La conspiración del rock (I)

Extraños suicidios, control mental, agencias de inteligencia, coqueteos con el satanismo, maldiciones y dobles… el mundo de la música, y concretamente el amplio espectro del rock y sus estrellas, han sido el centro de numerosas leyendas urbanas que todavía hoy siguen dando que hablar en las redes sociales. Señoras y señores, con todos ustedes, la conspiración del rock…

Óscar Herradón ©

(Pexels. Free License. Melvin Buezo)

La poesía, la pintura, la música… han sido en numerosas ocasiones sinónimos de transgresión, formas de arte temidas por aquellos que ostentaban el poder por su capacidad para despertar sensaciones y causar fervor entre un público habituado a obedecer sin objeciones. Vehículos cultos de la contracultura. La década de los 60 y 70 del siglo pasado no fue una excepción. El rock y el punk se erigían como forma transgresora, de denuncia, de una sociedad que parecía caminar hacia el abismo, como la que vivimos hoy en día.

Estados Unidos era entonces –y aún sigue siendo– la primera potencia mundial, y en un país sumergido en la interminable guerra de Vietnam, que estaba siendo una masacre para los soldados americanos, en la que afloraban las drogas y los movimientos sociales surgían con una fuerza desconocida enfrentándose al stablishment (o establishment, según gusten) no fueron pocas las bandas y los cantautores que decidieron unirse a la protesta y marchar hacia la Casa Blanca enarbolando la bandera de la paz y la libertad: Bob Dylan, Tom Waits, Patti Smith… se erigían en líderes del descontento que a través de himnos inolvidables movían a las masas, hasta entonces zombificadas, a revelarse.

Pero si hubo un nombre que entre todos los iconos de la música se erigió como bastión de los desheredados, de las minorías, del canto a la libertad en tiempos de intolerancia, ese fue sin duda el ex Beatle John Lennon, que junto a su mujer Yoko Ono desafió como pocos el orden imperante en el país de la bandera tricolor y los frentes abiertos en todo el mundo a través de sus agencias de inteligencia y de su Ejército «invencible».

De cantante y guitarrista de culto, hombre que reinventó la música con The Beatles, Lennon, en su etapa en solitario y tras una tumultuosa separación de los de Liverpool –hay quien dice que por culpa de la influencia de Yoko–, el músico de nariz aguileña, larga melena e inconfundibles gafas redondas, se convirtió en el ojo del huracán. Pero ya en los tiempos en que compartía escenario con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, se convirtió en un objetivo para la CIA al declarar, a mediados de los años 60, que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Sus palabras, sacadas evidentemente de contexto por los que le veían como un pacifista –serlo entonces en América era casi como ser terrorista–, provocaron quemas masivas de discos de los músicos británicos e incluso el Ku Klux Klan volvió a gozar de cierto éxito entre los más conservadores como defensores de la moralidad y del sistema de valores que rendía culto a Dios y a la raza blanca haciendo honor a las siglas W.A.S.P.: «Blanco, Anglosajón y Protestante» (White, Anglo-Saxon and Protestant).

En 1971, ya separados los de Liverpool, Lennon se trasladó con su esposa, la también controvertida Yoko Ono, a Nueva York, y saltaron las alarmas de las agencias de inteligencia y de la administración Nixon, que le veía como una amenaza para la seguridad nacional en un tiempo en el que la CIA realizaba operaciones entonces ultrasecretas como MK-Ultra o MK-Chaos, esta última encaminada a infiltrar agentes entre los movimientos de contracultura que actuaban como espías de los literatos, los músicos –principalmente de rock y cantautores como Bob Dylan–, y que, regresando a la leyenda urbana, habrían sido responsables, entre otras, de la muerte de Jimi Hendrix, que al parecer no habría fallecido de sobredosis sino ¡ahogado con su mugrienta bufanda en una cuba de alcohol! Historias hay de todo tipo, desde luego para entretenerse bastante horas… Credibilidad: cero.

Jimi Hendrix

Sí fueron ciertas, no obstante, dichas operaciones de inteligencia, que veían en los movimientos pacifistas una amenaza tan preocupante como la de los Panteras Negras o los discursos de Martin Luther King y Malcolm X. John Lennon no solo era una estrella de la música, también era el más importante de los artistas revolucionarios y encabezaba manifestaciones no autorizadas megáfono en mano junto a Yoko. Era amigo de personajes incómodos y perseguidos como Abbie Hoffman, líder del Partido Internacional de la Juventud y el activista social Jerry Rubin, uno de los «Siete de Chicago».

Persecución y escuchas ilegales

La Administración Nixon se cebó con Lennon, siguiendo cada uno de sus movimientos, tanto, que el propio músico bromearía con la enorme cantidad de veces de aparecían «los técnicos del teléfono» por su domicilio; sin duda alguna lo tendría pinchado… Su enorme poder de convocatoria, sus provocaciones reiteradas –cuando posó desnudo con Yoko en 1968, fotos que causaron conmoción en una América puritana e hipócrita–, provocaron actos de seguimiento de las fuerzas de seguridad, escuchas ilegales –o alegales, porque la CIA tenía autoridad para todo–, amenazas como negarle el permiso de residencia y numerosos informes llenos de connotaciones peyorativas como en el caso de Jim Morrison, recabados por los federales y los servicios de inteligencia, en los que se recalcaba la figura de Lennon con «un personaje nocivo para el bienestar estadounidense».

John y Yoko, provocadores «antisistema»

Así que cuando la noche del 8 de diciembre Lennon era tiroteado a las puertas del edificio Dakota, donde vivía –y donde además de rodarse La Semilla del Diablo y donde había vivido un tiempo el ocultista por antonomasia del siglo XX, Aleister Crowley, rodeado de malditismo–, por el introvertido Mark David Chapman –volveremos sobre este punto en un nuevo y amplio post–, aparte de conmocionarse el mundo del espectáculo y la prensa internacional, saltaron todas las alarmas para los conspiracionistas. Según la versión oficial, Chapman, un personaje extraño que había trabajado como coordinador para la Young Men Christian Association –YMCA–, y que había intentado suicidarse por asfixia con monóxido de carbono, siendo ingresado posteriormente en el Castle Memorial Hospital –donde al parecer el ejército estadounidense había realizado experimentos de control mental en los años 60 y donde trabajaría Chapman en la imprenta–, disparó a Lennon y se quedó en la escena del crimen tan tranquilo, leyendo El Guardián entre el Centeno, de J. D. Salinger, libro rodeado también de un aura de malditismo que contribuyó a incrementar el «malditismo» de tan inefable crimen del que el pasado martes 8 de diciembre se cumplieron nada menos que 40 años. Cuatro décadas desde que el mundo es un poquito peor.

Horas agónicas

Años más tarde, Chapman realizó una entrevista en exclusiva desde prisión a la BBC en la que recordaba el momento en que tuvo a Lennon ante él: «Pasó a mi lado y entonces escuché en mi cabeza: ‘hazlo, hazlo, hazlo’; una y otra vez». Y, con un cinismo que rozaba el paroxismo, continuaba completamente tranquilo, como si hubiese robado un caramelo en lugar de asesinado a una estrella: «No recuerdo tener intención de hacerlo. Debí de haberlo hecho, pero no recuerdo siquiera haber apuntado, o como quieran llamarlo. Simplemente apreté el gatillo cinco veces». Lo hizo con balas huecas, para causar el mayor daño posible. Cuatro de ellas impactaron contra el músico. El primer periodista en cubrir el suceso fue Alan Weiss, quien, capricho del destino, fue conducido debido a un accidente al mismo hospital al que trasladaron a Lennon, el Roosevelt Hospital, en el Upper West Side. Weiss trabajaba entonces en el departamento de producción de un de un canal de noticias local neoyorquino. Aquella noche del 8 de diciembre, mientras volvía a casa en su moto atravesando Central Park, un taxi le golpeó y salió volando por encima del manillar. Así comenzaba su crónica, estremecedora, una vez que se encontró con la situación en el Upper West: «Yo estaba tumbado en la camilla, y detrás de mí se abre una puerta y aparece un hombre gritando: ¡tenemos una herida de bala! ¡Una herida de bala en el pecho!». El trágico desenlace ya lo conocemos.

