Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte II)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Eduardo y Wallis (Source: Wikipedia. Free License).

En la capital española, los Windsor permanecerían ocho días, del 22 de junio al 1 de julio de 1940, y aunque breve, esta estancia sería decisiva en el desarrollo de los acontecimientos posteriores y en la futura suerte que correría la pareja. Impresionado por los devastadores efectos de la contienda fratricida que desangró a los españoles durante tres años (lo que afianzó su idea de que la guerra, que consideraba una barbarie, no era la solución a los problemas), el duque hizo diversas visitas oficiales y se reunió con altos cargos del gobierno franquista, por aquel entonces, aunque neutrales, abiertamente favorables a los intereses alemanes frente a los aliados.

El implacable señor Churchill

No hay que olvidar que para conseguir la victoria y convertir España, con sus eslóganes totalitarios, en «Una Grande Libre», Franco contó con el apoyo logístico y militar nazi y con el italiano, a pesar del acuerdo de No Intervención firmado por las potencias europeas. La península Ibérica había sido el campo de pruebas en el que la Wehrmacht puso a punto sus innovaciones tecnológicas en el campo bélico y ahora se convertía en un auténtico nido de espías, un país «neutral» en el que jugaban sus cartas ambos contendientes y donde los duques serían presionados desde varios frentes, manteniendo una intensa actividad diplomática a tres bandas: con el propio gobierno franquista; con el inglés, comandado ya por Winston Churchill, partidario de una lucha con todas las consecuencias contra Hitler –y rotundamente contrario a cualquier tipo de negociación de paz entre ambos países–; y también con los nacionalsocialistas.

Agentes secretos tras sus pasos

Samuel Hoare había sido recientemente nombrado embajador británico en España, y traía con él instrucciones del mismo Primer Ministro de seguir muy de cerca a Eduardo, debiendo mantenerle informado personalmente de cada paso que diera y decisión que tomara. Entonces existían serias sospechas del servicio secreto –el SIS–, de que el otro rey mantenía contactos con sus amigos alemanes, y la Península era un lugar delicado por la facilidad de movimiento que éstos tenían en ella. Así, aquellos escasos ocho días tuvo lugar una intensa actividad informativa entre las embajadas: Churchill y Hoare se enviaron varios telegramas, donde el premier pedía al diplomático que evitase el contacto de Eduardo y Wallis con los germanos, intentando, por todos los medios, que su estancia en nuestro país fuese lo más breve posible, instándole a que el matrimonio se trasladase hasta Lisboa. Allí los planes eran otros: alejarlos de la influencia de la esvástica obligándoles a exiliarse a una colonia inglesa, probablemente en América del Norte.

Sir Samuel Hoare siguió cada paso de la pareja por España
Beigbeder

En Madrid, se celebró en honor de Eduardo una recepción en el Hotel Ritz, organizada por la embajada británica y a la que asistieron más de 300 invitados. A pesar de la contienda europea, seguían siendo la pareja de moda del periodismo sensacionalista. Tras la recepción, por orden del mismo Franco, el ministro de Asuntos Exteriores español, Juan Luis Beigbeder, se entrevistó con el duque: la idea, impulsada por el dictador, era interrogar sutilmente al inglés sobre su posicionamiento respecto a diversas cuestiones que podrían ser trascendentales en un futuro cercano, entre ellas, en relación con la guerra en Europa, su opinión sobre la posición del Gobierno inglés y las acciones de Churchill y si era o no la intención del duque intervenir personalmente en el rumbo de los acontecimientos, según se desprende del informe secreto de Beigbeder a Franco sobre Eduardo que se encuentra en el Archivo Francisco Franco, concretamente el informe 27.073, como recogió en un magnífico artículo sobre el tema el doctor en historia Isidro González García.

Eden

El ministro enviaba al Caudillo dicho informe secreto el 25 de junio, cuando los ingleses llevaban tres días en el país. Según se desprende de éste, el duque le había transmitido que se encontraba en una compleja situación personal, sus ideas para que se solucionase el conflicto y su latente antisemitismo, otro de sus puntos en común para con los nazis: «No soy más que un retrato, no sé dónde me quieren colocar ni qué debo hacer. Hace cuatro años que me retiré de la política y desgraciadamente presentí entonces las calamidades actuales. Toda la culpa la tienen los judíos y rojos de Eden con gente del Foreign Office y otros políticos, a todos los cuales pondría contra la pared». Eduardo se refería a Anthony Eden, quien por aquel entonces ocupaba la cartera de Exteriores en el gobierno británico.

Según transmitió el aristócrata a Franco, «no desea más que una paz justa y equitativa con el fin de elevar no la cultura de la clase baja, sino sus medios de vida», remarcando que se sentía «muy impresionado por la miseria de ciertos pueblos de España que vio a su paso a esta capital». Es cierto que, germanofilia y declaraciones poco dignas de un personaje de su posición aparte, Eduardo se había mostrado interesado en la mejora de las condiciones laborales de las clases medias y bajas en su país, y había sido criticado por algunas de sus inclinaciones (contrarias a la política británica y más favorables a la sindical) en sus años como príncipe de Gales.

La frustrada «Operación David»

Pero volvamos al asunto que nos ocupa: mientras la glamurosa pareja se hallaba en nuestro país, los servicios de Inteligencia alemanes estaban gestando una operación clandestina que respondería al nombre de «Operación David» y que consistía nada menos que en la retención, e incluso el secuestro por la fuerza, de su «amigo» Eduardo a fin de presionar a los peces gordos de Downing Street para cambiar su política de agresión al Tercer Reich.

El Estado Mayor alemán sabía que librar una guerra en dos frentes era demasiado arriesgado, y el Führer, que consideraba a los británicos de ascendencia germánica, prefería llegar a un acuerdo con éstos para tener las manos libres a la hora de emprender la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética que siempre tuvo en mente. Aquello, no obstante, quedaría en saco roto.

Eran tiempos de grandes turbulencias. Incluso, mientras Eduardo y Wallis eran recibidos en nuestro país, los servicios secretos británicos temían una invasión de la Península por parte de los ejércitos de Hitler, y la consecuente conquista de Gibraltar, un puerto clave para el abastecimiento. Es por esta razón, entre otras, que aquellos días de ajetreo continuado fueron tan relevantes. Entonces se temía que la devastadora maquinaria bélica alemana, que con su «Guerra Relámpago» –Blitzkrieg– estaba conquistando una extensión de terrenos no conocida desde los tiempos de Napoleón, ganara la guerra, y cualquier acción y decisión diplomática eran vitales para lo que acabara sucediendo. Eran horas decisivas y los Windsor, piezas fundamentales de este gran puzle de complot, operaciones secretas e informaciones cruzadas, las vivieron entre España y el país vecino, Portugal, siendo seguidos muy de cerca por el gobierno español, sus compatriotas y los espías al servicio de la esvástica.

Hoare

Beigbeder continuaba en su expediente secreto informando a Franco que: «Internacionalmente no antepone Inglaterra a los demás países. Carece de sentimiento nacionalista de manera muy marcada, razón por la que desea una paz a todo trance y un arreglo justo en beneficio de la humanidad más que en bien de uno u otro Estado». Aquella actitud, evidentemente, era considerada por su gobierno como una amenaza, sobre todo desde que Churchill fuera nombrado primer ministro, y algunos hablaban de su postura como derrotista, algo que en tiempos de guerra se pagaba caro. Es más, Eduardo insistió –siempre según lo escrito por Beigbeder– en que no le hubiera importado representar a su país ante el Gobierno del general Franco, y llegó a realizar declaraciones que ponían en peligro su propia integridad física si llegaba a oídos inadecuados: «Dijo que si se bombardease con eficacia Inglaterra esto podría traer la paz. Parecía más bien desear que esto ocurriese». Y eso que hablaba no solo de su patria sino de un país del que había sido rey…

Speer

Varios autores han barajado que la idea de Eduardo era recuperar la corona, y que Wallis, a su vez, se convirtiera en reina. Así, firmaría la paz con los alemanes y les apoyaría en su cruzada contra los soviéticos, pues era bien conocida también su aversión al bolchevismo, que compartía con otros importantes personajes de su país y por supuesto alemanes, españoles e italianos. También los nazis creían que el Windsor era la clave para un armisticio entre ambos países, y todo parece indicar que pretendían restituirle en el trono inglés. De hecho, habían lamentado que abdicara en la figura de su hermano Jorge VI. El mismo Albert Speer, arquitecto favorito de Hitler y Ministro de Armamento del Reich durante la guerra, recogía en sus controvertidas y esculpatorias Memorias: «Estoy seguro de que a través de él se podrían haber logrado relaciones permanentes de amistad. Si se hubiera quedado, todo habría sido diferente. Su abdicación fue una grave pérdida para nosotros».

Este post tendrá una inminente tercera y última parte en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich. Un libro, definido por Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (Parte III)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Sobre Skorzeny planea la sombra de haber trabajado en secreto para la CIA, algo que no era nuevo para la Agencia estadounidense (en breve hablaremos en el Pandemónium de la «Operación Paperclip»), en un tiempo en el que el enemigo en Europa ya no era la derrotada (aunque no borrada) esvástica sino la amenaza del avance del comunismo soviético. Así, el historiador suizo Daniele Ganser, en su libro Los ejércitos secretos de la OTAN. La Operación Gladio y el terrorismo en la Europa occidental, señala que el oficial alemán de la Wehrmacht Reinhard Gehlen también trabajó para la CIA a la vez que ocupaba el puesto de jefe de los servicios secretos de la República Federal alemana tras la guerra. Al parecer, y por encargo de la inteligencia estadounidense, éste contrató a Skorzeny en la década de los 50 para entrenar al ejército egipcio, en unos años en los que ya se había fundado en tierras palestinas el Ejército de Israel, cuyo servicio secreto, el implacable Mossad, también seguía los pasos del libertador de Mussolini.

Y es muy probable que Skorzeny formara parte también de Gladio, una red clandestina anticomunista que operó en Italia durante la Guerra Fría, ideada por la CIA y el MI6 británico con el objetivo de prepararse para una eventual invasión soviética de Europa occidental a través de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite diseminadas por distintos países, entre ellos España.

La Tercera Guerra Mundial

Uno de los proyectos más increíbles que estuvo cerca de hacerse realidad y tuvo a Otto Skorzeny como protagonista fue la intención de crear una fuerza militar en nuestro país en previsión del estallido de una Tercera Guerra Mundial. El proyecto personal de Skorzeny era crear, con antiguos militares nazis protegidos entre otras instancias por la Santa Sede, una especie de «ejército alemán en el exilio», según publicó en 2011 La Vanguardia. Un contingente de hasta 200.000 hombres que adoptaría el simbólico nombre de Legión Carlos V, de ecos marcadamente fascistas.

El objetivo de esta fuerza de choque de nostálgicos de la esvástica era contraatacar tras una eventual ofensiva militar comunista que hubiese culminado con éxito en Europa occidental, algo que no parecía imposible en los años duros de la Guerra Fría. Ni el proyecto fructificó ni, por suerte, se desencadenó un conflicto de tales dimensiones, aunque la tensión política –y los conflictos consecuentes en diversos países– se prolongaron durante décadas, lo que explica el mantenimiento del régimen franquista por las potencias occidentales tras la caída del Tercer Reich.

El plan implicaba a altos cargos del régimen franquista y a otros generales alemanes; al parecer, también contaba con el visto bueno de parte de la Curia romana e incluso de la mismísima embajada de Estados Unidos, donde el miedo al avance del comunismo se había convertido poco menos que un delirio en amplios sectores.

Hoy el archivo de Skorzeny es un verdadero sanctasanctórum para el historiador que indaga en el colaboracionismo de muchos de los hombres de Franco –y del propio dictador–, para ofrecer identidades falsas y un cómodo lugar de retiro a aquellos criminales. El mismo Skorzeny poseía una propiedad en Mallorca, en Alcudia, donde vivía en medio de todo tipo de lujos, como si jamás hubiese participado de la barbarie nazi.

Sus planes, para alegría del mundo libre, nunca se hicieron realidad. El libertador de Mussolini, «Caracortada», moría en Madrid, en una cama de la habitación 388 de la ciudad sanitaria Francisco Franco el 7 de julio de 1975 –paradojas del destino apenas cuatro meses después moría el dictador español–, abatido finalmente por un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco, que no dejó ni en los momentos de mayor agonía.

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (segunda parte)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Tras su intervención –más bien discreta– en la neutralización de la Operación Valkiria, vendría la llamada Operación Greif, que consistía en una orden del propio Hitler de llevar a cabo el asalto al Cuartel General de Eisenhower y su asesinato, misión que se frustró y momento en el que los norteamericanos definieron a Skorzeny como «el hombre más peligroso de Europa».

Yeo Thomas

Tras ello no tardó en legar la inevitable derrota del Tercer Reich y el momento en el que el protagonista de estas líneas, como otros miembros del Partido Nazi, fue internado en distintos campos de concentración… Hasta ser juzgado en Núremberg, donde fue declarado inocente en relación con la llamada Matanza de Malmedy, en la Batalla de las Árdenas, por un apoyo in extremis: el testimonio en su favor del espía inglés F. F. E. Yeo-Thomas (alias «Tommy»). Ello no impidió que fuese internado en un campo de «desnazificación». No obstante, Skorzeny nunca renegó de su ideología y finalmente logró huir de las garras aliadas. Uno de los lugares en los que buscaría refugio sería la España franquista, un país en el que el antiguo miembro de las SS (que solía mostrar con orgullo a la gente de confianza el tatuaje de su grupo sanguíneo como llevaban todos los miembros de las Waffen-SS por si sufrían una herida en el frente) pretendía revitalizar el nazismo y dar forma a un Cuarto Reich…

Skorzeny pudo viajar a la Península ibérica gracias a miembros de la citada red ODESSA, entonces en la clandestinidad, el 27 de julio de 1948. Según documentos desclasificados, el antigua nazi se instaló en Madrid bajo identidad falsa –durante un tiempo residió en la calle Montera, en los números 25-27– y retomó su trabajo de ingeniero, representando a prósperas compañías alemanas del acero, gozando de gran popularidad entre los franquistas y gracias a sus hazañas en la Segunda Guerra Mundial, de las que siempre se jactó y que muy posiblemente exageró notablemente. Era un héroe para esos españoles nostálgicos y uno de los últimos acólitos de Hitler que seguía con vida, al igual que el belga Léon Degrelle, que moriría en Málaga el 31 de marzo de 1994.

Nuevas revelaciones del archivo personal

El 8 de diciembre de 2011 la casa de subastas Alexander Autographs Inc. de Stanford (Connecticut, EEUU), sacaba a subasta el impresionante archivo que Otto Skorzeny legó a su muerte a su mujer, Ilse Lüthje, con la que se casó en 1954. Ésta dilapidó pronto la fortuna familiar y solo una familia española la ayudó a costearse un asilo en Madrid, donde fallecía, sola y arruinada, el 20 de diciembre de 2002. Como agradecimiento, Ilse legó el archivo de su esposo al dueño de esos importantes documentos, cuyo hijo, Luis M. Pando, decidió sumergirse en las miles de páginas de la historia que el nazi no quiso escribir –a pesar de haber publicado unas resonadas memorias en dos volúmenes, Vive peligrosamente y Luchamos y perdimos–, antes de ponerles precio.

Los documentos contienen de todo, desde planes de guerra y negocios, hasta secretos que revelaban parte del rol desempeñado por Skorzeny después de la contienda. Gracias a tan importante archivo, han salido a la luz numerosos puntos oscuros sobre un cuarto de siglo de actividad del guardia negro en nuestro país, del final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte, en 1975.

El libertador de Mussolini mantenía un estrecho vínculo con el gobierno español, sus generales, algunos de los que sirvieron a Hitler, dictadores sudamericanos y negociaciones con importantes empresas alemanas como Krupp, Thyssen o la exportadora de armas Merex, según el periodista Rafael Poch, «una tapadera de los servicios secretos alemanes en la que trabajaban, o colaboraban, criminales de guerra teóricamente buscados por la justicia». En el archivo se encuentran también felicitaciones del antiguo nazi a Manuel Fraga del año 1964, cuando éste era ministro de Información y Turismo, así como dos recomendaciones de visados con la rúbrica del periodista de Falange Víctor de la Serna, quien estuviera a sueldo de la embajada de Hitler en Madrid, dirigidas a diplomáticos españoles en Alemania. Sería precisamente uno de ellos, Jorge Spottorno, quien siendo cónsul en Fráncfort emitiría un visado con nombre falso para el prófugo.

Entre los «secretos» (ya no tanto) se encuentran las pruebas de la transformación de Skorzeny en un hombre de negocios sin escrúpulos, reconvertido en traficante de armas –a través de Merex– o vendedor de petróleo y representante de las empresas alemanas supervivientes a los juicios de posguerra, muchas manchadas con sangre del Holocausto. Tangencialmente, dichos archivos apuntan a una supuesta relación del antiguo SS con el fundador del club Bilderberg, Józef Retinger –algo extraño si tenemos en cuenta que éste era uno de los mayores representantes del sionismo europeo–, entre muchos otros personajes de gran poder que supuestamente marcaban las directrices de la política internacional por aquel entonces.

Józef Retinger

Un agente secreto tras el hombre de negocios

Nasser

Otto era accionista de un ingente número de sociedades, poseía un patrimonio estimado en unos mil millones de pesetas, casas y terrenos en Madrid, Andalucía, Alemania, Austria, Irlanda… Evidentemente, todos ellos bajo identidades falsas, salvoconductos y pasaportes emitidos con el visto bueno de las más altas autoridades franquistas, como Juan Vigón, Antonio Garrigues Walker o Ramón Serrano Suñer, de abiertas simpatías filonazis en los años cuarenta. Entre otras, adoptó las identidades de Rolf Steinbauer, Hanna Eff Khoury, Frey Hans Rudolf o Hans R. Frey, y quizá incluso otras, siendo su papel el de negociar acuerdos comerciales de la España franquista con empresas alemanas y egipcias. Fue precisamente Skorzeny el responsable de las negociaciones del tratado hispano-anglo-egipcio del petróleo, a instancias del entonces presidente de Egipto, Abdel Nasser, amigo íntimo de «Caracortada».

Visado español a nombre de «Rof Steinbauer»

El archivo es un Sanctasanctórum de las relaciones internacionales de posguerra. Tanto los archivos desempolvados por Luis M. Pardo como los desclasificados por el BND alemán, arrojan una información más que relevante sobre las operaciones que se llevaron a cabo en distintos países occidentales en las décadas de 1950 y 1960, operaciones turbias que, evidentemente, se hacían a espaldas de la opinión pública.

Skorzeny mantuvo una nutrida correspondencia con importantes –y oscuros– personajes como el empresario alemán Alfried Krupp von Bohlen, que fuera condenado en los Juicios de Núremberg por «suministar armas al Tercer Reich y por trato inhumano a los prisioneros de guerra que trabajaron en su compañía», según recogía el diario El Mundo. Al parecer, tras la guerra Skorzeny se convirtió en su delegado comercial y sus operaciones se extendían desde Argentina hasta Egipto.

Krupp en Núremberg

Cuando en 1963 le fue diagnosticado el cáncer que acabaría finalmente con su vida, se recluyó en su casa mallorquina de Alcudia y fue su mujer Ilse quien tuvo que viajar a Estados Unidos, Irlanda o Alemania para continuar engrosando el patrimonio familiar a través de las relaciones comerciales.

Curiosamente, en su archivo se encuentra el guion para una película sobre su propia vida, escrito en 1959, lo que denota su enorme vanidad, una cinta que llevaría por título Special Mission, y donde, evidentemente, se hacía un elogio del encargo personal del Führer para encontrar y liberar a Mussolini. En 1963 recibía la misiva del hijo de su mayor enemigo, Eisenhower, a quien Skorzeny tenía la misión de matar por sorpresa –recordemos la Operación Greif–, violando los códigos de guerra.

Este post tendrá una próxima y última entrega sobre el «hombre más peligroso de Europa».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para profundizar en la escurridiza figura de Skorzeny, principalmente en sus años en España realizando numerosas intrigas, entramados mercantiles, todo tipo de conspiraciones –incluso la creación de la llamada «Legión Carlos V»–, así como sus numerosos alias, sus documentos secretos y sus contubernios con la CIA y el Mossad israelí –sí, aunque parezca contradictorio, expedientes desclasificados muestran que es así–, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de la Editorial Almuzara: Otto Skorzeny. El nazi más peligroso en la España de Franco.

Un trabajo que denota dedicación y un amplio manejo de fuentes documentales. Obra del periodista Francisco José Rodríguez de Gaspar, redactor jefe del periódico La Tribuna de Toledo, aclara en ella los muchos matices que rodearon a esta figura capital del sombrío pasado reciente de España.

Uno también puede leer los libros firmados por el propio Skorzeny sobre sus «gestas» (Vive peligrosamente, Luchamos y perdimos, Misiones Secretas y La Guerra Desconocida), otra cosa es creer en su fidelidad a los hechos narrados por quien ha sido considerado por algunos un mentiroso patológico y por los más un calculador y eficiente espía. O visualizar el estupendo documental estrenado en 2020 El hombre más peligroso de Europa, Otto Skorzeny en España, obra de Quindrop Producciones Audiovisuales, con coproducción de RTVE y la televisión balear IB3, codirigido por Pedro de Echave y Pablo Azorín.