Hoteles en los que se hospeda el mal (I)

No es precisamente un buen año para el sector hotelero y turístico por culpa de la dichosa pandemia del Covid-19, el peor y más letal inquilino de los últimos 100 años; más bien está siendo nefasto, para olvidar, como en muchos otros sectores, pero seguro que cuando esto se recupere, y lo hará –no me atrevo a vaticinar cuándo, eso sí–, volvemos a viajar a los lugares más sorprendentes… e inquietantes. Si somos de experiencias fuertes, quizá nos atrevamos a alojarnos y pernoctar en alguno de estos establecimientos, aunque dudo que lo recomiende la mayoría de cardiólogos e incluso psiquiatras. NO APTO PARA APRENSIVOS.

Óscar Herradón ©

Afirman aquellos que están hechos de la pasta de la incredulidad más obcecada que son meras leyendas, situaciones fruto de la sugestión o del miedo llevado al límite, cuando no del interés de unos cuantos con el único afán de lucrarse; incluso, en estos tiempos en los que la Red es un apéndice más de nuestro cuerpo, que se trataría solo de otras más entre tantas fake news que circulan sin control ni freno, confundiéndonos sobre los que es real y lo que viene siendo trola pura y dura.

Muchas de esas historias nacen así. Pero parece haber algo más… en ocasiones mucho más. O al menos eso aseguran, con semblante muy serio, quienes se han topado cara a cara con lo insólito, con el terror en su estado más puro y no han podido volver a dormir tranquilos. Y la gran mayoría no tiene motivos para mentir.

Porque aquello que parece intangible, que desafía nuestra preclara razón en la que no tiene cabida lo que se sale del guión de lo comúnmente aceptado, se presenta cuando le viene en gana, y son numerosos los testimonios de su presencia, reiterativa o casual. Un buen número de ellos han sido recogidos en esos lugares de paso en los que recalamos alguna vez –o muchas– en nuestra vida: hoteles, moteles, paradores… Sitios de tránsito o descanso en los que la presencia del mal, o lo extraño, sea lo que sea, se hace patente, obligando en ocasiones a cerrar a los propietarios –o a silenciar el asunto– y, en otras, paradójicamente, provocando que aumenten sus reservas al reclamo de «quedan habitaciones vacantes». Hoy el miedo está de moda, aunque no es para todos los públicos. Tras entrar en la recepción y llamar al conserje, comienza nuestro particular viaje a las sombras.

Hotel Cecil. Los Ángeles (EEUU)

640 S. Main Street. Los Ángeles. Con forma de enorme torre en la que tienen cabida 600 habitaciones, el Hotel Cecil fue construido en el corazón de la soleada capital de la costa oeste en 1927, un tiempo de grandes estrellas, gánsteres y crímenes sin resolver. Aunque fue erigido como un lugar acogedor, con los años fue decayendo su fama, tornándose en lúgubre y decadente y se convirtió en lugar de paso de gente anónima, alguna muy peligrosa. Aquel que tenía dinero no se alojaba en el Cecil…

Su historia siniestra, que abarca varias décadas, comienza poco después de su construcción: tras el crack de 1929 y la Gran Depresión, en sus dependencias comenzaron a suceder numerosos suicidios y crímenes, tantos, que hoy está considerado el hotel más maldito de toda la costa oeste. En él residió durante un tiempo la tristemente célebre Elizabeth Short, bautizada por la prensa como «La Dalia Negra», una joven aspirante a actriz cuyo cuerpo apareció desnudo y descuartizado en un descampado de Los Ángeles, el 15 de enero de 1947, brutal suceso que inspiraría a James Ellroy su novela homónima –ese, y la brutal muerte de su madre, que contaré en otro post–. Nunca se descubrió a su asesino.

En 1962, una inquilina de nombre Pauline Otton saltó desde una ventana de la novena planta del Cecil. En su brutal caída, acabó con la vida de un pensionista. Ese mismo año, contribuyendo a aumentar la fama de malditismo del inmueble, Julia Frances Moore, de 50 años, saltó desde la octava planta y su cuerpo impactó contra la barandilla del segundo piso. Sin embargo, la luctuosa historia del hotel no había hecho más que comenzar.

Apenas un par de años después, en 1964, una vendedora telefónica jubilada de nombre «Pigeon» Goldie Osgood, que llevaba tiempo residiendo en el Cecil, fue hallada muerta en su habitación: había sido violada, apuñalada y golpeada hasta la muerte. El crimen nunca fue resuelto.

Drogas, prostitución y serial-killers

La tétrica historia de este hotel inspiraría una de las últimas temporadas de la exitosa serie catódica American Horror Story. Como si de un imán para los dementes se tratara, el Cecil, ya en lo que era considerado un barrio marginal –Skid Row–, donde se traficaba con drogas y se utilizaban las habitaciones para la prostitución ilegal, dio cobijo a algunas de las mentes más retorcidas de la crónica negra de los últimos cuarenta años, lo que alentó su nefasta fama.

A mediados de los 80, se pudo ver en el hotel durante una buena temporada, antes de ser arrestado, a Richard Ramírez, alias Night Stalker (El Acosador Nocturno), uno de los más retorcidos serial-killers de América. Entonces las habitaciones eran muy baratas, rondando los 14 dólares la noche. Uno de los empleados nocturnos del Cecil, Raoul Rodríguez, recordaría más tarde cómo un hombre que estaba seguro era Ramírez se alojó allí durante los meses de julio y agosto de 1985, en una habitación de la planta 14.

De origen mexicano, Ramírez acabó con la vida de 14 personas en Los Ángeles entre 1984 y 1985. A principios de los 90 el Cecil dio cobijo a Jack Unterweger, un asesino en serie de origen australiano, de notables cualidades literarias, que acabó con la vida de 12 prostitutas de diferentes países utilizando su propio sostén para estrangularlas. Hubo otros crímenes menores y agresiones sangrientas en sus instalaciones, en 1988, en 1995, en 2010…

En un lugar con un historial así, no es raro que se hiciera presente la actividad «sobrenatural»; incluso, existen fotografías en Internet –no muy convincentes, todo sea dicho– en las que se pueden ver extrañas siluetas que han aparecido tras el revelado. Una larga lista de hechos anómalos y ruidos sin explicación; incluso, algunos huéspedes aseguran haber sufrido intentos de estrangulamiento mientras dormían… Se marcharon prestos del Cecil asegurando que los fantasmas del establecimiento intentaban asesinarlos.

El crimen más extraño

A pesar de su historial trágico, el caso más extraño y espeluznante en el interior del Cecil tuvo lugar en su interior hace apenas unos años, en 2013. Aquel año, la joven de 21 años de origen chino Elisa Lam, que sufría una depresión, decidió realizar un viaje para recorrer los EEUU de punta a punta. Uno de los lugares que más anhelaba conocer era Los Ángeles, y allí recaló, instalándose en el peor hotel, en la peor calle de la ciudad.

La tarde del 31 de enero Elisa estuvo en una librería cercana, Last Bookstore, donde compró algunos libros y discos. Regresó con sus compras al hotel, según declaró el personal que la vio entrar en el Cecil. Pero ese mismo día algo pasó: no volvió a dar señales de vida. Sus padres alertaron a las autoridades pero el paradero de la joven era desconocido.

Dos semanas después, cuando la policía revisó los vídeos de vigilancia, se quedaron estupefactos con unas imágenes que circularían por Youtube, poniendo los pelos de punta a medio mundo. En aquellos cortes se ve a Elisa, pocos días antes de su desaparición, actuando de una forma cuanto menos extraña en el interior de uno de los ascensores del Cecil: pulsaba los botones del elevador y salía y entraba varias veces a su interior, muy inquieta. Además, daba la sensación de que hablaba con alguien, aunque en las imágenes no se apreciaba figura alguna, lo que dio pie a hipótesis de todo tipo: que si había sufrido un brote psicótico, que hablaba con un asesino, un fantasma e incluso que el elevador se trataba de ¡una puerta dimensional! Sin palabras… Al poco rato, Elisa salía del ascensor, y nada más se supo.

En febrero, los inquilinos del hotel comenzaron a dar quejas en recepción sobre el color y el sabor del agua que manaba de los grifos y la ducha, y sobre el mal olor y sabor de la misma. No sospechaban entonces que beber aquel agua o ducharse con ella marcaría sus vidas para siempre… El personal de mantenimiento del hotel fue a revisar los tanques de la azotea y descubrieron un cuerpo en descomposición. Cuando las autoridades se llevaron el cadáver y le hicieron la autopsia, corroboraron que era el cuerpo de Elisa Lam y que llevaba 19 días sumergido en el depósito. A partir de entonces cogió fuerza la hipótesis del suicidio e incluso del asesinato, aunque ninguna de las dos se pudo corroborar. El cuerpo, a pesar del mal estado, no mostraba signos de violencia.

En cuanto al suicidio, según se hacía eco el diario La Vanguardia el 30 de enero de 2017,  los investigadores afirmaron que era casi imposible que la joven tuviera acceso a los depósitos del tejado. Los recepcionistas aseguraron por su parte que «el tanque no tenía fácil acceso y estaba cerrado con llave –una llave que, presuponemos, no tenía la víctima–. Además, la tapa pesa considerablemente», algo extraño para una chica que no debía pesar más de 50 kilos. Es más, los bomberos, agotados, tuvieron que optar por hacer un orificio en el tanque para sacar el cuerpo. Incluso, había un dispositivo de alarma que nunca se activó.

Cómo no, la hipótesis paranormal no tardó en copar las redes sociales: se habló de una entidad invisible y agresiva que estaría acosando a Elisa en el ascensor, lo que justificaría el hecho de que las puertas no se cerraran ni siquiera tras pulsar ésta el botón; dicha entidad habría sido la responsable de llevarla a la azotea… Demasiado poder, no obstante, para un ente descarnado.

Otra hipótesis es que pudo haber sido víctima de una posesión demoníaca que habría terminado en suicidio… Muchos relacionaban a Richard Ramírez con el satanismo, del que se jactaba de ser fiel seguidor, pero era imposible que éste tuviera algo que ver en el «crimen»: Ramírez permanecía en la cárcel, donde llevaba 23 años esperando la pena capital. Curiosamente, moría en prisión el mismo año del caso Lam, el 7 de junio de 2013, a los 53 años, tras pasar 23 en el corredor de la muerte. Más leña que arrojar al fuego de lo extraño.

Circularon ideas aún más peregrinas: que Lam formara parte de una retorcida conspiración del gobierno con ingredientes tan sugerentes como experimentos con humanos y secretos de Estado. Un año más tarde, sin pruebas evidentes y ante la falta de testimonios fehacientes, la policía estatal archivó el caso. Cinco años después, el caso de Elisa Lam es considerado el mayor misterio de la década en los EEUU.

Ballygally Castle Hotel (Irlanda del Norte)

Situado en la cima de la bahía de Ballygally, en la costa de Antrim, al noreste de Irlanda del Norte, a tan sólo 32 km al norte de Belfast, se erige un viejo e impresionante castillo con una truculenta historia detrás. El Ballygally Castle Hotel data de 1625, y fue construido al estilo de los castillos defensivos franceses por un escocés, James Shaw. La fortificación perteneció a la familia Shaw hasta 1799. Ya en el siglo XX, la compró el magnate de las alfombras Cyril Lord, quien amplió y renovó su estructura.

Hoy es un moderno alojamiento con 44 habitaciones y un restaurante dentro de las murallas con una sugerente carta. Pero al margen de ser un sitio acogedor, lo cierto es que, cual reclamo sobrenatural, existen una serie de placas que te guían hacia la conocida como «Habitación del Fantasma» (Ghost Room), aunque al parecer no es un simple recurso turístico. Cuentan que dicha estancia, situada en un torreón superior con espectaculares vistas al mar de Irlanda, perteneció a una famosa residente, Lady Isobel Shaw.

De acuerdo a los lugareños, el dueño del castillo, James Shaw, se casó con la desafortunada Lady Isobel que no pudo darle el varón que éste soñaba, sino una niña. Enfurecido, la encerró en la torre negándose a alimentarla y allí la muchacha enloqueció: durante semanas no paró de gritar y golpear la puerta hasta que su retorcido esposo la arrojó a la desdichada por la ventana. Aunque hay versiones diferentes: a saber, que el escocés contrató a unos esbirros que la arrojaron por las empinadas escaleras, causando su muerte; otros claman que Isobel mantenía una relación adulta con un marinero y cuando Shaw lo descubrió, la encerró.

Cyril Lord.

Desde entonces, se dice que su espíritu frecuenta la pequeña habitación, dejando la estancia impregnada de un característico olor a vainilla que todos, desde el dueño al último camarero, relacionan con Isobel. A veces se aparece –dicen– en esa parte del castillo a algunos visitantes, como desesperada: creen que está buscando a su hija. Lo más estremecedor es que algunos inquilinos afirman haberse despertado en medio de la noche y encontrar al “fantasma” en medio de la habitación para, a continuación, verlo desvanecerse.

Según se relata en el libro de Jeff Belanger The World’s Most Haunted Places, en 1998, una semana antes de la fiesta de Halloween, la reportera Kim Lenaghan grabó parte de un segmento de «divertidas situaciones de miedo» para el programa radiofónico de la BBC Good Morning Ulster en el interior del BallyGally. Eligió pasar la noche, claro, en la Ghost Room, tras pedirle consejo a una médium apodada “Sally” que la acompañó antes de pernoctar. Lenaghan le contaría a Belanger más tarde que en un momento determinado «Sally» pareció entrar en contacto con alguna entidad, aunque no estaba en trance, aunque sí muy concentrada. Luego, la temperatura de la habitación subió notablemente, «al menos diez grados». La médium comenzó a hablar con alguien invisible y se hizo presente un olor, un fuerte olor a vainilla, «pero no era exactamente vainilla; era un olor viejo, que recordaba ligeramente al moho; olía a vainilla rancia… Sé que suena ridículo, pero eso es lo que era», sentenciaría la periodista.

Siguiendo el trabajo de Belanger, «la médium explicaría más tarde que el espíritu era el de una mujer joven asustada que estaba buscando a su hija pequeña. Le dijo a Lenaghan que ‘la mantenían allí contra su voluntad, asegurando que había una mujer vieja que no la dejaría salir de la habitación’. Durante la conversación, la mujer corría continuamente hacia la ventana buscando a un hombre llamado Robert que estaba en el mar. El espíritu no entendía por qué Robert no volvió a buscarla».

Tras este episodio que comenzó a alarmar a la hasta entonces incrédula reportera, Lenaghan se despidió de «Sally», se hizo con una taza de café, un poco de brandy y una grabadora, subió las escaleras y se instaló en la pequeña habitación del torreón. Lenagham afirmó que alrededor de las tres de la madrugada la habitación comenzó a calentarse de nuevo: «Pensé: ¡es el café y el brandy! Y luego se puso aún más cálido y pensé, ‘no, algo no está bien’. Inmediatamente regresó el olor. Y era aún más fuerte que antes (…)».

Segundos después, salió escopetada de la habitación y se fue a otra lo más alejada posible. Al día siguiente, el personal la llevó de nuevo al ala «encantada» del castillo, donde varios inquilinos afirmaron haber escuchado llamar a la puerta por la noche, e incluso uno de ellos aseguró haber visto a una mujer que se desvaneció. Este mismo le mostró a la periodista, escrito en el polvo del espejo de la «habitación fantasma» el nombre de Kim. Si fue una puesta en escena de los administradores del BallyGally, fue desde luego de Oscar.

Ghost Room… ¡Buen descanso!

Otros inquilinos afirman que el castillo está encantado por uno o más niños. Algunos fueron despertados por unas pequeñas manos que tiraban de las sábanas y les empujaban. Cuando abrían los ojos no veían a nadie… pero sabían que no se trataba de un sueño o una pesadilla porque, ya erguidos, podían escuchar una risa infantil. Hoy es un hotel de 4 estrellas. Puedes reservarlo en Booking desde unos 150 euros la noche. Seguro que la experiencia merece la pena… O no.

Este post continuará (si nos deja el alma atormentada del malvado Ramírez…)

Sor Patrocinio. La consejera iluminada de Isabel II (I)

Fue un personaje anacrónico en una España, la del siglo XIX, abierta a convulsos cambios. Consejera espiritual de Isabel II y su marido Francisco de Asís, provocaría un auténtico vendaval político cuando afirmó padecer en su cuerpo los estigmas de Cristo. Aquel y otros hechos «prodigiosos» desembocaron en un proceso judicial que hizo historia y que fue impulsado por el político Salustiano Olózaga, receloso con esta singular religiosa cuya figura está rodeada, todavía hoy, de claroscuros.

