10 cosas que no sabías de la Lotería

22 de diciembre. Llegó el día de las ilusiones –la mayoría «espejismos»– por si , tras este trágico 2020, a alguno le toca un pellizco. Acaba de salir el Premio Gordo –72897– . ¡Enhorabuena a los agraciados! Aunque este año sin duda el mayor premio es no perder a ningún ser querido. Para los que no han resultado premiados, unas curiosidades sobre la Lotería. Por si el año que viene toca…

Por Óscar Herradón ©

1. El primer sorteo se celebró el 18 de diciembre de 1812 en Cádiz, en plena Guerra de la Independencia.

2. Su impulsor fue el ministro del Consejo y Cámara de Indias Ciriaco González de Carvajal, con la intención de aumentar los ingresos públicos «sin quebranto de los contribuyentes», para hacer frente a los elevados gastos militares de la guerra contra el francés.

3. Su primera denominación sería «Lotería Moderna». Hasta el 23 de diciembre de 1892 no sería llamado oficialmente «Sorteo Extraordinario de Navidad». El primer Premio Gordo se lo llevó el número 03604: el precio del décimo era de 40 reales y el premio ascendía a 8.000 de las antiguas pesetas.

4. En un principio se empleaban durante el sorteo números escritos a mano. Sería en 1913, más de cien años después, cuando se usaron por primera vez los bombos y las bolas de madera.

5. Este turbulento 2020 apenas hay público en el gigantesco Teatro Real –salvo algunos medios de comunicación y personal de Loterías y Apuestas del Estado–, algo que no sucedió ni siquiera durante la Guerra Civil: en 1938 se celebraron dos sorteos, uno en Barcelona y otro en Burgos. El Teatro Real fue el sitio escogido desde 2012. Desde 1963 se celebró en la sede de la Lotería Nacional, en la madrileña calle de Guzmán el Bueno y en 2010 se trasladó al Palacio de Congresos de la capital.

6. En 1936, algunos datos estadísticos indican que la recaudación por las ventas de la Lotería de Navidad suponían ¡un 1% del PIB!

7. En 1960 se incluyen por primera vez obras de arte en los décimos, más parecidos a los actuales, pero de mayor tamaño (como sucedía con los billetes). La primera fue un fragmento de la «Adoración de los Pastores» de Murillo, que se volvió a utilizar en los décimos de 2017.

8. Aunque la «Lotería Moderna» dio el pistoletazo de salida en 1812, ya existía un Sorteo Extraordinario de Navidad y los Niños de San Ildefonso ya empezaron a cantarlo ¡en 1771! Sin embargo, hasta 1984 no pudieron participar niñas, algo lógico –que no justificable– en una sociedad tradicional y patriarcal que se resistía a los cambios.

9. El origen de esta institución está en el «Colegio de los Niños de la Doctrina», fundado en 1543, con importantes innovaciones académicas de su tiempo. Años después se convirtió en un orfanato que acogía a niños abandonados y les brindaba una educación.

10. Como en todo juego de azar, las supersticiones tienen su miga este día: existe la creencia popular de que frotar el décimo sobre el lomo de un gato negro aumenta las posibilidades de éxito. Si lo que quiere uno –o todos, claro– es el Gordo, se debe pasar sobre el vientre de una embarazada o por la espalda de un jorobado. Está extendida la creencia de que si se sueña la noche anterior con un toro… nos tocará. También se recurre a fechas nefastas: este año se han agotado los décimos con el número 14320, correspondiente al día en que se decretó en España el estado de alarma a causa de la dichosa pandemia.

Prisiones siniestras de la historia (I)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Óscar Herradón ©

Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando éstos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano, algo que hoy se hace más palpable ante el azote de la Covid-19 y el confinamiento obligado, lo que nos hace sentir un poquito cómo deben sentirse estos hombres, por desalmados que hayan sido. Un reducto pétreo en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, que fue mucho, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo misterio que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe azulado.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ciudad de cualquier amenaza exterior, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrado los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet. Un presidio que en numerosas ocasiones fue «alojamiento» de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV, o «inquilinos» tan célebres como Voltaire, que fue encerrado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus «crímenes» –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Algunas prisiones medievales contaban con algo que ya forma parte del museo de los horrores de la historia, un museo con demasiadas piezas; las denominadas oubliettes según la voz francesa, una palabra que deriva de oubli –olvido– y que consistía en pozos horadados en el suelo que servían de mazmorras, pero que acababan por convertirse en tumbas. Allí se arrojaba a los prisioneros más temidos –o a aquellos que simplemente se habían atrevido a desafiar el orden establecido–, donde eran relegados al olvido, alejados del mundo de los vivos hasta que morían de agotamiento, enfermedad o inanición. Aunque no se sabe con certeza si realmente existió, la oubliette más célebre según las crónicas fue precisamente la de la prisión «regia» francesa.

En el siglo XIX, el escritor galo Luis Blanc trazó un siniestro retrato de lo que fuera la Bastilla antes de la Revolución Francesa, un lugar ocupado por jaulas de hierro, calabozos subterráneos que eran «nido de sapos, lagartos, ratas monstruosas, arañas; una enorme piedra por todo mobiliario, cubierta con un poco de paja». Espacios donde el reo respiraba un aire viciado, pestilente, rodeado de las sombras del misterio y condenado a un encierro casi perpetuo, ignorante incluso de la pena por la que había sido condenado.

Una prisión que ha dado pie a numerosas leyendas y que en su día fue conocida como «el infierno de los vivos». Los reos sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo habrían de salir. La Bastilla se convirtió así en símbolo del poder tiránico del rey, por lo que sería uno de los principales objetivos y símbolos de la Revolución Francesa, cuando fue tomada por una multitud enfervorecida que pretendía acabar con el símbolo del Antiguo Régimen. Aquello tuvo lugar el 14 de julio de 1789. El 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey, Luis XVI, símbolo para los franceses de un tiempo de oscuridad y prisiones que, bajo el gobierno revolucionario y sus aniquilaciones en masa sería todavía más siniestro.

La Torre de Londres

Dos fueron las prisiones más célebres de Inglaterra durante siglos: la Marshalsea –donde sobre los reos generalmente pendían delitos financieros– y la Torre de Londres, todavía hoy símbolo de tortura y habitáculo pétreo para entidades atormentadas, quizá el más célebre presidio, junto a Alcatraz y la Bastilla, de la historia más oscura del hombre.

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Situada a orillas del Támesis, fue fundada hacia el año 1066 por los normandos, con piedras blancas traídas de Francia. Sería Guillermo el Conquistador, en 1078, el encargado de construir la denominada Torre Blanca, comienzo de una edificaciónn que llamada posteriormente Palacio Real y Fortaleza de Su Majestad, sería utilizada tempranamente como prisión, convirtiéndose en símbolo de la opresión real. La Torre es un complejo fortificado de varios edificios situados dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso alrededor, y que sería ampliado en varias ocasiones durante los siglos XII y XIII, disposición que prácticamente se mantendría inalterable a partir de entonces. A partir del siglo XIV, con motivo de la coronación de un nuevo rey, una procesión partía desde este símbolo del poder de Inglaterra hasta la Abadía de Westminster, donde se realizaba la ceremonia en sí. Desde su construcción hasta el siglo XV fue utilizada también como residencia real, pero los Tudor preferirían utilizarla básicamente como fortaleza y prisión, una prisión rodeada de leyendas, estandarte del sufrimiento y la sinrazón humanas.

A lo largo de su historia, parece que solo unas siete personas fueron ejecutadas dentro de sus gruesos muros; lo común era trasladar a los condenados hasta una colina denominada Tower Hill, situada al norte de la fortaleza, donde a lo largo de cuatro siglos fueron ejecutadas al menos 112 personas, pero no sería raro que el número fuera mucho mayor. 

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Es célebre también su Torre Sangrienta –Bloody Tower–. En principio, dicha cámara era una especie de estancia «de lujo», donde eran retenidos personajes de renombre como el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, siendo quemado en la hoguera por orden de María Tudor al haber validado el matrimonio de su padre con Jane Seymour –no debemos olvidar que María era la hija de Catalina de Aragón, primera consorte y única legítima a ojos de los católicos del fallecido monarca inglés–. Pero más tarde pasaría a ser conocida con el escalofriante nombre actual, según la tradición, porque Ricardo III mandó asesinar en ella a sus sobrinos, aunque nunca se supo el verdadero destino de estos príncipes.

La Torre de Londres fue célebre en tiempos precisamente de los Tudor, con el citado monarca, tan pasional como depravado, su hija la católica María Tudor, y con su hermana, la protestante Isabel I –que curiosamente había estado encerrada varios años en dichas fortaleza–, cuando los espías a sueldo del secretario de Estado Francis Walsingham perseguían católicos con denuedo.

Máquinas de tortura, jaulas de hierro, una humedad y olor fétido que condenaba a los reos a un calvario constante… Durante el reinado del despiadado Enrique VIII, el verdugo más célebre de la fortaleza fue Sir Leonard Skevington, teniente de la Torre, quien ideó una máquina de tortura atroz y célebre desde entonces en Inglaterra: la llamada «hija de Scavenger –o Skevington–». Cuenta la tradición que durante un interrogatorio a un traidor al rey, en 1581, Skevington se encontró con el problema de que el reo medía más de dos metros, por lo que no podía ser torturado en el potro, la gran especialidad del jefe de los verdugos; fue así como a Leonard se le ocurrió crear un artilugio cuyo funcionamiento era precisamente el contrario al del potro: mientras este último se construyó para estirar las extremidades hasta casi desmembrarlas, la «hija de Scavenger» consistía en comprimir los miembros; era un dispositivo con dos grandes brazos que forzaban al reo a colocarse en posición fetal. Al ceñirlos podían destrozar la espalda y fracturar brazos y piernas; a medida que el acero presionaba la caja torácica, las costillas se fracturaban y dislocaban, los pulmones se comprimían y, en el momento culmen, la sangre brotaba a chorros por los orificios del cuerpo. Otra víctima de este terrible artefacto, poco usado por otra parte en los interrogatorios, fue Thomas Cottam, un sacerdote católico que fue ejecutado en tiempos de Isabel I de Inglaterra.

Famosa es también en la fortaleza la llamada «Puerta de los Traidores», que hoy puede verse en las visitas guiadas que se llevan a cabo en la fortaleza y que constituyen uno de los mayores atractivos turísticos de Londres. Construida por Eduardo I, en un primer momento esta, situada en la llamada Torre de St. Thomas, era una de las principales entradas fluviales del castillo, que cambió de nombre cuando se convirtió en el acceso por el que eran conducidos reos acusados de alta traición como Tomás Moro o Ana Bolena, cuya sombra, alargada, dicen que aún puede verse en su interior…

(Foto Óscar Herradón. Noviembre de 2014)

El «espectro» más célebre que aseguran se pasea por las dependencias de la Torre londinense, como digo, es el de Ana Bolena, decapitada por orden de su marido, Enrique VIII –quien tenía especial devoción por enviar a sus cónyuges al cadalso–, acusada de adulterio, incesto –con su hermano– y alta traición, quien permaneció encerrada en la prisión hasta su ejecución, en 1536. Cuentan que ha sido vista numerosas veces por miles de testigos en más de 100 lugares distintos de la fortaleza y la torre. Uno de los testimonios más célebres fue el de un joven centinela que 1864 hacía guardia debajo de la llamada «Casa de la Reina», quien aseguraba haberla visto recorrer los pasillos: de la niebla surgió una figura ataviada de blanco que, presurosa, se dirigía hacia él, traspasándole. Otra cosa es que aquella «visión» fuera fruto de la sugestión que y el temor que ya atenazaba a los guardianes, si no fuera porque la figura fue también vista por otros dos soldados, que aseguraron haber presenciado la escena. Otras leyendas del folclore inglés afirman que la madre de Isabel I, la Reina Virgen, solía aparecerse a los testigos sin cabeza, lo que se era fruto de la forma en la que había sido ajusticiada: decapitada por el verdugo.

Aunque parece no ser el único «fantasma» que se pasea a sus anchas por este símbolo londinense. Diversos testimonios afirman que también se aparece el de Lady Jane Grey, conocida como “la reina de los nueve días” –el escaso tiempo que reinó– quien también fue ejecutada en la Torre de Londres, donde fue encerrada por orden de la católica María Tudor al no renunciar a su credo protestante, acusada de participar en una rebelión de la que al parecer la desdichada ni siquiera había formado parte. Jane Grey fue sentenciada en febrero de 1554 y decapitada en la explanada que se hallaba en frente de la Torre. En 1957, en el aniversario de su ejecución, aseguran que un guardián vislumbró una masa blanquecina que acabó tomando la forma de Lady Jane, suceso corroborado por otro testigo.

(Fotografía Óscar Herradón. Noviembre de 2014. Con Teresa Nieto).

Otros «espectros célebres» son los de Thomas Beckett –quien aparece golpeando uno de los muros con su crucifijo–, o una procesión fantasmal que al parecer puede verse en el aniversario de la ejecución de Margarita Pole, ordenada por el sanguinario Enrique VIII que ya he citado anteriormente. Las extrañas apariciones han llegado a afectar a un edificio de oficinas de lujo situado frente a la fortaleza, cerca del Tower Bridge, donde los operarios de mantenimiento y limpieza afirman haber observado la aparición de una dama en la primera planta, junto al hall y también en los pasillos de la segunda planta. No obstante, la tradición fantasmagórica está fuertemente asentada en Inglaterra y Escocia, y fue impulsada por los escritores románticos, que dejaron una huella indeleble en sus gentes, muy predispuestas a observar «fenómenos extraños» que quizá no hayan tenido jamás lugar. Ya sabemos del fuerte poder de la sugestión…

Sea como fuere, la Torre de Londres y aledaños es un lugar misterioso y extraño que aún conserva entre sus muros el aroma de un tiempo de injusticia y temor en el que los monarcas dictaban sus órdenes implacablemente, por lo que se quizá se escuchen los lamentos eternos de los que allí fueron sacrificados sin compasión bajo el hacha del verdugo. Si alguien se aventura a visitarla, que le dedique al menos medio día entero, pues la visita el larga, fascinante, obligada para los apasionados de la historia.

La Isla del Diablo

Como en la archifamosa serie Perdidos, pero con un argumento tristemente real, los habitantes de la isla del diablo estaban prisioneros en un paraíso del que no podían escapar; su ubicación, el agua que la rodea, eran sus verdaderos barrotes. Una colonia penal en Panamá en la que tuvieron lugar hechos terribles, luctuosos, que todavía se palpan en ese ambiente por lo demás paradisíaco. Pero la exuberante vegetación no es capaz por sí sola de ocultar el sufrimiento y la muerte que allí tuvieron lugar, los miles de cadáveres que descansan bajo su tierra tras años de padecimientos indescriptibles.

La Isla del Diablo –nombre que también se daría a la estadounidense Alcatraz– es la más pequeña de las tres Islas de Salvación y se halla a 11 km de la costa de Guayana francesa, con una extensión de 0,14 km2. Rocosa y cubierta de vegetación tropical, se encuentra a unos 40 metros sobre el nivel del mar.

Su historia como presidio comienza en 1851, cuando el emperador francés Napoleón III decidió utilizarla para enviar lejos del país a prisioneros de todo tipo, desde criminales y asesinos a presos políticos. El presidio era administrado desde Korou, en tierra firme, pero las condiciones en la isla eran estremecedoras, en condiciones sanitarias y alimenticias infrahumanas, de ahí su significativo nombre. Desde 1852 hasta 1938 fueron enviados al lugar más de 80.000 prisioneros, la mayoría de los cuales no salía jamás con vida.

El penal fue clausurado en 1946, siendo repatriados a Francia la mayoría de sus presos, algunos tan célebres como Alfred Dreyfus, que pasó allí cuatro años hasta que fue declarado inocente en 1906 a raíz del «Caso Dreyfus», el anarquista Clément Duval, quien escribiría en sus Memorias acerca de su paso por la isla, describiéndola como «uno de los barrios bajos de Sodoma, construida en la sombra de la bienintencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal». Al margen de esta descripción, influenciada sin duda por su pensamiento político, lo cierto es que la Isla del Diablo fue un lugar sobrecogedor. Quien mejor plasmó sus vivencias en aquel paraíso tropical que tras su exuberante vegetación ocultaba lo más sórdido de la humana, fue Henri Charrière, quien a través de su célebre novela Papillon –llevada también con éxito al cine por Franklin J. Schaffner en 1973– narraba sus numerosos intentos de fuga de las Islas de Salvación y también de la Isla del Diablo, describiendo algunas de las atrocidades que allí se cometían. Un historia cuya veracidad ha sido cuestionada numerosas veces, pero que no desmerece la siniestra fama de un lugar que, como bien indica su nombre, parecía haber sido construido y custodiado por los lugartenientes del príncipe de las tinieblas.

Este post continuará, tras los barrotes…

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.

La conspiración del rock (II)

Desde que los Rolling Stones se autoproclamaron «Sus Satánicas Majestades», el mundo del rock ha sido relacionado con el Maligno y su cohorte de acólitos que, guitarra en mano, realizaban su particular aquelarre musical para invocar –y deleitar– al príncipe de las tinieblas.

Óscar Herradón ©

El «pacto con el diablo» ha sido una de las leyendas rockeras más habituales entre conspiracionistas, que en una época tan lejana como principios del siglo pasado, ya se atribuía al guitarrista de blues Robert Johnson, quien, para alcanzar el estrellato, habría llegado a un acuerdo con el diablo en un cruce de caminos de vaya usted a saber dónde. Probablemente en algún descampado de la América oriunda. La lista de personajes marcados por el malditismo satánico es extensa: los rockers Eddie Cochran, Gene Vincent, Buddy Holly, Johnny Burnette y Vince Tayler, ninguno de los cuales alcanzó la edad adulta, falleciendo fatalmente, algunos de ellos en extrañas circunstancias; ni qué decir tiene en los tiempos en los que el rock se erigió en la música de la contracultura.

Black Sabbath coqueteó con el satanismo –que utilizó a modo de marketing de forma brillante– en todos sus años en activo, y su líder, Ozzy Osbourne, gustaba de aparecer, en su época en solitario, ataviado en las portadas de sus discos cual émulo del maligno, con cuernos y todo. Pero los años pasan factura, y los excesos, por muchos «pactos malignos» que uno haya hecho… En los Premios Grammy de este 2020, que tuvieron lugar en el Staples Center de Los Ángeles el 26 de enero, cuando nadie pensaba aún que la pandemia de Covid-19 se abatiría implacable sobre un mundo todavía centrado en espectáculos de masas y premios, el bueno de Ozzy lucía un bastón, en su primera aparición ante los medios desde que hiciese público que padece Parkinson. No obstante, al extravagante músico aún le queda cuerda para rato.

Otro de los personajes que se vinculan al satanismo es el inefable Charles Manson, músico frustrado antes de ser el gurú de un grupo de chalados que, esperando el Apocalipsis, acabaron con la vida de Sharon Tate y otras cuatro personas en el 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills. Lo menciono porque su sueño, al parecer, y la razón de que acabara enviando a su Familia a aquella mansión aquel fatídico día de finales de los sesenta fue precisamente su carrera frustrada en el mundo de la música. En 1993, los Guns N’ Roses previos a su separación versionaban la canción Look at your game girl en el álbum The Spaguetti Incident? escrita por el propio Manson, lo que les valió una buena demanda. Puestos a provocar… La forma de burlar la censura fue incluir el tema al final del disco, aunque sin citarlo en los títulos de crédito. Quizá aquella fue la razón del ocaso de una de las grandes bandas de rock de finales de los 80 y principios de los 90.

El discípulo de La Bestia

Pero la leyenda urbana que relaciona rock y satanismo de forma más elaborada es la que tiene como protagonista a la influyente banda de rock progresivo Led Zeppelin. Ello se debió principalmente a que el brillante guitarrista de la banda, Jimmy Page, mostró toda su vida afición por el ocultismo y el esoterismo. Al margen de que el lector pierda el tiempo escuchando Stairway to Heaven al revés, por si se encuentra oculta una letanía diabólica, lo  cierto es que Page abrió una librería especializada en esoterismo a principios de los años 70 en Londres, cuyo nombre era The Equinox Booksellers and Publishers –«Vendedores de libros y editores del Equinoccio»–, que llegaría a publicar, entre otros, el libro The Goetia, de Aleister Crowley, en su edición de 1904, librería que el guitarrista acabaría cerrando por el tiempo que le ocupaban las giras con los Zeppelin cuando ya se habían convertido en un mega grupo.

Lo cierto es que la figura del ocultista británico fascinaba a Page, que compró la residencia de Crowley en Escocia, la Boleskine House. Siempre que tenía alguna temporada libre viajaba a los lugares en los que había vivido el adepto de la Golden Down. Precisamente en una de estas ocasiones se sobredimensionaría la leyenda negra de Led Zeppelin: en 1975, mientras Robert Plant, el cantante, y Jimmy Page, se hallaban de vacaciones en Rodas con sus respectivas familias, el guitarrista hizo un viaje hasta las proximidades de Cefalú, en Sicilia, para visitar la morada de Crowley en el lugar: la abadía de Thélema. Justo al día siguiente, los Plant sufrieron un accidente de coche en el que Robert resultó herido grave y su esposa estuvo a punto de morir. Apenas dos años después, el 26 de julio de 1977, su hijo pequeño, Karac Plant, falleció de una fulminante infección de estómago. Para los teóricos de la conspiración, todo era culpa de Page y su afición a lo oculto, leyenda que se sobredimensionó con la muerte en casa del propio guitarrista de John Bonham, batería de Led Zeppelin, según cuentan, ahogado en su propio vómito de una ingesta brutal de vodka.

Algo más que un símbolo

Como sucede con los discos de los Rolling, los Beatles o el primero de Black Sabbath –en el que aparece una mujer que, cuenta la rumorología, se trataría nada menos que de un espíritu–, los discos de los Zeppelin también tienen su historia negra. Precisamente en el punto álgido de su carrera, en 1971, la banda publicaba Led Zeppelin IV, el álbum de la polémica en el que se incluyeron cuatro símbolos rúnicos con el que se identificaba cada uno de los miembros del grupo. El que más llamó la atención, por ser desconocido, era el de Page, que respondía a las siglas ZoSo, y que pronto desataría rumores de todo tipo, a cual más enrevesado.

Portada del discazo Led Zeppelin IV (1971)

A partir de entonces, Jimmy Page solía aparecer en escena con los símbolos del zodíaco bordados en sus setenteros ropajes, con el ZoSo destacando sobre todo lo demás. Teorías hay para todos los gustos: que si se trataba de un símbolo cabalístico, que si podía derivar de un estilizado «666», el número de la Bestia –el propio Crowley se autodefinía como La Gran Bestia–, o de un signo que apareció por primera vez en un texto distribuido en su librería esotérica: Zos Speaks, del artista esotérico londinense Austin Osman Spare.

La teoría más creíble es que tuviera su origen en un grimorio de 1557, Ars Magica Arteficii, escrito por el astrónomo y médico renacentista Gerolamo Cardano, donde se identifica el símbolo ZoSo como satánico, quizá un simple entretenimiento de Page que, no obstante, era bastante versado en ciencias ocultas. Lo que me cuesta mucho creer es que fuera un brujo al estilo de su querido Frater Perdurabo, o que realizara misas satánicas como se han atrevido a decir los más incautos. Sea como fuere, ahí tenemos su música, demoníaca o no, para seguir deleitándonos cincuenta años después.

Y aunque el satanismo continúa siendo un recurso manido de parte de la escena musical más extrema –en los noventa recurrió a él Marilyn Manson para provocar, en los 2000 otras numerosas bandas deudoras de su estilo y en la actualidad otras de gran celebridad como Ghost, cuyo cantante, Tobias Forge (quien ocultó su identidad durante los primeros años del grupo) se hace llamar Papa Emeritus IV (o Nihil) y además de maquillaje siniestro, luce vestiduras papales y ¡mitra! Cosas del espectáculo. Pues eso, que aunque continúa siendo un filón, mención aparte merece el llamado Inner Circle noruego y cómo a unos cuantos de la escena Black Metal nórdica se les fue algo la pinza y el asunto de las manos a principios de los noventa del siglo pasado. No obstante, no hay que olvidar que el satanismo es, para todo un tropel de adeptos, religión –en algunos sitios incluso oficial– y poco tiene que ver con hacer el mal y sí más con disfrutar de los «placeres de la vida». No tardaremos en sumergirnos en el Inner Circle en «Dentro del Pandemónium». Miedito da lo que hicieron aquellos tipos…

PARA CURIOSEAR MÁS:

Ediciones Luciérnaga acaba de publicar un libro que le viene que ni pintado a esta segunda parte conspirativa del guitarreo. Lo ha escrito el divulgador Javier Ramos de los Santos y lleva por título, precisamente, Historia maldita del rock. En sus páginas, llenas de curiosidades de esas que tanto nos gustan en «Dentro del Pandemónium», podrás saber más sobre las historias narradas en el blog, como la leyenda «Paul is Dead», que los propios Beatles, no tan inocentes como pudiera parecer, pues eran mucho más que los «chicos buenos» del rock, contribuyeron a expandir; el club «maldito» de los 27 formado por grandes como Jim, Janis o Jimi –las tres «J»–, Kurt Cobain o Amy Winehouse, entre otros; si es cierto que existen canciones de rock que «incitan» al suicidio –al menos de esos se ha acusado a algunos grupos, que incluso han sido llevados a juicio– o si es cierto que el guitarrista de los Zeppelin, el virtuoso de ojos rasgados Jimmy Page, hizo un pacto con el diablo… entre otras perlas rockeras de las que venimos hablando en este post.

Unas páginas cargadas de decibelios en las que canciones de ultratumba se dan la mano con muertes extrañas y desapariciones que hacen las delicias de los movimientos conspirativos, alguna que otra leyenda urbana –como esa de que Elvis sigue vivo o que Michael Jackson se cambió el color de la piel porque «odiaba ser negro»– y verdades como puños que uno ni siquiera podría imaginar que fueran reales. He aquí la portada:

Rebeldes del Rock (Ma Non Troppo)

Uno de los libros más sugerentes de los últimos meses es también cosecha de Redbook Ediciones a través de su sello Ma Non Troppo: Rebeldes del Rock, de Manuel López Roy. Un interesante y novedoso acercamiento a las estrellas del acorde precisamente analizando lo que este género de masas tiene de transgresor –característica que forma parte de su nacimiento y de su mismo ADN–, un viaje psicodélico por su intrahistoria.

El autor muestra el rock en su más pura esencia desde sus inicios: es contestatario, irreverente y/o juvenil (aunque no siempre: el que ama el rock lo hace de por vida, también en la senectud). Roy habla del género como una manifestación de la música popular que, desde sus comienzos, «ha sido uno de los vehículos fundamentales para expresar el descontento y la protesta, tanto política como social, de los ciudadanos». Y sitúa el nacimiento del género, en los 50, unido a la rebeldía como aspecto destacado de los músicos que lo tocaron y cantaron, sin olvidar otros géneros como el punk, el rap e incluso el pop. Una forma de rebelarse contra el status quo.

El volumen habla de músicos (por sus páginas desfilan desde Jerry Lee Lewis a John Lennon, de Gil Scott-Heron a Bruce Springsteen, de Patty Smith a Dead Kennedys, de los Teddy Boys a Van Rock, entre muchos otros), pero también los movimientos que nacieron a su cobijo, como los pandilleros: los greasers, los mods, los hippies o los teddy boys, y se analiza la sociedad de cada década tomando como referencia las grandes figuras que emergieron en cada momento, la mayor de las veces como forma de desobediencia.

A pesar de que autores anteriores como Peter Seeger o Woody Guthrie, así como el «maldito» Robert Johnson ya mostraron dicha actitud, será con Elvis y Sun Records cuando comience la verdadera eclosión del rock and roll. Y a partir de ahí, ya no habrá forma de pararlo, ni desde las grandes instituciones ni desde los gobiernos más implacables. Puesto que el rock creaba no solo tendencias, sino estilos de vida, las autoridades se echaban a temblar. Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis, John Lennon… todos ellos fueron objeto de vigilancia del FBI y otras autoridades estadounidenses.

Así, el libro está salpicado de anécdotas fascinantes y poco divulgadas en relación con grandes estrellas: el FBI contra Jimi Hendrix, el experimento de rebeldía interracial que supuso a finales de los 60 y principios de los 70 la Coalición Arco Iris, la persecución del rock tras el telón de acero y hasta la convulsa disolución de la URSS o los sonidos de la antiglobalización. Una historia ampliamente documentada y de prosa excitante sobre el rock contestatario, un viaje fascinante por su turbulenta historia y la lucha contra la injusticia, los totalitarismos –fascistas y comunistas– y el poder establecido, del color que sea.

He aquí el enlace para adquirir este imprescindible volumen:

Long Live Rock ‘n’ Roll!!!!!!