¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Da igual la edad que uno tenga. Probablemente no haya nadie en todo el planeta que no sepa quién es Michael Jackson. Las últimas horas del músico reconvertido en mito y en diablo por sus muchos detractores a causa de escándalos que se multiplicaron el pasado año, cuando se cumplían diez años de su misteriosa muerte, con el estreno del documental Leaving Neverland, están rodeadas de contradicciones y silencios. Los últimos momentos del Rey del Pop, sus últimos años, se caracterizaron por la controversia, los excesos e incluso los complots…  Puede que muriera a causa de un trágico descuido o accidente, lo que indican la mayoría de líneas de investigación, pero, de una u otra forma, aunque solo fuera una autodestrucción causada por la fama, se hace obligado responder a la siguiente pregunta: ¿Quién «mató» a Michael Jackson?

Óscar Herradón ©

«Insisto, a mi hijo Michael lo mataron». Así de contundente se mostraba Joe Jackson, padre del Rey del Pop, en 2012, tres años después del fallecimiento de este último. Joseph Walter «Joe» Jackson moría también el miércoles 27 de junio de 2018 tras una vida marcada por los excesos, el éxito y los escándalos, acusaciones de abuso incluidas. Saldaba cuentas con Caronte el mismo mes que lo hacía su hijo, nueve años antes, un suceso que ha generado múltiples teorías de la conspiración que en muchos casos crecen con el tiempo, a pesar de haber sido ya juzgado el supuesto responsable.

El pasado 2019, cuando se cumplían 10 años desde que Michael fuera encontrado muerto en su cama, se publicaron numerosos libros, unos mejores y otros menos deseables, sobre la existencia –y los muchos misterios– que rodearon la vida y la muerte del creador, impulsados también por la repercusión mundial –fuertemente negativa hacia el músico– de la película documental Leaving Neverland, dirigida por Dan Reed. Al final del post citaré algunos de los títulos más interesantes publicados en español, pero centrémonos primero en el quid de la cuestión… ¿fue Michael «asesinado»?

Declaraciones inquietantes

En 2011 era condenado a cuatro años de prisión el doctor personal de «Jacko», Conrad Murray, por homicidio involuntario. Sin embargo, en las declaraciones citadas anteriormente, el patriarca de los Jackson 5 aseguró que «pronto saldrán a la luz las pruebas que demostrarán que su hijo fue asesinado como parte de una escalofriante conspiración en la que muchas personas están untadas».

En la misma línea se había pronunciado su hija Latoya Jackson en julio de 2009, apenas unas semanas después de la misteriosa muerte de su hermano: «Sé quién asesinó a Michael. Hubo una conspiración. Creo que fue todo por dinero. Michael valía más de 1.000 millones de dólares en activos por derechos de difusión musical y alguien lo mató por eso. Valía más muerto que vivo». Aunque no dio nombres, sus palabras, tan solos dos días después de que el jefe de la policía de Los Ángeles admitiera que el asesinato era una de las líneas de investigación, no hicieron sino echar más leña al fuego siempre avivado de los conspiracionistas.

La última en la saga familiar en alimentar las sospechas al insistir en este mismo punto fue Paris Jackson, la hija mayor del Rey del Pop, en incendiarias declaraciones a la revista Rolling Stone en 2017.  Según la joven, su padre le dijo en varias ocasiones que estaba sentenciado, algo que –afirma– a sus 11 años no entendía pero que ahora –en 2017– comprendía a la perfección: «Estoy convencida (de que lo asesinaron). Sé que suena a teoría conspirativa, pero sus fans y su familia sabemos que todo fue un engaño. Quiero vengarme, pero esto es como el ajedrez y voy a intentar jugar mi partida de la mejor manera posible. Eso es todo lo que puedo decir ahora». Además de contribuir a engordar la teoría del complot, Paris reveló en la misma entrevista detalles delicados de su vida privada, y afirmó que fue violada a los 14 años por un desconocido, lo que la llevó a varios intentos de suicidio que dejaron marcas en su cuerpo que ocultó con más de 50 tatuajes.

Sobre Michael, afirmó que era «el mejor padre del mundo», y añadió: «Perdí la única cosa que más me importaba (…) Así que de ahora en adelante, nada malo puede suceder. (…) Lo siento conmigo todo el tiempo». Hace unas semanas los medios de todo el mundo anunciaban que Paris iniciaba su carrera musical con su disco debut Wilted. Veremos qué le depara el ser la hija de uno de los músicos más importantes de todos los tiempos.

El doctor «Muerte»

Pero, ¿qué sucedió realmente el día que falleció Michael Jackson, hace once años? Según declaró en el juicio el doctor Conrad Murray, contratado ex profeso por el propio Michael como médico personal para su gira frustrada This is It! –recomiendo encarecidamente ver el fantástico documental homónimo estrenado en octubre de ese mismo año con imágenes detrás de la escena rodadas unos meses antes y donde se ve a un Michael ilusionado y en plena forma a sus 50 años, dispuesto a recuperar el cetro perdido de Rey del Pop–, el 25 de junio de 2009 encontró al cantante tendido sobre su cama, sin respirar y con escaso pulso. A pesar de sus intentos por reanimarle –afirmó– no lo logró. La causa principal del fallecimiento, señaló Murray, había sido una intoxicación aguda de propofol y benzodiacepinas. En un primer momento se pensó que la causa había sido una inyección de petidina, un analgésico al que Jackson al parecer había sido adicto en los años 90, algo que desmintió la autopsia.

Finalmente, el 28 de agosto de aquel año, el facultativo fue acusado de homicidio involuntario por haber suministrado al artista, efectivamente, propofol, un fuerte analgésico que debe administrarse con un equipo de monitorización y resucitación muy preciso del que no disponía. Condenado a cuatro años de prisión en noviembre de 2011, salió bajo libertad condicional en 2013, pero su condena no consiguió acallar las voces de quienes afirmaban que hubo algo más tras la extraña muerte del Rey del Pop.

Escándalo tras escándalo

Lo cierto es que en las últimas décadas el escándalo no dejó de salpicar al pequeño de los Jackson Five, desde su extraño cambio de apariencia y su delicada salud hasta sus múltiples excentricidades, entre ellas, aparecer siempre en público con una mascarilla… ¡adelantándose al futuro! Hoy todos la llevamos y ya no miramos al autor de Thriller como un bicho raro en ese sentido. Si es que era un visionario…

Ante tanta controversia por su «cambio de piel», una de las leyendas urbanas más extendidas de los últimos 30 años, juntos a los cambios de sangre de los Rolling o el retiro dorado de Elvis tras fingir su muerte, el propio Jackson llegó a declarar que su apariencia se debía a una enfermedad de la piel, el vitíligo, que causa despigmentación, por lo que utilizaba el maquillaje para darle un tono acorde a su rostro. Aquello, qué decir tiene, no convenció a muchos.

Pero lo más duro vino en 2004, cuando era acusado de haber construido su millonario parque de atracciones, Neverland (Nunca Jamás), en Santa Bárbara, «para seducir y abusar sexualmente de niños». Finalmente, se demostró que todo era falso, pero erosionó su imagen pública de manera inexorable hasta su muerte. En 2019, el documental citado, con declaraciones de dos de los chicos –hoy adultos– que en su día pusieron la demanda y la retiraron, afirmando que realmente sí fueron sometidos a abusos sexuales, ha vuelto a revolucionar las aguas siempre turbias de un hombre/niño que hombre que para muchos sufría el llamado «Síndrome de Peter Pan», un miedo patológico a crecer. Su vida y su final parecen formar parte del retorcido argumento de un Thriller. D.E.P.

PARA SABER MÁS:

–El pasado año el sello Arcopress, del Grupo Almuzara, publicaba el libro Objetivo Michael Jackson. La conspiración para acabar con el Rey del Pop, de la periodista Concha Calleja. En este controvertido pero magnético libro, muy documentado, la autora habla más de ocultación pública que de conspiración, como reza el título, y se centra en los múltiples interrogantes que rodean al caso. Todo muy turbio. Todo comienza con la llamada que el Rey del Pop recibió la noche del 24 de junio de 2009 (moría al día siguiente, el 25, lo que pone los pelos de punta). Nada más colgar el teléfono, según revelaría su hijo Prince, bajó las escaleras totalmente compungido y dijo: «¡Me van a matar!». Palabras que tristemente se convertirían en ¿proféticas? No era la primera vez que decía que iban a acabar con él. Su hermana Latoya y su hija Paris también ofrecieron declaraciones en esta línea.

Concha Calleja, que afirmaba en una entrevista a Vanitatis que no era ni mucho menos una fan de Jackson, se acercó al personaje cuando investigaba otra extraña muerte de un famoso: la de Lady Di, amiga del Rey del Pop. Publicado el pasado año, cuando se cumplía el décimo aniversario de la muerte de Michael, en sus páginas se analizan las causas del sucesos, explorando testimonios forenses, pruebas federales y documentos inéditos. Fue el primer libro en castellano publicado en Estados Unidos sobre el asunto.

–Por las mismas fechas, una pequeña gran editorial como Sexto Piso, una de mis favoritas del panorama literario actual, publicaba ¿Quién mató a Michael Jackson? Cómo la sociedad crea y destruye ídolos, del reputado crítico musical inglés Paul Morley. Un trabajo punzante, de prosa afilada y ritmo frenético que cualquier fan de Jackson no podrá dejar de leer, ni aquel interesado en el fenómeno de las «celebrities» y en cómo este mundo globalizado y contradictorio ensalza y sepulta a las personas de un día para otro. Con la distancia que procuraban diez años desde su muerte, Morley reflexiona en las páginas de este atípico ensayo sobre la cultura mediática y la obsesión que la mayoría tiene sobre las celebridades, y cómo y por qué el mayor músico de finales del siglo XX se convirtió –o más bien convertimos todos, con mayor o menor implicación– en un personaje grotesco y atormentado. Un trabajo impecable que desbroza el mito de uno de los grandes iconos del espectáculo a cuchilladas.

La «Procesión de la Sangre» del Partido Nazi (1920-1939)

Una vez que Adolf Hitler se hizo con el control del Partido Obrero Alemán fundado por el cerrajero Anton Drexler y lo reconvirtió en el NSDAP –Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores–, se entregó por completo a crear toda una simbología de ecos trágicos y grandilocuentes, con un fuerte componente místico-religioso. La temible esvástica fue su emblema, y la religión de la sangre, esbozada por el racista y teórico nazi Alfred Rosenberg, su credo.

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El nuevo régimen necesitaba, como nueva religión, sus propios mártires, y éstos fueron, además del «camisa parda» Horst Wessel, los 16 miembros del NSDAP caídos el 9 de noviembre de 1923 durante el fracaso del Putsch de la Cervecería, símbolo del sacrifico para la redención del pueblo alemán.

En palabras de Éric Michaud, director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales (EHESS) de París, autor de La estética nazi, un arte de la eternidad: «esa sangre confiscaba progresivamente la de los mártires de la Gran Guerra».

Se convirtieron en los 16 mártires sangrantes –Blutzeugen– y la conmemoración de su muerte se convirtió en una de las festividades más importantes del Tercer Reich junto al cumpleaños del Führer, el 20 de abril. En 1933, en la Feldherrnhalle de Munich, donde cayeron sus hombres, Hitler hizo erigir una gran placa de bronce con el nombre de los muertos caídos en el combate por la «libertad».

Precisamente a los «mártires del Movimiento», Adolf Hitler había dedicado el primer volumen de Mein Kampf, cuyas primeras ediciones reproducían sus nombres y sus correspondientes retratos, señalando que habían caído «en la fiel creencia en la resurrección de su pueblo».

El día 9 de noviembre se conmemoraba a la vez la muerte y la resurrección de los caídos. Se celebraba una marcha solemne que recordaba a las procesiones cristianas con los «Viejos Combatientes» del Partido, ataviados con sus vestidos de 1923 –que una tienda especial se había encargado de fabricar iguales–, que partían de la Bürgerbräukeller y llegaban hasta el Feldherrnhalle, recordando el recorrido hecho aquel ya lejano día del Putsch muniqués en que Göring fue herido y el ahora todopoderoso Hitler huyó y estuvo a punto de suicidarse. ¡Qué rápido olvida el hombre sus miedos y debilidades pasadas cuando está en la cima de su poder!

Los Templos de los Héroes

Para la conmemoración de estos «caídos», ritual que el Führer inauguró en 1935 y que permanecería inmutable hasta los años de la guerra, se erigieron los dos templos de los Héroes (Ehrentempel) sobre la Königsplatz, edificios concebidos por el propio Hitler y el arquitecto Ludwig Troost, destinados a recibir cada uno ocho sarcófagos de bronce, templos que simbolizaban «el pueblo resucitado y redimido». El recorrido hasta allí estaba jalonado de 240 altos pilones envueltos en paño rojo, coronados de vasos donde ardía la «llama del recuerdo». A medida que avanzaba la solemne comitiva, los nombres de los muertos del Movimiento eran recitados mientras se escuchaban cantos solemnes y una vez en la Köningsplatz se depositaban los ataúdes ante los dos templos.

Templos de los Héroes en la Feldherrnhalle, en Múnich

Hitler, que en Mein Kampf plasmaba su indignación porque el Gobierno de Weimar hubiera rechazado una sepultura común para estos «héroes» (lo cual no era de extrañar, pues pretendieron precisamente acabar con ese Gobierno por la fuerza), hizo exhumar sus cuerpos y exponerlos en la Feldherrnhalle el 8 de noviembre, el día antes de la procesión. Ya entrada la noche, acudió al lugar en un imponente descapotable, pasando lentamente por la puerta de la victoria, atravesando las obligadas antorchas, las banderas con la esvástica y la multitud reunida.

En silencio subió, solo, los peldaños tapizados de rojo que separaban a esa multitud del recinto sagrado. Se recogió durante bastante tiempo ante cada uno de los féretros en un momento de gran solemnidad, incrementado por los pilones hinchados en lo alto de los dieciséis catafalcos y las teas de las SA y las SS que emanaban un humo eterno. Una vez allí, retumbaban dieciséis cañonazos, uno por cada caído, y se recordaban los nombres de los «mártires».

Hitler, que había comparado en 1923 la Alemania vencida al Cristo moribundo sobre la cruz, en palabras del citado Michaud, «reaparecía entonces transfigurado. Restauraba la gloria de los mártires y, providencial sobreviviente escapado del reino de los muertos, llevaba con él la salvación del Reich eterno». La edición del día siguiente del Völkischer Beobachter decía: «Él se yergue ante nosotros, como una estatura, ya más allá de la dimensión terrestre».

La bandera de sangre

Así, Hitler volvía a traer del reino de los muertos los mandamientos de la sangre para que su pueblo los obedeciera. Setenta mil miembros del Partido desfilaron después como su séquito ante los caídos. Como reliquia por antonomasia del NSDAP estaba la llamada «bandera de la sangre» (Blutfhane), conducida por la Orden de la Sangre, una bandera recogida el día del Putsch fallido y salpicada por la sangre de los mártires. Desde el segundo Congreso del Partido en 1926,  a la bandera se atribuía la virtud de transmitir fuerzas por contacto, aunque eran pocas las veces que tal reliquia –tan importante– era mostrada en público. Cada vez que se consagraba una nueva bandera del partido o de organizaciones como la Orden Negra, con sus runas sieg (SS), ésta debía ser consagrada por Hitler con la Blutfhane en un ritual de fuerte contenido simbólico.

Como colofón a la solemne ceremonia, Goebbels hacía un último recital de los nombres de los caídos que imitaba el ritual de los fascistas italianos, uno tras otro, como si hubieran resucitado, seguidos de un ¡Presente! que entonaba el coro de las Juventudes Hitlerianas. Luego los ataúdes eran bajados al corazón de los dos templos y Hitler, visiblemente emocionado, decía: «Para nosotros ellos no están muertos. Estos templos no son sepulturas, sino una Guardia eterna. Ellos están allí para Alemania y velan por nuestro pueblo. Reposan aquí como los verdaderos mártires del Movimiento».

Los nacionalsocialistas ya tenían la liturgia y los lugares de rezo del régimen, sus propias reliquias y símbolos. La Sangre y el Suelo proclamada por Rosenberg era su religión, la esvástica su emblema, Hitler su dios reencarnado. Necesitaban también un enemigo atávico en consonancia con su visión dualista de la historia y ese no podía ser otro que el judío, al que culpaban de todos los males de Alemania.

PARA SABER MÁS:

–HERRADÓN AMEAL, Óscar: La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

–MICHAUD, Éric: La estética nazi, un arte de la eternidad. Adriana Hidalgo Editora 2009.

–SALA ROSE, Rosa: Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo. Acantilado 2003.

EL LIBRO RECOMENDADO:

Hace apenas unas semanas Alianza Editorial publicaba el ensayo El culto a los mártires nazis Alemania, 1920-1939. Un libro centrado completamente en el contenido del post y cómo el NSDAP forjó una cuasi religión y unos «mártires» de su lucha sangrienta para convencer a sus millares –luego millones– de seguidores de que su causa era poco menos que «sagrada». Una minuciosa a la par que divulgativa obra de un gran conocedor del nazismo: Jesús Casquete, profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad del País Vasco, y fellow (miembro) del Centro de Investigación sobre Antisemitismo de Berlín.

«Una muerte ejemplar tiene aún más valor que una vida ejemplar», decía un manual de conducta de las SA, los «camisas pardas». En el curso de tres lustros, los nazis se hicieron con el control de las calles en Alemania y acabaron con la victoria –bastante irregular, todo sea dicho– en las urnas. En un principio su ideología no era original (se basaba en la tradición nacionalista y antesemita alemana del siglo XIX y también en los movimientos ariosofistas), y, sin embargo, conquistaron a una parte sustancial de la población. Y es que ese triunfo en el voto se debió a que supieron mejor que las demás fuerzas políticas agitar los sentimientos y las emociones de los alemanes a los que prometieron una Edad Dorada en forma de Tercer Reich, un «Reich de los Mil Años» que engrandecería como nunca antes a una nación abatida por la derrota en la Gran Guerra y las reparaciones bélicas, sumida en una crisis abismal y una ruptura de los modos de vida anteriores.

Uno de los grandes mitos era el sacrificio por la patria, como los «16 mártires del Partido Nazi» citados arriba, y por el culto a los muertos, una suerte de héroes sacrificados en pos de la redención nacional, como Horst Wessel.  Este magnífico trabajo aborda dicho discurso propagandístico que cautivó a millones de almas para acabar siendo la causa de la muerte de otros muchos millones en una lucha desesperada y fanática por la nación soñada.

La conspiración del rock (I)

Extraños suicidios, control mental, agencias de inteligencia, coqueteos con el satanismo, maldiciones y dobles… el mundo de la música, y concretamente el amplio espectro del rock y sus estrellas, han sido el centro de numerosas leyendas urbanas que todavía hoy siguen dando que hablar en las redes sociales. Señoras y señores, con todos ustedes, la conspiración del rock…

Óscar Herradón ©

(Pexels. Free License. Melvin Buezo)

La poesía, la pintura, la música… han sido en numerosas ocasiones sinónimos de transgresión, formas de arte temidas por aquellos que ostentaban el poder por su capacidad para despertar sensaciones y causar fervor entre un público habituado a obedecer sin objeciones. Vehículos cultos de la contracultura. La década de los 60 y 70 del siglo pasado no fue una excepción. El rock y el punk se erigían como forma transgresora, de denuncia, de una sociedad que parecía caminar hacia el abismo, como la que vivimos hoy en día.

Estados Unidos era entonces –y aún sigue siendo– la primera potencia mundial, y en un país sumergido en la interminable guerra de Vietnam, que estaba siendo una masacre para los soldados americanos, en la que afloraban las drogas y los movimientos sociales surgían con una fuerza desconocida enfrentándose al stablishment (o establishment, según gusten) no fueron pocas las bandas y los cantautores que decidieron unirse a la protesta y marchar hacia la Casa Blanca enarbolando la bandera de la paz y la libertad: Bob Dylan, Tom Waits, Patti Smith… se erigían en líderes del descontento que a través de himnos inolvidables movían a las masas, hasta entonces zombificadas, a revelarse.

Pero si hubo un nombre que entre todos los iconos de la música se erigió como bastión de los desheredados, de las minorías, del canto a la libertad en tiempos de intolerancia, ese fue sin duda el ex Beatle John Lennon, que junto a su mujer Yoko Ono desafió como pocos el orden imperante en el país de la bandera tricolor y los frentes abiertos en todo el mundo a través de sus agencias de inteligencia y de su Ejército «invencible».

De cantante y guitarrista de culto, hombre que reinventó la música con The Beatles, Lennon, en su etapa en solitario y tras una tumultuosa separación de los de Liverpool –hay quien dice que por culpa de la influencia de Yoko–, el músico de nariz aguileña, larga melena e inconfundibles gafas redondas, se convirtió en el ojo del huracán. Pero ya en los tiempos en que compartía escenario con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, se convirtió en un objetivo para la CIA al declarar, a mediados de los años 60, que los Beatles eran más populares que Jesucristo. Sus palabras, sacadas evidentemente de contexto por los que le veían como un pacifista –serlo entonces en América era casi como ser terrorista–, provocaron quemas masivas de discos de los músicos británicos e incluso el Ku Klux Klan volvió a gozar de cierto éxito entre los más conservadores como defensores de la moralidad y del sistema de valores que rendía culto a Dios y a la raza blanca haciendo honor a las siglas W.A.S.P.: «Blanco, Anglosajón y Protestante» (White, Anglo-Saxon and Protestant).

En 1971, ya separados los de Liverpool, Lennon se trasladó con su esposa, la también controvertida Yoko Ono, a Nueva York, y saltaron las alarmas de las agencias de inteligencia y de la administración Nixon, que le veía como una amenaza para la seguridad nacional en un tiempo en el que la CIA realizaba operaciones entonces ultrasecretas como MK-Ultra o MK-Chaos, esta última encaminada a infiltrar agentes entre los movimientos de contracultura que actuaban como espías de los literatos, los músicos –principalmente de rock y cantautores como Bob Dylan–, y que, regresando a la leyenda urbana, habrían sido responsables, entre otras, de la muerte de Jimi Hendrix, que al parecer no habría fallecido de sobredosis sino ¡ahogado con su mugrienta bufanda en una cuba de alcohol! Historias hay de todo tipo, desde luego para entretenerse bastante horas… Credibilidad: cero.

Jimi Hendrix

Sí fueron ciertas, no obstante, dichas operaciones de inteligencia, que veían en los movimientos pacifistas una amenaza tan preocupante como la de los Panteras Negras o los discursos de Martin Luther King y Malcolm X. John Lennon no solo era una estrella de la música, también era el más importante de los artistas revolucionarios y encabezaba manifestaciones no autorizadas megáfono en mano junto a Yoko. Era amigo de personajes incómodos y perseguidos como Abbie Hoffman, líder del Partido Internacional de la Juventud y el activista social Jerry Rubin, uno de los «Siete de Chicago».

Persecución y escuchas ilegales

La Administración Nixon se cebó con Lennon, siguiendo cada uno de sus movimientos, tanto, que el propio músico bromearía con la enorme cantidad de veces de aparecían «los técnicos del teléfono» por su domicilio; sin duda alguna lo tendría pinchado… Su enorme poder de convocatoria, sus provocaciones reiteradas –cuando posó desnudo con Yoko en 1968, fotos que causaron conmoción en una América puritana e hipócrita–, provocaron actos de seguimiento de las fuerzas de seguridad, escuchas ilegales –o alegales, porque la CIA tenía autoridad para todo–, amenazas como negarle el permiso de residencia y numerosos informes llenos de connotaciones peyorativas como en el caso de Jim Morrison, recabados por los federales y los servicios de inteligencia, en los que se recalcaba la figura de Lennon con «un personaje nocivo para el bienestar estadounidense».

John y Yoko, provocadores «antisistema»

Así que cuando la noche del 8 de diciembre Lennon era tiroteado a las puertas del edificio Dakota, donde vivía –y donde además de rodarse La Semilla del Diablo y donde había vivido un tiempo el ocultista por antonomasia del siglo XX, Aleister Crowley, rodeado de malditismo–, por el introvertido Mark David Chapman –volveremos sobre este punto en un nuevo y amplio post–, aparte de conmocionarse el mundo del espectáculo y la prensa internacional, saltaron todas las alarmas para los conspiracionistas. Según la versión oficial, Chapman, un personaje extraño que había trabajado como coordinador para la Young Men Christian Association –YMCA–, y que había intentado suicidarse por asfixia con monóxido de carbono, siendo ingresado posteriormente en el Castle Memorial Hospital –donde al parecer el ejército estadounidense había realizado experimentos de control mental en los años 60 y donde trabajaría Chapman en la imprenta–, disparó a Lennon y se quedó en la escena del crimen tan tranquilo, leyendo El Guardián entre el Centeno, de J. D. Salinger, libro rodeado también de un aura de malditismo que contribuyó a incrementar el «malditismo» de tan inefable crimen del que el pasado martes 8 de diciembre se cumplieron nada menos que 40 años. Cuatro décadas desde que el mundo es un poquito peor.

Horas agónicas

Años más tarde, Chapman realizó una entrevista en exclusiva desde prisión a la BBC en la que recordaba el momento en que tuvo a Lennon ante él: «Pasó a mi lado y entonces escuché en mi cabeza: ‘hazlo, hazlo, hazlo’; una y otra vez». Y, con un cinismo que rozaba el paroxismo, continuaba completamente tranquilo, como si hubiese robado un caramelo en lugar de asesinado a una estrella: «No recuerdo tener intención de hacerlo. Debí de haberlo hecho, pero no recuerdo siquiera haber apuntado, o como quieran llamarlo. Simplemente apreté el gatillo cinco veces». Lo hizo con balas huecas, para causar el mayor daño posible. Cuatro de ellas impactaron contra el músico. El primer periodista en cubrir el suceso fue Alan Weiss, quien, capricho del destino, fue conducido debido a un accidente al mismo hospital al que trasladaron a Lennon, el Roosevelt Hospital, en el Upper West Side. Weiss trabajaba entonces en el departamento de producción de un de un canal de noticias local neoyorquino. Aquella noche del 8 de diciembre, mientras volvía a casa en su moto atravesando Central Park, un taxi le golpeó y salió volando por encima del manillar. Así comenzaba su crónica, estremecedora, una vez que se encontró con la situación en el Upper West: «Yo estaba tumbado en la camilla, y detrás de mí se abre una puerta y aparece un hombre gritando: ¡tenemos una herida de bala! ¡Una herida de bala en el pecho!». El trágico desenlace ya lo conocemos.

Volviendo a la entrevista que Chapman concendió a la BBC, la misma despertó la curiosidad del periodista Fenton Bresler, que empezó a pensar que podría haberse tratado de un experimento de control mental de la CIA, uno de tantos proyectos englobados bajo el nombre en clave MK-Ultra y que haría famosa la película El Mensajero del Miedo, estrenada en 1962. El hecho de que los asesinos relevantes y los magnicidas –Sirhan Sirhan o James Earl Ray, entre otros– fueran personajes solitarios, a menudo enajenados, llevó a Bresler a postular que Chapman había sido nada menos que «programado» por los servicios secretos para asesinar a Lennon. Algo que suena a ciencia ficción, pero lo cierto es que los experimentos de control mental eran algo habitual en aquellos tiempos en las agencias estadounidenses. Que Chapman hubiese sido inducido para cometer el crimen suena más bien a despropósito.

Aún así, Bresler escribió el libro Who killed John Lennon?¿Quién mató a John Lennon?– que destapó la caja de Pandora de otra teoría más, muy elaborada, de la conspiración. El periodista había entrevistado al teniente O’Connor de la policía de Nueva York, encargado del caso, y éste le dijo que le había extrañado la tranquilidad de Chapman tras el crimen, y que «podría haber escapado muy fácilmente solo con haberlo querido. Tenía el metro al lado y no había nadie cerca que pudiera haberlo parado».

MK-Ultra, ¿la gran conspiración?

Los conspiracionistas creyeron encontrar conexiones entre la participación de Chapman en la YMCA y el MK-Ultra, puesto que eran supuestos caladeros de la CIA camuflados bajo la batuta de organizaciones humanitarias, aunque no existen archivos sobre las labores que Mark David realizó en Hawái y en el Líbano, donde al parecer se trasladó a un campo de reasentamiento donde ayudó a refugiados vietnamitas. Lo que es seguro es que Lennon dejó abruptamente de ser una molestia para la Administración estadounidense, y aunque el demócrata Jimmy Carter todavía era presidente el 8 de diciembre de 1980, las elecciones celebradas casi un mes antes habían dado como ganador a Ronald Reagan, que en asuntos de Seguridad Nacional prefería tomar el relevo de Richard Nixon y sus políticas reaccionarias.

Aquel día Chapman se convirtió en otro de los hombres más odiados de América –hay quien cree que solo buscaba ser protagonista de algo, y vaya si lo fue– y el ex beatle se convertía a su vez en leyenda viva de la historia del rock. Bueno, leyenda viva per se, trascendiendo los géneros. Una leyenda que permanece incólume –a pesar de la publicación de escándalos varios de su vida privada en estas décadas–, hasta hoy. Precisamente hace tan solo unos días se cumplían 40 años de aquel trágico día, en que todo el planeta, de un rincón a otro, rindió homenaje al hombre que imaginó un mundo mejor, pero que no logró conseguirlo. Hoy, ese mundo no ha cambiado mucho, por desgracia. Pero The Beatles y Lennon son inmortales, le moleste a quien le moleste, establishment viejo y nuevo incluidos, y sus canciones permanecen como uno de los grandes legados culturales del siglo XX. Qué leches, de todos los tiempos.

PARA INDAGAR MÁS, LAS MEJORES NOVEDADES:

El libro Rebeldes del Rock, del periodista musical Manuel Pérez Poy, se encarga de numerosos grupos y múscios individuales que fueron contra el establishment y trascendieron la música, que usaron muchas veces como vehículo de denuncia de un sistema corrupto y plagado de injusticias (que hoy, por desgracia, permanece prácticamente igual, o peor). Por supuesto, la figura de Lennon también es abordada en las páginas de este sugerente ensayo, lleno de anécdotas y de prosa ingeniosa y punzante que ha publicado recientemente Redbook Ediciones.

También Redbook es la artífice de la publicación de El lado oscuro del rock, firmado por el veterano crítico musical José Luis Martín, un sugerente título que ampliaremos próximamente en «Dentro del Pandemónium» y donde el autor se sumerge en uno de los aspectos más fascinante del género: cómo influyó en él el ocultismo, las artes adivinatorias, las sectas, la magia e incluso los rituales satánicos. Un ensayo que desmonta ideas preconcebidas y lugares comunes de bandas como The Beatles que, como afirma el autor, «de chicos buenos, nada».

Por su parte, Libros Cúpula acaba de publicar ¿Quién mató a John Lennon? El retrato del hombre detrás del misterio, de la prestigiosa periodista musical inglesa Leslie-Ann Jones, la nueva y probablemente definitiva biografía del músico y activista que explora sus claroscuros, su creación, su prematura y oscura muerte y su legado. Su contenido lo abordaremos en profundidad en un inminente post y que se ha lanzado coincidiendo con el 40 aniversario de la trágica muerte del multiinstrumentista que fue figura principal de los cuatro de Liverpool.

TO BE CONTINUED