¿Qué es la Gnosis? Nag-Hammadi. Los Evangelios Apócrifos (parte III)

7 04 2021

Para poder entender los escritos de Nag-Hammadi, y por extensión todos los textos apócrifos del cristianismo antiguo, entre ellos los Evangelios de Tomás y Felipe, sin duda los más relevantes, es necesario que nos detengamos brevemente en la noción de gnosis y qué se entiende comúnmente por gnosticismo.

Óscar Herradón ©

La palabra gnosis, que proviene de la palabra griega gnôsis (conocimiento) se erigió en concepto fundamental de la doctrina conocida como gnosticismo o movimiento gnóstico. Sus orígenes son bastante oscuros: surgido en el siglo II de nuestra era –aunque algunos autores lo creen bastante anterior– fue el principal competidor del cristianismo ortodoxo, que acabaría venciendo la batalla de la oficialidad.

En sus años de mayor auge (siglos II al III) el gnosticismo no constituyó un movimiento unificado; estaba formado por una serie de escuelas y maestros dispersos que, sin embargo, compartían algunos rasgos comunes, entre ellos el de alcanzar un estado de iluminación interior. El gnosticismo fue una corriente de enorme importancia en Egipto y Palestina durante los siglos I al IV, condenado más tarde a desaparecer, si bien, y aunque perseguido, se mantuvo vigente en algunas escuelas de pensamiento muchos siglos después y fue la vía principal de conocimiento de diversas corrientes, generalmente esotéricas, como la alquimia o el hermetismo, que tuvieron su momento de esplendor durante la apertura cultural del Renacimiento y que, más adelante, volverían a ser perseguidas, algo tristemente habitual en relación a la heterodoxia. En el siglo XX el gnosticismo influyó sobremanera en el psicólogo Carl Gustav Jung, creador de la psicología analítica, quien fuera gran amigo, maestro y más tarde antagonista de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Una doctrina elitista

Aunque difícil de definir con exactitud, pues su esencia se perdió durante muchos siglos, limitada al estrecho círculo de unos cuantos elegidos, para Pierre Crepon, presidente de la Unión Budista de Francia y experto en ciencias herméticas, el gnosticismo es un tipo especial de religiosidad, de actitud existencial. Según esta doctrina, los hombres que penetran el conocimiento a través de la sabiduría y alcanzan la gnosis, pueden acceder a la salvación divina. La gnosis sería, por tanto, una experiencia interior del hombre mediante la cual alcanzaría la iluminación divina; sería muy similar a la vía hacia el Uno cabalística, no en vano, se encuentran tendencias gnósticas en el judaísmo, el islam, el hinduismo y la filosofía griega.

La historiadora Elaine Paigels, una de las máximas autoridades mundiales sobre los Evangelios Gnósticos y el cristianismo de los primeros años, lo define como «el conocimiento de sí mismo como conocimiento de Dios». El enfoque literalista, agnóstico, promovido por Pablo de Tarso y erigido como oficial del cristianismo, es que Dios está fuera del hombre, fuera del Universo, por lo que es necesario la intercesión de mediadores, empezando por el Papa, que nos pongan en comunicación con éste. Para los gnósticos, sin embargo, profundamente influidos por las religiones mistéricas del paganismo, todo es Uno, de esta forma, según Timothy Freke: «Cristo está en ti o tú estás en Cristo»; correspondería a la salvación por la contemplación, una comunicación con Dios buscando en uno mismo, sin la ayuda del Vicario de Cristo, ni de sacerdotes u obispos.