Óscar Herradón ©

María Josefa de los Dolores Anastasia, más conocida como Sor Patrocinio o «La Monja de las Llagas», sería uno de los personajes más singulares, paradójicos y atractivos de la convulsa España del siglo XIX, un país abierto al cambio y a las libertades que, no obstante, se enfrentaba al viejo orden, aquel marcado por la superstición, la devoción extrema y los añejos y entonces intocables valores del pasado. Nuestra protagonista, que viviría ochenta años y conocería algunos de los episodios más importantes del diecinueve de primera mano, varios reinados y un par de guerras, sufriría en carne propia las consecuencias de esa profunda división espiritual y política del país, una división a la que ella misma contribuyó.

Vino al mundo –un mundo que para ella sería de marcada austeridad y no poco sufrimiento– un 27 de abril de 1811 cerca de la Venta del Pinar, en San Clemente (Cuenca) y su mismo nacimiento ya estuvo rodeado, cuentan, de hechos «prodigiosos», pues como señala con acierto el historiador Pedro Voltes, para intentar comprender a esta singular mujer hay que recurrir en ocasiones a los supuestos prodigios y hechos sobrenaturales que rodearon su devenir vital desde el principio hasta el fin y que serían ensalzados en las numerosas hagiografías que le dedicaron y servirían a sus muchos detractores para ridiculizarla y mostrarla ante el mundo como una farsante.

Un nacimiento «milagroso»

Demos, pues, rienda suelta a la imaginación para hablar sobre su llegada a esta tierra de penurias. Cuentan las historias prodigiosas sobre su vida que debido a que en plena Guerra de la Independencia los franceses iban y venían por los páramos manchegos en busca de españoles que ajusticiar, Dolores Cacopardo del Castillo, acompañada de un sirviente, se adentró en el campo huyendo de las huestes galas y allí, bajo las estrellas, dio a luz a quien sería personaje de renombre en el Madrid decimonónico.

Narra la citada historia, siempre jugando a las damas con la leyenda, que la madre, pensando que la criatura había nacido muerta, la abandonó en el prado; las malas lenguas afirmaban que la había dejado allí para que muriera, pues la señora Quiroga, y esto es cierto, nunca mostraría un gran aprecio hacia su hija; no obstante, y aunque dicho suceso, casi con claridad apócrifo, fuera cierto, dudo que la madre llegara hasta ese punto de retorcimiento tras haberla llevado en su vientre durante nueve meses. Demasiados adornos, unos hermosos, otros siniestros, en torno a la vida de nuestra protagonista.

Al parecer, poco después de quedar «abandonada» en la finca de la Venta del Pinar, apareció allí por casualidad –o más bien por capricho de la Divina Providencia–, a caballo –mientras huía de los franceses–, el progenitor, que según las piadosas crónicas escuchó una voz, tres veces, que le llamaba «padre» –sorprendente teniendo en cuenta que provenía de un bebé recién nacido–, y el señor Quiroga, sospechando que se trataba de su propia hija, se la llevó con ella a casa, para sorpresa de su mujer.

Partida de bautismo de Diego Quiroga

Don Diego Quiroga y Valcárcel, natural de Lugo, era un alto empleado de la administración de las rentas de la Casa Real, lo que explica la huida de los franceses. Anécdotas devocionales aparte, la niña fue bautizada en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos, en Valdeganga (Albacete), el 5 de mayo de 1811, con los nombres de María Josefa de los Dolores, Anastasia y Cacopardo.

El crédito de la familia Quiroga en la corte venía de antiguo. El abuelo paterno, Fernando Quiroga y Bussón, era personaje de renombre en palacio e íntimo del rey Carlos IV; el soberano recompensaría su fidelidad nombrando a su hijo Diego para un cargo en la Hacienda Real en Madrid.

La infancia de Sor Patrocinio no sería fácil. Tenía otros cuatro hermanos pero al parecer era el ojito derecho del padre, que le prestaba todo tipo de atenciones, algo que no gustaba a la madre ni a su hermana, Ramona, que solían tratarla con hostilidad. En este marco, una historia, otra probablemente apócrifa, afirma que la señora Quiroga intentó envenenar a la pequeña con una tortilla o guiso de setas venenosas que acabaría por ingerir, por casualidad, el gato de la familia, por lo que Don Diego descubrió el complot.

Desde temprana edad Sor Patrocinia mostraba afición por vestir muñequitas con hábito de monja, muñecas que su hermana Rafaela le robaba y tiraba a un pozo atadas por el cuello de una soga. La mayoría de biografías –muchas de ellas muy subjetivas, casi todas piadosas y algunas contradictorias– aluden a que ya desde su niñez el demonio la acechaba, lo que compensaba la devota muchacha con las visiones celestiales que experimentaba. Al parecer, a los dos años «ya dialogaba con la Virgen María». Agraciada ella.

En 1813 Don Diego decidió enviarla con su abuela a San Clemente de la Mancha (Cuenca), mientras él se trasladaba a Cádiz a ponerse a disposición de la Regencia Española. Con Fernando VII de nuevo ciñendo la Corona, seguiría ocupando importantes cargos en la Administración.

San Clemente de la Mancha (Cuenca)

Con tan solo seis años, Dolores recibió la Primera Comunión. El padre Casanova escribiría que «siendo aún muy niña se le apareció la Virgen Santísima a veces y le enseñó a escribir y hacer labores». Sin duda la pequeña Dolores era una privilegiada, con ventaja «divina» sobre los demás niños de su edad. Sus supuestas visiones sacras y su marcada devoción y amor al Santísimo serían una de las principales razones de que reyes como Isabel II o su esposo Francisco de Asís la tuvieran por santa y la elevaran al puesto de consejera de la Corona. Pero no voy a adelantar acontecimientos.

De la vida acomodada a los rigores del claustro

Tras la muerte de su progenitor, la persona que más la había protegido de los tejemanejes de su madre y su hermana Ramona, la familia Quiroga se trasladó, con escasos recursos económicos, a la capital de España, donde la abuela paterna se encargaría de su educación. En aquel Madrid de principios del XIX la hermosura de la joven Dolores, que de niña tocada por la gracia de Dios se convirtió en una preciosa adolescente de quince años, no pasaría desapercibida para nadie; una hermosura que fue digna de elogio en toda la Villa y Corte. Muchos fueron sus pretendientes, y de ello quería aprovecharse su madre.

Cuentan que entre los que cortejaron a Dolores se contaban personajes de la talla de Mariano José de Larra y José de Espronceda, pero el que daría más que hablar y le causaría mayores desdichas sería Salustiano Olózaga, un joven abogado que más tarde alcanzaría los puestos más relevantes del poder en esa España convulsionada políticamente, incluso, en 1843, el puesto más alto, el de Presidente del Consejo de Ministros. Dolores, que tenía clara su vocación, lo rechazó y decidió encaminar sus pasos al mundo eclesiástico.

Ella se casaría, sí, pero únicamente con Dios, para pesar de la madre, que consideraba a Olózaga un gran partido y una ocasión brillante para escalar posiciones en aquel Madrid de zarzuela, taberna y conventículo. A pesar de la insistencia del joven abogado, perdidamente enamorado de la Quiroga, ésta decidió convertirse en novicia. Aquello nunca se lo perdonaría el orgulloso y vengativo Salustiano, con graves consecuencias futuras.

A entrar en la vida conventual contribuyó la tía de la joven, la marquesa de Santa Coloma, que tenía su residencia en la Calle Mayor, la misma en la que vivía la familia Quiroga. Allí, tras enviudar, se recogió como señora de piso en la casa de las Comendadoras de Santiago; precisamente arregló el ingreso de su sobrina en esta Orden, en calidad de «pisadora», donde se refundía el papel de educanda para novicia y el de servidora de la señora a la que acompañaba.

Convento de las Comendadoras de Santiago

La abadesa tenía en el convento una hermana, doña Petronila Zurita, que sería la encargada de su educación y la primera en divulgar la noticia de sus primeros prodigios. Precisamente entre los muros de ese edificio sacro «Lolita» experimentó sus primeras experiencias místicas, o al menos las primeras que han sido registradas documentalmente. No obstante, aunque se convertirá en monja, no lo hará en esta Orden, sino en otra de normas mucho más rígidas, la de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, en el convento de Jesús, María y José del Caballero de Gracia, también en Madrid.  Para aquel entonces, contaba con diecisiete años. El 19 de enero de 1829 ingresó en el convento, un convento que, perteneciente a los franciscanos, era dirigido por el padre Riaza y por sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar. Ellos serán los encargados de convertir a la joven en sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio.

Oratorio del Caballero de Gracia

Será en el Caballero de Gracia donde sor Patrocinio mantenga una pugna cada vez mayor con el «demonio», según las crónicas hagiográficas: un día el maligno la arrojó escaleras abajo, otro, le vertió una olla de lejía hirviendo sobre su cuerpo. Nada menos. Episodios fruto, quizá, de un tiempo teñido por la superstición y la oscuridad, a pesar de hallarnos a las puertas de la modernidad. Lo que parece cada vez más evidente, y contradice a sus numerosos detractores, es que sor Patrocinio no fue una farsante, sino una víctima de las circunstancias y del ambiente proclive a la histeria en el que se convirtió en una mujer, un convento marcado por una regla estricta que incluía el ayuno y una férrea clausura –que, no obstante, le impedirían cumplir sus numerosos destierros, como enseguida veremos–, hasta el punto de que el rigor de la penitencia, según varios registros, hizo sucumbir a varias internas.

En otra ocasión el «demonio» fue aún más allá y elevó por los aires a la beata, dejándola después en un alero; serían sus hermanas de confesión las que la rescatarían del tejado a través de una buhardilla. Palabras textuales de sus cronistas. Leer para creer –o no–. Aquel viaje por los aires sería aprovechado por los detractores de la monja, que pretendieron escuchar en un supuesto diálogo entre Satán y la religiosa, unas molestas declaraciones de esta última hacia la reina gobernadora, María Cristina –madre de la futura Isabel II–, episodio que sor Patrocinio negaría rotundamente, pero que daría mucho que hablar.

Está claro que la monja no comulgaba con los liberales, más amigos de la desamortización que del confesionario –y partidarios de la regente–, pero la verdad es que parece que nunca estuvo demasiado interesada en la política, que consideraba mundana. No obstante, a lo largo de más de sesenta años, desde que cumplió apenas los veinte, se vio inmersa en un torbellino político de facciones enfrentadas, conspiraciones, camarillas y vaivenes ideológicos.

Este piadoso post continuará…

PARA SABER MÁS:

Recientemente, la editorial Ariel (Grupo Planeta) publicaba una detallada y amena monografía: Isabel II. Una reina y un reinado, del catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla José Luis Comellas, autor de importantes ensayos como Cánovas del Castillo o Los moderados en el poder. En su nuevo ensayo, aborda la figura de la reina «de los Tristes Destinos», como la definió su amigo Benito Pérez Galdós, desde una perspectiva completamente novedosa, recuperando facetas desconocidas o aspectos de la «Niña Bonita» apenas vistos antes, en un intento, claramente logrado, por reconstruir la personalidad humana e histórica de un mujer, contrariamente a la crónica negra, extraordinariamente compleja y llena de matices. Por supuesto, el libro no olvida el importante papel de Sor Patrocinio en la corte y en el reinado.

Hace unos meses Taurus (Penguin Random House) reeditaba una obra emblemática y monumental –por extensión– acerca de la soberana más importante del XIX español: Isabel II. Una biografía (1830-1904), de Isabel Burdial, quien recientemente ha publicado en la misma editorial una biografía de Emilia Pardo Bazán.

Para Burdiel, «la extraordinaria capacidad de desestabilización política y moral de la reina no fue la causa última de la falta de consenso del liberalismo isabelino, sino su mejor exponente». Este exhaustivo ensayo analiza, como nunca antes, la forma específica que adoptó la tensión entre la monarquía y el liberalismo decimonónico, algo que no solo se plasmó en España sino en otros países del Viejo Continente. Por supuesto, en sus casi mil páginas también se aborda de forma detallada la figura de Sor Patrocinio y su relevancia para con el régimen –en contraposición con los vientos liberales y el anticlericalismo de gran parte del sakdfj del país– y la Corona.

Exclusivamente sobre la protagonista del post:

JARNÉS. Benjamín: Sor Patrocinio, la Monja de las Llagas, Austral, 1971.

VOLTES, Pedro: Sor Patrocinio, la Monja Prodigiosa, Planeta, 1994.

Demonios del Siglo de Oro (parte II)

Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII están llenas de extraños sucesos que las gentes de entonces, profundamente supersticiosas, creían de índole sobrenatural. En una sociedad fuertemente jerarquizada y de religiosidad desbordante, el contraste entre el bien y el mal era muy marcado, y el temor a las fuerzas de la oscuridad casi una obsesión.

Fue muy habitual durante el Siglo de Oro que en la clausura de los conventos no pocas religiosas –muchas de ellas obligadas a tomar los hábitos por imposición familiar– dijeran experimentar éxtasis, bilocaciones e incluso mostrar los estigmas de la Pasión de Cristo. Como señalan muchos de los expertos sobre aquel siglo y la mayoría de los antropólogos, era, quizá, una forma de romper con la represión en todos los ámbitos –y principalmente en el sexual– que se vivía dentro del claustro, muchas de las veces entre ayunos, oraciones constantes e incluso mortificación de la carne.

Sor María de Ágreda

Muchos de aquellos casos fueron fingidos por las propias monjas y beatas, que acabaría condenando la inquisición, pero existieron algunos aislados que realmente causaron un gran revuelo, siendo considerados como «milagrosos». Baste recordar el ejemplo de Santa Teresa de Jesús durante el reinado de Felipe II, con sus levitaciones y éxtasis, o el famoso caso de supuesta bilocación de Sor María de Jesús, abadesa de la Concepción descalza de Ágreda, la llamada «Dama Azul», quien se convertiría en consejera del mismísimo rey, Felipe IV, incluso en asuntos de Estado, hacia el final de su reinado, y cuyos «desdoblamientos» son todavía motivo de fuerte controversia.

De bilocaciones, estigmas y prodigios varios 

Felipe IV subió al trono el 31 de mayo de 1621, e inmediatamente ordenó al Inquisidor General, Aliaga, que abandonase sus funciones, nombrando para el cargo a don Andrés Pacheco, arzobispo y consejero de Estado. Para celebrar el nombramiento del nuevo rey, la Suprema organizó un auto de fe que alcanzó gran celebridad en los mentideros de la Villa y Corte por el escarnio público a María de la Concepción, una beata que presumía de santa –a pesar de que los documentos de la época la tachan de «lujuriosa y desenfrenada» con sus confesores y otros eclesiásticos– que decía fingir éxtasis y experimentar revelaciones proféticas.

Felipe IV de Austria

Durante el proceso que abrió contra ella el Santo Oficio  fue acusada de haber hecho «pacto expreso con el diablo» y seguido los dictámenes de diversas sectas y herejías, cometiendo «los errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma y Calvino», además de los preceptos de materialistas y ateístas.

Fue condenada a doscientos azotes y a cárcel de por vida, después de celebrarse su auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid, remodelada por Felipe III y enclave por antonomasia de ajusticiamientos y autos de fe, amén de corridas de toros y festejos populares. Compareció con sambenito completo; la coroza sobre la cabeza y la mordaza en la boca, siendo abucheada e injuriada por el populacho.

No solo el don de la bilocación, la visión profética o la levitación eran atribuidas a beatas y religiosas de toda índole. Uno de los aspectos más célebres de su supuesta taumaturgia era el don de la sanación, don que se atribuyó durante siglos también a los reyes.

Uno de los procesos que más polvareda levantó en el Siglo de Oro fue el de la Madre Luisa de la Ascensión, conocida popularmente como la «monja de Carrión». En Carrión de los Condes la susodicha había fundado una hermandad de devotos que defendían la concepción inmaculada de la Virgen, y en 1625 había alcanzado tal éxito que sus congregantes sumaban 40.000 –entre ellos se encontraba el mismo rey, Felipe IV, sus hermanos, una de las infantas y cinco cardenales– y unos 150 conventos. A la religiosa se le atribuían facultades milagrosas y en Valladolid era considerada santa.

Al parecer, mostraba en sus manos las llagas de la Pasión de Cristo y «sostenía coloquios frecuentes con Dios y con la Virgen» Se le atribuían incontables privilegios celestiales –recogidos en tres libros manuscritos aparecidos entonces–, entre otros «Que la primera leche que mamó se la dio la Virgen» o que «libraba muchas almas del Infierno, salvando a veces 30 de un solo golpe». Además, se afirmaba que Cristo le había dado una manzana del Paraíso «por la cual sería inmortal hasta el Día del Juicio, cuando ella fuese acompañando a Enoch y a Elías en su guerra con el Antecristo (…)».

