Libros, cómics, reportajes y cultura de vanguardia
Autor: oscarherradon
Óscar Herradón es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido durante ocho años redactor jefe de la revista Enigmas (a la que estuvo vinculado durante dieciséis años hasta el último número de la publicación) y catorce meses redactor jefe de Año/Cero, de diciembre de 2018 a febrero de 2020. Es autor de numerosos artículos en revistas especializadas del campo del misterio y de la historiografía, y autor de varios libros: "El secreto judío de Cervantes", (Espejo de Tinta, 2005), "Historia oculta de los reyes" (Espejo de Tinta, 2007), La Orden Negra. El Ejército Pagano del Tercer Reich (Edaf, 2011), "Los Magos de la Guerra" (Libros Cúpula, Grupo Planeta, 2014), "Espías de Hitler" (Luciérnaga, Grupo Planeta, 2016) y "Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial (Luciérnaga, Grupo Planeta, 2018).
También ha colaborado en radio, realizando durante más de dos años semanalmente la sección "Enigmas Históricos" en el programa "Hoy por Hoy" de la Cadena Ser Madrid Norte y durante varios meses, en 2019, una sección en la Cadena COPE, en "La Noche en COPE", a nivel nacional, sobre misterios de la Segunda Guerra Mundial.
Miguel de Cervantes fue uno de los más ilustres de nuestras letras, y su monumental Quijote en dos partes es considerado por muchos el inicio de la novela moderna. Ahí es nada. Además, fue un valeroso soldado que luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, episodio bélico que él mismo describiría como «la más importante ocasión que vieron los tiempos». ¿Cuál fue su papel en este enfrentamiento en medio del mar que teñiría de sangre las aguas del Mediterráneo?
Batalla de Lepanto (Antonio de Brugada, Wikipedia)
Como buen exponente del Siglo de Oro en que le tocó vivir, para Cervantes la profesión de soldado era probablemente aquello de lo que se sintió más orgulloso durante toda su ajetreada vida. Para el escritor, como buen caballero, las armas siempre fueron tan importantes como las letras, quizá más, como se desprende del famoso Discurso de las armas y las letras que recita don Quijote en su obra cumbre, pues sin acción, la teoría, está vacía de contenido:
«…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».
En dicho discurso, de una alta calidad literaria y reveladora elocuencia, Cervantes volverá sobre el recurrente tema de la llamada «Edad de Oro»:
«Bien haya aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención…».
No se trata sin embargo de ningún discurso pacifista, Cervantes lo que hace es reivindicar las antiguas armas de los nobles caballeros –espada, lanza– puras y sin la capacidad de exterminio de las modernas armas de artillería, que el autor aborrece, pues con ellas «no se puede demostrar la verdadera valentía de un guerrero». Hace 400 años el concepto de pacifismo actual –reivindicable y loable, por supuesto– habría sido considerado absurdo, probablemente cobarde.
No olvidemos que el ilustre don Miguel, aun con su evidente modernidad y amplitud de miras, fue un hombre de su tiempo, una época en la que los esquemas mentales de los hombres poco tenían que ver con los de hoy en día, otra de las razones por las que su obra se nos antoja más difícil de interpretar.
El caso es que en Lepanto el autor demostraría el valor de un auténtico héroe. Era el 7 de octubre de 1571 y cuando la flota en la que viajaba, en una galera conocida como La Marquesa, se enfrentó a las embarcaciones turcas, Cervantes se encontraba en el entrepuente que servía de enfermería, acechado por la malaria. La intensa fiebre y los vómitos que padecía no impidieron que ocupara una posición de gran riesgo en la celebérrima batalla, situándose en el esquife de la embarcación, donde corría el peligro de recibir fácilmente un proyectil o un arcabuzazo.
Tras largas horas de cruenta lucha cuerpo a cuerpo, reiterados abordajes y un inmenso océano teñido de sangre –el mismo autor así lo describiría–, la flota española consiguió vencer finalmente al Turco, no sin antes haber sufrido grandes pérdidas tanto uno como otro bando. Nuestro héroe sufrió también graves heridas de las que siempre se sentiría profundamente orgulloso: recibió tres arcabuzazos –sin duda por la posición de riesgo que ocupaba–, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que le valdría el sobrenombre de «el manco de Lepanto». El «manco» que escribiría la obra cumbre de las letras hispánicas.
PARA INDAGAR ALGO (MUCHO) MÁS:
Para una visión global de la gran empresa de Lepanto, recientemente, y con motivo del 450 aniversario de tal acontecimiento, la editorial Edaf ha publicado el exhaustivo y apasionante ensayo Gloria imperial. La jornada de Lepanto, firmado por dos grandes conocedores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey.
Una visión novedosa de un episodio clave del imperio español. Durante siglos, Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa –contra el Infiel–, pero este trabajo muestra también cómo dicha causa (de fe) estaba subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales, pues como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, tampoco en las grandes gestas históricas. Al comienzo de la batalla que tiñó de rojo las aguas del Mare Nostrum, el imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado prácticamente de existir, y el enemigo de España perdido toda su hegemonía y poder marítimos. El Turco no estaba acabado tras el lance contra Juan de Austria (enviado por su hermano de padre Felipe II a comandar tal empresa), pero nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de tal importancia. En sus páginas conoceremos todo tipo de detalles, desde los políticos y económicos a los puramente militares y armamentísticos.
Aquí dejo el enlace para adquirir el libro en la web de la editorial:
Recientemente, la editorial Almuzara, con una loable dedicación a la divulgación histórica, publicaba Galeras de Guerra. Historia de los grandes combates navales (480 a.C.-1571 d.C.), del autor Víctor Aguilar-Chang. Precisamente, el libro finaliza en el último de los grandes enfrentamientos de este tipo de embarcaciones, el de la Batalla de Lepanto, comandada por don Juan de Austria, hermano por parte paterna del mismísimo Felipe II. Pero este ameno y completo ensayo se encarga de hacer un exhaustivo repaso por los barcos icónicos en las guerras del Mediterráneo durante más de dos milenios, ese Mare Nostrum que vio tanta sangre vertida en sus agitadas aguas; una monografía que llevará al lector a recorrer la evolución de las galeras de guerra, sus tácticas de combate y las estrategias seguidas por sus comandantes a través de tres grandes batallas que dejaron una huella indeleble en el océano: además de Lepanto, la de Salamina (480 a.C.) y la de Ecnomus (256 a.C.) He aquí cómo adquirirlo:
A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y venganzas.
En las sagas escandinavas se habla de distintos tipos de seres espirituales o «fantasmas». Los más célebres son los llamados Draugr, también llamados aptrgangr –cuyo significado literal es «el que camina después de la muerte»–, aunque el significado original de la palabra en nórdico equivale a fantasma: una criatura que podríamos considerar el equivalente al vampiro –strigoi– en otras culturas como la eslava, aunque con notables diferencias.
Los escandinavos de la Era Vikinga pensaban que vivían en las tumbas de los guerreros, utilizando los cuerpos de los difuntos, que eran enterrados en sepulcros de grandes riquezas, guardando celosamente sus tesoros. Según las sagas, poseían una fuerza sobrehumana, podían crecer de tamaño según su voluntad y les acompañaba la característica pestilencia de la putrefacción. También podían adquirir la apariencia de humo para salir de las tumbas con la intención de matar a sus víctimas de distintas formas: aplastándolas o devorándolas; también podían beber su sangre o volverlas locas. Solían desollar el ganado e incluso matar a los pastores. Como es habitual en esta cultura, a los Draugr también se les atribuían facultades mágicas –un arte conocido como trollskap– similar a la de los hechiceros y las brujas, que les permitían cambiar de forma –normalmente asumiendo la de distintos animales, como las focas–, controlar el clima y predecir el futuro, según la anticuaria y académica inglesa experta en paganismo H. R. Ellis Davidson. Solo un héroe podía acabar con su vida según los mitos, y el método preferido era decapitar a la criatura, quemar el cuerpo y lanzar las cenizas al mar.