Siguiendo a investigadores como Keith Hopkins o Robert Eisenman, el gnosticismo promueve una religión para el individuo, para el hombre, no para una Iglesia. Consiste en hallar la divinidad por uno mismo: hay en el hombre una chispa divina de la que es inconsciente y que hay que despertar a través de la iniciación que nos lleva a la transformación. La esencia del hombre no es el cuerpo –de ahí que se niegue muchas veces la apariencia física de Jesús en estos escritos-, necesitamos morir el cuerpo y resucitar a nuestra auténtica identidad, que es Cristo, por ello, y para el gnosticismo, todos seríamos, tras la iluminación, un Cristo, pues todos somos hijos de Dios. En el Evangelio de Tomás podemos leer: «Dijo Jesús: ‘Cuando saquéis lo que hay dentro de  vosotros, esto que tenéis os salvará. Si no tenéis eso dentro de vosotros, lo que no tenéis dentro de vosotros os matará’» (Proverbio 70). En otra sentencia se puede leer: «Dijo Jesús: ‘¡Ay de la carne que depende del alma!¡Ay del alma que depende de la carne!’».

Para el autor británico experto en misticismo Peter Gandy, si quieres construir una Iglesia debes afirmar que la salvación solo es posible a través de ella. Si la divinidad puede alcanzarla cada hombre, sin intermediarios, ésta ya no tiene sentido alguno. Por ello el gnosticismo fue perseguido hasta su erradicación.

Mitra

Esta idea de la Transformación, concepto básico del misterio de dioses como Isis, Mitra o Adonis, ponía en serio peligro la edificación de una «casa de Dios» profundamente poderosa y jerarquizada. Era una corriente «demoníaca» y sus textos, escritos malditos que había que destruir a toda costa. La casta sacerdotal se encontraba en peligro y aquello no podía permitirse. Como cualquier otro escrito hereje, o quizá con más razón por su peculiar contenido, los textos gnósticos de Nag-Hammadi merecen el calificativo de «malditos» como pocos en la historia, al menos desde el punto de vista del cristianismo oficial. Los gnósticos fueron los primeros en ser clasificados de herejes por el cristianismo ortodoxo, siendo perseguidos sin misericordia. Sus escritos estaban condenados a desaparecer, pero, en una de esas muchas ironías del destino, llegaron hasta el hombre moderno. ¿Cuántos otros se perderían en ese largo e incierto camino del paso del tiempo?

Heterodoxia cristiana

No obstante, y a pesar del progreso y la supuesta apertura mental del hombre contemporáneo, en pleno siglo XXI la ortodoxia representada por la Santa Sede sigue considerando los Evangelios Gnósticos falsos testimonios, pero lo cierto es que pueden ser tan falsos o verdaderos como los evangelios que en el siglo IV fueron seleccionados como canónicos, según las crónicas, porque una paloma blanca se fue posando en cada uno de ellos (aunque ya sabemos qué bien se le daba al emperador Constantino y a sus acólitos la propaganda). Si estaban inspirados por el Espíritu Santo, cuestionar su verdad sigue considerándose una grave herejía, y es que los siglos XX y lo que llevamos del XXI, aunque de forma más moderada, no han dejado de saborear también las mieles de la intolerancia. Y no solo de parte del cristianismo, más abierto en los últimos años desde algunos sectores a las opiniones disidentes, sino de muchas religiones (por no decir todas) y algunos sistemas políticos encubiertos que, bajo la bandera de la libertad democrática, continúan prohibiendo, censurando y condenando muchos textos, ideas y formas de entender la vida.

A pesar de ello, gracias al gran descubrimiento acaecido en Nag-Hammadi, el gnosticismo ha podido ser estudiado en profundidad por los expertos y su esencia enriquecer nuestra mente y espíritu en una época marcada por un excesivo materialismo. Hablar aquí de cada uno de los textos que se encontraron en Egipto escapa a la intencionalidad de este post; sería arduo y pesado y además, para ello ya tenemos los magníficos textos de expertos en la materia que saben infinitamente más del asunto. Así, me centraré únicamente en el manuscrito considerado más importante de todos los encontrados en Egipto –sin menoscabar la relevancia del de Felipe–: el Evangelio según Tomás. Eso será en una inminente entrada en Dentro del Pandemónium, una cuarta y última entrega sobre tan fascinante asunto.





Yeshua, Qumrán y la manipulación de los Evangelios. Los manuscritos del Mar Muerto (IV)

3 04 2021

A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de que la pandemia y el confinamiento hayan provocado que muchos yacimientos estuvieran inactivos durante meses –algunos todavía permanecen cerrados–, la arqueología está de enhorabuena: hallan nuevos fragmentos de los Manuscritos del Mar Muerto por primera vez en 60 años. El descubrimiento no es baladí, y nos sirve para recordar en «Dentro del Pandemónium», en plena víspera del Domingo de Resurrección, la historia y el valor de estos documentos capitales de la antigüedad.

Por Óscar Herradón ©

La figura de Jesús –Yeshua, según su antigua forma- y sus andanzas como predicador también muestran ciertas similitudes con lo expuesto en los rollos de Qumrán, si bien estas comparaciones están abiertas a una mayor polémica entre los estudiosos y en el seno de la Iglesia católica que la figura del Bautista, ya que esta institución no acepta como válido ningún posible indicio de vínculo entre su máxima figura y el grupo de los esenios.

Será difícil encontrar paralelismos si, como señala el estudio llevado a cabo en 1993 por 200 eruditos bíblicos, no pueden ser consideradas como auténticas más del 20 por ciento de las palabras atribuidas a Jesús en el Nuevo Testamento, lo que vendría a corroborar la teoría de una manipulación histórica iniciada con Pablo de Tarso –al que algunos estudiosos como Robert H. Eisenman relacionan con el personaje del Mentiroso que aparece recogido en los rollos- y más tarde con Constantino en el Concilio de Nicea. De ser cierto, lo que parece muy probable cuando es analizado y verificado por los más reputados investigadores, algunos de ellos católicos, es probable que muchas de las coincidencias entre Yeshua y los esenios no respondan sino a una adaptación de los textos cristianos. Ya sabemos que muchos de los escritos de Qumrán desaparecieron hace siglos –muchos de ellos incluso pocos años después de ser escondidos en las cuevas- lo que convierte en nada descabellada la teoría según la cual algunos de estos escritos pudieron ser utilizados por los primeros cronistas del cristianismo: ahí podría radicar la razón por la que no existe mención alguna a la comunidad de los esenios en el Nuevo Testamento, cuando es demostrado que tuvieron cierta relevancia en los tiempos del primer cristianismo.

Qumrán y los primeros cristianos, extrañas coindicencias

Pero centrémonos en las sospechosas coincidencias entre los seguidores del Mesías y los escritos de la Comunidad, unos escritos que siguen manteniendo para muchos su carácter maldito, sin duda por lo que su contenido implica en parte para el dogma establecido. Aunque, como señala Hodge, Jesús fue un hombre devoto y santo que habría compartido muchas de las ideas de su doctrina con los hasidim, existen ciertas similitudes que llevan a pensar que Yeshua estaba más cerca de las enseñanzas de los esenios que de cualquier otro grupo de la Palestina de la época.

Hasidim en la antigua Israel

Hemos señalado que la Comunidad de Qumrán promulgaba la colectividad y una forma de vida que excluyera la posesión de bienes y riquezas. Del mismo modo, Jesús advertía a sus seguidores que una riqueza excesiva no servía sino para corromper al hombre –algo que debieron olvidar muchos de nuestros queridos obispos y cardenales-. Parece ser que, además, los primeros cristianos seguían la costumbre de colectivizar sus bienes. En los Hechos de los Apóstoles, Lucas (2, 44-45), podemos leer lo siguiente: «Todos los que creían vivían unidos y tenían todo en común: vendían las posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según la necesidad de cada uno». Casi un guiño ancestral al comunismo.

