Gaudí: el soñador de Barcelona

Bruguera publica la biografía ilustrada con la que el valenciano Max Vento se suma a las celebraciones del centenario de la muerte del genio catalán, una historia que se centra en los orígenes y la juventud que dieron forma a la figura del gran arquitecto.

Óscar Herradón ©

Antoni Gaudí murió tres días después de que un tranvía lo atropellara a las puertas de su propia obra inacabada, el 7 de junio de 1926 –lo cuento ampliamente en un reportaje en Muy Interesante publicado cuando se cumplió el centenario–. Cien años después, ese mismo accidente sirve de umbral narrativo a esta obra que nos brinda Bruguera, Gaudí: el soñador de Barcelona, donde el autor aborda una tradición que domina mejor que casi nadie en el panorama español: la de la novela gráfica biográfica sobre artistas, un género que en Francia y Bélgica lleva décadas consolidado y que Vento ha cultivado desde dentro.

Conviene situar al autor antes que al libro. Vento no llega a Gaudí como turista del formato. Antes de esta biografía firmó en Francia, con la editorial Steinkis, Kokoschka: portrait d’un amour expressionniste, un retrato del pintor vienés y de su tormentosa relación con Alma Mahler: el artista como personaje romántico, la creación como consecuencia directa de la herida sentimental. Ese oficio previo se nota en cómo está construido este Gaudí, que no aspira, según ha explicado el propio autor, a funcionar como manual de su obra ni como guía turística de Barcelona, sino a reconstruir una biografía admitiendo que en los huecos documentales entra la ficción.

El niño observador reconvertido en genio «loco»

El libro se mueve, de hecho, en el terreno que la crítica francófona suele llamar biographie romancée: los hechos verificables (la infancia enfermiza, el paso por la escuela de arquitectura, la fama de dandi, el amor no correspondido, el giro místico que lo lleva a entregarse por completo a la Sagrada Familia) conviven con escenas y diálogos inventados para dar continuidad emocional a lo que la documentación deja fragmentado. Es la misma apuesta que sostenía su Kokoschka y que, como en aquel álbum, funciona mejor cuando el objetivo es la caracterización psicológica que cuando se le pide precisión histórica. El propio Vento lo asume al presentar la obra como «basada en hechos reales»: una fórmula que en el cómic biográfico opera igual que en el cine, como aviso de que la fidelidad es de espíritu, no de acta notarial.

La ambición del libro, según se desprende de su planteamiento, es acumulativa: no un Gaudí sino varios, el niño observador de las formas en el taller familiar de su padre calderero, el estudiante al que sus profesores no sabían si tomar por loco o por genio, el hermano, el profesional cuestionado y aplaudido a partes iguales, el místico que termina por desaparecer dentro de su obra. Esa multiplicación de registros es la principal virtud del planteamiento y también su mayor riesgo. El marco que elige Vento, arrancar y cerrar con el accidente del tranvía, ayuda a contener ese riesgo, porque convierte el resto del álbum en una larga mirada retrospectiva desde la muerte, un recurso ya probado en otras biografías dibujadas de artistas y que aquí funciona como columna vertebral. Y lo hace a la perfección.

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