La Marca del Maligno (2)

16 11 2020

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

Óscar Herradón ©

Los objetos del maligno

Podríamos hablar de un «bestiario maldito» –los múltiples animales que se relacionaron de una u otra manera con el Innombrable– e incluso de Iglesias del Diablo como las que existen en Rumanía, conocida como Iglesias de madera de Maramures, concretamente en la Transilvania septentrional, tierra de no muertos y chupasangres, donde el maligno está representado de numerosas formas y muy presente, tanto, que parece más una antesala al infierno que la casa de Dios –eso sí, muy hermosa–.

También de carreteras malditas –la Ruta 666 en los EEUU; la «curva del Diablo» en Bolivia; la vía maldita que une Bremen y Bremerhaven en Alemania…–; de puentes del diablo –como el de Rakotzbrücke en Gablenz, Sajonia, aunque existen más de 50 repartidos por todo el mundo–, de ríos, cuevas… e incluso catedrales.

De todo, vamos, pero el espacio es, como siempre, limitado, incluso en un post. Existen además numerosos y variados objetos que se vinculan con el demonio, y uno de los más célebres se encuentra precisamente en España, se conoce como el «Sillón del Diablo», y hoy es una de las piezas más visitadas del Museo de Valladolid –en la sala 14–, pero en su día ocupó un espacio destacado en la Facultad de Medicina de la Universidad. Su leyenda se remonta a 1550, cuando se funda la primera cátedra española de anatomía y acude a la facultad un joven portugués de origen sefardí y de nombre Andrés de Proaza, de 22 años, y que mostraba un gran interés por la disección.

El sillón en cuestión no parece muy cómodo…

Pocos meses después se denunció la desaparición de un niño de nueve años y la alarma saltó cuando los vecinos de la calle Esgueva declararon que desde el sótano de la casa del estudiante salían gemidos, y extraños ruidos; además, a través del desagüe veían salir agua sanguinolenta. Cuando las autoridades acudieron al lugar, se hallaron con un escenario macabro: sobre una mesa de madera encontraron el cuerpo despedazado del pequeño, así como cadáveres de perros y gatos también diseccionados.

Durante su interrogatorio, que no debió ser lo que se dice suave, el estudiante confesó que tenía un pacto con el mismo diablo a través de una silla que estaba en su escritorio… Afirmó que aquella silla/sillón se la había dado un nigromante de Navarra al que salvó de la persecución llevada a cabo en 1527. Dijo que sentándose en él recibía “luces sobrenaturales para la curación de enfermedades”, pero añadió que quien se sentase sobre él tres veces y no fuera médico moriría. Condenado a morir en la hoguera, los muebles de Andrés fueron subastados, pero nadie los adquirió, debido a la fama nigromántica de su dueño.

Fachada del Palacio de Fabio Nelli (Valladolid)

Cuenta Saturnino Rivera Manescau en Tradiciones universitarias (Historias y fantasías), de 1948, que entonces fue colgado boca abajo en un rincón de la sacristía de la Capilla universitaria, fijado a la pared a considerable altura, para que nadie cometiera la imprudencia de sentarse de nuevo en él. ¿Y por qué? Pues porque la maldición acompañaba al objeto: tras la muerte de Andrés, un bedel encontró el sillón en un trastero y se sentó en él, muriendo tres días después. Lo mismo le sucedió al que lo sustituyó en su puesto.

Permanecería boca abajo hasta que fue derribado el antiguo edificio y el objeto pasó a formar parte de las colecciones del Museo Provincial en 1890. Según el antropólogo vallisoletano del CSIC Luis Díaz Viana, el sillón tiene mucho que ver con la leyenda de la Cueva de Salamanca donde, cuentan, el mismo Diablo impartió clases, también sentado en una silla…

En el siglo XIX era habitual colocar en los camposantos estadounidenses sillas talladas en piedra como decoración. Se las conocía como «sillas de luto». Con el tiempo, comenzaron a entrar en el imaginario colectivo como sillas del diablo o embrujadas, como la «silla del Diablo del Cementerio de Greenwood», en Decatur, (Georgia, Illinois); o la »Silla del Diablo del Cementerio de Kirksville» (Missouri), entre tantas otras.

La Marca de la Bestia

Así se conoce a un término bíblico del Apocalipsis de San Juan, incluido en el Nuevo Testamento, concretamente en el capítulo 13. En este texto que aventura el Armagedón y que ha sido interpretado a lo largo de los siglos como a cada uno le ha venido en gana –dependiendo de su fervor religioso e intereses varios–, nos encontramos con esa famosa «Marca de la Bestia» o «Número de la Bestia», que sería el archifamoso, temido y venerado a partes iguales, 666 –que, curiosamente, o no tanto, para los protestantes era representado por la Iglesia católica–. Sin embargo, nuevas investigaciones parecen apuntar que el número escrito por el evangelista representado por un águila no fue éste, sino el 616, al menos eso se desprende de los descubrimiento hace no muchos años en los papiros de Oxirrinco en el Ashmolean Museum de la Universidad de Oxford, y que parece indicar que en su primera redacción en griego del texto de San Juan éste debió contener el número 616 «para referirse al nombre de una persona a quienes los cristianos denunciaban como enemigo».

Controversias aparte, parece que este nuevo número no va a desbancar de su trono satánico a ese 666 que tenemos hasta en la sopa, la marca de la bestia, «Six, six, six, the number of the Beast…» que cantaban los británicos Iron Maiden allá por 1982 y que continúa siendo el himno de los «malvados», la misma cifra que muchas décadas antes adoptara como propia el gran mago y ocultista Aleister Crowley en su nuevo sistema religioso al que bautizó con grandilocuencia como Thelema. Como decía el personaje de Santiago Segura en El Día de la Bestia: «Soy satánico; y de Carabanchel». Siempre es mejor acercarse al maligno con algo de humor… por lo que pueda pasar.

Pactar con el Diablo

También se conoce como pacto fáustico, desde que el maestro de las letras alemán Goethe escribiera su obra cumbre, Fausto, ambientándola en la Noche de Walpurgis en la cima del monte Brocken. Otros hablan de «contrato con el demonio», que en estos tiempos mercantilistas quizá sea más acertado. Referencia cultural extendida por todo Occidente –y en otros rincones, aunque bajo diferentes formas y nombres–, hoy está más de moda que nunca, gracias, en gran parte, al cine de terror.

Según el cristianismo, el pacto se establece entre una persona y Satanás o cualquier otro demonio a cambio de favores que acaban costando muy caros, desde la omnisciencia hasta la eterna juventud, riquezas, amores, poder… Aunque siempre hay algún espabilado que logra burlar al Astuto…

Aunque Fausto y su pacto con Mefistófeles son sin duda el referente cultural occidental moderno, lo cierto es que su principal antecesor en la mitología cristiana es el clérigo Teófilo, que, infeliz y desesperado al no poder promocionarse debido a su enemistad con un obispo, decidió vender su alma al maligno; no obstante, acabará siendo redimido por la Virgen María. Lo narra un tal Eutychianus en una versión griega del siglo VI.

Pacto con el Diablo de Christoph Haitzmann (1669)

En el siglo IX, y en pleno fervor persecutorio, un texto cristiano introduce a un judío como intermediador del pacto diabólico, citando por primera vez el «libelo de sangre» o «calumnias de sangre» contra el pueblo hebreo. En los años en que se redactaron los inefables «Martillos de Brujas», los pactos ocuparon un importante papel en la literatura demoníaca, así como las «marcas del diablo» hechas por éste sobre la piel de las acólitas de Satán.

El imaginario del aquelarre –con descripciones muy detalladas– contribuyó a extender una imagen del diablo como un ser despreciable, caníbal e infanticida, que practicaba el incesto, obseso de las orgías desenfrenadas y con un aspecto grotesco.

Según la creencia más extendida, el pacto podía ser oral o escrito. El primero se realizaba mediante invocaciones y conjuros. La intención era que no quedasen pruebas –al menos evidentes– de aquel soterrado y vil trato. El pacto escrito atraía al Astuto de la misma forma, mediante invocaciones y conjuros, pero incluía, según la literatura demonológica, un contrato firmado con la sangre del nigromante o de la víctima sacrificial. Los inquisidores afirmaban que aquellos que habían pactado con el diablo habían escrito su nombre el llamado Libro Rojo de Satán. Dichos «contratos» solían incluir las firmas de los demonios en forma de signos extraños y símbolos ocultistas; cada uno con su propio sello.

Algunos casos célebres de pactos con el diablo, o al menos de personas a las que se les colgó la etiqueta de negociar con Satanás para obtener provechos varios, una rúbrica en pro de conocimiento, amor, eterna juventud o inusitado poder, fueron el padre del blues-rock Robert Johnson; la leyenda sureña cuenta que una noche, en los años 20, Johnson esperó al diablo en la encrucijada de las autopistas 61 y 69, en Mississippi. Era medianoche y le vendió su alma a cambio de tocar como un dios, escena que inspiró a los hermanos Coen uno de los personajes de Oh, Brother!

Pero el instrumento favorito del maligno no es la guitarra eléctrica. Su instrumento por antonomasia –eso sí, también de cuerda– es el violín. De hecho, ya aparece en algunos tratados medievales con un grotesco aspecto, tocándolo y cautivando a sus acólitos. En los textos se afirmaba que aunque sabía tocar todos los instrumentos, tenía predilección por el violín, y que con él podía empujar a ciudades enteras a bailar su melodía.

De hecho, dos de los más famosos «pactos con el diablo» en el imaginario colectivo afectan a dos violinistas: el primer caso es el del compositor y violinista italiano del Barroco Giuseppe Tartini. Virtuoso músico, se haría mundialmente famoso por La Sonata para violín en Sol menor, que pasaría a la historia como El Trino del Diablo. La historia de esta pieza se inicia con un sueño; al parecer Tartini le contó al astrónomo francés Joseph Jérôme Lalande que cuando tenía 21 años soñó que el diablo se le apareció pidiéndole ser su sirviente; el músico desafió al maligno a tocar una melodía romántica con su violín para probar sus habilidades, y así humillarlo: el diablo tocó con tanto virtuosismo que Tartini –decía– se quedó casi sin respiración y despertó. Según la versión en primera persona del italiano que recogió Lalande en su Voyage d’un François en Italie… (1765-1766), tras despertar, «Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el Trino del Diablo, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece».

El segundo caso es aún más singular, y fue precisamente el del único música capaz de igualar e incluso superar a Tartini tocando dicho instrumento: el también italiano Niccolò Paganini. Llamado «el violinista diabólico», de aspecto pálido y cadavérico y sus contorsiones casi imposibles durante el repertorio, llevaron a decir que había firmado un contrato en el averno. Él mismo contribuiría a extender dicha leyenda, al acudir a todos los sitios dentro de un carruaje oscuro tirado por caballos negros al más puro estilo de Drácula; fama que se potenció cuando, a punto de morir, se negó a recibir la extremaunción y su hijo tuvo que guardar su cadáver en un sótano durante cinco años… Hoy se cree que lo que en realidad le sucedía al músico y compositor italiano es que padecía Síndrome de Marfan, lo que explicaría sus movimientos «sobrenaturales».

Personajes históricos reales a los que se acusó durante su juicio de realizar un pacto con el demonio –algo recogido en las actas procesales–, fueron, además de millares de «brujas», el que fuera lugarteniente de Juana de Arco y mariscal de Francia Gilles de Rais (1405-1440), más conocido como Barbazul, con una espeluznante carrera criminal a su espalda. Y el sacerdote, también francés, Urbain Grandier (1590-1634), al que se acusó del polémico caso de las endemoniadas de Loudun. Su «pacto», de hecho, aún se conserva: escrito en latín, aunque probablemente falsificado para acelerar su condena, se considera la primera prueba histórica de este tipo y sirvió para ordenar su ejecución en la hoguera.

El «pacto» que supuestamente firmó el señor Grandier

Hoy, por los mentideros de Internet, época de creepypastas, memes y multifakes, circulan historias de supuestos «pactos» que protagonizan personajes populares como Charles Baudelaire, Charles Manson, Madonna o el que fuera líder del mítico grupo pionero del heavy metal Black Sabbath, Ozzy Osbourne; y en tiempos más recientes, rostros famosos de la música juvenil como Justin Bieber, Katy Perry, Rihanna, Beyoncé, Lady Gaga, Jay Z y un largo etc. Cosas de la globalización: incluso el contrato diabólico se ha convertido en viral.

Han quedado ya muy lejos los tiempos en que a uno le acusaban de satanista o brujo y sufría todo tipo de calvarios hasta su muerte, pero la figura del diablo es tanto o más venerada –y temida– que en el pasado. Hoy, la Iglesia de Satán es religión oficial en varios estados, y grupos luciferinos tienen templos consagrados al Astuto en lugares como Colombia o Detroit, fuente continua de polémicos titulares. En Asia y África está muy extendida la creencia en distintos tipos de mal y la Iglesia católica realiza –afirman algunos teólogos– más exorcismos que nunca. Para más inri, el infinito universo de las RRSS, las webs y derivados está lleno de historias difíciles de verificar sobre el maligno. El diablo y derivados, aunque sea de cartón piedra o hecho a base de píxeles, sigue dejando su MARCA allá por donde pasa. Si se presenta ante vosotros, obligadle a caminar hacia atrás. La creencia popular afirma que no puede…





Los difusos orígenes de Halloween

1 11 2020

Corría el año 835 de nuestra era cuando el pontífice Gregorio IV designaba el 1 de noviembre como All Hallow’s Day (Día de Todos los Santos). El día anterior, 31 de octubre, fue conocido como All Hallow’s Evening (Noche –Víspera– de Todos los Santos); de la evolución de la palabra a lo largo de los siglos, y de su contracción, surgió «Halloween», probablemente en el siglo XVI, de una variación escocesa de la expresión irlandesa All Hallows’ Even.

Óscar Herradón ©

No hay que olvidar que ese es el nombre que recibe en otros países, o recibía, incluido España. En México se conoce como Día de Muertos y es la fiesta capital –al menos en sentido espiritual– del país. El origen de la festividad que hoy día se celebra de un rincón a otro del mundo gracias al marketing estadounidense, muy alejado de la Roma pontificia, parece ser celta, el Samhain. Al parecer, los celtas estaban convencidos de que la frontera entre los vivos y los muertos se estrechaba en la noche anterior a la llegada del nuevo Año –nuestro 31 de noviembre–, permitiendo a los espíritus volver a nuestro mundo.

Algunos folcloristas han señalado que, para ahuyentar a los malos espíritus en ese momento clave, los celtas se ataviaban con cabezas y pieles de animales con la intención de tener una apariencia tenebrosa y evitar sufrir daño a malos de los espíritus malignos. Adoraban al dios Sol (Belenus), especialmente en Beltane, el primero de mayo, pero también adoraban a otra deidad: Samagín o Samhaín, el Señor de la Muerte o de los Muertos –y quien daría nomenclatura a la festividad–, el 31 de octubre, donde parece que se realizaban sacrificios no sólo animales sino también humanos. Según Julio César en sus Comentarios, los celtas de Britania creían que eran descendientes del dios Dis, una tradición transmitida oralmente por los druidas.

Beltane

Los celtas y sus sacerdotes druidas comenzaban su año nuevo el día correspondiente al 1 de noviembre de nuestro calendario, que marcaba el comienzo del invierno. Al parecer, estaban convencidos de que el 31 de octubre, la noche previa, el Señor de la Muerte reunía las almas de los difuntos que en vida habían sido malvados y que habían sido condenados a encarnarse en cuerpos de animales –aquellos que habían llevado una vida honorable, creían, se reencarnaban como humanos y volvían a sus hogares–.

Para evitar sufrir daño a manos de los espíritus del inframundo, se ataviaban con cabezas y pieles de animales; asimismo, los druidas estaban convencidos de que el castigo a ese espíritu maligno podría ser favorecido a través de sacrificios, oraciones y dones ofrecidos al Señor de la Muerte.

En La Historia y orígenes del Druidismo, del folclorista escocés Lewis Spence (1874-1955), podemos leer: «El rasgo sobresaliente de Samagín consistía en encender una gran hoguera… Samagín también era el festival del muerto, se pensaba que en esta estación los espíritus recorrían los campos, asustando a la gente en sus recorridos.

Para ahuyentarlos de los campos y de los recintos de las villas, encendían teas desde la fogata, las cuales eran llevadas alrededor del territorio… al tiempo que adivinaban el destino del individuo para todo el año».

Durante los días anteriores a la víspera del año nuevo, los jóvenes de la comunidad recorrían el vecindario pidiendo materiales para la gran hoguera, en la creencia de que el fuego no sólo desterraba los malos espíritus, sino que «rejuvenecía al sol». No en vano, hasta hace poco la montaña de fuego de Halloween que encendían los escoceses se conocía como Samagín o Samhain, indicando la fuerte influencia del antiguo festival celta.

Además de las mascaradas y los bailes alrededor del fuego, el interés por la adivinación y los sortilegios llegó a ser importante en el marco de la festividad. Los druidas creían que por las particulares formas de los frutos y los vegetales podían adivinar el futuro, y con el mismo propósito se utilizó a las víctimas de los sacrificios humanos, práctica prohibida con la conquista romana de Bretaña.

Así, Halloween rivaliza con los agüeros, hechizos y toda clase de prácticas místicas que también se realizan en la noche de San Juan, aunque en este caso en relación con el declive del sol, y no con el solsticio de verano. En Irlanda, esta fiesta incluye tradiciones propias, como el barmbrack, un pan dulce que lleva pasas y pequeños objetos en el interior de la masa –algo así como nuestro Roscón de Reyes–; cada objeto tiene un significado específico que, al parecer, sirve para predecir el futuro de aquel que lo encuentra. Una práctica bastante similar a la del soul cake, que se cocía en honor de los muertos en la tradición cristiana. Esta práctica comenzó en la Inglaterra medieval y se mantuvo hasta los años 30 del siglo pasado, y era llevada a cabo tanto por protestantes como por católicos. Hoy se continúan realizando «soul cakes» en Portugal o en la Francia rural.

Los pasteles, tradicionalmente denominados «almas», se entregaban a «las almas gemelas» –generalmente a niños y pobres– que iban de puerta en puerta durante los días de Difuntos rezando «por las almas de los benefactores y amigos», y muchos folcloristas han visto en esta tradición el origen del «truco o trato». Entre los católicos, era una tradición que los pasteles fueran bendecidos por un sacerdotes antes de ser repartidos en el Día de Todos los Santos.

A cambio de aquel presente en tiempos de precariedad, los niños prometían orar por las almas de los parientes fallecidos del donante durante el mes de noviembre, que creían se hallaban en el Purgatorio.

Ya que la celebración de Halloween era una noche donde se creía que las almas de los muertos vagaban por todas partes, la costumbre de narrar historias de fantasmas a la luz de la lumbre se originó como una consecuencia natural de tales creencias, y se mantiene hoy con fuerza en distintos países.

Según un estudio realizado en por la empresa The Harris Poll en 2014, un 42% de los estadounidense cree en fantasmas, cifra que aumenta hasta el 52% en Gran Bretaña. No es raro que Halloween sea para ellos una festividad especial.

2 lecturas –recién publicadas– que no te dejarán pegar ojo este Halloween:

–El maestro del horror contemporáneo, el señor Stephen King, regresa con cuatro novelas cortas publicadas por Plaza & Janés, editorial habitual de sus libros en España, bajo el sugerente título de La Sangre Manda y con una portada en tonos naranjas con un gato negro, símbolo –algo injusto– del mal fario y el satanismo que adquiere aún mayor significado en estas festividades. Relatos que se centran en las fuerzas oscuras que nos acechan. El primer texto, que da título al libro, es un absorbente noir paranormal protagonizado por la detective Holly Gibney, al frente de la ya legendaria agencia Finders Keepers, quien siguiendo la máxima de una cruenta y violenta noticia precisamente bajo el potente titular de «La sangre manda», investigará una matanza en el instituto Albert Macready, enfrentándose a sus propios temores interiores. Le siguen tres narraciones no menos inquietantes para este Halloween: El teléfono del señor Harrigan, La Vida de Chuck y La rata, un relato sobre un escritor que, desesperado, se enfrenta al lado más oscuro de la ambición y parece contener ciertos ecos de la película En la boca del miedo que en 1994 dirigió el también multifacético John Carpenter.

–Por su parte, la Editorial Minúscula nos trae una de las joyas de la novela «gótica» contemporánea, La maldición de Hill House, probablemente la novela más emblemática de escritora estadounidense Shirley Jackson (1916-1965) que ha gozado de un nuevo impulso gracias al éxito de la serie homónima de Netflix que es otra buena opción para pasar este «Día de los Muertos» en familia y en semi confinamiento. Maldiciones familiares, fantasmas, premoniciones y fenómenos poltergeist que acaban en tragedia, se dan la mano en esta vertiginosa trama, uno de los grandes libros de terror del pasado siglo.

Cuatro personajes llegan a un viejo y laberíntico caserón que da nombre a la novela, Hill House. El doctor Montague, estudioso de lo oculto, y tres personas que éste ha reclutado para llevar a cabo un experimento que arroje pruebas evidentes de fenómenos psíquicos en casas encantadas. A pesar las reticencias de la familia, que arrastra una terrible tragedia vivida entre esos angostos y ahora abandonados muros, la joven y atormentada Eleanor acabará formando para de esa singular comitiva. También Theodora –con quien Eleanor establecerá un fuerte vínculo desde el principio–, y Luke, el heredero de tan desagradable mansión. Como un organismo que tiene vida, la casa pondrá a prueba a los incómodos visitantes, que serán testigos de situaciones extremas que escapan a su compresión, con la intención de escoger a uno de ellos y atraparlo para siempre. Una delicia… terrorífica.