Volviendo a la entrevista que Chapman concendió a la BBC, la misma despertó la curiosidad del periodista Fenton Bresler, que empezó a pensar que podría haberse tratado de un experimento de control mental de la CIA, uno de tantos proyectos englobados bajo el nombre en clave MK-Ultra y que haría famosa la película El Mensajero del Miedo, estrenada en 1962. El hecho de que los asesinos relevantes y los magnicidas –Sirhan Sirhan o James Earl Ray, entre otros– fueran personajes solitarios, a menudo enajenados, llevó a Bresler a postular que Chapman había sido nada menos que «programado» por los servicios secretos para asesinar a Lennon. Algo que suena a ciencia ficción, pero lo cierto es que los experimentos de control mental eran algo habitual en aquellos tiempos en las agencias estadounidenses. Que Chapman hubiese sido inducido para cometer el crimen suena más bien a despropósito.

Aún así, Bresler escribió el libro Who killed John Lennon?¿Quién mató a John Lennon?– que destapó la caja de Pandora de otra teoría más, muy elaborada, de la conspiración. El periodista había entrevistado al teniente O’Connor de la policía de Nueva York, encargado del caso, y éste le dijo que le había extrañado la tranquilidad de Chapman tras el crimen, y que «podría haber escapado muy fácilmente solo con haberlo querido. Tenía el metro al lado y no había nadie cerca que pudiera haberlo parado».

MK-Ultra, ¿la gran conspiración?

Los conspiracionistas creyeron encontrar conexiones entre la participación de Chapman en la YMCA y el MK-Ultra, puesto que eran supuestos caladeros de la CIA camuflados bajo la batuta de organizaciones humanitarias, aunque no existen archivos sobre las labores que Mark David realizó en Hawái y en el Líbano, donde al parecer se trasladó a un campo de reasentamiento donde ayudó a refugiados vietnamitas. Lo que es seguro es que Lennon dejó abruptamente de ser una molestia para la Administración estadounidense, y aunque el demócrata Jimmy Carter todavía era presidente el 8 de diciembre de 1980, las elecciones celebradas casi un mes antes habían dado como ganador a Ronald Reagan, que en asuntos de Seguridad Nacional prefería tomar el relevo de Richard Nixon y sus políticas reaccionarias.

Aquel día Chapman se convirtió en otro de los hombres más odiados de América –hay quien cree que solo buscaba ser protagonista de algo, y vaya si lo fue– y el ex beatle se convertía a su vez en leyenda viva de la historia del rock. Bueno, leyenda viva per se, trascendiendo los géneros. Una leyenda que permanece incólume –a pesar de la publicación de escándalos varios de su vida privada en estas décadas–, hasta hoy. Precisamente hace tan solo unos días se cumplían 40 años de aquel trágico día, en que todo el planeta, de un rincón a otro, rindió homenaje al hombre que imaginó un mundo mejor, pero que no logró conseguirlo. Hoy, ese mundo no ha cambiado mucho, por desgracia. Pero The Beatles y Lennon son inmortales, le moleste a quien le moleste, establishment viejo y nuevo incluidos, y sus canciones permanecen como uno de los grandes legados culturales del siglo XX. Qué leches, de todos los tiempos.

PARA INDAGAR MÁS, LAS MEJORES NOVEDADES:

El libro Rebeldes del Rock, del periodista musical Manuel Pérez Poy, se encarga de numerosos grupos y múscios individuales que fueron contra el establishment y trascendieron la música, que usaron muchas veces como vehículo de denuncia de un sistema corrupto y plagado de injusticias (que hoy, por desgracia, permanece prácticamente igual, o peor). Por supuesto, la figura de Lennon también es abordada en las páginas de este sugerente ensayo, lleno de anécdotas y de prosa ingeniosa y punzante que ha publicado recientemente Redbook Ediciones.

También Redbook es la artífice de la publicación de El lado oscuro del rock, firmado por el veterano crítico musical José Luis Martín, un sugerente título que ampliaremos próximamente en «Dentro del Pandemónium» y donde el autor se sumerge en uno de los aspectos más fascinante del género: cómo influyó en él el ocultismo, las artes adivinatorias, las sectas, la magia e incluso los rituales satánicos. Un ensayo que desmonta ideas preconcebidas y lugares comunes de bandas como The Beatles que, como afirma el autor, «de chicos buenos, nada».

Por su parte, Libros Cúpula acaba de publicar ¿Quién mató a John Lennon? El retrato del hombre detrás del misterio, de la prestigiosa periodista musical inglesa Leslie-Ann Jones, la nueva y probablemente definitiva biografía del músico y activista que explora sus claroscuros, su creación, su prematura y oscura muerte y su legado. Su contenido lo abordaremos en profundidad en un inminente post y que se ha lanzado coincidiendo con el 40 aniversario de la trágica muerte del multiinstrumentista que fue figura principal de los cuatro de Liverpool.

TO BE CONTINUED

John Lennon: 40 años de incógnitas

Es, en presente, una de las figuras más importantes de la música del siglo XX. Personaje multifacético y controvertido, puso fin a la evolución de una de las bandas más grandes de todos los tiempos, The Beatles, por sus diferencias irreconciliables con otro grande, aún vivo, Paul McCartney, según las malas lenguas por la influencia de Yoko Ono. Icono de la contracultura estadounidense de los años 60 y 70, fue seguido de cerca por el FBI. Hoy se cumplen 40 años de su trágico asesinato a manos de un fan «iluminado» que lleva cuatro décadas durmiendo en prisión.

Óscar Herradón ©

A la espera de dedicarle un post como se merece, en este cuarenta aniversario hablo brevemente sobre las teorías de la conspiración –probablemente inocuas– que rodean a la muerte del creador de himnos como Stand by me o Imagine desde el primer momento, cuando saltó la noticia de su muerte, apenas unos meses después de que un servidor viniera a este «mundo de locos» que Lennon, en vano, había intentado hacer mejor.

Era el 8 de diciembre de 1980, en las gélidas calles de Nueva York, a las puertas del lujoso edificio Dakota, con fama de maldito –fama que por supuesto se incrementó tras el suceso– cuando el joven católico y fan de los Beatles Mark David Chapman descargó su revolver sobre John Lennon, que murió poco después camino del hospital.

Para muchos, más allá de la versión oficial, todo aquello fue muy extraño si tenemos en cuenta que Lennon se había autoproclamado pacifista en la América violenta de la Guerra de Vietnam, defendía el aborto y el feminismo y fue un impulsor de las libertades y de las reivindicaciones de la comunidad afroamericana cinco décadas antes del Black Lives Matter, cuando sus miembros estaban mucho más que hoy en el punto de mira de las autoridades «blancas». Lennon, incluso, llegó a defender ¡a los Panteras Negras! Aquello molestaba a muchos, sobre todo a la América más reaccionaria, la antecesora de lo que en la actualidad representan Trump y sus acólitos, y gentes aún más oscuras, y en concreto a J. Edgar Hoover, que puso a sus «chacales» del FBI a seguir cada uno de los pasos del músico reconvertido en líder de masas años antes de su tráfico final.

En Internet las motivaciones del asesino de Lennon, que aún sigue entre rejas, son variadas: desde que existe una «conexión extraterrestre» del crimen a que Chapman no habría sido el verdadero tirador. Pero la teoría conspirativa con más vigencia es la que afirma que Chapman, efectivamente, apretó el gatillo, pero se trataría de un «asesino programado» bajo el control del Proyecto MK-Ultra, hipótesis que popularizó el periodista estadounidense ya fallecido Fenton Bresler en su libro superventas Who killed John Lennon? (1989).

Según éste, Chapman habría viajado al Líbano a los 19 años a través de la Asociación Cristiana de Jóvenes –este punto sí es real–, en realidad una tapadera de la CIA, siempre presente en cualquier asunto político que huela a turbiedad, y en el desierto Mark David habría sido sometido a terapias hipnóticas y lavados de cerebro con drogas psicodélicas, convirtiéndose después en agente externo de la organización con sede en Langley, Virginia (EEUU). Hoy, aquel excéntrico que afirmaría odiar a Lennon por haberse vendido y renegar de lo que proclamaba en sus canciones, y que, fuera cual fuese la verdadera causa se llevó por delante la vida del multiinstrumentista un 8 de diciembre de 1980 –usando, según confesó con cinismo, balas huecas para causarle más daño–, continúa entre rejas, en el Wende Correctional Facility, una prisión de máxima seguridad en el Condado de Erie, en Nueva York, donde también cumple condena el productor de cine Harvey Weinstein. Este mismo año, en la undécima audiencia para su Libertad Condicional, el tribunal competente denegó a Chapman, una vez más, su salida de prisión. No era el mejor año para ello.

