Steve Cuzor adapta La roja insignia del valor de Stephen Crane y convierte el clásico del realismo bélico en un estudio en tinta sobre el miedo, la mentira y el valor, una novela gráfica que Norma Editorial publica en cartoné en formato integral: El combate de Henry Fleming.
Óscar Herradón ©
Hay libros de guerra que cuentan batallas y libros de guerra que cuentan lo que ocurre dentro de quien las libra. La novela de Stephen Crane pertenece a la segunda especie, y por eso era tan difícil de llevar a la viñeta: su acción principal sucede en la cabeza de un muchacho asustado. Steve Cuzor ha aceptado el reto en El combate de Henry Fleming, un álbum de gran formato que la crítica francesa recibió como una de las cumbres gráficas de su autor, aunque no sin alguna objeción de fondo.
Crane publicó La roja insignia del valor en 1895, con apenas veinticuatro años y sin haber pisado nunca un campo de batalla: había nacido en 1871, seis años después de que terminara la Guerra de Secesión. Aun así, su retrato de Henry Fleming, un joven granjero que se alista en el ejército de la Unión soñando con la gloria, huye en su primer combate y vuelve después a la línea de fuego, resultó tan verosímil que muchos lectores creyeron que el autor era un veterano. La novela rompió con la literatura bélica patriótica de su tiempo y se convirtió en texto fundacional del realismo norteamericano. La batalla nunca se nombra, pero la crítica histórica la identifica con Chancellorsville; el propio Crane lo confirmó en un relato posterior, The Veteran, en el que un Fleming anciano recuerda que fue allí donde huyó por primera vez bajo el fuego.
El problema de cualquier adaptación es que la novela no se sostiene en la trama, que es mínima, sino en la voz: el monólogo interior de un chico que se miente a sí mismo, se justifica, se compadece y se odia en un mismo párrafo. Las versiones gráficas anteriores tropezaron ahí. Cuando Publishers Weekly reseñó en 2005 la adaptación de Wayne Vansant, le reprochó precisamente eso: simplificaba a Fleming al rebajar su egolatría, su talento para la autojustificación y la locura de combate que alimenta buena parte de su heroísmo posterior, y su dibujo realista y convencional resultaba más prosaico que los pies de texto de Crane, de modo que el campo de batalla perdía su dimensión mítica. Esa es la vara con la que hay que medir a Cuzor.
El álbum apareció en su edición original en febrero de 2024 en la colección Aire Libre de Dupuis, el sello que la editorial belga reserva para sus proyectos de autor más ambiciosos, con guion y dibujo de Cuzor, color de Meephe Versaevel y un epílogo de José-Louis Bocquet. Un año después, Abrams ComicArts lo publicó en inglés con el título original de la novela, lo que convierte la obra en un caso curioso: un clásico estadounidense que regresa a su país por la vía del cómic franco-belga. Ahora le llega el turno en castellano de la mano de Norma, tan habitual en el Pandemónium, 152 páginas en cartoné y gran formato: 23,5 x 31 centímetros.
Cuzor, nacido en 1971, no es un recién llegado al imaginario norteamericano. Su obra previa, de O’Boys (editada también en formato integral en castellano por Norma), adaptación libre de Huckleberry Finn con guion de Philippe Thirault, a Una estrella de algodón negro (publicada igualmente por Norma Editorial en nuestro país, un espectacular cómic bélico con la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos como protagonista) ya mostraba una fijación por la historia de los Estados Unidos y sus heridas. Con Henry Fleming firma por primera vez en solitario una adaptación literaria de este calibre, y se nota que ha llegado a ella después de años de oficio.
Además de la complejidad de la adaptación del texto original al guión de la novela gráfica, si algo ha unido a la crítica francesa es el apartado gráfico. Cuzor trabaja con pincel seco y tinta china sobre papel de gran formato, y su editor, según cuenta él mismo, describe su estilo como intransigente hasta el extremo. El resultado es un dibujo áspero y matérico, en el que el polvo, el humo y el calor del campo de batalla parecen depositarse sobre la página. El color de Versaevel no ilumina sino que tiñe: una reseña de SensCritique describe el azul reservado a las escenas nocturnas y una gama de verdes para el día y las batallas, que junto al entintado negro transmite la oscuridad de los combates y la sensación de atasco. La monocromía tiene además un efecto moral que un lector de Critiques Libres señaló con agudeza: a medida que avanza la lectura deja de distinguirse el uniforme de cada bando, lo que universaliza el destino de Fleming. Es una traducción gráfica exacta del propósito de Crane, cuya novela apenas se interesa por quién es el enemigo.
El propio Cuzor relata la dificultad de algunas secuencias, como la de los jinetes atravesando la maleza, que dibujó durante un día entero sin que se pareciera a lo que tenía en la cabeza, hasta que la rehízo arriesgando con las sombras. Esa voluntad de sacrificar la exactitud anatómica a la sensación es la clave de las mejores páginas del libro, donde las masas de soldados se funden con el bosque y la batalla se vuelve un paisaje.
El combate de Henry Fleming es sin duda la mejor adaptación gráfica de La roja insignia del valor, y probablemente la que mejor entiende por qué el libro sigue vivo: no por la Guerra de Secesión, sino por el miedo. Cuzor resuelve el problema del monólogo interior con una solución formal elegante y firma algunas de las páginas más poderosas de su carrera, en un registro que sitúa el álbum en la tradición del gran cómic bélico de autor, una magnífica adaptación de la novela fundacional de la literatura americana moderna.



