Ambos grupos seguían la concepción de lo que Stephen Hodge ha dado en llamar «dualismo escatológico», según el cual la humanidad estaría dividida entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, idea que se desprende tanto del contenido de La Regla de la Comunidad encontrada en Qumrán como del Evangelio de Juan y el Libro de la Revelación. No obstante, existe una marcada diferencia entre la forma en que los esenios actuaban respecto de sus enemigos y lo predicado por Jesús. Mientras los primeros incitaban a odiar y maldecir a los «Hijos de la Oscuridad», a sus enemigos –tanto los romanos como los sacerdotes del Templo-, Jesús abogaba por todo lo contrario: «…pero yo os digo esto: ama a tus enemigos y reza por los que te persiguen» (Mateo 5:43). Parecen existir, sin embargo, algunas controversias sobre la actitud de Jesús respecto a este tema, pues en uno de los episodios más célebres de su vida fue el ataque a los mercaderes a las puertas del Templo, lo que contradice profundamente la enseñanza de «poner la otra mejilla». Asimismo, en uno de los textos de Nag-Hammadi se describe al Jesús de la infancia como un niño vengativo y cruel, lo cual no hace sino avivar enormemente la polémica sobre este punto.

Volviendo a la posible relación del Mesías con la Comunidad, existen aún más paralelismos entre lo que se afirma en los rollos y en el Nuevo Testamento: ambos condenaban el divorcio y los segundos casamientos como algo impuro, una actitud que se creía original de los primeros cristianos pero que el Documento de Damasco, encontrado en Qumrán, revela como propia también de los esenios. En cuanto a la comida ritual, a pesar de los añadidos posteriores que existen en las Escrituras sobre la Última Cena, tema en el que tampoco se ponen totalmente de acuerdo los literalistas bíblicos, sabemos que Jesús bendecía el pan y el vino, al igual que la comida era bendecida por el sacerdote o Maestro de la Luz en los ritos gastronómicos de la Comunidad: «Y el sacerdote será el primero en extender la mano y bendecir los primeros frutos»(extraído de La Regla de la Comunidad). Sobre este punto, el cardenal y jesuita francés Jean Danielou se atrevió a señalar en su obra Los Rollos del Mar Muerto y el cristianismo primitivo que «Cristo debe haber celebrado la Última Cena la víspera de la Pascua según el calendario esenio».

El documento de Damasco

Pero aún hay más, y este es el punto de encuentro más relevante entre ambos grupos: los exorcismos. Sabemos por los Evangelios que Jesús realizaba estos rituales de expulsión de los demonios como forma de sanar a los enfermos. Los esenios creían, al igual que los fariseos –de cuyas enseñanzas también bebió profundamente el Mesías cristiano- que existían ángeles buenos y malos, y que conocer su nombre permitía parcialmente controlarlos, de manera que creían poder curar a un enfermo si expulsaban a los «ángeles malos» o demonios que se habían instalado en su mente. Los esenios, por tanto, con fama de grandes sanadores, realizaban exorcismos como Jesús, lo que se desprende de documentos como el Génesis Apócrifo, también encontrado en Qumrán, una práctica que, al igual que la condena al divorcio, se atribuye como originaria a Jesús, a pesar de que ya en el Antiguo Testamento encontramos relatos sobre posesión y exorcismos.

Demasiados paralelismos que deben ser considerados, no obstante, con mucha cautela, pues ninguna similitud permite relacionar a Yeshua ni a Juan de forma definitiva con Qumrán y los esenios. Quizá los últimos encontrados por el equipo de arqueólogos israelíes en nuevas cuevas arrojen algo más de luz sobre aquel fascinante periodo de nuestro pasado. Seguiremos informando.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

The Nag-Hammadi Library.

–DANIELOU, Jean: Los Manuscritos del Mar Muerto y el cristianismo primitivo. Ediciones Criterio, 1960.

–GREZ, David: Los Evangelios Gnósticos. Las enseñanzas secretas de Jesús. Editorial Sirio, 2004.

–HODGE, Stephen: Los Manuscritos del Mar Muerto. Edaf, 2001.





Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (II)

28 01 2021

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License, Gioele Fazzeri)

Existen numerosas lagunas documentales por las que es difícil precisar muchos aspectos sobre la cultura vikinga. Y el de los sacrificios humanos es uno de los más delicados. Sin embargo, aunque parece que no era una costumbre muy extendida, existen hallazgos arqueológicos que demuestran que los pueblos nórdicos sí los realizaron.

Al parecer, estaban reservados a los prisioneros de guerra o esclavos, personas que iban a morir o que carecían, en palabras de la experta en este campo Laia San José Beltrán, de cualquier tipo de derecho. Según afirma, «se debe relativizar el carácter brutal de los vikingos ya que estos sacrificios humanos no eran corrientes. Solo ocurrían cuando las peticiones estaban asociadas a acontecimientos que amenazaban la vida de los hombres como guerras, hambrunas, epidemias, expediciones peligrosas o festividades de notoria relevancia».

La práctica de sacrificios está documentada, además de por vestigios arqueológicos, por varias fuentes escritas, entre ellas, los textos delcronista árabe Ahmad ibn Fadlan, quien en el siglo X convivió con algunos varegos o rus, con los vikingos del Volga, y quien fue testigo directo de la celebración de un majestuoso funeral de un rey o jefe durante el cual una de sus esclavas tomó la decisión de inmolarse para acompañar a su señor a la vida eterna a bordo del barco-tumba, en cuya cubierta depositaron varios animales sacrificados y utensilios que servirían al fallecido en el más allá.

Una vez hecha su promesa, ésta era vigilada por dos personas día y noche, y a pesar de su fatal destino, cantaba y bebía en un estado de felicidad que extrañó a Fadlan. El autor cita a un personaje capital durante el sacrificio: la figura conocida como el «Ángel de la Muerte», una anciana cuyo cometido principal era, por un lado, ocuparse del cadáver del jefe guerrero, y después, acabar con la vida de la esclava. Al cadáver le cortaban primero las uñas y el cabello, y no por un sentido estético en el marco funerario, sino en la creencia de que así retrasaban el fin de los tiempos, el Ragnarök –el destino de los dioses o la batalla del fin de los tiempos, donde se enfrentarán los dioses AEsir y los gigantes de fuego, cuando todo el Universo será destruido–, ya que se creía que los caídos del Hel –el infierno nórdico– navegarían rumbo al Asgard sobre naves hechas de uñas de los difuntos y velámenes tejidos con cabellos humanos.

Mientras se preparaba al difunto a conciencia, el propietario de cada tienda de la aldea mantenía relaciones sexuales con la esclava, como un extraño acto de devoción hacia su dueño, y después era trasladada a la embarcación, donde se la despojaba de sus joyas y abalorios. Acto seguido la colocaban junto al cuerpo inerte de su rey y dos hombres la amarraban por los pies y las manos, momento en el que el «Ángel de la Muerte» le pasaba una cuerda alrededor del cuello y daba los dos cabos restantes a sus hijas, sus ayudantes, que tirarían de ellos hasta asfixiarla, mientras la oficiante le clavaba varias veces un puñal sacrificial en el costado.

Drakkar sagrados

El último acto y el más solemne consistía en quemar el navío con su tripulación: los arqueros lanzan flechas ardientes cuando la embarcación penetra en las aguas, un elemento al que los vikingos rendían un culto especial, pues era donde pasaban la mayor parte de su vida. La pira funeraria, el féretro en forma de barco, viajaba hacia el Valhalla. Ya hemos señalado que los vikingos eran fuertemente supersticiosos, así que cuando salían a alta mar, para conjurar a los malos espíritus fijaban en el mascarón de proa de sus navíos –los célebres Drakkar, un tipo solo de los muchos barcos que usaban– una cabeza de dragón o de serpiente.

Curiosamente, una de las primeras leyes promulgadas por el Althing islandés –el Parlamento nacional de Islandia, fundado en el año 930– obligaba a los navegantes vikingos que atisbaban una isla a retirar las cabezas totémicas de animales que adornaban las proas, con la intención de «no indisponer a los buenos espíritus de la tierra». También, en sus viajes de conquista y colonización –según las teorías más atrevidas, incluso al Nuevo Mundo, como demostrarían los controvertidos vestigios de un asentamiento vikingo hallados en Terranova, en la zona de Point Roseel, que cuestionaría que fuera Colón el primero en avistar las costas de América–, siempre llevaban consigo las pilastras del asiento principal de sus viviendas, que arrojaban al agua al aproximarse a tierra y veían la dirección que tomaban arrastradas por la corriente. Cuando los maderámenes llegaban a algún punto de la costa, elegían el mismo para edificar su nuevo hogar como prueba de buena suerte –hamingja–.

No obstante, los barcos funerarios o habitáculos de madera con esta forma también, no fueron la única forma de enterramiento, extraordinariamente multiformes: por ejemplo, la costumbre de enterrar el cadáver, probablemente por influencia cristiana, se extendió paulatinamente por el Norte europeo a finales de la Era Vikinga, siendo sepultados en túmulos: promontorios de rocas junto al mar o pequeñas elevaciones de tierra desde las que el difunto pudiese «atisbar sus posesiones»; además, se creía que una elevación del suelo era una garantía de fuerza y, por tanto, de vida. Evidentemente, también se practicó la cremación, por lo que existe una gran confusión en torno al último pasaje de la vida de un vikingo.

Varios hallazgos arqueológicos atestiguan sacrificios humanos como el narrado líneas más arriba: en el territorio insular de Man se descubrió la tumba de un hombre con un rico ajuar funerario y, junto a su esqueleto, se hallaban los restos óseos de otro cuerpo, en este caso, de una mujer joven que tenía la cabeza rota, probablemente una esclava.

Dís

Por su parte, Adán de Bremen habla de un templo –a medio camino entre la leyenda y la realidad histórica, supuestamente destruido por orden del monarca sueco Ingold I en el año 1087–, conocido como el Templo de Uppsala y que tenía imágenes de tres de los grandes dioses: Odín, Thor y Frey. Al parecer, estaba completamente construido en oro y hasta él se realizaba una peregrinación –una suerte de éxtasis religioso– que todos los suecos debían realizar sin excepción y donde se realizaba el gran sacrifico o Disablót, durante el cual se ejecutaban nueve machos de cada especie durante nueve días consecutivos hasta sumar un total de 72 piezas. También parece que se sacrificaban hombres, aunque hay controversia sobre el testimonio de Bremen, quien parece que lo vivió en primera persona, según apoyarían varias fuentes documentales.

Hombres y animales eran degollados y su sangre recogida en cuencos, después se les colgaba bocabajo de las ramas de los árboles del bosque sagrado que rodeaba al templo. Los vikingos pensaban que la sangre tenía un carácter purificador, y que convertía en sagrado todo el espacio donde era esparcida.

Escritura mágica        

Las runas son uno de los sistemas de escritura más misteriosos y controvertidos de la historia. Su nombre procede de run –runa en gótico–, cuyo significado es «secreto» o «susurro», lo que evidencia que su uso con fines mágicos fue una práctica muy restringida.

La escritura rúnica se divide en varios alfabetos: el Futhark –derivado del nombre de las seis primeras runas: f, u, th, a, r, k– antiguo, que consta de 24 runas; el Futhorc anglosajón, una versión extendida del anterior que consta de 29 runas y el denominado Futhark joven, también llamado escandinavo, de 16 runas.

La Edda poética Rúnatal cuenta el origen mitológico de esta poderosa escritura, que tiene al Árbol Yggdrasil, el árbol de los germanos, como eje central, fundamental en su cosmogonía: según la leyenda, las ramas de este fresno mágico se extienden por el mundo entero y se alzan hasta los cielos. A su alrededor se sitúan los nueve mundos poblados por distintos seres: dioses, gigantes, enanos, elfos y humanos.

Yggdrasil

Snorri Sturluson lo describe de la siguiente manera: «este fresno es el más grande y más bello de los árboles (…) Sus tres raíces están separadas las unas de las otras. Una llega hasta la región de los AEsir, y otra hasta la de los gigantes de hielo, el lugar donde antaño fuera Ginnungagap, y la tercera se mantiene por encima de Niflheim, bajo esta raíz, roída constantemente por Nidhogg, se encuentra la fuente Hvergelmir. Bajo la raíz que se alarga hasta la región de los gigantes de hielo se encuentra el aljibe de Mimir, un As muertos por los Vanes (…) y del que Odín embalsamó la cabeza para conservarla, donde se esconden la sabiduría y el conocimiento. Mimir, señor de esta fuente, es sabio por beber a diario de dicha fuente».

En relación a las runas, cuyo conocimiento «secreto» se encontraría precisamente en dicha fuente, al parecer Odín –Wotan–, para poder beber de sus aguas, tuvo que sacrificar uno de sus ojos –razón por la que aparece representado normalmente con un parche–, que Mimir guardó como garantía, hundiéndole en las profundidades de su manantial. Luego, en una práctica nuevamente de tintes chamánicos, el dios tuvo que colgarse durante nueve días del árbol cósmico, contemplando las inconmensurables profundidades de Niflheim, el reino de la oscuridad y la niebla y entrando en posesión de las runas. Gracias a éstas, y rejuvenecido por la experiencia, el dios capital del panteón nórdico reinó con sabiduría. Eso sí, no sin arrancar primero una rama del árbol sagrado con la que fabricó su lanza Gungnir.

Los expertos en sus supuestas propiedades mágicas eran conocidos como erilaz, «maestro o grabador de runas». Las fuentes medievales citan en varias ocasiones sus usos mágicos: en el poema heroico Sigrdrífumál se narra cómo las espadas se grababan con las palabras «runas victoriosas» para otorgarles mayor poder en la batalla, o se inscribía en ellas la runa tyr dos veces a modo de hechizo. Por contra, también se utilizaban para realizar maldiciones dirigidas a aquellos que destruyeran la inscripción o profanasen un lugar sagrado.

A los practicantes de este oráculo milenario se les denominaba vikti y acudían las gentes para realizar consultas adivinatorias, fabricar un amuleto o hacer y deshacer algún tipo de hechizo. Eran también los encargados de grabar símbolos rúnicos en las espadas de los guerreros, dotándolas de un poder sobrenatural para aumentar su fuerza en el combate, siguiendo las instrucciones del Rúnatal, una especie de manual de fórmulas mágicas de Odín. Durante el ritual, se realizaba también un canto –galdra– propio de cada runa, y la visualización de la misma, con la intención de hacer vibrar la consciencia del vikti con la esencia del material en el que se grababan dichas runas. Para darles color, utilizaban sangre –incluso menstrual– y, tras realizar una petición, se entregaba algún elemento votivo o alimento con el fin de propiciar la obtención de lo que se anhelaba. Las runas se grababan en piedras independientes que, según cayeran en un recipiente o en el suelo, vaticinaban el futuro.

Este post continuará sondeando las profundidades del Asgard en una próxima entrega (aunque no seamos valerosos guerreros muertos en batalla de un tajo).

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva –al menos de nuestro tiempo, pues siempre se realizan nuevos descubrimientos– sobre los guerreros de Odín. Imprescindible.

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo: http://actashistoria.com/titulo.php?go=2&isbn=978-84-9739-200-6

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial: