La galera de Cervantes en Lepanto

Miguel de Cervantes fue uno de los más ilustres de nuestras letras, y su monumental Quijote en dos partes es considerado por muchos el inicio de la novela moderna. Ahí es nada. Además, fue un valeroso soldado que luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, episodio bélico que él mismo describiría como «la más importante ocasión que vieron los tiempos». ¿Cuál fue su papel en este enfrentamiento en medio del mar que teñiría de sangre las aguas del Mediterráneo?

Óscar Herradón ©

Batalla de Lepanto (Antonio de Brugada, Wikipedia)

Como buen exponente del Siglo de Oro en que le tocó vivir, para Cervantes la profesión de soldado era probablemente aquello de lo que se sintió más orgulloso durante toda su ajetreada vida. Para el escritor, como buen caballero, las armas siempre fueron tan importantes como las letras, quizá más, como se desprende del famoso Discurso de las armas y las letras que recita don Quijote en su obra cumbre, pues sin acción, la teoría, está vacía de contenido:

«…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».

En dicho discurso, de una alta calidad literaria y reveladora elocuencia, Cervantes volverá sobre el recurrente tema de la llamada «Edad de Oro»:

«Bien haya aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención…».

No se trata sin embargo de ningún discurso pacifista, Cervantes lo que hace es reivindicar las antiguas armas de los nobles caballeros –espada, lanza– puras y sin la capacidad de exterminio de las modernas armas de artillería, que el autor aborrece, pues con ellas «no se puede demostrar la verdadera valentía de un guerrero». Hace 400 años el concepto de pacifismo actual –reivindicable y loable, por supuesto– habría sido considerado absurdo, probablemente cobarde.

No olvidemos que el ilustre don Miguel, aun con su evidente modernidad y amplitud de miras, fue un hombre de su tiempo, una época en la que los esquemas mentales de los hombres poco tenían que ver con los de hoy en día, otra de las razones por las que su obra se nos antoja más difícil de interpretar.

El caso es que en Lepanto el autor demostraría el valor de un auténtico héroe. Era el 7 de octubre de 1571 y cuando la flota en la que viajaba, en una galera conocida como La Marquesa, se enfrentó a las embarcaciones turcas, Cervantes se encontraba en el entrepuente que servía de enfermería, acechado por la malaria. La intensa fiebre y los vómitos que padecía no impidieron que ocupara una posición de gran riesgo en la celebérrima batalla, situándose en el esquife de la embarcación, donde corría el peligro de recibir fácilmente un proyectil o un arcabuzazo.

Tras largas horas de cruenta lucha cuerpo a cuerpo, reiterados abordajes y un inmenso océano teñido de sangre –el mismo autor así lo describiría–, la flota española consiguió vencer finalmente al Turco, no sin antes haber sufrido grandes pérdidas tanto uno como otro bando. Nuestro héroe sufrió también graves heridas de las que siempre se sentiría profundamente orgulloso: recibió tres arcabuzazos –sin duda por la posición de riesgo que ocupaba–, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que le valdría el sobrenombre de «el manco de Lepanto». El «manco» que escribiría la obra cumbre de las letras hispánicas.

PARA INDAGAR ALGO (MUCHO) MÁS:

Para una visión global de la gran empresa de Lepanto, recientemente, y con motivo del 450 aniversario de tal acontecimiento, la editorial Edaf ha publicado el exhaustivo y apasionante ensayo Gloria imperial. La jornada de Lepanto, firmado por dos grandes conocedores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey.

Una visión novedosa de un episodio clave del imperio español. Durante siglos, Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa –contra el Infiel–, pero este trabajo muestra también cómo dicha causa (de fe) estaba subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales, pues como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, tampoco en las grandes gestas históricas. Al comienzo de la batalla que tiñó de rojo las aguas del Mare Nostrum, el imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado prácticamente de existir, y el enemigo de España perdido toda su hegemonía y poder marítimos. El Turco no estaba acabado tras el lance contra Juan de Austria (enviado por su hermano de padre Felipe II a comandar tal empresa), pero nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de tal importancia. En sus páginas conoceremos todo tipo de detalles, desde los políticos y económicos a los puramente militares y armamentísticos.

Aquí dejo el enlace para adquirir el libro en la web de la editorial:

https://www.edaf.net/libro/gloria-imperial_119387/

Recientemente, la editorial Almuzara, con una loable dedicación a la divulgación histórica, publicaba Galeras de Guerra. Historia de los grandes combates navales (480 a.C.-1571 d.C.), del autor Víctor Aguilar-Chang. Precisamente, el libro finaliza en el último de los grandes enfrentamientos de este tipo de embarcaciones, el de la Batalla de Lepanto, comandada por don Juan de Austria, hermano por parte paterna del mismísimo Felipe II. Pero este ameno y completo ensayo se encarga de hacer un exhaustivo repaso por los barcos icónicos en las guerras del Mediterráneo durante más de dos milenios, ese Mare Nostrum que vio tanta sangre vertida en sus agitadas aguas; una monografía que llevará al lector a recorrer la evolución de las galeras de guerra, sus tácticas de combate y las estrategias seguidas por sus comandantes a través de tres grandes batallas que dejaron una huella indeleble en el océano: además de Lepanto, la de Salamina (480 a.C.) y la de Ecnomus (256 a.C.) He aquí cómo adquirirlo:

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813

Curiosidades sobre la Guerra Civil Americana (I)

El turbulento asalto al Capitolio el pasado 6 de enero de 2021, cuando aquí celebrábamos la llegada de los Reyes Magos, se saldó con cinco muertos y levantó una gran polvareda en todo el mundo: ahora mismo está siendo investigado por el FBI, la Seguridad Nacional y la CIA y ha abierto la puerta incluso a un segundo proceso de Impeachment contra el presidente «saliente» que se niega a salir de la Casa Blanca, Donald Trump. Con este trasfondo tan sugerente, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas curiosidades sobre la gran guerra civil del país de las barras y estrellas, uno de los conflictos bélicos que más bibliografía ha generado. Ahí va la primera entrega…

Óscar Herradón ©

Tras un convulso y trágico 2020 empezaba este 2021 algo revuelto: en España por «Filomena», cuyos estragos han provocado que seamos casi un país «en vías de desarrollo», sumado al imparable azote del Covid en todo el mundo incluso con vacunas distribuidas, mientras al otro lado del charco, en esos Estados Unidos que se arrogan desde hace muchas décadas ser el ejemplo de Democracia por antonomasia, los más fervientes y también descerebrados seguidores del señor Trump –en cierta forma, o directamente más bien, instigados por él mismo–, se lanzaban a invadir, literalmente, el Capitolio de Washington, uno de los lugares que se suponían más seguros del orbe. Y más sagrados. No lo era.

En fin, la cosa parece que de momento no ha pasado a mayores, aunque han quedado varios muertos por el camino, una polarización aún mayor de la sociedad (aunque podamos verlos como unos incautos, Trump es el presidente republicano que más votos ha cosechado en la historia estadounidense, ahí es nada) y en entredicho ese transparente derecho a decidir promulgado por su Carta Magna. En breve colgaremos un post sobre las investigaciones que está llevando a cabo el FBI y diversas autoridades sobre el asunto, un tema sobre el que se han descubierto cosas muy interesantes en los últimos días, casi una conspiración en toda regla, descubrimientos que la propia Fiscalía USA ha calificado de «atroces».

Camp Sunter

Así, empezando el año más revuelto si cabe que como acabó el anterior, no está de más recordar algunas de las curiosidades de la llamada Guerra Civil Americana (o Guerra de Secesión), ahora que algunos agoreros apuntaban a un nuevo conflicto civil. El caso es que la invasión del edificio que alberga las dos cámaras del Congreso el pasado día 6 de enero fue algo muy muy grave, lo que cobra mayor relevancia a dos días de la toma de posesión de Biden y con la cámara baja yankee blindada por el ejército y la Guardia Nacional. De hecho, las guerras fratricidas empiezan por asaltar parlamentos, o confiscarlos, o simplemente por vulnerar las legislaciones vigentes porque unos son más guapos que el resto… Veamos una de las primeras «cosas curiosas» del enfrentamiento entre el Norte y el Sur, el Sur y el Norte.

Crímenes de guerra

El concepto «crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad» comenzó a hacerse común a partir de los sumarísimos juicios de Núremberg contra el organigrama nazi tras la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, ya en la Guerra de Secesión estadounidense, se juzgó al general sudista Henry Wirz por algo similar. De origen suizo, el susodicho emigró a EEUU en 1849, al estado de Luisiana. En 1861, con el estallido de la guerra entre el Norte y el Sur, Wirz se enroló en las filas confederadas del Cuarto Batallón de Luisiana. Su primer encargo fue custodiar a aquellos soldados de la Unión que fueron prisioneros en la batalla de Bull Run. Después, ocuparía diversos puestos en este sentido, como la custodia o el traslado de prisioneros, y también el intercambio por otros confederados, realizando incluso un viaje al Viejo Continente con despachos para representantes del gobierno sudista en Gran Bretaña y Francia. Vamos, que no era un simple soldado.

El señor Wirz

Se haría famoso en 1864, cuando se le encargó dirigir el campo de prisioneros de soldados de la Unión conocido como Camp Sumter –hoy Sitio Histórico Nacional de Andersonville–, en las proximidades de Anderson (Virginia). Según testimonios recopilados tras el conflicto, allí las condiciones eran infrahumanas: sobreocupación, falta extrema de alimentos y agua potable que provocaba epidemias que se extendían rápidamente… Se calcula que de alrededor de 45.000 soldados del Norte que pasaron por Camp Sunter, murieron unos 13.000.

Hay que decir a favor de Wirz que en más de una ocasión parece que realizó peticiones al mando superior para que mejorasen las condiciones de los prisioneros, pero fueron rechazadas. Puede que fuera una suerte de cabeza de turco o chivo expiatorio, como mantienen algunas fuentes –lo que no le quita una gran responsabilidad en lo sucedido, claro–: cuando terminó la guerra fue hecho prisionero en mayo de 1865 y en Washington lo juzgó un tribunal militar entre cuyos miembros estaba el ilustre escritor Lewis Wallace, que nos regaló el épico relato histórico Ben-Hur.

Ejecuci´n de Wirz

Se acusó a Wirz, además de las terribles condiciones del campo, de crueldad con los reos e incluso de varias ejecuciones. Existen claroscuros, como digo, sobre el papel que realmente desempeñó en los turbios hechos. La teoría del chivo expiatorio mantiene que se le ofreció el perdón a cambio de declarar en contra del presidente del gobierno confederado, Jefferson Davis, pero se negó y fue colgado en la horca el 10 de noviembre de 1865, frente al mismo edificio del Capitolio que hoy está en el punto de mira de los mass-media, con Washington en estado de alerta y blindado por más 25.000 agentes de la Guardia Nacional.

Este post continuará… con otras curiosidades históricas

Gettysburg: la batalla eterna (para saber un poco/mucho más)

Para adentrarse de lleno en el corazón de la más épica batalla de la Guerra de Secesión, con varias adaptaciones al cine, numerosos libros y artículos y más de dos y tres controversias detrás, nada mejor que sumergirse en el voluminoso ensayo publicado recientemente por una de las editoriales españolas que más saben de historia bélica, Desperta Ferro Ediciones. El título en cuestión es precisamente Gettysburg, del prestigioso autor Allen C. Guelzo, de la Universidad de Princeton, que le ha merecido, entre otros, el Guggenheim-Lehrman Prize de Historia Militar y fue Ganador al Mejor Libro del Año por The Economist. Ahí es nada.

Con una prosa soberbia (que le ha merecido alzarse dos veces con el Lincoln Prize), Guelzo nos sumerge en los angustiosos momentos de la Carga liderada por el mayor general sudista George Edward Pickett el tercer día de la sangrienta batalla, la marcha de millares de hombres desde las orillas del río Rappahannock, en el Estado de Virginia, hasta las colinas de Pensilvania, o en el corazón del ejército del Potomac comandado por George Meade.

En un relato cargado de una intensidad dramática digna del mejor guión de Hollywood, el autor nos arrastra hasta aquel momento de forma muy detallada: desde las diferencias políticas y las disidencias en ambos bloques hasta la descripción minuciosa de las unidades de artillería, la situación logística de los ejércitos unionista y confederado, describiendo con pulso los movimientos de los batallones, los regimientos y las divisiones –tal profusión de datos que, sorprendentemente, no le quitan ritmo al texto–, centrándose en la última invasión rebelde de territorio de la Unión durante la Guerra Civil y que pudo haber cambiado el curso de aquella historia, de la historia de Occidente en definitiva, poniendo los puntos sobre las íes en el que es casi con seguridad el relato definitivo, al menos de nuestro tiempo, sobre Gettysburg. Asimismo, la obra se complementa con una detallada selección de mapas, imágenes y grabados que nos retrotraen de forma magistral al campo de batalla.

Pero el de Guelzo no es ni mucho menos un relato grandilocuente de aquella contienda, pues muestra también las miserias, las debilidades humanas e incluso el patetismo de ciertos enfrentamientos entre ambos bandos y el desastre que sobrevendría sobre los vencidos. Muchos de los mentecatos de hoy que desafían una Constitución labrada a base de sangre, sudor y lágrimas, algunos luciendo con orgullo la bandera confederada con una esvástica nazi, deberían leerlo, para saber lo que sobreviene cuando se cargan los fusiles y apuntas a tus hermanos. He aquí la forma de adquirirlo: