Bruguera rescata a la pareja cómica que retrató, sin saberlo, la represión sexual del franquismo, una selección cronológica de los mejor de una de las series más longevas del tebeo español, firmadas por Vázquez.
Óscar Herradón ©
El volumen, una preciosa edición en tapa dura, reúne páginas escogidas de Las hermanas Gilda ordenadas cronológicamente, de manera que el lector puede seguir la evolución del dibujo y del humor de Vázquez a lo largo de más de tres décadas de publicación, e incluye historietas apaisadas de los años cincuenta nunca antes reeditadas, junto con portadas de revista, carteles e ilustraciones promocionales protagonizadas por el dúo. Es, en ese sentido, más un homenaje arqueológico que una simple recopilación de gags, pensado tanto para quien creció con la revista Pulgarcito bajo el brazo como para quien se acerca a las hermanas por primera vez.
Con un planteamiento tan simple como eficaz, Hermenegilda y Leovigilda son dos hermanas que conviven pese a llevarse a matar, un choque de caracteres que Vázquez explotó durante más de tres décadas. Las dos hermanas Gilda son una pareja de protagonistas no especialmente agraciadas que comparten vivienda a pesar de sus diferencias, y la ficha de Lambiek –la enciclopedia internacional de cómic con sede en Ámsterdam, una de las referencias más citadas fuera de España para trazar genealogías del tebeo europeo– sitúa el debut de la serie en el número 96 de Pulgarcito, en 1949, con continuidad casi ininterrumpida en distintas cabeceras de Bruguera como Gran Pulgarcito y El DDT.
Cine negro y visigodos en clave de astracanada
El origen del nombre es, probablemente, el dato más citado por la crítica internacional cuando se ocupa de esta serie, y con razón: es puro ingenio de posguerra. El título de la serie y los nombres de sus protagonistas remiten a dos referentes completamente distintos fundidos en un solo chiste: la película de cine negro Gilda, estrenada en España tres años antes (y muy condenada por el régimen franquista), y el sangriento enfrentamiento entre los monarcas visigodos Hermenegildo y Leovigildo, que además de reyes rivales eran padre e hijo. Convertir una tragedia dinástica visigoda y un melodrama hollywoodiense protagonizado por Rita Hayworth en el nombre de dos hermanas de barrio enzarzadas en la brega doméstica da bastante bien la medida del humor absurdo y erudito a la vez que cultivaba Vázquez.
La propia caracterización física de las hermanas reforzaba el contraste cómico: Herme es morena, entrada en carnes, con un moño característico, mientras que Leo es alta, delgada y rubia; ambas, por diseño, alejadas del canon de belleza al uso. Herme es ingenua y alocada y persigue sin descanso encontrar marido, mientras que Leo, más adulta, cultiva un carácter escéptico y amargado que la lleva constantemente a boicotear los planes de su hermana pequeña.
Lo que distingue a esta serie de otras astracanadas costumbristas de la época es la lectura que la crítica ha hecho retrospectivamente de su subtexto. Existe una interpretación, atribuida al crítico Terenci Moix, según la cual Leovigilda y Hermenegilda encarnan la frustración sexual y la represión propias de la España franquista, una lectura que convierte el gag doméstico en radiografía social involuntaria. La misma fuente apunta que, a partir de 1955, el endurecimiento de la censura sobre el tebeo obligó a rebajar el tono adulto que la serie había mantenido en sus primeros años.
Un niño prodigio de la escuela Bruguera
Manuel Vázquez Gallego, nacido en Madrid en 1930 y fallecido en Barcelona en 1995, creó a las hermanas Gilda con apenas dieciocho años para la revista Pulgarcito, en lo que fue su primera gran serie antes de encadenar, año tras año, algunos de los personajes más populares del tebeo español: Heliodoro Hipotenusa y la propia serie Gilda en 1949, la familia Cebolleta en 1951, Angelito en 1964 y, sobre todo, Anacleto, agente secreto en 1967, su obra más recordada junto a las Gilda.
El diccionario biobibliográfico francés Bédéthèque, referencia habitual del cómic franco-belga (bande dessinée) para catalogar autores extranjeros, sitúa a Vázquez entre la primera y la segunda generación de la escuela Bruguera y lo coloca, en términos de influencia sobre el mercado español, al mismo nivel que su colega Francisco Ibáñez. La ficha de Lambiek matiza esa genealogía y ubica a Vázquez, junto a José Escobar y al propio Ibáñez, dentro de la llamada «segunda generación» de la escuela Bruguera de los años sesenta, caracterizada por personajes de trazo esquemático sobre fondos reducidos y un humor construido a base de gags físicos y conflictos continuos entre personajes, la gramática visual que las hermanas Gilda ayudaron a fijar casi veinte años antes.
Vázquez tuvo además la rareza de convertirse él mismo en personaje de sus propias historietas, caricaturizándose recurrentemente como parte del universo Bruguera, un gesto de autoficción muy poco habitual en el tebeo de la época. La revista especializada estadounidense Cartoon Brew se hizo eco en su día del biopic español El Gran Vázquez, dirigido por Óscar Aibar (donde el actor Santiago Segura daba vida al creador y dibujante), y destacó especialmente las secuencias animadas realizadas por la productora londinense Espresso Animation bajo la dirección de Philip Vallentin, subrayando que era la primera vez que personajes como Anacleto, Gú-Gú o las propias hermanas Gilda cobraban vida animada, medio siglo después de haber sido creados en papel.
Lo que hace de esta antología algo más que un ejercicio de nostalgia es precisamente esa doble lectura que ha ido acumulando la serie con el paso de las décadas. Por un lado, el gag puro, el choque de caracteres entre dos hermanas condenadas a convivir, resuelto con el timing certero de un dibujante que dominaba la página como pocos; por otro, el documento involuntario de una sociedad que canalizaba en la comedia costumbrista las tensiones que no podía nombrar de ningún otro modo. Bruguera, al recuperar el material en orden cronológico y con piezas inéditas, no solo rinde homenaje a una de sus parejas cómicas más queridas, también deja a la vista el oficio de un autor que, con dieciocho años, ya sabía construir un personaje que sobreviviría treinta y seis años de publicación y llegaría, décadas después, hasta la pantalla.











