Richard Sorge: un espía impecable (III)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

Sería precisamente en el país del sol naciente donde Sorge realizaría su más brillante labor de Inteligencia, constituyendo una red que hoy día se considera como de las más eficientes de la Segunda Guerra Mundial. Japón era entonces un país hostil. De hecho, al igual que hiciera Alemania, había roto sus compromisos con la Sociedad de Naciones y todo ciudadano que viniera de fuera se consideraba sospechoso. Sorge no debía mantener ningún contacto, por pequeño que fuera, con la embajada rusa en el país, ni con el Partido Comunista Japonés clandestino.

La tapadera que utilizaría Sorge sería de nuevo la de periodista alemán, por ello, tras dejar Moscú el 7 de mayo de 1933 y una relación de varios meses con una soviética de nombre Ekaterina Maximova, se dirigió a Berlín, una vez más bajo el nombre falso de «Ramsay». Debía obtener un carnet de periodista y un pasaporte auténtico, todo ello burlando en la Gestapo. En aquello ocasión solicitó entrar a formar parte del Partido Nazi, aunque aquel intento no prosperaría hasta unos años después. Todo un temerario agente secreto.

Sí se puso en contacto, no obstante, con la Asociación de Prensa Nazi, una buena tapadera para un espía reconvertido en periodista, que utilizó para presentarse en la policía a solicitar un nuevo pasaporte alemán. Lo consiguió, así como cartas de recomendación. Consiguió que le contrataran dos periódicos para el envío de crónicas sobre Japón: el Börsen Zeitung y el Tägliche Rundschau, a cuyo jefe de redacción, conocido como el doctor Zeller, con el que trabó amistad gracias a que ambos eran ex combatientes, le facilitó una carta de presentación para el teniente Eugen Ott, destinado en un regimiento de artillería japonés en la ciudad de Nagoya.

Eugen Ott
Haushofer

De hecho, para viajar hasta el país del Sol Naciente y evitar los rigurosos controles de los puertos del norte de Alemania, el Centro acordó que el espía pasara a Francia y luego a Estados Unidos. En Nueva York y Chicago se entrevistó con dos miembros del Komintern y se enteró, gracias a éstos, que su colaborador japonés partiría de California. En Washington se presentó al embajador nipón con una carta de recomendación del profesor Karl Haushofer –teórico de la geopolítica que impulsaría la Lebensraum nazi– y el nipón le entregó otra dirigida al Departamento de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores en Tokio. Richard Sorge era ahora otra persona que no despertaría sospecha alguna.

El agente llegó a Japón a finales del verano de 1933, un país conflictivo, con un gobierno confuso dirigido por un emperador, Hirohito, que era una suerte de dios viviente. No debería bajar la guardia. Aún no lo sabía, pero se había metido en la boca del lobo.

En el corazón del Sol Naciente

Vukelic

Salvo en clubs internacionales –a los que Sorge era muy asiduo– de Yokohama y Kobe, los extranjeros podían ver la animadversión que despertaban en Japón. No sería fácil pasar desapercibido en aquel ambiente y, sin embargo, nuestro agente sería un maestro de la ocultación. El operador de radio que le asignaron usaba el nombre en clave de «Bernhardt» y un tercer miembro del círculo era Branko Vukelic, un croata hijo de un oficial del imperio austro-húngaro, militante de izquierdas que vivía en Japón con su esposa y su hijo pequeño. No era el único agente que aguardaba las órdenes de Sorge. El japonés Miyagi Yotogu era aquel que le habían dicho que viajaría desde California para unirse a él en la capital nipona.

Ozaki

La labor de Miyagi, que adoptó el nombre de «Joe» tras unirse al partido comunista norteamericano en los años 20 y que no era ni mucho menos un experimentado agente, sería informar de los problemas políticos y militares de Japón. Su principal mérito radicaba en que sabía leer y escribir japonés, limitándose a proporcionar a Sorge noticias y opiniones recogidas en diarios y revistas del país. Sin embargo, sería éste quien cinco meses después, y por petición de su jefe, acudiría a entrevistarse con Hotsumi Ozaki, «el primer y más importante socio» de Sorge en China.

Unos días después, se encontraron ambos en un parque y nuestro protagonista le pidió reanudar sus actividades secretas. Ya existía la red Sorge, con sede central en Tokio, un círculo secreto cuya principal misión sería obtener información clave y clasificada sobre asuntos militares, diplomáticos, financieros o de índole política y económica, además de secretos militares o relacionados con recursos de tipo estratégico. Toda esa información sería puntual y debidamente enviada a sus jefes en Moscú.

Ozaki sería el principal agente de Sorge, y le facilitaría a lo largo de siete años informes secretos de un valor incalculable. Sin embargo, también otros personajes serían clave en la labor del agente: gracias a la carta de recomendación que le entregó el jefe de redacción del Tägliche Rundschau, el doctor Zeller, el espía pudo entrar en contacto con el teniente coronel Eugene Ott, quien convertiría en su más importante enlace con la colonia alemana en Tokio.

