Armas «milagrosas» del Tercer Reich (I)

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de “armas milagrosas” que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

El Tercer Reich, el mismo régimen que había puesto en jaque a las democracias occidentales y derramado ríos de sangre a su paso desde que los ejércitos de la Wehrmacht invadieron Polonia el 1 de septiembre de 1939 con su Guerra Relámpago, comenzaba a claudicar frente al avance aliado. Ya cerca del final de la contienda, llegaron al Alto Mando aliado informes muy inquietantes sobre el armamento enemigo, que era cada vez más extraño y sofisticado, por lo que comenzó a tomar forma el rumor de que existían toda una serie de Armas Maravillosas o Milagrosas (Wunderwaffe) que estaban causando grandes estragos.

Los reportes eran enviados por pilotos de bombarderos que sobrevolaban Europa y destruían las ciudades alemanas sin piedad, y también por simples soldados de infantería que contemplaban con sorpresa, en el frente, artilugios que parecían venidos del futuro. Aunque, en parte, aquello de «Armas Maravillosas» fue un mito creado y potenciado por el eficaz Ministerio de Propaganda nazi –el Promi–, comandado por el viperino Dr. Goebbels, quien ya había creado el término de «Armas de Represalia», lo cierto es que no estaba tan alejado de la realidad.

Los pilotos que hablaban de artilugios imposibles no mentían. Existieron algunos proyectos que hoy creeríamos fruto de la mente de algún conspiracionista alucinado, elementos de una novela sci-fi con toques pulp, si no fuera porque tantas décadas después por fin se han hecho públicos diversos archivos de aquel tiempo de sangre y fuego, cobijados con celo por distintos organismos aliados que se hicieron con los mejores científicos e inventos nazis en 1945.

El súper laboratorio del Báltico

En una pequeña y remota isla alemana, de nombre Usedom, en la desembocadura del río Peene, a orillas del mar Báltico, se levantaba un complejo secreto de laboratorios y campos de aviación donde los científicos nazis realizarían asombrosos avances técnicos, entre ellos, el primer misil de crucero de la historia. Se trataba de instalaciones militares fuertemente protegidas en el apacible pueblo costero de Peenemünde, donde comenzará, en medio de fuertes medidas de seguridad, la era de la aviación a reacción y los primeros pasos de la era espacial. Era una zona muy remota del país donde los alemanes podían hacer lanzamientos de misiles al mar Báltico asegurándose de que ningún espía pudiera informar a los aliados acerca de aquellas armas milagrosas. Su existencia era un secreto de Estado cuya revelación se pagaba con la muerte.

Base hoy no tan secreta de Peenemünde

Según el experto en armas Scott Marchand, los programas americanos de desarrollo de misiles durante la guerra eran muy primitivos en relación con los que los alemanes ya habían desarrollado antes de 1944. Realizaron un desarrollo aeroespacial tan avanzado que situaban a Alemania muy por delante de las demás naciones: miles de brillantes ingenieros, físicos, químicos y otros técnicos contaban con la tecnología más sorprendente en varias instalaciones del que sería conocido como el súper laboratorio del Báltico, el más moderno de Europa a pesar de la escasez a que obligaba la contienda, siendo generosamente financiado por el Tercer Reich. Su misión: desarrollar un armamento letal, armas de destrucción masiva que nadie había visto hasta ese momento, adelantándose en varias décadas a la tecnología que utilizarían más adelante, con éxito, otras potencias.

Von Braun y sus hombres del Reich

Al frente de aquel complejo se hallaba el coronel de la Wehrmacht y SS Wernher von Braun, director técnico del centro investigación, que más tarde, aunque parezca increíble, se convertiría en el padre de la aeronáutica y en un héroe en los EEUU tras su paso por la NASA. Von Braun y el mayor Dr. Walter Dornberger, experto en misiles, descubrieron la idoneidad del lugar –allí cazaba patos el abuelo de Von Braun– y se lo comunicaron a los Ministerios del Ejército y del Aire para habilitar una zona reservada para sus experimentos secretos. Bajo la pantalla de la organización propagandística nazi «Fuerza a través de la Alegría» –Kraft durch Freude–, fueron trasladados a dicha península centenares de obreros y técnicos con la misión de construir una «colonia de descanso veraniega» para los trabajadores alemanes, pero en realidad edificaron, a partir de 1937, talleres, barracones, alojamientos para los científicos y sus familias, laboratorios y zonas de prueba.

En 1939, tras haber gastado el Tercer Reich unos 300 millones de marcos, Peenemünde ya era una realizad y los científicos (ingenieros, físicos…) fueron llevados en secreto desde el polígono de pruebas Kummersdorf, en Berlín –cuyas instalaciones eran demasiado limitadas para realizar vuelos y ensayos con motores avanzados, una zona más expuesta a los espías enemigos–, en vagones de tren, hasta las nuevas instalaciones –construidas de forma muy similar al tipo de casas de otros pueblos de la zona para evitar rumores– donde comenzaría la carrera armamentística más feroz del Tercer Reich.

