Es una noche mágica, incluso este año, sumidos en una tragedia de ecos wagnerianos. Los niños, soñadores, se van pronto a la cama a la espera de que Sus Majestades de Oriente vengan a dejarles regalos… o carbón, y no les pillen in fraganti. Los padres suelen acostarse algo más tarde, quizá con la visión algo nublada, pero siempre antes de la llegada de aquellos que reparten amor y regalos. Sin embargo, hay muchas cosas que desconocemos sobre el origen de esta importante festividad, algunas más que singulares. Aunque este año el coronavirus haya obligado a dejar las carrozas en sus recintos, nadie podrá evitar que sigamos soñando, aunque algunos pasemos de los cuarenta. Mientras esperamos, unas cuantas anécdotas…
Por Óscar Herradón
1. En un principio la Biblia no indicaba que los Reyes Magos fueran tres, ni siquiera que fueran «Magos». La palabra proviene del persa «ma-gu-u-sha» y del acadio «ma-gu-shu», cuyo significado era sacerdote. Fue la evolución semántica del término, al griego «magós/magoi» y después al latín «magus/magi», pasando al castellano como «magos», parece que provocó la confusión. En realidad, quienes visitaron al niño Jesús en Belén eran sacerdotes persas y no parece que tuvieran poderes sobrenaturales –creo–, aunque siguen apañándoselas para entregar los regalos a tiempo.
2. Por el contrario, según Herodoto, dicha casta sacerdotal estaba vinculada a la magia, pues practicaba la adivinación, la astrología –pensemos en la estrella de Belén que los guiaba– y la medicina, que en tiempos antiguos estaba muy ligada a lo supersticioso y a lo sobrenatural. Puesto que vinculaban a dichos sacerdotes con «magos», y dicha denominación tenía connotaciones negativas para la ortodoxia, por iniciativa del arzobispo francés Cesáreo de Arlés los gorros que los caracterizaban fueron cambiados por coronas en el siglo IV. Entonces, ¿fueron magos o no? En relación a la exégesis bíblica, pocas son las fuentes que se ponen totalmente de acuerdo.
3. Los cristianos sirios y armenios afirman que, como los Apóstoles, los Reyes Magos no eran tres ¡sino doce! mientras otras fuentes apuntan a siete. Sin embargo, triunfó el número tres, que se convirtió en la versión oficial. Fue el teólogo Orígenes quien lo estableció así en el siglo IV. Y en el siglo V, sería el Papa León I el encargado de asentar oficialmente dicha tríada para la toda la cristiandad.
4. Y hablando de números, hay más: la leyenda de un «cuarto rey mago» de la que me ilustró en su día, cuando trabajábamos codo con codo en la redacción de la revista Enigmas, mi buen amigo Javier Martín. Y es además de Melchor, Gaspar y Baltasar… estaba Artabán. Aunque es una leyenda que parece más antigua, se hizo popular cuando en 1896 Henry van Dyke escribió un cuento de Navidad titulado precisamente El otro rey mago, al que bautizó con dicho nombre. Un rey mago que nunca llegó a su destino: los cuatro habían fijado su punto de encuentro para partir hacia Belén en el zigurat de Borsippa, en la antigua Mesopotamia –recordemos que eran sacerdotes persas–. Artabán partió con un diamante de la isla de Méroe, un jaspe de Chipre y un rubí de las Sirtes, pero tras socorrer a un moribundo por el camino, llegó tarde a la cita, y cuando llegó a Judea, el niño Jesús ya no se encontraba allí. Así, solo le entregaron «oro, incienso y mirra».
5. Por otro lado, dicha teoría puede no ser tan apócrifa, y apoyarse en la ciencia. El astrónomo Mark Kidger de la Agencia Espacial Europea (ESA), aseguró en un artículo en la revista Astronomy que ese posible cuarto rey mago pudo perderse en el camino «por un fenómeno (astronómico) que le habría llevo a error». Según Kidger, la estrella que los Reyes Magos siguieron pudo tratarse de una nova. Melchor, Gaspar y Baltasar –capaces de interpretar, pues, las señales del cielo– tardaron entre cuatro y cinco semanas en llegar a Jerusalén siguiendo la nova, esperaron varios días una audiencia con Herodes y volvieron a ver la estrella a unos diez kilómetros, hasta llegar al punto exacto donde se encontraba «el hijo de Dios». Artabán, sin embargo, no la pudo seguir. ¿Por qué? Según el astrónomo, el cuarto Rey Mago pudo perder su referencia después de que la Luna y la nova estuvieran en conjunción, lo que habría ocultado su luz, dejándole sin guía.