Richard Sorge causaría un gran impacto –por un lado simpatía y por otro animadversión– en aquella comunidad de rigurosas normas sociales: excelente conversador, divertido, dado al alcohol y mujeriego empedernido, solía presentarse a las fiestas de sociedad vestido con ropa de calle, despreciando el elegante esmoquin de rigor, o simplemente no presentándose lo que ofendía a muchos. No le importaba lo más mínimo, teniendo en cuenta su carácter bohemio y desenfadado. Era un hombre inquieto e incombustible cuya peligrosa labor no le dejaba demasiado tiempo para relajarse.

Lo más granado de la sociedad japonesa de Entreguerras

Gracias a las buenas amistades que hizo Sorge durante su primer año en Japón, entró en contacto con el príncipe Albrecht von Urach, nada menos que el corresponsal del órgano oficial del Partido Nazi en Japón, el Völkischer Beobachter. También entabló relación con Herbert von Dirksen, nuevo embajador alemán: Alemania y Japón se hallaban muy unidos desde que ambos países abandonaran la Sociedad de Naciones. Sus buenas relaciones con el embajada germana mejoraron cuando llegó a Tokio, en 1934. El capitán Paul Wenneker, nuevo agregado naval.

En la primavera de ese año, el problema principal que Sorge habría de investigar –las intenciones japonesas hacia la URSS– tenía importancia especial, ya que, durante el invierno, las relaciones entre ambos países se habían tensado. Para la mayor parte de los agregados militares en Tokio, el conflicto militar soviético-japonés resultaba ya probable en 1935, sin embargo, Sorge, a través de un minucioso análisis de la situación política, llegó a la conclusión de que el conflicto no estallaría. Acertó.

Miyagi había conseguido crear toda una red de informantes distribuidos por gran parte del país, entre ellos Akiyama Koji, a quien había conocido en sus años en California y de quien recibiría una valiosa ayuda tiempo después. Akiyama, que se había graduado en una escuela superior comercial en los EEUU, comenzó a traducir documentos secretos al inglés que pondría a disposición de la red.

Sorge –el cuarto por la derecha en la fila superior– en 1923

Entre conferencias de prensa, reuniones en los bares –donde solía aguzar el oído para recoger cualquier información– y fiestas con las más importantes personalidades del lugar, Sorge iba engrosando el número de informes valiosos para Moscú. El encargado de convertir en copias fotográficas los informes era Vukelic, quien transformaba los preciados documentos en microfilms que eran enviados a la capital rusa por correos humanos. Quien más problemas dio en la organización sería «Bernhard», que siempre estaba ebrio y en muchas ocasiones no enviaba la información por radio.

Puesto que había tantos problemas con la eficiencia del técnico de radio, los informes secretos de mayor valor eran enviados utilizando correos humanos a través de Shanghái, lo que implicaba un gran riesgo. Se sabe que el propio Sorge realizaría este papel en varias ocasiones. Finalmente, el espía sería admitido oficialmente en el Partido Nazi, lo que le proporcionaba una cobertura mucho más segura. Sostenido económicamente desde Moscú, el «grupo Sorge» recibiría entre 1936 y 1941 alrededor de 40.000 dólares. Sin embargo, a la hora de la verdad, se quedarían completamente solos.

Tokio-Berlín-Moscú: informes secretos

Inukai

El valor de sus transmisiones era cada vez mayor. Lo que más le interesaba a la red Sorge era la información concerniente a los movimientos ultraderechistas japoneses, que eran ferozmente anticomunistas y podían suponer un peligro en la dirección del Ejército a la hora de tomar una decisión: buscaban un enfrentamiento directo con la URSS. Era un trabajo difícil, pues debían mezclarse con fascistas y radicales de derechas como los que habían acabado con el jefe de gobierno, Inukai Tsuyoshi, en 1932.

Tientsin en 1930

Otro de los colaboradores más fiables de nuestro protagonista fue Kawai Teikichi, que había sido durante semanas sometido a brutales interrogatorios por parte de la policía japonesa de Shanghái y que también era conocido de Ozaki. Poseía una librería en Tientsin (Tianjin) que le servía como centro de operaciones. Debía, además, conseguir otro operador de radio que reemplazase a «Bernhardt» –al que había hecho regresar a Moscú por su incompetencia y haber puesto en peligro la red de espionaje–. Depender únicamente de los «correos humanos» era harto peligroso. 

Uritsky

Sorge volvió a viajar a través de los EEUU y en Nueva York le proporcionaron un pasaporte falso con ciudadanía austríaca, para después embarcar hacia Francia y de allí hacia Rusia. En Moscú, se encontró por primera vez con el general Semyon Petrovich Uritsky, que en 1919 había alcanzado el cargo de jefe de operaciones del servicio secreto del Ejército Rojo y que en 1935 había sustituido a Berzin –víctima de las purgas de Stalin­– como nuevo jefe del Cuarto Buró. Allí consiguió que sus jefes designaran como nuevo operador de radio al técnico alemán Klausen, que ya había trabajado con él en China. El agente regresó a Japón a través de Europa y EEUU. Gracias a sus excelentes contactos, le dieron un despacho en la embajada alemana, y poniendo en grave riesgo su propia vida, fotografiaba todos los documentos que necesitaba, valiéndose de una cámara automática.

El riesgo era continuado, y aumentó cuando fue detenido Kawai Teikichi el 21 de enero de 1936. Las autoridades lo trasladaron a la prisión de Hsinking, en cuyos sótanos fue sometido, durante días, a brutales torturas para que confesara, pero guardó un estoico silencio digno de elogio. La red Sorge seguía libre de toda sospecha. De momento…

Prisión de Hsinking

Gracias a sus informes, los soviéticos conocían mucho mejor los problemas del Lejano Oriente que los gobiernos norteamericano y alemán, informes cuidadosamente planificados en los que Richard Sorge no se limitaban a recopilar información sino memorandos personales muy trabajados en los que, basándose en sus conocimientos de economía, política y diplomacia, sacaba sus propias conclusiones sobre la situación internacional y japonesa.

El matrimonio Ott

Nadie sospechaba que pudiera ser un espía, y mucho menos que, de realizar dicha labor, lo hiciera para los comunistas. Prueba de ello es que recibió la proposición de dirigir la sección local del Partido Nazi. Sostenía con los alemanes unas excelentes relaciones, lo que provocó que en 1936 Sorge obtuviera «una colocación reconocida de secretario oficioso del agregado militar», es decir, de su colega Eugene Ott, lo que le abría sorprendentes posibilidades de realizar su tarea clandestina. Al convertirse en su hombre de confianza, disponiendo incluso de despacho propio, tuvo acceso en la embajada a documentos secretos que, de otra manera, le habría sido prácticamente imposible conseguir.

Como no podía retirarse con los documentos, se limitaba a leerlos y recoger mentalmente sus puntos esenciales. En alguna ocasión, no obstante, conseguía llevar algunos a su despacho y fotografiarlos con una cámara en miniatura, corriendo gran riesgo, puesto que no podía echar la llave o despertaría las sospechas de los funcionarios. Sin embargo, sólo estaba prohibido fotografiar los documentos, no leerlos, por lo que cuando uno llegaba a sus manos podía permanecer una hora en cualquier despacho sin ser molestado, memorizando sus partes más decisivas. Entre otros asuntos, informó de conferencias secretas en Berlín entre personalidades alemanas y japonesas.

Embajada alemana en Tokio

Ozaki continuaba siendo el más eficiente de sus colaboradores: en verano de 1936 fue elegido miembro de la delegación japonesa para el Congreso del Instituto de Relaciones del Pacífico que tuvo lugar en Yosemite, California, a donde fue en calidad de intérprete, obteniendo información de primera mano. En agosto de ese mismo año. Sorge fue a Pekín con la excusa de asistir a una conferencias de periodistas extranjeros, aunque su verdadera misión consistía en recorrer Mongolia Interior y obtener informes de las tropas niponas allí concertadas. En 1938 viajaría a Hong Kong y le entregaría a un correo informes secretos que venía acumulando. Era tan sutil su trabajo, que el mismo embajador alemán lo envía a Manila con el propósito de llevar información reservada. Tenían al enemigo en casa y ni siquiera lo sospechaban.

Klausen

Fue también en 1938 cuando sufrió un accidente de motocicleta hallándose ebrio: auténtico loco de la velocidad, iba a casi cien por hora cuando se estrelló contra la pared ¡de la Embajada norteamericana de Tokio! Pudo haber muerto, pero finalmente el impacto no fue tan grave, aunque en ese momento fue trasladado sangrando abundantemente hasta el hospital de St. Luke, cuando le visitó el agente secreto soviético Max Klausen. Corrían un verdadero peligro así que Sorge le entregó los informes en inglés para un agente soviético que iba a hacer de correo y dinero norteamericano que llevaba en el bolsillo y que podría haber despertado sospechas. Sorge perdió casi todos sus dientes y se había fracturado la mandíbula. Fue cuidado con mimo por el matrimonio Ott, que lo tuvieron en su casa hasta su total recuperación. A pesar de que los engañaba, se había convertido en verdaderos amigos, quizá los únicos que tenía.

Este post tendrá una última e inminente entrega en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957

Rocky Balboa: The Real American Dream (I)

Ahora que Sly cumple 75 años, anuncia un nuevo montaje de la hiper-vitaminada Rocky IV y se celebra el 45 aniversario del estreno de la primera película, recordamos en «Dentro del Pandemónium» algunas de las anécdotas más suculentas del surgimiento, el rodaje y la repercusión de esta franquicia pugilística que levanta el ánimo al ritmo del icónico «Gonna Fly Now» de Bill Conti.

