Libros del Zorro Rojo publica un delicioso volumen ilustrado, Nosotras, las personas, obra de los artistas alemanes Dieter Böge y Bernd Mölck-Tassel, que nos regalan un ingenioso compendio de reflexiones sobre quiénes somos en realidad.
Recuerdo cuando era chaval un regalo que me hizo un profesor tras ganar un accésit de poesía (un logro muy humilde, pero importante para la autoestima de un adolescente que no formaba parte de ningún equipo de fútbol), en los años del instituto, un libro ilustrado titulado ¡Qué mala es la gente!, de Quino, un volumen con las punzantes e ingeniosas viñetas del historietista argentino que nos regaló a Mafalda sobre la volubilidad –y en muchas ocasiones mala fe- del género humano. El libro que tengo en mis manos, a pesar de las notables diferencias, me recuerda a aquél, no tanto por su contenido como por la profundidad de su mensaje (mucho más sutil que el primero, no obstante). Se titula Nosotros, las Personas, y ha sido recientemente editado en castellano por Libros del Zorro Rojo, un magnífico (gigante a pesar de su pequeño tamaño) libro ilustrado que a medida que avanza su lectura se convierte en fresco sutil y poético –a veces hasta surrealista- de las personas, de todos nosotros, vamos.
Un libro para pensarnos y dialogar acerca de lo que nos une y nos separa, porque, como reza su dossier de prensa, «aunque seamos muy diferentes, hay algo profundo que nos conecta…». Esta pequeña gran joya literaria es obra del autor Dieter Böge y el ilustrador Bernd Mölck-Tassel, que trabajan juntos desde hace muchos años y que han publicado más de 200 series de sus célebres tiras cómicas (en Alemania, se entiende) Dr. Domino’s Weltgeschichte (La Historia Mundial del Dr. Domino) en el rotativo dominical Frankfurter Allgemeine.
El título del libro sugiere que precisamente nosotras, las personas, somos muy diferentes, pero conforme pasamos las páginas descubrimos que, grosso modo, en lo esencial, en realidad somos muy parecidos, en lo bueno y en lo malo, y en ese amplio espectro que ocupa el espacio intermedio de estos dos conceptos nunca claramente delimitados. Cosas de la especie. Y dentro de la variedad de la humanidad, las diferencias y particularidades que nos definen como razas, pueblos y culturas, porque en las diferencias se adivinan muchas veces las similitudes.
Con un trazo sencillo pero detallado y (a veces onírico) y una tonalidad de color poderosa (así como importantes ausencias del mismo, huecos en blanco que reafirman el contenido y el mensaje de cada página) se muestran nuestras miserias, pero también nuestros logros y anhelos, y principalmente nuestras particularidades. Sin duda, un maravilloso punto de partida entre personas desde los 8 a los 80 años que puedes adquirir en el siguiente enlace:
Me he retrasado un poco, lo reconozco, pero es que no es fácil rememorar tres décadas de rock and roll (o thrash metal, según se mire) en un post. Pero un post sobre Metallica en «Dentro del Pandemónium» era una cuenta pendiente obligada. Tres décadas (y bastantes meses) del Álbum Negro, porque si nos referimos a su carrera completa, ya hace tiempo que se cumplieron 40 años de su primer concierto. Todo un fracaso que no era sino el comienzo de algo muy, muy grande. Ya no demoramos más. Wherever I May Roam…
Estaba obsesionado con los Use your Illusion de Guns N’Roses, cuyas cassettes ponía una y otra vez (principalmente los hits, de Don’t Cry a Civil War, de You Could Be Mine a November Rain), cuando vi en los primeros ejemplares de la Heavy/Rock que compraba en aquellos maravillosos kioscos multicolor hoy casi inexistentes por culpa de Internet, las potentes imágenes del cantante de Metallica en plena acción. Entonces la prensa musical los confrontaba continuamente a los rockeros de Los Ángeles y, cosas de la inocencia de la edad, pensaba que aquellos músicos de semblante serio que comandaba James Hetfield eran una suerte de villanos que estaban ahí solo y exclusivamente para dificultar el éxito del que para entonces –y muchos años después– era el grupo que ponía banda sonora a mi vida.
