Demonios de Babilonia (III)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».

10 cosas que no sabías de los Reyes Magos

Es una noche mágica, incluso este año, sumidos en una tragedia de ecos wagnerianos. Los niños, soñadores, se van pronto a la cama a la espera de que Sus Majestades de Oriente vengan a dejarles regalos… o carbón, y no les pillen in fraganti. Los padres suelen acostarse algo más tarde, quizá con la visión algo nublada, pero siempre antes de la llegada de aquellos que reparten amor y regalos. Sin embargo, hay muchas cosas que desconocemos sobre el origen de esta importante festividad, algunas más que singulares. Aunque este año el coronavirus haya obligado a dejar las carrozas en sus recintos, nadie podrá evitar que sigamos soñando, aunque algunos pasemos de los cuarenta. Mientras esperamos, unas cuantas anécdotas…

Por Óscar Herradón

1. En un principio la Biblia no indicaba que los Reyes Magos fueran tres, ni siquiera que fueran «Magos». La palabra proviene del persa «ma-gu-u-sha» y del acadio «ma-gu-shu», cuyo significado era sacerdote. Fue la evolución semántica del término, al griego «magós/magoi» y después al latín «magus/magi», pasando al castellano como «magos», parece que provocó la confusión. En realidad, quienes visitaron al niño Jesús en Belén eran sacerdotes persas y no parece que tuvieran poderes sobrenaturales –creo–, aunque siguen apañándoselas para entregar los regalos a tiempo.

2. Por el contrario, según Herodoto, dicha casta sacerdotal estaba vinculada a la magia, pues practicaba la adivinación, la astrología –pensemos en la estrella de Belén que los guiaba– y la medicina, que en tiempos antiguos estaba muy ligada a lo supersticioso y a lo sobrenatural. Puesto que vinculaban a dichos sacerdotes con «magos», y dicha denominación tenía connotaciones negativas para la ortodoxia, por iniciativa del arzobispo francés Cesáreo de Arlés los gorros que los caracterizaban fueron cambiados por coronas en el siglo IV. Entonces, ¿fueron magos o no? En relación a la exégesis bíblica, pocas son las fuentes que se ponen totalmente de acuerdo.

3. Los cristianos sirios y armenios afirman que, como los Apóstoles, los Reyes Magos no eran tres ¡sino doce! mientras otras fuentes apuntan a siete. Sin embargo, triunfó el número tres, que se convirtió en la versión oficial. Fue el teólogo Orígenes quien lo estableció así en el siglo IV. Y en el siglo V, sería el Papa León I el encargado de asentar oficialmente dicha tríada para la toda la cristiandad.

4. Y hablando de números, hay más: la leyenda de un «cuarto rey mago» de la que me ilustró en su día, cuando trabajábamos codo con codo en la redacción de la revista Enigmas, mi buen amigo Javier Martín. Y es además de Melchor, Gaspar y Baltasar… estaba Artabán. Aunque es una leyenda que parece más antigua, se hizo popular cuando en 1896 Henry van Dyke escribió un cuento de Navidad titulado precisamente El otro rey mago, al que bautizó con dicho nombre. Un rey mago que nunca llegó a su destino: los cuatro habían fijado su punto de encuentro para partir hacia Belén en el zigurat de Borsippa, en la antigua Mesopotamia –recordemos que eran sacerdotes persas–. Artabán partió con un diamante de la isla de Méroe, un jaspe de Chipre y un rubí de las Sirtes, pero tras socorrer a un moribundo por el camino, llegó tarde a la cita, y cuando llegó a Judea, el niño Jesús ya no se encontraba allí. Así, solo le entregaron «oro, incienso y mirra».

5. Por otro lado, dicha teoría puede no ser tan apócrifa, y apoyarse en la ciencia. El astrónomo Mark Kidger de la Agencia Espacial Europea (ESA), aseguró en un artículo en la revista Astronomy que ese posible cuarto rey mago pudo perderse en el camino «por un fenómeno (astronómico) que le habría llevo a error». Según Kidger, la estrella que los Reyes Magos siguieron pudo tratarse de una nova. Melchor, Gaspar y Baltasar –capaces de interpretar, pues, las señales del cielo– tardaron entre cuatro y cinco semanas en llegar a Jerusalén siguiendo la nova, esperaron varios días una audiencia con Herodes y volvieron a ver la estrella a unos diez kilómetros, hasta llegar al punto exacto donde se encontraba «el hijo de Dios». Artabán, sin embargo, no la pudo seguir. ¿Por qué? Según el astrónomo, el cuarto Rey Mago pudo perder su referencia después de que la Luna y la nova estuvieran en conjunción, lo que habría ocultado su luz, dejándole sin guía.

6. Según este astrónomo, que parece que sabe de lo que habla, todo aquello –la visita y la pérdida del rastro por Artabán– habría sucedido «cerca del 21 de marzo del año 5 antes de Cristo». Vamos, más dudas todavía sobre tan ilustre evento que hoy, aproximadamente 2021 años después, volvemos a celebrar.

7. En la tradición católica la Epifanía o Adoración de los Reyes (comúnmente conocida como Día de Reyes) se celebra como ahora, poco después del nacimiento de Cristo, pero algunos documentos históricos proponen que aquella visita se produjo realmente dos años después, tras la circuncisión de Jesús y su presentación en el Templo (sí, originariamente, Jesús era judío).

8. Todos comemos –unos más que otros– esa deliciosa «rosca de Reyes». Parece que la original fue creada en Francia en 1311 y después cruzó los Pirineos y se convirtió, en España, en el celebérrimo «roscón» que no puede faltar la noche del 5 de enero y el consiguiente día 6. Tras la conquista de América por los españoles, la tradición pasó a México y otros territorios, donde, con diferentes versiones de dulces, se ha mantenido hasta el día de hoy.

9. Otras fuentes apuntan a que el remoto origen del dulce de este día puede rastrearse hasta las fiestas paganas de las Saturnales, allá por el siglo II a.C. que coincidía en el tiempo con las futuras Navidades y que la Iglesia católica «sustituiría» para no confundir demasiado a los nuevos fieles. Vamos, que en mismo portal de Belén quizá ya estaban comiendo el roscón.Entonces los romanos homenajeaban a Saturno –de ahí el nombre–, dios de la agricultura y la cosecha, celebrando el fin de la temporada agraria y el comienzo de los días más largos del año tras el solsticio de invierno. En aquellos festejos se elaboraban unas tortas redondas hechas con higos, dátiles y miel que se repartían por igual entre plebeyos y esclavos. ¿El origen del roscón? Cualquiera sabe.

10. Y claro, tenemos la «sorpresa». Ya en el siglo III, en el interior del dulce que se había apropiado el nuevo credo, se introducía un haba seca, y el afortunado al que le tocaba era nombrado por un corto periodo de tiempo nada menos que «Rey de Reyes». Desde tiempos romanos se pueden rastrear «juegos de habas» en la Península Ibérica. Según Julio Caro Baroja, en 1361, en el Reino de Navarra, se designaba «Rey de la Faba» al niño que encontraba el haba en el roscón, algo parecido a lo que sucede hoy. Existe la tradición de que a quien le toca la sorpresa –el haba que hoy es una figurilla de todos los tipos y colores, unas más cutres que otras, y en México llegó a ser una pequeñito niño Jesús de plata coronado–, debe pagar el roscón. Por eso, hay quien, algo agarrado, decide tragársela… ¿o no?

¡Feliz Noche de Reyes!

Demonios de Babilonia (II)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y el Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las próximas páginas.

Óscar Herradón ©

La magia y los encantamientos eran utilizados en Siria y Mesopotamia tanto por los brujos –considerados asociales y, por tanto, perseguidos por practicar magia dañina que podía perturbar el orden social e incluso afectar al rey– y por los sacerdotes y adivinos, que solían estar organizados en corporaciones normalmente dependientes de de algún templo.

Las técnicas más frecuentes para realizar augurios –tras agasajar a los dioses protectores y patrocinadores de la adivinación, Shamash y Adad–, eran la hepatoscopia –observación del hígado–, la interpretación de los sueños –oniromancia– y la observación de los astros. En los tiempos sumerios más remotos, el examen de las entrañas de las víctimas era ya una práctica bastante habitual, principalmente de las vísceras de los cabritos.

Tabla del dios Shamash

La interpretación de presagios a través de fenómenos astronómicos y atmosféricos también era habitual: por lo general se considerabaespecialmente funestos los eclipses de luna, así como cambios en la tonalidad del sol, lluvias de estrellas y cometas, y a las tormentas –la lluvia y los relámpagos–. También se consideraban presagios relevantes los movimientos de distintos animales, como el vuelo de las aves o el reptar de las serpientes, y se hacían predicciones –normalmente nefastas– a partir de los partos anormales de animales y seres humanos. Asimismo, se podían inducir presagios observando la forma y el movimiento del humo del incienso o del aceite derramado sobre el agua contenida en una copa.

Sueños y visiones proféticas

La oniromancia tenía singular importancia en Mesopotamia. Para la interpretación de los sueños, el sacerdote recibía el oráculo al lado de la estatua de la divinidad mientras dormía. Un ejemplo de este tipo es el de Gudea, patesi de Lagast en el 2200 a.C. que, según la tradición, recibió en sueños la orden de construir el templo del lugar con sus especificaciones arquitectónicas, algo que vemos repetido de forma muy similar en el Antiguo Testamento: por ejemplo, respecto al templo de Salomón, el profeta hebreo Natán recibió las indicaciones también por la noche durante el sueño.

Gudea de Lagash

La magia y la adivinación eran también importantes entre los hititas y los hurritas, y aunque sus procedimientos eran muy similares a los que se usaban en otros lugares de Mesopotamia, los hititas parece que tenían una técnica particular que consistía en la adivinación a partir de la observación del comportamiento de una serpiente o de un pez dentro de una tinaja. Ugarit, la antigua religión cananea, también manifestaba un fuerte componente mágico. En las ocasiones en que existían problemas para la sociedad, se realizaban sacrificios a la vez que un tipo de adivinación concreta cuando sufrían ataques enemigos o visualizaban lo que creían señales de peligro, como un eclipse solar. La adivinación se llevaba a cabo entonces por la lectura de las vísceras de los animales o los presagios leídos en las estrellas –astromancia–. Por ejemplo, se recogió la creencia de que si la luna en ascensión se ponía amarilla, el ganado perecería. Los ejemplos son innumerables.

Además, mediante la interpretación de las malformaciones en fetos humanos y animales también discernían el porvenir: si no tenía oreja derecha, el enemigo asolaría y destruiría el país; si el animal no tenía patas traseras, la guardia se revelaría contra el rey; si le faltaba la lengua, el país acabaría dispersándose; por el contrario, si no tenía pata delantera sería el país enemigo el destruido; si el infante o la cría de algún animal no tenía bazo, la nación pasaría hambre…

También se realizaba adivinación mediante la ordalía por el fuego o mediante el uso de narcóticos en una suerte de antiguas práctica chamánicas: un medio para inducir una experiencia extática, un viaje mágico que arrojaba conocimientos sobre el futuro. También desde la reforma de Zoroastro, a pesar de que se condenó la magia y se persiguió a brujos y hechiceras, quedaron algunas reminiscencias de este tipo, sobre todo relacionadas con el uso de plegarias y conjuros contra el ataque de algún animal –la mordedura de serpientes a caballos, por ejemplo–.

También se podía conocer el futuro mediante la profecía: particularmente conocidos eran los profetas extáticos en Mari, así como entre los cananeos y los hebreos. Arrebatados por una suerte de frenesí, vaticinaban sobre el futuro, advirtiendo a sus soberanos y autoridades por encargo de los dioses.

En Mesopotamia existía la raggimtu o “gritadora”, proclamadora del oráculo que, en una suerte de éxtasis –maju, “fuera de sí”–, era la equivalente mesopotámica de la pitonisa helénica.

Ragimmtu

Como sucedía con los oráculos de la Grecia clásica, en el templo de Ishtar en Arbela existían hombres-profetas que por boca de esta divinidad babilónica del amor y la fertilidad, la belleza y la fertilidad, asociada normalmente con la sexualidad, comunicaba oráculos en primera persona, pues el majju o eshshebu –«el que salta»– se consideraba como poseído por la propia Ishtar.

Vampiros y fantasmas

Antecesores milenarios de los fantasmas y los vampiros también están presentes en los mitos mesopotámicos. Los asirios, entre los años 2.000 y 3.000 a.C., recogen uno de los primeros y más antiguos mitos sobre los vampiros: los Ekimmu o Edimmu, que tomaban forma cuando las personas fallecían de forma prematura: a sus desdichadas almas se les negaba la entrada al inframundo –de ahí el nombre, pues ekimmu significa «el que fue atrapado»–, y ello los convertía en seres violentos y malhumorados, espíritus vengativos que, ante la imposibilidad de descansar en paz, regresaban para absorber la energía de los vivos.

Los asirios describieron a los Ekimmu como seres musculosos y fuertes que podían volverse invisibles y transformarse en figuras de humo, sombras o vientos malignos, y con el tiempo fueron adquiriendo la forma de lo que más tarde sería el mito del vampiro moderno.

Ekimmu

Aquellos que se convierten en un Ekimmu pueden ser las personas que murieron por ahogamiento, deshidratación, inanición o encerrados en prisión, así como los que tenían un funeral impropio o aquellos que murieron sin ningún pariente o alguien que cuide de sus tumbas. El arqueólogo y asiriólogo británico Campbell R. Thompson (1876-1941) escribe en The Devils and Evil Spirits of Babylonia que el espíritu ekimmu «no puede encontrar ningún descanso, mientras su cuerpo permanezca insepulto».

Según cita el escritor Bob Curran en Vampires: a field guide to the creatures that stalk the night, el ekimmu «se uniría a sus víctimas y les chuparía la energía hasta que solo restara una sombra de lo que solía ser». Existe la creencia común de que solían evitar lugares secos y desérticos y atacar a los viajeros que pasan por su hábitat, uniéndoseles en su camino o torturándolos en su hogar. Al no hallar descanso, se pensaba que algunos intentaban aferrarse a un ser querido o a un amigo para «demandarle ritos que le darían paz». Solían cobijarse en lugares inhabitables o desconocidos donde no había encantamientos o amuletos que pudieran contenerlos. La mayoría de los pueblos de la antigua Mesopotamia, babilonios, sumerios y asirios, temían a la figura del Ekimmu y tomaban diversas medidas para contrarrestar su poder sobrenatural: nunca viajaban solos y evitaban los lugares desiertos y solían recitar oraciones antes de entrar en sus hogares para evitar que los «vampiros» atravesaran el umbral. Sólo los sacerdotes, hombres santos o magos podían neutralizarlos, al igual que solo los ásipu podían realizar exorcismos.

Existía una forma aún más temible de Ekimmu: aquellos que habían tenido una muerte violenta se convertían en Alû, seres descarnados con la piel blanquecina, costras en los labios y que además eran bebedores de sangre. Aparecían exclusivamente durante la noche, rondando a las víctimas o viajeros extraviados para alimentarse. Los asirios consideraban que la única forma de protegerse de los Alû eran el fuego o las ofrendas de carne sanguinolenta.

Junto a éstos, otros seres muy similares a los vampiros eran los Utukku sumerios –conocidos como Utukki por los acadios, que consideraban que eran siete demonios que descendían del dios del cielo Anu–, que podían ser benévolos –los Shedu– o malévolos, y los Maskin –demonios del inframundo de un orden superior capaces de echar abajo los muros de una casa y consumir todo lo que se encuentre dentro–, así como las huestes de Alal y Telal, culpables de enfermedades y pestes. Para combatirlos, en Mesopotamia se invocaba a toda una serie de dioses protectores.

Shedu

Los babilonios pensaban, a su vez, que las personas que tenían potencialmente más posibilidades de convertirse en una suerte de vampiros eran las mujeres vírgenes, las que morían amamantando, los hombres solteros y malvados, cualquier persona que estuviese enterrada en una sepultura poco profunda o aquella que no fuese encerrada, y las prostitutas. En una placa descubierta en la actual Irak, la antigua Babilonia, puede leerse la siguiente inscripción, muy significativa: «Los dioses que se apoderan del hombre han abandonado sus sepulcros. Ráfagas de viento maligno provienen de las criptas para exigir el pago de rituales y verter sus libaciones, han dejado sus sepulturas, como un torbellino, toda la maldad en sus huéspedes ha surgido de las tumbas».

En cuanto a los fantasmas o espíritus merodeadores de las diferentes religiones que salpicaban la región mesopotámica, Sumeria, Babilonia y Asiria y otros estados tempranos de Oriente Próximo y Medio, existen numerosas referencias en la literatura antigua y que los hace muy similares a las sombras de los fallecidos del Inframundo –Hades– de la mitología de la Antigüedad clásica, lo que denota el fuerte sincretismo de las religiones y mitos del hombre en todas las épocas. Las sombras o espíritus de los fallecidos eran conocidos como gidim en sumerio y como etemmu en acadio. Estos seres sobrenaturales eran similares a los demonios, con capacidades sobrehumanas que compartían con los dioses, como su inteligencia, poder o inmortalidad –aunque en un grado menor–.

Se creía que los gidim o etemmu se formaban –como los vampiros, muy similares también– en el momento de la muerte, tomando la memoria y la personalidad del individuo fallecido. Entonces viajaban al inframundo, al Irkalla –regido por la diosa Ereshkigal y su consorte, el dios de la muerte Nergal–, donde eran clasificados: un tribunal presidido por los Anunnaki, la corte del inframundo –por obra y gracia de Marduk fueron divididos y se les encomendaron tareas en el Universo–, daba la bienvenida a cada fantasma, les explicaban las reglas del «más allá» y les asignaban un destino y una posición, llevando una existencia en algunos aspectos similar a la de los vivos, con sus propias casas y podían incluso reunirse con los miembros difuntos de su familia y conocidos.

Se esperaba que los familiares de los fallecidos hiciesen ofrendas –culto a los antepasados– para aliviar su sufrimiento: comida, bebida… si no lo hacían así, los “fantasmas” podían tomar represalias contra ellos e infligirles desgracias y enfermedades en su vida –que había que contrarrestar con hechizos como en los casos de los exorcismos y los demonios–. En Irkalla, otro tribunal, distinto al de los Anunnaki, presidido en este caso por Shamash –Utu para los sumerios y Tammuz para los babilonios–, titular de la justicia y que era representado con un disco solar de ocho puntas o mediante una figura masculina de cuyos hombros emanaban llamas. Visitaba los inframundos en su vida diaria y podía castigar a los fantasmas que acosaban a los vivos.

Las dolencias físicas de oír o ver a un fantasma iban desde dolores de cabeza, problemas en ojos y oídos, molestias intestinales, dificultad para respirar y mareos o fiebres, hasta trastornos neurológicos y mentales: se creía que se introducían por el oído y podían volver loca a su víctima. Para luchar contra ello, se recurría a la conocida como «mano de espectro» –qat etemmi– durante los rituales y prácticas mágicas. También se realizaban ofrendas, libaciones, se daba forma a figurillas y sepulturas rituales –para aquellos que habían tenido un rito funerario deficiente y los había convertido en espectros–, cercos, amuletos, fumigaciones, ungüentos, pociones, lavados e incluso supositorios, según recoge el investigador de la Universidad de Chicago, Jo Ann Scurlock, en Magico-Medical Means of Treating Ghost-Induced Illnesses in Ancient Mesopotamia.

Invocar a los fantasmas a través de la nigromancia era considerado también muy peligroso. El más temido de estos seres sobrenaturales era el fantasma de una mujer que hubiese fallecido durante el parto, un trance de gran importancia para los mesopotámicos en cuanto a ser el inicio de la vida en este mundo. Este ser era compadecido y temido: su pena lo había vuelto loco y estaba condenado a vagar llorando en la oscuridad.

En relación con el inframundo, también tiene relevancia en su cosmogonía el mito del descenso de la diosa Inanna –en sumerio– o Ishtar –en acadio– a Irkalla, uno de los principales ciclos literarios mesopotámicos, conocido como Viaje de Inanna a los Infiernos o al País sin Retorno. La mayoría de los poemas que hacen alusión al mismo están escritos en sumerio. El poema narra también el asalto al infierno, gobernado por Ereshkigal, de Nergal, quien, ayudado por Ea, termina con el matrimonio y la reconciliación de ambos.

Nergal

En la Epopeya de Gilgamesh, el poema épico más importante y antiguo conocido, es una narración sumeria en verso que narra las tribulaciones del rey Gilgamesh, un soberano tiránico –podría corresponderse, vagamente, con un rey que existió en el siglo XXVII a.C., aunque existen dudas– que emprenderá toda una serie de aventuras junto al hombre salvaje creado con los dioses para enfrentarse con él, Enkidu. Parte de la historia relata la muerte de Enkidu y las aventuras de su fantasma en el inframundo mesopotámico.