Quemar libros: historia de la destrucción del conocimiento (II)

Desde el mismo momento en que el hombre ha compilado el saber, otros se han encargado de destruirlo. La historia está llena de episodios de quema de libros, y ahora un ensayo del bibliotecario de Bodley, en Oxford, Richard Ovenden, publicado por Crítica, nos recuerda ese ignominioso ejercicio de desmemoria a través de los episodios más destacados desde el más remoto pasado hasta la actualidad.

Óscar Herradón ©

En el año 306 a.C. subió al poder Ptolomeo I Sóter en Alejandría (Egipto). Fue la misma época en la que un griego brillante y erudito, de nombre Demetrio de Falera, arribó a la mítica ciudad procedente de Tebas, tras un largo exilio que le había obligado a abandonar Atenas. Ambos personajes trabaron una profunda amistad y el monarca, aconsejado por Falera, procedió a la construcción de un edificio consagrado a las musas y al que dio el nombre de museo que, poco tiempo después, contó con una enorme biblioteca. Fue el germen del futuro gran centro del saber del mundo antiguo.

Falera

Demetrio, según narra la Carta de Aristeas a Filócrates, fechada en el siglo II a.C., recibió grandes sumas de dinero del rey «para adquirir, de ser posible, todos los libros del mundo». De esta forma, la biblioteca más importante de la antigüedad fue reuniendo un inmenso catálogo de libros de las más variadas temáticas. Falera, uno de los hombres más brillantes de su tiempo, profundamente preocupado por el saber, se embarcó en la ardua tarea de traducir al griego todos los textos judíos del Antiguo Testamento. Para ello, contó con un grupo de traductores hebreos procedentes del barrio judío de Alejandría, a instancias de Ptolomeo I y el sumo sacerdote Eleazar. Durante setenta y dos días se tradujeron las Sagradas Escrituras en su totalidad.

Pero no solo los ancestrales conocimientos de la religión judía interesaron al maestro Demetrio, éste intentó almacenar la mayor cantidad posible de saber humano. Por ley, todos los viajeros que pasaban por Alejandría debían donar una obra a la biblioteca del museo, cuya descripción únicamente se conserva en un antiguo documento de dudosa autenticidad. Parece ser que el museo formaba parte de los palacios de la realeza y contaba con un paseo, una gran casa donde se situaba el refectorio y largos pasillos en cuyas paredes se colocaron fantásticas obras pictóricas. Como curiosidad, contaba con un zoológico y un jardín botánico que albergaba los más raros animales y las más extrañas plantas del mundo.

La biblioteca era el edificio más admirado; en un principio utilizada únicamente como sala de consulta, contó con diversas ampliaciones, entre las que se encontraba la conocida como biblioteca del Serapeum, templo edificado en honor de la deidad sincrética greco-egipcia Serapis y que estaba situado a pocos metros del edificio del museo –de esta forma, parece ser que la famosa biblioteca de Alejandría estaba dividida en dos—. Al parecer, las paredes del Serapeum daban cobijo a iluminados que pernoctaban intramuros, consultando los libros en busca de algún tipo de revelación.

Ruinas del Serapeum de Alejandría en la actualidad (Source: Wikipedia)

A pesar de su impresionante labor, Falera no consiguió el puesto de director de la biblioteca que tanto anhelaba. Años después de haberse convertido en uno de los personajes más relevantes de la sociedad alejandrina, el erudito cayó en desgracia cuando el sucesor de su amigo el monarca, Ptolomeo II Filadelfo, lo expulsó de la ciudad como a un perro. Parece ser que hacia el año 285 a.C., en el Bajo Egipto, murió tras ser mordido por un áspid, la famosa serpiente que acabó con la vida de la reina Cleopatra años después. Con la muerte de Falera la historia humana perdía una de sus mentes más brillantes y a uno de los primeros y más importantes impulsores del conocimiento. Nadie sabe cómo llegó la serpiente a morderle; algunos hablan de suicidio, otros de asesinato…

Zenódoto

El primer director de la biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (325-260 a.C.) quien fue sucedido más tarde por Apolonio de Rodas y éste a su vez por el enigmático Eratóstenes, en tiempos de Ptolomeo III Evergetés. Son figuras apasionantes de las que la historia, por desgracia, nos ha legado muy poca información. Eratóstenes fue un hombre profundamente sabio y adelantado a su tiempo. Una vez convertido en director del centro, emprendió profundos estudios en los que combinaba la investigación científica con el análisis literario. Uno de sus más misteriosos y afamados descubrimientos fue la medición de la circunferencia de la Tierra, que estimó en 252.000 estadios (unos 39.690 kilómetros). En pleno siglo XX, las más exactas mediciones de la circunferencia terrestre, gracias a la intercesión de satélites y potentes computadoras- está en 40.067’96 kilómetros.

Paradójicamente, el dogma ortodoxo cristiano y su visión del mundo, convirtieron la Tierra en una extensión en planicie a lo largo de muchos y oscuros siglos medievales –y también hoy, cuando el terraplanismo vuelve a ganar fuerza en los cenagales del Big Data–. Los primeros que se atrevieron a afirmar otra concepción de la misma, redonda, girando alrededor del sol, como Copérnico o Galileo, fueron acusados de herejes, algunos de ellos ejecutados (como Giordano Bruno), curiosamente, un hombre que había vivido muchos siglos antes de todo esto ya conocía el verdadero aspecto de nuestro planeta.

¿Qué extraños conocimientos se perdieron en Alejandría?, ¿cómo logró un hombre del siglo II a.C., con los rudimentarios utensilios que se supone había en su época, ajustarse tanto a la longitud real de dicha circunferencia?, ¿pudo haber utilizado oscuras artes mágicas para lograrlo?, ¿quizá algún libro de la enigmática biblioteca? Como tantos otros episodios de la historia humana, continúa siendo un misterio que quizá nunca logremos desentrañar.

La destrucción del Templo del Saber antiguo

La historia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla, en una interminable sucesión de ataques contra sus pilares y sus libros. Al parecer, la primera destrucción del mítico edificio data del año 48 a.C., cuando el más grande de los emperadores romanos, Julio César, se inclinó a favor de Cleopatra en la lucha por el trono de Egipto. Cuando la flota egipcia fue reducida a cenizas en el puerto de Alejandría, según el testimonio de Dión Casio recuperado por Fernando Báez, se destruyeron unos depósitos de libros que esperaban su entrada en el centro. Al parecer, ardieron 40.000 rollos de pergamino, aunque esta cifra no ha podido ser confirmada. Lo que parece poco probable es que César, que ordenó el ataque, pretendiera destruir libro alguno, pues no parece ser la forma de actuar de un hombre que escribió una obra de la talla de La Guerra de las Galias, aunque fueron varios los eruditos que mostraron una fuerte tendencia biblioclasta, a destruir libros y textos, como el mismísimo Platón, del que se conocen episodios famosos de destrucción y quema de escritos.

Más tarde, parece ser que fueron los cristianos quienes quemaron el mítico edificio. Comandados por Teófilo, atacaron el Serapeum en el año 389 y la biblioteca dos años después, según algunos historiadores, aunque tampoco está claro. Las crónicas recogen que, al concluir el saqueo, las muchedumbres de cristianos enfurecidas demolieron las paredes, destruyeron los iconos paganos y llenaron el templo de cruces. Se sabe que Teófilo mandó destruir el Serapeum, pero no hay consenso entre los historiadores sobre quién ordenó la quema de libros; algunos atribuyen el libricidio a los mismos cristianos comandados por éste, otros, en cambio, a las hordas musulmanas de un servidor de Omar I, algunos siglos después –entre el VI y el VII d.C.– en su conquista de Egipto.

En la actualidad, la tesis de la destrucción árabe de la mítica biblioteca ha perdido fuerza, desviando de nuevo la atención hacia los romanos, que habrían llevado a cabo diversas incursiones en la legendaria ciudad arrasando por completo la biblioteca y el museo. Existen, no obstante, más hipótesis sobre la misteriosas desaparición del mayor registro de libros de la antigüedad: pudo deberse, entre otras cosas, a los efectos de un terremoto, e incluso a la negligencia de aquellos encargados de velar por la seguridad del colosal edificio.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

BÁEZ, Fernando: Historia universal de la destrucción de libros. Destino (Imago Mundi), 2004.

Ovenden

Recientemente, Crítica publicaba Quemar libros. Una historia de la destrucción deliberada del conocimiento, del bibliotecario de Bodley desde 2014 (y que ocupa el cargo de alto ejecutivo de las Bibliotecas Bodleianas de la Universidad de Oxford) Richard Ovenden. Nadie mejor que él para repasar la historia de la destrucción del saber, pues con anterioridad desempeñó distintos puestos en la Biblioteca de la Universidad de Durham, la Biblioteca de la Cámara de los Lores, la Biblioteca Nacional de Escocia y la Universidad de Edimburgo, siendo además Tesorero del Consorcio de Bibliotecas de Investigación Europeas, Presidente de la Coalición pra la Conservación Digital y miembro de la Junta del Consejo de Recursos de Bibliotecas e Información de Washington D.C. Casi nada.

El autor toma como punto de partida la infame quema de libros «no germánicos» y judíos de 1933 en la Bebelplatz de Berlín (a la que siguieron numerosas quemas en otras universidades del país) instigada por el Ministro de Propaganda de la Alemania nazi Joseph Goebbels. Aquel acto de intransigencia y fanatismo daba una idea bastante inequívoca sobre las intenciones del nacionalsocialismo: se cumplía la máxima de «se empieza quemando libros, y se acaba quemando hombres». En Quemar libros, nos sumergimos en un viaje de 3.000 años a través de la destrucción del conocimiento y la lucha por preservarlo de los biblioclastas de todo color y pelaje.

Así, descubrimos que los ataques a las bibliotecas han sido una constante desde la antigüedad, pero que lamentablemente han incrementado su frecuencia e intensidad en la Edad Moderna. Baste recordar la destrucción de la cultura promovida por el ISIS o la destrucción de un millón de libros en Irak tras la segunda invasión norteamericana. El hombre cometiendo una y otra vez los mismos errores del pasado.

John Murray

Como evidencia Ovenden en estas apasionadas (y apasionantes) páginas, las bibliotecas son mucho más que almacenes de literatura; al conservar documentos legales como la Carta Magna o registros censales, también defienden la ley y los derechos de los ciudadanos –de ahí que numerosos tiranos y dictadores hayan puesto gran empeño y medios en destruirlas–; el libro se traza un análisis completo, desde lo que realmente sucedió con la Biblioteca de Alejandría , como hemos visto en el post, hasta los papeles de la generación Windrush (el denigrante trato a la generación de inmigrantes caribeños que llegaron a Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial), y desde Donald Trump borrando tuits vergonzosos (que normalmente alguién ya había capturado) hasta la compañía editorial inglesa John Murray quemando las memorias de Lord Byron en nombre de la censura.

Quemar libros es también la historia de los que defendieron el saber frente a la intolerancia, la de un sorprendente abanicos de arqueólogos autodidactas, aventureros, filántropos, poetas, activistas y bibliotecarios que recorrieron un heroico camino para conservar y rescatar el conocimiento, también en los grandes conflictos bélicos de la historia, con la noble intención de conservar y rescatar el conocimiento y garantizar así la supervivencia de la civilización, que no es nada si no está respaldada en el saber y la tolerancia.

The Times no escatima elogios hacie el libro: «Apasionante e iluminador. Este espléndido libro revela cómo, en el mundo actual de noticias falsas y hechos alternativos, las bibliotecas se mantienen como desafiantes guardianes de la verdad».

He aquí la forma de adquirirlo en papel y en libro electrónico:

https://www.planetadelibros.com/libro-quemar-libros/329802

Ghost Money: 20 años del 11-S

Aquel día cambió la historia. Fue, para muchos, el detonante del siglo XXI, el inicio de la era contemporánea. Un inicio sangriento, trágico, brutal. Todos los que teníamos ya una edad lo llevamos grabado a fuego en nuestras mentes. Hoy, dos décadas después, continúan muchas preguntas en el aire sobre cuál fue el verdadero detonante para que se cometiera tal acto de salvajismo… y lo que vendría después, esa «Guerra contra el Terror» preñada de errores cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Siempre corrió el rumor de que los terroristas habían hecho una fortuna especulando en bolsa antes del impacto de los aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Con esta hipótesis especula una de las grandes novelas gráficas de los últimos tiempos: Ghost Money («Dinero Fantasma»).

Óscar Herradón ©

Hoy se cumplen 20 años de los atentados del 11-S. Recuerdo que aquel día ya lejano de septiembre estaba en la facultad de Ciencias de la Información, en aquellos pasillos en los que pasé las horas muertas en los asientos de hormigón fumando y soñando, para realizar un examen de recuperación de una de las piedras en el zapato del primer año de licenciatura, Economía. Alguien vino y dijo que acababa de estrellarse un avión contra las Torres Gemelas. Entonces casi nadie, o muy pocos, acudían a internet como fuente de información. No había redes sociales (sí, parece increíble, pero no las había), ni el móvil que llevábamos en el bolsillo (en mi caso desde hacía solo un par de años), salvo excepciones, se conectaba a la red. Tampoco había WhatsApp. Parecía la Edad Media –a efectos tecnológicos–, solo que fue hace veinte años. A veces se echa de menos la desconexión de aquellos tiempos.

(Source: Wikipedia)

Uno de esos días que jamás se olvidan, como tampoco lo que sucedería tres años después en nuestro propio país, en nuestros barrios, el 11 de marzo, imágenes terribles que cobran más viveza con el juicio por los atentados de París en 2015, que se celebra estos días en la ciudad de la luz que oscureció el fanatismo, y por ese veinte centenario del ataque sin piedad al corazón de Estados Unidos y, en parte, a la propia sociedad occidental y sus valores –sean éstos buenos o condenables–.

Pues bien, sobre aquel día, lo que sucedió antes y lo que vino después, se ha escrito de todo, se ha especulado mucho y se continuará hablando dentro de cien años, si el mundo azotado por el cambio climático, los extremismos y las guerras, resiste y nuestra civilización también. Al margen de los claroscuros de la Administración Bush, que fueron muchos, algunos jamás aclarados, y de las teorías de la conspiración de que se trató de un atentado «hecho en casa» (o de falsa bandera) para justificar una guerra contra los países ricos en petróleo, continúa siendo un misterio qué pasó con el dinero que Al-Qaeda amasó aquel día nefasto. Según varias teorías (también con cierto tufillo conspiranoico, pero quién sabe), miembros del grupo terrorista especularon a la baja en la bolsa justo antes de que se produjeran los atentados en el World Trade Center y en el Pentágono. Aquella era una gran cantidad de dinero… y se le perdió la pista.

De esta premisa fascinante parte una de las novelas gráficas más reveladoras de los últimos años: Ghost Money, del historietista belga Thierry Smolderen, publicada recientemente en España por Norma Editorial en una edición que corta el aliento, un volumen autoconclusivo en gran formato y a todo color. Partiendo de la hipótesis de la especulación en bolsa, lo que permitió a los terroristas hacerse con una cantidad dineraria increíble que supuestamente serviría para financiar el terrorismo internacional, se muestra un tapiz de la sociedad estadounidense de las últimas décadas y una crítica –no precisamente velada– de cómo la democracia está en peligro no solo por los radicales, sino tambén por el uso ilegal del espionaje por parte de los gobiernos, algo que confirmarían las revelaciones de Edward Snowden. A partir de ahí uno se pregunta: ¿qué sucedió realmente con el dinero del 11-S, si es que existió?

Geopolítica y espionaje cibernético

Smolderen parte de los trágicos atentados para imaginar una historia (por suerte ficticia, al menos en la mayor parte de su trama) en la que se dan la mano emires poetas, oscuros agentes de inteligencia, veteranos pederastas y corporaciones turbias de gran poder, una historia distópica ambientada en un futuro no muy lejano: Londres en 2028. En medio de una manifestación, se produce un atentado y mientras la gente sale despavorida (imágenes que vuelven a traer nefastos recuerdos), una desconocida salva in extremis a la joven Lindsey. Su nombre es Chamza, una multimillonaria excéntrica que viaja en un jet suborbital cuyo padre es nada menos que un dictador de un lejano país asiático.

Pero su fortuna tiene un origen turbio, extraño (y que no proviene del progenitor) que la propia Chamza desconoce. Además, está profundamente enamorada nada menos que del «Emir de las Luces», un rebelde con vocación de poeta y al que Occidente acusa de ser el líder del terrorismo internacional tras la muerte de su padre. ¿Y cuál es el país de nacimiento este personaje? Pues nada menos que Afganistán, el mismo enclave montañoso que tras veinte años de ocupación norteamericana ha sido objeto de una constante atención mediática por la salida del país de las tropas estadounidenses y de la OTAN y el regreso al poder de los talibanes que en su día estuvieron comandados por Bin Laden (entrenado por la CIA, por cierto); las imágenes del aeropuerto de Kabul nos sobrecogieron a todos durante días.

Una de las principales críticas a la gestión de Joe Biden… ¿qué sentido ha tenido estar 20 años en el país, con miles de muertos en tropas, asistentes y traductores, además de la población autóctona, para ahora volver a dejarlo en manos de estos individuos? Para muchos estadounidenses, ha sido la peor afrenta a la memoria de las víctimas del World Trade Center.

En el Postfacio, Smolderen cuenta que terminó la novela en 2008, justo antes de la crisis económica que desangró al país y a medio mundo y de la elección de Obama, tras la que para él fue la época liderada «por el peor presidente que los Estados Unidos habían conocido». No imaginaba entonces que acabaría ocupando el Ala Oeste de la Casa Blanca el magnate populista y provocador Donald Trump. Una América aún peor, y mucho más polarizada.

En definitiva, una novela gráfica vertiginosa (en ritmo), con un guion sólido, violento, y muy directa (por supuesto, no apta para un público menor de edad) que muestra muchas de las miserias de la modernidad: el avance tecnológico utilizado para la guerra a distancia, el Big Data para la financiación del terrorismo, una red de inteligencia artificial que controla la economía bautizada Black Cloud y que recuerda a algunas desarrolladas por la inteligencia estadounidense pero mucho más extrema (y que aventuraba los peligros del Big Data y el uso de algoritmos para el espionaje, transhumanismo y cíborgs, las contradicciones de la globalización o el individualismo feroz de los países ricos.

Una obra maestra que podéis adquirir en el siguiente enlace por 40 euros muy bien invertidos:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/ghostmoney

Capitán Harlock, un héroe renacido

Ahora que el manga y el anime viven la que probablemente sea la época más dorada –y rentable– de estos géneros seminales de Japón, revitalizar los títulos clásicos (algunos injustamente olvidados por las nuevas generaciones) es tarea obligada para editoriales y productoras. Es lo que ha hecho LetraBlanka Editorial con el capitán Harlock, un pirata del espacio muy particular.

Óscar Herradón ©

En 1970, de la prodigiosa mente de Leiji Matsumoto nacía el legendario manga Capitán Harlock, que fue serializado en la revista Play Comic y recopilado en cinco tomos. Su protagonista, un héroe rebelde de ecos románticos (que en parte bebe del Corto Maltés de Hugo Pratt) que surca el Cosmos como proscrito a bordo de su nave Arcadia, sería mundialmente célebre por su adaptación televisiva, emitida de 1978 a 1979, en una época en que brillaron con luz propia otras sagas maestras del género como Mazinger Z o Capitán Futuro.

Aunque el manga había terminado de forma abrupta, sin un final cerrado, como pasa (y odiamos) con algunas series catódicas que no consiguen el respaldo y la cuota de pantalla necesarias para seguir adelante, Matsumoto trabajó como consejero para el estudio que llevó a cabo la adaptación al anime, sugiriendo un final completo que la serie televisiva sí tendría frente a la historia en papel.

Et in Arcadia Ego

Al igual que la Odiseus de Ulises 31 o El Cometa del Capitán Futuro, la nave del capitán Harlock era uno de los elementos más característicos de la serie. El diseño de la Arcadia, a medio camino entre un buque acorazado y un barco pirata (en el frontal se apreciaba una inquietante calavera con sus tibias, el emblema clásico de los filibusteros), es uno de los elementos más logrados de la producción, pues contribuía a extender el aura misteriosa que per se ya tenía el protagonista. Un estilo (estilizado y elegante) que sería ampliamente imitado en el anime y manga contemporáneos.

En 1982, se estrenaba la película de animación El Capitán Harlock en la Arcadia, que sirvió como precuela y mostraba la razón por la que el protagonista lucía, como un bucanero del cosmos, un parche en el ojo. Al largo le seguiría una serie de 22 episodios: Endless Orbit SSX. En 2002 se lanzó una nueva serie anime de 13 capítulos y la película de animación 3D bajo el simple título de Capitán Harlock, que tuvo buena acogida general y llegaría a ser elogiada por el mismísimo James Cameron, cabeza pensante tras Terminator, Titanic o Avatar.

Sus admiradores estamos de suerte. Hace unos meses, LetraBlanka Editorial lanzaba dos alucinantes volúmenes (de tres) en tapa dura sobre el personaje: Capitán Harlock. «Memorias de la Arcadia», que ya recomendamos en la sección de novedades de la revista Año/Cero-Enigmas. La nueva adaptación al cómic es obra del francés Jérôme Alquién, eso sí, con la máxima fidelidad al original, pues lo ha hecho bajo la supervisión y aprobación de Leiji Matsumoto.

A bordo de la Arcadia, Harlock recorre el espacio y desde la nave protege a la Tierra de la amenaza de las Mazon, una raza alienígena que se vio obligada a abandonar su planeta natal y ahora pretende instalarse en el nuestro aniquilando a la raza humana.

Es una obra directa (va al grano) y colorida, en este sentido diferente al manga original, en blanco y negro y de 400 páginas, lo que permitía a Matsumoto detenerse mucho más en el complejo mundo interior de los personajes. Sin embargo, también en estos volúmenes, una adaptación al lenguaje occidental llena de acción sin pausa, hay espacio para la introspección, elemento muy importante en la obra seminal, con más de 50 años de existencia.

Un magnífico complemento del original que fusiona acertadamente el anime con la historieta franco-belga (Bande dessinée), y es que Alquié sabe lo que se hace, un fanartista (como se autodefine) mundialmente conocido por su corto de la Saga de Hades (Saint Seiya) y quien, según confesó a Anime News Network, dibujará un manga de la serie conocida en nuestro país como Los Caballeros del Zodíaco (referente de la infancia de quien esto suscribe con cierto aire nostálgico).

Un tomo dibujado por él mismo y guionizado por Arnaud Dollen que, al igual que sucede con la adaptación de Capitán Harlock, goza del permiso de los creadores originales: ha sido autorizado por Akita Shoten y supervisado por Masami Kurumada. El lanzamiento está previsto para 2022, y mientras, esperamos también con ansia la publicación del tercer volumen de Harlock de la mano de LetraBlanka. ¡No tardéis compañeros!

Queen Emeraldas (Satori Ediciones)

El mangaka Leiji Matsumoto fue también el artífice de otra space-opera considerada una obra maestra, Queen Emeraldas, la épica historia de una mujer que busca su destino con un férreo código moral a través de las estrellas, un cuento galáctico fascinante de ecos homéricos.

El personaje principal, Emeraldas, es una mujer fuerte y valiente que surca el espacio a bordo de su nave, la misma que da título a la obra, Queen Emeraldas, tras un objetivo que el autor no revela; una suerte de trasunto femenino del Capitán Harlock y su búsqueda de un dominio intergaláctico absoluto, pero que va más allá de un ejercicio de ampliación de un universo y un estilo, un personaje con personalidad propia tanto o más cautivador que el pirata espacial.

Como mujer independiente que persigue sus sueños y que se conoce a sí misma, Emeraldas arroja un mensaje de empoderamiento en una época (principios de los años 80) en el que algo así no era habitual, lo que, en este sentido, Matsumoto aparece como un pionero adelantado a su época, siempre por la libertad y la igualdad, los mensajes que priman por encima de todo en sus historias sci-fi. Él mismo definió así su complejo personaje: «El motivo por el que Emeraldas viaja sola en su nave, sin tripulación, es que ella es una fémina perfecta y no quiero que haya nadie a su alrededor que pueda empañar su perfección».

Un canto a la libertad, pues, y al empoderamiento, que sirve para reflexionar acerca de la condición humana, de la razón última de nuestras acciones y del filo hilo que separa el bien del mal, la justicia de la venganza. De hecho, y a pesar de su inquebrantable lealtad para consigo misma, Emeraldas no dudará en exterminar a sus enemigos sin titubear para lograr sus objetivos.

Gracias a la siempre loable labor editorial de Satori, muy presente en «Dentro del Pandemónium» y en las páginas de la revista Año/Cero-Enigmas, podemos disfrutar de los dos volúmenes con la obra íntegra de aquel épico manga que narra la epopeya de una mujer indómita y valiente que ha jurado vivir y morir en libertad, siempre la libertad. Bruja, pirata, caza-recompensas, libertadora… Unos la temen, otros la desafían… Nadie sabe qué busca, nadie sabe por qué lucha, nadie sabe qué secreto propósito guarda con tanto celo en su corazón. Solo hay una única certeza: Emeraldas seguirá vagando incansable entre las estrellas hasta que la llama de su vida se apague y su estandarte de la calavera blanca robre rojo sangre se desintegre en billones de átomos.

He aquí el enlace para hacerse con esta joya del manga:

https://satoriediciones.com/libros/queen-emeraldas-vol-1/