Lennon firma un disco a su asesino cinco horas antes del crimen

Por su parte, en 2016 era liberado de un psiquiátrico penitenciario John Hinckley Jr., 35 años después de su intento de asesinato del entonces presidente Ronald Reagan. Como Chapman, mostró una obsesión incomprensible por el libro de J. D. Salinger El Guardián entre el Centeno, que muchos consideran una suerte de resorte para activar la mente de aquellos «candidatos manchurianos» previamente «programados» por los experimentos de control mental de la CIA. Quién sabe.

Beatlefilia

A la espera de hincarle el diente al libro de la biógrafa musical Lesley Ann-Jones, ¿Quién mató a John Lennon? El retrato del hombre detrás del misterio, editado en España por Libros Cúpula, invito a los beatlemaníacos a sumergirse en las páginas de dos hermosos (visualmente) y completos libros que ha publicado recientemente Redbook Ediciones sobre la banda británica; una verdadera delicia para recordar a Lennon y a los otros tres de Liverpool:

–En Una historia de los Beatles. Las claves de por qué son el mejor grupo de la historia, el doctor en Psicología Social César San Juan Guillén, uno de los mayores expertos en el «universo beatle» en el ámbito hispanohablante, nos brinda una historia muy personal sobre todo aquello que rodea a la banda, desde su nacimiento, el proceso de formación y el concurrido laberinto del «quinto beatle» –leyendas urbanas incluidas–, a las diferentes etapas por las que pasaron, las rarezas musicales, el efecto de sus cuidadas producciones en nuestra misma existencia y el poso cultural que han dejado hasta su controvertida separación.

–Y en The Beatles de la A a la Z. Iconos, influyentes, revolucionarios (los epítetos se nos quedan siempre cortos), el DJ y periodista musical británico Steve Wilde recorre la extraordinaria trayectoria del «grupo de los grupos», ese que muchos dicen que «lo inventó todo»: desde sus primeros días en Liverpool –en el legendario The Cavern Club, donde hoy se les rinde tributo con actuaciones en directo día y noche, al menos cuando no había Covid–, y sus agotadores conciertos en Hamburgo, siguiendo su ascenso a través del fenómeno fan y convertirse en «más grandes que Jesús», hasta las grabaciones en una azotea, la inevitable separación y la tragedia, que hoy, 40 años después de la muerte de John Lennon un lejano 8 de diciembre de 1980, hacen que el recuerdo de los cuatro de Liverpool esté más VIVO que nunca. Una joya para fans y nostálgicos ilustrada por Chantel de Sousa.

Por su parte, Libros Cúpula acaba de publicar ¿Quién mató a John Lennon? El retrato del hombre detrás del misterio, de la prestigiosa periodista musical inglesa Leslie-Ann Jones, la nueva y probablemente definitiva biografía del músico y activista que explora sus claroscuros, su creación, su prematura y oscura muerte y su legado. Su contenido lo abordaremos en profundidad en un inminente post y que se ha lanzado coincidiendo con el 40 aniversario de la trágica muerte del multiinstrumentista que fue figura principal de los cuatro de Liverpool.

Payasos «asesinos»: algo más que una moda pasajera (III)

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos

Óscar Herradón ©

El origen del payaso –con variaciones– se puede rastrear muy atrás en el tiempo, siendo el heredero de los bufones medievales y, principalmente, de los personajes de la Comedia del Arte de los siglos XVI y XVII y su posterior disolución, como el Pierrot –que acaba por convertirse en el «payaso triste»–, muriendo los mismos y renaciendo con la aparición del circo moderno bajo diferentes formas. Por ejemplo, en Inglaterra y Alemania la respuesta a Polichinela y Arlequín se hizo evidente en los clowns y los hanswurst respectivamente.

Pero, si hacemos caso a otras fuentes, su origen se remonta mucho más en el tiempo. El bufón es el arquetipo de lo que más tarde sería el payaso. Bufones o personajes de similar factura podemos rastrearlos en el Antiguo Egipto, en China, Babilonia, Grecia y Roma, y podríamos considerar a su quehacer uno de los oficios más antiguos del mundo.

Acaso la noticia más remota sobre el supuesto primer payaso con trabajo fijo de la historia se encuentre en el Tersites de Homero, personaje que divertía a los guerreros griegos en la retaguardia durante los períodos bélicos. En China fue célebre el bufón Yu-sze, quien acabó por detener la matanza de obreros en las obras de la Gran Muralla, convirtiéndose en una suerte de héroe del pueblo. Por otro lado, en Malasia nacieron los P’rang, un grupo de hombres que se tocaran con enormes turbantes, y lucían máscaras de carrillos abultados y colores extravagantes sobre las cejas. En la antigua Roma se celebraban las fiestas del Ager, relatadas por Virgilio, donde personajes enmascarados o maquillados improvisaban diálogos humorísticos representando –e ironizando– costumbres populares. En el Imperio romano fueron célebres numerosos bufones, entre ellos Cicirro o Filemón.

Payasos sagrados indígenas

En las culturas originarias de Norteamérica, como los Hopi o los Jicarilla Apache de Nuevo México, también existían sociedades de payasos sagrados, quienes realizaban rituales iniciáticos de carácter escatológicos durante los cuales se les permitía romper los tabúes y representar pantomimas obscenas. Siguiendo el arquetipo junguiano, representaban el principio del caos, del desorden y la fuerza destructora de los tabúes y el decoro, algo que heredarían en cierta manera los payasos modernos.

En la mayoría de las culturas nativas norteamericanas cada etnia tenía su propio tipo de «payasos»: por ejemplo, los sioux oglala y lakota lo denominaban heyoka –loco, inconformista, payaso–, una figura primordialmente religiosa: su risa pretendía sanar; el heyoka se erigía en una suerte de curandero y canalizador de las energías espirituales que entre el pueblo era conocido como «Soñador del Trueno».

Por su parte, según la autobiografía del nativo Don C. Talayesva, los indios Hopi protegían a sus payasos sagrados «incorporándolos en su Katchina –baile de espíritus–», ceremonias donde los payasos actuaban de modo tonto, infantil, avaro, egoísta y lascivo, burlándose de los turistas y los indios, y también de sí mismos, en medio de juegos de adivinanzas y actos de equilibrio que embargaban a la muchedumbre.

Con la caída del imperio romano se desmoronaron las costumbres circenses y desaparecieron un tipo de espectáculos que tardarían siglos en renacer –aunque sin hombres devorados por bestias ni gladiadores–, aunque a partir del siglo VI surgen unos nuevos bufones en las plazas públicas de Francia que declamaban, según el sugerente libro ya citado El maravillo mundo del circo, «romances equívocos en latín edulcorado».

Después el bufón se haría habitual en las cortes de los grandes príncipes de Occidente, y algunos llegarían a ostentar importantes cargos en palacio y un gran prestigio, siendo los únicos con potestad para hacer críticas al monarca. Célebre fue uno de los bufones al servicio del rey galo Francisco I, eterno antagonista de Carlos V, quien incluso era llevado a las campañas militares –aunque cuentan que le asustaban tanto los cañonazos que se ocultaba en la tienda debajo de la cama–. También fue famoso Jeffrey Hudson, conocido en la corte como «Lord Minimus», el último bufón de la corte de Inglaterra, al servicio de Carlos I y la reina Enriqueta María, quien no solo divertía con sus muecas e imitaciones sino que realizaba agudas observaciones y daba «sabios consejos».

Lord Minimus

Esto no es un tratado sobre la evolución del payaso en la historia, por muy interesante que sea el asunto, así que únicamente añadiré que el payaso de nariz roja, zapatones y peluca chillona –que se ha «reconvertido» en personaje de terror–, vamos, el payaso común que conocemos de toda la vida, tiene su origen, como digo, en una variante circense del Pagliacci y el Arlequín de La Comedia del Arte italiana: el Augusto, torpe e ingenuo, que siempre arruina los planes de su compañero y éste, su antagonista, el payaso (clown) con la cara pintada de blanco, «El Triste» que representa la seriedad y la elocuencia, entre otras variantes –como Tony…–.

Se dice que el payaso moderno tiene su origen en el acróbata norteamericano Tom Belling y sus viajes a Rusia, cuya peluca y pinta estrafalaria copiaría del «clown rojo» R’izhii, mientras que, siguiendo el mentado ensayo, «el maquillaje exagerado asociado con el clown Augusto de hoy fue introducido por los Hermanos Fratellini».

Luego llegarían los grandes nombres que recogería Tristan Remy en su compendio Los Clowns: Joseph Grimaldi, gran pionero de la especialidad circense, que fue mimo, saltador y cómico en el recinto ecuestre de Saddler’s Well y de quien escribió el mismo Charles Dickens, y cuyo fantasma, cuentan, se aparece ­cuando le viene en gana. Los legendarios John y William Price, que renovaron el género de la carcajada institucionalizado en el circo moderno, o el payaso Medrano que, en un irónico guiño del destino, moría en 1912 entre aplausos y piruetas recreadas por él mismo, en un circo parisiense que llevaba su nombre.

La lista es extensa: Antonet y Grock, los españoles Goro y Pujol o el emblemático Augusto Chicharito. Su recuerdo, sin duda, sirve para dignificar un oficio que tantas horas de entretenimiento ha dado al público, inclusive en tiempos de guerra –como puede verse en la película Pájaros de Papel, de Emilio Aragón, que lleva esta profesión en la sangre–, y que debe elevar al clown, al payaso, al estatus que se merece, por el que luchan tantas asociaciones que en la actualidad, sin ánimo de lucro, amenizan las largas veladas hospitalarias de niños y mayores enfermos, de gentes sin hogar… y que tan dañados han salido de esta moda del creepy clown que, para un rato, puede ser divertida, pero que, elevada a psicosis social, sólo puede generar problemas. 

Payasos… muy reales

Aunque la moda de los payasos «asesinos» haya causado un verdadero revuelo social y más de un incidente en los últimos tiempos, alguno revestido de cierta gravedad, lo cierto es que la historia siniestra de los clowns tiene al menos una referencia pasada realmente escalofriante, y tristemente verídica, y es el caso de un asesino en serie yankee que en este caso no solía cometer sus terribles crímenes vestido de payaso, pero ésta, la de amenizar cumpleaños en su barrio vestido de tal guisa, era una de sus aficiones. Hablo de John Wayne Gacy, conocido en Illinois, Chicago, como «Pogo, el payaso».

Nacido el 17 de marzo de 1942 en Chicago, John Wayne Gacy Jr., era una persona amable y extrovertida que se ganó la confianza de su vecindario. Sin embargo, escondía un instinto depredador y una doble vida que no descubrieron ninguna de sus dos esposas. Cuando finalizó sus estudios empresariales pasó a trabajar como dependiente de una zapatería, donde conoció a su primera esposa. Sus problemas comenzaron cuando fue detenido y condenado a diez años de cárcel por intentar violar a un hombre. Tras obtener la libertad condicional 16 meses después por buen comportamiento, se convirtió en contratista en un negocio de construcción y se casó por segunda vez en 1972.

Era un hombre aparentemente normal. Sus vecinos desconocían su pasado y al «bueno» de Gacy le gustaba aparecer en las barbacoas y fiestas locales ataviado como un payaso –las imágenes de su atuendo y rostro son bastantes más siniestras que las de los creepy clowns actuales–. Era la alegría del barrio y el entrañable payaso Pogo que amenizaba las veladas infantiles. Incluso, como modelo de buen americano, llegó a involucrarse en la campaña del partido demócrata local. Sin embargo, escondía un terrible secreto mucho peor que el de la acusación por forzar a la sodomía: el sótano de su casa estaba repleto de los cadáveres de jóvenes a los que atraía, engañaba, sodomizaba y después mataba.

En 1976, sin que conociera su faceta criminal, su segunda esposa pidió el divorcio debido a sus violentos arranques de ira y su «escasa actividad sexual». Mientras, aprovechaba el negocio de la construcción para contactar con chicos jóvenes. Ya separado, los invitaba a su casa sita en el número 8213 de West Summerdale Avenue. Según cuenta Colin y Damon Wilson en A sangre fría, a algunos de ellos, como el joven chapero Jaimie, los esposaba y sodomizaba brutalmente, dejándolos después marcharse, previo pago. Sin embargo, a los que se resistían, como John Butkovich –probablemente su primera víctima mortal– y un niño de nueve años hasta llegar a la cifra de ¡33 personas!… los estrangulaba.

Nadie sospechaba de Gacy hasta que el 11 de diciembre de 1978 comenzó a ser investigado tras la desaparición de Robert Priest, de 15 años, a quien se había visto por última vez en la farmacia Nisson de Des Plaines, Illinois junto a un hombre desconocido, quien al parecer le iba a ofrecer un trabajo de verano. Cuando alertados por la madre del joven los policías llegaron al lugar, descubrieron que el local había sido reformado recientemente y la investigación les llevó hasta el contratista y fueron a visitarlo para interrogarle. Quiso el destino que los agentes notaran un olor extraño y muy desagradable que impregnaba todo el domicilio y decidieron levantar la trampilla que daba al sótano… al sótano de los horrores, donde aparecieron unos quince cuerpos y restos de otras víctimas –algunas de ellas habían sido arrojados por Gacy al río Des Plaines–.

El siniestro autorretrato del «bueno» de Gacy

Al final se optó por la demolición y se localizaron los restos de veintiocho cuerpos, convirtiendo a John Wayne Gacy en uno de los peores asesinos en serie de la historia norteamericana. El inocente y orondo payaso Pogo pasó a ocupar los titulares de medio mundo. La prensa lo rebautizó como «el payaso asesino». Hasta hoy.

Un fenómeno viral

Como en casi todo lo que tiene que ver con el terror contemporáneo, llámese Creepypastas o derivados, también el fenómeno de los «payasos asesinos» y los creepyclowns, si no ha nacido, sí se ha catapultado a través de vídeos del canal Youtube que, como en otros asuntos, se han hecho virales. Aunque hay mucho espontáneo, la popularidad del género en el que se muestra una suerte de performance con unos graciosos disfrazados de payasos crueles gastando bromas se debe principalmente al canal DM Pranks, comandado por el italiano Matteo Moroni, quien se esconde tras las terroríficas máscaras junto a su compañero Diego Dolciami.

Desde 2014, cuando abrió su canal de Youtube hasta julio de 2015, según recogía El Periódico de Catalunya, la exorbitante cifra de 360 millones de visualizaciones. Ahí es nada. Y sus bromas, lejos de ser algunas un montaje –o eso parece–, con la complicidad de aquellos objeto de las mismas, son verdaderamente dignas de una casquería gore: y es que encontrarte de madrugada con un tipo vestido de payaso, hacha o bate de béisbol –e incluso un extintor– en mano, con la careta más aterradora que puedas imaginar, simulando que está descuartizando a una persona o echando a un «bebé» a un cubo de basura –un muñeco, claro–, debe dar mucho miedito. Al menos al que está paseando inmerso en sus pensamientos. Y eso, básicamente, es lo que hacen… Entretenimiento de masas 2.0 que se extendió en 2016 a otras redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook, y que continúa.

Payasos espectrales

Huele también a esos creepypasta tan de moda en las RRSS, pero lo cierto es que las historias –¿leyenda o realidad?– de avistamientos de supuestos payasos fantasma son bastante más viejas que las historias de Slenderman o los creepy clowns que hoy nos quitan el sueño. La mayoría de estos sucesos anómalos han tenido lugar en el interior o las inmediaciones de los teatros que un día vieron a estos personajes alzarse con la gloria en medio de aplausos.

A quien parece que le gusta aparecerse en el lugar donde obtuvo su mayor gloria es al padre del payaso moderno, Joseph Grimaldi (1778-1837), quien suele dejarse ver –o al menos eso afirman infinidad de testigos– entre bastidores merodeando por el Theatre Royal Drury Lane, el más antiguo de Londres. Muchos de los que allí trabajan afirman haberse topado con su espectro: limpiadores, actores, tramoyistas… afirman haber visto una cara sin cuerpo, flotando por el teatro o incluso apariciones de un fantasma sin cabeza que algunos atribuyen a la macabra petición del propio Grimaldi en su testamento: que su cabeza fuera separada de su cuerpo.

Theatre Royal Drury Lane

Al parecer no es el único que se mueve a sus anchas por tan emblemático edificio londinense, en un país muy dado a la tradición fantasmal. También lo hace Dan Leno, famoso bailarín y comediante que enloqueció y murió en 1904 a la temprana edad de 43 años. Hay quien no ha visto su fantasma, pero ha notado el intenso olor del perfume de lavanda que utilizaba, al parecer, debido a su incontinencia. Algún testigo, como el director del teatro Nick Bromley, durante una de las actuaciones de The Pirates of Penzance en 1981, aseguró que una extraña presencia lo empujó violentamente y, al volverse, no había nadie. Algo que también le sucedió a una joven actriz la noche siguiente en el mismo lugar. Aquella presencia iba acompañada de un sonido rítmico de unos zapatos que muchos relacionan con Leno. Quién sabe… Inquietante, desde luego.