Y una de esas tardes en las que alternaba leer alguna cosa del colegio –todavía iba al colegio, a 8º de EGB–, escuchar a los Guns y jugar a los tazos de Bola de Dragón o a los cromos de la Liga (sí, solo tenía 12 primaveras), pusieron en la radio –es posible que en una emisora tan poco rockera como Los 40 Principales– un tema de esos «hombres de negro» de melenas abundantes y pose defensiva. Unos acordes de aire oriental me dejaron pendiente, en el más absoluto de los silencios, de aquella canción que salía de un radiocassette del Pleistoceno. A aquellas extrañas e hipnóticas «cuerdas» siguió una potencia que me cautivó y una voz que me enganchó para siempre; aquel tema no tenía nada que envidiar a los de mis ídolos Axl y compañía.
Se trataba –lo supe después– de Wherever I May Roam, ese himno inspirado en los músicos nómadas que hacen de la carretera (la misma que le robaría la vida al primer bajista del cuarteto, Cliff Burton, que cuando yo los descubrí ya llevaba muerto unos seis años) su segunda casa –y muchas veces la primera–. Formaba parte de un disco que no tardé en comprar (en cassette, claro), que no era otro que el Black Album, del que se cumplieron 30 años hace bastantes meses y que, junto a los Illusion, elevó 1991 a fecha dorada del rock and roll, el mismo año que veían la luz el Nevermind de Nirvana, el Blood, Sugar, Sex, Magik de los Red Hot Chili Peppers, el Arise de los brasileños Sepultura, el Gish de Smashing Pumpkins o, en géneros algo distintos pero no por ello menos cautivadores, el Dangerous de Michael Jackson o el Out of Time de REM.
Fue el 12 de agosto de 2021 –hace casi un año, sí que me he retrasado, sí– cuando se cumplían tres largas, convulsas y magnéticas décadas desde la publicación de aquel álbum de cover negra, negra como la vestimenta de los cuatro jinetes del apocalipsis que lo compusieron. Tengo 42 años, así que… 30 años que suponen prácticamente toda mi P… vida. No dejé de escucharlo desde entonces: una y otra vez, una y otra vez; podría tararear cada estribillo incluso en ese estado semiinconsciente que se produce entre la vigilia y el sueño y en el que, dicen, daba forma a sus monstruos antediluvianos H. P. Lovecraft en la remota Providence, también en USA.
Poco tiempo después de que mi colega de colegio Paul Semper me descubriera a los Guns y a los Red Hot –él nunca sintió demasiada devoción por Metallica, y mucho menos por sus aficiones cinegéticas– recalé en el instituto (sí, primero de BUP entonces), y conocí al que sería poco después, y hasta el día de hoy, mi mejor amigo, Luis Zamarra. Con él, entre muchas vivencias que no vienen a cuento, no pocas discusiones, algunas tan acaloradas que alguien podría haber puesto en duda nuestra sólida amistad (cosas, ya de mayores, de la divergencia política) y un amor por la música tan sincero como nuestras almas aún incorruptas, desgrané cada tema, cada sílaba, cada letra, cada palabra del álbum negro. Él tocaba sus melodías a la guitarra, y yo intentaba –en vano, nunca fue lo mío– darle la réplica con mi voz.
The Metallica Blacklist
Los Maiden
Algo mágico tenía aquel disco, más allá de la fuerza, la perfección compositiva o la frescura (que hoy mantiene intacta). Sí, mucho más, a la vista están los homenajes de millones de fans, críticos musicales y artistas que ya tenían barba cuando los Metallica no habían nacido, a tres décadas de su lanzamiento. De Bruce Dickinson a Paul Stanley, líder de Kiss, son centenares los músicos que lo han elogiado y definido como algo sin igual. En una charla el pasado año con motivo del 30 aniversario, el frontman de una de las grandes bandas de heavy metal de la historia, Iron Maiden, afirmaba a Classic Rock: «Nosotros, Judas Priest y Pantera, alcanzamos una encrucijada en la que tuvimos la oportunidad para dar realmente un paso adelante al siguiente nivel. Pero ninguno de nosotros tuvo agallas. Metallica sí».