6. Según este astrónomo, que parece que sabe de lo que habla, todo aquello –la visita y la pérdida del rastro por Artabán– habría sucedido «cerca del 21 de marzo del año 5 antes de Cristo». Vamos, más dudas todavía sobre tan ilustre evento que hoy, aproximadamente 2021 años después, volvemos a celebrar.
7. En la tradición católica la Epifanía o Adoración de los Reyes (comúnmente conocida como Día de Reyes) se celebra como ahora, poco después del nacimiento de Cristo, pero algunos documentos históricos proponen que aquella visita se produjo realmente dos años después, tras la circuncisión de Jesús y su presentación en el Templo (sí, originariamente, Jesús era judío).
8. Todos comemos –unos más que otros– esa deliciosa «rosca de Reyes». Parece que la original fue creada en Francia en 1311 y después cruzó los Pirineos y se convirtió, en España, en el celebérrimo «roscón» que no puede faltar la noche del 5 de enero y el consiguiente día 6. Tras la conquista de América por los españoles, la tradición pasó a México y otros territorios, donde, con diferentes versiones de dulces, se ha mantenido hasta el día de hoy.
9. Otras fuentes apuntan a que el remoto origen del dulce de este día puede rastrearse hasta las fiestas paganas de las Saturnales, allá por el siglo II a.C. que coincidía en el tiempo con las futuras Navidades y que la Iglesia católica «sustituiría» para no confundir demasiado a los nuevos fieles. Vamos, que en mismo portal de Belén quizá ya estaban comiendo el roscón.Entonces los romanos homenajeaban a Saturno –de ahí el nombre–, dios de la agricultura y la cosecha, celebrando el fin de la temporada agraria y el comienzo de los días más largos del año tras el solsticio de invierno. En aquellos festejos se elaboraban unas tortas redondas hechas con higos, dátiles y miel que se repartían por igual entre plebeyos y esclavos. ¿El origen del roscón? Cualquiera sabe.
10. Y claro, tenemos la «sorpresa». Ya en el siglo III, en el interior del dulce que se había apropiado el nuevo credo, se introducía un haba seca, y el afortunado al que le tocaba era nombrado por un corto periodo de tiempo nada menos que «Rey de Reyes». Desde tiempos romanos se pueden rastrear «juegos de habas» en la Península Ibérica. Según Julio Caro Baroja, en 1361, en el Reino de Navarra, se designaba «Rey de la Faba» al niño que encontraba el haba en el roscón, algo parecido a lo que sucede hoy. Existe la tradición de que a quien le toca la sorpresa –el haba que hoy es una figurilla de todos los tipos y colores, unas más cutres que otras, y en México llegó a ser una pequeñito niño Jesús de plata coronado–, debe pagar el roscón. Por eso, hay quien, algo agarrado, decide tragársela… ¿o no?
En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y el Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las próximas páginas.
La magia y los encantamientos eran utilizados en Siria y Mesopotamia tanto por los brujos –considerados asociales y, por tanto, perseguidos por practicar magia dañina que podía perturbar el orden social e incluso afectar al rey– y por los sacerdotes y adivinos, que solían estar organizados en corporaciones normalmente dependientes de de algún templo.
Las técnicas más frecuentes para realizar augurios –tras agasajar a los dioses protectores y patrocinadores de la adivinación, Shamash y Adad–, eran la hepatoscopia –observación del hígado–, la interpretación de los sueños –oniromancia– y la observación de los astros. En los tiempos sumerios más remotos, el examen de las entrañas de las víctimas era ya una práctica bastante habitual, principalmente de las vísceras de los cabritos.
Tabla del dios Shamash
La interpretación de presagios a través de fenómenos astronómicos y atmosféricos también era habitual: por lo general se considerabaespecialmente funestos los eclipses de luna, así como cambios en la tonalidad del sol, lluvias de estrellas y cometas, y a las tormentas –la lluvia y los relámpagos–. También se consideraban presagios relevantes los movimientos de distintos animales, como el vuelo de las aves o el reptar de las serpientes, y se hacían predicciones –normalmente nefastas– a partir de los partos anormales de animales y seres humanos. Asimismo, se podían inducir presagios observando la forma y el movimiento del humo del incienso o del aceite derramado sobre el agua contenida en una copa.
Sueños y visiones proféticas
La oniromancia tenía singular importancia en Mesopotamia. Para la interpretación de los sueños, el sacerdote recibía el oráculo al lado de la estatua de la divinidad mientras dormía. Un ejemplo de este tipo es el de Gudea, patesi de Lagast en el 2200 a.C. que, según la tradición, recibió en sueños la orden de construir el templo del lugar con sus especificaciones arquitectónicas, algo que vemos repetido de forma muy similar en el Antiguo Testamento: por ejemplo, respecto al templo de Salomón, el profeta hebreo Natán recibió las indicaciones también por la noche durante el sueño.
Gudea de Lagash
La magia y la adivinación eran también importantes entre los hititas y los hurritas, y aunque sus procedimientos eran muy similares a los que se usaban en otros lugares de Mesopotamia, los hititas parece que tenían una técnica particular que consistía en la adivinación a partir de la observación del comportamiento de una serpiente o de un pez dentro de una tinaja. Ugarit, la antigua religión cananea, también manifestaba un fuerte componente mágico. En las ocasiones en que existían problemas para la sociedad, se realizaban sacrificios a la vez que un tipo de adivinación concreta cuando sufrían ataques enemigos o visualizaban lo que creían señales de peligro, como un eclipse solar. La adivinación se llevaba a cabo entonces por la lectura de las vísceras de los animales o los presagios leídos en las estrellas –astromancia–. Por ejemplo, se recogió la creencia de que si la luna en ascensión se ponía amarilla, el ganado perecería. Los ejemplos son innumerables.
Además, mediante la interpretación de las malformaciones en fetos humanos y animales también discernían el porvenir: si no tenía oreja derecha, el enemigo asolaría y destruiría el país; si el animal no tenía patas traseras, la guardia se revelaría contra el rey; si le faltaba la lengua, el país acabaría dispersándose; por el contrario, si no tenía pata delantera sería el país enemigo el destruido; si el infante o la cría de algún animal no tenía bazo, la nación pasaría hambre…
También se realizaba adivinación mediante la ordalía por el fuego o mediante el uso de narcóticos en una suerte de antiguas práctica chamánicas: un medio para inducir una experiencia extática, un viaje mágico que arrojaba conocimientos sobre el futuro. También desde la reforma de Zoroastro, a pesar de que se condenó la magia y se persiguió a brujos y hechiceras, quedaron algunas reminiscencias de este tipo, sobre todo relacionadas con el uso de plegarias y conjuros contra el ataque de algún animal –la mordedura de serpientes a caballos, por ejemplo–.
También se podía conocer el futuro mediante la profecía: particularmente conocidos eran los profetas extáticos en Mari, así como entre los cananeos y los hebreos. Arrebatados por una suerte de frenesí, vaticinaban sobre el futuro, advirtiendo a sus soberanos y autoridades por encargo de los dioses.
En Mesopotamia existía la raggimtu o “gritadora”, proclamadora del oráculo que, en una suerte de éxtasis –maju, “fuera de sí”–, era la equivalente mesopotámica de la pitonisa helénica.
Ragimmtu
Como sucedía con los oráculos de la Grecia clásica, en el templo de Ishtar en Arbela existían hombres-profetas que por boca de esta divinidad babilónica del amor y la fertilidad, la belleza y la fertilidad, asociada normalmente con la sexualidad, comunicaba oráculos en primera persona, pues el majju o eshshebu –«el que salta»– se consideraba como poseído por la propia Ishtar.
Vampiros y fantasmas
Antecesores milenarios de los fantasmas y los vampiros también están presentes en los mitos mesopotámicos. Los asirios, entre los años 2.000 y 3.000 a.C., recogen uno de los primeros y más antiguos mitos sobre los vampiros: los Ekimmu o Edimmu, que tomaban forma cuando las personas fallecían de forma prematura: a sus desdichadas almas se les negaba la entrada al inframundo –de ahí el nombre, pues ekimmu significa «el que fue atrapado»–, y ello los convertía en seres violentos y malhumorados, espíritus vengativos que, ante la imposibilidad de descansar en paz, regresaban para absorber la energía de los vivos.
Los asirios describieron a los Ekimmu como seres musculosos y fuertes que podían volverse invisibles y transformarse en figuras de humo, sombras o vientos malignos, y con el tiempo fueron adquiriendo la forma de lo que más tarde sería el mito del vampiro moderno.
Ekimmu
Aquellos que se convierten en un Ekimmu pueden ser las personas que murieron por ahogamiento, deshidratación, inanición o encerrados en prisión, así como los que tenían un funeral impropio o aquellos que murieron sin ningún pariente o alguien que cuide de sus tumbas. El arqueólogo y asiriólogo británico Campbell R. Thompson (1876-1941) escribe en The Devils and Evil Spirits of Babylonia que el espíritu ekimmu «no puede encontrar ningún descanso, mientras su cuerpo permanezca insepulto».
Según cita el escritor Bob Curran en Vampires: a field guide to the creatures that stalk the night, el ekimmu «se uniría a sus víctimas y les chuparía la energía hasta que solo restara una sombra de lo que solía ser». Existe la creencia común de que solían evitar lugares secos y desérticos y atacar a los viajeros que pasan por su hábitat, uniéndoseles en su camino o torturándolos en su hogar. Al no hallar descanso, se pensaba que algunos intentaban aferrarse a un ser querido o a un amigo para «demandarle ritos que le darían paz». Solían cobijarse en lugares inhabitables o desconocidos donde no había encantamientos o amuletos que pudieran contenerlos. La mayoría de los pueblos de la antigua Mesopotamia, babilonios, sumerios y asirios, temían a la figura del Ekimmu y tomaban diversas medidas para contrarrestar su poder sobrenatural: nunca viajaban solos y evitaban los lugares desiertos y solían recitar oraciones antes de entrar en sus hogares para evitar que los «vampiros» atravesaran el umbral. Sólo los sacerdotes, hombres santos o magos podían neutralizarlos, al igual que solo los ásipu podían realizar exorcismos.
Existía una forma aún más temible de Ekimmu: aquellos que habían tenido una muerte violenta se convertían en Alû, seres descarnados con la piel blanquecina, costras en los labios y que además eran bebedores de sangre. Aparecían exclusivamente durante la noche, rondando a las víctimas o viajeros extraviados para alimentarse. Los asirios consideraban que la única forma de protegerse de los Alû eran el fuego o las ofrendas de carne sanguinolenta.
Junto a éstos, otros seres muy similares a los vampiros eran los Utukku sumerios –conocidos como Utukki por los acadios, que consideraban que eran siete demonios que descendían del dios del cielo Anu–, que podían ser benévolos –los Shedu– o malévolos, y los Maskin –demonios del inframundo de un orden superior capaces de echar abajo los muros de una casa y consumir todo lo que se encuentre dentro–, así como las huestes de Alal y Telal, culpables de enfermedades y pestes. Para combatirlos, en Mesopotamia se invocaba a toda una serie de dioses protectores.
Shedu
Los babilonios pensaban, a su vez, que las personas que tenían potencialmente más posibilidades de convertirse en una suerte de vampiros eran las mujeres vírgenes, las que morían amamantando, los hombres solteros y malvados, cualquier persona que estuviese enterrada en una sepultura poco profunda o aquella que no fuese encerrada, y las prostitutas. En una placa descubierta en la actual Irak, la antigua Babilonia, puede leerse la siguiente inscripción, muy significativa: «Los dioses que se apoderan del hombre han abandonado sus sepulcros. Ráfagas de viento maligno provienen de las criptas para exigir el pago de rituales y verter sus libaciones, han dejado sus sepulturas, como un torbellino, toda la maldad en sus huéspedes ha surgido de las tumbas».
En cuanto a los fantasmas o espíritus merodeadores de las diferentes religiones que salpicaban la región mesopotámica, Sumeria, Babilonia y Asiria y otros estados tempranos de Oriente Próximo y Medio, existen numerosas referencias en la literatura antigua y que los hace muy similares a las sombras de los fallecidos del Inframundo –Hades– de la mitología de la Antigüedad clásica, lo que denota el fuerte sincretismo de las religiones y mitos del hombre en todas las épocas. Las sombras o espíritus de los fallecidos eran conocidos como gidim en sumerio y como etemmu en acadio. Estos seres sobrenaturales eran similares a los demonios, con capacidades sobrehumanas que compartían con los dioses, como su inteligencia, poder o inmortalidad –aunque en un grado menor–.
Se creía que los gidim o etemmu se formaban –como los vampiros, muy similares también– en el momento de la muerte, tomando la memoria y la personalidad del individuo fallecido. Entonces viajaban al inframundo, al Irkalla –regido por la diosa Ereshkigal y su consorte, el dios de la muerte Nergal–, donde eran clasificados: un tribunal presidido por los Anunnaki, la corte del inframundo –por obra y gracia de Marduk fueron divididos y se les encomendaron tareas en el Universo–, daba la bienvenida a cada fantasma, les explicaban las reglas del «más allá» y les asignaban un destino y una posición, llevando una existencia en algunos aspectos similar a la de los vivos, con sus propias casas y podían incluso reunirse con los miembros difuntos de su familia y conocidos.
Se esperaba que los familiares de los fallecidos hiciesen ofrendas –culto a los antepasados– para aliviar su sufrimiento: comida, bebida… si no lo hacían así, los “fantasmas” podían tomar represalias contra ellos e infligirles desgracias y enfermedades en su vida –que había que contrarrestar con hechizos como en los casos de los exorcismos y los demonios–. En Irkalla, otro tribunal, distinto al de los Anunnaki, presidido en este caso por Shamash –Utu para los sumerios y Tammuz para los babilonios–, titular de la justicia y que era representado con un disco solar de ocho puntas o mediante una figura masculina de cuyos hombros emanaban llamas. Visitaba los inframundos en su vida diaria y podía castigar a los fantasmas que acosaban a los vivos.
Las dolencias físicas de oír o ver a un fantasma iban desde dolores de cabeza, problemas en ojos y oídos, molestias intestinales, dificultad para respirar y mareos o fiebres, hasta trastornos neurológicos y mentales: se creía que se introducían por el oído y podían volver loca a su víctima. Para luchar contra ello, se recurría a la conocida como «mano de espectro» –qat etemmi– durante los rituales y prácticas mágicas. También se realizaban ofrendas, libaciones, se daba forma a figurillas y sepulturas rituales –para aquellos que habían tenido un rito funerario deficiente y los había convertido en espectros–, cercos, amuletos, fumigaciones, ungüentos, pociones, lavados e incluso supositorios, según recoge el investigador de la Universidad de Chicago, Jo Ann Scurlock, en Magico-Medical Means of Treating Ghost-Induced Illnesses in Ancient Mesopotamia.
Invocar a los fantasmas a través de la nigromancia era considerado también muy peligroso. El más temido de estos seres sobrenaturales era el fantasma de una mujer que hubiese fallecido durante el parto, un trance de gran importancia para los mesopotámicos en cuanto a ser el inicio de la vida en este mundo. Este ser era compadecido y temido: su pena lo había vuelto loco y estaba condenado a vagar llorando en la oscuridad.
En relación con el inframundo, también tiene relevancia en su cosmogonía el mito del descenso de la diosa Inanna –en sumerio– o Ishtar –en acadio– a Irkalla, uno de los principales ciclos literarios mesopotámicos, conocido como Viaje de Inanna a los Infiernos o al País sin Retorno. La mayoría de los poemas que hacen alusión al mismo están escritos en sumerio. El poema narra también el asalto al infierno, gobernado por Ereshkigal, de Nergal, quien, ayudado por Ea, termina con el matrimonio y la reconciliación de ambos.
Nergal
En la Epopeya de Gilgamesh, el poema épico más importante y antiguo conocido, es una narración sumeria en verso que narra las tribulaciones del rey Gilgamesh, un soberano tiránico –podría corresponderse, vagamente, con un rey que existió en el siglo XXVII a.C., aunque existen dudas– que emprenderá toda una serie de aventuras junto al hombre salvaje creado con los dioses para enfrentarse con él, Enkidu. Parte de la historia relata la muerte de Enkidu y las aventuras de su fantasma en el inframundo mesopotámico.
En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.
Parece una broma macabra del destino que las grandes extensiones de Oriente Próximo y Medio que hoy en día son verdaderos polvorines y campos de la muerte, con Siria como eje central de una guerra que ha durado más de ocho años y que aún da sus últimos coletazos, terminando con siglos y siglos de historia bajo los escombros, y demasiados muertos, la mayoría inocentes, fueran en su día la cuna de las grandes civilizaciones. Damasco, Alepo, Palmyra… han sido recientemente escenarios de luchas fratricidas y territorio de islamistas radicales, sin embargo, durante miles de años gozaron de un esplendor que actualmente costaría imaginar a cualquiera.
Lo mismo sucedió con la hoy caótica y violenta Irak, antaño Babilonia, la más gloriosa capital del mundo antiguo, en la Baja Mesopotamia, una urbe portentosa regada por los ríos Tigris y Éufrates. Más tarde llegaría el Imperio persa… La historia con letras de oro se escribió en estos lugares hoy trágicamente devastados. No vamos a hablar aquí de cuáles fueron los imperios que surgieron aquí, ni cuáles sus conquistas o enfrentamientos, ni sus tragedias, hoy tantas y tan ignominiosas, ni quiénes –grandes potencias occidentales incluidas– son en parte responsables de las mismas. Sí nos centraremos, en cambio, en algunos de sus dioses más temibles, en sus ritos de paso e iniciáticos, en la lucha entre el bien y el mal en unas sociedades antiguas que tenían castas sacerdotales, realizaban exorcismos muy elaborados, ceremonias mágico-religiosas en fechas señaladas y también realizaron sacrificios de sangre.
Viajamos nada menos que hasta el siglo XVIII antes de Cristo, siglos antes del gran esplendor de los faraones egipcios, cuando Hammurabi reinaba en esa misma Babilonia, el gran centro político, religioso y cultural del mundo antiguo, para enfrentarnos a los demonios de horribles formas de Mesopotamia en el tiempo en que los hombres acudían atónitos a la lucha titánica entre Marduk y Tiamat, dioses que presidían los mitos de la creación en Mesopotamia, relatos recogidos –con numerosas variaciones que no vienen al caso– en el Enuma Elish o Poema babilónico de la Creación, y en la Plegaria para la fundación de un templo, entre otros textos cosmogónicos.
Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)
Durante un viaje a Berlín en 2017 tuve la ocasión de apreciar en el Museo de Pérgamo la reconstrucción de la llamada puerta de Ishtar, y aunque algo fuera de contexto si tenemos en cuenta la capital alemana en pleno siglo XXI y la antigua Babilonia, por mucho que la sala esté acondicionada para aparentar la lejanía de los siglos, lo cierto es que uno puede acercarse –aunque mínimamente– a lo que debió ser el esplendor de una civilización apoteósica. Por soñar que no quede.
Exorcismos y conjuros
En el extenso periodo comprendido entre el 3.000 y el 2.000 a.C. los hombres pensaban que las enfermedades –a las que llamaban shêrtu– no podían ser causadas directamente por los dioses, sino que los culpables de las mismas eran nada menos que un ejército de 6.000 demonios –ni en acadio ni en sumerio existía un término para evocar a los «demonios» o los «diablos», sino designaciones particulares de seres misteriosos y nocivos, tomados de instituciones represivas o de seres zoomorfos o antropomorfos más o menos monstruosos y malvados y que a día de hoy no conocemos bien– dispuestos en todo momento a causar el mal ajeno provocando pestes, fiebres, abortos y todo tipo de epidemias destinadas a castigar a los hombres por sus pecados. En la cosmovisión de los mesopotámicos, la religión nunca podía ir desligada de la vida cotidiana y relacionaban el dolor físico con el más allá al creer que una enfermedad, que conocían como «la mano del espíritu de la muerte», era causada por un castigo divino (o bien a causa de un maleficio o de un «demonio») de ahí la importancia de las figuras de las que ahora vamos a hablar.
Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)
Existían dos especialistas a la hora de paliar la enfermedad, cuyas acciones se complementaban para curar: el asû, el médico propiamente dicho, que prescribía qué tratamientos debía seguir el enfermo para curar sus males físicos o anímicos, y el âshipum o ásipu –sacerdote mesopotámico–, una suerte de mago-exorcista que se encargaba de los enfermedades que consideraban de índole sobrenatural y cuya finalidad era expulsar a los «agentes malignos» del cuerpo. El exorcista –en sumerio, lú-mas-mas– ejercía, en palabras del dominico e historiador francés Jean Bottéro, especializado en el Antiguo Oriente Próximo, «una verdadera profesión sacerdotal, delicada y compleja; ducho en el diagnóstico de los pacientes que iban a consultarle y al corriente de las condiciones adivinatorias en las que cada uno se encontraba, capaz también de elegir para él la fórmula que le convenía exactamente y de organizar y dirigir su ejecución, en el ‘momento propicio’, debía ser a la vez adivino, psicólogo, médico, confidente perspicaz y liturgista».
Debía ser obligatoriamente culto y le correspondía preparar y presidir todo su ritual, disponiendo el material de los ritos manuales y utilizándolos como era debido, recitando él mismo ciertos ritos orales, comisionado –según creía– por los dioses y dotado por ellos de los poderes especiales necesarios. Además, tras la ceremonia, pertrechaba al «poseído» o enfermo de amuletos y consejos protectores, siendo así el miembro más importante del clero en materia de culto sacramental. Siguiendo a Bottéro, «el exorcismo ocupó ciertamente un lugar sin igual en la vida ‘interior’ de los antiguos mesopotámicos».
El primer paso era que el propio enfermo ordenase a los demonios salir de su interior: «¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!», y después se pedía a los dioses que intercedieran para llevar la expulsión a buen término.
El dios protector del âshipum era Enki/Ea, divinidad mesopotámica de la sabiduría y del Apsú, la inmensa laguna subterránea de agua dulce y pura en la interpretación cosmogónica de las mitologías sumeria y acadia, del que obtendrían sus aguas todos los manantiales, ríos, lagos y otras fuentes de agua dulce.
Fórmulas mágicas y rituales ancestrales
Esta defensa contra el mal de carácter «mágico» se organizó en fórmulas, procedimientos y rituales, muy elaborados, adaptados cada uno de ellos a los efectos que se querían obtener, o a los inconvenientes que se querían evitar, «mediante el uso calculado de ritos orales y manuales, incluso, preferentemente, de una mezcla de los dos».
Los ritos exorcísticos consistían, generalmente, en actos y palabras en forma de oraciones. Siguiendo el Diccionario Akal de las religiones, estaban divididos en cuatro partes: 1. Descripción del demonio agresor, de la enfermedad o del encantamiento –magia negra– que atormentaba a la persona exorcizada; 2. Declaración de que el dios Marduk, que ha de pedir ayuda a su padre Enki/Ea para que el exorcismo –consistente en la eliminación del demonio atacante o del hechizo injustamente hecho– surta efecto; 3. Conversación entre Marduk y Enki. 4. Por último, la decisión de Enki/Ea de encargar a su hijo la ejecución del ritual, que debía efectuarse siguiendo sus indicaciones exactas. Los conjuros podían ser «lanzado» sobre el agua, el aceite o las plantas.
Como muestra, encontramos un ejemplo de «encantamiento» contra los efectos de una picadura de escorpión, en sumerio, fechado hacia mediados del tercer milenio: arrancaban su cola, rito manual elemental para neutralizar al animal y a la vez el mal presente, y todas las picaduras posteriores de todos los escorpiones posibles. Después venía el rito oral: a través de las palabras halagaban al animal, para «engatusarle»: por medio de esto, creían que quedaban suprimidos el mal de la picadura y sus consecuencias. Mientras, otro rito oral se dirigía a un «demonio» maléfico, al que ni siquiera nombraban, para neutralizar su influencia sobre aquel que había sido picado. Así, existía toda una medicina exorcista, diferente de la fundada en el empirismo, más racional, en la lucha contra la enfermedad. Constituían un importante recurso religioso y además ofrecía todos los elementos de un amplio ceremonial multiforme, con numerosas ramificaciones.
Uno de los demonios a los que más solían combatir era Lamashtu, del que se creía que atacaba principalmente a niños y a mujeres embarazadas. Las «recetas» para los ritos exorcísticos de los niños solían ser complejas: había que mezclar piel de caballo, grasa de pescado y de un cerdo de color blanco, ceniza, manteca, tierra recogida junto a las puertas de los templos, diferentes tipos de hierbas, etcétera. A su vez, se rodeaba el lecho donde yacía el pequeño enfermo con pasta de harina.
En cuanto a la mujer encinta, se la protegía colgando cerca de ella lo que se conocía como «piedras del parto». Pero también existían conjuros especiales para el dolor de muelas, contra la parálisis, contra enfermedades de diverso género, para expulsar a los demonios que se hubieran instalado en una casa e incluso ¡contra el perro que hubiese orinado sobre una persona!
Trasnporte de los leones alados de Nínive a Londres
Los textos que contienen exorcismos están la mayoría recogidos en las 30.000 tablillas de la biblioteca de Asurbanipal –descubiertas en Nínive en 1841 por el viajero británico y arqueólogo Austen Henry Layard–, de las que unas 800 están dedicadas a la medicina, la sobrenatural incluida. Él fue también el responsable del traslado de los leones alados de Nínive hasta el British Museum, impresionantes monumentos que tuvo ocasión de apreciar en 2014 en la capital inglesa y que te dejan sin aliento… imagináos en su contexto, en época de pleno esplendor de la ciudad asiria.
Divinidad sanadora
A pesar de que conocemos la existencia de la figura del âshipum, se desconoce cómo se transmitían estos conocimientos, aunque algunos investigadores apuntan que podría existir un centro principal en la ciudad de Isin, lugar de la diosa Gula, considerada la divinidad sanadora. Y es que la escritura cuneiforme alberga numerosos secretos en este sentido. En 2007, gracias a textos cuneiformes, la filóloga Barbara Böck, científica titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, logró reconstruir muchos de los métodos de cura que usaban los habitantes de Mesopotamia hace 4.000 años, centrándose también en la parte sobrenatural y mágica, siempre muy presente en estas culturas.
Por ejemplo, gracias a las traducciones de Böck y su equipo, conocemos el libro Mushu’u –«Masajes»–, escrito en las lenguas sumeria y acadia que contiene más de cincuenta conjuros que eran recitados por los exorcistas mientras se aplicaban los tratamientos para eliminar las migrañas o las parálisis. Existe también un libro donde hay recetas y textos médicos que explican el aceite que se usaba para dicho masaje y el mal que conseguía evitar. Lo untaban de un modo centrífugo, desde el torso a las extremidades del enfermo. Finalmente, colocaban amuletos en las muñecas y los tobillos para evitar que el demonio –o los demonios– volvieran a entrar en el cuerpo. Los mesopotámicos celebraban estos ritos por los general durante dos días concretos del mes de agosto de nuestro calendario, porque pensaban que eran los más idóneos para comunicarse con el más allá y poder expulsar de sus cuerpos a esa entidad maligna que formaba parte de toda una legión de seres del inframundo.
Al margen de la enfermedad, los demonios que podían afectar a otras esferas eran combatidos también por medio de la magia. Existían encantamientos específicos como la quema de esfinges para luchas contra seres malignos. Otras veces, se ofrecía a los demonios causantes de cualquier tipo de mal una víctima sustitutoria, normalmente un chivo, acompañado de oraciones y súplicas para que la entidad desistiera de su propósito. También se recitaban encantamientos en los ritos específicos contra los espíritus de los muertos. Toda la sociedad estaba impregnada por esta relación invisible.
Este post continuará escarbando entre la cenizas de la vieja Babilonia…
PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:
La editorial Trotta acaba de publicar una monumental y absorbente monografía sobre la vieja Mesopotamia y los reinos que configuraron aquella importante región, cuna de la civilización a caballo entre Oriente y Occidente. En Historia del Próximo Oriente Antiguo(ca. 3000-323 a.n.e.), el profesor de Historia en la Universidad de Columbia (EEUU) y fundador de la revista Journal of Ancient Near Eastern History, Marc van de Mieroop, realiza un minucioso y revelador recorrido por el nacimiento, el esplendor y el fin de los pueblos que se establecieron a orillas del Tigris y el Éufrates sentando las bases de una lejana modernidad.
Comienza con una mirada a los pueblos nómadas y sedentarios que acabaron estableciéndose en dicha región para después centrarse en los primeros grandes mandatarios, como Shamshi-Adad I, quien fuera rey de Asiria entre el 1813 y el 1781 a.C. y cuya biografía podemos reconstruir en parte a través de diversas fuentes, como los escritos hallados en las ruinas de Maria, en la actual Siria, la lista real asiria y la llamada Crónica de los Epónimos; luego continúa abordando profundamente la figura de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, y cómo sus leyes y su «código» del «ojo por ojo» revolucionaría la legislación babilónica para continuar con el reino hitita y la llamada «Edad Oscura», una época de crisis en la era antigua y punto de inflexión de un nuevo resurgir que acabaría floreciendo en distintos reinos como el Reino Nuevo Hitita o el Reino Medio elamita y, finalmente, en la eclosión de Persia y la creación de un imperio mundial bajo el cetro de grandes reyes como Darío I, Darío III o Jerjes.
Asimismo, en estas alumbradoras páginas De Mieroop nos ilustra sobre los sistemas políticos de los distintos pueblos asentados en esta zona del Próximo Oriente, la diplomacia, la guerra, las organizaciones sociales y, ya en el marco del imperio persa, su ascenso y expansión, los avances políticos, la administración y finalmente la inevitable caída tras siglos de esplendor. En definitiva, una completa obra sobre una de las grandes cunas de la civilización y, a pesar de su destacado papel en el avance humano y la historiografía, una gran desconocida por el gran público occidental frente a civilizaciones como la Grecia clásico o el Antiguo Egipto.