Giorgio Bergamino y el ilustrador Andrea Orani convierten la travesía de 1492 en un libro-maqueta con siete modelos para montar que edita Tikal por todo lo alto.
Óscar Herradón ©
El primer viaje de Colón. Naves e instrumentos. 7 modelos para armar, está elaborado por Bergamino, divulgador italiano habitual en este grupo editorial, con títulos como El mundo en mapas o el atlas El lago español. El océano Pacífico, que no tardaremos en destacar en el Pandemónium, firmado con Gianni Palitta. El libro incluye maquetas de la carraca Santa María y la carabela Pinta, junto a cinco instrumentos de navegación, entre ellos el nocturlabio y la corredera.
El formato tiene una lógica pedagógica impecable. Pocas cosas explican mejor una nave del siglo XV que montarla: entender la diferencia entre un castillo de proa y uno de popa, o entre una vela cuadra y una latina. Björn Landström, el gran ilustrador naval sueco, construyó toda su obra sobre esa convicción. Su Columbus (1966) sigue siendo el modelo de cómo reconstruir visualmente el viaje sin sacrificar el rigor. Bergamino y Orani se sitúan en esa tradición, aunque con ambiciones más modestas.
Las naves más avanzadas de su tiempo… o no
Aunque se presenta a la Santa María y la Pinta como las naves más avanzadas de su tiempo, la historiografía no respalda del todo esta afirmación. Samuel Eliot Morison, almirante e historiador que repitió la ruta a vela antes de escribir Admiral of the Ocean Sea (1942), describió la flota como un conjunto de barcos mercantes corrientes, contratados en Palos por necesidad y no por excelencia. El propio Colón se quejó en su diario, tras el naufragio de la Nochebuena de 1492, de que la Santa María era pesada y poco apta para descubrir. Carla Rahn Phillips y William D. Phillips Jr., en The Worlds of Christopher Columbus (1992), insistieron en que la ventaja de los ibéricos no estaba en un barco milagroso. Su verdadera ventaja era la experiencia acumulada en el Atlántico africano y en el uso combinado de dos tipos de casco.
Aunque la propuesta es apasionante, la denominación de carraca también merece un matiz. Colón siempre llamó a su nave capitana «nao» y reservó el nombre de carabelas para las otras dos, que pertenecían a los Pinzón. La frontera entre nao y carraca es difusa en las fuentes, pero el término elegido orienta al lector hacia un barco mayor y más pesado de lo que probablemente fue. Aunque la propuesta es apasionante, todo modelo de la Santa María es una conjetura. No se conservan planos ni restos identificados, y todas las reconstrucciones derivan de unas pocas pistas documentales y de la iconografía de la época. La más influyente fue la del alemán Heinrich Winter, Die Kolumbusschiffe (1944), cuyos planos a escala han alimentado generaciones de maquetistas, incluida su versión italiana publicada por Mursia en 1968.
Por último, una ausencia llamativa: la Niña. Fue la nave favorita de Colón, la que lo devolvió a Europa en 1493 y la que más viajes hizo a las Indias. Elegir la Pinta en su lugar puede responder a razones de diseño, porque tras el aparejo cuadro que recibió en Canarias la Pinta muestra mejor el contraste con la nao. Sin embargo, se pierde la protagonista del regreso; una pena, pero quizá en otra ocasión. Un libro recortable tiene sus limitaciones en extensión si no queremos pagar por él 200 euros.
Como objeto, el libro tiene virtudes evidentes: tapa dura, ilustración cuidada y una actividad que obliga a mirar despacio. Para un lector joven, montar una carabela enseña más que tres capítulos de manual. Como fuente, conviene acompañarlo de lecturas más rigurosas –lógico, es un libro para montar, no un ensayo exhaustivo sobre los viajes colombinos–. Para ese complemento, las mejores opciones son Landström, si se busca la reconstrucción visual, y Morison o los Phillips, si se busca el viaje en sí. La lección más valiosa que ofrece que ningún barco ni instrumento explica 1492 por sí solo. El Descubrimiento fue una apuesta de un navegante experimentado con medios corrientes y una idea equivocada del tamaño del mundo.








