Berserker: los guerreros de Odín

Con este nombre tan extraño se conocía a la élite de las huestes vikingas. Estos guerreros actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus congéneres. ¿La razón? Su cruenta forma de matar en el campo de batalla…

Óscar Herradón ©

Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados ni unas hermanitas de la caridad. Un grupo de élite, no muy numeroso –en ocasiones las crónicas hablan de sólo una pareja, probablemente hermanos, aunque a veces de una docena– pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose –a lo que no han ayudado los fuertes componentes fantásticos de las sagas–, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII (el más antiguo conocido) y que muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos, prestos a no dejar a ningún enemigo con la cabeza sobre los hombros.

Siguiendo el trabajo del investigador Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr, cuyo significado es «desnudo», y serkr, «camisola o prenda de pecho», aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado sería «oso», lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura, las cotas de malla o los yelmos para su protección –que consideraban una afrenta a su valentía– y vestían semidesnudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar –cuya traducción literal es «piel de lobo»–. De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos durante el Medievo aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobo, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Este punto, unido a que eran considerados prácticamente unos locos por los demás vikingos, una suerte de parias ­–está registrado que en el año 1015 el conde (jarl) Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley y más tarde la ley escrita de Islandia, el gagrás, hizo lo propio–, no tardaron en ser acorralados para desaparecer por completo en el siglo XII.  

Rumbo al Valhalla

Al igual que piensan los yihadistas actuales, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla –y si entregaban su vida en el fragor de la misma, por eso era tan importante obtener la victoria– tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá. Un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes celebrarían un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final a la que estaban predestinados.

Valhalla, de Max Brückner (1896)

En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. No es de extrañar que sus enemigos pensaban que luchaban contra seres del otro mundo, pero, ¿qué les otorgaba esa fuerza y ferocidad descomunales?

Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momentos previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos –y no eran precisamente armas delicadas–, autolesionarse en los brazos y en el pecho con afilados cuchillos y aullar como lobos, lo que sin duda extendió la creencia de la licantropía entre las supersticiosas gentes del Medievo. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.

Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos –en una línea muy similar a la forma totémica de ver el mundo de los indígenas norteamericanos–, podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos «cambiapieles» –hoy tan célebres gracias a la catódica serie Juego de Tronos, muy inspiradas dichos mitos–, son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson, la de Hrólfr Kraki –donde el temible guerrero Bödvar Bjarki tiene la capacidad de transformarse en un gigantesco oso negro en plena batalla–, la Völsunga o el poema épico Hrafnsmál. También se recoge en la cultura anglosajona del siglo XI, concretamente en las narraciones de la Batalla de Stamford Bridge, donde se habla de un imponente Berserker de más de dos metros que servía al rey vikingo Harald III Hardrada, apodado nada menos que «el Despiadado».

Hipótesis diversas

Hoy son las teorías científicas las que explican esta fuerza «sobrehumana» y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal y adoptando sus atributos para así llegar a la batalla con la fuerza y la ferocidad de dichos animales a los que rendían culto: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria –también conocido como «matamoscas» o «falsa oronja»–, muy comunes en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoactiva que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros, práctica que también se haría en las guerras modernas, algo de lo que no tardaremos en ocuparnos en este blog. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre «aguamiel» o hidromiel.

Amanita muscaria

En los años 50 un estudio determinó que sería muy difícil que tras ingerir dichos hongos pudieran mantenerse en pie para luchar, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios –como náuseas, vómitos e incluso desmayos– pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso la potencia del químico.

Se baraja también la teoría de que podían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado también a sugerir el uso de Belladona, la misma planta que parece utilizaban las «brujas» en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de que podían volar; de hecho, se utilizaba ya en el Antiguo Egipto como narcótico y en las orgías dionisíacas griegas como afrodisíaco.

El Síndrome Homicida

Una hipótesis que se añade a la lista, quizá la más sugurente, apunta que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como «Síndrome de Amok», descubierto por el psiquiatra estadounidense Joseph Westermeyer en 1972, también llamado «síndrome homicida», consistente en una súbita explosión de rabia salvaje que hace que la persona afectada corra alocadamente y ataque indiscriminadamente con armas a los seres vivos que se encuentra a su paso, acabando brutalmente con sus vidas. El término Amok sería popularizado por los relatos coloniales del escritor inglés Rudyard Kipling.