Cartel de «Fuerza a Través de la Alegría»

Era una metrópoli autónoma cuyo diseño había corrido a cargo de Albert Speer –con una capacidad para 30.000 científicos y  con la intención de que, una vez ganada la guerra, se convirtiese en centro espacial mundial– que contaba con instalaciones metalúrgicas, centrales eléctricas y zonas de pruebas de armamento, siendo el equivalente alemán a la base norteamericana de Los Álamos y a la soviética de Akademgorodok, el epicentro de la tecnología rusa en plena Siberia. Peenemünde sería una de las cinco instalaciones militares de pruebas que dependían de la Oficina de Armas del Ejército y sin duda en la que se desarrollaron los proyectos más innovadores.

El aspecto más siniestro del que sería conocido como Centro de Investigación Armamentística de Peenemünde fue la utilización de mano de obra esclava en la fabricación de prototipos y artefactos. Cuando los prisioneros estaban demasiado débiles para continuar, eran asesinados para que ninguno pudiese revelar los secretos de la base. Aunque los científicos no tenían la condición de prisioneros, lo cierto es que muchos fueron presionados también por los nazis con colaborar a cambio de su seguridad y la de sus familias. La Gestapo acechaba en cada esquina.

Mientras en las instalaciones que pertenecían a la Fuerza Aérea –Luftwaffe– se centraron en el desarrollo de aviones cohete y otros artefactos sorprendentes, el Ejército –la Werhmacht– puso su empeño en producir grandes cohetes de combustible líquido. Finalmente, consiguieron hacer realidad un extraño avión sin piloto propulsado por un pulsorreactor que llevaba una tonelada de explosivos y que fue bautizado como V-1, al que seguiría tiempo después el V-2 (bautizados como pomposidad por Goebbels simultáneamente como «Represalia 1» y «Represalia 2»).

Fritz Kolbe

Sin embargo, en 1943, gracias a un audaz plan orquestado por la inteligencia aliada en Londres, se consiguió identificar la zona de Peenemünde. Y se hizo, curiosamente, también utilizando una tecnología muy adelantada a su tiempo: un estereoscopio, según la BBC, a través de unas gafas especializadas –muy similares a las utilizadas en la actualidad en el 3D–, que permitieron visualizar con gran precisión desde el aire la remota ubicación de los misiles nazis; una información que los aliados conocían gracias a las escuchas a prisioneros de alto rango de la Wehrmacht retenidos en Inglaterra y a los informes enviados por uno de los mejores agentes dobles de la guerra, injustamente mancillado: el berlinés antinazi Fritz Kolbe, alias «George Wood», asistente especial del embajador Karl Ritter con acceso a información vital sobre operaciones militares.

Entre los miles de documentos que entregó, Allen Dulles, futuro primer director de la CIA –entonces operaba en una estación espía en Berna al servicio de la OSS–, señaló que había descrito los trenes blindados en los que se refugiaban algunos peces gordos del NSDAP, como Heinrich Himmler y que estaban dotados de defensa antiaérea, e informó sobre los tipos de aviones entonces desconocidos que estaban operando en el frente del Este, tanto alemanes como soviéticos.

Los pilotos aliados tomaron las fotografías en el marco de la Operación Crossbow –Ballesta–, que no fue ni mucho menos fácil: debían sobrevolar a bordo de un Spitfire –el caza monoplaza británico diseñado por R. J. Mitchell que dio una gran ventaja a la RAF– la zona alemana totalmente desarmados, pues no podían cargar con más peso que las cinco cámaras que llevaban y que lograron decenas de millones de fotos y 36 millones de impresiones.

Más tarde, con el material sobre la mesa, el mariscal sir Arthur T. Harris –también conocido como «Carnicero Harris»– planificó la «Operación Hidra» (Hydra), que durante la noche del 17 al 18 de agosto de 1943, lanzó un multitudinario bombardeo aéreo sobre Peenemünde: 598 bombarderos de la RAF dejaron caer en tres oleadas 2.000 toneladas de bombas sobre la zona, principalmente en los barracones de los científicos y los edificios de proyectos.

Wasserfall

A pesar del éxito de la operación, unos 300 pilotos ingleses fueron asesinados o detenidos al saltar de sus aparatos en llamas. Durante la operación Hidra se acabó con la vida de cientos de científicos de Hitler, entre ellos el director de la base, el general Wolfgang von Chamier-Gliczinski y el Dr. Thiel, decisivo en el desarrollo del motor A-4, y que a punto estuvo de hacer realidad un arma supersónica basada en la figura aerodinámica del misil balístico V-2, el Wasserfall –«Caída de Agua»–, contra la que probablemente los aliados no hubiesen tenido defensa alguna. Otro artilugio cuasi futurista.

El martillo eléctrico del Reichsführer

Obsesionado por el martillo de Thor –Mjolnir– del que hablaban los mitos nórdicos que le habían fascinado desde niño, distorsionando, junto a las teorías raciales, su visión de la realidad, se sabe que Heinrich Himmler ordenó a miembros de su Orden Negra –las SS– que lo buscaran, asunto corroborado en una carta que aún se conserva y que está rubricada por el propio Reichsführer-SS; debían hacerlo a través de la Deutsches Ahnenerbe o «Sociedad Herencia Ancestral Alemana», cuyo fin era rastrear cualquier vestigio del pasado ario en el mundo conocido. Junto al Mjolnir, distintas expediciones más sonadas de SS irían tras la pista del Santo Grial, la Mesa de Salomón, la escritura de los antiguos arios o la Lanza del Destino, llegando incluso hasta el lejano Tíbet o hasta tierras islandesas.

Pero cuando era evidente que el frente del Este acabaría finalmente con el poderío nazi en Europa, Himmler se autoconvenció –lo que puede darnos una idea de hasta qué punto llegó a desvirtuar el mundo que le rodeaba– de que el arma mágica del Dios del trueno nórdico, el martillo letal que fulminaba a sus enemigos del que hablaban los Eddas, era en realidad un complejo artilugio basado en la electricidad que habrían desarrollado los antiguos arios. Sin duda, se había dejado influir poderosamente por los escritos de Rudolf John Gorsleben y otros ariosofistas.

Ahora, destinaría todos sus esfuerzos a desarrollar una máquina que utilizara ingeniería eléctrica, una versión moderna del «Martillo de Thor» que sirviera para asestar un último golpe mortal, cual héroe nórdico en gesta final por su pueblo elegido, a la amenaza del «bolchevismo judío».

Eddas

Como una de sus últimas extravagancias, a las que tan acostumbrados tenía a sus subordinados, transmitió a la Oficina Técnica de las SS la descabellada propuesta para la construcción del arma eléctrica «milagrosa» que salvara a la gran Alemania de las garras de sus adversarios «subhumanos», utilizando si era necesario los últimos avances en fisión nuclear que en 1942 debatían los miembros del Consejo de Investigación del Reich como una posible vía para la construcción de la bomba atómica nazi, un proyecto que nunca fructificó debido a su alto coste y a la dificultad para llevarlo a la práctica, a pesar de la insistencia del entonces Ministro de Armamento del Reich, Albert Speer, por convencer a Hitler de destinar importantes fondos al asunto. Pero Hitler quería resultados casi instantáneos, y el avance aliado no permitía dedicar un tiempo que no tenían a la experimentación que, por otra parte, se estaba llevando a cabo también en la base blindada de Los Álamos, el denominado Proyecto Manhattan, precisamente comandado por un norteamericano de origen judío y ascendencia alemana, Robert Oppenheimer. Paradójicamente, cuando los nazis ya habían paralizado casi por completo las investigaciones en este sentido, los aliados pensaban que Hitler estaba a punto de tener lista una bomba atómica, lo que aceleró los trabajos de los yankees.

Volviendo al «conductor eléctrico del dios del trueno», Himmler recurriría a varias empresas para que realizaran un diseño del artefacto, y sería la oscura empresa Elemag, según la periodista Heather Pringle, quien le presentó un proyecto para su construcción en noviembre de 1944. Según sus expertos, se podía emplear tecnología actual para construir un arma capaz nada menos que de transformar «el material aislante de la atmósfera en un conductor eléctrico»; a través de un complejo proceso, los ingenieros de Elemag pretendían lograr esto con la intención de bloquear la señal de todos los aparatos eléctricos de los aliados, desde frecuencias de radio a controles remoto.

El Reichsführer se mostraba eufórico con el proyecto de su arma definitiva, su nuevo «Martillo de Thor que se abatiría implacable sobre las fuerzas enemigas; llegó a transmitirle a su masajista, Felix Kersten, su confidente entonces, que «Muy pronto empezaremos a usar nuestra última arma secreta. Y eso cambiará completamente la situación de la guerra». Kersten dejaría por escrito la estupefacción que le causaron las palabras de su superior años más tarde: «El país estaba en ruinas, el bombardeo era cada vez más intenso, Alemania estaba casi derrotada, ¡y Himmler hablaba de victoria! Apenas podía creer lo que oía».

Cuando los técnicos de las SS, tras analizar minuciosamente los bocetos del conductor eléctrico presentados por Elemag, comunicaron a Himmler que aquello era inviable, apenas una fantasía para la que Alemania no tenía medios, y mucho menos en el estado de avanzado desgaste y escasez en los que la guerra había sumido al país, éste no quiso aceptarlo, y recurrió también al jefe de la oficina de planificación del Consejo de Investigación del Reich, el mismo que había realizado las investigaciones con uranio enriquecido, en busca de una segunda opinión, quien le corroboró la imposibilidad de llevar a cabo tan gigantesco y fantástico proyecto.

Con Berlín bombardeado por las fuerzas aliadas y el ejército soviético apostado a apenas 100 kilómetros de la capital alemana, a Himmler ya sOlo le quedaba intentar sellar una alianza con el enemigo como única forma de mantener en pie «Reich de los Mil Años» que ya era incapaz de sostenerse. Ningún arma milagrosa, ni los dioses atávicos de la mitología nórdica, ni siquiera el ardor guerrero que creía le transmitía el emperador Enrique I, su avatar en la imaginería fantástica que se había forjado a lo largo de los años, podían ya salvarle a él ni a su Orden Negra, trasunto siniestro de la Alemania «purificada y superior», de la derrota a manos del adversario.

Si en torno a Himmler todo había sonado extravagante desde sus primeros tiempos en el poder, cerca del desastre final adquiría ya tintes estrafalarios que dejaban entrever la incompetencia en el campo militar del que había sido, por otra parte, un excelente burócrata y organizador del aparato de terror nacionalsocialista.

Este post continuará.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.

Símbolos del poder regio

Ahora que la monarquía parlamentaria no goza en España precisamente de su mejor momento, por las veleidades financieras –por ser suave– del Rey Emérito y parte de su entorno más cercano –será la Justicia, ciega, o no tanto, quien finalmente decida la implicación de cada uno en el mayor escándalo que azota la Zarzuela en cuarenta años–, recordamos en este post algunos de los símbolos del poder real –Iura regalia– y su significado ritual a lo largo de los siglos.

Óscar Herradón ©

Coronación de Felipe II de Francia (1179)

Durante la ceremonia de consagración, cuyo fin último era legitimar el poder real sobre la voluntad divina, el rey era investido con una serie de símbolos con los que ha sido representado –principalmente en Occidente- en la mayoría de retratos y otras obras de arte de índole propagandística y que indicaban su carácter supraterreno y su condición de máximo mandatario de la comunidad. Las insignias reales eran consideradas por sus portadores como auténticas armas iniciáticas, y su sola posesión confería el llamado poder regio.

La Corona

Además de servir como adorno para la cabeza que realzaba la figura de su portador, tenía –y sigue teniendo hoy en día– forma de círculo, símbolo de la perfección. El uso de la misma como distinción e incluso como importante símbolo funerario data de épocas remotas.  En la antigüedad se adornó la corona, generalmente de oro y piedras preciosas, con diferentes hojas de plantas como el rosal, la hiedra, el mirto, el roble o el olivo, cada una de ellas con un significado simbólico concreto.

Desde tiempos pretéritos estuvo asociada también al culto solar, y no olvidemos que muchos de los reyes que gobernaban Occidente durante la Edad Media y Moderna hicieron del astro rey, el Sol, su símbolo personal. Eran los conocidos como monarcas de estirpe solar, caso por ejemplo de Luis XIV de Francia, cuyo sobrenombre, Rey Sol, no deja lugar a dudas, o de otros personajes como Rodolfo II o Federico II de Hohenstaufen, reyes muy vinculados al universo oculto y hermético.

En la Antigua Grecia, los vencedores de los juegos olímpicos eran obsequiados con una corona de laurel, que estaba también relacionado con el citado culto solar y que fue recuperado como símbolo de la victoria por los emperadores romanos –la conocida como «corona cívica», triunfal de oro y con hojas de laurel, era la máxima expresión, el símbolo más elevado del poder humano–.

Sin embargo, siguiendo el trabajo de Paola Rapelli Grandes dinastías y símbolos de poder (Electa, 2005), la corona como signo de la realeza no proviene de la cultura grecorromana, sino de Oriente. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, algunos faraones ostentaban el título de rey del Alto y del Bajo Egipto, y  tal dignidad era representada por la corona de ambos reinos: la Blanca o  Hedjet, símbolo del Alto Egipto, y la Roja o Desheret, símbolo del Bajo, fusionadas en una, conocida como Sejemty o Corona Doble. Asimismo, existían otro tipo de coronas utilizadas con diversa finalidad y en distintas ocasiones, como Atef o corona osiriaca, que estaba presente en algunos rituales de carácter funerario, y la Jemjem, compuesta por tres coronas Atef y otros complementos, y que parece que tenía una función solar, entre otras.

Osiris

Según Francisco Javier Arriés, la corona, a semejanza del gorro del mago o del hechicero, se apoyaba sobre el último chakra, simbolizando el poder conferido desde lo alto que irradiaba sobre su portador. La palabra chakra viene del sánscrito cakra y tiene el significado de «rueda» o «círculo». Según el hinduismo y algunas culturas asiáticas, los chakras son vórtices energéticos situados en los cuerpos sutiles del ser humano, llamados Kama rupa –«forma del deseo»– o linga sharira –«cuerpo simbólico»–. Su tarea es la recepción, acumulación, transformación y distribución de la energía llamada prana. Los chakras básicos son siete.

De entre todas las que hoy se conservan, destaca por su belleza y simbolismo la corona imperial de Carlomagno, personaje crucial en la forja de la dignidad real de corte divino. Esta consta de ocho placas articuladas y su forma no es casual, pues el octógono es una forma intermedia entre el círculo y el cuadrado, y simboliza la regeneración, algo que sabían muy bien algunos soberanos como Federico II de Hohenstaufen, que utilizó dicha geometría en Castel del Monte.

La corona imperial de Carlomagno, que fue fabricada en los talleres de la abadía de Reichenau, muestra además una serie de placas esmaltadas que representan a Cristo –Rey de Reyes– y a varios soberanos del Antiguo Testamento, lo que indicaba que el Imperio era una institución divina, eje de la convivencia humana que se erigía como protectora del catolicismo. La riqueza y ostentación de la corona imperial es otra de sus peculiaridades. No debemos olvidar que en la mayoría de los casos estos símbolos estaban ornamentados por gemas y piedras preciosas, cuyas virtudes y poderes talismánicos –tendremos ocasión de descubrir también la importancia que algunos reyes otorgaban a las propiedades curativas de ciertos elementos de la naturaleza– actuaban, según se creía, sobre el monarca.

Trono de Carlomagno en la iglesia de Aachen (Aquisgrán)

La Espada

El segundo símbolo que otorgaba el poder regio era la espada, la principal de las armas iniciáticas, que simbolizaba el poder y la justicia, pero también el conocimiento y la razón, virtudes que debía poseer siempre el soberano, aunque por desgracia dicha premisa no se cumplía en muchas ocasiones, «el eje que une los mundos, y una imagen del rayo solar que disipa las tinieblas».

Este importante simbolismo estaba muy vinculado a la caballería iniciática, mientras que la espada era también uno de los principales símbolos de identificación del caballero. Podemos hablar por tanto del caballero-rey o del rey-caballero, honor que algunos soberanos alcanzaron por méritos propios y que otros obtuvieron de forma despótica, obligando a los verdaderos iniciados a que les concediesen el privilegio de nombrarles como tal.

Otro de los símbolos representativos del poder real es el cetro, símbolo de fuerza y fecundidad e imagen de la columna que sostiene el Universo. En la Antigua Grecia, siguiendo el trabajo de Rapelli, el cetro era el bastón largo que usaban las personas mayores como apoyo para caminar y los pastores para guiar los rebaños, por lo que acabó convirtiéndose en el símbolo del Buen Pastor –Cristo– según lo define el Evangelio de Juan (10,1) y por tanto en un poderoso símbolo del rey divino, por lo que representa la función específica de protección de la grey de los fieles y, fuera del marco religioso, de todos sus súbditos.

Es habitual en la iconografía cristiana que muchos santos y personajes relacionados con la religiosidad porten también un cetro, elemento que en la mitología grecorromana, por su parte, representaba el símbolo fálico, como por ejemplo el tirso de Dioniso.

Fuera de Europa era la vara que indicaba el rango social y que se exhibía en las ceremonias rituales. Por su forma rígida y vertical se le relacionaba, como ya he señalado, con el eje del mundo, de gran similitud con la espada. Generalmente, al menos en Europa, el cetro solía rematarse en forma de pomo redondo, símbolo también del mundo y del control absoluto sobre él; también solía ser engalanado con otros ornamentos, como la flor de lis –símbolo de los reyes franceses–, que significa luz y purificación.

Otros elementos simbólicos

El globo también era un elemento crucial dentro del simbolismo regio, y los reyes y emperadores lo llevaban en la mano durante las diferentes ceremonias oficiales, y en la más importante probablemente de sus vidas: la de coronación, simbolizando, en palabras de la citada Rapelli «la metáfora del poder sobre un área terrenal, pero por extensión sobre el mundo entero», encarnando además el ordenamiento divino del cosmos y remarcando también el papel mesiánico del rey como salvador de su pueblo, si tenemos en cuenta que en la iconografía religiosa Cristo se presenta sosteniendo un globo en una de sus manos como salvador del mundo –Salvator Mundi–.

Junto a todos estos símbolos, el trono fue uno de los que mayor distinción otorgaba al soberano; éste era el «ombligo del mundo» y representaba el Universo sobre el que gobernaba el rey. Además, simbolizaba la unidad estable y la síntesis entre el Cielo y la Tierra y era un símbolo también de la majestad divina, pues la divinidad se representa sentada precisamente sobre un trono.

En el Antiguo Egipto, el faraón aparecía representado generalmente sobre un trono, y en los jeroglíficos de las pirámides éste tenía el significado de equilibrio y seguridad. Por su parte, en la Grecia antigua los doce dioses del Olimpo también se sentaban en tronos adornados con ricas joyas. El de Zeus se hallaba situado en la Gran Sala del Consejo, y era de mármol negro pulido con incrustaciones de oro puro, símbolo del astro rey. Para llegar al mismo había siete escalones, cada uno de ellos representando uno de los colores del Arco Iris. Sobre uno de los brazos del gran asiento se posaba un águila de oro que mostraba un rubí en cada ojo; con una de sus garras apresaba los rayos del Dios-Rey, regalo de sus aliados los cíclopes en la lucha contra Cronos y sus secuaces durante la guerra por el Olimpo.

La reina Hera, por su parte, se sentaba sobre un trono de marfil, símbolo de pureza. En Grecia también los reyes y los nobles se sentaban sobre tronos. Rapelli escribe que era un símbolo tan poderoso en aquella civilización que se esculpían tronos vacíos para los dioses, de manera que éstos pudieran estar presentes en todo momento.

En el arte cristiano la Virgen y Cristo están sentados también sobre ellos durante el acto de coronación. Asimismo, Jesús promete a los apóstoles que cuando juzguen a las doce tribus de Israel se sentarán sobre tronos. Estos suelen estar elevados sobre uno o varios escalones, a veces con un dosel o pabellón encima, como en la capilla del palacio real de Aquisgrán, en la que Carlomagno tenía reservado un lugar especial para el trono durante el transcurso de las celebraciones religiosas, elevado sobre una plataforma que hacía que el emperador se situara, física y simbólicamente, por encima de todos sus feligreses.

Para saber más:     

HANI, Jean: La realeza sagrada. Del faraón al cristianísimo rey. José J. de Olañeta Editores 1998.

HERRADÓN, Óscar: Historia oculta de los reyes. Magia, herejía y superstición en la corte. Espejo de Tinta, 2007.

RAPELLI, Paula: Grandes dinastías y símbolos del poder, Electa, Barcelona, 2005.

La Marca del Maligno (III)

Es una figura intemporal que causa temor allá por donde pasa pero que, a su vez, goza de una legión de seguidores. Con diversas máscaras e identidades a lo largo de la historia y las distintas culturas, el mal se humaniza adquiriendo su forma y tentando a las almas más endebles con sueños de dinero y poder. El diablo, y sus múltiples rostros, ha dejado señales de su existencia que van más allá de meras leyendas. En numerosos lugares aún puede verse y sentirse… LA MARCA DEL DIABLO

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El Museo del Diablo (Kaunas, Lituania)

Si uno quiere sentirse más cerca del diablo, pero sin correr el peligro que supone invocarlo o firmar un pacto con su sangre, puede visitar el Museo del Diablo –Devil’s Museum– de Kaunas, en Lituania, una verdadera rareza expositiva sobre la que se ciernen multitud de leyendas.

Incluido en la lista de los museos más curiosos del mundo, consta de tres pisos y alrededor de mil criaturas a cuál más peculiar venidas de todos los rincones del planeta, una colección que se va incrementando año tras año con las aportaciones de numerosos visitantes foráneos. En el primer piso nos encontramos con los demonios locales, la mayor parte auténticas obras de arte: pinturas sobre seda o lienzo, tallas en madera, algunas centenarias, cerámicas o tallas en piedra, con originales interpretaciones de estas malvadas –y también cómicas– criaturas. Uno de los demonios más curiosos es un pequeño diablo dorado sólo visible a través de una lente de aumento, así como un demonio bíblico protector de esta planta museística.

En el segundo piso se halla un gigantesco demonio hecho en madera que fue donado por varios ciudadanos que habían sufrido numerosos desastres y que culpaban a la talla de los mismos. En esta planta hay rarezas de todo tipo; armas, piedras esculpidas con la imagen del maligno, y un tronco con apariencia de demonio, así como un recorrido por la historia de las acólitas de Satán, las brujas. En la tercera planta, el curioso se encontrará con diferentes demonios forasteros, una amplia variedad diabólica.

El diablo…

…es el ángel rebelde, el enemigo de los planes de Dios, el que tienta a los hombres. Los hebreos lo llamaron Satán –Satanás–, cuyo significado es «el obstructor», «el adversario» o «el acusador». El Nuevo Testamento le dio el nombre griego de diabolos –Diablo–, que significa «el Calumniador». Por otra parte, la palabra demonio proviene del griego daimon, con el que los griegos se referían al destino de las personas y que se aplicaba a distintas divinidades o a los poderes desconocidos e invisibles que actúan sobre el hombre. Los cristianos tomarían el término para designar a los ángeles caídos. Además de Satán, la demonología fue elaborando una intrincada jerarquía que incluía nombres como Luzbel, Belcebú, Mammón, Leviatán, Belial, Astaroth, Asmodeo o Belfegor… todos ellos son Legión

Arqueología demoníaca

En 2010, un grupo de arqueólogos británico descubrió, en el barrio londinense de Greenwich, enterrada a cinco metros de profundidad, una botella de 23 cm de alto, colocada al revés, esmaltada y con el dibujo del rostro de un hombre barbudo grabado. Tras un minucioso estudio, se concluyó que se trataba de una botella de bruja, llamada también «jarra Belarmino», en honor, o quizá como burla, a San Roberto Belarmino, un jesuita italiano del siglo XVI, azote de protestantes y “martillo de herejes”.

El interior de la «botella de brujas» encontrada en Greenwich contenía orina humana con un alto contenido en nicotina, azufre –elemento imprescindible en todo rito contra las fuerzas del averno–, 12 clavos de hierro, 8 alfileres, un trozo de tela en forma de corazón y uñas recortadas. Fue sellada y enterrada boca abajo con un buen puñado de clavos para «infligir dolor a la bruja».

DANZAD, DANZAD, MALDITOS

Para expulsar al maligno, se celebran procesiones y bailes en numerosos rincones.

La Diablada de Píllaro (Ecuador): En Píllaro, entre el 1 y el 6 de enero de cada año, miles de personas disfrazadas toman las calles para bailar en la Diablada: suelen ataviarse como diablo, guaricha o capariche, los tres personajes principales. El origen de esta festividad está en la época colonial y evoca la rebeldía de los indígenas y mestizos contra la religión católica: se disfrazaban de diablos en repudio a los sermones de los sacerdotes españoles y al maltrato que recibían de los colonos. La tradición exige que aquellos que se vistan de diablo en Píllaro deben hacerlo durante siete años consecutivos. En caso contrario, pueden pasarles “cosas imprevistas”…

Los diablos danzantes de Yare (Venezuela)

Desde hace 269 años, los “diablos” danzan en esta localidad nueve jueves después del Jueves Santo. Comenzó en 1749, cuando una gran sequía afectó al Valle de Yare. Los fieles hicieron promesas al Santo Sacramento para que llegara la lluvia; y llegó. Durante el ritual de los “diablos danzantes”, los llamados “promeseros” visten de rojo, con capas y máscaras de apariencia grotesca, y portan cruces, escapularios y rosarios. Bailan por las calles al ritmo de tambores e instrumentos de cuerda que causan un gran estruendo para espantar al maligno. Escenifican una larga procesión que finaliza en la iglesia, cuando todos en señal de respeto, se postran ante el Santo Sacramento, y son bendecidos por un sacerdote.

El Colacho (Castrillo de Murcia, Burgos)

Esta festividad se celebra el domingo después de Corpus Christi y se remonta a 1620, aunque sus orígenes no están claros. Ciudadanos vestidos de demonios corren por todo el pueblo luciendo máscaras rojas y amarillas y profiriendo insultos contra los lugareños, dándoles latigazos con una cola de caballo atada a una vara. Cuando los redobles anuncian la llegada del atabalero, vestido de negro, y los hombres devotos para «expulsar el mal», da comienzo una exhibición singular y no exenta de controversia: el salto del Colacho. Los bebés que han nacido ese año son colocados sobre un colchón, mientras los «diablos» les saltan por encima en una suerte de bautismo: así el demonio absorbe los pecados de los recién nacidos y les proporciona protección frente a las enfermedades y desgracias.

Lugares que acogen el mal

Davolja Varos (Serbia)    

Davolja Varos, que en serbio cirílico significa «Ciudad del Diablo», es una formación rocosa al sur de Serbia. Compuesta por 202 exóticas formaciones conocidas como «pirámides de tierra» o «torres», fueron creadas por la erosión y una fuerte actividad volcánica. Bajo ellas corre un manantial con alta concentración de minerales y dos fuentes: Davolja voda –«agua del Diablo»– y Crveno Vrelo –Pozo Rojo–. La particularidad del terreno: suelo rojo, aguas extremadamente ácidas y el particular sonido que causa el viento al atravesarlas, ha dado origen a diversas leyendas, entre ellas, que aquel es un lugar consagrado al maligno.

Las Flechas del Diablo (Devil’s Arrows, Boroughbridge, Inglaterra)

Los llamados «Menhires de Boroughbridge» son tres grandes piedras megalíticas ubicadas en North Yorkshire, que se levantan cerca de la carretera A1 que en la actualidad cruza el río Ure. Erigidas en tiempos prehistóricos, parece que en un principio fueron cinco piedras, que finalmente se dispersaron. Las tres restantes están alineadas de forma casi perfecta, por lo que se cree que fueron así colocadas para coincidir con los movimientos lunares. La historia sobrenatural empezó a escucharse en 1721, cuando se dijo que fue el mismísimo Satanás quien tiró las piedras, que empezarían a ser conocidas como «Las Flechas del Diablo» (Devil’s Arrows). Una leyenda señala que al dar doce vueltas en contra de las agujas del reloj a una de ellas, se aparecerá el mismo Astuto en persona.

Los pantanos de los condenados

Cuentan que algo oscuro se cierne sobre Yeun Elez, en Bretaña, donde, según Olivier Le Carrer, los sortilegios de otros tiempos «se divierten confundiéndose con los de la actualidad». Ese río de los ángeles es el Elez, cuyo curso «seguían las criaturas aladas para ir a liberar las almas cautivas de los difuntos y abrirles las puertas del purgatorio». Se dice que antes de que el embalse sirviera para refrigerar, en los 60, la hoy desaparecida central de Brennilis, allí convergía una marisma sin fondo.

Los campesinos del Arrée vivían siempre con el alma en vilo esperando los chirridos de la carreta del Ankou, según Le Carrer, «el devoto servidor de la muerte que recorría los campos con su mell bennigt –mazo bendecido– para marcar a los siguientes ‘elegidos’». No era baladí que se encontraran inquietos: no sabían qué les aguardaba en el insondable youdig, considerado la puerta del mismo Infierno; otra de tantas…

Marcas y huellas del Diablo

Dispersas por el mundo, existen huellas y señales que se atribuyen a la acción del Astuto. Aquí os dejamos algunas de las más sugerentes:

–La huella del Diablo en la catedral de Múnich. Cuenta la leyenda que cuando en el siglo XV le encargaron al arquitecto Jörg Von Halsbach construir la catedral de Múnich, éste hizo un pacto con el diablo. Al parecer, le propuso al Astuto que si no interfería en la construcción, él levantaría una catedral sin ventanas, y si no lo conseguía, como es de recibo, el maligno se quedaría con su alma. Veinte años después, cuando el templo estuvo terminado, el diablo, que no podía pisar suelo sagrado, se asomó a la puerta y no pudo ver ventana alguna –el ventanal del fondo estaba tapado por un gran retablo–. El rey de los infiernos, encolerizado, logró cruzar el umbral y plantó su huella en mitad del suelo de la catedral, una huella que hoy puede verse.

La huella del diablo en Santa Eulària (Ibiza). Cuenta el folclore local que un leñador huraño de nombre Pep cortaba troncos en el Puig d’en Ribes y un hombre extraño le preguntó si necesitaba ayuda; luego se puso a cortar árboles a una velocidad de vértigo. Pep recelaba de él, recelo que fue en aumento cuando a la hora del almuerzo el desaliñado visitante sacó un cuenco «lleno de lombrices, uñas, lagartijas, insectos y demás inmundicias que se llevaba a la boca»; y sus sospechas se vieron confirmadas cuando al volver al trabajo, Pep pudo ver de refilón cómo bajo las ropas del extraño sobresalía «una cola larga y afilada».

Era el mismo diablo. Como el leñador llevaba consigo un rosario, ahuyentó con él al maligno, que salió en estampida hacia la cima. Se levantó una capilla –Sa Creu d’en Ribes– en el mismo lugar en el que –aseguran– el huidizo diablo dejó su última huella.    

La Puerta del Infierno

Si quieres emprender el camino hacia el averno, obviando los riesgos que implica, puedes hacerlo, por ejemplo, en la República Checa, en la región de Okna, al norte de Bohemia. Allí se erige el misterioso Castillo de Houska, que, según la tradición local, habría sido erigido precisamente como «tapón»de una entrada al mismísimo infierno. La historia, que se remonta al siglo IX, contaba que en la roca sobre la que se yergue había una grieta por la que salían criaturas infernales «con aspecto mitad humano y mitad animal, que causaban daños a personas, animales y perjudicaban la cosecha». Con el paso de los años se logró taponar la grieta y sobre ella se erigió una capilla de estilo gótico. Fue en el siglo XIII, lo que convierte a Houska en una de las fortalezas más antiguas de Chequia.

El hecho de que las paredes estén siempre húmedas y cubiertas de líquenes, mientras las demás construcciones no sufren dichos problemas, despierta aún más dudas entre los lugareños. Desde hace siglos, las gentes de la zona están convencidas de que la misteriosa puerta que se abriría debajo del castillo conduce a otros mundos… e incluso a otros tiempos. Aunque las fortalezas se construían con una finalidad protectora, la mole pétrea de Houska se sitúa en un lugar desierto y sin acceso al agua. Una leyenda apunta que en el siglo XVI se concedió a un reo condenado a muerte la posibilidad de trocar su trágico destino por la libertad si se aventuraba en su interior y contaba lo que había visto. Una vez que le hicieron descender, comenzó a gritar, aterrado, que lo subieran, asegurando que prefería morir en el cadalso: aseguró que en el interior de la sima había escuchado unos gritos espeluznante, y que el ambiente estaba impregnado de un hedor insoportable. En el siglo XIX se extendió aún más la leyenda cuando el poeta romántico Karel Hynek Mácha decidió pernoctar en la sima.

Existen otras supuestas puertas al infierno diseminadas por todo el orbe: El Escorial (España); el Necromanteión (Éfira, Grecia, el cráter de Darvaza (Turkmenistán), Hierápolis (Pamukkale, Turquía). El Monte Osore (Japón) Suma y sigue… No sabemos cuál es el mejor atajo para llegar hasta allí. En otro post nos atreveremos a abrirlas.