Incluso Juanes se ha marcado una sui géneris versión de Enter Sandman, con videoclip incluido. Sorprendente. Es normal que sea el decimoquinto álbum más vendido de la historia de EEUU. Debería ser uno de los cinco primeros (pero en ese top 5 están Michael Jackson, Pink Floyd, Whitney Houston, AC/DC y Meat Loaf. Mucha tela). Fruto de esa admiración por los metálicos estadounidenses, hace unos meses se lanzó el disco tributo The Metallica Blacklist, en el que versionan sus temas 53 grupos y artistas tan divergentes como el citado Juanes, Elton John, Miley Cirus, J. Balvin, Ha*Ash o el dueto mexicano Rodrigo y Gabriela, por citar solo a aquellos que más le han chirriado a los fans sempiternos de la banda.
Metallica, que aunque nunca dejó de estar en primera línea, se ha convertido en un auténtico fenómeno mediático mundial gracias a la cuarta temporada (y no última) de Stranger Things y los acordes del Master of Puppets, que los ha visibilizado ante millones de muchachos que ni siquiera sabían que aquellos hombres de negro, hoy de gris cano, existían. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refrán.
Condena de los thrashers, aceptación por el mainstream
Y eso que el disco –el negro, no el Master of Puppets– sería muy criticado por los fans antes, durante y después del lanzamiento. Recuerdo, en la ya mentada Heavy/Rock, la «heavy», una tira cómica de un lector en la que ahorcaban a un chaval, y cuando otro preguntaba a un colega por qué lo habían hecho, éste respondía: «Dice que le gusta lo último de Metallica». Hoy la censura habría hecho mella en aquella ingeniosa tira «cómica», pero es una buena muestra de la controversia que rodeó al «negro». No tenía mucho que ver con los discos que habían hecho de Metallica los abanderados del thrash metal (Ride The Lightning, Master of Puppets…), ni siquiera con aquel disco algo forzado (aunque me encanta) en el que no se escuchaba –deliberadamente– el bajo de Jason Newsted y al que el resto del grupo no haría justicia hasta años después: …and Justice for All.
Hetfield en pleno éxtasis (of God) en Londres, en 2017.
Y sin embargo, el álbum negro generó tal expectación que hubo largas colas en las tiendas de discos (hoy, con Amazon y el streaming, algo impensable), abrió hueco a Metallica en las grandes emisoras de todo el planeta y los encumbró a lo más alto de la escena musical en un tiempo en el que los Guns realizaban la extenuante y colosal gira de los Use Your Illusion y desde Seattle los príncipes del grunge comenzaban a copar los titulares de la prensa musical, avisando a los chicos de pelo cardado y agudos que no se relajaran, que el mundo del rock estaba cambiando y había que abrirle nuevos horizontes. Un olor como a espíritu adolescente (el de tantos de nosotros) que se ha ido perdiendo con los años. Ley de vida.
Este post metálico rebosante de melancolía tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium». Mientras tanto, os dejo unas cuantas recomendaciones literarias para seguir sacando jugo a los cuatro jinetes del (Meta)pocalipsis.
PARA SABER (MUUUUUCHO) MÁS:
Metallica. Back to the Front(Norma Editorial)
Y ahora que Stranger Things ha catapultado aún más un disco que cualquier amante de la guitarra eléctrica conocía de arriba abajo, el Master of Puppets, recordamos el impresionante volumen que en 2017 lanzó Norma Editorial, una auténtica joya para fans de los angelinos: Metallica. Back to the Front. La historia visual autorizada del álbum y la gira Master of Puppets, rubricada por Matt Taylor, un volumen que corta el aliento en una detallada historia repleta de fotografías y documentos inéditos de la colección de la banda y de fans sobre el lanzamiento y la gira posterior de un disco electrizante.
