El castillo hermético de Federico II

Erigido entre 1240 y 1250 en una colina de Apulia, al sur de Italia, el sorprendente edificio medieval de Castel del Monte está cargado de simbolismos difíciles de comprender. Algunas teorías defienden que su artífice, el emperador alemán Federico II de Hohenstaufen, más conocido como Stupor Mundi –el Asombro del Mundo– ocultó en él una serie de claves herméticas.

Castel del Monte, Apulia, Italia (Crédito: Wikipedia)

Óscar Herradón ©

La figura del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia en el siglo XIII, Federico II de Hohenstaufen, aparece rodeada de un profundo halo de misterio que ocho siglos después de su andadura sigue despertando la controversia entre los investigadores. Fue conocido en su tiempo como Stupor Mundi, el «asombro del mundo», por su impresionante formación intelectual y su provocadora forma de actuar, realizando un acercamiento al mundo islámico en tiempos de guerras de religión y cruzadas cristianas, lo que para algunos le convertía en el «Anticristo». Sin duda se adelantó muchos siglos a su tiempo. De hecho, hoy mismo el pontífice Francisco I a Irak ha visitado por vez primera en décadas de historia católica, lo que es todo un hito, y han pasado dieciocho siglos desde que el Hohenstaufen se entrevistó pacíficamente con sus «hermanos» musulmanes.

Federico II (Wikipedia)

Su figura, no obstante, y teniendo en cuenta la época turbulenta que le tocó vivir, no está exenta de polémica. Cuenta la leyenda que Federico nació después de que un dragón se apareciera a su madre Constanza y echara sobre ella su aliento de fuego, una «visita» de gran contenido simbólico similar al del origen de algunos grandes mandatarios de la Antigüedad, como Alejandro Magno, o al de héroes del panteón grecolatino como Hércules. Pronto Federico comenzó a mostrar un enorme interés por todas las ramas del saber. Una vez coronado emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, en 1220, Federico convirtió Sicilia, donde tenía su corte, en un auténtico estado moderno con un magnífico funcionamiento del comercio y una administración centralizada. La llenó también de trovadores y artistas de toda clase, origen y condición.

De Arte Venandi…

Protegió incluso a algunos cátaros y a patarinos y arnaldistas, todos con la particularidad común de ser considerados herejes por la Santa Sede. Ello, sumado a su afición por las ciencias ocultas y la alquimia, provocaría airadas reacciones de los católicos. De hecho, llegaría a ser excomulgado en varias ocasiones. Gran erudito, escribió varias obras, entre las que destaca un tratado de cetrería –De Arte Venandi cum Avibus–, y fue el único monarca que logró liberar Tierra Santa sin derramar una sola gota de sangre, gracias a sus habilidades diplomáticas.

Numerología, alquimia y arquitectura hermética

A su vez, el Stupor Mundi fue el artífice de uno de los edificios más asombrosos de la Edad Media. Es más que probable que la sabiduría ocultista y esotérica de su consejero «espiritual», el alquimista Michel Scoto y otros heterodoxos, influyeran en Federico II a la hora de tomar la decisión de construir en la región italiana de Apulia la fortaleza de Castel del Monte. Una construcción excepcional tanto por su forma como por su carácter mágico. Fue levantada a una altura de 540 metros sobre el nivel del mar, sobre una colina que para algunos autores es artificial y sobre la que, al parecer, existía en tiempos pretéritos un monasterio bajo la advocación de Santa María del Monte.

Es evidente que la fortaleza es una exaltación de la simbología del número ocho, ya que esta cifra se repite como un leitmotiv en la disposición del mismo. Siguiendo al autor galo Jean-Michel Angebert, el número ocho es símbolo de equilibrio y de infinito y se presenta en múltiples tradiciones como un rasgo común para la realización de la llamada Gran Obra alquímica. Varios autores afirman que Castel del Monte se usaba como fortaleza, mientras que para otros era un edificio de recreo o incluso un lugar de alojamiento; lo extraño es que su rara disposición descarta casi por completo estas hipótesis. En el caso de que fuera una fortaleza, deberían existir almenas defensivas y otros elementos característicos de las mismas; la posibilidad de que fuese utilizado como alojamiento también es improbable, pues la planta octogonal dificultaría la disposición de muebles y utensilios y la comodidad de los invitados. Narraciones contemporáneas refieren que, en ocasiones especiales, cientos de caballeros de diversas nacionalidades eran recibidos por el emperador en el exterior del recinto, donde se alojaban en tiendas de campaña, lo que viene a corroborar la teoría de que el interior del edificio no era habitado por nadie. Lo que hacían allí aquellos caballeros continúa siendo un misterio. Puede que algún tipo de ceremonial… ¿pagano?

Castel del Monte desde el aire (Licencia: Wikipedia)

Hay expertos que sostienen que Castel del Monte podría ser incluso un observatorio astronómico, dada la disposición del edificio y el enclave elegido para la construcción. La puerta de entrada principal al edificio, que conduce al patio octogonal central, está orientada al Este, según el eje Andria-Jesusalén. La orientación de esta entradaes sin duda alguna intencionada, y su finalidad era conseguir «una identificación vinculante entre el edificio y el Cosmos, lo divino y lo terrenal. El edificio se convertía así en un reflejo del cielo en la tierra (…)». Hoy, la enigmática «fortaleza» continúa en pie, majestuosa, erigida sobre la misma colina que la vio nacer, sorprendiendo a propios y extraños por su peculiar forma, cobijando entre sus muros oscuros secretos de una época que escapa a nuestra comprensión, y que cada vez se aleja más y más en el tiempo.

Berserker: los guerreros de Odín

Con este nombre tan extraño se conocía a la élite de las huestes vikingas. Estos guerreros actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus congéneres. ¿La razón? Su cruenta forma de matar en el campo de batalla…

Óscar Herradón ©

Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados ni unas hermanitas de la caridad. Un grupo de élite, no muy numeroso –en ocasiones las crónicas hablan de sólo una pareja, probablemente hermanos, aunque a veces de una docena– pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose –a lo que no han ayudado los fuertes componentes fantásticos de las sagas–, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII (el más antiguo conocido) y que muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos, prestos a no dejar a ningún enemigo con la cabeza sobre los hombros.

Siguiendo el trabajo del investigador Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr, cuyo significado es «desnudo», y serkr, «camisola o prenda de pecho», aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado sería «oso», lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura, las cotas de malla o los yelmos para su protección –que consideraban una afrenta a su valentía– y vestían semidesnudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar –cuya traducción literal es «piel de lobo»–. De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos durante el Medievo aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobo, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Este punto, unido a que eran considerados prácticamente unos locos por los demás vikingos, una suerte de parias ­–está registrado que en el año 1015 el conde (jarl) Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley y más tarde la ley escrita de Islandia, el gagrás, hizo lo propio–, no tardaron en ser acorralados para desaparecer por completo en el siglo XII.  

Rumbo al Valhalla

Al igual que piensan los yihadistas actuales, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla –y si entregaban su vida en el fragor de la misma, por eso era tan importante obtener la victoria– tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá. Un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes celebrarían un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final a la que estaban predestinados.

Valhalla, de Max Brückner (1896)

En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. No es de extrañar que sus enemigos pensaban que luchaban contra seres del otro mundo, pero, ¿qué les otorgaba esa fuerza y ferocidad descomunales?

Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momentos previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos –y no eran precisamente armas delicadas–, autolesionarse en los brazos y en el pecho con afilados cuchillos y aullar como lobos, lo que sin duda extendió la creencia de la licantropía entre las supersticiosas gentes del Medievo. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.

Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos –en una línea muy similar a la forma totémica de ver el mundo de los indígenas norteamericanos–, podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos «cambiapieles» –hoy tan célebres gracias a la catódica serie Juego de Tronos, muy inspiradas dichos mitos–, son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson, la de Hrólfr Kraki –donde el temible guerrero Bödvar Bjarki tiene la capacidad de transformarse en un gigantesco oso negro en plena batalla–, la Völsunga o el poema épico Hrafnsmál. También se recoge en la cultura anglosajona del siglo XI, concretamente en las narraciones de la Batalla de Stamford Bridge, donde se habla de un imponente Berserker de más de dos metros que servía al rey vikingo Harald III Hardrada, apodado nada menos que «el Despiadado».

Hipótesis diversas

Hoy son las teorías científicas las que explican esta fuerza «sobrehumana» y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal y adoptando sus atributos para así llegar a la batalla con la fuerza y la ferocidad de dichos animales a los que rendían culto: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria –también conocido como «matamoscas» o «falsa oronja»–, muy comunes en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoactiva que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros, práctica que también se haría en las guerras modernas, algo de lo que no tardaremos en ocuparnos en este blog. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre «aguamiel» o hidromiel.

Amanita muscaria

En los años 50 un estudio determinó que sería muy difícil que tras ingerir dichos hongos pudieran mantenerse en pie para luchar, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios –como náuseas, vómitos e incluso desmayos– pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso la potencia del químico.

Se baraja también la teoría de que podían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado también a sugerir el uso de Belladona, la misma planta que parece utilizaban las «brujas» en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de que podían volar; de hecho, se utilizaba ya en el Antiguo Egipto como narcótico y en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco.

El Síndrome Homicida

Una hipótesis que se añade a la lista, quizá la más sugurente, apunta que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como «Síndrome de Amok», descubierto por el psiquiatra estadounidense Joseph Westermeyer en 1972, también llamado «síndrome homicida», consistente en una súbita explosión de rabia salvaje que hace que la persona afectada corra alocadamente y ataque indiscriminadamente con armas a los seres vivos que se encuentra a su paso, acabando brutalmente con sus vidas. El término Amok sería popularizado por los relatos coloniales del escritor inglés Rudyard Kipling.

Sea cual fuese la verdad, que continúa rodeada de sombras, como en tantas otras cosas que atañen al pasado, el caso es que en medio de dicho éxtasis guerrero, cuyo mejor símil actual podía ser la danza guerrera maorí haka, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo, los Berserker rara vez eran capaces de distinguir al enemigo de los otros guerreros de su propio clan y no era extraño que causasen bajas en sus propias filas. Tal era el estado de irrealidad y furia que les cegaba. A sus enemigos, por lo general campesinos o pescadores de las costas que asolaban, aquellos hombres les parecían bestias sobrehumanas y las leyendas sobre lo que eran capaces de hacer –con poderes sobrenaturales que no eran tal– no tardaron en circular y en convertirse en historias que las gentes no ponían en duda. Así se forjan las leyendas. Aunque algo de miedito sí debían causar…

BREAKING NEWS!

La Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Demonios de Babilonia (III)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

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La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».