Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (I)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License. Meik Schmidt)

Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos considerados los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a su figura continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus sorprendentes expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales. 

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma «fara í víking» en el sentido de «ir de expedición», aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimos de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga –aproximadamente entre los años 789 y 1100–; aunque las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa «bahía pequeña, cala o entrada», que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken –un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia–. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.

Ataque vikingo de Guérande, en Francia

Fuentes documentales 

Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni tenían un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas posteriormente que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings que ofrecen valiosa información religiosa y mitológica.

Casa de Snorri Sturluson en Reykholt (Islandia)

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grammaticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.

Ritos y culto ancestrales

En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era «sidr», que tenía el significado literal de «práctica» o «costumbre». Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar –cuyo significado era «Aquellos que hablan la lengua de los dioses»–, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad «sacerdotal» de Ásatrú, y podían ser un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa). Parece un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo.

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Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones –los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo– y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta «religión» era el llamado sacrificio –el Blót–, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses –brindándoles un tributo de sangre– a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad.

El primer paso del Blót era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados –que podían ser unos pocos o cientos– consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones –normalmente de hidromiel o cerveza– destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas presentes más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos –para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado, en honor al anillo Draupnir– y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.

Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamientos con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres –la völva o seidkona, “mujer que ve”–, pero también lo podían llevar a cabo hombres –aunque no era muy bien visto–, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.

Este «maleficio» se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba, según recogen algunas sagas, una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.

Parece que también las hechiceras utilizaban un bastón o cayado llamado seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.

Cánticos para invocar el otro mundo

A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva –o sus ayudantes– interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr –ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún percance–, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel –el inframundo nórdico– para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente pues que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos.

Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando por ejemplo grandes tormentas –en una suerte de «hacedoras de lluvias» que existen en otras culturas–, un rito para el que la oferente incluso se preparaba ingiriendo una serie de alimentos especiales.

Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas «Hijas del Cuervo» y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.

Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo… ¿cometieron sacrificios humanos? Lo veremos en el siguiente post, que está a punto de caramelo, o tan dulce como el Hidromiel…

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva sobre este pueblo guerrero.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII. Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial:

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813

30 paisajes de la Guerra Civil

La Editorial LAROUSSE publica este portentoso ensayo, firmado por los investigadores Alberto de Frutos y Eladio Romero García, sobre la contienda que enfrentó a los españoles hace más de 80 años y que arroja luz sobre los espacios que aún quedan de aquel tiempo de sangre y fuego, historiográficamente no tan lejano.

Óscar Herradón ©

Conocí al escritor y periodista Alberto de Frutos en 2007. Llegó, junto a otros compañeros, entre ellos Javier Martín García, a la editorial América Ibérica procedente de uno de esos grupos que ya empezaban a acusar la llamada «crisis del papel» que tiempo después nos azotaría también a nosotros. La crisis de 2008, apenas unos meses más tarde, terminaría de hundir a la prensa escrita, ni qué decir tiene la actual. El tiro de gracia a las rotativas. Ambos, Alberto y Javier, Javier y Alberto –Tanto monta, monta tanto– llegaron como redactor jefe y redactor, respectivamente, de una revista entonces de bastante impacto en las publicaciones históricas españolas, Historia de Iberia Vieja, que con el tiempo terminaría por llamarse Historia de España y el Mundo y que hoy, por desgracia, ha desaparecido.

Formaron equipo, cambiando notablemente su línea editorial, con el periodista Bruno Cardeñosa, su director desde entonces hasta el cierre, y el diseñador gráfico Eugenio Sánchez Silvela. Hasta que llegó el ignominioso 2020, año en que por las veleidades del destino tanto Alberto como un servidor –también Javier meses antes–, entre otros compañeros, nos vimos fuera de una redacción que había sido no nuestra segunda casa, sino muchas veces la primera; quién sabe si a causa de esa dichosa crisis del papel agudizada por lo digital y la falta de kioscos, o vaya usted a saber por qué realmente.

Contradicciones del mercado aparte, lo cierto es que forjé una gran amistad con Alberto de Frutos y Javier Martín, amistad que puedo decir orgulloso que continúa viva aunque ya no compartamos cada día «pupitre» –léase mesa de redacción–, café de máquina y olor a tortilla de patata del bar de la esquina impregnado en nuestras ropas de adolescentes eternos. Pues bien, don Alberto, que tiene un currículum para echarse a temblar y ha ganado más de 100 premios literarios –ahora está centrado en los ensayos, pero sin duda es más un escritor de ficciones y un poeta–, es de esas personas que le sorprenden a uno cada día, por su entusiasmo y buen hacer, por su fidelidad, y sobre todo por su conocimiento, no enciclopédico, que se queda corto, sino «computacional». Como Sheldon Cooper, pero menos friki y real, en este caso en el campo de las humanidades, y no en el de la física.

No soy historiador, aunque son unos cuantos los años dedicados a la divulgación, al periodismo y a la investigación histórica. Se puede decir que sin ser un experto no soy lego en la materia, pero nadie con nombre y apellidos –al menos que conozca– llega a los niveles de condensación de la información –sumados a una elocuencia de infarto– de este pequeño gran hombre, al menos en el campo historiográfico, claro. Supongo –lo sé– que de muchas cosas Alberto no tiene ni idea, como cualquiera que no posea el don de la omnisciencia divina. Como todo hijo de vecino, vamos. Pero de esto sí, de esto sí sabe, y mucho. Por eso, cuando me llegó la noticia (me lo dijo tiempo antes, he de reconocerlo) de que LAROUSSE publicaba un nuevo ensayo firmado por él –a cuatro manos con el doctor en Historia Eladio Romero García– no podía sino esperar un trabajo encomiable. Impresión que se tornó certeza cuando recibí el voluminoso libro, profusamente ilustrado a todo color, y entre sus líneas de no tan lejanas batallas y sí viejos rencores se adivinaba la pluma siempre afilada y sabia de mi buen amigo.

Por supuesto, quienes lean esto dirán que no soy objetivo. No lo soy, claro, ninguno lo es, pero tampoco es necesario, el buen hacer sabe apreciarlo cualquiera sin que le digan ni mu. No hacen falta ornamentos. Ni para lo contrario tampoco. Sé de buena tinta que los autores se han recorrido una gran parte de nuestra piel de toro para escarbar entre los pequeños guijarros de memoria que a otros, a pesar de la ingente cantidad de bibliografía de aquella época, para echarse a temblar, se les han escapado. Y el resultado de ese trabajo de investigación y dedicación, de entusiasmo por nuestro pasado/presente y de buen hacer, es este 30 paisajes de la Guerra Civil que hace poco que ha visto la luz en las librerías, esas que siguen temblando ante la incertidumbre pero que se mantienen a flote gracias al tesón y el amor a la cultura, que somos todos –o al menos deberíamos serlo–.

De las grandes batallas a los episodios silenciados

Una obra de impecable factura en una edición fabulosa que ilustra, y qué bien lo hace, nada menos que, como reza su título, 30 escenarios donde se dirimió el futuro de la contienda y con él el destino de los españoles, de los mal llamados «ganadores» y «perdedores», porque aunque unos lo tuvieron más fácil que otros y desde luego en aquella guerra fratricida hubo unos más culpables que otros, y más malvados, todos perdieron, todos los españoles. Muchos también de los que hoy se están yendo sin despedirse azotados por otra guerra silenciosa pero implacable. Como siempre se pierde cuando hay muertos y se tiran bombas, o cuando hay pandemias.

Más que de un paisaje –o de 30–, podríamos hablar, como bien dice Frutos, de una «huella moral», casi un símbolo de permanencia que nos transmite cada imagen, acompañada de numerosos datos y mapas actuales (una rica cartografía elaborada ex profeso para este libro).  Un recorrido gráfico por la Guerra Civil, por lo que queda de aquel enfrentamiento que supuso el prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial y que hoy sigue influyendo, nos guste o no, en nuestras vidas y en el discurso político. Si no que se lo digan a los señores que se sientan en el Congreso.

En sus monumentales páginas –el «tocho» pesa alrededor de 2 kilos– podemos ver qué ha quedado de batallas como Jarama, Brunete, Belchite… pero también se abordan episodios mucho menos conocidos y no por ello poco relevantes, como el asedio de Huesca, la batalla de Lopera o de Cabo Machichaco, la fuga del penal de San Cristóbal y un largo etcétera. Evidentemente, como afirman los autores, hubo que hacer una difícil selección previa o el libro estaría formado por varios volúmenes de gran tamaño.

En definitiva, un LIBRO de LIBROS que el amante de la Historia de España, las dos con mayúscula, incluso de la que fue triste, debe tener en su biblioteca, sin duda en lugar destacado. No se arrepentirá. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.larousse.es/libro/libros-ilustrados-practicos/30-paisajes-de-la-guerra-civil-eladio-romero-garcia-9788418100789/

LA OTRA CARA DE LA GUERRA (SÍLEX EDICIONES)

Toda guerra es trágica, y nuestra guerra fratricida no lo fue menos, de hecho, al constituirse en el campo de pruebas de la inminente Segunda Guerra Mundial, se erigió en una contienda moderna, con una armamento atroz por su capacidad de devastación y donde la política se había convertido en un arma tanto o más peligrosa que la pólvora. Baste echar un vistazo a la gran polarización que en España continúa generando aquella contienda que sucedió hace 80 años pero cuyas heridas no han cicatrizado.

La guerra es sinónimo de muerte, de crueldad, de crímenes… pero en no pocas ocasiones en medio del horror surge la esperanza, y entre lo más oscuro del ser humano se atisba la luz de aquellos que no pretenden herir al enemigo (o a quien sea) sino proteger y cuidar, dotando de humanidad a la deshumanización bélica. Fue el caso de las personas que se preocuparon por el bienestar de las gentes en la contienda, que también existieron, y cuyos recuerdos (largamente olvidados) se encarga de rescatar un magnífico ensayo publicado por Sílex Ediciones: La Otra Cara de la Guerra. Solidaridad y humanitarismo en la España Republicana durante la Guerra Civil, de Francisco Alía Miranda, que tiene en su haber otros exitosos títulos de la época como Julio 1936 (Crítica, 2011) o La agonía de la República (Crítica, 2015).

Como bien cuenta el autor, el dramatismo que se vivió de un rincón a otro de la Península Ibérica eclipsó la inmensa labor humanitaria que se vivió tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En parte estuvo protagonizada por las organizaciones humanitarias, unas ya existentes y otras formadas ex profeso durante la guerra. Pero también fue muy importante la solidaridad desplegada por gran parte del pueblo español (frente al sadismo y violencia de otra gran parte), y de otros países que no miraron para otro lado ante la tragedia, una tragedia que fue largamente reflejada en los periódicos por el gran números de reporteros, fotógrafos y escritores que cubrieron la información en el frente y en la retaguardia (Ernest Hemingway, John Dos Passos, George Orwell, Robert Capa, Gerda Taro, Jay Allen…).

Pero además de la solidaridad como manifestación colectiva y organizada, existió una solidaridad individual, espontánea, como catarsis del odio y la muerte, que se improvisó sobre la marcha tanto en muchos hogares como entre numerosas personas para paliar la tan marcada tragedia del pueblo, del vecino, del hermano.

EL OGRO PATRIÓTICO (EDICIONES PASADO Y PRESENTE)

Y si lo que queremos es comprender los orígenes de esa guerra fratricida, que no son pocos ni precisamente sencillos, nada mejor que sumergirnos en las páginas de El Ogro Patriótico: Los militares contra el pueblo en la España del siglo XX, de Juan Carlos Losada, una exhaustiva y reveladora investigación publicada por Ediciones Pasado & Presente, que sabe bien lo que significa mimar la historiografía.

Para describirlo, nada mejor que las palabras de uno de los grandes expertos españoles sobre la Guerra Civil, el historiador Ángel Viñas: «No cabe escribir sobre la historia de España sin asaltar, de una manera u otra, los bastiones del poder militar. (…) Mezclando el relato histórico con la reflexión política, cultural, administrativa e institucional sobre un tema que el autor ha venido trabajando desde hace más de veinte años no es exagerado afirmar que este libro pone ante los ojos del lector una veta fundamental en la evolución a lo largo de más de un siglo que ha conducido hasta el presente de la sociedad española: la constante intervencionista del ejército que condujo a un choque con el mundo civil y, por consiguiente, a querer sabotear, si no hundir, la democracia. Lo hicieron una vez. Lo hubieran podido hacer otra. Ganas no faltaron».

Un recorrido indispensable, pues, para entender las tensiones políticas que se vivieron en nuestro país el siglo pasado, evidenciando el papel intervencionista del ejército en el devenir político de España (no solo en la Guerra Civil, sino en otras insurrecciones), pero donde también se reivindica el papel heroico de algunos miembros del ejército que lucharon contra sus superiores para defender la libertad y la renovación de unos ideales caducos, reaccionarios e intransigentes.

He aquí la forma de adquirir este portentoso ensayo:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2020-03-10-09-29-28