Master of Puppets se lanzó el 3 de marzo de 1986 y consagró a la banda como abanderados del thrash metal junto a Anthrax y Slayer. Con entrevistas nuevas exclusivas, el libro recorre esos meses de infarto en los que Metallica teloneó a Ozzy Osbourne, algo nada baladí, y cuya euforia se truncó el 27 de septiembre, con el trágico accidente de autocar en el que perdió la vida el virtuoso bajista Cliff Burton y sacudió los cimientos de la banda. Tenía tan solo 24 años.
Tras un concierto en Estocolmo, los miembros de la banda tomaron un autocar para trasladarlos a Copenhague: alrededor de las 6.15 de la mañana el vehículo derrapó, dio varias vueltas de campana y Burton –que curiosamente se había rifado dormir en la cama que le correspondía a Kirk Hammett, caprichos del destino– salió despedido. El autocar después lo aplastó. El doctor Anders Ottoson certificó la muerte a causa de «una comprensión torácica con una contusión pulmonar». A pesar de permanecer tan solo tres años y medio en Metallica, Burton hizo historia, y formó parte del álbum debut, Kill Em’ All, Ride The Lightning y el mentado Master of Puppets. Le sucedió Jason Newsted a las cuatro cuerdas, quien permanecería en la banda 15 largos años, hasta abandonarla y ser sustituido por el actual bajista, Robert Trujillo.
Metallica. El origen del Thrash Metal (Libros Cúpula)
Libros Cúpula, un sello del Grupo Planeta muy presente en «Dentro del Pandemónium», lanzó en 2014 el libro Metallica. El origen del Thrash Metal, de Jerry Ewing, un tributo a la banda más influyente del metal con imágenes exclusivas y documentos extraíbles inéditos. Una edición de megalujazo que ningún fan de Metallica puede perderse (un servidor lo tiene en sitio preferente de su biblioteca). Un compendio de coleccionista en el que se juntan facsímiles de flyers, entradas, pases de prensa, pósteres… organizado y narrado por el periodista musical especializado en rock nacido eb Australia –y quien se trasladó al Reino Unido justo cuando comenzaba la New Wave of British Heavy Metal– Jerry Ewing, colaborador de numerosos medios musicales como Classic Rock,Metal Hammer, Maxim, Stuff o Bizarre.
Metallica. Toda la historia (Blume)
Blume, una editorial que también adoramos en «Dentro del Pandemónium» y de la que en breve hablaremos en un post a razón del reciente lanzamiento de dos volúmenes, Arte Transgresor y Cine Transgresor, lanzó en 2017 la primera historia completa ilustrada de Metallica a cargo del prestigioso crítico musical canadiense Michael Popoff, que, como es de rigor, se encuentra en la biblioteca herradoniana al lado del cofre de Libros Cúpula, en lugar de honor. En Metallica. Toda la historia, el autor, que ha sido definido como «el periodista de heavy metal más famoso del mundo» –con 40 libros a sus espaldas– presenta la trayectoria completa de la banda –hasta el año de publicación, se entiende– proporcionando un completo repaso por su selecta discografía: cada álbum es diseccionado por prestigiosos periodistas musicales como Richard Bienstock, Daniel Bukszpan, Neil Daniels, Andrew Earles o Mick Wall, entre otros.
Un poco de todo: las historias tras la formación del grupo, la salida de Dave Mustaine a causa de sus adicciones (traumática para el guitarrista que acabaría fundando otro grupo mítico del trash, Megadeth, al frente del que continúa todavía hoy), la muerte de Cliff Burton en Escandinavia, la llegada de Jason Newsted (y el lamentable comportamiento de sus compañeros con él durante la grabación de …And Justice For All!), la salida de éste quince años después y la llegada de Navarro, la adicción al alcohol de James Hetfield, triunfos, tragedias, giras… un volumen acompañado de más de 200 imágenes, no solo en conciertos en directo (que hay muchas) sino también de momentos íntimos, auténticas joyas de coleccionistas como un servidor.
