En plena celebración del Samhain celta, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.
Ir de puerta en puerta, vociferando y haciéndose con regalos, era la práctica druida previa a las grandes fogatas, aunque esta práctica tan común hoy en los EEUU y otros países anglosajones, y cada vez más implantada en todo el mundo, también parece estar relacionada con el concepto católico del purgatorio y la costumbre de mendigar un «ponqué» o pastel de alma –soul cake– (aunque me quedo con los «huesitos de santo» que en España, junto a los buñuelos, nos acompañan desde nuestra más tierna infancia).
La costumbre de la burla –Trick– en Halloween, está relacionada de nuevo con la creencia de que los espíritus y las brujas hacían un daño esa noche especial desde tiempos pretéritos. Por ello, se creía que si el vivo no proveía comida o dulces –treats– a los espíritus, entonces éstos se burlaban de él. Las gentes creían que si no se honraba a los espíritus, podrían sucederles terribles desgracias; asimismo, los druidas estaban convencidos de que al fracasar adorando al Señor de la Muerte sufrirían desastrosas consecuencias.
De hecho, los sacerdotes celtas iban de casa en casa demandando todo tipo de comidas extrañas para su propio consumo y como ofrenda tras el Festival de la Muerte. Si las gentes se negaban a sus demandas, les hablaban sobre una maldición demoníaca que caería sobre su hogar: en el transcurso del año, alguno de los miembros de la familia moriría…
Así, en la actualidad los niños, cuando llaman a tu puerta y reclaman ese «Truco o trato» sugieren que si no les dan un dulce, te jugarán una mala pasada, una suerte de amenaza velada como en el antiguo Samhain.
La linterna de Jack
Los inmigrantes irlandeses que desembarcaron en la isla de Ellis, en Nueva York, EEUU, llevaron consigo algunas de sus tradiciones y las extendieron por aquellas tierras tomando la forma de leyendas y cuentos populares. Uno de los más singulares de Halloween es la historia de Jack O’Lantern. Cuentan que éste era un hombre ruin y malvado, aficionado a la bebida –y no precisamente la Casera– y bastante retorcido, que siempre lograba salirse con la suya. En una ocasión, el diablo se le apareció para reclamar su alma, pero el mezquino Jack engañó al maligno: le pidió que se convirtiera en unas monedas para pagar su último trago. Cuando el diablo se introdujo en su bolsillo, Jack metió una cruz de madera y lo atrapó, obligándole a darle diez años más de vida.
Pasada una década, el diablo volvió para cobrar su deuda, pero, como debía cumplir siempre la última voluntad de una persona para sesgar su alma, Jack le pidió que trepara a un manzano y le trajera el fruto que se hallaba más alto de todos. Cuando el maligno estaba en lo más alto, O’Lantern grabó una cruz en el árbol y lo rodeó con pequeñas cruces de madera, atrapando de nuevo a su anfitrión. La exigencia del retorcido Jack fue que esta vez dejase su alama para siempre.
Sin embargo, al final el destino le devolvió el golpe: al morir, el espíritu de Jack fue expulsado de los cielos por sus múltiples pecados. Entonces, buscando refugió bajó a los infiernos para convencer al diablo de que lo acogiese. Pero éste no había olvidado su afrenta: le recordó que no podía poseer su alma y lo expulsó de allí. Cuando abandonaba el infierno, comiéndose un nabo, el diablo le arrojó unas brasas que no dejarían de arder. Jack las introdujo en el nabo y desde entonces vagó por la tierra con su «linterna de Jack», buscando reposo. Con el tiempo, los nabos que usaban también los druidas serían sustituidos por calabazas, debido al excedente de esta hortaliza en el Nuevo Mundo, hasta el día de hoy.
Otra versión de la historia apunta que Jack se negó a ayudar a obtener los ingredientes para preparar una sopa de Halloween a una bruja y ésta, como castigo, le impuso una maldición: una calabaza gigante lo engulló y desapareció para siempre, mientras la hortaliza adoptaba rasgos similares al rostro humano. Es posible también que la calabaza hueca se hubiera originado por la costumbre de las «brujas» de llevar una calavera con una vela encima para iluminar el camino hacia el aquelarre.
La Galera ha publicado uno de los libros más bonitos con los que me he topado en los últimos meses –y vivo rodeado de libros–. Su título es El maravilloso país de los Snergs, y es nada menos que el libro infantil que inspiró al gran JRR Tolkien para escribir El Hobbit, una de las novelas de mi infancia y origen del maravilloso universo de la Tierra Media. Destino Infantil y Juvenil, por su parte, nos trae la primera entrega de la exitosa trilogía «Orphans of the Tide» del escocés Struan Murray.
Esta minimalista edición de El maravilloso país de los snergs, a cargo de Veronica Cossanteli e ilustrada por Melissa Castrillón, está basada en el original de Edward Wyke-Smith (1871-1935). Cuenta la historia de Flora y Pip, que han llegado recientemente al orfanato de Bahía Soleada. Su integración en su nuevo «hogar» no será fácil debido a las rígidas normas impuestas por la directora y la presencia de un hombrecillo desastroso y algo zoquete de nombre Gorbo. Al menos hasta que un día se den cuenta de que se están escapando, a pesar de que no era lo que en un principio pretendían. Su destino será un mundo mágico, el que da nombre al título, el país de los snergs, una raza ficticia de seres antropomorfos «no más altos que una mesa» y amantes de las fiestas y los banquetes. ¿No os recuerda a los hobbits?
Una delicia que ha marcado a varias generaciones y se halla en la base de una de las grandes novelas juveniles de la era contemporánea. Como señala The Washington Post: «Antes de que Tolkien crease los hobbits, estaban los snergs. ¡Y oh, qué maravillosos eran!».
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Y seguimos en este pequeño «Pandemónium» con literatura infantil y juvenil de corte fantástico. Planeta Infantil y Juvenil acaba de publicar una de las obras de referencia del joven autor escocés Struan Murray: Ellie Lancaster y el misterio del enemigo (cuyo título original es «Orphans of the Tide»). Precisamente, hace apenas unos días, Murray anunciaba en su cuenta de Twitter la publicación de «Eternity Engine», el cierre de su exitosa trilogía «Orphans of the Tide» cuyas dos siguientes entregas deseamos que pronto vean la luz en castellano.
En relación a Ellie Lancaster, una preciosa edición en tapa dura con sobrecubierta, primera entrega de esos «huérfanos de la marea» (quizá un título más sugerente), la acción comienza cuando la marea trae a un misterioso chico que todos creen que es nada menos que la reencarnación del Enemigo, cuya sola mención estremece y que se trata de un oscuro poder difícil de precisar que busca continuamente un cuerpo que poseer para regresar y destruirnos (y que recuerda en cierta forma al malvado Voldemort de la saga Harry Potter).
«La Ciudad»
Bueno, todos no: Ellie, la inventora –una joven que vive en un destartalado taller rodeada de objetos extraños y cuyo verdadero destino, cual elegida, desconoce– defiende la inocencia del extraño náufrago que ha llegado a La Ciudad, nuestro último refugio en un mundo inundado por culpa del calentamiento global (lo que dota a este debut distópico de una gran contemporaneidad), y donde los señores de las ballenas gobiernan a los hombres mientras la Inquisición (obsesionada con la «caza de brujas» y hechiceros como en tiempos pretéritos, lo que la convierte aún en una institución más peligrosa que la propia oscuridad) los controla.
Ellie y el extraño muchacho que arrastraron las aguas huirán de las garras de la Inquisición mientras intentan averiguar la verdadera identidad del segundo y su origen, y lo que ello puede significar para la protagonista, aunque implique arriesgar su propia vida por salvarnos a todos.
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Fueron algunos de los soldados más eficientes y temerarios en el sanguinario frente de la Primera Guerra Mundial. Los nativos canadienses destacaron como hábiles rastreadores y francotiradores, pero su papel fue relegado al olvido, y el Gobierno de su país los trató de forma ignominiosa tras su regreso. Ahora, un cómic editado por Norma Editorial recuerda su epopeya en las trincheras europeas de la primera guerra moderna.
Uno de los episodios más desconocidos en torno a la llamada Gran Guerra, que con el paso de los años y el estallido de la contienda de 1939 acabaría por conocerse como la Primera Guerra Mundial, y que abarcó de 1914 a 1918, una advertencia sombría y sanguinaria de lo que esperaba al mundo «civilizado» de la vigésima centuria, fue la participación de diversas unidades formadas por nativos canadienses que luchaban en el Ejército de Su Majestad contra Alemania.
Cuando estalló la guerra en Europa con el asesinato del archiduque Francisco Fernando como casus belli, muchos países no dudaron en sumarse tanto a las filas del Eje como del bando aliado. Canadá entró en el conflicto sin dudarlo, al igual que Australia y Nueva Zelanda, pues consideraban que, frente a los boches (forma despectiva por la que se conocía a los alemanes entre las filas aliadas), la «raza británica» estaba en peligro. En ese momento, aunque el Imperio Británico ya era un gigante con pies de barro, los lazos indisolubles entre las metrópolis y las antiguas colonias que conformaban la Commonwealth era más fuerte que nunca antes.
Sin embargo, en 1914 Canadá no estaba preparada para la que sería la primera guerra auténticamente moderna. Además, les separaba del Viejo Continente, como a EEUU (mucho más fuerte económica y militarmente) el océano Atlántico. La milicia canadiense apenas llegaba a los 60.000 hombres y la mayor parte del armamento y los pertrechos procedentes del Reino Unido no habían llegado aún.
Canadian Expeditionary Force
Fusil Ross (Source: Wikipedia).
Así que los mandos tomaron la decisión de equipar a los soldados del fusil Ross, de fabricación canadiense, preciso en el disparo pero con tendencia a encasquillarse. Aquello sería un desastre que causaría numerosas bajas. Los primeros 30.000 voluntarios fueron instalados en el campamento de Valcartier, a las afueras de Ottawa, y entre ellos se hallaban algunos miembros de las tribus indígenas nativas. Aquello fue algo que no se tomó con buenos ojos el Cuerpo Expedicionario Canadiense (CEF, Canadian Expeditionary Force), por lo que su admisión no fue nada sencilla, y tampoco su posterior asimilación en sus filas, debido al arraigado sentimiento racista y de desprecio de los colonos hacia las poblaciones autóctonas que compartían gran parte de los altos mandos y la mayoría de políticos. Temían (o ese fue el pretexto) que los alemanes tratasen a los indios canadienses como a hombres no civilizados, meros salvajes –vamos, como sus propios compatriotas–.
Iroqueses y la tribu de las Seis Naciones
Sam Hughes
La decisión de que la CEF abriese las puertas al alistamiento de tropas indígenas canadienses se tomó cuando la guerra «industrial» estaba arrasando los contingentes del país al otro lado del Atlántico. Poco después del llamamiento que hizo el coronel Sam Hughes (Ministro de Milicia y Defensa canadiense durante la Gran Guerra) para que se formaran 16 divisiones, se constituían dos batallones formados exclusivamente por soldados indígenas, la mayoría iroqueses y de la tribu de las Seis Naciones.
La nación iroquesa tenía una fuerte filiación histórica con la corona británica, que apenas reconocía la realidad nacional canadiense ni a sus gobernantes. Estos indígenas habían luchado junto a los soldados de Su Majestad contra los franceses hasta la Paz de Montreal, firmada en 1701 y también contra las nuevas tropas estadounidenses durante la invasión de 1812.
Sin embargo, la mayoría de las comunidades indígenas (incluidos los Inuit o esquimales) sufrieron las políticas aislacionistas canadienses, heredadas paradójicamente del imperio británico: hacinados en reservas (prácticamente campos de concentración instalados en tierras baldías o de escaso o nulo interés para la comunidad blanca), la aniquilación total de su identidad al institucionalizar las sociedades nómadas con sus propios modelos de explotación natural (como ya resaltamos en «Dentro del Pandemónium»), o la alienación cultural de los nativos que comenzaba desde los primeros años de escolarización de los niños indígenas en escuelas católicas.
Enfermera iroquesa de la Primera Guerra Mundial.
Aquello, claro, hizo que la respuesta indígena al llamamiento del gobierno a alistarse no fuera muy considerable. Según los informes del departamento para asuntos indígenas, de una población de 100.000 nativos, apenas se enrolaron 3.500, lo que convertiría sus hazañas, con más razón (debido a su número) en algo aún más sorprendente.
Tambores de Guerra
Junto a los iroqueses, participaron muchos miembros de la tribu de las Seis Naciones que organizaron el célebre batallón 114º o de los Brock Ranger’s, cuyas cuatro compañías, fundadas exclusivamente por miembros de su tribu, la integraban en su mayor parte soldados provenientes de las comunidades de Mohawk y Kanewahke en Quebec. Sin embargo, las particularidades del frente exigieron que no permanecieran juntos y al llegar a Francia las tropas del 114 fueron repartidas por los diferentes batallones de la CEF.
Según recuerda el historiador militar del Canadian War Museum Fred Gaffen en Forgotten Soldiers (1985), fue célebre también el batallón 107º al mando del teniente coronel Archibald Glenlyon Campbell, por cuyas venas corría sangre indígena (era descendiente del jefe de los Ojibwa Keeseekoownin) y que manifestó su intención de reclutar «cowboys e indios». Además, de los territorios del norte de Ontario y de Columbia surgieron otros batallones de renombre, como el 141st o Bull Moose Batallion (también conocido como «Batallón del Arce») y el Kootenay o Batallón 54º.
El teniente coronel Archibald Glenlyon Campbell
A pesar de las reticencias iniciales citadas de los altos mandos en su reclutamiento, ya en el campo de batalla los mandos canadienses mostraron especial respeto por los soldados indígenas, a los que describían como «tropas fieras y valientes», eso sí, como era de esperar, «a la par desordenadas y poco atentas a la disciplina cuartelaria y militar», convertidos en excelentes exploradores y reputados tiradores de élite.
Uno de los más destacados fue el soldado indígena Francis Pegahmagabow, ojibwa de la Primera Nación, que tras alistarse voluntario al inicio de la conflagración se instaló, en el campo de entrenamiento de Valcartier, con una tienda que decoró con variada simbología tribal y la consiguiente piel de ciervo a modo de estandarte de su clan. Cuentan que llevaba al cuello un saquito de hierbas medicionales preparado por una anciana de su tribu que le salvó la vida en más de una ocasión. Todo es posible, aunque puede que solo se trate de otra leyenda más, de esas que corrían como la pólvora en el frente para evadirse del dantesco escenario bélico que tiñó de sangre el Viejo Continente.
Pegahmagabow
Northwest
Cuando terminó la guerra, «Peg» –como le conocían sus compañeros– había sido condecorado hasta en tres ocasiones por haber matado a más de 370 enemigos. También destacó la figura de Henry Norwest, de la tribu de los Cree, al que sus compañeros bautizaron con el singular mote de «Ducky» al sumergir a una prostituta en una fuente de Londres. Mató a 115 enemigos (confirmados), pero una bala alemana acabó con su vida el 18 de agosto de 1918, cuando quedaban menos de dos meses para que finalizara la contienda.
A pesar de su destreza y valentía, así como sus proezas en la Gran Guerra, su participación en la misma no reportó a los indígenas beneficio alguno, más bien al contrario. Como recompensa por participar en una guerra iniciada por blancos y de la que solo los blancos sacarían beneficio, el departamento de asuntos indígenas (en uno de los actos más execrables en tiempos de paz) confiscó y realizó compras ilegales de tierra propiedad de las comunidades nativas con la excusa de repartirlas entre los veteranos de guerra (blancos, por supuesto). Una nueva traición de los colonos a aquellos hombres de honor que demostraron mucho más coraje que los altos cargos de la administración y los peces gordos más condecorados del ejército.
La balada del soldado Odawaa
Precisamente la participación de los nativos canadienses en las trincheras de la Primera Guerra Mundial sirve de punto de partida –y gran parte de la ambientación– de la poderosa novela gráfica La Balada del Soldado Odawaa que acaba de publicar Norma Editorial.
Un relato vibrante, de colores y texturas grises que evocan la oscuridad y la tragedia de las trincheras, y que narra las vicisitudes de un grupo de francotiradores amerindios desplegados en suelo francés en febrero de 1915, en tierra de nadie durante la contienda, entre los que se encuentra el célebre soldado Odawaa, apodado Tomahawk, y que deparará al lector varias sorpresas al final del absorbente relato. La idea de formar este equipo surge de la mente de un capitán del contingente canadiense, que sabe que sus tropas tienen la moral por los suelos tras meses metidos en el barro, rodeados de miseria, piojos, hacinados y con el enemigo apostado a unos centenares de metros dispuesto en todo momento a apretar el gatillo y volarles la cabeza. Nada mejor para animarles que las hazañas de guerra, prácticamente sobrehumanas y de una violencia inaudita, que los nativos canadienses siembran en las líneas enemigas… cabelleras cortadas incluidas.
Una novela gráfica de gran profundidad que muestra también las vicisitudes de los alemanes, hombre igual que el resto, sometidos a la presión, el miedo y la muerte. Como gran aventura, hay tiempo también para los desalmados (abundantes en cualquier tiempo y lugar), los vengadores –en ambos bandos– e incluso la búsqueda de reliquias sagradas medievales como el ficticio «corazón de Roldán» de tiempos del emperador Carlomagno. Un pasaje con ecos de historiografía oficial, pues hemos contado más de una vez en «Dentro del Pandemónium» la obsesión de ciertos líderes nazis, como Heinrich Himmler, por los objetos de poder y las reliquias arqueológicas.
Hay un guiño incluso al propio Hitler, que luchó como cabo en la Gran Guerra (donde ganaría la Cruz de Hierro tras ser herido en combate), una contienda que perdería el Eje y plantaría la semilla de su futuro fanatismo y del surgimiento del nacionalsocialismo.
La obra, que uno devora cual manjar culinario, de una sentada, es obra del genial dibujante Christian Rossi (responsable, entre otros títulos, de El corazón de las Amazonas y W.E.S.T.–), en simbiosis perfecta con el guionista cinematográfico Cédric Apikian. Un western crepuscular salvaje ambientado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial que nos dejará sin aliento (a la vez que nos hace reflexionar sobre las miserias humanas y el sinsentido de la guerra).