Óscar Herradón ©

Rocky cambió el cine de deportes y también causó un gran revuelo en la gala de los Premios Oscar de 1977 (la 49 edición). Nadie apostaba por que esta cinta sobre un perdedor de origen italoamericano que luchaba por alcanzar el tan ansiado «sueño americano» y que tenía un acusado aire del cine de Frank Capra (el mismo director de Sucedió una noche y ¡Qué bello es vivir! se declararía fan de la misma) se alzaría con la estatuilla a Mejor Película, algo nada baladí. Sobre todo porque competía con grandes títulos: Network. Un mundo implacable, Todos los hombres del presidente, Cara a cara al desnudo y una película subversiva y violenta, representativa del bautizado como Nuevo Hollywood, Taxi Driver, del también italoamericano Martin Scorsese.

La cinta sería el inicio de una longeva y muy rentable franquicia que dura hasta nuestros días (hemos visto envejecer a Sly a lo largo de 45 años en la gran pantalla, maldito paso del tiempo) y también la plataforma de lanzamiento de un Stallone que acabaría convirtiéndose en uno de los rostros más conocidos de la Meca del Cine. Y es que el guión, firmado por él, posee fuertes dosis autobiográficas. Pasó diez años realizando papeles pequeños e insustanciales, incluida una cinta de alto contenido erótico o soft-porn (que no pornográfica, como asegura la leyenda urbana), cuyas copias intentó destruir sin éxito (hoy se comercializa en DVD incluso en castellano, bajo el título de El semental italiano; su título real es The Party at Kitty and Stud’s), porque no tenía más que 20 dólares en el bolsillo. Y tras aquella insustancial carrera, Sly alcanzó el Olimpo de la cinematografía al ser nominada Rocky, su gran apuesta, al Mejor Guión Original y él mismo a la categoría de Mejor Actor.

No se llevó ninguna estatuilla a casa, pero su cachorro pugilístico se llevó el Oscar como Mejor Película, edición y director, John G. Avildsen, que dejó sin el ansiado galardón de la Academia al citado Scorsese, y también a grandes como Ingmar Bergman o Sidney Lumet. Scorsese se alzaría con el galardón unos años después, precisamente con una cinta de boxeo interpretada por un soberbio Robert DeNiro que encarnaba al púgil –también italoamericano– Jake LaMotta: Toro Salvaje, una cinta de indudable mayor calidad (no por ello más entretenida, ojo), mucho más oscura y violenta que la de Sly –también en el ámbito familiar, pues el protagonista es una auténtico misógino maltratador–.

Controversia racial

Rocky fue acusada de racista y algo reaccionaria. Estaba claro que el personaje de Apollo Creed (interpretado por solvencia por un Carl Weathers renacido gracias a la televisiva The Mandalorian) estaba más que inspirado en Muhammad Ali, el mejor boxeador de las barras y estrellas y también el más polémico y lenguaraz. El propio Stallone confesaría más tarde que la noche del 24 de marzo de 1975 le cambió la vida: el combate entre Ali y Chuck Wepner. El púgil afroamericano ganó por KO técnico, pero para la mayoría Chuck había sido el indudable vencedor del lance. Allí estaba la base de Rocky: se marchó a su casa y en tres días de inspiración desbordada tenía el libreto.

El crítico Peter Biskird definió así la cinta: «Una de la futura cosecha de películas post-Nuevo Hollywood, películas para sentirse bien, una vuelta a los años cincuenta y un atisbo de los ochenta, una bofetada racista a Muhammad Ali y todo lo que él representaba, una bofetada a la generación de negros con ínfulas y de chicos blancos pacifistas y admiradores de los negros, que los idolatraban». Quizá no le faltara razón, de hecho, en el guión original el entrañable personaje de Mickey tenía un fuerte componente racista que Sly se vio obligado a suavizar por consejo/exigencia de la United Artist.

No sé si la cinta desprende cierto tufillo racista, no me lo parece, pero coño, sí hace sentirse bien, muy bien, como escribió Biskird. Te hace creer que todo es posible, al menos cuando eres un mocoso imberbe asustado por el acecho de la adolescencia. Para eso está la magia del cine. Teniendo en cuenta la evolución del personaje de Apollo en las secuelas, o bien Stallone no tenía intención racista alguna cuando escribió el guión o bien cambió de enfoque y así silenció las críticas. Todo es posible. Sí es cierto que Sly había dibujado el personaje de Mickey como una marcada tendencia racial (que lo sea un personaje no quiere decir que lo sea ni el creador, ni el guionista, ni el propio Rocky Balboa, que convierte a Creed en uno de sus mejores amigos y entrenará a su hijo en las dos últimas entregas de la saga). Inolvidable, por cierto, la interpretación de Burgess Meredith.

Muhammad Ali, que era un gran púgil pero también un provocador nato al que le encantaba «chupar cámara» y ser el centro de atención de los medios (¿sería esa la verdadera crítica que se escondía tras el personaje de Apollo más que el color de su piel?), no iba a dejar pasar la oportunidad y dijo sobre Rocky: «No podía ganar el hombre negro. Que ganara estaría en contra de las enseñanzas de EEUU. He sido tan bueno en el boxeo que tuvieron que crear una imagen como Rocky, una imagen blanca en la pantalla, para contrarrestar mi imagen en América. Jesús, Wonder Woman, Tarzán y Rocky». Desde luego no tenía pelos en la lengua. Si tenemos en cuenta la brutal muerte de George Floyd y el consiguiente impulso del movimiento Black Lives Matters (nacido en 2013) en la América de Trump, las cosas no han cambiado tanto en casi cincuenta años en el país de las barras y estrellas.

Uno de los momentos más surrealistas –y disfrutables– de aquella 49 ceremonia de los Óscar, fue cuando Stallone y Muhammad Ali, por obra y gracia de los ingeniosos organizadores, compartieron escenario para presentar el galardón a la mejor actriz de reparto (que se llevó Beatrice Straight por Network). En un número coreografiado, Ali le espeta a un Stallone entre divertido y asustado (que sí, que es buen actor, o al menos decente, me da igual lo que diga la crítica): «Soy el auténtico Apollo Creed. Me robaste el guion». Las cosas no fueron a más, pero seguro que al (verdadero) púgil no le faltaron ganas de asestarle un directo al que sería pronto uno de los rostros más visibles de la gran pantalla gracias a otro personaje (bastante más reaccionario y vitaminado que el boxeador cargado de sueños), John Rambo.

USA: la tierra de las oportunidades

Desde luego, con Sly se cumplió en todo su esplendor esa máxima tan manida –y pocas veces realizada– de Norteamérica como la «tierra de las oportunidades». En 2020, la revista Forbes calculaba la fortuna del actor (también productor, guionista y director) en unos 325 millones de euros. No está mal para un tipo que, según él mismo confesó, cuando escribía el guion de Rocky apenas tenía 100 dólares en el banco y tuvo que vender a su perro Butkus, «su mejor amigo», porque no podía alimentarlo. En una tienda de licores un tipo le ofreció 25 dólares por él y lo hizo. Más tarde confesaría que fue uno de los peores días de su vida y que se marchó del local llorando. No sabemos si lo haría gritando ¡Adrian!…

Stallone con Butkus

Aunque le ofrecieron una cuantiosa cantidad de dinero por el libreto, Stallone se negó a venderlo si no era él quien lo protagonizaba. Podríamos pensar que era un poco pretencioso, pero acertó de pleno. Finalmente, United Artist apostó por él y su exigencia, desechando a posibles candidatos a interpretar al potro italiano de la talla de Robert Redford, James Caan (que en 1972 nos había regalado la interpretación de Sony Corleone en la fundacional El Padrino, de Francis Ford Coppola, harina de otro costal), Ryan O’Neal e incluso Burt Reynolds, el macho alfa del Hollywood setentero. Finalmente, le ofrecieron el papel a Sly cambió de darle solo 35.000 dólares por el guión –mucho menos del dinero ofrecido en un primer momento para que rechazara la idea de protagonizarlo, lo que finalmente se traduciría en un trato muy rentable para la productora–.

Y lo primero que hizo con el dinero en la mano fue intentar recuperar a Butkus. Pasó tres días en la licorería esperando al tipo al que se lo vendió, un hombre no muy comprensivo que no se conmovió con su historia y que no aceptó devolverle el perro hasta que le pagó nada menos que 15.000 dólares. Eso sí que se llama hacer negocio. En los créditos de Rocky I y su secuela aparece el cánido como Butkus Stallone, ese precioso bullmastiff que vive en la tienda de animales en la que trabaja Adrian hasta que el boxeador decide comprarlo. Eso, algo más que toques autobiográficos que le salieron redondos…

Retoques y retoques de guión

Al parecer, el texto original era mucho más oscuro y pasó por hasta nueve reescrituras. Sly tuvo que renunciar a un final en que Balboa abandonaba el combate al querer dejar el turbio mundo del boxeo profesional, y le tocó suavizar el barniz racista del personaje de Mickey por imposición de la UA. Se rodaron escenas en lugares míticos de Philadelphia, como el puerto o los mercados, sin permisos, según confesaría John G. Avildsen, de forma espontánea e improvisada en muchas ocasiones. Uno de los momentos improvisados más sorprendentes e icónicos de la cinta es el monólogo que se marca Stallone cuando rechaza la oportunista colaboración de Mickey. Tenía muchos elementos autobiográficos, de ahí la espontaneidad, pero reitero, no se le puede negar a Sylvester cierto oficio ya en un lejano 1976, mal que le guste a los expertos.

Por otro lado, Stallone quería contar con actores a los que no podía pagar el caché: pensó en Harvey Keitel (inolvidable proxeneta de la coetánea Taxi Driver, a la que arrebató el galardón a Mejor Película) para el papel del cuñado Paulie, que finalmente recayó en Burg Young, y aunque no cabe duda de que Keitel nos habría brindado un papelón, fue un acierto, pues es uno de los personajes más carismáticos de la longeva franquicia.

Para el papel de Adrian la primera opción que se barajó fue Susan Sarandon, a la que se descartó… ¡por ser demasiado guapa!, y también a Carrie Snodgress, célebre por Diario de una esposa desesperada (1970), con la que no se llegó a un acuerdo económico. Al parecer la actriz rechazó la propuesta para participar en la película Búfalo Bill y los indios en la que tampoco participaría. Finalmente se hizo con el papel Talia Shire (cuyo nombre real es Talia Rose Coppola, algo a tener en cuenta), la emblemática Connie Corleone que compartió pantalla con James Caan en El Padrino, un papel diametralmente opuesto al de la entregada y servicial novia de Balboa.

Solo en Estados Unidos la película, que tardó tan solo 28 días en rodarse, recaudó más de 115 millones de dólares. Ahí es nada.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Antes del potro italiano, mucho antes, se hicieron joyas de la gran pantalla, más admiradas por los que se dedican a tan honorable y violento deporte, joyas que recoge de forma detallada (y entretenidísima) –así como las subsiguientes, hasta el día de hoy– Alfonso Bueno López en Sangre, sudor y puños. El boxeo en el cine, una de las novedades de una editorial que me encanta, porque adora también el cine en general, y el ochentero en particular, como ya mostré en un post sobre la saga Regreso al Futuro: Diábolo Ediciones, novedad de la que ya hablamos en otro post: El cuadrilátero en la gran pantalla. Todo lo relacionado con el pugilismo y el celuloide se cuenta en sus páginas con pelos y señales, guantes, sangre, sudor, puños y mucho espectáculo. Del mismo autor, también en Diábolo, podemos disfrutar de los títulos ¡Desenfunda, forastero! Clásicos perdidos y nuevas joyas del wéstern y Más allá del arco iris. Clásicos perdidos y nuevas joyas del cine musical.

He aquí el enlace para adquirir Sangre, Sudor y Puños:

https://www.diaboloediciones.com/sangre-sudor-y-punos-el-boxeo-en-el-cine/

Y para quien pueda permitírselo, la lujosa edición XXL que lanzó Taschen sobre la saga: Rocky. The Complete Films, limitada a 1.926 ejemplares y de 1.250 dólares (hasta que se agote, que subirá mucho más).

MUHAMMAD ALI. LA VIDA DE UNA LEYENDA (LIBROS CÚPULA, 2021)

Y si lo que queremos es conocer a fondo la historia de una leyenda (real) del pugilismo, Libros Cúpula ha publicado recientemente la que probablemente sea la biografía definitiva de Muhammad Ali. La vida de una leyenda, de Fiaz Rafiq, centrada en el mismo púgil que se enfrentó (simbólicamente, en la gala de los Oscar) a Sylvester Stallone. Todo un personaje dentro y fuera del cuadrilátero que también tendría su propia adaptación cinematográfica, la épica cinta Ali, dirigida por Michael Mann en 2001 y con un soberbio Will Smith en la piel del boxeador.

Ali, un hombre de proporciones míticas, ha llegado a convertirse en uno de los personajes más idolatrados de todo el mundo. Su figura pública está bien documentada pero, sin embargo, la cantidad de pequeños momentos que salen a la luz en esta obra demuestran exactamente por qué era tan admirado. A través de los relatos exclusivos de familiares, amigos íntimos, colegas y rivales, Fiaz Rafiq ha construido una perspectiva irresistible y fascinante que nos permite comprender mejor a esta inmensa leyenda del deporte, y en el que muestra los pensamientos, recuerdos y anécdotas de una figura pública de primera magnitud en una historia épica, de valentía, coraje, esperanza, aptitud y voluntad indomable.

Así, entre los entrevistados en exclusiva para el libro, se encuentran personajes tan destacados del boxeo como George Foreman, Larry Holmes, Chuck Wepner, Joe Bugner, Angelo Dundee, Don King, Jim Brown, Lou Gossett Jr., Harry Edwards, Butch Lewis, Sugar Ray Leonard o Evander Holyfield, miembros de su familia —con recuerdos de primera mano de los hijos de Ali, algunos de los cuales nunca habían hablado antes en público de su padre— y algunos de los principales y más destacados periodistas deportivos que trabajaron y vivieron al lado de Muhammad Ali.

Los atletas pueden ser recordados en sus respectivos deportes, pero a muy pocos se les recuerda por haber cambiado el mundo. He aquí el enlace para adquirir esta joya en papel o en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-muhammad-ali/327333

Richard Sorge: un espía impecable (II)

Fue uno de los grandes agentes de inteligencia del siglo XX, y sin embargo es un gran desconocido en Occidente. De origen alemán, trabajó para los rusos en Japón, donde obtuvo una relevante y delicada información vital para el esfuerzo de guerra aliado, aunque el país del sol naciente sería también su tumba. Ahora, la editorial Crítica publica un ensayo que devuelve al personaje a su justo lugar en la historia contemporánea.

Óscar Herradón ©

(Viene de Parte I). Pronto empezaría a trabajar para el Servicio de Inteligencia Ruso. Era abril de 1925 cuando Sorge se alojaba con su esposa en el Hotel Lux. Un mes antes, había ingresado oficialmente en el Partido Comunista Soviético, y en su carnet de militante figuraba el número 0049927, siendo destinado a la División de Inteligencia del Komintern, para trabajar en la Oficina de Organización, el conocido como Orgburó, creado recientemente, sección que se ocupaba de actividades ilegales en el extranjero que pronto contó con una subsección: la Sección de Comunicaciones Internacionales. Su principal tarea consistiría en servir de vínculo entre el comité ejecutivo del Komintern y los partidos comunistas en el extranjero.

Gran mujeriego y bebedor empedernido –al igual que otro de los grandes espías de la guerra, Eddie Chapman–, Sorge se fue alejando cada vez más de su mujer, que se sentía terriblemente sola y aislada en una sociedad como la soviética, lo que provocó que decidiera marcharse de Moscú, quedando su esposo libre para entregarse a todo tipo de excesos y, sobre todo, a la causa ideológica que constituía su razón de ser.

Con frecuencia, los informes que guarda la policía de un país sobre él, varían con los que obran en poder de otra policía, sobre todo en lo referente a sus viajes y a la naturaleza de sus «trabajos». No debemos de olvidar que un espía siempre intenta dejar el menor rastro posible de sus acciones. Así, no se ponen de acuerdo los historiadores acerca de su «misión» a los países escandinavos, pues existen varias versiones de dónde se encontraba en esos momentos.

Sorge y el químico Erich Correns en 1915

Estuviera donde estuviese, en julio de 1928 se hallaba presente en el Sexto Congreso Mundial del Komintern, del que Stalin saldría, en medio de una lucha feroz para suceder a Lenin, el triunfador absoluto. Entonces Sorge recibió instrucciones de viajar a Inglaterra. En las islas, el agente alemán visitó las zonas mineras y tuvo ocasión de descubrir la magnitud del impacto generado por la crisis económica de 1929 que en Alemania aprovecharía el NSDAP para hacerse mucho más fuerte.

Rumbo al gigante asiático

Fue entonces cuando surgió el descontento de Sorge con sus jefes, puesto que el Komintern había sufrido una fuerte remodelación que trajo consigo el apartamiento de casi todos los miembros extranjeros del Partido, convirtiéndose en un kaltgestellt, un miembro «congelado», lo que implicaba prácticamente encontrarse sin empleo y sin salario. Adaptado a la nueva situación, pues no le quedó más remedio, el agente se preparó minuciosamente para un difícil misión secreta en China, bajo el control del Cuarto Buró, que formaba parte de una ofensiva secreta en el Lejano Oriente.

Una victoria revolucionaria en China minaría las bases de la economía de los países capitalistas, que, según creían, perderían el suministro de productos imprescindibles que obtenían en sus colonias. La misión del agente sería estudiar la situación en China, las relaciones con Japón –tan tensas que estaban al borde de la guerra– y la efectividad de la infiltración comunista en aquellas extensas regiones.

Berzin

Su primera reunión giró en torno al espionaje político y durante sesiones posteriores finalmente Sorge fue destinado a China, siendo totalmente independiente de la disciplina del Komintern, dejando de tener contacto con las células del Partido por el peligro que corría de ser descubierto. El Cuarto Buró, dirigido por el general Jan Karlovich Berzin, tenía como misión crear redes de espionaje en países extranjeros, le dio un nuevo nombre en clave, «Ramsay», y fue aleccionado por los mayores expertos del servicio secreto y por especialistas de la Sección del Lejano Oriente.

Su superior en aquella misión era Borovich, un judío soviético, antiguo comisario en la guerra civil rusa, cuyo nombre en clave era «Alex». Los biógrafos de Sorge, Deakin y Storry, apuntan que éste «…tenía que concentrar las encuestas en la estructura político-  social del gobierno de Chiang Kai-chek, con sede en Nanking, en particular sobre su fuerza militar (…) sobre la política de Gran Bretaña y los Estados Unidos en China y, de forma general, tenía que informar sobre la agricultura e industrias chinas», aunque la misión fundamental era la de «estudiar los recursos y política del gobierno de Chiang».

Sorge fue adiestrado en el manejo de la radio y de las claves para transmitir, aunque en dicha tarea sería ayudado por un operador con el que se encontraría en Berlín: Seber Weingarten o Weingart. El agente partió de Moscú rumbo a la capital alemana en noviembre de 1929. Allí estaría a su disposición un pasaporte del gobierno alemán, completamente legal y a su nombre. Se haría pasar por escritor y periodista independiente y así entró en contacto con una revista de sociología y un periódico especializado en agricultura, el Getreide Zeitung, con el que llegó a un acuerdo para enviarles artículos desde Asia.

Shanghái hacia 1930

En Berlín se reunió con Weingart y con un misterioso personaje de nombre «Alex», no el anteriormente citado Borovich, sino un agente experimentado que cargaría con la responsabilidad de la misión china y que sería el superior de Sorge. Los tres hombres desembarcaron en Shanghái en enero de 1930. Aunque no se conocen muy bien los movimientos de Sorge durante sus primeros meses allí, parece que a los siete días de su llegada se personó en el consulado general alemán, entregando la carta de recomendación y manifestando su intención de estudiar la situación agrícola china y escribir artículos que enviaría a Europa. No despertó ninguna sospecha. Se alojó en un humilde apartamento de un barrio retirado y apenas salía del domicilio. Hasta que el 9 de mayo se trasladó a Cantón, donde estuvo cinco meses y realizó varios viajes de investigación por el sur del gigante asiático cuyo cometido era, realmente, el espionaje.