Sea cual fuese la verdad, que continúa rodeada de sombras, como en tantas otras cosas que atañen al pasado, el caso es que en medio de dicho éxtasis guerrero, cuyo mejor símil actual podía ser la danza guerrera maorí haka, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo, los Berserker rara vez eran capaces de distinguir al enemigo de los otros guerreros de su propio clan y no era extraño que causasen bajas en sus propias filas. Tal era el estado de irrealidad y furia que les cegaba. A sus enemigos, por lo general campesinos o pescadores de las costas que asolaban, aquellos hombres les parecían bestias sobrehumanas y las leyendas sobre lo que eran capaces de hacer –con poderes sobrenaturales que no eran tal– no tardaron en circular y en convertirse en historias que las gentes no ponían en duda. Así se forjan las leyendas. Aunque algo de miedito sí debían causar…

BREAKING NEWS!

La Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.

Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:

Demonios de Babilonia (III)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La Torre de Babel (Pieter Brueghel el Viejo, 1563)

Algunos exorcismos, para hacer frente de manera efectiva y puntual a los males más temibles, fueron desarrollados por los mesopotámicos en interminables «liturgias» de ritos manuales complicados y ritos orales múltiples, prolongados y solemnes. Existía, por ejemplo, la famosa ceremonia conocida como surpu, «combustió», debida a su rito central, contra las intervenciones de una «fuerza malvada», bastante misteriosa a ojos del hombre moderno, y cuyo nombre era «Perjurio» –Mamítu en acadio–. La persona del Rey solía ser objeto de múltiples exorcismos, de acuerdo a sus responsabilidades y los peligros sobrenaturales que –creían– lo amenazaban. Aunque el tiempo de ese «culto sacramental» no estaba determinado –a diferencia de otras ceremonias– por un calendario litúrgico regular, mediante complicados cálculos de los que los expertos lo ignoran casi todo y mediante el recurso a la adivinación deductiva –astrología y cronomancia– se estableció la existencia, según la posición de los astros, de «momentos propicios» –adannu– para que los exorcismos pudieran llevarse a buen término. Aún así, eran expresamente previstos ciertos «exorcismos de sustitución» para el caso de que no diese el resultado esperado una primera operación ritual.

Los siete sabios

Enki

La mitología mesopotámica es rica, variada y compleja –de la que hemos perdido, además, mucha información–, por lo tanto, difícil, por no decir imposible, de condensar en un solo artículo. Entre sus numerosos mitos cosmogónicos, uno de los más destacados es el de los Apkallu, «dioses-gigantes» a los que hace alusión incluso el Antiguo Testamento. Según la mitología mesopotámica, éstos eran los Siete Sabios anteriores al Diluvio –otro mito común en las antiguas civilizaciones–, unos personajes míticos, monstruosos y gigantescos que supuestamente sirvieron como sacerdotes de Enki y como asesores de los primeros «reyes» o gobernantes antediluvianos de Sumer. Fueron los responsables de brindar a la humanidad los Me –poderes mágicos o morales–, así como la artesanía y las artes. Se los representaba como hombres-pez o tritones que salieron del agua dulce Apsu, aunque también existen representaciones muy antiguas en las que aparecen con alas, así como cabeza humana o de águila. Se creía que Oannes, creador de las leyes y la civilización babilónica, era uno de ellos.

En otros textos, los Siete Sabios figuran como criaturas que emergieron de los ríos y son aquellos «quienes aseguran el buen funcionamiento de los planes del Cielo y de la Tierra». Serían los Nephilim, que engendraron a unos héroes que más tarde fueros divinizados: los Inim sumerios o los Elohim y Refaim de las culturas semítico-cananea y ugarítica.

Nephilim (El Bosco)

En el Génesis se alude a ellos en estos versículos: «Había gigantes en la tierra aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre».

En la Biblia, los Nephilim son comparados vagamente con los habitantes de Canaán –antigua región de Asia Occidental, situada entre el Mediterráneo y el río Jordán, y que abarcaba parte de la franja sirio-fenicia conocida como el Creciente fértil–, pero a día de hoy existen numerosos mitos que se complementan –o se contradicen– con de estos enigmáticos «seres».

Pazuzu y Lamashtu

Entre los más célebres entes sobrenaturales del panteón mesopotámico tenemos a Pazuzu, príncipe de los demonios del viento, que se hizo célebre por su aparición en la mítica película El Exorcista de William Friedkin, bien conocido entre sumerios, acadios y asirios, inspirado en la figurilla que se guarda en el Museo del Louvre, del primer milenio antes de Cristo, hallada en Irak. Pazuzu traía el viento del suroeste con el que venían tormentas, plagas de langostas y enfermedades –peste, delirios y fiebres–. Entre los sumerios, era uno de los Siete Demonios Malvados, invocado para que hiciera volver a los infiernos a otros demonios malvados. En la parte trasera de la citada estatuilla se encuentra la siguiente inscripción: «Soy Pazuzu, hijo de Anu –Hanbi–, soy rey de los demonios del aire que desciende con fuerza de las montañas haciendo estragos».

Solía ser representado con cuerpo de hombre, cabeza de león o perro, cuernos de cabra en la frente, garras de ave en lugar de pies, dos pares de alas de águila en cruz, cola de escorpión y pene con forma de serpiente. Su mano derecha aparece hacia arriba y la izquierda hacia abajo, simbolizando la vida y la muerte.

Curiosamente, era el único capaz de detener a su enemiga y consorte, la temible Lamashtu o Labartu –Dimme para los sumerios–, una criatura, vampiresa de alta alcurnia y origen divino, que se alimenta de la sangre de hombres y niños y en ocasiones los devora. Precisamente, en el Louvre se encuentra un amuleto de bronce conocido como Placa de conjuro contra la Lamashtu, confeccionado para no caer enfermo o curar un mal y que se encontró en Irak junto a la figura de Pazuzu.

Lamashtu

Para evitar su acecho, las mujeres lactantes y embarazadas recurrían precisamente al demonio Pazuzu en forma de amuletos –llevándolos colgados del cuello y colocando otros de mayor tamaño en la pared–. Se creía que Lamashtu era la que causaba los abortos tocando siete veces el vientre de las mujeres encintas y la que durante la lactancia chupaba la leche de la madre impidiendo que el niño se alimentase: si no lo conseguía, ajaba los pechos de la mujer, dejándolos secos y con los pezones agrietados. Los sacerdotes –ashipu y mashmashu– recurrían a fórmulas mágicas para alejarla, como realizar una figurilla de Lamashtu con arcilla y colocarla sobre su víctima durante tres días. Para completarlo, según el investigador Javier Arries, «Dentro de un brasero de cenizas se guardará un cuchillo. El último día al ponerse el sol la imagen debe ser rota con el cuchillo. Los trozos deben ser enterrados en lo más oscuro de la pared».

Prisiones siniestras de la historia (II)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Por Óscar Herradón ©

(Pexels. Cameron Casey. Free License)

Alcatraz, un infierno de roca

En 1934 Alcatraz se convirtió en una cárcel federal, la más segura de Estados Unidos durante tres décadas, alcanzado una terrible fama, siendo pronto conocida como La Roca. La pequeña isla, situada en medio de la bahía de San Francisco, California. La isla fue descubierta por el español Juan Manuel de Ayala en 1775, quien la bautizó como «la Isla de los Alcatraces». 

Su solo nombre ya evoca imágenes terribles, un lugar inclemente en el que serían encerrados los delincuentes más peligrosos de Norteamérica. Sus guardias fueron seleccionados meticulosamente, eran los más duros e inclementes del país, a la altura de los reos, o peor. Los prisioneros solo podían recibir una visita al mes –si el alcaide daba el visto bueno– y las celdas medían 1,5 por 2,75 metros, una auténtica jaula de 9 hectáreas en la Costa Oeste.

En 1400 una leyenda de los nativos americanos afirmaba que la isla estaba habitada por espíritus malignos, y lo cierto es que desde que se abrieron sus puertas los funcionarios hablaban de extraños sucesos, sobre todo cuando, tras torturas que aunque fueron negadas por las autoridades de la época, casi con seguridad tuvieron lugar en sus celdas, muchos prisioneros intentaron suicidarse. La prisión parecía estar maldita. Precisamente una serie de 2012 de J.J. Abrams, el visionario creador de Perdidos y la última trilogía de Star Wars, y titulada Alcatraz, utiliza como telón de fondo la Roca para una trama llena de misterios y episodios entre lo fantástico y lo parapsicológico en la línea de sus series anteriores. Sin duda, al realizador no se le escapó el aura de malditismo que desde hace décadas rodea a esta isla-prisión.

Varios testigos aseguran que un viejo faro que fue construido en la isla en 1854, y derribado tras ser dañada su estructura en el terremoto que tuvo lugar en 1906, suele aparecerse de forma repentina, en noches donde la niebla se erige en protagonista, aparición acompañada de un extraño silbido y de una luz verdosa –¿la del antiguo faro?– centelleante.

En el conocido como «Cuarto del Lavadero», donde al parecer fue asesinado un preso conocido como “el carnicero”, los guardias de antaño afirmaban que ocasionalmente emanaba un fuerte olor a humo, como si algo estuviera ardiendo en el interior de la estancia, pero sin dejar rastro alguno a los pocos minutos.

También hay testimonios que aseguran que se aparece el espectro de Robert Franklin Stroud, conocido como “el hombre pájaro”, quien estuvo en Alcatraz más de 50 años, siendo uno de sus presos más célebres. Su apodo le vino por la afición a criar pájaros –llegó a tener más de 300 canarios en su celda–. A pesar de su amor a los animales, Stroud tenía un amplio currículo delictivos salpicado de atracos, robos y asesinatos no exentos de sadismo –entre otros, apuñaló a su hermano hasta la muerte–. Stroud falleció en un hospital penitenciario el 21 de noviembre de 1963. Cuentan que cuando le viene en gana, se aparece sentado en la cama de su celda, estancia en la que también suelen “escucharse” sonidos extraños.

Stroud

Sin duda, el “inquilino” más célebre de la Roca fue el gángster por antonomasia, Al Capone, que ingresó en la Roca por sus múltiples delitos –delitos que le costó demostrar a su eterno antagonista, Elliot Ness– en agosto de 1934, siendo el preso número 85 de Alcatraz. En un primer lugar había sido encarcelado en la prisión de Atlanta, pero desde aquel lugar, mucho menos temible, era todavía capaz de sobornar y controlar prácticamente todos sus negocios en el exterior, así que fue trasladado al lugar en el que acabaría perdiendo prácticamente la razón apenas unos años después, probablemente a causa de la sífilis, pasando la mayor parte de su reclusión en el hospital de la prisión, donde era vigilado estrictamente, sin contacto posible con el exterior, hasta que, ya muy enfermo, fue liberado el 16 de noviembre de 1939. Arruinado y destrozado física y mentalmente, se recluyó sin contacto con el exterior en su propiedad de Miami Beach (Florida), muriendo de neumonía tras haber sufrido cuatro días ante un derrame cerebral, el 21 de enero de 1947. El rey del hampa moría alejado de la “gloria” de su pasado criminal.

No es extraño que teniendo en cuenta su aura legendaria, su huella se dejase ver tiempo después de su salida de la Roca por sus corredores. La leyenda volvía a estar «viva» y algunos guardias, sin duda marcados por una fuerte sugestión o por el afán de la notoriedad, que tanto mueve a los hombres, afirmaban incluso escucharle –a su fantasma, en todo caso–.

Bloque de Celdas D

El conocido como Bloque D –Cellblock D–, estaba formado por 42 cédulas –celdas– en las que se aplicaban con rigor restricciones a los presos. Las celdas 9 a la 14 eran conocidas por los guardias como «el agujero», por considerarlo la residencia del mal, el lugar reservado para los peores delincuentes. Consistía en celdas de aislamiento: un colchón y cuatro paredes vacías acolchadas. En una de estas estancias, terrible, cuentan que sucedieron extraños fenómenos, como la muerte de un reo que se hallaba en su interior, aislado, y cuyo cuerpo apareció sin vida sin saberse quién o qué pudo asesinarle. Lo encontraron con una expresión de auténtico pavor en su rostro y con marcas de dedos en el cuello; parece que murió por estrangulamiento. La autopsia reveló que era imposible que se hubiese infligido el ahogamiento a sí mismo y ninguno de los carceleros había entrado o salido del «agujero» hasta que fue encontrado.

En el mismo lugar también existen testimonios sobre la presencia fantasmal de un hombre vestido con el traje de presidiario caminando por el vestíbulo. Los médiums que han podido visitar el lugar hablan de resanciones de tortura y experiencias terribles, y los parapsicólogos han corroborado que la temperatura es inexplicablemente unos 20 grados más baja que en el resto del recinto. Equipos de parapsicólogos que han registrado extrañas alteraciones en sus aparatos eléctricos e incluso han grabado psicofonías.

Otro de los lugares más tétricos de la Roca es el hospital. Tras su cierre nunca han cesado de reportase informes sobre misteriosas apariciones. En la actualidad los vigilantes nocturnos hablan de gritos extraños, presos «invisibles» que corren y aseguran incluso que han oído al mítico Capone nada menos que ¡tocando el banyo!

Aunque los informes son imprecisos, se cree que 64 hombres murieron tras estos muros o tratando de escapar –a pesar de que tuvieron lugar algunos intentos espectaculares, hasta 14 intentos a lo largo de su historia–. Las condiciones tan terribles provocaron que se sucedieran los intentos de los reos de autolesionarse o suicidarse. Un caso célebre fue el de un preso que se cortó con un hacha los de dos de una mano y después le dio el arma a otro reo para que le cortara los de la otra. No es fácil creerse esta historia porque dudo mucho que en una prisión de máxima seguridad un reo pudiera hacerse con un hacha así como así…

Eastern State Penitentiary (Filadelfia, EEUU)

Curiosamente, el aura de «prisión encantada» ya atormentaría al propio Capone aún en vida, pero no en Alcatraz, sino en la prisión de Eastern State, en Philadelphia, donde sería encerrado entre 1929 y 1930. Cuenta la historia de esta siniestra prisión, hoy reconvertida en siniestro museo carcelario, que serviría como telón de fondo a la exitosa serie televisiva Prison Break, que Capone era perseguido allí por el fantasma de una de sus víctimas. De ser cierta esta historia, con demasiado olor a leyenda, es posible que el gángster ya empezara a mostrar entonces signos de su futura demencia. No es la única historia fantasmagórica que rodea Eastern State, conocida también como Cherry Hill, pues se habla de otras apariciones y de risas diabólicas que han escuchado incluso aquellos que aún hoy visitan sus ruinosas dependencias, algunas tan célebres como el Bloque 12, como por otro lado sucede en prácticamente todas las cárceles estadounidenses en las que se practicaba la pena de muerte.

Actualmente, es uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad y sitio histórico administrado por el Servicio de Parques Nacionales como parte del Parque Nacional Golden Gate.

Los Plomos de Venecia

Es una prisión harto conocida, pero no por ello hay que prescindir de citarla en este post, por el aura de leyenda y misterio que la envuelve desde tiempos medievales: los popularmente llamados Plomos de Venecia. El Palacio Ducal de la ciudad de los canales, de estilo gótico, fue residencia de los dux de la ciudad, siendo a su vez sede del gobierno y prisión, una prisión por lo demás bastante siniestra durante siglos.

Su preso más célebre fue Giacomo Casanova, eterno conquistador y caradura, ingenioso escritor y talentoso maestro en las artes del engaño, que viajó de corte en corte y tuvo una existencia apasionante. Aparte de ser uno de sus más insignes «inquilinos», lo que nos interesa a la sazón es que muchos testigos afirman que el «espíritu» de Casanova sigue apareciéndose –cuando a él le da la real gana, eso sí, que siempre fue un alma libre–, por las estancias y pasillos del Palacio, causando espanto a aquellos «privilegiados» que se topan con él.

El Penal de Ushuaia

Esta siniestra prisión, conocida como «la cárcel del fin del mundo», se mantuvo en funcionamiento de 1904 a 1947. Su nombre se debe a la lejana ubicación en que fue erigida, en la ciudad argentina de Ushuaia, la región más austral del planeta, donde el aislamiento y las extremas condiciones climatológicas convertían el penal en un auténtico infierno de rejas alejado de la civilización.

Estaba formado por cinco pabellones principales que alojaban a 540 presidiarios, custodiados por 250 personas; 380 calabozos con muros de roca de 60 cm de grosor. A pesar de las durísimas condiciones, parece ser que los presos recibían educación primaria y una retribución por los trabajos realizados, algo impensables en otros de los infiernos de piedra de los que hemos hablado. E incluso formaron una banda de música.

Actualmente la prisión de Ushuaia se ha convertido en un museo, declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, que recuerda a sus visitantes lo que es capaz de hacer el hombre con sus congéneres. Y hay muchas más, cuyos muros algún día traspasaremos, cual entidades oscuras y etéreas, en «Dentro del Pandemónium».

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.