La Cronografía de Miguel Pselo

Conocida en español como Vidas de los emperadores de Bizancio, es probablemente el texto más vivo que nos ha dejado la historiografía bizantina, que ahora publica Cátedra en la colección «Letras Universales» en una edición del helenista y bizantinista español Juan Signes Codoñer.

Óscar Herradón ©

Miguel Pselo y su alumno Miguel VII Ducas.

También es el texto más incómodo de clasificar, pues no es crónica al uso, ni memoria política, ni hagiografía cortesana, sino una sucesión de catorce retratos de emperadores escritos por alguien que fue, a la vez, testigo, cortesano y consejero de casi todos ellos. Conviene empezar por el autor, porque aquí la biografía del cronista explica el libro tanto como el libro explica a los emperadores. Nacido en Constantinopla en 1018 con el nombre de Constantino, Pselo lo cambió al ingresar en un monasterio a media carrera, ya consagrado como uno de los grandes prodigios intelectuales de su siglo.

Formado bajo la tutela de Juan Mauropo, futuro obispo, ascendió desde el modesto puesto de escribano judicial hasta convertirse en filósofo de cámara, orador oficial y, sobre todo, valido de varios soberanos sucesivos. Su erudición abarcaba filosofía, teología, retórica, derecho, medicina e historia, y se le atribuye buena parte del renacer del neoplatonismo bizantino, con Proclo como referencia constante. No es un dato menor: llegó a convencer a Constantino X Ducas de nombrar patriarca a Juan VIII Xifilino en 1064, después de haber contribuido él mismo a que Constantino accediera al trono. El cronista, en otras palabras, no observaba el poder desde fuera: lo fabricaba.

Mapa del Imperio bizantino con Basilio II.

Ese lugar privilegiado es lo que da al libro su rasgo más singular, y el que más suele sorprender a un lector moderno. Frente al patrón clasicista de la historiografía griega, centrado en guerras y conflictos civiles, Pselo desplaza el foco hacia la psicología de los gobernantes. Para él es el carácter de cada emperador, sus virtudes y sus manías, lo que explica el destino del imperio, mucho más que las batallas o la política exterior. El resultado se lee más como una galería de caracteres antes que como una crónica militar, y por eso Ediciones Cátedra no duda en afirmar en la sinopsis que, de haberla conocido, habría fascinado a biógrafos modernos como Marcel Schwob o Stefan Zweig, maestros ambos del retrato psicológico breve.

De Basilio II a Constantino Ducas

Constantino X Ducas.

El recorrido cubre desde el reinado de Basilio II, el llamado Bulgaróctono, en 976, hasta la proclamación de Constantino Ducas, pasando por figuras tan dispares como Romano Argiro, Miguel el Paflagonio, las porfirogénetas Zoe y Teodora o Isaac Comneno. Es, en el fondo, el relato de cómo Bizancio pasó de su apogeo territorial, que llegaba de Italia al Cáucaso y de Siria al Danubio, a una crisis cada vez más honda, narrada por alguien que vivió en primera persona ese declive. En su versión inglesa, de hecho, la obra circula bajo el título Fourteen Byzantine Rulers, que resume bien su estructura de catorce semblanzas encadenadas.

Choque entre los ejércitos de Esclero y Focas.

Hay pasajes que funcionan como set pieces por derecho propio, y el retrato de Basilio II es uno de los mejores ejemplos de las curiosidades que esconde el texto. Pselo cuenta cómo el joven emperador, entregado al principio a una vida de banquetes y amoríos, se transformó en un gobernante austero y desconfiado tras enfrentarse a las rebeliones de Bardas Esclero y Bardas Focas; abandonó el lujo, dejó de llevar joyas y clámides púrpuras y gobernó cada vez más solo, despreciando abiertamente a los letrados de su corte. La escena de la rendición de Esclero es de una teatralidad extraordinaria: el usurpador, ya anciano, se acerca a la tienda imperial escoltado y descalzo de sus zapatos púrpura, símbolo de la realeza que aún no quería soltar del todo, mientras Basilio, al verlo de lejos, cierra los ojos en señal de desagrado hasta que se despoja de toda insignia. Pselo incluso recoge una frase que atribuye al emperador ante la escena, convertida ya en un lugar común de la historiografía bizantina: la del hombre temido que ahora se aproxima como suplicante.

También resulta curioso el propio problema del título. El nombre Cronografía, con el que suele citarse la obra, ni siquiera es enteramente seguro. El filólogo alemán Diether Roderich Reinsch, autor de la edición crítica del texto griego de 2014, defendió que el propio Pselo se refiere a su obra como «historia» en un pasaje interno, lo que abriría la puerta a llamarla simplemente Historia de Miguel Pselo. Los títulos que dividen el relato en capítulos, además, no parecen ser del autor sino de un copista posterior, que resumía el contenido para orientar al lector, una práctica habitual en la transmisión manuscrita bizantina.

Lo que queda, en cualquier caso, es un texto excepcional dentro de la tradición historiográfica bizantina precisamente por lo que tiene de subjetivo, ya que Pselo no oculta su cercanía al poder ni disimula sus juicios morales sobre los emperadores a los que sirvió, y esa mezcla de intimidad cortesana y ambición literaria es lo que convierte a Vidas de los emperadores de Bizancio en algo más parecido a una colección de retratos morales que a una crónica política al uso, mil años antes de que ese género tuviera nombre en la literatura occidental.

Hades y el oráculo de los muertos (II)

Fermín Bocos realiza un erudito, directo e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.

Óscar Herradón ©

Los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes, convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera; le daba una piedra y le ordenaba que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se encontraba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Hades y Perséfone

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba, según la leyenda, un laberinto que Dakaris efectivamenteencontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada, en medio de un ambiente asfixiante. Los sacerdotes habían avisado previamente al consultante de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquél que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotiris Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podían escuchar un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia.

Entidades de ultratumba

En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme caldero de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del recipiente. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del que realizaba la pregunta- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores citados hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que obtenían del mismo, sutilmente, la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada a sus inquietudes. Toda una puesta en escena ancestral.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

Imágenes: Wikimedia Commons. Free License

PARA SABER MÁS:

En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.

¿Qué es la Gnosis? Nag-Hammadi. Los Evangelios Apócrifos (parte III)

Para poder entender los escritos de Nag-Hammadi, y por extensión todos los textos apócrifos del cristianismo antiguo, entre ellos los Evangelios de Tomás y Felipe, sin duda los más relevantes, es necesario que nos detengamos brevemente en la noción de gnosis y qué se entiende comúnmente por gnosticismo.

Óscar Herradón ©

La palabra gnosis, que proviene de la palabra griega gnôsis (conocimiento) se erigió en concepto fundamental de la doctrina conocida como gnosticismo o movimiento gnóstico. Sus orígenes son bastante oscuros: surgido en el siglo II de nuestra era –aunque algunos autores lo creen bastante anterior– fue el principal competidor del cristianismo ortodoxo, que acabaría venciendo la batalla de la oficialidad.

En sus años de mayor auge (siglos II al III) el gnosticismo no constituyó un movimiento unificado; estaba formado por una serie de escuelas y maestros dispersos que, sin embargo, compartían algunos rasgos comunes, entre ellos el de alcanzar un estado de iluminación interior. El gnosticismo fue una corriente de enorme importancia en Egipto y Palestina durante los siglos I al IV, condenado más tarde a desaparecer, si bien, y aunque perseguido, se mantuvo vigente en algunas escuelas de pensamiento muchos siglos después y fue la vía principal de conocimiento de diversas corrientes, generalmente esotéricas, como la alquimia o el hermetismo, que tuvieron su momento de esplendor durante la apertura cultural del Renacimiento y que, más adelante, volverían a ser perseguidas, algo tristemente habitual en relación a la heterodoxia. En el siglo XX el gnosticismo influyó sobremanera en el psicólogo Carl Gustav Jung, creador de la psicología analítica, quien fuera gran amigo, maestro y más tarde antagonista de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Una doctrina elitista

Aunque difícil de definir con exactitud, pues su esencia se perdió durante muchos siglos, limitada al estrecho círculo de unos cuantos elegidos, para Pierre Crepon, presidente de la Unión Budista de Francia y experto en ciencias herméticas, el gnosticismo es un tipo especial de religiosidad, de actitud existencial. Según esta doctrina, los hombres que penetran el conocimiento a través de la sabiduría y alcanzan la gnosis, pueden acceder a la salvación divina. La gnosis sería, por tanto, una experiencia interior del hombre mediante la cual alcanzaría la iluminación divina; sería muy similar a la vía hacia el Uno cabalística, no en vano, se encuentran tendencias gnósticas en el judaísmo, el islam, el hinduismo y la filosofía griega.

La historiadora Elaine Paigels, una de las máximas autoridades mundiales sobre los Evangelios Gnósticos y el cristianismo de los primeros años, lo define como «el conocimiento de sí mismo como conocimiento de Dios». El enfoque literalista, agnóstico, promovido por Pablo de Tarso y erigido como oficial del cristianismo, es que Dios está fuera del hombre, fuera del Universo, por lo que es necesario la intercesión de mediadores, empezando por el Papa, que nos pongan en comunicación con éste. Para los gnósticos, sin embargo, profundamente influidos por las religiones mistéricas del paganismo, todo es Uno, de esta forma, según Timothy Freke: «Cristo está en ti o tú estás en Cristo»; correspondería a la salvación por la contemplación, una comunicación con Dios buscando en uno mismo, sin la ayuda del Vicario de Cristo, ni de sacerdotes u obispos.

Siguiendo a investigadores como Keith Hopkins o Robert Eisenman, el gnosticismo promueve una religión para el individuo, para el hombre, no para una Iglesia. Consiste en hallar la divinidad por uno mismo: hay en el hombre una chispa divina de la que es inconsciente y que hay que despertar a través de la iniciación que nos lleva a la transformación. La esencia del hombre no es el cuerpo –de ahí que se niegue muchas veces la apariencia física de Jesús en estos escritos-, necesitamos morir el cuerpo y resucitar a nuestra auténtica identidad, que es Cristo, por ello, y para el gnosticismo, todos seríamos, tras la iluminación, un Cristo, pues todos somos hijos de Dios. En el Evangelio de Tomás podemos leer: «Dijo Jesús: ‘Cuando saquéis lo que hay dentro de  vosotros, esto que tenéis os salvará. Si no tenéis eso dentro de vosotros, lo que no tenéis dentro de vosotros os matará’» (Proverbio 70). En otra sentencia se puede leer: «Dijo Jesús: ‘¡Ay de la carne que depende del alma!¡Ay del alma que depende de la carne!’».

Para el autor británico experto en misticismo Peter Gandy, si quieres construir una Iglesia debes afirmar que la salvación solo es posible a través de ella. Si la divinidad puede alcanzarla cada hombre, sin intermediarios, ésta ya no tiene sentido alguno. Por ello el gnosticismo fue perseguido hasta su erradicación.

Mitra

Esta idea de la Transformación, concepto básico del misterio de dioses como Isis, Mitra o Adonis, ponía en serio peligro la edificación de una «casa de Dios» profundamente poderosa y jerarquizada. Era una corriente «demoníaca» y sus textos, escritos malditos que había que destruir a toda costa. La casta sacerdotal se encontraba en peligro y aquello no podía permitirse. Como cualquier otro escrito hereje, o quizá con más razón por su peculiar contenido, los textos gnósticos de Nag-Hammadi merecen el calificativo de «malditos» como pocos en la historia, al menos desde el punto de vista del cristianismo oficial. Los gnósticos fueron los primeros en ser clasificados de herejes por el cristianismo ortodoxo, siendo perseguidos sin misericordia. Sus escritos estaban condenados a desaparecer, pero, en una de esas muchas ironías del destino, llegaron hasta el hombre moderno. ¿Cuántos otros se perderían en ese largo e incierto camino del paso del tiempo?

Heterodoxia cristiana

No obstante, y a pesar del progreso y la supuesta apertura mental del hombre contemporáneo, en pleno siglo XXI la ortodoxia representada por la Santa Sede sigue considerando los Evangelios Gnósticos falsos testimonios, pero lo cierto es que pueden ser tan falsos o verdaderos como los evangelios que en el siglo IV fueron seleccionados como canónicos, según las crónicas, porque una paloma blanca se fue posando en cada uno de ellos (aunque ya sabemos qué bien se le daba al emperador Constantino y a sus acólitos la propaganda). Si estaban inspirados por el Espíritu Santo, cuestionar su verdad sigue considerándose una grave herejía, y es que los siglos XX y lo que llevamos del XXI, aunque de forma más moderada, no han dejado de saborear también las mieles de la intolerancia. Y no solo de parte del cristianismo, más abierto en los últimos años desde algunos sectores a las opiniones disidentes, sino de muchas religiones (por no decir todas) y algunos sistemas políticos encubiertos que, bajo la bandera de la libertad democrática, continúan prohibiendo, censurando y condenando muchos textos, ideas y formas de entender la vida.

A pesar de ello, gracias al gran descubrimiento acaecido en Nag-Hammadi, el gnosticismo ha podido ser estudiado en profundidad por los expertos y su esencia enriquecer nuestra mente y espíritu en una época marcada por un excesivo materialismo. Hablar aquí de cada uno de los textos que se encontraron en Egipto escapa a la intencionalidad de este post; sería arduo y pesado y además, para ello ya tenemos los magníficos textos de expertos en la materia que saben infinitamente más del asunto. Así, me centraré únicamente en el manuscrito considerado más importante de todos los encontrados en Egipto –sin menoscabar la relevancia del de Felipe–: el Evangelio según Tomás. Eso será en una inminente entrada en Dentro del Pandemónium, una cuarta y última entrega sobre tan fascinante asunto.