Magasin Général (Volumen 3). Un canto a la colectividad

Norma Editorial publica el tercer volumen en formato integral de este referente del cómic franco-belga –bande dessinée–, obra compuesta a cuatro manos (tanto el guión como el dibujo) por el pintor y dibujante galo Jean-Louis Tripp, y el también veterano historietista Régil Loisel, célebre por ilustrar la serie La búsqueda del pájaro del tiempo, escrita por Serge Le Tendre. Una obra costumbrista de perfecta factura que saca lo mejor de quien se adentra en sus entrañables páginas.

No era la típica historia que me llamara la atención en un primer momento, pero cuando me la recomendó la jefa de prensa de Norma Editorial estaba claro que me toparía con una buena novela gráfica. Y he de decir que no me decepcionó. Al contrario, caí rendido a su dibujo y su historia. Una narración que tiene lugar a principios del siglo pasado en un pueblecito rural y semi aislado de Canadá, Notre-Dame des Lacs (existe realmente una muy similar, Notre-Dame du Lac, en el municipio regional del condado de Témiscouata, en la provincia de Quebec), pero cuya esencia podría extrapolarse a cualquier rincón del mundo en cualquier tiempo.

Las miserias y grandezas de una comunidad capaz de mostrar su mejor rostro para con el prójimo y el extraño, ayudarle en los momentos más delicados, pero cuando las cosas se tuercen, capaz también de mostrar su lado más sombrío, vengativo e infame. Pero lo más importante: siempre gana –y con fuerza– el perdón. Un mensaje, pues, optimista a partir de las debilidades y carencias humanas.

Descubrí en 2020 el primer volumen de Magasin Général y en 2021 se lanzó en castellano el segundo (tras varios retrasos por culpa de la dichosa pandemia), que esperaba con ansia y que no solo mantiene viva la esencia del primero, sino que arroja mayor complejidad a su trama, aviva el ritmo y mantiene la cadencia del paso del tiempo; quizá un poco menos el efecto sorpresa, por razones obvias, y recientemente el tercero y último, que pone punto y final a la serie. Todo ello aderezado por un dibujo costumbrista, de colores cálidos y trazos realistas que otorgan a los personajes una calidad y cercanía que rápidamente los convierte en alguien más de la familia.

Pequeños-grandes personajes…

Así arranca la historia, en el camposanto…

…que podríamos ser cualquiera de nosotros. La historia comienza con la tragedia de la joven Marie, que se queda viuda sin hijos –un golpe duro en cualquier tiempo y lugar, más en una comunidad rural cien años ha–, y que más allá de su dolor, que se guarda para sus adentros, se siente completamente constreñida y aprisionada por sus responsabilidades para con la comunidad: es la persona que regenta el almacén que aprovisiona a todo el pueblo (ese Magasin Général del título), desde los alimentos básicos hasta las herramientas y maquinaria agrícolas a los materiales necesarios para reformas y construcción.

Tan ardua tarea absorbe todo su tiempo, desde primera hora del día hasta la noche. Un universo reiterativo y claustrofóbico, que neutraliza la ensoñación, hasta que llega al pueblo el cautivador y enigmático veterano de guerra Serge, que guarda un gran secreto –ese al que he aludido más arriba–, y que provocará un auténtico vendaval (en su mayor parte positivo, aunque no siempre) en el seno de la pequeña comunidad rural.

Si en el primer volumen asistimos a la desolación de Marie por su tragedia personal, incrementada por su rutinaria y pequeña vida, hasta el soplo de aire fresco que supone el advenimiento del forastero –eso sí, en un tono algo plano, con los personajes sin desarrollar aun sus facetas más atractivas, oscuridades incluidas–, en el segundo todo adquiere mayor –y justificada– fastuosidad. Ahora las cosas serán todavía más complicadas para la viuda entregada: un desliz provocará que el pueblo se vuelva en su contra (sacando lo peor de muchos de sus lugareños), y decidirá marcharse a la ajetreada Montreal, dejando atrás los fantasmas del pasado, su insípida existencia, en busca de una nueva vida.

La novela gráfica evidencia, sobre todo en el segundo tomo, el marcado contraste entre el mundo rural, ligado a sus costumbres atávicas, más intolerante y cerrado, enjaulado por los límites de su propia pequeñez, frente al mundo urbano, representado por personajes con muchos menos prejuicios (ese mismo universo del que provenía Serge). Sin embargo, no todo es idílico, ni mucho menos, en ese plano cosmopolita: entre la muchedumbre y la vertiginosa vida diaria se pierde la cercanía con el prójimo, la fraternidad, se incrementa el individualismo, se olvidan los orígenes… ¿No es una lectura plenamente actual?

Volumen 3. Un magistral cierra de la trilogía

En el tercer volumen todo vuelve un poco a la «normalidad»: el pueblo ya no está enfrentado a la viuda Marie (que ha regresado de su exilio voluntario en la gran ciudad), sino que la concordia ha vuelto a imponerse, aunque ya nada volverá a ser lo mismo que antes de la revulsiva llegada del veterano de la Gran Guerra que abría la primera entrega. La comunidad ha evolucionado, y a pesar de las reticencias de los más conservadores, se aceptan vientos renovados: hay guiños al travestismo, referencias claras a la homosexualidad (aunque pecaminosa todavía para una comunidad tradicional de hace 100 años, comienza a ser tolerada por algunos de los personajes principales), y lo más importante, asistimos a un claro empoderamiento de la mujer, nuevamente a través de Marie, que se queda embarazada y no sabe quién es el padre, pues ha mantenido relaciones con varios hombres, algo de lo que no le dará miedo jactarse ante su otrora piadosa comunidad, hecho que tiempo antes habría sido impensable en Notre-Dame des Lacs.

Las mujeres de la comunidad comienzan a vestir al estilo de Montreal, abandonando la vestimenta «de andar por casa» y discreta, símbolo de una sociedad patriarcal, poco a poco se instalan las fiestas en las que la evasión toma forma de Charlestón e incluso las personas más intransigentes (como las muy devotas y desconfiadas hermanas Gladu), se unen a la felicidad general. Aunque, por supuesto, habrá algunas sorpresas…

Quizá lo que nos quieren transmitir sus autores es cómo, a pesar de los inevitables conflictos que genera la convivencia (cada uno es hijo de su padre y de su madre, como reza el dicho), a pesar de que cada uno de nosotros tiene sus prejuicios, sus oscuridades y sus pecados (mayores o menores), cómo sería la sociedad actual si nos preocupásemos más del vecino, como hacían nuestros abuelos aún a pesar de aquella terrible guerra fratricida que asoló nuestra piel de toro.

Definitivamente, Magasin Générale es una obra maestra, una novela gráfica imprescindible de nuestro tiempo, un maravilloso relato costumbrista que no tardará en convertirse, sin duda alguna, en un referente para varias generaciones. Al menos, eso espero. En definitiva, un cierre perfecto para una trilogía sensacional, de lo mejor que ha dado la novela gráfica bande dessinée en los últimos años. Ahí es nada.

He aquí el link para hacerse con esta tercera y última parte de la serie en la página de Norma Editorial:

https://www.normaeditorial.com/ficha/comic-europeo/magasin-general-ed-integral/magasin-general-libro-3

Aleister Crowley: Súper Agente 666

Fue el último de los grandes ocultistas, y uno de los magos más controvertidos y relevantes del convulso siglo XX. Su legado llega hasta hoy, cuando numerosos artistas y magos ceremoniales continúan predicando sus enseñanzas, su conflictiva visión del mundo y su religión oscura, que naciera en la abadía de Thelema. Sus andanzas en Estados Unidos durante la Gran Guerra han sido ampliamente documentadas, pero existe controversia sobre su papel al servicio de la Corona británica –con la que no mantenía buenas relaciones– durante el siguiente conflicto, la Segunda Guerra Mundial, y cómo pudo contribuir con sus habilidades a la lucha contra los ejércitos de Hitler.

Óscar Herradón ©

En el libro Secret Agent 666: Aleister Crowley, British Intelligence and the Occult 666, Richard B. Spence afirma que efectivamente el mago británico Mr. Crowley trabajó –aunque conociendo su vanidad, probablemente a regañadientes–, al servicio de Churchill y junto a Ian Fleming (creador de James Bond y agente de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial) para dar forma a una operación de alto secreto que consistía precisamente en sembrar la discordia en las filas nazis a través de la propaganda negra y preparar una de las mayores conspiraciones de aquella contienda.

No obstante, existen muy pocos datos acerca de la supuesta participación de Crowley en la Segunda Guerra Mundial y cuál fue el verdadero rol que desempeñó en el seno de la SOE (Ejecutiva de Operaciones Especiales). Aún así, gracias a las minuciosas investigaciones realizadas en los polvorientos archivos del MI5 y el MI6 –al menos sobre aquellos documentos que ya han sido desclasificados–, de investigadores como Peter Levenda o del citado Spence, se ha descubierto una de las facetas más desconocidas de uno de los hombres más polémicos del siglo, el mismo al que incluirían los Beatles entre la maraña de célebres personajes de su álbum Sgt. Peppers and the lonely hearts club band y por el que sentiría auténtica veneración Jimmy Page, guitarrista de la legendaria banda de rock Led Zeppelin, quien llegaría a comprar la mansión Boleskine que el mago tenía en el Lago Ness, en Escocia.

Y es que Aleister Crowley fue un personaje fascinante y multifacético, un provocador adelantado a su tiempo, pero también un gran conocedor del mundo de lo oculto, no solo como el investigador que ahonda en los polvorientos manuales de invocación, en los grimorios de otro tiempo para arañar alguna pequeña revelación a los insondables secretos de la historia, sino alguien que vivió de primera mano los entresijos de las sociedades secretas, experimentó con todo tipo de sustancias psicotrópicas cuando éstas eran algo tabú o simplemente desconocidas en Occidente y llegó a sumergirse en invocaciones al demonio y misas negras, entregándose con pasión a la práctica de la llamada «magia sexual» en un tiempo en el que términos como tantrismo eran algo que ni siquiera sabíamos pronunciar por estas latitudes.

Pero, ¿es posible que una persona de la talla moral de Churchill, el premier británico miembro del Partido Conservador y uno de los lores de la Gran Bretaña, aceptara en su equipo de espías a un mago «negro» que en más de una ocasión se había jactado de ser un enemigo del imperio? Sir Winston no dudó un momento a la hora de aprovechar cualquier recurso, por extravagante que fuera, a la hora de hacer la guerra a Adolf Hitler. A un apasionado del espionaje como él, no sería de extrañar que también le hubiese cautivado una figura como Crowley que, a pesar de los numerosos enemigos que se granjeó y su afán de individualismo, también gustaba de codearse con la crème de la crème de la élite británica. Y teniendo en cuenta la importancia de Churchill ya durante la Gran Guerra y sus contactos, muy anteriores, con los servicios de Inteligencia de su país, con seguridad estaba al corriente de las tareas de espionaje que el mago inglés había llevado a cabo durante la Primera Guerra Mundial, y que durante décadas, incluso hoy, continúan rodeadas de interrogantes, como todo lo relacionado con un mundo de mentiras fabricadas y medias verdades.

La Gran Guerra y el tour por Estados Unidos

Haré un rápido repaso por la fascinante existencia de Crowley para centrarme a continuación en su faceta de «mago-espía» en la Segunda Guerra Mundial. Para profundizar en su laberíntica vida, llena de excesos, recomiendo la voluminosa y documentada biografía La Gran Bestia, del biógrafo inglés John Symonds, quien sin embargo apenas se detiene en su faceta como «mago de la guerra». Desde el otoño de 1914 hasta el de 1919, Crowley realizó un errático recorrido por gran parte de Estados Unidos, comenzando su periplo en Nueva York para continuar en Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Nueva Orleans, Boston, Detroit, Washington y otras ciudades. Aquel viaje le ocupó precisamente todo el tiempo que duró la Gran Guerra al otro lado del Atlántico, lo que ha llevado a conjeturar que en realidad realizaba tareas de espionaje.

Durante muchas décadas la opinión mayoritaria es que había trabajado como propagandista del Eje durante la Primera Guerra Mundial, pero en la actualidad, diversos documentos desclasificados apuntan a que precisamente realizaba tareas de espionaje para la Inteligencia británica, adoptando ese falso antipatriotismo como brillante tapadera. El mismo John Symonds señala que Crowley escribió propaganda para las Potencias Centrales durante su gira por EEUU –al menos hasta que éstos entraron en guerra al lado de los Aliados–, pero no hay que olvidar que esta biografía fue escrita por primera vez –aunque más tarde revisada– en 1951, cuando prácticamente todos los informes de los servicios secretos continuaban llevando el marchamo de confidenciales, y continuarían llevándolo para que los soviéticos no pudiesen usarlos en su beneficio político.

Por aquel entonces también se hallaba en Estados Unidos otro personaje esencial del ocultismo de principios del siglo XX, Hanns Heinz Ewers, autor de obras que combinaban el terror con el misticismo como La Mandrágora, guionista para la UFA, amigo íntimo del «profeta del Tercer Reich» Erick Jan Hanussen, y también espía, y del que hablaremos llegado en momento en «Dentro del Pandemónium».

Las andanzas que conocemos de Crowley por las Américas se basan en sus propios escritos, recogidos en The Confessions –más bien una auto-hagiografía–, y en las informaciones recogidas en los periódicos cuando el ocultista celebraba alguna conferencia o publicaba algún artículo. Pero cada vez quedan menos dudas acerca de que realmente Aleister, cuyo lema «Haz lo que quieras» incidía en que él no debía rendir cuentas a nadie, no dejó de mostrar una actitud patriótica para con Inglaterra.

Sea como fuere, el mago dejó escritos en sus diarios, como apunta Richard B. Spence, varios «sueños», al parecer de tipo profético –según él creía– con Hitler, sin duda el hombre del momento en la Europa de Entreguerras –la misma revista Time llegaría a dedicarle una portada y el Führer fue barajado incluso para recibi… ¡el Nobel de la paz!, un verdadero sinsentido, como cuando lo obtuvo un personaje como Henry Kissinger por negociar una «paz» –que no fue tal– en Vietnam o en tiempos más recientes, en 2009, el presidente USA Barack Obama, mientras mantenía, como buen presidente yankee, varios frente bélicos abiertos en el planeta–.

Este post tendrá una inminente continuación en el corazón del Pandemónium… Si Perdurabo nos lo permite desde ultratumba.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

La increíble historia de Aleister Crowley es narrada con detalle en la monumental biografía que, como digo, le dedicó John Symonds –y que publicó en castellano Siruela en 2008, en su colección «El Ojo del Tiempo»–, desde sus excentricidades en magia sexual, sus invocaciones y coqueteos con el mundo espiritual, su pertenencia a sociedades secretas como la Ordo Templi Orientis o la Golden Down, hasta sus años en la abadía de Cefalú o sus reiteradas provocaciones que se ajustaban a su dogma personal de «Haz lo que quieras». Incluso, tangencialmente, Symonds, albacea y editor de la obra literaria del mago, hace alusión a su faceta como espía. No obstante, el papel que el ocultista británico tuvo en el «Asunto Hess» continúa siendo confidencial y su supuesto asesoramiento tanto a Churchill como a Sir Ian Fleming para engañar al viceführer sigue rodeado de brumas.

Sombras Nocturas (Aurora Dorada Ediciones):

Si lo que queremos es adentrarnos en la legión de discípulos que dejaron las enseñanzas de Crowley y en los textos de magia ceremonial y sexual, nada mejor que asomarse a los libros publicados con gran dedicación por una de mis editoriales predilectas de los últimos tiempos, un gran descubrimiento: Aurora Dorada Ediciones, que nos brinda títulos cautivadores, la mayoría inéditos hasta la fecha en castellano, que harán las delicias de los fascinados por lo oculto.

Precisamente uno de sus últimos lanzamientos es otra de las grandes biografías sobre Crowley, mucho más actualizada que la de Symonds, y de la que hablaré en un próximo post: Perdurabo, del autor estadounidense Richard Kaczynski. Asimismo, lanzan también una obra muy relacionada con el legado del mago británico.

Es el caso de Sombras Nocturnas. Una guía turística del lado oscuro, firmada por Jan Fries. El autor es un escritor ocultista, neochamán y mago rúnico alemán –ahí es nada– que acuñó el término «chamanismo freestyle» con la intención de difundir una forma de magia que enfatiza el trance y la cercanía a la naturaleza, aunque basada en la experiencia individual. Autor también de Visual Magick: A Manual of Freestyle & Shamanism, publicado en 2007 en el mundo anglosajón por la editorial Mandrake, cita como sus principales influencias al Zos Kia Cultus, la Makgia de Maat, el Tantra Kaula, la programación neurolingüística y el daoísmo o taoísmo.

Precisamente, el creador del Zos Kia Cultus (que también daría título a un disco de la banda de black/death metal Behemoth en 2002) fue el pintor y escritor ocultista londinense Austin Osman Spare, contemporáneo de Aleister Crowley y que, como éste, formó parte de la Orden de la Golden Dawn y más tarde de la Astrum Argentum fundada precisamente por la Gran Bestia y el químico y ocultista británico George Cecil Jones, también adepto de la Golden Dawn, en 1907.

En Sombras Nocturas, bellamente editado por Aurora Dorada, con prólogo del estudioso del ocultismo y la egiptología, así como experto en Crowley, Mogy Morgan, Fies explora las regiones inversas del Arbol Cabalístico de la vida y sus Qlifot –las sefirot malignas–, mientras Liber 231 de Aleister Crowley proporciona el mapa para la aventura y Nightside of Eden («El lado nocturno del Edén»), publicado en 1977, del ocultista británico y creador de la corriente mágico-esotérica «Tifoniana» Kenneth Grant (1924-2011), un hipnótico diario de viaje.

En la primera parte de este absorbente volumen ocultista el autor nos ofrece un ensayo donde se exploran conceptos tifonianos como las Qlifot, los Túneles de Set –senderos del árbol en la sombra– o el Abismo, y disciplinas orientales como el taoísmo o el tantra, los Grandes Antiguos del maestro del horror de Providence H. P. Lovecraft y los Olvidados de la ocultista, maga ceremonial y escritora estadounidense Nema Andahadna (nacida en 1939, año del estallido de la Segunda Guerra Mundial), cuya obra también ha publicado Aurora Dorada. El resultado es un texto que sorbe tu alma.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

https://www.auroradoradaediciones.com/product/sombras-nocturnas-una-guia-turistica-del-lado-nocturno

Piratas y filibusteros: los saqueadores del océano (II)

Hermandades secretas, maravillosos tesoros escondidos, mapas imposibles, barcos encantados… y al margen de la leyenda, mucha historia. Hace tiempo que el tema de la piratería pasó de ser un recurso romántico de la literatura y el cine a convertirse en objeto de estudio de los historiadores más prestigiosos. Ahora, la editorial Crítica publica el que puede ser el ensayo definitivo sobre estos «outsiders» del pasado… y del presente, pues la piratería vuelve a ser algo trágicamente común en ciertas partes del planeta.

Por Óscar Herradón ©

Uno de los piratas más conocidos es sin duda Francis Drake, quien abordó las naves españolas y francesas al servicio de la reina inglesa Isabel I. A él se atribuyen saqueos en las colonias de la costa de Panamá y la captura de hasta cien buques de nacionalidad española su devastación fue tal que el monarca Felipe II llegó a ofrecer 20.000 ducados por su cabeza. Una de sus acciones más famosas fue el asalto al puerto Nombre de Dios, conocido también como «el almacén de los tesoros del mundo», aunque el sabotaje que le haría pasar a la historia de la piratería fue la captura del navío «Nuestra Señora de la Concepción» en el Pacífico, llamado también «cagafuegos», por ser el barco mejor equipado de la escuadra española en la zona.

El navío transportaba tres cofres con monedas, unos cuarenta kilos de lingotes de oro y al menos veintiséis toneladas de plata. Tres años después arribó al puerto inglés de Plymouth tras una dificultosa y larga travesía, con el botín intacto. A bordo del Golden Hind, capitaneado por Drake, la mismísima Isabel I le concedió el título de Sir. Durante años el corsario trabajó a las órdenes del conde de Essex, servidor de la Corona inglesa, y hay quien afirma que mantuvo una relación amorosa secreta con la llamada Reina Virgen, aunque no existen pruebas que demuestren dicha hipótesis.

Gracias a sus incursiones y a su servicio al gobierno británico logró reunir una de las fortunas más grandes de toda Inglaterra. En uno de los episodios más cruciales de la historia naval, la lucha contra la «Armada Invencible» filipina, Drake comandó como vicealmirante una de las escuadras inglesas que echaron por tierra las ambiciones del rey español y los sueños hegemónicos de todo un país. Murió de malaria en las cercanías de Portobelo al regresar de su última misión, en la que, extrañamente, había fracasado.

5 tesoros perdidos que aún puedes encontrar…

El Mapa de Lüe

Un supuesto códice masónico y uno de los «mapas del tesoro» más controvertidos que aún no se han desvelado. Es conocido como «Mapa de Lüe» y al parecer se trata de un galimatías que, debidamente decodificado, llevaría hasta un ostentoso tesoro nazi formado por cien toneladas de lingotes de oro que Hitler y sus esbirros habrían enviado a sus seguidores al otro lado del Atlántico, una suerte de quintacolumnistas. Supuestamente, este enigma histórico lo sacó a la luz el cazatesoros alemán Karl von Mueller, que sería el autor del libro The Mater Hunter Manual, aunque es casi seguro que se trata de una farsa. Un texto cifrado en símbolos masónicos a lo Dan Brown a la espera de que un «lumbreras» los desentrañe que incluso fue nombrado en la película La Búsqueda (2004).

El botín de Jesse James

Leyenda inmortal del Lejano Oeste, al forajido Jesse James (1847-1882) se le atribuyen numerosas riquezas acumuladas durante sus numerosos atracos que habría escondido antes de ser asesinado a traición por su compinche Robert Ford. El minero Ben Morton, que falleció en 1930, dedicó muchos años de su vida, algo ya habitual, a buscar el tesoro del bandido en las montañas de Missouri. Cuando murió, entre las pertenencias de Morton se encontró un extraño documento que tomó el nombre de «Mapa de Wolf» –debido a que está encabezado por la imagen de un lobo–. Al parecer, el viejo minero lo obtuvo del sacerdote que dio la extremaunción al hermano de Jesse, Frank James. Al menos eso reza la leyenda. Hasta hoy, el mapa –un diseño tosco e incluso algo infantil– no ha llevado a ningún sitio. Todo apunta a un fraude.

El tesoro de Yamashita

En 1944, el general japonés Tomoyuki Yamashita, el «Tigre de Malasia», asumió el mando de las tropas niponas en Filipinas, y recibió un extraño encargo: poner a salvo un tesoro fruto de la confiscación de bienes y del expolio en Malasia, China o Taiwán; una ingente cantidad de oro que previamente habría ocultado en Singapur la sociedad secreta Kin no Yui («Lirio Dorado») con la colaboración de la Yakuza. Yamashita debía trasladarlo a Filipinas para desde allí embarcarlo hacia Japón, pero ante la inminente invasión aliada tuvo que enterrarlo en 157 lugares distintos de la isla Bacuit Bay y otras zonas de Filipinas, junto a los soldados japoneses y prisioneros que mandó ejecutar para que no revelasen el secreto.

El 23 de febrero de 1946 Yamashita fue ejecutado por los estadounidenses sin revelar su paradero, aunque fuentes de aroma conspiracionista apuntan a que la OSS –antecesora de la CIA– supo de su ubicación y se lo comunicó al presidente Truman, un botín que serviría para financiar la lucha anticomunista de posguerra. Es más probable que parte del oro lo hubiera confiscado el dictador filipino Ferdinand Marcos (1917-1989) al cerrajero Rogelio Rojas, quien dijo haber tenido acceso a un mapa que había pertenecido a un soldado japonés. Fuera cual fuese la verdad, muchos filipinos continúan buscando el tesoro enterrado en su territorio.

La mina del Holandés Perdido

En las Montañas de la Superstición, en Arizona, un escenario que ya de por sí invita a la ensoñación, circulan numerosas leyendas aborígenes. Lugar icónico del Viejo Oeste, esta árida región es el epicentro de una historia bautizada como la «mina del holandés perdido» –o del alemán, depende de la versión–, un episodio supuestamente verídico aderezado de tantos condimentos que ya es difícil discernir la realidad de la mera quimera. Una mina descubierta en el siglo XVI que al parecer explotaron primero los jesuitas hasta que fueron pasados a cuchillo por los apaches. Aunque este punto no está muy claro. A mediados del siglo XIX, la mina perteneció al español Miguel de Peralta, quien descubrió oro en la misma y la explotó hasta que él y sus trabajadores fueron masacrados también por los apaches.

En 1862, el aventurero alemán Jacob Waltz, que exploró gran parte del territorio estadounidense y tuvo conocimiento de aquella historia, dijo haber encontrado la mina y solía mostrar como prueba una cantidad de oro equivalente a unos 60.000 dólares. Nunca quiso regresar por miedo a los apaches –decía–, pero dibujó un mapa que vendió por mucho dinero. Aquellos que fueron en su busca jamás regresaron, al parecer, víctimas de una maldición… Aún hoy, son numerosas las personas que se aventuran a las Superstition Mountains en busca de la mina perdida.

El tesoro del Olonés

El Olonés era el apodo con el que se conocía al sanguinario pirata Jean-David Nau, que, cuentan, era capaz de arrancar el corazón de sus prisioneros y comérselo crudo y que hizo acopio de un gran botín durante sus abordajes. Un anciano pescador de nombre Joaquín Garrido, que afirmaba descender de algunos miembros de la tripulación del Olonés, tuvo su momento de gloria cuando, en 1924, le dio a unos americanos de vacaciones en Cuba un mapa que señalaba el lugar donde había escondido sus riquezas: mil libras en lingotes ocultas en algún lugar de la isla cubana de Cayo Francés –Villa Clara–. Un mapa que parece claramente falso, e incluso tosco y un tanto infantil, pero que animó a muchos cazatesoros a ir en su busca.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

La editorial Crítica lanzó recientemente un vibrante ensayo que lleva ya varias ediciones. Se trata del libro Piratas. Una historia desde los vikingos hasta hoy. Su autor es Peter Lehr, profesor de estudios sobre terrorismo en The Handa Centre for the Study of Terrorism and Political Violence de la Universidad de St. Andrews, en Escocia. Ha firmado otros exitoso ensayos, como Counter-Terrorism Technologies: A Critical Assessment o Militant Buddhism: The Rise of Religious Violence in Sri Lanka.

En su último libro, de espíritu fundamentalmente divulgativo, lo que logra gracias a su facilidad de lectura y un ritmo que no cae en ninguna de sus páginas, aunque aportando la precisión del especialista, aborda la piratería desde tiempos inmemoriales hasta la misma actualidad, donde, debido a diversas circunstancias de este tumultuoso siglo XXI, ha resurgido con fuerza. Y Lehr sabe de lo que habla, pues uno de sus trabajos más exitosos se centraba precisamente en este punto, el terrorismo marítimo: Violence at Sea: Piracy in the Age of Global Terrorism.

Desde los vikingos y los piratas Wako medievales hasta los asaltantes somalíes de la actualidad, Lehr analiza la motivación que lleva a algunos individuos a convertirse en piratas, así como su organización, la violencia en el mar y las tácticas de terror utilizadas para saquear barcos y regiones costeras. También se ocupa del papel del Estado en el desarrollo de la piratería desde los corsarios que actúan bajo una autoridad legítima hasta los piratas que operan tomándose la justicia por su mano, y explora cómo la combinación de factores estructurales como la debilidad de la vigilancia marítima y la liberalización del comercio ha hecho posible que la piratería persista hasta nuestros días.

He aquí el enlace para adquirir este vibrante ensayo:

https://www.planetadelibros.com/libro-piratas/333733