Metallica. Nothing Else Matters (Ma Non Troppo)
Y cómo no, Redbook Ediciones también tiene un título dedicado a Metallica en su colección «La novela gráfica del Rock», vieja conocida del Pandemónium, Metallica. Nothing Else Matters (Nada Más Importa). La vida de la banda angelina contada a través de la viñeta con una potencia digna del solo de bajo de For Whom The Bell Tolls y con un dibujo hiperrealista que te hace sentirte directamente en el seno de la banda como uno más desde sus comienzos hasta hoy. Y lo hace la mano de los expertos en novela gráfica Brian Williamson (dibujo) y Jim McCarthy (guion) que capturan con maestría la esencia y los sinsabores (muchos, pues la fama y el dinero no dan la felicidad, que se lo digan a Hetfield, aunque ayuda) de la más grande banda de thrash, de puro rock, de la historia. Un emocionante viaje en forma de montaña rusa que abarca dos décadas de altibajos tanto en la carretera como en el estudio.
En su selecto catálogo que hace las delicias de los amantes del rock, Redbook (a través de su emblemático sello Ma Non Troppo) también tiene el libro Metallica. Furia, sonido y velocidad, una obra definitiva sobre la historia de la banda estadounidense escrita a cuatro manos por Matías Recis y Daniel Gaguine. Un recorrido cronológico, otro más (pero igual de vibrante como las cuerdas de Hetfield y Hammett) por su trayectoria de vida, sus discos, videoclips, anécdotas y curiosidades. Además, sus letras, pura poesía y podríamos decir que filosofía viva, son analizadas por los dos especialistas musicales citados que además completan el libro con un singular apéndice de los instrumentos, efectos y amplificadores que los miembros de la banda han utilizado en cada periodo. Más de 100 millones de discos vendidos no merecen menos.
Nacer. Crecer. Metallica. Morir, Parte 1 (Malpaso y Cía)
La Editorial Malpaso y CIA lanzaba en 2018 el primer volumen (edición que parece un traslado al papel del álbum negro, maravillosa) de la biografía Nacer. Crecer. Metallica. Morir, la que precisamente va desde los comienzos de la banda a la aparición del Black Album. Compuesta a cuatro manos por Paul Brannigan e Ian Winwood, ha tenido un notable éxito en lengua inglesa y disecciona al grupo sin obviar en ese largo camino hacia el éxito multitudinario los momentos de dolor y drama. Un relato exhaustivo construido a partir de minuciosas conversaciones con los protagonistas de la leyenda y con todos los individuos que jugaron papeles significativos a su alrededor. Estamos ansiosos por tener el segundo en castellano (en inglés sí se puede conseguir). ¡Venga compañeros!
Y para los más pequeños, Reservoir Books (Kids) publicó Metallica en su colección Band Record la electrizante aventura de Metallica, con letras de Soledad Romero Mariño y dibujos de David Navas. Y es que, ¿quién ha dicho que sus riffs no son para los niños? Ojalá alguien me hubiese descubierto a la banda cuando tenía seis, siete u ocho años (habría sido testigo del lanzamiento de Master of Puppetts o del And Justice…).
Ahora que el papa Francisco está en Canadá, en lo que él mismo ha denominado «peregrinaje de penitencia» para pedir perdón por los abusos y crímenes perpetrados por la Iglesia católica con miles de niños de origen indígena, recuperamos la obra del periodista Joe Sacco Un tributo a la tierra (que narra, entre otras consecuencias, parte de esa ignominia producida por el colonialismo), así como otras combativas obras del autor maltés que publica Reservoir Books.