Realizaba su trabajo de recopilación precisa de información para Moscú cuando recibió la orden de regresar de inmediato a Shanghái. Allí conoció a la escritora norteamericana de izquierdas Agenes Smedley, corresponsal en la ciudad del Frankfurter Zeitung, una revolucionaria con numerosos contactos en los herméticos círculos comunistas chinos. Una vez que estuvo seguro de que no se trataba de una espía, le pidió que le ayudase a crear una pequeña red y ésta le puso en contacto con el periodista japonés Ozaki Hotsumi, corresponsal en China del diario Asahi de Osaka, también izquierdista.

La librería Zeitgeist: punto de encuentro

El punto de reunión de europeos y asiáticos simpatizantes del comunismo, así como lugar de transmisión de mensajes secretos y depósito clandestino de correos y documentos era la librería Zeitgeist, que dirigía la señora Irena Wiedemeyer, lugar donde Sorge haría varios contactos que le pasarían información importante.

El ambiente se volvió más peligroso tras el enfrentamiento en Shanghái, el 28 de enero de 1932, entre la guarnición naval japonesa y el Decimonoveno Ejército chino. En aquel momento, Sorge informaba a Moscú que resultaba imposible discernir si los nipones presionarían hacia el Norte, con dirección a Siberia –algo que obligaría a la URSS a intervenir– o hacia el sur, con dirección a China. Descubrir cuáles era los verdaderos objetivos de los japoneses, y estudiar a su vez sus tácticas militares, serían la prioridad: «Pude ver las posiciones defensivas chinas, la aviación japonesas y la infantería de marina en acción (…)».

Gracias a la labor de Osaki obtuvo otros informes, como noticias secretas sobre el régimen de Chiang Kai Chek o los sentimientos anti-japoneses de los comerciantes chinos–; otras fuentes de documentación eran los contactos con periodistas, con comerciantes alemanes, los asesores militares y los funcionarios consulares, documentación secreta que Sorge enviaba a Moscú y que habría de caracterizar notablemente la actitud del Komintern hacia el Partido Comunista Chino.

Después de pasar tres largos años en China, durante los cuales realizó una importante labor de espionaje que satisfizo a los altos cargos del Cuarto Buró, consiguiendo reunir información, incluso, de la industria de armamentos y obtener la heliografía del arsenal de Nanking, además de granjearse gran prestigio como periodista, dejó Shanghái en diciembre de 1932. Había sido reclamado desde Moscú. Instalado en el Hotel Novaya Moskva, cuando se reunió con sus superiores éstos ya le habían designado una nueva misión. Pero antes, debió responder a numerosos interrogatorios del Cuarto Buró, conversando igualmente con representantes del Ministerio de Asuntos Exteriores y del GPU (Directorio Político Unificado del Estado, más tarde conocido como OGPU).

Le preguntaron también si tenía alguna preferencia a la hora de elegir el nuevo país en el que debía actuar. Al parecer, el espía, que había realizado un viaje a Japón durante su estancia en Asia que le había impresionado, señaló que no le importaría viajar hasta Tokio. Aquello marcaría su trágico destino.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium»

PARA SABER UN POQUITO (MUCHO) MÁS:

–HERRADÓN, Óscar: Espías de Hitler. Las operaciones de espionaje más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga (Gruplo Planeta), 2016.

–MATAS, Vicente: Sorge. Los Revolucionarios del Siglo XX. 1978.

–WHYMANT, Robert: Stalin’s Spy: Richard Sorge and the Tokyo Espionage Ring. I. B. Tauris and & Co Ltd, 2006.

UN ESPÍA IMPECABLE:

Y para ahondar en la figura de Sorge con datos completamente actualizados (basados en informes confidenciales recientemente desclasificados y nueva documentación reveladora), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Un espía impecable. Richard Sorge, el maestro de espías al servicio de Stalin, que acaba de publicar Crítica en una alucinante edición en tapa dura. Su autor, Owen Matthews es un periodista de dilatada trayectoria que ha estado en primera línea de fuego en diferentes conflictos como corresponsal de la revista Newsweek en Moscú. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de un agente secreto en nómina del Kremlin que también fue un aventurero y también arriesgó su seguridad en pos de un ideal.

Con formación en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, antes de entrar en Newsweek, al comienzo de su carrera periodística, Matthews cubrió la guerra de Bosnia y ya en las filas de dicha publicación cubrió la segunda guerra chechena, la de Afganistán y la de Irak, así como el conflicto del este de Ucrania. Ha sido colaborador también de medios tan importantes como The Guardian, The Observer y The Independent y ganó varios premios con su libro de 2008 Stalin’s Children. Un espía impecable ha sido elegido libro del año por The Economist y The Sunday Times. He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-un-espia-impecable/324957