Prisiones siniestras de la historia (II)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels. Cameron Casey. Free License)

Alcatraz, un infierno de roca

En 1934 Alcatraz se convirtió en una cárcel federal, la más segura de Estados Unidos durante tres décadas, alcanzado una terrible fama, siendo pronto conocida como La Roca. La pequeña isla, situada en medio de la bahía de San Francisco, California. La isla fue descubierta por el español Juan Manuel de Ayala en 1775, quien la bautizó como «la Isla de los Alcatraces». 

Su solo nombre ya evoca imágenes terribles, un lugar inclemente en el que serían encerrados los delincuentes más peligrosos de Norteamérica. Sus guardias fueron seleccionados meticulosamente, eran los más duros e inclementes del país, a la altura de los reos, o peor. Los prisioneros solo podían recibir una visita al mes –si el alcaide daba el visto bueno– y las celdas medían 1,5 por 2,75 metros, una auténtica jaula de 9 hectáreas en la Costa Oeste.

En 1400 una leyenda de los nativos americanos afirmaba que la isla estaba habitada por espíritus malignos, y lo cierto es que desde que se abrieron sus puertas los funcionarios hablaban de extraños sucesos, sobre todo cuando, tras torturas que aunque fueron negadas por las autoridades de la época, casi con seguridad tuvieron lugar en sus celdas, muchos prisioneros intentaron suicidarse. La prisión parecía estar maldita. Precisamente una serie de 2012 de J.J. Abrams, el visionario creador de Perdidos y la última trilogía de Star Wars, y titulada Alcatraz, utiliza como telón de fondo la Roca para una trama llena de misterios y episodios entre lo fantástico y lo parapsicológico en la línea de sus series anteriores. Sin duda, al realizador no se le escapó el aura de malditismo que desde hace décadas rodea a esta isla-prisión.

Varios testigos aseguran que un viejo faro que fue construido en la isla en 1854, y derribado tras ser dañada su estructura en el terremoto que tuvo lugar en 1906, suele aparecerse de forma repentina, en noches donde la niebla se erige en protagonista, aparición acompañada de un extraño silbido y de una luz verdosa –¿la del antiguo faro?– centelleante.

En el conocido como «Cuarto del Lavadero», donde al parecer fue asesinado un preso conocido como “el carnicero”, los guardias de antaño afirmaban que ocasionalmente emanaba un fuerte olor a humo, como si algo estuviera ardiendo en el interior de la estancia, pero sin dejar rastro alguno a los pocos minutos.

También hay testimonios que aseguran que se aparece el espectro de Robert Franklin Stroud, conocido como “el hombre pájaro”, quien estuvo en Alcatraz más de 50 años, siendo uno de sus presos más célebres. Su apodo le vino por la afición a criar pájaros –llegó a tener más de 300 canarios en su celda–. A pesar de su amor a los animales, Stroud tenía un amplio currículo delictivos salpicado de atracos, robos y asesinatos no exentos de sadismo –entre otros, apuñaló a su hermano hasta la muerte–. Stroud falleció en un hospital penitenciario el 21 de noviembre de 1963. Cuentan que cuando le viene en gana, se aparece sentado en la cama de su celda, estancia en la que también suelen “escucharse” sonidos extraños.

Stroud

Sin duda, el “inquilino” más célebre de la Roca fue el gángster por antonomasia, Al Capone, que ingresó en la Roca por sus múltiples delitos –delitos que le costó demostrar a su eterno antagonista, Elliot Ness– en agosto de 1934, siendo el preso número 85 de Alcatraz. En un primer lugar había sido encarcelado en la prisión de Atlanta, pero desde aquel lugar, mucho menos temible, era todavía capaz de sobornar y controlar prácticamente todos sus negocios en el exterior, así que fue trasladado al lugar en el que acabaría perdiendo prácticamente la razón apenas unos años después, probablemente a causa de la sífilis, pasando la mayor parte de su reclusión en el hospital de la prisión, donde era vigilado estrictamente, sin contacto posible con el exterior, hasta que, ya muy enfermo, fue liberado el 16 de noviembre de 1939. Arruinado y destrozado física y mentalmente, se recluyó sin contacto con el exterior en su propiedad de Miami Beach (Florida), muriendo de neumonía tras haber sufrido cuatro días ante un derrame cerebral, el 21 de enero de 1947. El rey del hampa moría alejado de la “gloria” de su pasado criminal.

No es extraño que teniendo en cuenta su aura legendaria, su huella se dejase ver tiempo después de su salida de la Roca por sus corredores. La leyenda volvía a estar «viva» y algunos guardias, sin duda marcados por una fuerte sugestión o por el afán de la notoriedad, que tanto mueve a los hombres, afirmaban incluso escucharle –a su fantasma, en todo caso–.

Bloque de Celdas D

El conocido como Bloque D –Cellblock D–, estaba formado por 42 cédulas –celdas– en las que se aplicaban con rigor restricciones a los presos. Las celdas 9 a la 14 eran conocidas por los guardias como «el agujero», por considerarlo la residencia del mal, el lugar reservado para los peores delincuentes. Consistía en celdas de aislamiento: un colchón y cuatro paredes vacías acolchadas. En una de estas estancias, terrible, cuentan que sucedieron extraños fenómenos, como la muerte de un reo que se hallaba en su interior, aislado, y cuyo cuerpo apareció sin vida sin saberse quién o qué pudo asesinarle. Lo encontraron con una expresión de auténtico pavor en su rostro y con marcas de dedos en el cuello; parece que murió por estrangulamiento. La autopsia reveló que era imposible que se hubiese infligido el ahogamiento a sí mismo y ninguno de los carceleros había entrado o salido del «agujero» hasta que fue encontrado.

En el mismo lugar también existen testimonios sobre la presencia fantasmal de un hombre vestido con el traje de presidiario caminando por el vestíbulo. Los médiums que han podido visitar el lugar hablan de resanciones de tortura y experiencias terribles, y los parapsicólogos han corroborado que la temperatura es inexplicablemente unos 20 grados más baja que en el resto del recinto. Equipos de parapsicólogos que han registrado extrañas alteraciones en sus aparatos eléctricos e incluso han grabado psicofonías.

Otro de los lugares más tétricos de la Roca es el hospital. Tras su cierre nunca han cesado de reportase informes sobre misteriosas apariciones. En la actualidad los vigilantes nocturnos hablan de gritos extraños, presos «invisibles» que corren y aseguran incluso que han oído al mítico Capone nada menos que ¡tocando el banyo!

Aunque los informes son imprecisos, se cree que 64 hombres murieron tras estos muros o tratando de escapar –a pesar de que tuvieron lugar algunos intentos espectaculares, hasta 14 intentos a lo largo de su historia–. Las condiciones tan terribles provocaron que se sucedieran los intentos de los reos de autolesionarse o suicidarse. Un caso célebre fue el de un preso que se cortó con un hacha los de dos de una mano y después le dio el arma a otro reo para que le cortara los de la otra. No es fácil creerse esta historia porque dudo mucho que en una prisión de máxima seguridad un reo pudiera hacerse con un hacha así como así…

Eastern State Penitentiary (Filadelfia, EEUU)

Curiosamente, el aura de «prisión encantada» ya atormentaría al propio Capone aún en vida, pero no en Alcatraz, sino en la prisión de Eastern State, en Philadelphia, donde sería encerrado entre 1929 y 1930. Cuenta la historia de esta siniestra prisión, hoy reconvertida en siniestro museo carcelario, que serviría como telón de fondo a la exitosa serie televisiva Prison Break, que Capone era perseguido allí por el fantasma de una de sus víctimas. De ser cierta esta historia, con demasiado olor a leyenda, es posible que el gángster ya empezara a mostrar entonces signos de su futura demencia. No es la única historia fantasmagórica que rodea Eastern State, conocida también como Cherry Hill, pues se habla de otras apariciones y de risas diabólicas que han escuchado incluso aquellos que aún hoy visitan sus ruinosas dependencias, algunas tan célebres como el Bloque 12, como por otro lado sucede en prácticamente todas las cárceles estadounidenses en las que se practicaba la pena de muerte.

Actualmente, es uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad y sitio histórico administrado por el Servicio de Parques Nacionales como parte del Parque Nacional Golden Gate.

Los Plomos de Venecia

Es una prisión harto conocida, pero no por ello hay que prescindir de citarla en este post, por el aura de leyenda y misterio que la envuelve desde tiempos medievales: los popularmente llamados Plomos de Venecia. El Palacio Ducal de la ciudad de los canales, de estilo gótico, fue residencia de los dux de la ciudad, siendo a su vez sede del gobierno y prisión, una prisión por lo demás bastante siniestra durante siglos.

Su preso más célebre fue Giacomo Casanova, eterno conquistador y caradura, ingenioso escritor y talentoso maestro en las artes del engaño, que viajó de corte en corte y tuvo una existencia apasionante. Aparte de ser uno de sus más insignes «inquilinos», lo que nos interesa a la sazón es que muchos testigos afirman que el «espíritu» de Casanova sigue apareciéndose –cuando a él le da la real gana, eso sí, que siempre fue un alma libre–, por las estancias y pasillos del Palacio, causando espanto a aquellos «privilegiados» que se topan con él.

El Penal de Ushuaia

Esta siniestra prisión, conocida como «la cárcel del fin del mundo», se mantuvo en funcionamiento de 1904 a 1947. Su nombre se debe a la lejana ubicación en que fue erigida, en la ciudad argentina de Ushuaia, la región más austral del planeta, donde el aislamiento y las extremas condiciones climatológicas convertían el penal en un auténtico infierno de rejas alejado de la civilización.

Estaba formado por cinco pabellones principales que alojaban a 540 presidiarios, custodiados por 250 personas; 380 calabozos con muros de roca de 60 cm de grosor. A pesar de las durísimas condiciones, parece ser que los presos recibían educación primaria y una retribución por los trabajos realizados, algo impensables en otros de los infiernos de piedra de los que hemos hablado. E incluso formaron una banda de música.

Actualmente la prisión de Ushuaia se ha convertido en un museo, declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, que recuerda a sus visitantes lo que es capaz de hacer el hombre con sus congéneres. Y hay muchas más, cuyos muros algún día traspasaremos, cual entidades oscuras y etéreas, en «Dentro del Pandemónium».

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.

La conspiración contra Einstein (I)

Existen pocos personajes que trasciendan su tiempo y despierten tantas pasiones y controversias como Albert Einstein. Sus descubrimientos continúan hoy revelando posibilidades científicas asombrosas, muy adelantadas a su tiempo y a los postulados teóricos de sus colegas, a los que dejó abrumados, pero una amalgama cada vez mayor de detractores se empeña en desmontar sus teorías y en deslegitimar la más importante de todas, base de numerosos descubrimientos, la de la Relatividad. Obligado a exiliarse a EEUU por el ascenso del nazismo, la fiebre anticomunista lo convirtió en una figura incómoda para el establishment y el FBI de J. Edgar Hoover lo consideró el enemigo público número uno.

Óscar Herradón ©

No vamos a realizar un recorrido por la física cuántica, la teoría de cuerdas o los saltos en el tiempo. Menos conocida que su faceta científica y divulgativa que le condujo al Nobel, pero igual de apasionante, fue su papel como defensor de causas que muchos creían perdidas en un tiempo, los años 40, y en un país, Estados Unidos, que era entonces azote de minorías, obsesionado con la infiltración comunista y el enemigo silencioso, el mismo que llevaría a cabo la «Caza de Brujas» del senador McCarthy y pondría entre las cuerdas, en los sesenta, a otras celebridades como Malcolm X, Martin Luther King o John Lennon –todos ellos, por cierto, asesinados–.

El científico alemán de origen judío también sufriría aquel acoso clandestino de las fuerzas de seguridad norteamericanas, y eso que de persecuciones y rechazo racial sabía mucho, pues conoció de primera mano la Alemania nazi.

La historia que vamos a contar en este post habla de servicios secretos, teléfonos pinchados, falsas acusaciones e intereses creados. Habla de complots y campañas de descrédito; de un hombre valiente, sin duda con sus sombras y contradicciones, algunas bastante oscuras, que se vio empujado a actuar en el campo político y en el marco bélico en parte a causa de su gigantesca celebridad y que fue cercado por ella.

Fue en 1983, tres décadas después de la muerte del físico, cuando un profesor de la Universidad Internacional de Florida tuvo acceso a una versión –censurada– del expediente abierto por el FBI contra Einstein, un voluminoso archivo de documentos de nada menos que 1.427 folios. Éstos sirvieron para que el periodista Fred Jerome diese forma en 2003 al revelador trabajo El Expediente Einstein: la guerra secreta de J. Edgar Hoover contra el científico más famoso del mundo. Para poder obtener una versión más completa del expediente que la consultada por el profesor de Florida, Jerome interpuso un pleito judicial contra el Gobierno estadounidense con la ayuda del bufete de abogados especialista en causas civiles Public Citizen Litigation Group. Y lo ganó. Gracias a ello conocemos revelaciones sorprendentes sobre este oscuro episodio de la agencia federal.

Rumbo a Norteamérica

En otoño de 1932, Einstein y su primera esposa, Elsa, abandonaron su casa de campo de Caputh, a las afueras de Berlín, para visitar EE UU: el físico fue invitado para dar clases en el Instituto de Tecnología de California (CalTech). Su idea era pasar allí seis meses al año y después regresar a Berlín, pero pasando primero por Princeton, donde había aceptado también un nombramiento en el Instituto de Estudios Avanzados, que estaba a punto de inaugurarse.

Las ideas pacifistas y cercanas al socialismo de Einstein están muy bien documentadas. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, acababa de regresar a Alemania desde Suiza, y fue uno de los pocos intelectuales que rubricó un manifiesto en contra de las hostilidades, reclamando una unión europea muchas décadas antes de que esta idea siquiera tomase forma y convirtiéndose en personaje non grato por su pacifismo en una época donde el belicismo era el estandarte de la sociedad. Pero Albert no se quedó ahí, en los años siguientes, mientras duraba la situación que estaba desangrando el Viejo Continente, estampó su firma en numerosos manifiestos pacifistas y formó parte de organizaciones que instaban al desarme. Entonces sus acciones tenían mucha más repercusión porque en 1915 había alcanzado ya la fama internacional con la difusión de su celebérrima Teoría de la Relatividad General, tan revolucionaria como urticante para el mundo académico de entonces. Cuando en 1919 las observaciones británicas de un eclipse solar confirmaron sus predicciones sobre la curvatura de la luz, se hizo mundialmente famoso por sus hallazgos y fue idolatrado por la prensa.

Albert Einstein con su primera mujer en Praga

En 1921 recibía el Premio Nobel de Física, tras varias candidaturas previas, pero lo fue por sus contribuciones a la física teórica y sus explicaciones sobre el efecto fotoeléctrico, y no por su Teoría de la Relatividad, ya que al parecer el científico al que se encargó la tarea de evaluarla –en un tiempo en que ésta seguía rodeada de controversia–… ¡no la entendió! y temía correr el riesgo de que más tarde se demostrara errónea.

En la década de los 20 del siglo pasado, hace ahora cien años, quien era ya el científico más famoso del mundo estaba profundamente afectado por el ascenso del fanatismo hitleriano y los ataques contra los judíos. Pero a pesar de su desasosiego, y de que ya había comenzado un éxodo de intelectuales y artistas alemanes, Einstein y Elsa pensaban regresar a Alemania tras su visita a Princeton. Los sucesos posteriores lo harían imposible. Pero su marcha a EE UU no fue ni mucho menos sencilla.

Mientras preparaba su maleta, el 5 de diciembre, el matrimonio recibió una llamada del consulado general de Estados Unidos en Berlín, pidiéndoles que se acercaran para responder a unas preguntas sobre su petición de visado. Einstein intentó eludir la cita, pero ante la insistencia acudió junto a su esposa creyendo que se trataba de un procedimiento rutinario. Sin embargo, se enfrentó a algo muy distinto cuando Raymong Geist –el segundo del cónsul general estadounidense, George S. Messersmith, que estaba fuera de la ciudad–, se encargó de la entrevista. Comenzó preguntándole sobre sus credenciales políticas, si pertenecía a alguna organización –Einstein le aclaró que al grupo pacifista internacional Liga de Resistentes contra la Guerra– y finalmente insistió en si era anarquista o comunista.

Viendo vulnerados sus derechos, Einstein, en una imagen muy alejada del científico manso, despistado y afable con la que pasaría a la posteridad, terriblemente enojado, le gritó a su interlocutor que si aquello se trataba de un interrogatorio y cogiendo su sombrero y su abrigo, antes de marcharse con Elsa, le espetó a Geist: «¿Hace usted esto por propia iniciativa o actúa siguiendo órdenes de arriba?». Sin esperar respuesta, se marchó del consulado.

La Liga de Mujeres Patrióticas

El motivo de aquella inusual entrevista había que buscarla en anteriores viajes de Albert a EE UU durante los cuales realizó no solo ponencias sobre temas científicos, sino también charlas y conferencias en las que dejaba claro su lucha contra el militarismo y sus ideas pacifistas, peligrosas a ojos de la ideología más conservadora y los grupos de derechas, fuertes en el país de las barras y estrellas. Fue entonces cuando el físico se puso en la diana de la Corporación de Mujeres Patrióticas, cuyo lema político era «Por la defensa nacional del hogar contra el sufragio universal, el feminismo y el socialismo».

En 1932, con escasa influencia desde su creación en 1918 por mujeres muy vinculadas a algunas de las grandes fortunas estadounidenses conservadoras, decidieron concentrar sus fuerzas vigilando las puertas del país frente a lo que denominaban «extranjeros indeseables»: comunistas, pacifistas, feministas… En agosto de aquel año, su presidenta y líder, la reaccionaria señora Randolph Frothingham, cuando el instituto que estaba tomando forma en Princeton anunció que Einstein iba a pasar allí un semestre cada año a partir de 1933, envió un retorcido informe al Departamento de Estado en base a la llamada Ley de Exclusión y Deportación de Extranjeros, que prohibía la entrada –o en su caso la permanencia– en EE UU de anarquistas o quienes escribieran, hablaran o, incluso, pensaran como anarquistas.

Ni qué decir tiene que Albert no tenía nada de anarquista, pero aquel informe enviado al Departamento de Estado en forma de misiva era la causa de que el consulado interrogara al científico alemán y más tarde sería uno de los principales elementos acusatorios que conformarían el «Expediente Einstein» confeccionado por el FBI de Hoover.

En el documento remitido por Frothingham se podían leer perlas como que se impidiese su entrada en EE UU porque era «el líder del nuevo pacifismo militante», y aseguraba que el alemán «propugnaba actos de rebelión contra el principio básico de todo gobierno organizado (…)  » La misiva, recogida en el dossier del FBI, llegaba a decir que ni siquiera el mismo Stalin estaba afiliado «a tantas organizaciones anarco-comunistas» como Einstein.

J. Edgar Hoover

Para la Liga de Mujeres Patrióticas, sin embargo, el más grave de todos los pecados cometidos por el físico era su «negación de la religión organizada», y declaraban, movidas por su celo espiritual y patrio, que: «Ese extranjero promueve, con mayor amplitud y más intensidad que cualquier otro revolucionario de la tierra, la confusión y el desorden, la duda y la apostasía (…)», para terminar –recalcaba la señora Frothingham–«ni siquiera sabe inglés», algo que no era del todo cierto, pero tampoco relevante para ser acusado de tan graves delitos.

Confrontación con Washington

En aquel entonces, Einstein, tras conocer la diatriba contra su persona, ya que la presidenta se había encargado de enviar varias copias a la prensa, escribió con afilada ironía en la primera página de la edición del New York Times del 4 de diciembre de 1932 que: «Nunca hasta ahora había conocido por parte del bello sexo una reacción tan enérgica de rechazo de todos los avances, o al menos, de tantos a la vez (…)». Ahora, sin embargo, tras la entrevista-interrogatorio en el consulado norteamericano en Berlín, Albert sabía que debía tomarse más en serio las acusaciones de los extremistas.

Horas después Einstein telefoneó al consulado y amenazó con cancelar su viaje si no se le expedía el visado esa misma tarde. A su vez, Elsa llamó a los corresponsales en Berlín de The New York Times y Associated Press y les informó detalladamente del incidente. Elsa les dijo lo que había comentado su marido –lo que dejaba entrever claras implicaciones políticas–: «¿No sería divertido que no me dejaran entrar? El mundo entero se reiría de Estados Unidos».

Con su segunda esposa, Elsa Lowenthal, a su llegada a EEUU

Aunque esta afirmación pueda parecer prepotente, y lo es, lo cierto es que Einstein era uno de los hombres más populares del ámbito académico y el científico más importante de lo que llevaban de siglo. Las alertas saltaron en Washington y se intentó remediar la situación. No obstante, por entonces ya un amplio grupo consideraba al físico una suerte de antisistema, y además de la Liga de Mujeres Patrióticas, pronto los federales le pondrían en su punto de mira. Asimismo, en el campo científico no despertó menos controversia que en su país natal, y entre otros, el profesor Thomas Jefferson See había atacado públicamente la teoría de la relatividad como «una enloquecida fantasía, una desgracias para nuestra época», ataques y diatribas que han perdurado hasta el día de hoy, incluso con mayor virulencia.

Los problemas de Einstein con los que acabarían asentando las bases del NSDAP y el antisemitismo se remontaba mucho tiempo atrás, nada menos que a comienzos de los años 20. Ya con la amenaza del antisemitismo en el aire y el ascenso de grupos radicales de derechas en la República de Weimar, que acabarían convergiendo en el Partido Nazi, el científico fue el objetivo de numerosos detractores. En 1931 una editorial de Leipzig publicó un libro de ensayos titulado 100 autores contra Eisntein, y al año siguiente, con el NSDAP acariciando el poder en el Reichstag, un general alemán parece ser que le envió una advertencia apuntando que su vida «ya no está garantizada aquí».

Sin duda corría peligro en su propia tierra. Finalmente, Messersmich aprobó el visado al día siguiente y el 12 de enero de 1933 los Einstein ya estaban en California. El 30 de enero de ese mismo año, Adolf Hitler alcanzaba la Cancillería alemana y se instauraba el Tercer Reich. Con la llegada de los nazis al poder, éstos acusaron a Einstein de traición a la patria al haber aceptado un trabajo en EE UU y destruyeron todas sus obras a las puertas de la Universidad de Berlín, la célebre quema de libros de autores proscritos orquestada por Goebbels en la Bebelplatz, una imagen inquisitorial que avecinaba lo que daría de sí aquel régimen totalitario.

Y es que bastante tiempo antes de que el Führer diseñara su Nuevo Orden Mundial, Einstein ya había advertido, cual agudo observador –en una suerte de siniestro vaticinio–, lo que el siglo XX podría esperar del nazismo. Lo hizo en una carta en 1922, apenas dos años después de la fundación del Partido Nazi y tras la muerte de su amigo, el ministro de Exteriores judío de la República de Weimar, Walter Rathenau, a manos de dos oficiales nacionalistas en el marco de una conspiración orquestada por la ultraderecha. Albert escribió a su hermana mayor, Maja: «Aquí se están gestando tiempos oscuros, económica y políticamente, así que estoy contento de poder escapar de todo durante medio año».

Rathenau

Había escrito aquellas líneas desde Kiel, tras mudarse de Berlín cuando la policía advirtió al físico de que él tampoco estaba a salvo. Una marzo de 1933, con Einstein ya a salvo al otro lado del Atlántico, un grupo de hombres de las SS registró y saqueó su casa de Caputh, asegurando que estaban buscando armas ocultas para un levantamiento contra el Tercer Reich. Aunque pueda resultar ridículo, y más teniendo en cuenta el pasado pacifista del científico alemán, lo cierto es que pocos meses después de que Hitler tomase el poder en Alemania, Einstein defendió el uso de la fuerza militar contra él, en una carta a un pacifista belga que le había pedido ayuda para dos objetores de conciencia encarcelados. Un cambio de actitud del científico que despertaría indignadas críticas entre los pacifistas; sin embargo, en vista de la amenaza que suponían los fascismos, el premio Nobel defendió cada vez más resueltamente el uso de la fuerza como única alternativa.

Es probable que la Gestapo sospechara que se estaba gestando un complot, de hecho, no faltaron de ellos en los primeros años del ascenso nazi ni en los siguientes, incluido de parte de sus propias filas del ejército, y aunque los hombres de la policía secreta del Reich no encontraron armas, confiscaron la propiedad, afirmando que «obviamente» iba a ser vendida para financiar actividades antinazis.

En octubre de ese año, Einstein se trasladó a Princeton acompañado de su esposa, Elsa –ya había fracasado su primer matrimonio con Mileva Mariç–, de su hijastra Margot y de su ayudante Helen Dukas. Nunca regresarían a Alemania.

Este post continuará.

Prisiones siniestras de la historia (I)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Óscar Herradón ©

Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando éstos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano, algo que hoy se hace más palpable ante el azote de la Covid-19 y el confinamiento obligado, lo que nos hace sentir un poquito cómo deben sentirse estos hombres, por desalmados que hayan sido. Un reducto pétreo en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, que fue mucho, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo misterio que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe azulado.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ciudad de cualquier amenaza exterior, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrado los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet. Un presidio que en numerosas ocasiones fue «alojamiento» de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV, o «inquilinos» tan célebres como Voltaire, que fue encerrado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus «crímenes» –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Algunas prisiones medievales contaban con algo que ya forma parte del museo de los horrores de la historia, un museo con demasiadas piezas; las denominadas oubliettes según la voz francesa, una palabra que deriva de oubli –olvido– y que consistía en pozos horadados en el suelo que servían de mazmorras, pero que acababan por convertirse en tumbas. Allí se arrojaba a los prisioneros más temidos –o a aquellos que simplemente se habían atrevido a desafiar el orden establecido–, donde eran relegados al olvido, alejados del mundo de los vivos hasta que morían de agotamiento, enfermedad o inanición. Aunque no se sabe con certeza si realmente existió, la oubliette más célebre según las crónicas fue precisamente la de la prisión «regia» francesa.

En el siglo XIX, el escritor galo Luis Blanc trazó un siniestro retrato de lo que fuera la Bastilla antes de la Revolución Francesa, un lugar ocupado por jaulas de hierro, calabozos subterráneos que eran «nido de sapos, lagartos, ratas monstruosas, arañas; una enorme piedra por todo mobiliario, cubierta con un poco de paja». Espacios donde el reo respiraba un aire viciado, pestilente, rodeado de las sombras del misterio y condenado a un encierro casi perpetuo, ignorante incluso de la pena por la que había sido condenado.

Una prisión que ha dado pie a numerosas leyendas y que en su día fue conocida como «el infierno de los vivos». Los reos sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo habrían de salir. La Bastilla se convirtió así en símbolo del poder tiránico del rey, por lo que sería uno de los principales objetivos y símbolos de la Revolución Francesa, cuando fue tomada por una multitud enfervorecida que pretendía acabar con el símbolo del Antiguo Régimen. Aquello tuvo lugar el 14 de julio de 1789. El 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey, Luis XVI, símbolo para los franceses de un tiempo de oscuridad y prisiones que, bajo el gobierno revolucionario y sus aniquilaciones en masa sería todavía más siniestro.

La Torre de Londres

Dos fueron las prisiones más célebres de Inglaterra durante siglos: la Marshalsea –donde sobre los reos generalmente pendían delitos financieros– y la Torre de Londres, todavía hoy símbolo de tortura y habitáculo pétreo para entidades atormentadas, quizá el más célebre presidio, junto a Alcatraz y la Bastilla, de la historia más oscura del hombre.

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Situada a orillas del Támesis, fue fundada hacia el año 1066 por los normandos, con piedras blancas traídas de Francia. Sería Guillermo el Conquistador, en 1078, el encargado de construir la denominada Torre Blanca, comienzo de una edificaciónn que llamada posteriormente Palacio Real y Fortaleza de Su Majestad, sería utilizada tempranamente como prisión, convirtiéndose en símbolo de la opresión real. La Torre es un complejo fortificado de varios edificios situados dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso alrededor, y que sería ampliado en varias ocasiones durante los siglos XII y XIII, disposición que prácticamente se mantendría inalterable a partir de entonces. A partir del siglo XIV, con motivo de la coronación de un nuevo rey, una procesión partía desde este símbolo del poder de Inglaterra hasta la Abadía de Westminster, donde se realizaba la ceremonia en sí. Desde su construcción hasta el siglo XV fue utilizada también como residencia real, pero los Tudor preferirían utilizarla básicamente como fortaleza y prisión, una prisión rodeada de leyendas, estandarte del sufrimiento y la sinrazón humanas.

A lo largo de su historia, parece que solo unas siete personas fueron ejecutadas dentro de sus gruesos muros; lo común era trasladar a los condenados hasta una colina denominada Tower Hill, situada al norte de la fortaleza, donde a lo largo de cuatro siglos fueron ejecutadas al menos 112 personas, pero no sería raro que el número fuera mucho mayor. 

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Es célebre también su Torre Sangrienta –Bloody Tower–. En principio, dicha cámara era una especie de estancia «de lujo», donde eran retenidos personajes de renombre como el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, siendo quemado en la hoguera por orden de María Tudor al haber validado el matrimonio de su padre con Jane Seymour –no debemos olvidar que María era la hija de Catalina de Aragón, primera consorte y única legítima a ojos de los católicos del fallecido monarca inglés–. Pero más tarde pasaría a ser conocida con el escalofriante nombre actual, según la tradición, porque Ricardo III mandó asesinar en ella a sus sobrinos, aunque nunca se supo el verdadero destino de estos príncipes.

La Torre de Londres fue célebre en tiempos precisamente de los Tudor, con el citado monarca, tan pasional como depravado, su hija la católica María Tudor, y con su hermana, la protestante Isabel I –que curiosamente había estado encerrada varios años en dichas fortaleza–, cuando los espías a sueldo del secretario de Estado Francis Walsingham perseguían católicos con denuedo.

Máquinas de tortura, jaulas de hierro, una humedad y olor fétido que condenaba a los reos a un calvario constante… Durante el reinado del despiadado Enrique VIII, el verdugo más célebre de la fortaleza fue Sir Leonard Skevington, teniente de la Torre, quien ideó una máquina de tortura atroz y célebre desde entonces en Inglaterra: la llamada «hija de Scavenger –o Skevington–». Cuenta la tradición que durante un interrogatorio a un traidor al rey, en 1581, Skevington se encontró con el problema de que el reo medía más de dos metros, por lo que no podía ser torturado en el potro, la gran especialidad del jefe de los verdugos; fue así como a Leonard se le ocurrió crear un artilugio cuyo funcionamiento era precisamente el contrario al del potro: mientras este último se construyó para estirar las extremidades hasta casi desmembrarlas, la «hija de Scavenger» consistía en comprimir los miembros; era un dispositivo con dos grandes brazos que forzaban al reo a colocarse en posición fetal. Al ceñirlos podían destrozar la espalda y fracturar brazos y piernas; a medida que el acero presionaba la caja torácica, las costillas se fracturaban y dislocaban, los pulmones se comprimían y, en el momento culmen, la sangre brotaba a chorros por los orificios del cuerpo. Otra víctima de este terrible artefacto, poco usado por otra parte en los interrogatorios, fue Thomas Cottam, un sacerdote católico que fue ejecutado en tiempos de Isabel I de Inglaterra.

Famosa es también en la fortaleza la llamada «Puerta de los Traidores», que hoy puede verse en las visitas guiadas que se llevan a cabo en la fortaleza y que constituyen uno de los mayores atractivos turísticos de Londres. Construida por Eduardo I, en un primer momento esta, situada en la llamada Torre de St. Thomas, era una de las principales entradas fluviales del castillo, que cambió de nombre cuando se convirtió en el acceso por el que eran conducidos reos acusados de alta traición como Tomás Moro o Ana Bolena, cuya sombra, alargada, dicen que aún puede verse en su interior…

(Foto Óscar Herradón. Noviembre de 2014)

El «espectro» más célebre que aseguran se pasea por las dependencias de la Torre londinense, como digo, es el de Ana Bolena, decapitada por orden de su marido, Enrique VIII –quien tenía especial devoción por enviar a sus cónyuges al cadalso–, acusada de adulterio, incesto –con su hermano– y alta traición, quien permaneció encerrada en la prisión hasta su ejecución, en 1536. Cuentan que ha sido vista numerosas veces por miles de testigos en más de 100 lugares distintos de la fortaleza y la torre. Uno de los testimonios más célebres fue el de un joven centinela que 1864 hacía guardia debajo de la llamada «Casa de la Reina», quien aseguraba haberla visto recorrer los pasillos: de la niebla surgió una figura ataviada de blanco que, presurosa, se dirigía hacia él, traspasándole. Otra cosa es que aquella «visión» fuera fruto de la sugestión que y el temor que ya atenazaba a los guardianes, si no fuera porque la figura fue también vista por otros dos soldados, que aseguraron haber presenciado la escena. Otras leyendas del folclore inglés afirman que la madre de Isabel I, la Reina Virgen, solía aparecerse a los testigos sin cabeza, lo que se era fruto de la forma en la que había sido ajusticiada: decapitada por el verdugo.

Aunque parece no ser el único «fantasma» que se pasea a sus anchas por este símbolo londinense. Diversos testimonios afirman que también se aparece el de Lady Jane Grey, conocida como “la reina de los nueve días” –el escaso tiempo que reinó– quien también fue ejecutada en la Torre de Londres, donde fue encerrada por orden de la católica María Tudor al no renunciar a su credo protestante, acusada de participar en una rebelión de la que al parecer la desdichada ni siquiera había formado parte. Jane Grey fue sentenciada en febrero de 1554 y decapitada en la explanada que se hallaba en frente de la Torre. En 1957, en el aniversario de su ejecución, aseguran que un guardián vislumbró una masa blanquecina que acabó tomando la forma de Lady Jane, suceso corroborado por otro testigo.

(Fotografía Óscar Herradón. Noviembre de 2014. Con Teresa Nieto).

Otros «espectros célebres» son los de Thomas Beckett –quien aparece golpeando uno de los muros con su crucifijo–, o una procesión fantasmal que al parecer puede verse en el aniversario de la ejecución de Margarita Pole, ordenada por el sanguinario Enrique VIII que ya he citado anteriormente. Las extrañas apariciones han llegado a afectar a un edificio de oficinas de lujo situado frente a la fortaleza, cerca del Tower Bridge, donde los operarios de mantenimiento y limpieza afirman haber observado la aparición de una dama en la primera planta, junto al hall y también en los pasillos de la segunda planta. No obstante, la tradición fantasmagórica está fuertemente asentada en Inglaterra y Escocia, y fue impulsada por los escritores románticos, que dejaron una huella indeleble en sus gentes, muy predispuestas a observar «fenómenos extraños» que quizá no hayan tenido jamás lugar. Ya sabemos del fuerte poder de la sugestión…

Sea como fuere, la Torre de Londres y aledaños es un lugar misterioso y extraño que aún conserva entre sus muros el aroma de un tiempo de injusticia y temor en el que los monarcas dictaban sus órdenes implacablemente, por lo que se quizá se escuchen los lamentos eternos de los que allí fueron sacrificados sin compasión bajo el hacha del verdugo. Si alguien se aventura a visitarla, que le dedique al menos medio día entero, pues la visita el larga, fascinante, obligada para los apasionados de la historia.

La Isla del Diablo

Como en la archifamosa serie Perdidos, pero con un argumento tristemente real, los habitantes de la isla del diablo estaban prisioneros en un paraíso del que no podían escapar; su ubicación, el agua que la rodea, eran sus verdaderos barrotes. Una colonia penal en Panamá en la que tuvieron lugar hechos terribles, luctuosos, que todavía se palpan en ese ambiente por lo demás paradisíaco. Pero la exuberante vegetación no es capaz por sí sola de ocultar el sufrimiento y la muerte que allí tuvieron lugar, los miles de cadáveres que descansan bajo su tierra tras años de padecimientos indescriptibles.

La Isla del Diablo –nombre que también se daría a la estadounidense Alcatraz– es la más pequeña de las tres Islas de Salvación y se halla a 11 km de la costa de Guayana francesa, con una extensión de 0,14 km2. Rocosa y cubierta de vegetación tropical, se encuentra a unos 40 metros sobre el nivel del mar.

Su historia como presidio comienza en 1851, cuando el emperador francés Napoleón III decidió utilizarla para enviar lejos del país a prisioneros de todo tipo, desde criminales y asesinos a presos políticos. El presidio era administrado desde Korou, en tierra firme, pero las condiciones en la isla eran estremecedoras, en condiciones sanitarias y alimenticias infrahumanas, de ahí su significativo nombre. Desde 1852 hasta 1938 fueron enviados al lugar más de 80.000 prisioneros, la mayoría de los cuales no salía jamás con vida.

El penal fue clausurado en 1946, siendo repatriados a Francia la mayoría de sus presos, algunos tan célebres como Alfred Dreyfus, que pasó allí cuatro años hasta que fue declarado inocente en 1906 a raíz del «Caso Dreyfus», el anarquista Clément Duval, quien escribiría en sus Memorias acerca de su paso por la isla, describiéndola como «uno de los barrios bajos de Sodoma, construida en la sombra de la bienintencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal». Al margen de esta descripción, influenciada sin duda por su pensamiento político, lo cierto es que la Isla del Diablo fue un lugar sobrecogedor. Quien mejor plasmó sus vivencias en aquel paraíso tropical que tras su exuberante vegetación ocultaba lo más sórdido de la humana, fue Henri Charrière, quien a través de su célebre novela Papillon –llevada también con éxito al cine por Franklin J. Schaffner en 1973– narraba sus numerosos intentos de fuga de las Islas de Salvación y también de la Isla del Diablo, describiendo algunas de las atrocidades que allí se cometían. Un historia cuya veracidad ha sido cuestionada numerosas veces, pero que no desmerece la siniestra fama de un lugar que, como bien indica su nombre, parecía haber sido construido y custodiado por los lugartenientes del príncipe de las tinieblas.

Este post continuará, tras los barrotes…

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.