Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (II)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License, Gioele Fazzeri)

Existen numerosas lagunas documentales por las que es difícil precisar muchos aspectos sobre la cultura vikinga. Y el de los sacrificios humanos es uno de los más delicados. Sin embargo, aunque parece que no era una costumbre muy extendida, existen hallazgos arqueológicos que demuestran que los pueblos nórdicos sí los realizaron.

Al parecer, estaban reservados a los prisioneros de guerra o esclavos, personas que iban a morir o que carecían, en palabras de la experta en este campo Laia San José Beltrán, de cualquier tipo de derecho. Según afirma, «se debe relativizar el carácter brutal de los vikingos ya que estos sacrificios humanos no eran corrientes. Solo ocurrían cuando las peticiones estaban asociadas a acontecimientos que amenazaban la vida de los hombres como guerras, hambrunas, epidemias, expediciones peligrosas o festividades de notoria relevancia».

La práctica de sacrificios está documentada, además de por vestigios arqueológicos, por varias fuentes escritas, entre ellas, los textos delcronista árabe Ahmad ibn Fadlan, quien en el siglo X convivió con algunos varegos o rus, con los vikingos del Volga, y quien fue testigo directo de la celebración de un majestuoso funeral de un rey o jefe durante el cual una de sus esclavas tomó la decisión de inmolarse para acompañar a su señor a la vida eterna a bordo del barco-tumba, en cuya cubierta depositaron varios animales sacrificados y utensilios que servirían al fallecido en el más allá.

Una vez hecha su promesa, ésta era vigilada por dos personas día y noche, y a pesar de su fatal destino, cantaba y bebía en un estado de felicidad que extrañó a Fadlan. El autor cita a un personaje capital durante el sacrificio: la figura conocida como el «Ángel de la Muerte», una anciana cuyo cometido principal era, por un lado, ocuparse del cadáver del jefe guerrero, y después, acabar con la vida de la esclava. Al cadáver le cortaban primero las uñas y el cabello, y no por un sentido estético en el marco funerario, sino en la creencia de que así retrasaban el fin de los tiempos, el Ragnarök –el destino de los dioses o la batalla del fin de los tiempos, donde se enfrentarán los dioses AEsir y los gigantes de fuego, cuando todo el Universo será destruido–, ya que se creía que los caídos del Hel –el infierno nórdico– navegarían rumbo al Asgard sobre naves hechas de uñas de los difuntos y velámenes tejidos con cabellos humanos.

Mientras se preparaba al difunto a conciencia, el propietario de cada tienda de la aldea mantenía relaciones sexuales con la esclava, como un extraño acto de devoción hacia su dueño, y después era trasladada a la embarcación, donde se la despojaba de sus joyas y abalorios. Acto seguido la colocaban junto al cuerpo inerte de su rey y dos hombres la amarraban por los pies y las manos, momento en el que el «Ángel de la Muerte» le pasaba una cuerda alrededor del cuello y daba los dos cabos restantes a sus hijas, sus ayudantes, que tirarían de ellos hasta asfixiarla, mientras la oficiante le clavaba varias veces un puñal sacrificial en el costado.

Drakkar sagrados

El último acto y el más solemne consistía en quemar el navío con su tripulación: los arqueros lanzan flechas ardientes cuando la embarcación penetra en las aguas, un elemento al que los vikingos rendían un culto especial, pues era donde pasaban la mayor parte de su vida. La pira funeraria, el féretro en forma de barco, viajaba hacia el Valhalla. Ya hemos señalado que los vikingos eran fuertemente supersticiosos, así que cuando salían a alta mar, para conjurar a los malos espíritus fijaban en el mascarón de proa de sus navíos –los célebres Drakkar, un tipo solo de los muchos barcos que usaban– una cabeza de dragón o de serpiente.

Curiosamente, una de las primeras leyes promulgadas por el Althing islandés –el Parlamento nacional de Islandia, fundado en el año 930– obligaba a los navegantes vikingos que atisbaban una isla a retirar las cabezas totémicas de animales que adornaban las proas, con la intención de «no indisponer a los buenos espíritus de la tierra». También, en sus viajes de conquista y colonización –según las teorías más atrevidas, incluso al Nuevo Mundo, como demostrarían los controvertidos vestigios de un asentamiento vikingo hallados en Terranova, en la zona de Point Roseel, que cuestionaría que fuera Colón el primero en avistar las costas de América–, siempre llevaban consigo las pilastras del asiento principal de sus viviendas, que arrojaban al agua al aproximarse a tierra y veían la dirección que tomaban arrastradas por la corriente. Cuando los maderámenes llegaban a algún punto de la costa, elegían el mismo para edificar su nuevo hogar como prueba de buena suerte –hamingja–.

No obstante, los barcos funerarios o habitáculos de madera con esta forma también, no fueron la única forma de enterramiento, extraordinariamente multiformes: por ejemplo, la costumbre de enterrar el cadáver, probablemente por influencia cristiana, se extendió paulatinamente por el Norte europeo a finales de la Era Vikinga, siendo sepultados en túmulos: promontorios de rocas junto al mar o pequeñas elevaciones de tierra desde las que el difunto pudiese «atisbar sus posesiones»; además, se creía que una elevación del suelo era una garantía de fuerza y, por tanto, de vida. Evidentemente, también se practicó la cremación, por lo que existe una gran confusión en torno al último pasaje de la vida de un vikingo.

Varios hallazgos arqueológicos atestiguan sacrificios humanos como el narrado líneas más arriba: en el territorio insular de Man se descubrió la tumba de un hombre con un rico ajuar funerario y, junto a su esqueleto, se hallaban los restos óseos de otro cuerpo, en este caso, de una mujer joven que tenía la cabeza rota, probablemente una esclava.

Dís

Por su parte, Adán de Bremen habla de un templo –a medio camino entre la leyenda y la realidad histórica, supuestamente destruido por orden del monarca sueco Ingold I en el año 1087–, conocido como el Templo de Uppsala y que tenía imágenes de tres de los grandes dioses: Odín, Thor y Frey. Al parecer, estaba completamente construido en oro y hasta él se realizaba una peregrinación –una suerte de éxtasis religioso– que todos los suecos debían realizar sin excepción y donde se realizaba el gran sacrifico o Disablót, durante el cual se ejecutaban nueve machos de cada especie durante nueve días consecutivos hasta sumar un total de 72 piezas. También parece que se sacrificaban hombres, aunque hay controversia sobre el testimonio de Bremen, quien parece que lo vivió en primera persona, según apoyarían varias fuentes documentales.

Hombres y animales eran degollados y su sangre recogida en cuencos, después se les colgaba bocabajo de las ramas de los árboles del bosque sagrado que rodeaba al templo. Los vikingos pensaban que la sangre tenía un carácter purificador, y que convertía en sagrado todo el espacio donde era esparcida.

Escritura mágica        

Las runas son uno de los sistemas de escritura más misteriosos y controvertidos de la historia. Su nombre procede de run –runa en gótico–, cuyo significado es «secreto» o «susurro», lo que evidencia que su uso con fines mágicos fue una práctica muy restringida.

La escritura rúnica se divide en varios alfabetos: el Futhark –derivado del nombre de las seis primeras runas: f, u, th, a, r, k– antiguo, que consta de 24 runas; el Futhorc anglosajón, una versión extendida del anterior que consta de 29 runas y el denominado Futhark joven, también llamado escandinavo, de 16 runas.

La Edda poética Rúnatal cuenta el origen mitológico de esta poderosa escritura, que tiene al Árbol Yggdrasil, el árbol de los germanos, como eje central, fundamental en su cosmogonía: según la leyenda, las ramas de este fresno mágico se extienden por el mundo entero y se alzan hasta los cielos. A su alrededor se sitúan los nueve mundos poblados por distintos seres: dioses, gigantes, enanos, elfos y humanos.

Yggdrasil

Snorri Sturluson lo describe de la siguiente manera: «este fresno es el más grande y más bello de los árboles (…) Sus tres raíces están separadas las unas de las otras. Una llega hasta la región de los AEsir, y otra hasta la de los gigantes de hielo, el lugar donde antaño fuera Ginnungagap, y la tercera se mantiene por encima de Niflheim, bajo esta raíz, roída constantemente por Nidhogg, se encuentra la fuente Hvergelmir. Bajo la raíz que se alarga hasta la región de los gigantes de hielo se encuentra el aljibe de Mimir, un As muertos por los Vanes (…) y del que Odín embalsamó la cabeza para conservarla, donde se esconden la sabiduría y el conocimiento. Mimir, señor de esta fuente, es sabio por beber a diario de dicha fuente».

En relación a las runas, cuyo conocimiento «secreto» se encontraría precisamente en dicha fuente, al parecer Odín –Wotan–, para poder beber de sus aguas, tuvo que sacrificar uno de sus ojos –razón por la que aparece representado normalmente con un parche–, que Mimir guardó como garantía, hundiéndole en las profundidades de su manantial. Luego, en una práctica nuevamente de tintes chamánicos, el dios tuvo que colgarse durante nueve días del árbol cósmico, contemplando las inconmensurables profundidades de Niflheim, el reino de la oscuridad y la niebla y entrando en posesión de las runas. Gracias a éstas, y rejuvenecido por la experiencia, el dios capital del panteón nórdico reinó con sabiduría. Eso sí, no sin arrancar primero una rama del árbol sagrado con la que fabricó su lanza Gungnir.

Los expertos en sus supuestas propiedades mágicas eran conocidos como erilaz, «maestro o grabador de runas». Las fuentes medievales citan en varias ocasiones sus usos mágicos: en el poema heroico Sigrdrífumál se narra cómo las espadas se grababan con las palabras «runas victoriosas» para otorgarles mayor poder en la batalla, o se inscribía en ellas la runa tyr dos veces a modo de hechizo. Por contra, también se utilizaban para realizar maldiciones dirigidas a aquellos que destruyeran la inscripción o profanasen un lugar sagrado.

A los practicantes de este oráculo milenario se les denominaba vikti y acudían las gentes para realizar consultas adivinatorias, fabricar un amuleto o hacer y deshacer algún tipo de hechizo. Eran también los encargados de grabar símbolos rúnicos en las espadas de los guerreros, dotándolas de un poder sobrenatural para aumentar su fuerza en el combate, siguiendo las instrucciones del Rúnatal, una especie de manual de fórmulas mágicas de Odín. Durante el ritual, se realizaba también un canto –galdra– propio de cada runa, y la visualización de la misma, con la intención de hacer vibrar la consciencia del vikti con la esencia del material en el que se grababan dichas runas. Para darles color, utilizaban sangre –incluso menstrual– y, tras realizar una petición, se entregaba algún elemento votivo o alimento con el fin de propiciar la obtención de lo que se anhelaba. Las runas se grababan en piedras independientes que, según cayeran en un recipiente o en el suelo, vaticinaban el futuro.

Este post continuará sondeando las profundidades del Asgard en una próxima entrega (aunque no seamos valerosos guerreros muertos en batalla de un tajo).

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva –al menos de nuestro tiempo, pues siempre se realizan nuevos descubrimientos– sobre los guerreros de Odín. Imprescindible.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII.

Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo: http://actashistoria.com/titulo.php?go=2&isbn=978-84-9739-200-6

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial:

Vikingos: magia, sacrificios y seres espectrales (I)

A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.

Óscar Herradón ©

(Pexels Free License. Meik Schmidt)

Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos considerados los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a su figura continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus sorprendentes expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales. 

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma «fara í víking» en el sentido de «ir de expedición», aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimos de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga –aproximadamente entre los años 789 y 1100–; aunque las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa «bahía pequeña, cala o entrada», que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken –un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia–. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.

Ataque vikingo de Guérande, en Francia

Fuentes documentales 

Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni tenían un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas posteriormente que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings que ofrecen valiosa información religiosa y mitológica.

Casa de Snorri Sturluson en Reykholt (Islandia)

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grammaticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.

Ritos y culto ancestrales

En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era «sidr», que tenía el significado literal de «práctica» o «costumbre». Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar –cuyo significado era «Aquellos que hablan la lengua de los dioses»–, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad «sacerdotal» de Ásatrú, y podían ser un gothi (sacerdote) o una gythia (sacerdotisa). Parece un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo.

Pexels Free License (Erik Mclean)

Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones –los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo– y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta «religión» era el llamado sacrificio –el Blót–, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses –brindándoles un tributo de sangre– a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad.

El primer paso del Blót era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados –que podían ser unos pocos o cientos– consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones –normalmente de hidromiel o cerveza– destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas presentes más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos –para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado, en honor al anillo Draupnir– y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.

Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamientos con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres –la völva o seidkona, “mujer que ve”–, pero también lo podían llevar a cabo hombres –aunque no era muy bien visto–, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.

Este «maleficio» se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba, según recogen algunas sagas, una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.

Parece que también las hechiceras utilizaban un bastón o cayado llamado seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.

Cánticos para invocar el otro mundo

A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva –o sus ayudantes– interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr –ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún percance–, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel –el inframundo nórdico– para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente pues que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos.

Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando por ejemplo grandes tormentas –en una suerte de «hacedoras de lluvias» que existen en otras culturas–, un rito para el que la oferente incluso se preparaba ingiriendo una serie de alimentos especiales.

Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas «Hijas del Cuervo» y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.

Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo… ¿cometieron sacrificios humanos? Lo veremos en el siguiente post, que está a punto de caramelo, o tan dulce como el Hidromiel…

PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:

Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.

En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.

Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva sobre este pueblo guerrero.

Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII. Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):

https://www.rialp.com/libro/los-vikingos_99672/

Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.

No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial:

Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (II)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Según apunta en su magnífico libro Fred Jerome, Hoover y su oficina también se enfrentaban a las potenciales repercusiones del caso Fuchs: «Después de todo, el proyecto Manhattan había estado bajo vigilancia intensa y constante del FBI y el G-2. Las declaraciones oficiales de la Oficina insistían en que ésta había proporcionado a Scotland Yard informaciones vitales que permitieron detener a Fuchs»*.

En su confesión jurada, Fuchs también implicó a un contacto estadounidense anónimo. Para Hoover era una prioridad encontrarlo. Con los focos de los medios pendientes de su actuación y deseosos de historias de espías, el jefe de los federales movilizó equipos especiales de agentes por todo el país para que realizaran exhaustivas investigaciones. Pocos días después, la Agencia tenía una lista de más de 500 sospechosos, algunos basados en los papeles Venona. Entre los detenidos, hubo uno al que Hoover definiría como «el crimen del siglo», un químico de nombre Harry Gold.

La operación más secreta del mundo

Hoover aprovechó el caso Fuchs para renovar y reforzar su Oficina. Durante la semana que siguió a la detención del espía atómico en Londres, el jefe del FBI mantuvo tres reuniones con el subcomité de asignaciones del Senado estadounidense para pedir más financiación, en particular para la contratación de nuevos agentes, y convenció a éstos y a la prensa de que vendieran la historia de que solo él y los federales podrían proteger a EE UU, que ahora permanecía «bajo el asedio de los espías comunistas y la creciente amenaza roja». Unos días después, el Chicago Tribune publicaba: «Hoover dice a los senadores que hay 540.000 rojos en Estados Unidos. Al parecer, un senador dijo al tribunal que a la vista del peligro que suponían los espías, Hoover podía conseguir «prácticamente todo lo que quisiera». Así se aceleraba la máquina conspirativa del macartismo, alimentada por los titulares sobre casos de espionaje, que contribuyeron, según Jerome, al creciente número de soplos y pistas sobre «espías» que afluían a las oficinas federales a comienzos de 1950.

Harry Gold, alias «Raymond»

Incluso, aprovechando la fiebre anticomunista, Hoover intentó vincular el caso Fuchs con su eterno objetivo: Albert Einstein, aunque no sirvió de mucho, y el premio Nobel pasó a mejor vida el 18 de abril de 1955, mientras Fuchs y Gold permanecían en prisión. Durante la friolera de nueve largos años, Fuchs había pasado información sobre el desarrollo del proyecto atómico norteamericano a los científicos soviéticos sin pedir nada a cambio. Continuó espiando tras el lanzamiento de Fat Man sobre Hiroshima y desde el otoño de 1947 a mayo de 1949 dio a su oficial de enlace, Aleksandr Feliksov, el principal esbozo teórico para crear una bomba de hidrógeno y los bosquejos iniciales para su desarrollo, según el estado en que se encontraba el proyecto de colaboración entre Inglaterra y Estados Unidos en 1948 y suministró también los resultados de las pruebas de las bombas de plutonio y uranio realizadas en el atolón de Eniwetok. Parece que se encontró con Felíksov al menos en seis ocasiones.

Feliksov

Además, es muy probable que suministrara datos clave sobre la producción de Uranio 235, revelando que la producción en EE UU era de cien kilogramos de U-235 y 20 kg de plutonio por mes. Aunque no se puede afirmar de forma categórica, casi con seguridad con esos datos la URSS pudo calcular el número de bombas atómicas que poseía su principal enemigo durante la Guerra Fría, concluyendo –a pesar de la propaganda que incidía en lo contrario– que Norteamérica no estaba preparada para una guerra nuclear a finales de las década de 1940 e incluso a comienzos de la siguiente; algo que coincidía con los informes enviados por otro espía atómico, Donald Duart Maclean, desde Washington.

Gracias a aquella privilegiada información robada, la URSS pudo saber que EE UU no tenía suficientes armas nucleares para afrontar el bloqueo de Berlín –en unos años en los que hasta el mismísimo Churchill se planteó declarar una guerra a los soviéticos*– y la victoria de los comunistas en China al mismo tiempo.

Valorando la información secreta

Maclean

A día de hoy continúa habiendo controversia entre los estudiosos acerca de la importancia de la información robada y filtrada por Fuchs a sus superiores en Moscú. Mientras que el físico Hans Bethe, director de la división técnica del Proyecto Manhattan, y quien le conocía bien, llegaría a decir que el alemán fue el único físico que conoció que realmente cambió la historia, físicos soviéticos declararían más tarde que los diseños iniciales propuestos por Fuchs y Edward Teller eran inútiles. Además, se ha insistido en la poca importancia que dio a tal filtración el director administrativo del proyecto soviético, Lavrenti Beria, responsable de leer la correspondencia de Fuchs y dársela a terceros para su verificación. Beria desconfiaba de la información facilitada por científicos, y más extranjeros, y parece –como es lícito– que tampoco comprendía muy bien el contenido de dichos informes, por lo que quizá no tuvo un impacto sustancial sobre los planes atómicos soviéticos. La duda sigue en el aire.

Por su parte, el también físico soviético German Goncharov, quien tenía, a diferencia de los norteamericanos, acceso a material confidencial sobre el caso, señaló en varios trabajos de archivo que si bien el trabajo inicial de Fuchs no ayudó a Estados Unidos en sus esfuerzos por lograr una bomba de hidrógeno, estaba mucho más cerca de la solución correcta final de lo que se reconoció en aquel tiempo, teniendo en cuenta que el mismo Kremlin, en una forma habitual de actuar en inteligencia, negó cualquier vínculo con la labor llevada a cabo por el físico alemán en Los Álamos. De hecho, para Goncharov, éste estimuló a los investigadores soviéticos para tratar problemas útiles que acabarían proporcionando una solución correcta y por ende la obtención de la bomba atómica por la URSS.

No obstante, la mayor parte del trabajo de Fuchs continúa siendo confidencial en Estados Unidos, y teniendo en cuenta la cerrazón habitual del gobierno ruso, no es ni mucho menos fácil para los historiadores determinar cuál fue la verdadera influencia de su labor como espía. Quizá haya que esperar aún varias décadas. De lo que no cabe duda es de que su epopeya fue una de las más apasionantes en el campo de la inteligencia del pasado siglo XX.

Fuchs permaneció en prisión nueve de los 14 años a los que había sido condenado por espionaje en un juicio que apenas duró 90 minutos y en el que se adujo que sufría «esquizofrenia calculada». Salió por buena conducta. Tras ello, vivió en la República Democrática Alemana, donde fue considerado un héroe por el régimen soviético, y allí pudo desarrollar distintos trabajos académicos, siendo condecorado con la Orden de Karl Marx y la Orden Patriótica del Mérito por sus hazañas. Murió en Berlín en 1988, llevándose, muy probablemente, numerosos secretos a la tumba, como tantos y tantos agentes que actuaron en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

  • JEROME, Fred: El Expediente Einstein. El FBI contra el científico más famoso del siglo XX. Planeta, 2002.

Historia Secreta de la Bomba Atómica, de Peter Watson

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2014), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias. El orden subyacente en el corazón de la ciencia (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica. Es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813