Por supuesto, no tardó el Santo Oficio en investigarla y en considerar heréticas tales afirmaciones, por lo que se inició un proceso contra ella que duró catorce años, tiempo durante el cual fue recluida en el convento de las Agustinas Recoletas de Valladolid, donde falleció el 28 de octubre de 1636.

Fueron también célebres durante el reinado de Felipe IV algunos procesos por brujería. En 1625 se procedió contra Isabel Jimena, que tenía fama de bruja en la villa y corte. Durante el juicio declaró que «tres gatos negros entraban de noche en su cuarto bailando, y le quitaban las chinelas. Un día amaneció acardenalada».

En 1645, también en Madrid, se acusó a cuatro prostitutas de brujas; de haber entrado en la casa de una familia honrada una noche de invierno para atacar a un niño; por la mañana, según describe Cirac?, cuando los padres despertaron sudando y acongojados tras un sueño largo y profundo, hallaron al pequeño muerto, «con los muslos acardenalados, vacías y negras de sangre sus partes, y tan consumido todo, que parecía chupado de brujas, y apretado con la boca, como es notorio que las brujas matan y hieren, según el testimonio de dos cirujanos».

En una carta de 1619 se señala que sólo en Cataluña tribunales civiles ahorcaron, en dos o tres años, a más de trescientas personas acusadas de brujería. España no fue sin embargo el país en el que se llevó a cabo una caza más encarnizada de las brujas –peor suerte corrieron judíos, moriscos y protestantes–, pues en países como Francia, bajo el reinado de Enrique IV, un tribunal civil hizo quemar a 100 brujas en apenas cuatro meses. Y en Alemania se llevó a la hoguera a 100.000 personas por esta causa.

Demonios, posesas y seres imposibles

En tiempos de superstición, fe exaltada y carencias de todo tipo no es extraño que el maligno hiciese a menudo de las suyas. Eran habituales los procesos en los que se afirmaba la realidad de un pacto demoníaco o se acusaba al reo de conjurar los malos espíritus para provocar el daño ajeno, tener “demonios familiares” o pertenecer a una secta satánica o brujeril.

Se escribieron múltiples tratados y compendios sobre la figura del demonio y la forma de combatirlo, adiestrando a los exorcistas cual soldados de Dios contra las fuerzas infernales. En 1631, diez años después de subir al trono Felipe IV, el doctor Gaspar Navarro, canónigo de Montearagón, publicó un pintoresco y no poco extravagante compendio de supersticiones demoníacas que entonces eran consideradas por muchos de sentido común, en un libro titulado Tribunal de superstición ladina. En él, dividido en 37 capítulos, sus tesis demoníacas, llamadas «Disputas», donde pretendía ridiculizar muchas de aquellas creencias, tenían títulos tan sugerentes como «Del saber que tiene el Demonio para revelar a los adivinos»; «Si puede el demonio conservar un cuerpo vivo sin comer, y de algunas cosas que hacen en los cuerpos muertos de sus amigos los magos, que parecen milagrosas y no lo son, como son hablar y conservarlos sin corrupción alguna»; «Apariciones así de demonios como de almas»; «De los raptos de los hechiceros que vulgarmente llaman arrobos. Y del maleficio que usa el Demonio con las brujas para sufrir los tormentos». Muy sugerente, y ciertamente escéptico en tiempos donde empezaba a decaer la brujomanía en el Viejo Continente, no así en el Nuevo, donde aún faltaban varias décadas para que se celebraran los celebérrimos e ignominiosos Juicios de Salem.

Al maligno y a los que trataban con él se les atribuía la capacidad de provocar tempestades, causar enfermedades, mudar a hombres en animales… El demonio estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana del Siglo de Oro. Visible o invisible, juguetón o pendenciero, pero siempre malicioso, para los españoles del XVII su presencia servía para explicar todos los misterios de cualquier índole, principalmente aquellos más morbosos y tétricos. El contagio de las creencias diabólicas alcanzaba a eruditos y teólogos reputados, como el citado Gaspar Navarro, que no creía en todo, pero sí en mucho. Más atrevido fue el doctor Juan Rodríguez, capellán del convento madrileño de la Encarnación Benita, quien llegó a declarar que era lícito tratar al Demonio; mientras, fray Antonio Pérez escribió diversos libros aprobando las consultas con el espíritu del mal, según recogió a finales del siglo XVIII Juan Antonio Llorente en la monumental obra Historia de la Inquisición Española.

Fue célebre durante los siglos XVI y XVII el llamado «Diablo cojuelo», que no sólo dio nombre a una obra de Luis Vélez de Guevara, sino que éste lo tomó como protagonista precisamente porque en aquel tiempo era invocado habitualmente por hechiceras y celestinas, que recurrían a sus «malas artes» para realizar conjuros y filtros amatorios. En 1633 el Tribunal de la Inquisición de Toledo procesó a una mujer llamada Antonia Mexía que declaró que otra acusada, de nombre Beatriz, «habrá seis años que dijo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dijese: Estos cinco dedos pongo en este muro;/cinco demonios conjuro:/a Barrabás, a Satanás/a Lucifer, a Belcebú/al Diablo Cojuelo, /que es buen mensajero,/que me traigan a Fulano luego/ a mi querer y a mi mandar».

Cojuelo, a pesar de tener una pierna algo dañada, era «diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente», según recoge un manuscrito de la época.

Eran comunes en el Siglo de Oro las apariciones demoníacas, o así al menos se deduce de los testimonios recogidos en Avisos y Noticias contemporáneas. Pellicer cuenta un caso que tuvo lugar en 1641, según el cual un hortelano del monasterio de doña María de Aragón, «habiendo hecho voto de castidad, trató de casarse sin obtener dispensación. Y tres días antes de efectuarlo, una noche, 13 de abril, estando acostado con estos pensamientos, vio un demonio que le sacó de la cama y le arrastró grande rato por su aposento, dándole golpes como suyos».

Por su parte, Jerónimo de Barrionuevo refiere que «Un fraile descalzo franciscano, en Granada, que le tenían por santo, le hallaron, según se dice, ahorcado, y oyeron decir en el aire a voces: ‘¡Quítenle el hábito, que nos queremos llevar el cuerpo al infierno, ya que tenemos allí el alma!’, y que lo hicieron así».

El hechizo de Felipe IV

El caso más célebre de hechizamiento regio en el siglo XVII sería el del malogrado Carlos II, que precisamente ha pasado a la historia como «el Hechizado». Sin embargo, parece ser que su padre, Felipe IV, también fue hechizado. Así al menos intentaba explicar el vulgo los veintidós años de privanza que ejercía el conde duque de Olivares sobre el rey.

El Conde-duque de Olivares, por Velázquez

Se acusó al valido de tener haber tenido durante su juventud relación con algunos hechiceros de Sevilla y que ya como primer ministro «leía el Corán», por lo que le delató al Santo Oficio el cardenal Monti.

Fue acusado también –al menos en panfletos y crónicas– de introducir como médico de cámara de la reina al mago don Andrés de León, que «maleficó diez camisas, perfumándolas con polvos muy finos, rojos o cenicientos –dependiendo de la versión consultada–». Además, se le relacionaba con el nigromante Miguel Cervellón, acusado con pacto con el diablo y con una mujer de nombre Leonor que vivía en la calle Barquillo y a la que acusaron dos vecinas de haberles confesado poseer «hechizos sin peligro, probados en la persona del Rey por el Conde-duque, y fabricados por una amiga suya, llamada María Álvarez».

Aunque algunos miembros de la Administración que tuvieron conocimiento del caso intentaron abrir diligencias, el Conde-duque parece que tomó represalias, por lo que el caso quedó en agua de borrajas. No obstante, en los últimos años del reinado de Felipe IV, ya muerto el valido, los rumores de un encantamiento volvieron a resurgir con mayor fuerza y hacia finales de 1661 corrió por los mentideros el rumor del hallazgo de extraños objetos que estaban destinados a hechizar al rey y al valido don Luis de Haro, sobrino de Olivares, recientemente fallecido. Pero sería en 1665 cuando el rumor corrió como la pólvora en las esferas cortesanas y el Inquisidor General, P. González, y el confesor del rey, P. Juan Martínez, después de examinar una bolsita de reliquias y amuletos que el soberano llevaba consigo, hallaron «un libro antiguo, negro, de magia, y ciertas estampas con el retrato del Rey, traspasadas por alfileres. Todo esto fue solemnemente quemado, después de una ceremonia de exorcismos, por el Inquisidor General en la capilla de Atocha».

Nuestra Sra. de Atocha

En la imaginación popular se daban cita demonios, duendes, magos, brujas, nigromantes… personajes y bestias que convivían con las gentes y protagonizaban obras de teatro, novelas y coplillas. Quizá eran el reflejo del sentimiento del pueblo, un pueblo hambriento y desamparado, olvidado por sus gobernantes, que recurría al demonio para explicar los desastres de un imperio gigantesco que se venía abajo por su propio peso. El Siglo de Oro de las letras españolas, de bronce o más bien de hojalata para las miles de personas que intentaban ganarse la vida y pululaban por las calles de las grandes ciudades, debería llamarse, tal vez, el siglo del Maligno. Casi una herejía.

Energúmenas fingidas

No fueron menos los episodios de falsos posesos que recogieron crónicas, avisos e incluso obras literarias –el mismo Quevedo, cronista irreverente del Madrid barroco, hizo alusión directa al tema en La endemoniada fingida–. En la Relación de la endemoniada fingida –que forma parte de la correspondencia entre varios Padres de la Compañía de Jesús–, una carta fechada en Valladolid el 27 de enero de 1635, se habla acerca de una embaucadora que ideó que estaba endemoniada por falta de recursos, quizá porque una de las cosas que solían exigir los «demonios» era que les diesen limosnas para salir del cuerpo del poseso –muy ingeniosos ellos–.

Un sacerdote con diez años de experiencia en materia de «expulsar espíritus» la conjuró en una iglesia de monjas armado de una cruz, un Evangelio y agua bendita, instando a que las «cuarenta y dos legiones» que decía la energúmena tener en el cuerpo, se bajasen todos «a la uña del dedo pulgar del pie izquierdo, adonde por cuatro meses la dejasen comer, beber… sin que la hagan ningún daño, y que mientras él los ligaba la derribasen en el suelo con mucha honestidad». Tras darle muchas limosnas durante varios días, procedieron a exorcizarla de nuevo en otra iglesia,  donde se reunieron más de 200 personas. Al parecer todos sudaban la gota gorda porque habían entrado en el cuerpo de la mujer «tres demonios para ayudar a Belcebú (que hablaba por su boca)». Finalmente, acabó por confesar su engaño.

En Toledo se dio también el caso de un cura que fue llamado para exorcizar a una joven que «decían estar endemoniada, y no había sanado por más exorcismos que le había dicho un religioso». En la sacristía el párroco descubrió pronto que era una farsante y ordenó que le diesen dos docenas de azotes. Aunque empezó negando su culpa, el tormento provocó que finalmente confesara, afirmando que decía tener el demonio en el cuerpo «por miedo de que no la castigasen por cierto mal recaudo que había hecho con un mancebo».