De la dictadura a la democracia

Comares y Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha publica un monumental estudio coral que llena un vacío regional en la historiografía: De la dictadura a la democracia: la Transición vista desde Castilla-La Mancha, un volumen colectivo compuesto por veintisiete voces.

Óscar Herradón ©

Proclamación de Juan Carlos I como rey de España en 1975.

Su principal interés está en una pregunta que la historia general suele saltarse: qué pasó cuando la democracia llegó a lugares donde ni siquiera existía todavía la comunidad autónoma que la iba a gobernar. La obra, coordinada por Francisco Alía Miranda, Juan Carlos Buitrago Oliver y José Antonio Castellano López, aparece cuando se cumplen cincuenta años de la Ley para la Reforma Política y con un objetivo concreto: estudiar la Transición en Castilla-La Mancha. A partir de 1976 no solo se recuperaban las libertades, sino que casi a la vez arrancaba la construcción de una nueva comunidad autónoma, posible gracias a la Constitución de 1978. Es una combinación poco habitual, porque la mayoría de las síntesis sobre la Transición tratan el proceso autonómico como un capítulo aparte, y aquí ambos procesos se leen a la vez. El arco cronológico, de 1976 a 1983, coincide con las primeras elecciones autonómicas de mayo de 1983, en las que José Bono obtuvo mayoría absoluta.

Veintisiete autores del ámbito universitario analizan el periodo con estudios especializados de alcance nacional y regional. Reconoce sin rodeos que la bibliografía sobre esta región era muy escasa, lo que explicaría su poca presencia en los estudios generales. Añade que se abordan las cuestiones económicas, sociales y culturales para lograr una visión interdisciplinar. Uno de los capítulos se ocupa del movimiento feminista entre 1978 y 1983, lo que da idea de que no es un libro de política institucional en sentido estrecho.

La tesis de fondo

El proceso estuvo lleno de incertidumbres y de improvisación, lo cuestionaron tanto la extrema derecha, por nostalgia del franquismo, como la extrema izquierda, que temía que el modelo de que la ley permitiera a las instituciones franquistas sobrevivir dentro de la democracia. Frente a ambas, el libro subraya el empuje de buena parte de los españoles hacia el cambio, un factor sin el cual es difícil entender las actuaciones del rey y de las autoridades que guiaron el proceso. Es una posición reconocible: la de quienes sitúan la presión social como motor de la democratización y no solo la voluntad de las élites.

Esa perspectiva tiene una escuela detrás. El Seminario de Estudios de Franquismo y Transición de la propia Universidad de Castilla-La Mancha, activo desde 2002, defendía ya en 2009 que la Transición no fue un proceso dirigido por una élite, sino uno en el que intervinieron muchos más agentes, con el papel de los viejos y nuevos movimientos sociales en la crisis de la dictadura. El precedente más directo es el trabajo de Óscar J. Martín García, A tientas con la democracia. Movilización, actitudes y cambio en la provincia de Albacete, 1966-1977 (Catarata, 2008), que Francisco Sevillano reseñó en Pasado y Memoria como ejemplo de un giro de perspectiva muy extendido en los estudios sobre la Transición. A escala nacional, la misma línea la representan Carme Molinero (ed.), La Transición, treinta años después (Península, 2006), que quería superar los tópicos, y la crítica más radical de Ferran Gallego en El mito de la Transición (Crítica, 2008). En el otro extremo, el relato clásico de Raymond Carr y Juan Pablo Fusi, España, de la dictadura a la democracia (Planeta, 1979), y en el polo institucional, la obra de Santos Juliá, Transición. Historia de una política española (1937-2017), que pone en el centro las voces y los pactos.

Un volumen de veintisiete autores tiene las virtudes y los riesgos de toda obra colectiva: riqueza de miradas y desigualdad de niveles. Lo más valioso, en principio, es el ejercicio de escala regional, que permite comprobar si los grandes relatos, ya sean el pacto consensuado o la ruptura frustrada, se sostienen cuando se miran desde una provincia de interior. Veredicto provisional. Es una obra necesaria por su objeto, oportuna por la fecha y coherente con una tradición historiográfica sólida en la universidad que la respalda. Su contenido tiene rigor académico y voluntad de llegar a un público amplio, el que vivió esos años y el joven que los estudia como historia.

Las ciudades oscuras. Libro 1

Norma Editorial publica el tomo 1 integral de esta obra maestra del cómic franco-belga que arrancó en 1983 y que ha durado más de cuarenta años, y combina con rigor y elegancia elementos de literatura fantástica, arquitectura ilusoria, geografía imaginaria y cómic en estado puro.

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Las ciudades oscuras. Libro 1, que Norma edita en tapa dura, es la traducción española del primer tomo de la intégrale que Casterman lanzó en Francia con las obras completas de François Schuiten y Benôit Peeters. Un volumen recopilatorio, una de las cumbres del noveno arte, de 328 páginas que reúne Las murallas de Samaris, La fiebre de Urbcande, Los misterios de Pâhry y El archivista, enriquecido con fragmentos del apócrifo Guía de las ciudades y material inédito que ata cabos entre las distintas urbes del ciclo.

La serie arrancó en 1983 como una rareza dentro del cómic franco-belga: un mundo paralelo, invisible al nuestro, poblado por ciudades que son versiones deformadas de las reales, desde la Viena burocrática que asoma en Xhystos hasta el París reconocible en Pâhry. Lo que hace especial este primer libro es que reúne el germen completo de esa mitología; Samaris, la ciudad-espejismo que se reconstruye por delante de quien la recorre; Urbicande, dividida en dos mitades por un río hasta que un cubo reticular empieza a crecer sin control y acaba invadiéndolo todo; y Pâhry y el propio archivista, piezas más breves que funcionan casi como anotaciones al margen del resto del universo.

Una estructura arquitectónica

Entre las curiosidades del contenido, podemos mencionar el caso de La fiebre de Urbicande: pensada en principio para publicarse en color, como Samaris, la coloración resultó demasiado lenta y entonces los autores optaron por el blanco y negro, lo que además permitió que la historia se extendiera mucho más allá de las 44 páginas habituales del álbum franco-belga clásico. El ensayista estadounidense Julian Darius recuerda en su lectura del ciclo que el propio Peeters llegó a calificar de «esquelética» su primera entrega, Samaris, por sentir que el formato corto no le dejaba espacio para desarrollar sus ideas; fue precisamente esa frustración la que empujó a extender el segundo álbum, un cambio de ritmo que terminó ganando el premio al mejor álbum del festival de Angulema en 1985, uno de los grandes reconocimientos del cómic europeo.

Otra curiosidad tiene que ver con la propia estructura del volumen integral: a diferencia de la publicación original álbum a álbum, Casterman decidió ordenar el material de forma mayoritariamente cronológica dentro del universo ficticio, intercalando las páginas del Guía de las ciudades justo después de cada historia con la que se relacionan, de modo que el lector puede seguir casi como un atlas la evolución interna de ese continente imaginario (y que reproduce igualmente la edición de Norma). La revista suiza Le Temps, con motivo de la publicación de uno de los tomos posteriores de esta misma intégrale, describió el conjunto como un rompecabezas sin final, y situó la serie en la estela de las arquitecturas imposibles de Julio Verne, la claridad inquietante de los cuadros de Magritte y los laberintos de Jorge Luis Borges, una tríada de referencias que la crítica francesa repite casi como fórmula fija al hablar de Schuiten y Peeters.

El propio origen biográfico de Schuiten explica buena parte de la obsesión arquitectónica del libro: pertenece a una familia de arquitectos, y esa formación se nota en el detalle casi técnico con el que dibuja los edificios de Urbicande, con un aire de clasicismo monumental que recuerda a la estética de la Alemania de Entreguerras, sin que eso implique una lectura política explícita por parte de los autores. El resultado es un álbum considerado por crítica y público, reitero, una de las cumbres del noveno arte. Sin lugar a dudas.

Sangre de Barrio

Norma Editorial publica una nueva edición integral, con 192 páginas que incorporan doce páginas inéditas realizadas expresamente para esta versión (más una lámina), de la obra de culto de Jaime Martín, más de tres décadas después de la original.

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Vicen se muda a L’Hospitalet con su hermana y su madre, y esa mudanza a un extrarradio barcelonés gris, marcado por el paro y las drogas, es la semilla de la que nació Sangre de barrio, el debut en solitario de Jaime Martín que en 1990 le valió el Premio Autor Revelación del 8º Salón Internacional del Cómic de Barcelona.

Martín, nacido en L’Hospitalet de Llobregat en 1966, llevaba ya cuatro años trabajando profesionalmente en el cómic cuando publicó el álbum: había empezado en 1985 dibujando para revistas infantiles y de humor adulto bajo el sello Intermagen de Josep María Beà, y desde 1987 colaboraba de forma regular en El Víbora, la revista underground de Ediciones La Cúpula, donde firmaba series costumbristas con guion de Alfredo Pons. Sangre de barrio, aparecida por entregas en El Víbora a partir de 1989, fue su salto a autor completo, guionista y dibujante a la vez, y el resultado, según describe su propia editorial, fue un cóctel amargo de pesimismo, rebeldía y frustración. La historia de Vicen –un adolescente que pasa de las gamberradas de barrio al mundo del crimen organizado– se amplió en tres ocasiones, en 1993, 1998 y 2002, hasta consolidarse como una obra en dos partes que algún lector describe como un arranque a lo Makinavaja que termina convertido en una historia de mafia por derecho propio.

Lo interesante de rastrear el impacto de Martín es que su carrera despegó precisamente a partir de este título. El catálogo internacional de referencia para dibujantes, Lambiek, lo sitúa entre los mejores narradores y los cronistas más importantes de la vida cotidiana en el cómic contemporáneo, y señala que fue Sangre de barrio lo que lanzó su trayectoria, antes de que su trabajo empezara a publicarse en Alemania, Italia, los Estados Unidos y Francia. Esa proyección europea se confirmó cuando en 2007 fichó por la editorial belga Dupuis para su colección Aire Libre, con la que firmaría títulos como Lo que el viento trae (publicado en España por Norma en 2008) o Las guerras silenciosas, igualmente publicado por Norma hace relativamente poco tiempo y que le llevaría a ser nominado en la selección oficial del Festival de Angulema en 2011 y 2014.

En el extrarradio barcelonés, en la década de los 80, el panorama es desolador, un horizonte gris, achatado por el paro, la violencia y las drogas. El protagonista, Vicen, pasará su adolescencia y su primera juventud en el epicentro de este ambiente marginal, respirando lo bueno y, sobre todo, lo malo, hasta desembocar en el desastre. Una obra maestra del noveno arte, el cómic que retrató la rabia de la juventud desheredada del post-franquismo en una nueva edición que corta el aliento que incluye también una lámina de regalo.