Nacido en Malta un 2 de octubre de 1960 y habiendo pasado gran parte de su vida en Australia, en la década de los noventa el entonces joven periodista sorprendió a la opinión pública con una rompedora y hasta entonces inédita mezcla de textos periodísticos volcados al cómic, y lo hizo sobre (y desde) uno de los lugares más conflictivos del planeta: el Próximo Oriente.
De sus primeros trabajos en Palestina nació Notas al pie de Gaza. Publicada originalmente en 2009 por Reservoir Books, que lo ha reeditado recientemente en tapa blanda, la novela gráfica narra los hechos de la Crisis del Canal de Suez en 1956, cuando Francia, Reino Unido e Israel se alinearon para atacar al Egipto de Nasser en base a toda una serie de intereses geoestratégicos en plena Guerra Fría (viejos tiempos, mismos escenarios). A raíz del conflicto, Israel ocupó la franja de Gaza –hasta entonces bajo control egipcio–, un eterno polvorín siempre humeante que nos recuerda qué malos somos a veces los seres humanos, al margen de la raza o religión que profesemos.
Sacco, periodista de raza, realiza un minucioso proceso de investigación décadas después de los hechos para sacar a la luz dos matanzas de civiles autorizas al parecer por el gobierno israelí a través de numerosas entrevistas con aquellos que vivieron los hechos en primero persona (ahora ancianos), contando con la inestimable ayuda de su amigo y traductor Abed. Y a pesar de la contundencia de los testimonios, tan valiosos, Sacco no deja de reflexionar sobre la evanescencia de la memoria, de la que uno no puede fiarse al completo, para saber hasta qué punto la historia es como la cuentan, también las víctimas.
Como buen periodista, Sacco no juzga ni sentencia, sino que pone en las lúgubres páginas en blanco y negro de su cómic, con un dibujo ultradetallado como si se tratara de fotografías de prensa, toda la información para que el lector saque sus propias conclusiones; aunque, evidentemente, él tiene su punto de vista, y la narración sigue el mismo, como es lógico, el del sentido común: estar contra la barbarie sea quien sea el brazo ejecutor de la misma.
Viejos fantasmas, mismos escenarios
Una de las cosas más destacables del relato es su trasfondo, y es el hecho de que mientras el periodista investiga unos terribles hechos de hace 50 años, en esa misma franja de Gaza el conflicto sigue –seguía– vivo, las tensiones se palpan en el ambiente, el odio no conoce el paso del tiempo (otros dirán que tampoco el perdón). Qué utilidad tiene –reflexiona Sacco– escarbar en unos hechos tan lejanos cuando hoy no pasan muchas semanas sin que se produzca un atentado palestino en suelo judío, sin que algún manifestante resulte herido –o muerto– a manos de las fuerzas policiales israelíes, sin que una casa sea derribada por orden del gobierno en base a unos enrevesados conflictos fronterizos…
De hecho, la reflexión del autor cobró renovado eco cuando en 2021 el conflicto se recrudeció, poniendo aquel rincón de Oriente Medio nuevamente en el centro de todas las miradas en un mundo asolado aún por el Covid y los confinamientos (lo que sin duda contribuyó a aumentar la tensión): durante la celebración de la toma de la Jerusalén antigua en la guerra de 1967, que tiene lugar cada año y que entonces coincidió con el Ramadán, 300 palestinos resultaron heridos y la organización yihadista e islamista Hamás (clasificada como grupo terrorista por el gobierno judío) comenzó a lanzar cohetes desde la franja de Gaza; los israelíes respondieron con bombardeos. El resultado fue de 13 muertos y 333 civiles heridos por la parte israelí, y de nada menos que 253 palestinos y un libanés muertos, así como 199 heridos, del lado árabe. Era la evidencia definitiva de que aquella tierra sagrada para las tres grandes religiones monoteístas, que vio la predicación de Jesús –quien proclamaba la fraternidad de los pueblos–, nunca vivirá en paz. Al menos no en un futuro cercano.
A Palestina le siguieron otros lugares no menos hostiles, como los Balcanes, y las obras de Sacco se llenaron de temas espinosos y de aquellos que no suelen tener voz, encontrando un escaparate en su trabajo inmigrantes, refugiados, gentes en la más absoluta pobreza… también idealistas e indignados. De aquel viaje al «polvorín» balcánico donde se produjo el mayor crimen de guerra desde la Segunda Guerra Mundial en territorio europeo, nació Gorazde: Zona Segura (publicado en España por Planeta Cómic), que narra su experiencia en el pequeño pueblo que da nombre al título de la novela gráfica, sitiado al final de la Guerra de Bosnia en 1995; y de lo que le narraron los habitantes que permanecieron encerrados durante el sitio pasando todo tipo de calamidades, algo que podría extrapolarse a todo el territorio de la antigua Yugoslavia. No en vano, el subtítulo de la obra es «La Guerra en Bosnia oriental 1992-1995», y los viejos fantasmas cobran vida en escenarios similares ahora que tenemos la Guerra de Ucrania a las puertas de Europa.
Canadá, el indigenismo silenciado
Ahora aquel periodista tiene 61 años y su obra, más sosegada (quizá por madura), no deja de mover conciencias, como lo hicieron en su momento otras novelas gráficas como Maus o Persépolis. Y con 2021 ha llegado su nuevo trabajo: Paying the land, un libro que aborda otro de los grandes problemas de nuestro tiempo: el cambio climático. En castellano ha sido recientemente publicado por Reservoir Books (sello que también ha publicado del mismo autor Reportajes) en una magnífica edición bajo el título de Un tributo a la tierra, y Sacco ha escogido como trasfondo para su novela gráfica la extracción de recursos naturales en Canadá y cómo afecta eso a la población autóctona.
Una obra maestra del periodismo gráfico que no deja indiferente a cualquiera con un poco de dignidad, un cómic de no ficción que pone la lupa sobre los dene, un pueblo nativo que desde tiempos inmemoriales vive en las Tierras del Noroeste de Canadá. Digamos, pues, que son sus pobladores primigenios, y deberían tener muchos más derechos que los colonos (o al menos los mismos), pero en una historia largamente repetida al otro lado del charco, no es así.
Los denes consideran que pertenecen a la tierra, no como los hombres occidentales, que pensamos que la tierra nos pertenece y por ello explotamos los recursos naturales hasta la extenuación; no solo en esos lejanos bosques canadienses, sino de uno al otro rincón del planeta cada vez menos azul. Sacco, siempre con su conciencia social por bandera, acudió a aquel lugar buscando un problema relacionado con el efecto invernadero, la contaminación y la tala de bosques, y se encontró con algo aún peor: el vergonzante resultado de la más despiadada colonización, historia que no por largas veces repetida (con matices y diferencias), deja de perturbar.
Un lugar de gran riqueza… para los forasteros
Como suele suceder cuando un territorio virgen atrae a los tiburones del «negocio», aquellos territorios canadienses albergaban –y aún lo hacen– importantes recursos, desde petróleo y gas a diamantes. Una tierra rica que, como en muchas partes de África, ofrece su néctar a todos menos a los nativos que, como mucho, trabajan explotados extrayéndolo de la tierra de sus ancestros. Con la minería llegaron las inversiones y el trabajo (al principio), pero también la tala indiscriminada, la contaminación, los vertidos tóxicos y los oleoductos que destruyeron tanto el paisaje como la forma de vida de esos dene que no estaban preparados para un cambio tan drástico y devastador.
Como narra Sacco en este sobrecogedor relato gráfico, durante mucho tiempo la política oficial del gobierno canadiense consistió en arrebatar la identidad indígena de este pueblo: les prometieron educación, pero no fue el estado quien se encargó de ella, sino misioneros católicos y protestantes que durante más de un siglo metieron a los niños indígenas en internados que despreciaron su identidad y su cultura, desdibujando sus orígenes y provocando otros conflictos con su propio hogar en su regreso de aquella sesgada formación. Al menos, los que regresaron. Muchos no lo hicieron.
En 2015, el informe definitivo de la llamada «Comisión de la Verdad y la Reconciliación» determinó que dicho pueblo, de apenas un millar y medio de habitantes que durante siglos se alimentaron gracias a la caza de grandes mamíferos, se había cometido un auténtico «genocidio cultural».
En su visita canadiense de seis días de duración, el Papa Francisco ha señalado «las cicatrices de heridas todavía abiertas» en estas comunidades indígenas a causa del internamiento en algunos de los 139 internados por los que pasaron unos 150.000 niños indígenas y que en su mayor parte estaban regentados por instituciones cristianas, funcionando de 1883 hasta 1996, cuando se cerró la última instalación administrada por el gobierno canadiense, la Gordon’s Residential School de Punnichy.
La idea de este sistema de internamiento para niños pertenecientes a los Inuit, Métis y First Nations –así como a los Dene de los que habla Sacco–, pretendía la asimilación de los habitantes aborígenes de los usos y costumbres de la sociedad occidental, muchas veces borrando su identidad (se les prohibió llevar a cabo sus prácticas culturales y a expresarse en sus lenguas maternas, y a algunos incluso se les cambió el nombre). En 2021, el drama y el escándalo se recrudecieron cuando se hallaron los restos óseos de al menos 1.148 menores, y en mayo de este 2022, hace nada, la consternación fue mayúscula cuando se encontraron los restos de otros 215 niños en un cementerio sin marcar y con las tumbas sin ninguna identificación en el suelo de una de esas antiguas escuelas.
Un mes después, con la visita del Papa ya anunciada, los cadáveres de 751 menores de la nación Syilx Okanagan fueron descubiertos muy cerca de una antigua escuela en la provincia de Saskatchewan, y poco después, otros 182 cuerpos sepultados cerca de la ciudad de Cranbrook, lo que no hizo sino aumentar la tensión hasta el punto de que algunos pobladores locales han incendiado iglesias católicas y derribado –e incluso decapitado– estatuas de la reina Isabel II y de otros gobernantes colonialistas del pasado canadiense.
Malnutrición severa, torturas y abuso sexual
Aquellos niños sufrieron malos tratos y palizas, desnutrición y enfermedades causadas por el hacinamiento, así como abusos sexuales. Según Ian Mosby, historiador de la Alimentación, la Salud Indígena y la Política del Colonialismo en Canadá, los niños de las escuelas y residencias también fueron sometidos a distintos experimentos y estudios cual cobayas de laboratorio: dietas experimentales que en muchos casos les hicieron morir de desnutrición severa, fueron privados de vitaminas y alimentos necesarios para su grupo de edad y se les negó el acceso a tratamientos dentales; todo ello con la aquiescencia de la Iglesia católica y el Gobierno canadiense, un auténtico «genocidio cultural», aterrador, que la visita del pontífice no podrá borrar, aunque sirva para suavizar tensiones de forma temporal.
No parece, no obstante, que dicha visita y petición de perdón oficial del Vaticano claree una institución envuelta en numerosos escándalos en los últimos tiempos, desde los abusos sexuales de la Iglesia en España, que ahora se están investigando, al escándalo en Boston o el terremoto en la institución en Alemania cuando en 2021 un informe reveló cientos de casos de abusos sexuales a niños, un voluminoso documento de 800 páginas que identifica a 202 responsables de agresión sexual y 314 víctimas entre 1975 y 2018. El mismo apuntaba a cierta responsabilidad del Papa Emérito, acusado de encubrimiento cuando era arzobispo de Múnich –su propio hermano, Georg Ratzinger, dirigió el coro de niños de tres escuelas religiosas en Alemania relacionadas con denuncias de abuso sexual a menores–, aunque él lo ha negado.
Joe Sacco recupera esta terrible historia y la transmite a través del arte, pues Un tributo a la tierra es, además de un manifiesto contra la globalización y la mal entendida «modernidad», ante todo una obra de arte de obligada lectura. He aquí el enlace para adquirirla: