Superstición y brujería en la España de Carlos III

19 10 2020

A mediados del siglo XVIII llegaron a España vientos nuevos, ilustrados. Lejos quedaban ya los tiempos de los cuatro Felipes y de Carlos II el Hechizado, cuando el pueblo de Madrid se reunía en la Plaza Mayor para celebrar un auto de fe en el que se quemaba a algún desdichado acusado de herejía o brujería.

Óscar Herradón ©

Pero las creencias supersticiosas, tan arraigadas en la Península Ibérica, seguían vigentes en el imaginario español, y aún bajo el reinado de Carlos III y su despotismo ilustrado, tiempo en que florecieron las ciencias y las artes, el populacho seguía sin resignarse a abandonarlas, circulando todo tipo de leyendas que muchos consideraban reales.

Un buen día, dos guardias de corps que paseaban por las inmediaciones de los que hoy es el Viaducto madrileño, creyeron ver una extraña sombra que salía de entre las nubes y que tenía forma de anciana vestida de luto y montaba sobre una escoba. Asustados, los guardias entraron en una taberna cercana y tras pedir una buena dosis de vino para reponerse, contaron a los allí presentes lo que habían visto. El mozo de la taberna, acostumbrado a cotilleos y supercherías varias, afirmó que se trataba del «espíritu de Andrea», que de un tiempo a aquella parte venía apareciéndose por las cercanías del Palacio Real. Al parecer, Andrea era una mujer de armas tomar en tiempos del rey Fernando VI, que había muerto de forma misteriosa cuando paseaba por aquella misma zona: un remolino de aire surgió de repente y se la llevó en volandas, sin que se volviera a saber nada más de ella. En los últimos meses varios vecinos decían haberla visto a lomos de una escoba, como los mismos guardias de corps.

Pronto circuló aquel suceso, aderezado por la imaginación popular, por todo Madrid y los alrededores del Palacio Real comenzaron a llenarse de curiosos ávidos por observar a la esquiva Andrea. Ésta, respondiendo a la habitual actitud caprichosa de los «fantasmas», no volvió a aparecer, pero entre la multitud no tardó en aparecer un espontáneo que gritó: «¡Allí, allí!», señalando a lo alto del palacio. Y algunos creyeron ver la figura del demonio allí arriba, totalmente rojo y llameante, con el tridente en las manos paseándose de una nube a otra. Al momento comenzó a llover de forma torrencial y los curiosos no tardaron en afirmar que «el Malo» –que así llamaban entonces al maligno– había provocado aquel diluvio para desbaratar la concentración, celoso de la popularidad de la bruja, toda una estrella del Madrid ilustrado. Los presentes se hicieron la señal de la cruz y no tardaron en encontrar a los culpables de aquello: los ministros extranjeros que había traído Carlos III desde Nápoles…

¡Quiénes podrían ser si no!

Y trata de esclavos…

La España de Carlos III y el final del Antiguo Régimen no son un tema habitual en las novedades editoriales fuera del ámbito académico, al menos en comparación con la España imperial, los Austrias o las numerosas publicaciones sobre Felipe II y sus sucesores en el trono hispánico. En el marco temporal de los narrado en este post, aunque de temática completamente diferente, destaca una novedad bibliográfica que ha lanzado hace unos meses Alianza Editorial y de cuya lectura he disfrutado precisamente por la difusión –minuciosa– que hace de un tema poco conocido en relación con nuestro país, y en concreto con su capital: el de la esclavitud por estos lares entre los siglos XVIII y XIX.

El título en cuestión es La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid, 1701-1837. De moros de presa a negros de nación. En sus documentadas páginas, el profesor titular del Departamento de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid, José Miguel López García, reconstruye las peripecias –más bien desdichas– vitales de unos hombres marginados que la historiografía relegó por completo al olvido, mostrándonos la realidad de un Madrid multiétnico cuyos gobernantes promocionaron lo que se dio en llamar «la trata negrera», exhibiendo públicamente a sus esclavos para mostrar su podería ante una sociedad que, a pesar de hallarse a las puertas de la modernidad, estaba todavía marcada por los estratos sociales, la injusticia y la opresión en la que el esclavismo, que siempre suele vincularse con el Nuevo Mundo y en concreto las tierras de Norteamérica, fue uno de sus aspectos más ignominiosos, una práctica que ocurrió hasta bien entrado el siglo XIX.


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