Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (I)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Existe un episodio clave que daría inicio a la fase final de la guerra en Europa y el principio del fin del Tercer Reich. Dejando al margen las derrotas infligidas por los soviéticos a los alemanes en Stalingrado o Kursk, sin las que el avance desde el este hacia Berlín habría imposibilitado la victoria, los aliados asestaron un golpe mortal a la Alemania nazi el 6 de junio de 1944, el conocido como «Día D», en el que un impresionante contingente de fuerzas británicas y estadounidenses desembarcaron en el Viejo Continente para avanzar sin parangón hacia el corazón del régimen nazi.

Todavía quedaba mucha sangre por derramar y espantosas batallas por librar, pero aquella operación, probablemente la más importante de la contienda, fue algo más que decisiva, pues contribuyó a escribir la Historia con mayúscula del pasado siglo XX. Sin ella puede que la guerra hubiese durado algunos años más –Churchill creía que se habría alargado al menos dos años– o, lo que es aún más estremecedor, que finalmente ese Reich de los Mil Años que proclamaban a los cuatro vientos los cantos de sirena de la propaganda hitleriana hubiese doblegado Europa al completo.

Sin embargo, existen numerosas sombras sobre aquel desembarco considerado hoy, no sin razón, la operación bélica  más brillante de la guerra y que es celebrada cada año en Francia, Estados Unidos o Londres entre grandes desfiles –en los que unos y otros hacen gala, una vez más, de su potencial, por lo que pudiera venir, y más en estos tiempos tan revueltos, más agitados que nunca tras el fin de la Segunda Guerra Mundial– y festejos regados de entusiasmo mezclado con la añoranza de aquellos, tantos, que perdieron su vida.

Juan Pujol, «Garbo».

Y es que el trabajo previo de un grupo de espías sensacionales, cuyas acciones permanecieron, una vez más, silenciadas durante décadas, fueron capitales para que el Día D llegara, nunca mejor dicho, a buen puerto. Aquellos «soldados» que libraban su particular guerra en sótanos, pisos francos de países ocupados por las fuerzas nazis o italianas, y oficinas secretas de diferentes organizaciones de Inteligencia, contribuyeron al éxito de la misión tanto o más que aquellos que, dispuestos a morir por un ideal, saltaron de sus lanchas de desembarco en las cinco playas que recibieron el nombre en clave –en parte homenaje a los hogares de muchos de los invasores aliados– de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, con las balas silbando en sus oídos, exponiendo sus indefensos cuerpos a las minas, las ametralladoras y las bombas incendiarias para arrancar aunque solo fuera un palmo de terreno a los ejércitos de Hitler. Lo narra con maestría Ben Macintyre en La historia secreta del Día D: la verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler (Crítica, 2013).

Los búnkeres de Overlord

El baile de informaciones falsas, verdades encubiertas y contactos con una u otra agencia de Inteligencia, en ambos bandos, fue tal, que resulta una madeja difícil de desenredar aun tantos años después y disponiendo de gran cantidad de documentación. Han tenido que pasar más de ocho décadas, desclasificarse infinidad de archivos y entregarse a una laboriosa tarea algunos de los mejores historiadores y periodistas especializados en aquel periodo decisivo, para que se pongan los puntos sobre las íes y se cuente toda la verdad sobre uno de los episodios capitales de nuestra historia. Toda, o al menos una gran parte, porque la Historia siempre está llena de subterfugios, rincones olvidados e intereses del que la escribe o la difunde, sea quien sea.

No podemos, en la brevedad de un post (aunque sea en varias partes) abordar la complejidad de una operación de tal calado como el desembarco de Normandía en 1944, por lo que recomendaremos uno de los libros que en los últimos meses arrojan información sobre aquel episodio clave de la historia mundial, aunque daremos unas pequeñas pinceladas a modo de anécdota histórica de cómo se gestó tan ambicioso –y a la vez arriesgado– plan de conquista, objeto de infinidad de libros, artículos, documentales y películas (de El día más largo a Salvar al soldado Ryan, de La americanización de Emily a Overload, pasando por otro buen puñado de títulos).

Churchill en 1940.

Vayamos por un momento al inicio de los preparativos que acabarían dando forma a la denominada Operación Overlord, nombre en clave de la invasión de Europa por el oeste. Durante dos años Inglaterra libró prácticamente la guerra en solitario en el oeste, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Churchill aprovechó la buena relación que mantenía con Roosevelt (con quien hablaba prácticamente a diario desde su «habitación del teléfono», sita en las Churchill War Rooms, en el corazón de la City londinense y que permanece aún en pie bajo el suelo en una muestra museística que ningún amante de la historia de este periodo debería perderse) para obtener el compromiso de una coalición aliada contra Alemania, Japón y la Italia fascista.

Von Braun en 1964.

Lejos quedaba la viabilidad de la Operación León Marino (Operation Sea Lion en inglés, Unternehmen Seelöwe en alemán), por la que Hitler pretendía invadir Inglaterra, pero la Wehrmacht seguía queriendo neutralizar a las islas británicas, y, para ello, se crearían las llamadas «Armas Secretas», los cohetes V-1 y V-2, letales ingenios ideados por ingenieros que, paradójicamente, acabarían pasando a trabajar para los Estados Unidos en su lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría, como el oficial alemán Wernher von Braun, héroe de la carrera espacial norteamericana y figura capital de la Operación Paperclip de la OSS, antecesora de la CIA. Tras declarar la guerra a Alemania, Italia y Japón, Roosevelt encargó al general Dwight D. Eisenhower, alias «Ike», diseñar una gran ofensiva en el oeste europeo.

Ike.

Para ello, el brillante militar que años más tarde ocuparía el mismo sillón presidencial en la Casa Blanca, hubo de desplazarse a Londres, una ciudad a merced de los aviones y las bombas alemanas. El Gabinete de Guerra era consciente del peligro que corría el general estadounidense y para ello se construyó ex profeso otro búnker dentro de la red de refugios secretos del gobierno, que a día de hoy se mantiene en pie pero continúa siendo uno de los lugares más blindados de toda Inglaterra, al que han tenido acceso muy pocos investigadores ajenos a los servicios secretos de Su Majestad o a las Fuerzas Armadas.

Southwick House

Southwick House.

Para preparar la que acabaría por ser la operación estratégica más importante de la historia bélica, la Marina Real Británica tomó posesión del edificio de Southwick House, una soberbia mansión con fachada de estuco y entrada porticada, en 1940. Se hallaba a unos 8 kilómetros al sur de la base naval de Portsmouth y en sus fondeaderos había todo tipo de embarcaciones destinadas al que habría de ser conocido como «el día más largo», programado, en un principio, para el 5 de julio de 1944: buques de guerra, barcos de transportes y centenares de barcas de desembarco que inmortalizaría años después el cine bélico, que encontró en aquella colosal operación un verdadero filón.

Emblema del SHAEF.

Según cuenta Antony Beevor en otro de los libros de referencia sobre aquella gesta, El Día D. La batalla de Normandía (Crítica, 2017), los hermosos jardines de la mansión estaban entonces plagados de barracones, tiendas de campaña y caminos de ceniza. Se trataba del Cuartel General del almirante sir Bertram Ramsay, comandante en jefe de las fuerzas navales para la invasión de Europa, así como el puesto de mando avanzado del SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, «Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas»). En las estribaciones de Portsmouth se habían colocado estratégicamente baterías antiaéreas cuya misión era defender la zona, así como un arsenal naval a los pies de la montaña, ante posibles incursiones de la Luftwaffe, que tantos estragos había causado hasta entonces.

El general Eisenhower ordenó al equipo meteorológico al servicio del Cuartel General, bajo las órdenes del Dr. James Stagg, recién nombrado capitán de grupo de la RAF para evitar conflictos por «intrusismo» entre los herméticos cuadros militares, previsiones meteorológicas para tres días que debían consignarse todos los lunes para ser contrastadas posteriormente con la realidad. Nada podía quedar al azar, puesto que la marejada en el Canal de la Mancha a causa del mal tiempo podía mandar a pique las lanchas de desembarco, atestadas de soldados apiñados a bordo. De hecho, el día 1 de junio, un día antes del fijado para que los buques de guerra zarparan de Scapa Flow, en el noroeste de Escocia, las estaciones meteorológicas indicaban que se estaban formando áreas de depresión al norte del Atlántico que podrían dificultar mucho las cosas. Para más inri, los expertos meteorológicos ingleses y norteamericanos no se ponían de acuerdo sobre sus previsiones en un tiempo en el que no había satélites capaces de arrojar informaciones certeras.

Tanto Eisenhower como Churchill estaban sumidos en un estado de «nerviosismo previo al Día D», razonable teniendo en cuenta lo que se jugaban en aquella ofensiva secreta: si triunfaba, asestarían el primer golpe mortal a Hitler; si fracasaba, todo sería incierto y casi con seguridad la guerra se prolongaría mucho más tiempo, una guerra que ya había costado millones de bajas. (Este post tendrá una segunda e inminente continuación).

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Un año de la guerra de Ucrania: la reconfiguración del orden mundial

Se cumple un año desde que todos nos quedamos paralizados ante las imágenes de los telediarios, con las sirenas de la plaza de Kiev atronando porque se acercaban los primeros bombardeos rusos. El mundo temblaba como no lo hacía desde los años más duros de la Guerra Fría, quizá, desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Temíamos que aquella amenaza reconvertida en violencia extendiera sus tentáculos a un conflicto mundial…

Óscar Herradón ©

…finalmente, y a pesar de la ayuda militar a Ucrania, las amenazas nucleares del Kremlin, las duras sanciones, la lucha energética o incluso las matanzas indiscriminadas contra población civil que no se veían por estas latitudes desde el execrable genocidio de los Balcanes (cuando sí que dejamos abandonados a su suerte a esos otros cuasi europeos), la GUERRA, esa palabra tan terrible, se ha circunscrito por ahora a las fronteras de ese país que, en plena Europa (aunque no forme aún parte oficial de la UE), la mayoría conocíamos solo por mundiales de fútbol o escapadas turísticas casi exóticas al Este del viejo continente. Que la guerra se circunscriba a sus fronteras no quiere decir que no hayan cambiado los equilibrios geopolíticos, que ese «Occidente en paz» no esté pendiendo de un hilo o, incluso, quién sabe, como aseguran algunos analistas políticos y militares, estemos ya de lleno sumidos en la Tercera Guerra Mundial, una guerra muy distinta de la vivida hace 80 años.

Hoy sabemos situar a Ucrania en el mapa, aquí y en la Cochinchina, pero la tragedia que viven sus gentes continúa, ahora más como una reverberación que como un temor en el corazón del resto del mundo. Un escenario bélico terrible que todos sentíamos más nuestro porque estaba más cerca de nuestras fronteras, como sentimos más cerca la amenaza del Ébola cuando cruzó el Mediterráneo en septiembre de 2014 y ya no era cosa solo del continente negro, olvidado y olvidable.

Se ha hablado tanto de la guerra de Ucrania que no tiene mucho sentido arrojar más exceso informativo en un día tan señalado. Así que me limito a recuperar el post que el Pandemónium publicó a los 100 días del inicio de la invasión rusa y a recomendar varias novedades editoriales que nos recuerdan que en los conflictos internacionales, la geopolítica y la misma humanidad, no todo es blanco ni negro, sino gris oscuro (o claro, según se tercie), y que si bien Putin es un tirano imperialista que se pasa los derechos humanos y los tratados internacionales por sus partes pudendas, lo cierto es que ni los países que conforman la alianza occidental son unos «santitos», ni todo lo que nos cuentan desde la oficialidad es siempre tal cual; y por supuesto, el envío de armamento y la coraza frente a ese invasor que ya puso en jaque al mundo en varias ocasiones (principalmente bajo la batuta de Stalin, el «hombre de hierro» de la URSS que ahora homenajean en la Nueva Rusia obviando sus muchos crímenes) no es ni filantrópica ni gratuita.

Que se lo digan a la industria armamentística que, según revelaba la prensa el pasado 26 de enero de 2023, solo en Estados Unidos obtendrá 400.000 millones de dólares. No olvidemos que Ucrania centra la atención (todas esas personas que miran el móvil en los andenes del metro, que van a la última moda huyendo por una pasarela humanitaria, que lloran ante las cámaras porque su casa con todas las comodidades acaba de ser barrida por un misil o un dron de origen ¿iraní?… todas son tan parecidas a nosotros y a nuestra vida), pero que la guerra continúa en Siria, donde lleva la friolera de 12 largos y sangrientos años –y donde acaban de sufrir, junto con Turquía, una de las mayores tragedias naturales de las últimas décadas–, en Yemen … Puta guerra, y cuán poco hacemos por que termine…

Libros recomendados

Así, en fecha tan señalada, con tantas preguntas en el aire, en medio de tanto dolor, no está de más recomendar las obras del historiador británico Mark Galleotti, profesor universitario especializado en crimen organizado transnacional y en asuntos de seguridad y política rusos. Hace unos meses, Capitán Swing, ya iniciada la invasión ucraniana, publicaba dos de sus obras más emblemáticas (de las que un humilde servidor se hizo eco en su momento en las páginas de la revista Año/Cero-Enigmas).

En Una breve historia de Rusia, Galeotti utiliza el fascinante desarrollo de dicha nación para iluminar su futuro. El autor trasciende los mitos para llegar hasta el mismo corazón de la historia rusa, atravesando sus etapas fundamentales hasta la llegada de ese frío político (hoy reconvertido por la prensa internacional en el nuevo Hitler) que ahora preside el país, Vladímir Putin, y que lleva gobernándolo la friolera de casi 23 años, desde que se convirtió en presidente interino de la Federación Rusa tras la renuncia de Yeltsin y luego ganó las elecciones presidenciales el 7 de mayo de 2000, iniciando el nuevo siglo con un talante mucho más discreto, moderado y al menos en apariencia casi internacionalista –sin duda, una careta–.

Y precisamente en el volumen Tenemos que hablar de Putin –con el no poco controvertido subtítulo de Por qué Occidente se equivoca con el presidente ruso– Galeotti, una de las personas que más saben de la Rusia actual y del personaje en cuestión, analiza si es verdad todo lo que cuenta Occidente sobre el líder del Kremlin: revela al hombre detrás del mito y aborda las principales percepciones erróneas sobre Putin, que no son pocas en tiempos de infoxicación, fake news (muchas de ellas gestadas desde las mismas altas esferas moscovitas), múltiples actores en el pantanoso terreno de la geopolítica (algunos que décadas antes ni siquiera podían soñar con su posición actual) e intereses creados por opacos grupos que operan bajo diversos think tank…

A partir de ello, el historiador británico explica cómo podemos descifrar las motivaciones de Putin y sus próximos movimientos. Desde sus inicios en el KGB (en un lejano 1985 fue asignado como agente de enlace de nivel medio con la agencia de inteligencia de Alemania Oriental, trabajando de incógnito bajo el paraguas de traductor en Dresde) y su verdadera relación con Estados Unidos hasta su visión del futuro de Rusia –y del resto del planeta–, Galeotti se basa en nuevas fuentes rusas y en explosivos relatos inéditos para ofrecernos una visión sin precedentes del hombre que está en el centro de la política mundial y que desde hace ahora un año se ha convertido en el enemigo público número 1 de las «democracias».

Ya lo dijo el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ahora planteando si da luz verde (previa autorización de la OTAN) al envío de cazas –algo que molesta especialmente a los «morados» del gobierno de coalición en la enésima controversia de la legislatura– a su homónimo ucraniano Volodimir Zelenski (ayer mismo estaba en Ucrania con él en otra de esas visitas sorpresa, más por seguridad que por protocolo, a las que tanto se están aficionando los mandatarios occidentales como forma de apoyo –¿o propaganda?– al país de la bandera azul y amarilla): no estamos inmersos en la guerra de Ucrania, sino en «la guerra de Putin».

Las Guerras de Putin (Desperta Ferro)

Y en vísperas de la conmemoración de ese fatídico «año» (365 días de trincheras, retiradas, avances, comparecencias, sanciones, llanto, dolor y muerte, mucha muerte), una editorial también muy querida del Pandemónium y que cuida con mimo la divulgación histórica, Desperta Ferro Ediciones, publicaba Las Guerras de Putin. De Chechenia a Ucrania, del mismo autor, Mark Galeotti. Una visión general de los conflictos en los que esa nueva Jezabel del Este que es Rusia se ha visto envuelta desde que aquel hermético hijo de Leningrado que llegó a decir que el colapso de la URSS fue «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», se convirtiese en primer ministro y más tarde en presidente. Desde las dos guerras de Chechenia (estaban muy lejos y no nos asustamos tanto) hasta la incursión militar en Georgia, su polémica intervención en la Guerra Civil siria, la anexión de Crimea (¿no habría que haberle parado ahí los pies, como a Hitler en Checoslovaquia? Quizá nos hubiésemos ahorrado sangre y lágrimas…) y la en un principio eventual (y ya larga y devastadora) invasión de la propia Ucrania.

Galeotti analiza cómo el señor Putin ha remodelado su país mediante dicha serie de intervenciones militares, examinando de forma más amplia –y realmente elocuente– la renovación del poder militar ruso y su evolución para incluir nuevas capacidades que van desde el empleo de mercenarios hasta su implacable guerra de información contra Occidente.

La aguda visión estratégica de Galeotti revela las fortalezas y debilidades de unas fuerzas armadas rusas rejuvenecidas por sus éxitos y fracasos en el campo de batlla, y los salpica de anécdotas, instantáneas personales de los conflictos y una extraordinaria colección de testimonios de primera mano de oficiales rusos, tanto en activo como retirados. No había un momento mejor para entender cómo y por qué Putin ha hecho todo esto ni un autor más adecuado que este para desmitificar las capacidades militares rusas y tratar de entrever qué nos puede deparar el futuro, un futuro incierto sin duda (no lo olvidemos, el futuro no existe, y cualquier conjetura sobre el mismo no deja de ser un ejercicio profético, por lo tanto, no científico), y realmente inquietante.

He aquí el enlace para adquirir este libro tan recomendable a un año de que sonaran las primeras sirenas, y el mundo (in)civilizado se paralizara de punta a punta:

Los Hombres de Putin (Península)

Y para entender el pasado como espía de Putin y cómo los servicios secretos de la antigua URSS influyeron en la configuración de la actual Federación Rusa, lo mejor es sumergirnos en las absorbentes páginas de Los Hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente, que Península publicó hace apenas unos meses. Es obra de la periodista (y corresponsal de investigación para Reuters en Moscú) Catherine Bolton, quien también fuera corresponsal en la capital rusa para el Financial Times de 2007 a 2013.

Tras este monumental ensayo de casi 1.000 páginas (que se leen como se devoran las de una buena y fluida novela) existe una loable labor de investigación a través de entrevistas exclusivas con personas implicadas en los hechos que revelan la historia inédita de cómo Vladímir Putin y su círculo más estrecho, formado en su mayor parte por miembros del KGB, como reza el subtítulo, se aprovecharon de Rusia e instauraron una nueva liga de oligarcas cuya influencia se extendió por Occidente y que han sido los principales objetivos de las sanciones impuestas por la Unión Europea y la OTAN tras la cruenta invasión y posterior guerra de Ucrania.

Con la maestría de una periodista curtida en los escenarios de los hechos durante décadas, Belton da cuenta al lector de cómo Putin llevó a cabo su implacable conquista de las empresas privadas para posteriormente repartirlas entre sus aliados, quienes poco a poco fueron extendiendo sus posesiones por Europa y EE.UU.

Un portentoso ejemplo de periodismo de investigación sobre cómo el temido KGB aprovechó el caos originado tras la caída de la Unión Soviética para hacerse con el control del gigantesco país, borrando los límites entre el crimen organizado y el poder político y silenciando a la oposición, de Anna Politkóvskaya, asesinada a sangre fría en su domicilio en 2006, a Alekséi Navalny, en prisión en Rusia y cuya historia de resiliencia y tesón ha merecido el Oscar al Mejor Documental hace unos días. 

* Todas las imágenes de este post, salvo las portadas de los libros reseñados, son de Wikimedia Commons (Free License)

Tito (Cult Books)

Y si los seguidores del Pandemónium quieren penetrar también en la biografía de una de las personalidades más controvertidas y carismáticas de aquellos tiempos de la extinta URSS que tanto añora Putin, nada mejor que sumergirse en las páginas de Tito, de Jasper Ridley, biografía publicada recientemente por Cult Books, editorial habitual en nuestro blog.

Desde la destrucción de Yugoslavia, la figura de Josip Broz Tito, que gobernó el país bajo un régimen dictatorial durante treinta y cinco años (desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta 1980), ha suscitado sentimientos encontrados, despertando tanto admiración entre sus muchos seguidores como odio entre sus detractores y aquellos que padecieron la represión del régimen comunista que implementó en aquel territorio desmembrado en los años 90 y donde todavía hoy se palpan el resentimiento y la venganza.

Destruido el Tercer Reich, cada vez parecía más probable que Yugoslavia quedase absorbida por la Unión Soviética con sus otros países satélites, en una extensión del viejo continente que todavía hoy corta el aliento (y, claro, añoran muchos rusos nostálgicos como el propio rey del Kremlin). Pero el genio militar y diplomático de Tito logró evitar esta circunstancia, cubriendo con un manto de protector la heterogénea colección de grupos étnicos y religiosos –la mayoría hostiles– que formaba el territorio yugoslavo.

Mientras vivió, Tito logró mantener al heterogéneo país unido y conservar su independencia y neutralidad en la lucha entre superpoderes rivales. El distinguido historiador y biógrafo inglés Jasper Ridley (1920-2004) se encargó de realizar una de las más documentadas biografías del mandatario. El autor viajó a Croacia y a Serbia, donde, gracias a sus amistades personales, pudo conversar en el presidente Franjo Tudjman, con Zarko y Misa Broz –nada menos que los hijos de Tito– y otros miembros de la familia, así como con sus generales, ministros, embajadores y secretarios para traernos de primera mano la epopeya de aquel veterano de la Segunda Guerra Mundial que luchó con los partisanos frente a las fuerzas de ocupación del Eje y que, héroe de guerra para muchos, es también considerado responsable de muchas decenas de miles de muertes de anticomunistas, en su mayoría croatas de la Ustacha (organización terrorista nacionalista croata basada en el racismo religiosos, cuyos miembros fueron aliados del Tercer Reich y que fue formada en 1929 por el ultracatólico Ante Pavelic) en la masacre de Bleiburg, y serbios chetniks.

Ridley también se entrevistó con Milovan Djilas –el camarada de Tito que acabaría por convertirse en su adversario– y con varios de sus rivales políticos. El resultado es una obra ampliamente documentada, con información jamás publicada hasta el momento del lanzamiento del libro, de ritmo endiablado para un ensayo historiográfico, que no solo revela los logros políticos del dictador sino que también pone de relieve la carismática personalidad de este conflictivo hombre que fascinó a todos los que le conocieron. Además, el autor ofrecía un panorama clarificador sobre los orígenes y la historia de este territorio del Este de Europa desgarrado durante siglos por las diferencias étnicas, políticas, culturales y religiosas cuyo drama cobra renovada vitalidad en medio de la devastadora guerra de Ucrania.

Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (I)

En el anterior post vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

Óscar Herradón ©

En los prolegómenos de la investigación nuclear, el agua pesada resultaba un elemento imprescindible. Formalmente óxido de deuterio, se denomina así a una molécula de composición química equivalente al agua, en la que los dos átomos del isótopo más abundante del hidrógeno, el protio, son sustituidos por dos de deuterio, un isótopo pesado del hidrógeno, y que, grosso modo, lo que hace es que este agua sea un poco más densa y se emplee como moderador en reactores nucleares. El agua pesada se encuentra en cantidades muy pequeñas en el agua normal, por lo que su producción requiere una amplia y avanzada infraestructura.

Puesto que éste no es un post de física ni lo pretende, teniendo en cuenta, además, mi escaso conocimiento en la materia, me centraré en la operación que la denominada «Sección Noruega» del SOE (Special Operations Executive) llevaría a cabo en aquella planta de producción de agua pesada en manos de los nazis desde que ocuparan el país nórdico.

Comandos especiales en Noruega

Poco después de la ocupación nazi de la planta de Norsk-Hydro, lugar clave para el desarrollo del plan, un equipo alemán compuesto de medio millar de especialistas se puso a trabajar de forma intensiva para decuplicar la producción de agua pesada anual de 500 kilos a 5.000. Gracias a los informes de la resistencia noruega, muy fuerte en el país, el servicio secreto británico supo de los delicados trabajos realizados en las instalaciones e inhabilitarlas se convirtió en el principal objetivo de éstos, captando la atención del mismo Churchill, temeroso de que su gran antagonista se hiciera con un poder que podría brindarle la victoria, con lo que ello suponía para el resto del mundo.

La noche del 17 de junio de 1942, Churchill tomó un hidroavión Boeing con rumbo a Hyde Park, en Nueva York, donde se reuniría con el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, del que era gran amigo, para tomar una decisión definitiva sobre las operaciones aliadas en 1942 y 1943 que definirían el rumbo de la guerra. Cito este viaje no solo por su relevancia para los futuros acontecimientos sino porque el premier británico mostró entonces gran preocupación sobre la cuestión nuclear y los posibles avances de los nazis en este sentido. En The Hinge of Fate («La bisagra del destino»), el propio Churchill resaltó: «Había otro asunto que me preocupaba mucho. Era la cuestión de los tubos de aleación, como llamábamos en lenguaje cifrado lo que más tarde fue la bomba atómica».

Sobre aquel encuentro y tan delicado asunto escribió: «Ambos sentíamos intensamente el peligro de la inacción. Sabíamos de los esfuerzos que hacían los alemanes para procurarse agua pesada: expresión siniestra, aciaga, antinatural, que comenzaba a aparecer en nuestros documentos secretos. ¿Y si el enemigo lograra elaborar una bomba atómica antes que nosotros? Por escépticos que nos sintiéramos ante las declaraciones de los científicos, no podíamos exponernos al peligro mortal de ser aventajados en tan terrible campo».

Adiestramiento de un grupo del SOE
Puente de Vemork

Poco después de su regreso a Inglaterra, el premier tomaría la decisión de impulsar la misión de sabotaje en la factoría de agua pesada. Su primera idea era que la RAF bombardease la fábrica, pero las dificultades orográficas que presentaba el lugar, rodeado de altas montañas –lo que haría prácticamente imposible una incursión aérea– y el hecho de que el estallido de los depósitos de amoniaco podía suponer, en opinión de los expertos, un grave riesgo para la población del lugar –al lado se levantaba la localidad de Rjukan, un importante foco de la Resistencia–, hizo que se desestimara, muy a pesar de la insistencia del primer ministro, que quería ganar la guerra a toda costa, aún a costa de las bajas civiles.

Skinnarland

Así, se optó por una operación de comandos que estaría coordinada por el Grupo de Operaciones Combinadas en colaboración con la citada «sección noruega» del SOE, la Ejecutiva de Operaciones Especiales creada con la intención de provocar sabotajes en las filas enemigas. Para llevar a cabo su misión secreta, los británicos contaban con un as en la manga: a principios de marzo de 1942, un grupo de miembros de la Resistencia, tras capturar el barco de cabotaje Galtesund y llegar al puerto escocés de Aberdeen (tras orquestar un falso naufragio del que informaría la prensa noruega), había logrado trasladar al ingeniero Einar Skinnarland a Gran Bretaña para que realizase un curso especial de entrenamiento por cuenta del SOE. Este científico trabajaba en la construcción de una presa en Rjukan, destinada al servicio de Norsk-Hydro, con lo que así podrían introducir a un topo en el corazón mismo de las fuerzas de ocupación.

Leif Tronstad

Una vez adiestrado, Skinnarland fue lanzado en paracaídas sobre las cercanías de Rjukan, reanudando su anterior trabajo sin despertar sospechas por su breve ausencia. Después, comenzaría a obtener informes clasificados y a enviar información a la central en Londres. Una información que causó nerviosismo y que aceleró la misión del Grupo de Operaciones Combinadas, que contaba con datos de primera mano sobre la planta de Norsk-Hydro. Además, el SOE disponía de los informes del doctor Jomar Brun, ex ingeniero jefe de la planta, que poco después llegaría a Londres con un microfilm con fotografías de toda la instalación y sus alrededores, suministrando a su vez detalles de gran valor acerca de los puntos más vulnerables de la fábrica; y con la información dada por el físico noruego Leif Tronstad, quien había sido asesor técnico en los trabajos de construcción de la misma.

Un plan fallido

Hardangervidda

Los informes facilitados por Einar Skinnalard indicaban que la Norsk-Hydro estaba produciendo agua pesada en grandes cantidades, y que numerosas reservas se habían acumulado para su envío a Berlín. El Gabinete de Guerra sabía que debía entrar en acción y así, el SOE reunió un pequeño grupo de cuatro soldados noruegos instruidos en Inglaterra que serían comandados por el teniente Jens-Anton-Poulsson, todos ellos brillantes esquiadores y montañeros, habilidades necesarias para su trabajo en un terreno tan escarpado e inhóspito como la meseta de Hardangervidda. Aquel grupo de cuatro intrépidos hombres constituiría la avanzadilla de las fuerzas aerotransportadas de la RAF que llegarían después en planeadores a las cercanías de Rjukan (otra versión de los hechos apunta que en el mismo grupo regresaría Einar Skinnalard a Noruega, y no antes).

Jens-Anton-Poulsson

Tras varios intentos frustrados de dejar en tierra al equipo, los hombres de Poulsson –grupo bautizado con el nombre de Swallow («Golondrina») y a la Operación con el de Grouse– aterrizaron el 19 de octubre de 1942 en una colina en el valle del Sogne, a muchos kilómetros de distancia del punto acordado, lo que provocaría que tuvieran que realizar una dura travesía en medio de las condiciones climáticas más adversas y cargando un equipo que pesaba en torno a los 250 kilos. Tres semanas después, el 6 de noviembre, instalaban su base en una cabaña deshabitada, y conseguían establecer contacto por radio con la central de Londres, que les dio la orden de salir al encuentro de los hombres que formaban las tropas aerotransportadas, momento en que tendría lugar uno de los mayores fracasos del SOE que se saldó con el coste de numerosas vidas humanas.

Rediess

Era el 17 de noviembre de 1942, hacia las seis de la tarde, cuando dos bombarderos, cada uno de ellos remolcando un planeador, despegaban, con veinte minutos de diferencia, de la base aérea de Wick, al norte de Escocia. 43 hombres iban a bordo de ambos aparatos. El nombre en código de su operación era Freshman. Sobre media noche, una señal de radio interceptaba un SOS en el que uno de los aviones informaba de que su planeador se había estrellado contra una montaña, en las proximidades de Egersund. Murieron tres agentes y seis resultaron heridos de gravedad. Poco después, los alemanes, alertados, se personaban en la zona. El jefe de las SS y de la Policía en Noruega,  Wilhelm Rediess, informaba después a Berlín de la muerte de tres de los ocupantes del aparato, y de seis heridos graves. Apuntaba que se sospechaba que eran agentes y que, tras registrarlos –hallando en su poder «gran cantidad de billetes noruegos», según reza un telegrama oficial de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la RSHA–, la Wehrmacht ejecutó a los supervivientes.

La Operación Freshman sería todavía más trágica. El otro aparato había logrado aterrizar de forma violenta en lo alto de una montaña: ocho agentes murieron, cuatro resultaron gravemente heridos y solo cinco quedaron ilesos, pero fueron detenidos al día siguiente por los alemanes. Tras ser interrogados, también los ejecutaron. Hoy descansan, como héroes de guerra contra la ocupación y el totalitarismo nazi, en un cementerio situado al oeste de Oslo.

Von Falkenhorst

El capitán general Nikolaus von Falkenhorst, tras tener en su poder las confesiones, comunicó a Berlín que los agentes enemigos pretendían sabotear la planta de agua pesada y ayudar a la Resistencia local. Von Falkenhorst se trasladó de urgencia hasta Rjukan acompañado del Comisario del Reich en Noruega, para ponerse al frente de los trabajos de reforzamiento: la guarnición recibió importantes refuerzos y los alrededores de la Norsk-Hydro fueron minados, lo que dificultaría un nuevo intento de sabotaje.

Este post tendrá una inminente continuación.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos, publicado recientemente por la editorial Ariel. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Manhattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan), un personaje con gran importancia en la novela gráfica «La Bomba» que destaqué en la entrada anterior.

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un equipo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller con sugerentes títulos como: La cuchara menguante. Y otros relatos veraces de locura, amor y la historia del mundo a partir de la tabla periódica de los elementos (2011); El pulgar del violinista. Y otros relatos veraces de locura, amor, guerra y la historia del mundo a partir de nuestro código genético (2013); El último aliento de César. La épica historia del aire que nos rodea (2018) y Una historia insólita de la neurología. Casos reales de trauma, locura y recuperación (2019), todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Moe Berg

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino su película Malditos Bastardos, arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el citado general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas).

Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html