La conspiración contra Einstein (I)

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.

Prisiones siniestras de la historia (I)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Óscar Herradón ©

Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando éstos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano, algo que hoy se hace más palpable ante el azote de la Covid-19 y el confinamiento obligado, lo que nos hace sentir un poquito cómo deben sentirse estos hombres, por desalmados que hayan sido. Un reducto pétreo en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, que fue mucho, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo misterio que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe azulado.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ciudad de cualquier amenaza exterior, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrado los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet. Un presidio que en numerosas ocasiones fue «alojamiento» de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV, o «inquilinos» tan célebres como Voltaire, que fue encerrado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus «crímenes» –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Algunas prisiones medievales contaban con algo que ya forma parte del museo de los horrores de la historia, un museo con demasiadas piezas; las denominadas oubliettes según la voz francesa, una palabra que deriva de oubli –olvido– y que consistía en pozos horadados en el suelo que servían de mazmorras, pero que acababan por convertirse en tumbas. Allí se arrojaba a los prisioneros más temidos –o a aquellos que simplemente se habían atrevido a desafiar el orden establecido–, donde eran relegados al olvido, alejados del mundo de los vivos hasta que morían de agotamiento, enfermedad o inanición. Aunque no se sabe con certeza si realmente existió, la oubliette más célebre según las crónicas fue precisamente la de la prisión «regia» francesa.

En el siglo XIX, el escritor galo Luis Blanc trazó un siniestro retrato de lo que fuera la Bastilla antes de la Revolución Francesa, un lugar ocupado por jaulas de hierro, calabozos subterráneos que eran «nido de sapos, lagartos, ratas monstruosas, arañas; una enorme piedra por todo mobiliario, cubierta con un poco de paja». Espacios donde el reo respiraba un aire viciado, pestilente, rodeado de las sombras del misterio y condenado a un encierro casi perpetuo, ignorante incluso de la pena por la que había sido condenado.

Una prisión que ha dado pie a numerosas leyendas y que en su día fue conocida como «el infierno de los vivos». Los reos sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo habrían de salir. La Bastilla se convirtió así en símbolo del poder tiránico del rey, por lo que sería uno de los principales objetivos y símbolos de la Revolución Francesa, cuando fue tomada por una multitud enfervorecida que pretendía acabar con el símbolo del Antiguo Régimen. Aquello tuvo lugar el 14 de julio de 1789. El 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey, Luis XVI, símbolo para los franceses de un tiempo de oscuridad y prisiones que, bajo el gobierno revolucionario y sus aniquilaciones en masa sería todavía más siniestro.

La Torre de Londres

Dos fueron las prisiones más célebres de Inglaterra durante siglos: la Marshalsea –donde sobre los reos generalmente pendían delitos financieros– y la Torre de Londres, todavía hoy símbolo de tortura y habitáculo pétreo para entidades atormentadas, quizá el más célebre presidio, junto a Alcatraz y la Bastilla, de la historia más oscura del hombre.

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Situada a orillas del Támesis, fue fundada hacia el año 1066 por los normandos, con piedras blancas traídas de Francia. Sería Guillermo el Conquistador, en 1078, el encargado de construir la denominada Torre Blanca, comienzo de una edificaciónn que llamada posteriormente Palacio Real y Fortaleza de Su Majestad, sería utilizada tempranamente como prisión, convirtiéndose en símbolo de la opresión real. La Torre es un complejo fortificado de varios edificios situados dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso alrededor, y que sería ampliado en varias ocasiones durante los siglos XII y XIII, disposición que prácticamente se mantendría inalterable a partir de entonces. A partir del siglo XIV, con motivo de la coronación de un nuevo rey, una procesión partía desde este símbolo del poder de Inglaterra hasta la Abadía de Westminster, donde se realizaba la ceremonia en sí. Desde su construcción hasta el siglo XV fue utilizada también como residencia real, pero los Tudor preferirían utilizarla básicamente como fortaleza y prisión, una prisión rodeada de leyendas, estandarte del sufrimiento y la sinrazón humanas.

A lo largo de su historia, parece que solo unas siete personas fueron ejecutadas dentro de sus gruesos muros; lo común era trasladar a los condenados hasta una colina denominada Tower Hill, situada al norte de la fortaleza, donde a lo largo de cuatro siglos fueron ejecutadas al menos 112 personas, pero no sería raro que el número fuera mucho mayor. 

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Es célebre también su Torre Sangrienta –Bloody Tower–. En principio, dicha cámara era una especie de estancia «de lujo», donde eran retenidos personajes de renombre como el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, siendo quemado en la hoguera por orden de María Tudor al haber validado el matrimonio de su padre con Jane Seymour –no debemos olvidar que María era la hija de Catalina de Aragón, primera consorte y única legítima a ojos de los católicos del fallecido monarca inglés–. Pero más tarde pasaría a ser conocida con el escalofriante nombre actual, según la tradición, porque Ricardo III mandó asesinar en ella a sus sobrinos, aunque nunca se supo el verdadero destino de estos príncipes.

La Torre de Londres fue célebre en tiempos precisamente de los Tudor, con el citado monarca, tan pasional como depravado, su hija la católica María Tudor, y con su hermana, la protestante Isabel I –que curiosamente había estado encerrada varios años en dichas fortaleza–, cuando los espías a sueldo del secretario de Estado Francis Walsingham perseguían católicos con denuedo.

Máquinas de tortura, jaulas de hierro, una humedad y olor fétido que condenaba a los reos a un calvario constante… Durante el reinado del despiadado Enrique VIII, el verdugo más célebre de la fortaleza fue Sir Leonard Skevington, teniente de la Torre, quien ideó una máquina de tortura atroz y célebre desde entonces en Inglaterra: la llamada «hija de Scavenger –o Skevington–». Cuenta la tradición que durante un interrogatorio a un traidor al rey, en 1581, Skevington se encontró con el problema de que el reo medía más de dos metros, por lo que no podía ser torturado en el potro, la gran especialidad del jefe de los verdugos; fue así como a Leonard se le ocurrió crear un artilugio cuyo funcionamiento era precisamente el contrario al del potro: mientras este último se construyó para estirar las extremidades hasta casi desmembrarlas, la «hija de Scavenger» consistía en comprimir los miembros; era un dispositivo con dos grandes brazos que forzaban al reo a colocarse en posición fetal. Al ceñirlos podían destrozar la espalda y fracturar brazos y piernas; a medida que el acero presionaba la caja torácica, las costillas se fracturaban y dislocaban, los pulmones se comprimían y, en el momento culmen, la sangre brotaba a chorros por los orificios del cuerpo. Otra víctima de este terrible artefacto, poco usado por otra parte en los interrogatorios, fue Thomas Cottam, un sacerdote católico que fue ejecutado en tiempos de Isabel I de Inglaterra.

Famosa es también en la fortaleza la llamada «Puerta de los Traidores», que hoy puede verse en las visitas guiadas que se llevan a cabo en la fortaleza y que constituyen uno de los mayores atractivos turísticos de Londres. Construida por Eduardo I, en un primer momento esta, situada en la llamada Torre de St. Thomas, era una de las principales entradas fluviales del castillo, que cambió de nombre cuando se convirtió en el acceso por el que eran conducidos reos acusados de alta traición como Tomás Moro o Ana Bolena, cuya sombra, alargada, dicen que aún puede verse en su interior…

(Foto Óscar Herradón. Noviembre de 2014)

El «espectro» más célebre que aseguran se pasea por las dependencias de la Torre londinense, como digo, es el de Ana Bolena, decapitada por orden de su marido, Enrique VIII –quien tenía especial devoción por enviar a sus cónyuges al cadalso–, acusada de adulterio, incesto –con su hermano– y alta traición, quien permaneció encerrada en la prisión hasta su ejecución, en 1536. Cuentan que ha sido vista numerosas veces por miles de testigos en más de 100 lugares distintos de la fortaleza y la torre. Uno de los testimonios más célebres fue el de un joven centinela que 1864 hacía guardia debajo de la llamada «Casa de la Reina», quien aseguraba haberla visto recorrer los pasillos: de la niebla surgió una figura ataviada de blanco que, presurosa, se dirigía hacia él, traspasándole. Otra cosa es que aquella «visión» fuera fruto de la sugestión que y el temor que ya atenazaba a los guardianes, si no fuera porque la figura fue también vista por otros dos soldados, que aseguraron haber presenciado la escena. Otras leyendas del folclore inglés afirman que la madre de Isabel I, la Reina Virgen, solía aparecerse a los testigos sin cabeza, lo que se era fruto de la forma en la que había sido ajusticiada: decapitada por el verdugo.

Aunque parece no ser el único «fantasma» que se pasea a sus anchas por este símbolo londinense. Diversos testimonios afirman que también se aparece el de Lady Jane Grey, conocida como “la reina de los nueve días” –el escaso tiempo que reinó– quien también fue ejecutada en la Torre de Londres, donde fue encerrada por orden de la católica María Tudor al no renunciar a su credo protestante, acusada de participar en una rebelión de la que al parecer la desdichada ni siquiera había formado parte. Jane Grey fue sentenciada en febrero de 1554 y decapitada en la explanada que se hallaba en frente de la Torre. En 1957, en el aniversario de su ejecución, aseguran que un guardián vislumbró una masa blanquecina que acabó tomando la forma de Lady Jane, suceso corroborado por otro testigo.

(Fotografía Óscar Herradón. Noviembre de 2014. Con Teresa Nieto).

Otros «espectros célebres» son los de Thomas Beckett –quien aparece golpeando uno de los muros con su crucifijo–, o una procesión fantasmal que al parecer puede verse en el aniversario de la ejecución de Margarita Pole, ordenada por el sanguinario Enrique VIII que ya he citado anteriormente. Las extrañas apariciones han llegado a afectar a un edificio de oficinas de lujo situado frente a la fortaleza, cerca del Tower Bridge, donde los operarios de mantenimiento y limpieza afirman haber observado la aparición de una dama en la primera planta, junto al hall y también en los pasillos de la segunda planta. No obstante, la tradición fantasmagórica está fuertemente asentada en Inglaterra y Escocia, y fue impulsada por los escritores románticos, que dejaron una huella indeleble en sus gentes, muy predispuestas a observar «fenómenos extraños» que quizá no hayan tenido jamás lugar. Ya sabemos del fuerte poder de la sugestión…

Sea como fuere, la Torre de Londres y aledaños es un lugar misterioso y extraño que aún conserva entre sus muros el aroma de un tiempo de injusticia y temor en el que los monarcas dictaban sus órdenes implacablemente, por lo que se quizá se escuchen los lamentos eternos de los que allí fueron sacrificados sin compasión bajo el hacha del verdugo. Si alguien se aventura a visitarla, que le dedique al menos medio día entero, pues la visita el larga, fascinante, obligada para los apasionados de la historia.

La Isla del Diablo

Como en la archifamosa serie Perdidos, pero con un argumento tristemente real, los habitantes de la isla del diablo estaban prisioneros en un paraíso del que no podían escapar; su ubicación, el agua que la rodea, eran sus verdaderos barrotes. Una colonia penal en Panamá en la que tuvieron lugar hechos terribles, luctuosos, que todavía se palpan en ese ambiente por lo demás paradisíaco. Pero la exuberante vegetación no es capaz por sí sola de ocultar el sufrimiento y la muerte que allí tuvieron lugar, los miles de cadáveres que descansan bajo su tierra tras años de padecimientos indescriptibles.

La Isla del Diablo –nombre que también se daría a la estadounidense Alcatraz– es la más pequeña de las tres Islas de Salvación y se halla a 11 km de la costa de Guayana francesa, con una extensión de 0,14 km2. Rocosa y cubierta de vegetación tropical, se encuentra a unos 40 metros sobre el nivel del mar.

Su historia como presidio comienza en 1851, cuando el emperador francés Napoleón III decidió utilizarla para enviar lejos del país a prisioneros de todo tipo, desde criminales y asesinos a presos políticos. El presidio era administrado desde Korou, en tierra firme, pero las condiciones en la isla eran estremecedoras, en condiciones sanitarias y alimenticias infrahumanas, de ahí su significativo nombre. Desde 1852 hasta 1938 fueron enviados al lugar más de 80.000 prisioneros, la mayoría de los cuales no salía jamás con vida.

El penal fue clausurado en 1946, siendo repatriados a Francia la mayoría de sus presos, algunos tan célebres como Alfred Dreyfus, que pasó allí cuatro años hasta que fue declarado inocente en 1906 a raíz del «Caso Dreyfus», el anarquista Clément Duval, quien escribiría en sus Memorias acerca de su paso por la isla, describiéndola como «uno de los barrios bajos de Sodoma, construida en la sombra de la bienintencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal». Al margen de esta descripción, influenciada sin duda por su pensamiento político, lo cierto es que la Isla del Diablo fue un lugar sobrecogedor. Quien mejor plasmó sus vivencias en aquel paraíso tropical que tras su exuberante vegetación ocultaba lo más sórdido de la humana, fue Henri Charrière, quien a través de su célebre novela Papillon –llevada también con éxito al cine por Franklin J. Schaffner en 1973– narraba sus numerosos intentos de fuga de las Islas de Salvación y también de la Isla del Diablo, describiendo algunas de las atrocidades que allí se cometían. Un historia cuya veracidad ha sido cuestionada numerosas veces, pero que no desmerece la siniestra fama de un lugar que, como bien indica su nombre, parecía haber sido construido y custodiado por los lugartenientes del príncipe de las tinieblas.

Este post continuará, tras los barrotes…

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.

Payasos «asesinos»: algo más que una moda pasajera (III)

Este año no han causado los mismos estragos, quizá porque ya se ha encargado el Covid de desconcertarnos en un grado mucho mayor, y por desgracia más mortífero. No obstante, ante el debate en redes sobre si realmente se está trabajando en el proyecto de It capítulo 3, con regreso delirante del Pennywise de Stephen King, y con la resaca de un Halloween con mascarillas sanitarias en detrimento de terroríficas máscaras de látex o maquillajes imposibles, más por obligación que por placer, el fenómeno de los «payasos asesinos» vuelve a estar de actualidad. Recordamos sus excesos

Óscar Herradón ©

El origen del payaso –con variaciones– se puede rastrear muy atrás en el tiempo, siendo el heredero de los bufones medievales y, principalmente, de los personajes de la Comedia del Arte de los siglos XVI y XVII y su posterior disolución, como el Pierrot –que acaba por convertirse en el «payaso triste»–, muriendo los mismos y renaciendo con la aparición del circo moderno bajo diferentes formas. Por ejemplo, en Inglaterra y Alemania la respuesta a Polichinela y Arlequín se hizo evidente en los clowns y los hanswurst respectivamente.

Pero, si hacemos caso a otras fuentes, su origen se remonta mucho más en el tiempo. El bufón es el arquetipo de lo que más tarde sería el payaso. Bufones o personajes de similar factura podemos rastrearlos en el Antiguo Egipto, en China, Babilonia, Grecia y Roma, y podríamos considerar a su quehacer uno de los oficios más antiguos del mundo.

Acaso la noticia más remota sobre el supuesto primer payaso con trabajo fijo de la historia se encuentre en el Tersites de Homero, personaje que divertía a los guerreros griegos en la retaguardia durante los períodos bélicos. En China fue célebre el bufón Yu-sze, quien acabó por detener la matanza de obreros en las obras de la Gran Muralla, convirtiéndose en una suerte de héroe del pueblo. Por otro lado, en Malasia nacieron los P’rang, un grupo de hombres que se tocaran con enormes turbantes, y lucían máscaras de carrillos abultados y colores extravagantes sobre las cejas. En la antigua Roma se celebraban las fiestas del Ager, relatadas por Virgilio, donde personajes enmascarados o maquillados improvisaban diálogos humorísticos representando –e ironizando– costumbres populares. En el Imperio romano fueron célebres numerosos bufones, entre ellos Cicirro o Filemón.

Payasos sagrados indígenas

En las culturas originarias de Norteamérica, como los Hopi o los Jicarilla Apache de Nuevo México, también existían sociedades de payasos sagrados, quienes realizaban rituales iniciáticos de carácter escatológicos durante los cuales se les permitía romper los tabúes y representar pantomimas obscenas. Siguiendo el arquetipo junguiano, representaban el principio del caos, del desorden y la fuerza destructora de los tabúes y el decoro, algo que heredarían en cierta manera los payasos modernos.

En la mayoría de las culturas nativas norteamericanas cada etnia tenía su propio tipo de «payasos»: por ejemplo, los sioux oglala y lakota lo denominaban heyoka –loco, inconformista, payaso–, una figura primordialmente religiosa: su risa pretendía sanar; el heyoka se erigía en una suerte de curandero y canalizador de las energías espirituales que entre el pueblo era conocido como «Soñador del Trueno».

Por su parte, según la autobiografía del nativo Don C. Talayesva, los indios Hopi protegían a sus payasos sagrados «incorporándolos en su Katchina –baile de espíritus–», ceremonias donde los payasos actuaban de modo tonto, infantil, avaro, egoísta y lascivo, burlándose de los turistas y los indios, y también de sí mismos, en medio de juegos de adivinanzas y actos de equilibrio que embargaban a la muchedumbre.

Con la caída del imperio romano se desmoronaron las costumbres circenses y desaparecieron un tipo de espectáculos que tardarían siglos en renacer –aunque sin hombres devorados por bestias ni gladiadores–, aunque a partir del siglo VI surgen unos nuevos bufones en las plazas públicas de Francia que declamaban, según el sugerente libro ya citado El maravillo mundo del circo, «romances equívocos en latín edulcorado».

Después el bufón se haría habitual en las cortes de los grandes príncipes de Occidente, y algunos llegarían a ostentar importantes cargos en palacio y un gran prestigio, siendo los únicos con potestad para hacer críticas al monarca. Célebre fue uno de los bufones al servicio del rey galo Francisco I, eterno antagonista de Carlos V, quien incluso era llevado a las campañas militares –aunque cuentan que le asustaban tanto los cañonazos que se ocultaba en la tienda debajo de la cama–. También fue famoso Jeffrey Hudson, conocido en la corte como «Lord Minimus», el último bufón de la corte de Inglaterra, al servicio de Carlos I y la reina Enriqueta María, quien no solo divertía con sus muecas e imitaciones sino que realizaba agudas observaciones y daba «sabios consejos».

Lord Minimus

Esto no es un tratado sobre la evolución del payaso en la historia, por muy interesante que sea el asunto, así que únicamente añadiré que el payaso de nariz roja, zapatones y peluca chillona –que se ha «reconvertido» en personaje de terror–, vamos, el payaso común que conocemos de toda la vida, tiene su origen, como digo, en una variante circense del Pagliacci y el Arlequín de La Comedia del Arte italiana: el Augusto, torpe e ingenuo, que siempre arruina los planes de su compañero y éste, su antagonista, el payaso (clown) con la cara pintada de blanco, «El Triste» que representa la seriedad y la elocuencia, entre otras variantes –como Tony…–.

Se dice que el payaso moderno tiene su origen en el acróbata norteamericano Tom Belling y sus viajes a Rusia, cuya peluca y pinta estrafalaria copiaría del «clown rojo» R’izhii, mientras que, siguiendo el mentado ensayo, «el maquillaje exagerado asociado con el clown Augusto de hoy fue introducido por los Hermanos Fratellini».

Luego llegarían los grandes nombres que recogería Tristan Remy en su compendio Los Clowns: Joseph Grimaldi, gran pionero de la especialidad circense, que fue mimo, saltador y cómico en el recinto ecuestre de Saddler’s Well y de quien escribió el mismo Charles Dickens, y cuyo fantasma, cuentan, se aparece ­cuando le viene en gana. Los legendarios John y William Price, que renovaron el género de la carcajada institucionalizado en el circo moderno, o el payaso Medrano que, en un irónico guiño del destino, moría en 1912 entre aplausos y piruetas recreadas por él mismo, en un circo parisiense que llevaba su nombre.

La lista es extensa: Antonet y Grock, los españoles Goro y Pujol o el emblemático Augusto Chicharito. Su recuerdo, sin duda, sirve para dignificar un oficio que tantas horas de entretenimiento ha dado al público, inclusive en tiempos de guerra –como puede verse en la película Pájaros de Papel, de Emilio Aragón, que lleva esta profesión en la sangre–, y que debe elevar al clown, al payaso, al estatus que se merece, por el que luchan tantas asociaciones que en la actualidad, sin ánimo de lucro, amenizan las largas veladas hospitalarias de niños y mayores enfermos, de gentes sin hogar… y que tan dañados han salido de esta moda del creepy clown que, para un rato, puede ser divertida, pero que, elevada a psicosis social, sólo puede generar problemas. 

Payasos… muy reales

Aunque la moda de los payasos «asesinos» haya causado un verdadero revuelo social y más de un incidente en los últimos tiempos, alguno revestido de cierta gravedad, lo cierto es que la historia siniestra de los clowns tiene al menos una referencia pasada realmente escalofriante, y tristemente verídica, y es el caso de un asesino en serie yankee que en este caso no solía cometer sus terribles crímenes vestido de payaso, pero ésta, la de amenizar cumpleaños en su barrio vestido de tal guisa, era una de sus aficiones. Hablo de John Wayne Gacy, conocido en Illinois, Chicago, como «Pogo, el payaso».

Nacido el 17 de marzo de 1942 en Chicago, John Wayne Gacy Jr., era una persona amable y extrovertida que se ganó la confianza de su vecindario. Sin embargo, escondía un instinto depredador y una doble vida que no descubrieron ninguna de sus dos esposas. Cuando finalizó sus estudios empresariales pasó a trabajar como dependiente de una zapatería, donde conoció a su primera esposa. Sus problemas comenzaron cuando fue detenido y condenado a diez años de cárcel por intentar violar a un hombre. Tras obtener la libertad condicional 16 meses después por buen comportamiento, se convirtió en contratista en un negocio de construcción y se casó por segunda vez en 1972.

Era un hombre aparentemente normal. Sus vecinos desconocían su pasado y al «bueno» de Gacy le gustaba aparecer en las barbacoas y fiestas locales ataviado como un payaso –las imágenes de su atuendo y rostro son bastantes más siniestras que las de los creepy clowns actuales–. Era la alegría del barrio y el entrañable payaso Pogo que amenizaba las veladas infantiles. Incluso, como modelo de buen americano, llegó a involucrarse en la campaña del partido demócrata local. Sin embargo, escondía un terrible secreto mucho peor que el de la acusación por forzar a la sodomía: el sótano de su casa estaba repleto de los cadáveres de jóvenes a los que atraía, engañaba, sodomizaba y después mataba.

En 1976, sin que conociera su faceta criminal, su segunda esposa pidió el divorcio debido a sus violentos arranques de ira y su «escasa actividad sexual». Mientras, aprovechaba el negocio de la construcción para contactar con chicos jóvenes. Ya separado, los invitaba a su casa sita en el número 8213 de West Summerdale Avenue. Según cuenta Colin y Damon Wilson en A sangre fría, a algunos de ellos, como el joven chapero Jaimie, los esposaba y sodomizaba brutalmente, dejándolos después marcharse, previo pago. Sin embargo, a los que se resistían, como John Butkovich –probablemente su primera víctima mortal– y un niño de nueve años hasta llegar a la cifra de ¡33 personas!… los estrangulaba.

Nadie sospechaba de Gacy hasta que el 11 de diciembre de 1978 comenzó a ser investigado tras la desaparición de Robert Priest, de 15 años, a quien se había visto por última vez en la farmacia Nisson de Des Plaines, Illinois junto a un hombre desconocido, quien al parecer le iba a ofrecer un trabajo de verano. Cuando alertados por la madre del joven los policías llegaron al lugar, descubrieron que el local había sido reformado recientemente y la investigación les llevó hasta el contratista y fueron a visitarlo para interrogarle. Quiso el destino que los agentes notaran un olor extraño y muy desagradable que impregnaba todo el domicilio y decidieron levantar la trampilla que daba al sótano… al sótano de los horrores, donde aparecieron unos quince cuerpos y restos de otras víctimas –algunas de ellas habían sido arrojados por Gacy al río Des Plaines–.

El siniestro autorretrato del «bueno» de Gacy

Al final se optó por la demolición y se localizaron los restos de veintiocho cuerpos, convirtiendo a John Wayne Gacy en uno de los peores asesinos en serie de la historia norteamericana. El inocente y orondo payaso Pogo pasó a ocupar los titulares de medio mundo. La prensa lo rebautizó como «el payaso asesino». Hasta hoy.

Un fenómeno viral

Como en casi todo lo que tiene que ver con el terror contemporáneo, llámese Creepypastas o derivados, también el fenómeno de los «payasos asesinos» y los creepyclowns, si no ha nacido, sí se ha catapultado a través de vídeos del canal Youtube que, como en otros asuntos, se han hecho virales. Aunque hay mucho espontáneo, la popularidad del género en el que se muestra una suerte de performance con unos graciosos disfrazados de payasos crueles gastando bromas se debe principalmente al canal DM Pranks, comandado por el italiano Matteo Moroni, quien se esconde tras las terroríficas máscaras junto a su compañero Diego Dolciami.

Desde 2014, cuando abrió su canal de Youtube hasta julio de 2015, según recogía El Periódico de Catalunya, la exorbitante cifra de 360 millones de visualizaciones. Ahí es nada. Y sus bromas, lejos de ser algunas un montaje –o eso parece–, con la complicidad de aquellos objeto de las mismas, son verdaderamente dignas de una casquería gore: y es que encontrarte de madrugada con un tipo vestido de payaso, hacha o bate de béisbol –e incluso un extintor– en mano, con la careta más aterradora que puedas imaginar, simulando que está descuartizando a una persona o echando a un «bebé» a un cubo de basura –un muñeco, claro–, debe dar mucho miedito. Al menos al que está paseando inmerso en sus pensamientos. Y eso, básicamente, es lo que hacen… Entretenimiento de masas 2.0 que se extendió en 2016 a otras redes sociales como Twitter, Instagram o Facebook, y que continúa.

Payasos espectrales

Huele también a esos creepypasta tan de moda en las RRSS, pero lo cierto es que las historias –¿leyenda o realidad?– de avistamientos de supuestos payasos fantasma son bastante más viejas que las historias de Slenderman o los creepy clowns que hoy nos quitan el sueño. La mayoría de estos sucesos anómalos han tenido lugar en el interior o las inmediaciones de los teatros que un día vieron a estos personajes alzarse con la gloria en medio de aplausos.

A quien parece que le gusta aparecerse en el lugar donde obtuvo su mayor gloria es al padre del payaso moderno, Joseph Grimaldi (1778-1837), quien suele dejarse ver –o al menos eso afirman infinidad de testigos– entre bastidores merodeando por el Theatre Royal Drury Lane, el más antiguo de Londres. Muchos de los que allí trabajan afirman haberse topado con su espectro: limpiadores, actores, tramoyistas… afirman haber visto una cara sin cuerpo, flotando por el teatro o incluso apariciones de un fantasma sin cabeza que algunos atribuyen a la macabra petición del propio Grimaldi en su testamento: que su cabeza fuera separada de su cuerpo.

Theatre Royal Drury Lane

Al parecer no es el único que se mueve a sus anchas por tan emblemático edificio londinense, en un país muy dado a la tradición fantasmal. También lo hace Dan Leno, famoso bailarín y comediante que enloqueció y murió en 1904 a la temprana edad de 43 años. Hay quien no ha visto su fantasma, pero ha notado el intenso olor del perfume de lavanda que utilizaba, al parecer, debido a su incontinencia. Algún testigo, como el director del teatro Nick Bromley, durante una de las actuaciones de The Pirates of Penzance en 1981, aseguró que una extraña presencia lo empujó violentamente y, al volverse, no había nadie. Algo que también le sucedió a una joven actriz la noche siguiente en el mismo lugar. Aquella presencia iba acompañada de un sonido rítmico de unos zapatos que muchos relacionan con Leno. Quién sabe… Inquietante, desde luego.