Para prevenir que un fallecido se convirtiera en Draugr, se solían colocar un par de tijeras de hierro abiertas sobre su pecho, ataban los dedos gordos de los pies o clavaban agujas en su calzado para que no pudiera caminar o se enterraba el cadáver bocabajo. Además, el sarcófago debía ser izado y bajado tres veces en tres direcciones diferentes para confundir el sentido de orientación del Draugr.
Y es que se debía garantizar que el finado lo estaba en todos los sentidos, ya sea física, jurídica y legalmente, sin dejar ningún cabo suelto que pudiera forzar su regreso a esta vida: un muerto no estaba realmente muerto hasta que sus descendientes o herederos no ponían fin al funeral sino «bebiendo su herencia», el conocido como drekka erfi, como señala el que fuera profesor de literatura escandinava de la Universidad de la Sorbona, en París, Régis Boyer. Otra costumbre era la de escribir palíndromos en las tumbas para que el “retornado” perdiese el tiempo en descifrar una palabra sin comienzo ni final o enterrarlo con recipientes llenos de guijarros para que pasase la noche contándolos.
Cuando alguien fallecía, practicaban un agujero en la pared de la casa del difunto, a través de la cual se extraía su cadáver. Tras ello, se tapiaba el orificio según la creencia de que su «fantasma» –o Draugr– solo podría regresar a su hogar por el mismo lugar a través del cual había salido, la conocida como «puerta maldita». Si aún así no se podía evitar que penetrase en la vivienda, desenterraban su cuerpo y le cortaban la cabeza con una de sus armas, o bien le clavaban una estaca de madera en el corazón. Tras ello, lo quemaban y arrojaban las cenizas al agua.
Otra variedad de «fantasma» era el haugbui noruego –del nórdico antiguo haugr, que significa «túmulo»–, y cuyo nombre alude a que por lo general solo habitaba dentro de su recinto mortuorio, atacando solamente a aquellos que, según el autor Bob Curran, «ofenden su intimidad», pudiendo ser igualmente violentos, pudiendo también convertirse en piedras o algas.
Bestiario fantasmagórico
El listado de criaturas espectrales es enorme: los Genganger, espectros mensajeros que regresan para exigir que se repare una falta, convirtiéndose en criaturas terribles que drenan noche a noche la sangre de sus víctimas y finalmente descuartizarlas como bestias. Los Skotta, fantasmas femeninos que pueden ser bienintencionados o implacables y crueles, arrancando la cabeza de sus enemigos y bebiendo su sangre. Los Rati, por su parte, son los espectros de los que han fallecido tras presenciar la llamada Caza Salvaje de Odín, convirtiéndose en una suerte de No Muertos o «zombies» que se unen a su jauría, mientras que los Nithgengar daneses son a veces espectros que se aparecen a quienes los han asesinado y otras se convierten en zombies que no descansan hasta darles muerte.
La rica cosmogonía escandinava también cuenta con numerosos seres fantásticos, desde los gigantes –Jotun– que desafiaron a los dioses –AEsir y Vanir– al comienzo de los tiempos, hasta elfos –los álfar de la luz y los álfar oscuros–, enanos, valquirias, Nornas –que fijan el destino con sus decisiones– y toda una serie de bestias, como el lobo gigante Fenrir, la serpiente marina que rodea el mundo, Jörmungandr –ambos hijos de Loki con la gigante Angrboda– o Ratatösk, la ardilla que escala las raíces del árbol Yggdrasil y que sirve como eje del Universo.
Jörmungandr
Águila de Sangre
Era un brutal método sacrificial humano mencionado en algunas sagas y por tanto probablemente legendario. Consistía en la matanza de un guerrero derrotado arrancando los pulmones y las costillas por su espalda, de forma que éstas parecían alas manchadas de sangre. La herida abierta era posteriormente cubierta con sal.
Algunos personajes que se presupone ejecutados de esta terrible manera fueron el rey AElla de Northumbria y Edmundo Mártir, rey de Anglia Oriental. No obstante, a día de hoy no existe evidencia arqueológica alguna que corrobore la realidad de tan terrible práctica. Se puso de nuevo de moda gracias a la exitosa serie catódica Vikingos.
Ritos de paso y magia en el hogar
Las mujeres nórdicas tenían rituales y conjuros para casi todas las actividades de la vida cotidiana. Durante el séptimo mes de embarazo, se pinchaban un dedo con una aguja y dibujaban con la sangre ciertos símbolos protectores sobre un trozo de lino, que guardaban hasta el nacimiento de su vástago. Asimismo, para favorecer el alumbramiento, parece que evocaban runas en forma de cantos mágicos llamados galdr. Y una vez venía al mundo, parece que el recién nacido era asperjado con agua con una rama, una práctica o rito de paso conocida como ausa barn vatni que pudo ser deudora del rito del bautismo cristiano; aunque también pudo tratarse de un antiguo rito de lustración (lustratio). Luego, el padre lo elevaba hacia el cielo como una suerte de ofrenda. Era habitual que el progenitor le hiciera el signo de Thor –una «T» invertida– con el puño, invocando la protección del dios del trueno, entrando así «su espíritu» en el pequeño cuerpo.
Parece que hubo una época, no especificada, en que existió la práctica del utburd o infanticidio: el padre tenía derecho a rechazar a su vástago al nacer y dejarlo abandonado para que lo devorasen los animales salvajes. Luego, podía convertirse en otra suerte de «fantasma».
La Cacería Salvaje
Odín era representado también cabalgando por el aire sobre su corcel de ocho patas a gran velocidad en medio de la tormenta, acompañado de un séquito de espíritus incorpóreos sobre corceles jadeantes con perros ladrando, y era conocido como el Cazador Salvaje. Cuando las gentes oían el estruendo del viento, temerosos, rugían ruidosamente, para evitar ser arrastrados por este suerte de «Santa Compaña» vikinga. Quienes se burlaban de la comitiva, eran arrastrados por la turba espectral.
Incluso tras la implantación del cristianismo, las gentes del norte seguían temiendo las tormentas. ¿Y qué cazaban? Dependiendo de la saga, el trofeo podía ser un caballo salvaje, un jabalí visionario o las Doncellas del Musgo –ninfas de la madera–, simbolizadas por las hojas caídas en otoño.
El post tendrá una parte final protagonizada por los Berserker. En breve, en «Dentro del Pandemónium».
PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS, CONSULTAD:
BOYER, RÉGIS:La vida cotidiana de los vikingos (800-1050). José J. De Olañeta Editor, 2000.
CURRAN, BOB:Vampires: a field guide to the creaturas that stalk the night. Career Press, 2005.
ELLIS DAVIDSON H.R.:The Lost Beliefs of Northern Europe. Routledge, 1993.
BREAKING NEWS!
Una de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII.
Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):
Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente.
Pueblo (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo:
A lo largo de casi tres siglos surcaron los mares y aterrorizaron las costas de Europa. Aguerridos soldados, fueron mucho más que simples bárbaros: llevaron el comercio a Oriente y desembarcaron en tierras desconocidas. Devotos de sus dioses y grandes supersticiosos, la magia y la profecía formaban parte de su vida cotidiana y su universo espiritual estaba poblado de seres aterradores, maleficios y oscuras venganzas.
Existen numerosas lagunas documentales por las que es difícil precisar muchos aspectos sobre la cultura vikinga. Y el de los sacrificios humanos es uno de los más delicados. Sin embargo, aunque parece que no era una costumbre muy extendida, existen hallazgos arqueológicos que demuestran que los pueblos nórdicos sí los realizaron.
Al parecer, estaban reservados a los prisioneros de guerra o esclavos, personas que iban a morir o que carecían, en palabras de la experta en este campo Laia San José Beltrán, de cualquier tipo de derecho. Según afirma, «se debe relativizar el carácter brutal de los vikingos ya que estos sacrificios humanos no eran corrientes. Solo ocurrían cuando las peticiones estaban asociadas a acontecimientos que amenazaban la vida de los hombres como guerras, hambrunas, epidemias, expediciones peligrosas o festividades de notoria relevancia».
La práctica de sacrificios está documentada, además de por vestigios arqueológicos, por varias fuentes escritas, entre ellas, los textos delcronista árabe Ahmad ibn Fadlan, quien en el siglo X convivió con algunos varegos o rus, con los vikingos del Volga, y quien fue testigo directo de la celebración de un majestuoso funeral de un rey o jefe durante el cual una de sus esclavas tomó la decisión de inmolarse para acompañar a su señor a la vida eterna a bordo del barco-tumba, en cuya cubierta depositaron varios animales sacrificados y utensilios que servirían al fallecido en el más allá.
Una vez hecha su promesa, ésta era vigilada por dos personas día y noche, y a pesar de su fatal destino, cantaba y bebía en un estado de felicidad que extrañó a Fadlan. El autor cita a un personaje capital durante el sacrificio: la figura conocida como el «Ángel de la Muerte», una anciana cuyo cometido principal era, por un lado, ocuparse del cadáver del jefe guerrero, y después, acabar con la vida de la esclava. Al cadáver le cortaban primero las uñas y el cabello, y no por un sentido estético en el marco funerario, sino en la creencia de que así retrasaban el fin de los tiempos, el Ragnarök –el destino de los dioses o la batalla del fin de los tiempos, donde se enfrentarán los dioses AEsir y los gigantes de fuego, cuando todo el Universo será destruido–, ya que se creía que los caídos del Hel –el infierno nórdico– navegarían rumbo al Asgard sobre naves hechas de uñas de los difuntos y velámenes tejidos con cabellos humanos.
Mientras se preparaba al difunto a conciencia, el propietario de cada tienda de la aldea mantenía relaciones sexuales con la esclava, como un extraño acto de devoción hacia su dueño, y después era trasladada a la embarcación, donde se la despojaba de sus joyas y abalorios. Acto seguido la colocaban junto al cuerpo inerte de su rey y dos hombres la amarraban por los pies y las manos, momento en el que el «Ángel de la Muerte» le pasaba una cuerda alrededor del cuello y daba los dos cabos restantes a sus hijas, sus ayudantes, que tirarían de ellos hasta asfixiarla, mientras la oficiante le clavaba varias veces un puñal sacrificial en el costado.
Drakkar sagrados
El último acto y el más solemne consistía en quemar el navío con su tripulación: los arqueros lanzan flechas ardientes cuando la embarcación penetra en las aguas, un elemento al que los vikingos rendían un culto especial, pues era donde pasaban la mayor parte de su vida. La pira funeraria, el féretro en forma de barco, viajaba hacia el Valhalla. Ya hemos señalado que los vikingos eran fuertemente supersticiosos, así que cuando salían a alta mar, para conjurar a los malos espíritus fijaban en el mascarón de proa de sus navíos –los célebres Drakkar, un tipo solo de los muchos barcos que usaban– una cabeza de dragón o de serpiente.
Curiosamente, una de las primeras leyes promulgadas por el Althing islandés –el Parlamento nacional de Islandia, fundado en el año 930– obligaba a los navegantes vikingos que atisbaban una isla a retirar las cabezas totémicas de animales que adornaban las proas, con la intención de «no indisponer a los buenos espíritus de la tierra». También, en sus viajes de conquista y colonización –según las teorías más atrevidas, incluso al Nuevo Mundo, como demostrarían los controvertidos vestigios de un asentamiento vikingo hallados en Terranova, en la zona de Point Roseel, que cuestionaría que fuera Colón el primero en avistar las costas de América–, siempre llevaban consigo las pilastras del asiento principal de sus viviendas, que arrojaban al agua al aproximarse a tierra y veían la dirección que tomaban arrastradas por la corriente. Cuando los maderámenes llegaban a algún punto de la costa, elegían el mismo para edificar su nuevo hogar como prueba de buena suerte –hamingja–.
No obstante, los barcos funerarios o habitáculos de madera con esta forma también, no fueron la única forma de enterramiento, extraordinariamente multiformes: por ejemplo, la costumbre de enterrar el cadáver, probablemente por influencia cristiana, se extendió paulatinamente por el Norte europeo a finales de la Era Vikinga, siendo sepultados en túmulos: promontorios de rocas junto al mar o pequeñas elevaciones de tierra desde las que el difunto pudiese «atisbar sus posesiones»; además, se creía que una elevación del suelo era una garantía de fuerza y, por tanto, de vida. Evidentemente, también se practicó la cremación, por lo que existe una gran confusión en torno al último pasaje de la vida de un vikingo.
Varios hallazgos arqueológicos atestiguan sacrificios humanos como el narrado líneas más arriba: en el territorio insular de Man se descubrió la tumba de un hombre con un rico ajuar funerario y, junto a su esqueleto, se hallaban los restos óseos de otro cuerpo, en este caso, de una mujer joven que tenía la cabeza rota, probablemente una esclava.
Dís
Por su parte, Adán de Bremen habla de un templo –a medio camino entre la leyenda y la realidad histórica, supuestamente destruido por orden del monarca sueco Ingold I en el año 1087–, conocido como el Templo de Uppsala y que tenía imágenes de tres de los grandes dioses: Odín, Thor y Frey. Al parecer, estaba completamente construido en oro y hasta él se realizaba una peregrinación –una suerte de éxtasis religioso– que todos los suecos debían realizar sin excepción y donde se realizaba el gran sacrifico o Disablót, durante el cual se ejecutaban nueve machos de cada especie durante nueve días consecutivos hasta sumar un total de 72 piezas. También parece que se sacrificaban hombres, aunque hay controversia sobre el testimonio de Bremen, quien parece que lo vivió en primera persona, según apoyarían varias fuentes documentales.
Hombres y animales eran degollados y su sangre recogida en cuencos, después se les colgaba bocabajo de las ramas de los árboles del bosque sagrado que rodeaba al templo. Los vikingos pensaban que la sangre tenía un carácter purificador, y que convertía en sagrado todo el espacio donde era esparcida.
Escritura mágica
Las runas son uno de los sistemas de escritura más misteriosos y controvertidos de la historia. Su nombre procede de run –runa en gótico–, cuyo significado es «secreto» o «susurro», lo que evidencia que su uso con fines mágicos fue una práctica muy restringida.
La escritura rúnica se divide en varios alfabetos: el Futhark –derivado del nombre de las seis primeras runas: f, u, th, a, r, k– antiguo, que consta de 24 runas; el Futhorc anglosajón, una versión extendida del anterior que consta de 29 runas y el denominado Futhark joven, también llamado escandinavo, de 16 runas.
La Edda poética Rúnatal cuenta el origen mitológico de esta poderosa escritura, que tiene al Árbol Yggdrasil, el árbol de los germanos, como eje central, fundamental en su cosmogonía: según la leyenda, las ramas de este fresno mágico se extienden por el mundo entero y se alzan hasta los cielos. A su alrededor se sitúan los nueve mundos poblados por distintos seres: dioses, gigantes, enanos, elfos y humanos.
Yggdrasil
Snorri Sturluson lo describe de la siguiente manera: «este fresno es el más grande y más bello de los árboles (…) Sus tres raíces están separadas las unas de las otras. Una llega hasta la región de los AEsir, y otra hasta la de los gigantes de hielo, el lugar donde antaño fuera Ginnungagap, y la tercera se mantiene por encima de Niflheim, bajo esta raíz, roída constantemente por Nidhogg, se encuentra la fuente Hvergelmir. Bajo la raíz que se alarga hasta la región de los gigantes de hielo se encuentra el aljibe de Mimir, un As muertos por los Vanes (…) y del que Odín embalsamó la cabeza para conservarla, donde se esconden la sabiduría y el conocimiento. Mimir, señor de esta fuente, es sabio por beber a diario de dicha fuente».
En relación a las runas, cuyo conocimiento «secreto» se encontraría precisamente en dicha fuente, al parecer Odín –Wotan–, para poder beber de sus aguas, tuvo que sacrificar uno de sus ojos –razón por la que aparece representado normalmente con un parche–, que Mimir guardó como garantía, hundiéndole en las profundidades de su manantial. Luego, en una práctica nuevamente de tintes chamánicos, el dios tuvo que colgarse durante nueve días del árbol cósmico, contemplando las inconmensurables profundidades de Niflheim, el reino de la oscuridad y la niebla y entrando en posesión de las runas. Gracias a éstas, y rejuvenecido por la experiencia, el dios capital del panteón nórdico reinó con sabiduría. Eso sí, no sin arrancar primero una rama del árbol sagrado con la que fabricó su lanza Gungnir.
Los expertos en sus supuestas propiedades mágicas eran conocidos como erilaz, «maestro o grabador de runas». Las fuentes medievales citan en varias ocasiones sus usos mágicos: en el poema heroico Sigrdrífumál se narra cómo las espadas se grababan con las palabras «runas victoriosas» para otorgarles mayor poder en la batalla, o se inscribía en ellas la runa tyr dos veces a modo de hechizo. Por contra, también se utilizaban para realizar maldiciones dirigidas a aquellos que destruyeran la inscripción o profanasen un lugar sagrado.
A los practicantes de este oráculo milenario se les denominaba vikti y acudían las gentes para realizar consultas adivinatorias, fabricar un amuleto o hacer y deshacer algún tipo de hechizo. Eran también los encargados de grabar símbolos rúnicos en las espadas de los guerreros, dotándolas de un poder sobrenatural para aumentar su fuerza en el combate, siguiendo las instrucciones del Rúnatal, una especie de manual de fórmulas mágicas de Odín. Durante el ritual, se realizaba también un canto –galdra– propio de cada runa, y la visualización de la misma, con la intención de hacer vibrar la consciencia del vikti con la esencia del material en el que se grababan dichas runas. Para darles color, utilizaban sangre –incluso menstrual– y, tras realizar una petición, se entregaba algún elemento votivo o alimento con el fin de propiciar la obtención de lo que se anhelaba. Las runas se grababan en piedras independientes que, según cayeran en un recipiente o en el suelo, vaticinaban el futuro.
Este post continuará sondeando las profundidades del Asgard en una próxima entrega (aunque no seamos valerosos guerreros muertos en batalla de un tajo).
PARA SABER UN POCO / MUCHO MÁS:
Ático de los Libros nos regala una joya historiográfica sobre los protagonistas de nuestro post: Vikingos. La historia definitiva de los pueblos del norte. Un exhaustivo recorrido, profusamente documentado y contrastado por interminables fuentes, no así complejo en su lectura, que firma el prestigioso historiador y arqueólogo inglés Neil Stuppel Price, uno de los investigadores mundiales que más saben sobre los vikingos de Escandinavia y la apasionante arqueología del chamanismo, que es actualmente profesor en el Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la ciudad sueca de Uppsala.
En esta voluminosa monografía de casi setecientas páginas, Price nos muestra un retrato fidedigno de los pueblos del norte pero alejado de una óptica distorsionada muy presente en la historiografía que pretendía satisfacer los gustos de cronistas medievales, dramaturgos de la Inglaterra isabelina o potenciales imperialistas y que ha permanecido en gran parte hasta el día de hoy. Basándose, como buen conocedor de su campo, en las últimas investigaciones y descubrimientos arqueológicos –aunque ha sido duramente criticado en diversos medios por el apoyo a la teoría de los denominados «vikingos queer»–, el arqueólogo nos traslada en un épico recorrido desde la caída del imperio romano a manos bárbaras hasta el siglo XII, rastreando los oscuros orígenes, aún colmados de claroscuros, de los guerreros de Odín, descubriéndonos su rica cultura y compleja cosmología –que influyó desde a los nazis más iluminados hasta las últimas y más colosales producciones de Hollywood marca Marvel–, explicando, con rigor, qué demonios –nunca mejor dicho– les impulsó a realizar saqueos por media Europa desde que asolaron en un primer momento las costas inglesas. Un pueblo salvaje a la vez que instruido en numerosos campos, contradictorio y multifacético.
Una historia monumental, y como bien reza el título, probablemente definitiva –al menos de nuestro tiempo, pues siempre se realizan nuevos descubrimientos– sobre los guerreros de Odín. Imprescindible.
Otra de las más importantes novedades bibliográficas en torno a los guerreros nórdicos es este ensayo publicado por Ediciones Rialp: Los Vikingos. De Odín a Cristo, escrito a cuatro manos por Martyn y su hija Hannah Whittock, dos de los mayores conocedores de la historia europea. Martyn es profesor de historia –labor que desarrolla desde hace más de 35 años– y autor de una abultada lista de ensayos en los que aúna un ameno y preclaro estilo divulgativo así como una minuciosa labor de investigación y documentación. Por su parte, Hannah es experta en cultura anglosajona, nórdica y celta, por lo que su aportación a esta monografía es más que considerable. Juntos nos ofrecen una apasionante mirada global sobre este pueblo de feroces guerreros que recorría las costa del Viejo Continente saqueando y prendiendo fuego a la flota enemiga durante el siglo VIII.
Lo más apasionante del ensayo es que se acerca a una visión mucho más amplia de los vikingos que su faceta «salvaje», y es que tres siglos más tarde de sus recordadas incursiones incluso contra monasterios (como el de Lindisfarne, en Northumberland, el 8 de junio del 793, fecha considerada el inicio de la Era Vikinga), los miembros de este pueblo ya se habían convertidos al cristianismo, y eran devotos fervientes que ya no destruían iglesias sino que las edificaban y ornamentaban con cruces de oro. En estas vibrantes páginas se explica esta radical transformación de la sociedad vikinga y cuál fue su legado para la historia. He aquí el enlace de la editorial para adquirir el libro (disponible en papel y en versión electrónica):
Por su parte, la Editorial Actas ha publicado recientemente un soberbio volumen en cartoné con sobrecubierta de casi 400 páginas: Vikingos. Historia de un pueblo guerrero. Está firmado por la joven investigadora María de la Paloma Chacón Domínguez, egresada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Historia militar. Un ensayo en el que, con buen pulso narrativo y lenguaje sencillo la autora nos muestra quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran las creencias y costumbres de este pueblo guerrero con orígenes nórdicos que pondrían en jaque durante tres siglos –a partir del año 793, que realizan su primera gran incursión, en la isla inglesa de Lindisfarne– a campesinos, clérigos y reyes de gran parte del Viejo Continente y del Próximo Oriente. Pueblos (o más bien pueblos, en plural) lleno de claroscuros, salvajes guerreros cuasi demoníacos para unos, fueron sin duda también grandes navegantes (y descubridores), fructíferos granjeros y hábiles artesanos; colonos natos que expandieron las fronteras del mundo conocido más allá del Atlántico varios siglos antes de que lo hiciese Cristóbal Colón, de lo que dan cumplido testimonio yacimientos vikingos como L’Anse aux Meadows, en Canadá. Un viaje trepidante –y voluminoso– al corazón del pueblo guerrero. He aquí la forma de adquirirlo: http://actashistoria.com/titulo.php?go=2&isbn=978-84-9739-200-6
Y si lo que queremos es una visión menos ortodoxa, cargada de anécdotas y «sorpresas» sobre el pueblo guerrero nórdico, lo mejor es sumergirnos en las páginas de otra novedad de la Editorial Almuzara, un nuevo título de su exitosa colección «Eso no estaba en mi libro…», en este caso de los vikingos, claro. Firmado por Irene García Losquiño, Doctora en Estudios Escandinavos por la Universidad de Aberdeen y máster en Estudios Medievales y que, por tanto, sabe bien lo que cuenta, y lo cuenta fenomenal, con rigor, gracia y espíritu divulgativo.
No se olvida tampoco, algo bastante usual en la historiografía escrita por el «patriarcado», de las mujeres vikingas, y nos cuenta la epopeya de Helga –u Olga– de Kiev, y su apasionante conversión al cristianismo ortodoxo, siendo la primera persona del pueblo rus en ser proclamada santa. No se olvida Losquiño de mujeres guerreras que hicieron historia aun a la sombra de los rudos varones escandinavos, vikingas a medio camino entre la realidad y la ficción –que sí tienen protagonismo en sagas nórdicas medievales– y que la televisión ha hecho célebres a través del personaje de Lagertha de la serie Vikingos. No faltan los dioses y los demonios, los monstruos y los Berserker, de los que pronto hablaremos en «Dentro del Pandemónium»… Un completo repaso, lleno de guiños cinematográficos y culturales, por los pueblos del Norte. La web de la editorial: