y spin-off… que, todo hay que decirlo, ya saturan. A Expediente Warren le siguió una secuela muy loable, a la misma altura de la primera cinta, y aún más inquietante, también inspirada en los periplos de esta pareja de investigadores del misterio de la que enseguida hablaré: El Caso Enfield se basaba, pues, en «hechos reales» –que fuesen fruto de una manipulación o no es algo que no me compete, ni tampoco me importa en este caso– sobre unos estremecedores fenómenos poltergeist que de forma continuada acosaron a una familia de clase trabajadora en la Inglaterra de finales de la década de los setenta.

Pues bien, ahora podemos conocer mucho mejor la trayectoria vital del matrimonio formado por Ed y Lorraine Warren gracias a la publicación de sus obras en castellano por Ediciones Obelisco, títulos fascinantes –seamos crédulos o escépticos a más no poder– que hasta ahora solo era posible devorar en inglés. Escepticismo y acusaciones de fraude aparte, esta pareja de norteamericanos investigó durante nada menos que cincuenta años más de 4.000 casos relacionados aparentemente con lo sobrenatural, algunos tan sonados que removieron conciencias y sacudieron la prensa de la época –por supuesto con una ristra de acólitos y aún mayor de detractores– y que son la base de las citadas películas y algunas otras que no forman parte del repertorio productivo de Wan, quien elevó al matrimonio de demonólogos al nivel de superestrellas.

Ed y Lorraine Warren en tiempos no tan mozos

Pioneros y valientes para quienes creen en el más allá y lo sobrenatural, o al menos lo temen –la actitud más recomendable–, gracias a la saga cinematográfica los Warren, ya conocidos, como digo, en los ambientes del misterio, saltaron a la fama internacional, trascendiendo con mucho los límites de su Connecticut natal.

Lucha a muerte contra las fuerzas del mal

Ed Warren no llegaría a ver la adaptación a pantalla grande de sus (des)venturas con el otro lado, y no disfrutaría del éxito que sí experimentó unos cuantos años su esposa. Ed murió el 23 de agosto de 2006 tras sufrir un accidente cerebro vascular en su mítica casa rural. Lorraine, por su parte, moría hace relativamente poco, en abril de 2019, a los 92 años, tras haber hecho mil y una entrevistas gracias al empujón mediático de la saga.

Annabelle, la joya de la corona

En The Conjuring tiene gran relevancia el museo de «objetos malditos» del matrimonio, sito a buen recaudo –o no tanto– en el sótano de su hogar de Connecticut. Un museo de los escabroso y lo singular que existe realmente y que, a pesar de los caprichos de los diseñadores de producción –como en el caso de la réplica de la famosa muñeca Annabelle–, se muestra bastante fiel al verdadero. Una colección digna de la AIDP de Mignola, pero real, en la que se dan la mano el espejo «maldito» de la Plantación Myrtles, pedazos de la lápida de la bruja Bathsheba Sherman –responsable al parecer de los terribles sucesos en Rhode Island–, el vestido de novia «embrujado» de la difunta Anna Baker o el inquietante muñeco Shadow, entre mil y un artefactos recogidos por sus viajes por medio mundo.

Y al fondo, dentro de una vitrina de cristal con candado y la advertencia «¡No abrir!» («Warning! Positively do not open»), la estrella de la corona: la muñeca Annabelle, con muy poco parecido a la aterradora figura con ecos de ventriloquía de las cintas, una muñeca de trapo enorme, marca Raggedy Ann, que fue creada en 1915 por Johnny Gruello y luego comercializada con mucho éxito. Muy risueña y de tosco diseño, pero casi más aterradora que la de la película, y eso sin conocer previamente su historia –ver imagen–. Se haría tristemente célebre en 1968 cuando Donna, una estudiante de enfermería, la recibió como regalo de su madre. La joven, que vivía con su compañera Angie y que verán cómo la inquieta Annabelle cambia de postura y lugar sin que nadie la toque y empieza a causar un verdadero quebradero de cabeza a las chicas, cada vez más desesperadas. Tras solicitar, sin mucho éxito, la ayuda de un sacerdote, aparecieron los Warren, que estaban convencidos –y lo estarían hasta su muerte– de que en la muñeca moraba un espíritu maligno que pretendía poseer a la desdichada Donna. Tras combatir el mal, la encerraron en su Museo del Ocultismo.

Un romance atípico

Ed y Lorraine, que se conocían desde los 16 años, se casaron en un momento de permiso del primero, que combatía nada menos que en Europa en la Segunda Guerra Mundial, y Lorraine no tardaría en desarrollar su «don», afirmando, como se muestra en las películas con el rostro de la actriz Vera Farmiga, que encarna a la demonóloga, que era capaz de saber si una casa estaba o no encantada, entablando contacto con entidades espirituales y fantasmas y experimentando una suerte de revelaciones que han dado, y siguen dando, mucho que hablar. Era médium y clarividente. Casi nada. Así se complementaba con Ed, quien afirmaba también ser capaz de ver fantasmas –aunque no interactuar con ellos– y comenzó la historia de amor más prolífica del mundo de lo paranormal.

En 1952, ya con cierto renombre, fundaron la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra –NESPR por sus siglas en inglés–, que sería la primera fundación dedicada ex profeso a investigar fenómenos paranormales, en palabras de Ed Warren, «a investigar fantasmas y a buscar demonios». Luego vinieron sus grandes investigaciones, que se recogen en los films y con mucho más detalle en los libros recientemente editados en castellano y que desmenuzo –grosso modo– en las próximas líneas.

Sus investigaciones más notables, en sus propias palabras

Uno de los casos estrella investigado por los Warren y que ya fue llevado al cine con cierto éxito en 1979, apenas tres años después de los sucesos, y que ha tenido varios remakes, a cual más mediocre, fue el que tuvo lugar en la ya celebérrima casa de estilo colonial sita en el 112 de Ocean Avenue en la localidad estadounidense de Amityville en 1976. Los hechos se narran en Cazadores de Fantasmas (Obelisco, 2019), un libro publicado con la colaboración del periodista Robert David Chase, que reúne otras investigaciones como las que dieron lugar a Expediente Warren y también a Annabelle y sus juegos caprichosos.

En La Casa Embrujada, editado por Obelisco en febrero de este año, en colaboración con el periodista Robert Curran, Ed y Lorraine Warren cuentan la historia que vivieron en casa de Jack y Janet Smurl en West Pittston, Pensilvania (EEUU): una infestación aterradora que incluía, según los testigos y más tarde los investigadores, sonidos, olores y apariciones inexplicables. Tras instalarse allí, los Warren declararon que la casa estaba «ocupada por tres espíritus menores y también por un demonio» que aparentemente abusó sexualmente del matrimonio Smurl, en una historia que recuerda a la cinta El Ente, también basada –supuestamente, como siempre– en hechos reales, los escalofriantes sucesos experimentados por Carla Moran, que en la película de 1982 era interpretada por una bellísima y atormentada Barbara Hershey.

La sinopsis de La Casa Embrujada no puede ser más atractiva –o aversiva si eres miedoso–: «Insoportables olores de matadero. Ruidos ensordecedores. Una criatura con pezuñas que recorre el pasillo. Ataques físicos, despiadados estrangulamientos, exorcismos fallidos, súcubos… y el terror definitivo que continúa atormentado a la familia Smurl».

En El Cementerio. Apariciones reales en un antiguo cementerio de Nueva Inglaterra, escrito en colaboración también con Robert David Chase, recogen hechos sobrenaturales investigados en camposantos como el de Unión o el de Hillpointe, ambos en dicho estado norteamericano, a través de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra: desde aterradores «demonios sexuales» y apariciones fantasmagóricas a historias de venganza de ultratumba. Nada menos.

El último libro editado, En la Oscuridad, al que los Warren dieron forma con la colaboración de Carmen Reed, Al Snedeker y Ray Garton, se centra en la historia del caso más aterrador de posesión demoníaca que azotó los EEUU y que serviría de base para el argumento de otra película que no forma parte de la saga Wan: Exorcismo en Connecticut, dirigida en 2009 por Peter Cornwell. El ensayo recoge aquellos hechos: los que experimentó otra familia más, en este caso los Snedeker, cuando se mudaron a una nueva casa que había sido una antigua funeraria –algo que desconocían–: siniestras presencias, incidentes salvajes, oscuras fuerzas supuestamente «infernales»… una historia sobrecogedora que tuvo lugar en 1986 y que consistió, según los autores, en una infestación demoníaca.

Lo dicho, los Warren desde su propia óptica, con sus palabras en un testimonio de primera mano que puedes amar u odiar –también no creer–, pero que no te dejará indiferente. Para echarse a temblar.

La ubicación del Museo del Ocultismo de los Warren: 30 Knollwood St, Monroe, CT 06468, United States.

Los demonios del Siglo de Oro (parte I)

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

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Fue el tiempo de novicias que decían sufrir arrobos y éxtasis, monjas posesas y también el de condenas por brujería y hechicería. Dichos casos se recogían en textos y manuscritos que todavía se pueden ojear en viejas bibliotecas. Hechos sumamente curiosos que advierten que las crónicas del misterio son tan antiguas, casi como la misma escritura…

La superstición y la magia estaban muy arraigadas en la mente del español de los siglos XVI y XVII. En la Península a las supersticiones de los pueblos primitivos, romanas y godas, se unieron las de los judíos y los moriscos, además de las milenarias del pueblo gitano. Toda una caterva de prácticas heterodoxas lograron fundirse con el dogma católico, generando un sincretismo religioso, una «nueva religión» que podríamos considerar paralela entre el pueblo, que seguía manteniéndola viva a pesar de la condena de la Iglesia.

En el siglo XVI se intensificaron las creencias de índole mágico-supersticiosa, que parecían haber sucumbido a finales del Medievo. A tal punto llegaba la pasión por lo heterodoxo que en marzo de 1582 el Inquisidor de Valladolid descubrió en la Universidad de la ciudad castellana profesores que enseñaban magia, doctrina que ordenaban los Estatutos del centro, donde se hallaban además libros autorizados sobre la materia. Un año después se prohibieron aquellos estudios pero se permitió el trazado de horóscopos, práctica tan en boga entonces que los grandes mandatarios y reyes del Renacimiento, como Felipe II, Catalina de Médicis o Isabel I de Inglaterra, se guiaron por los consejos de adivinos, magos y astrólogos.

Crónica «oculta» del Rey Pasmado

Pero sería el siglo XVII, el del barroco por antonomasia, aquella España que veía el comienzo de su declive hegemónico bajo el cetro del cuarto Felipe, cuando la superstición alcanzaría un grado tal de inserción en la sociedad  que en todos los estratos sociales, desde el hombre más humilde al noble más laureado –salvo excepciones, que las hubo–, creía en la intervención de lo sobrenatural en sucesos de diversa índole e incluso en el devenir de la vida cotidiana.

El piadoso (pero promiscuo) Felipe IV, por Velázquez.

Para el historiador español José Deleito y Piñuela, autor del inolvidable ensayo La vida religiosa española bajo el cuarto Felipe. Santos y pecadores (Espasa-Calpe, 1963), este aumento desaforado de la superstición se erigió como caricatura «del ardiente misticismo y de la fiebre teológica que devoraron las almas en el siglo XVI». La España de los Austrias sufrió grandes crisis de ideales y una relajación moral y en las costumbres propicias para desarrollar creencias supersticiosas, prácticas que alcanzaron a todos los campos de la España de entonces: el pensamiento, las artes y las mismas costumbres.

Juan José de Austria

Hechiceros, brujas, nigromantes y adivinos estaban a la orden del día y gentes de rancio abolengo creían a pies juntillas en sortilegios y agüeros, acudiendo a que les adivinasen el porvenir o a pedir ayuda para todo tipo de problemas: mal de amores, envidias, obtener éxito y dinero, encontrar un tesoro perdido…  Juan José de Austria, el hijo bastardo que Felipe IV tuvo con la comedianta María Calderón, era un apasionado de la astrología y un asiduo de los salones de adivinación. Esta ciencia alcanzó tanta notoriedad que incluso algunos nobles se permitieron el lujo de tener astrólogo propio que elaborase su horóscopo personal. Se creía en el influjo de los astros sobre los hombres, los cuales nacían con buena o mala estrella, dependiendo del signo zodiacal que les influyese; existían días fastos, favorables para todo, y nefastos, que eran adversos para aventurarse a realizar cualquier cosa.

Durante los siglos XV y XVI gozó de una gran popularidad la llamada astrología judiciaria, aquella aplicada a los pronósticos y que trataba de predecir acontecimientos futuros por medio de la posición e influencia de los cuerpos celestes. La astrología llegó a ser recomendada por las Cortes como un necesario complemento de la Medicina y se crearon cátedras de la misma en ciudades como Valencia. Pedro Ciruelo, teólogo autor del texto Reprobación de las supersticiones y hechicerías (Alcalá de Henares, 1530), llegó a decir que «la astrología es ciencia verdadera, como la Filosofía Natural o la Medicina», a pesar de condenar muchas prácticas supersticiosas y creencias sobrenaturales en su obra.

No obstante, en 1585 el papa Sixto V prohibió su práctica a través de la bula Coeli et Terrae y desde el año 1612 los astrólogos fueron castigados con pena de destierro y galeras, además de abjurar de sus creencias. Si muchos, como el mismo Felipe II y sus sucesores, admiraban esta ciencia y creían en ella a pies juntillas, autores como Calderón de la Barca la condenaron abiertamente, en obras como El astrólogo fingido.

Además de los vaticinios de tipo astrológicos, existían formas de adivinación tan extrañas y sugerentes como la spatulomancia o «adivinación por los huesos de la espalda»; la kefalenomanteia, «a través de la cabeza asada de un asno o un carnero», o la onuxomanteia o «adivinación por las uñas manchadas de aceite»; además de las habituales a través de naipes o cartas, lectura de las manos (chiromancia y ahora quiromancia), por los posos del café…

Astrología, sortilegios y agüeros

Era habitual que en los escritos de la época reseñaran prodigios y sucesos de índole sobrenatural cuya veracidad, en una época donde imperaba la superstición, nadie ponía en duda. En los Avisos de Pellicer y Barrionuevo o en los textos de la escritora francesa Madame d’Aulnoy –que señala no creer en las supercherías de los españoles– se recogen no pocas situaciones sin aparente explicación racional. La escritora gala apunta que cuando llegó a la ciudad de Toledo, cuna de las tres religiones y enclave mágico por excelencia, los lugareños le aseguraron que de un nicho situado en el coro de la catedral brotó una fuente de agua que manó durante varios días seguidos; aquél prodigio ocurrió al parecer en tiempos medievales, cuando el moro sitiaba la ciudad y los cristianos andaban escasos del preciado líquido.

En el mismo recinto sacro la francesa vio un pilar protegido por una verja donde la tradición señalaba que la Virgen se había aparecido a San Ildefonso. Asimismo, le contaron que varios lagos que salpicaban la geografía española exhalaban ciertos vapores que desataban tempestades y albergaban en sus profundidades peces monstruosos; que existían conjuradores de la langosta –especie de hechiceros que conseguían extirpar las plagas mediante conjuros y ritos mágicos– y que los nacidos en Viernes Santo eran capaces, cuando pasaban ante un camposanto en el que había personas asesinadas o por el lugar de un crimen, de ver al malogrado difunto ensangrentado cual aparición espectral.

No eran pocas las historias tomadas como ciertas acerca de sucesos sobrenaturales que tenían como escenario conventos y catedrales. En el convento de monjas de Santa Clara, sito en Valladolid, descansaba en una lúgubre tumba un antiguo caballero castellano que, al decir de las religiosas, siempre sollozaba cuando se moría alguno de sus parientes. El barroco fue tiempo de arrobamientos, éxtasis y visiones demoníacas. En las Noticias de la época se hallan episodios de este tipo de forma abundante, como el que apuntaba que en la Iglesia madrileña de San Ginés un fraile descalzo de la Orden de los franciscanos «se arrebató en éxtasis, en el cual, desde la mitad de la iglesia fue hasta el altar por el aire, y en él estuvo un cuarto de hora mirando el Santísimo Sacramento a vista de gran pueblo, que le hizo pedazos el hábito (…)».

Por la misma época, en un convento de agustinos que se hallaba en la ciudad de Burgos, se veneraba en una capillita a un Cristo que según declaraban los religiosos, que se turnaban para custodiarlo, sudaba todos los viernes. La talla era adorada por personaje de alto rango y por el pueblo llano y sus custodios se las vieron y se las desearon para protegerlo, pues al menos dos veces fue robado por los monjes de otro convento; aunque al parecer volvió por su propio pie a su ubicación original…

José Pellicer, cronista de la Villa y Corte

José Pellicer de Ossau Salas y Tovar, en sus célebres Avisos Históricos, escribía el 8 de septiembre de 1643 que «en Madrid una imagen de pincel en tabla, de Nuestra Señora del Populo de Roma, estando en una casa particular una criada gallega, empezó a cantar en su alabanza y a bailar, y vio que Nuestra Señora movía los dedos de las manos. Dio voces, espantada, y llamó a gente que lo vio también. Concurrió mucho pueblo y el señor Nuncio, y se trujo la imagen a las Descalzas Reales, donde la pusieron en su oratorio adentro». Nadie dudaba, aunque fuera un escritor de renombre, de la intercesión de fuerzas sobrenaturales en el devenir del día a día.

(Continuará en un próximo post… aún más extraño).