Antoine de Morès: el primer fascista

Ediciones Pasado & Presente publica El primer fascista. La fascinante vida y el oscuro legado del marqués de Morès, del historiador italiano Sergio Luzzatto, una minuciosa biografía del aristócrata francés pionero del populismo.

Óscar Herradón ©

Antoine de Morès murió en 1896, acribillado por una partida tuareg en el desierto argelino, al frente de una caravana con la que perseguía la fantasía de una alianza franco-musulmana contra británicos y judíos. Con esa muerte terminó una vida de fracasos sucesivos que, sin embargo, Sergio Luzzatto convierte en el hilo conductor de una genealogía incómoda: la del fascismo antes del fascismo, con un pulso narrativo encomiable y un manejo sustancial de fuentes. El autor, el italiano Luzzatto, ostenta la cátedra Emiliana Pasca Noether de Historia Moderna de Italia en la Universidad de Connecticut. Es doctor por la Scuola Normale Superiore de Pisa y por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Durante casi veinte años fue profesor titular de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Turín.

El primer fascista, que ahora publica en castellano Pasado & Presente en una edición para elogiar, es la biografía de Antoine Amédée Marie Vincent Manca di Vallombrosa, marqués de Morès, aristócrata francés de origen sardo nacido en 1858. Luzzatto reconstruye una trayectoria itinerante y estrepitosa: la carrera militar abandonada, la primera quiebra bancaria saldada por su padre, el matrimonio con Medora von Hoffman, hija de un banquero de Wall Street, y el traslado a Dakota, donde intentó revolucionar el comercio de carne mediante las nuevas técnicas de refrigeración y fundó una ciudad, Medora, bautizada en honor a su esposa. Allí trabó amistad con Theodore Roosevelt, el futuro presidente. También aquel proyecto naufragó, y Morès atribuyó el fracaso a una supuesta conjura de comerciantes judíos.

De ese fracaso nacieron otros viajes: Hong Kong, la India, un ferrocarril hacia el golfo de Tonkín que nunca se construyó. Y luego, entre 1888 y 1893, justo antes del caso Dreyfus, los años de la política francesa, en los que Morès promovió un nacionalismo agresivo y un antisemitismo militante, organizando grupos de activistas dispuestos al choque callejero. Fue un fracaso más, quizá el más humillante por su exposición pública, el que lo empujó a Argelia en 1894 y, finalmente, al desierto donde encontró la muerte.

¿Cuáles son las verdaderas raíces del fascismo?

Morès en un duelo contra el capitán Mayes.

El libro no se limita a la biografía de un aventurero fallido. Luzzatto lo usa para reabrir un debate historiográfico de fondo: si las raíces del fascismo hay que buscarlas en la ruptura de la Primera Guerra Mundial, como sostiene Emilio Gentile, o en un sustrato ideológico decimonónico que ya circulaba por el París de fin de siècle, tesis asociada sobre todo a Zeev Sternhell. Según el crítico Alessandro Vanoli en doppiozero, Luzzatto se inclina claramente por la segunda vía, aunque matiza la propuesta de Sternhell: la genealogía francesa del fascismo corre el riesgo de ser una construcción esencialista, hecha casi solo de ideas y desligada de la existencia concreta de un partido o un régimen. Frente a eso, Morès aporta algo distinto: no una doctrina, sino una práctica. Un hombre de acción, no de pensamiento, que combinó odio racial, una pretendida solidaridad interclasista (el populismo, palabra aún por acuñar) y violencia organizada.

Drumond

El telón de fondo es igual de relevante que el protagonista. Vanoli subraya que el libro retrata también el mundo que rodeó a Morès: la Francia posrevolucionaria, el Segundo Imperio con su nobleza mundana, el auge de una sociedad de consumo y de una burguesía insegura que se sentía amenazada por el movimiento obrero y las crisis cíclicas, y un imperialismo global que se extendía desde las praderas norteamericanas hasta el Sáhara. En ese paisaje aparecen figuras como Édouard Drumont, autor del panfleto antisemita La France juive, y Maurice Barrès, testigo de la degradación pública de Alfred Dreyfus en enero de 1895.

Más de 500 páginas que se leen con el rigor de un ensayo antes que con la ligereza de una novela, aunque el autor, versado en el oficio (en 2011 ganó el premio Cundill de Historia y entre sus obras destaca una tetralogía sobre la Revolución Francesa y diversos títulos de historia italiana, entre ellos Partisanos, publicado en castellano por Debate en 2015) coquetee con recursos narrativos propios de la biografía de aventuras. Esa combinación explica el eco que el libro tuvo también en la prensa cultural italiana, que no ha dejado de leerlo en clave contemporánea: la crítica de Simon Levis Sullam en Domani presenta a Morès directamente como precursor tanto de Mussolini como de formas actuales de populismo autoritario, una lectura que el propio Luzzatto no rehúye.

Mussolini.

Lo que queda, cerrado el libro, es menos una respuesta que una advertencia: el fascismo, antes de ser un régimen, fue un repertorio de gestos, lenguajes y odios disponibles mucho antes de 1922, y Morès los ensayó todos sin éxito alguno hasta que la historia, décadas después, encontró a alguien capaz de hacerlos funcionar. Sobre el libro, Caroline Weber, autora de Proust’s Duchess, ha dicho: «Parte aventurero, parte emprendedor, parte ideólogo, el marqués de Morès es una de las figuras más fascinantes del siglo XIX, cuyas proezas abarcan los cuatro continentes. Pero, por encima de todo, Luzzatto demuestra en esta soberbia biografía que Morès es el antecesor de los movimientos nacionalistas y antisemitas de la ultraderecha, que siguen coleando en nuestros días. El primer fascista ofrece una mirada indispensable y urgente a un pasado tóxico que, por desgracia, puede ser también un trágico prólogo».

Francofacts: desmontando los bulos sobre el franquismo

La editorial Pasado & Presente publica Francofacts, un libro que marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo y que sin duda tu cuñado no quiere que leas. Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie, y que intenta hacernos llegar, en un virtuoso maridaje entre el humor y la academia, un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente.

Óscar Herradón ©

Este libro marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo. Un título que debería ser de obligada lectura en las escuelas. Un catálogo de respuestas a las sempiternas preguntas acerca de nuestro pasado común: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Se ha muerto Paco? El curioso lector podrá exclamar: ¡Esto no venía en mi libro de bachillerato! Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie. Dos jóvenes, aunque sobradamente preparadas, figuras de referencia en sus respectivos campos de creación aúnan esfuerzos para hacer llegar un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente. Es el fruto del maridaje entre el humor y la academia, un irresistible cóctel que invita a reír y a pensar. 

La guerra incivil

El 18 de julio de este 2026 se cumplieron 90 años del trágico inicio del golpe de Estado que daría pie a la Guerra Civil Española (que en realidad comenzó un día antes, en el norte de África), y casi un siglo después la población española está más polarizada que nunca desde el fin de la dictadura, que siguió al fin de la brutal contienda y duró 40 años. En un tiempo del auge de la ultraderecha en todo el mundo, y también de los movimientos de izquierda radical que han alimentado en parte la llama totalitaria, al igual que los fracasos de las políticas supuestamente progresistas que en muchos lugares han causado el efecto contrario al pregonado por sus gobiernos, el recuerdo de aquella guerra fratricida –y las versiones contrapuestas sobre su origen, desarrollo y final–, en definitiva sus fantasmas, están más vivos que nunca desde hace más de cincuenta años.

Los movimientos de izquierdas utilizan a Franco al más mínimo embate para atacar a los nuevos referentes de la derecha (algunos sí, ultraderecha), mientras que estos mismos suavizan el papel represor del militar nacido en Ferrol (ya no «del Caudillo») mientras extienden versiones alternativas que distorsionan la realidad histórica de una época terrible. Es entonces cuando se hace necesario, en medio de este maremágnum agitado y crispado, poner los puntos sobre las íes, desvirtuar teorías conspirativas sin fundamentos y acudir a las fuentes primarias para confeccionar la historia tal cual fue, nuestra historia, la de todos. No la historia alternativa, ni la sesgada ideológicamente (de una parte u otra del espectro ideológico, que aunque menos, también hay teorías conspirativas que ganan fuerza entre los sectores de izquierda).

En este sentido, y lejos de esa literatura revisionista hoy tan de moda que cala entre los jóvenes como nunca antes (muchos de ellos llegan a afirmar cosas como que «con Franco se vivía mejor» cuando el dictador murió hace más de cincuenta años), o que fue la izquierda la que inició la guerra en el 36, debemos reaccionar. No hay que minimizar, no obstante, algunos desvaríos de esos mismos movimientos de izquierda que ayudaron –que no justificaron, ojo– a abonar el campo de la rebelión: la quema de iglesias, la subversión al orden establecido, los golpes independentistas –como el de Cataluña que puso en un brete a Manuel Azaña–, etcétera. Pero no, no empezó la guerra el Frente Popular ni parece que dieran un pucherazo en las elecciones de febrero, como dicen una y otra vez, hasta la saciedad, los «grandes» conocedores de la historia del siglo XX.

Pues bien, este libro surge precisamente para echar abajo los muchos bulos sobre la bonhomía de Francisco Franco Bahamonde, por mucho que hiciera pantanos e implantara –mentira, no lo hizo él– nuestra Seguridad Social: cuando el dictador llegó al poder, este servicio llevaba más de treinta años en funcionamiento, iniciado a través de la comisión de reformas sociales de 1883 y comenzada a aplicarse en 1900, quedando la seguridad social institucionalizada en 1908 a través del Instituto Nacional de Previsión, INP. Pasado & Presente editorial, habitual en el Pandemónium por su amor y cuidado a la historia y a la divulgación, está detrás de la publicación de este Francofacts. Desmontando los bulos sobre el franquismo, del historiador y profesor asociado de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Hernández de Sánchez y el historietista español Pedro Vera, que como bien reza su subtítulo sirve para «Desmontar los bulos del franquismo», con mucha ironía, sarcasmo, mala leche y con ilustraciones realmente ingeniosas de Vera.

Patriota, honrado… y austero

Un lugar común de la historiografía revisionista y de los nostálgicos del régimen es que durante el franquismo «pudo haber corrupción, como en todo sistema político. Pero lo cierto es que Franco fue un ejemplo de austeridad y honradez», algo que desmonta sin dificultad Hernández de Sánchez (apoyado en una minuciosa bibliografía), que asegura que aunque la fama de tener las manos limpias es uno de los mitos más queridos por los franquistas: su ídolo entró en la guerra sin sueldo (porque la República le retiró al sublevarse su sueldo de general, de 2.500 pesetas al mes). A pesar de ello, Bahamonde contaba –como el resto de cómplices en la insurrección– con el seguro suscrito a su nombre por el financiero y contrabandista de tabaco Juan March (sí, el mismo que da nombre a la prestigiosa Fundación), por si las cosas salían mal.

Pazo de Meirás.

Tras la victoria, el Caudillo se autoasignó un sueldo de 50.000 pesetas al año, lo que según el autor «en absoluto explica el monto real que acumuló a lo largo de sus cuarenta años de ejercicio en el poder». Al margen de sus honorarios oficiales, Franco se enriqueció de manera fraudulenta por tres vías: la apropiación de donativos efectuados por particulares adictos a su causa; la venta de café regalado por la dictadura brasileña; y el soborno, disfrazado de donativo, de la empresa norteamericana de telecomunicaciones ITT. A o largo de los años de la guerra, Franco recibió en su cuartel general donaciones en metálico y en especie. Según las investigaciones del historiador Ángel Viñas, el Caudillo se habría reservado para sí mismo parte de las aportaciones que sus simpatizantes hicieron a la suscripción nacional abierta para financiar la guerra. Y mucho más: junto a dinero y joyas, el Caudillo recibió otros valiosos obsequios que engrosaron su patrimonio personal, como el Pazo de Meirás (A Coruña), el Palacio del Canto del Pico, en Torrelodones (Madrid); apartamentos en Alicante; fincas en Marbella; y olivares en Mancha Real (Jaén). Suma y sigue.

Spanish illustration of a dictator handling money amid stacks of cash
Imagen creada con la IA de WordPress.
Ley de Responsabilidades Políticas.

Mientras Franco y su entorno prosperaban de forma meteórica, sus principales partidarios se forraban mediante el pillaje autorizado por la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 que, en palabras del hispanista Paul Preston, fue «en esencia un mecanismo para justificar la expropiación masiva de los vencidos». Incontables patrimonios cambiaron de manos gracias a la delación, la denuncia o la usurpación, al tiempo que los vencidos quedaban en la ruina, ya fuera por las elevadísimas multas y sanciones económicas que acompañaban a las condenas impuestas por los tribunales militares o por la pérdida total de sus ahorros al ser declarado nulo y sin valor el dinero emitido por la República.

Otra fuente de enriquecimiento de los incondicionales de la dictadura pertenecientes a clases modestas fue la concesión de estancos de tabaco, despachos de aceite, licencias de taxi o puestos de portería y conserjería. De esta forma, el régimen generaba un sector social que le debía gratitud y dispuesto a colaborar como adulador entusiasta o como confidente. Las élites, por su parte, se vieron favorecidas por la purga del mundo intelectual, académico y técnico, y la propia familia del patriarca también sacó tajada de su poder: su yerno, el marqués de Villaverde, emprendió un negocio de importación de motos italianas de marca Vespa introducidas en el país a través de una sociedad de la que era presidente el marqués de Huétor de Santillán, jefe de la Casa Civil del Generalísimo, es decir, «uno de los que cortaba el bacalao en El Pardo». Los ejemplos son innumerables, y casi todos están explicados en este maravilloso libro ilustrado con corrosivos dibujos del artista Pedro Vera (uno de los maestros de la revista humorística El Jueves –que hasta no hace mucho, se publicaba los miércoles, cosas de la triste y letal crisis del kiosco–, donde fue creador, entre otros, de Nick Platino y Ortega y Pacheco) y escrito igualmente con cierta mala leche.

Cristóbal Martínez Bordiú

Regresando un momento sobre la familia del Caudillo, cuenta su autor que no se esperaba otra cosa de Cristóbal Martínez Bordiú, un señorito de segunda de la buena sociedad de Jaén con la carrera de medicina; y que una letrilla satírica corrió en los días que rodearon su boda con la única hija del dictador: «La niña quería un marido,/ la mamá quería un marqués, / el marqués quería dinero./ ¡Ya están contentos los tres!». El marqués de Villaverde acumuló gran cantidad de cargos públicos y privados, enriqueciéndose en poco tiempo. Entre 1950 y 1979 fundó, presidió o formó parte de los consejos de administración de diecisiete empresas, e introdujo a sus parientes en palacio, una trama de relaciones que pronto fue conocida como «el clan de El Pardo».

El libro está repleto de frases lapidarias (acompañadas de sus pertinentes e incendiarios dibujos) que deconstruyen la imagen dorada de los nostálgicos –y muchísima información para corroborar la tesis– como esta: «“Nuestra cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Y lo consiguieron hasta el día de hoy». Un libro valiente, provocador (más para unos que para otros) y tremendamente entretenido.

5000 años de poder femenino

Pasado & Presente, editorial apasionada y conocedora de la historia muy activa en el Pandemónium, publica La mujeres que gobernaron el mundo. 5000 años de poder femenino, de la historiadora y arqueóloga británica Elizabeth Norton, un libro apasionante y magníficamente elaborado que entrelaza con maestría las historias –muchas injustamente olvidadas durante siglos– de mujeres que ejercieron el poder efectivo.

Óscar Herradón ©

Elizabeth Norton, historiadora y arqueóloga formada en Cambridge, Oxford y con doctorado en King’s College London, rompe aquí con el marco que había definido toda su obra anterior –la corte inglesa y, sobre todo, los Tudor– para plantear algo que, según reivindica ella misma, nadie había hecho antes: un estudio dedicado exclusivamente a reinas y «reyes femeninos» que gobernaron por derecho propio, no como consortes, regentes o madres de reyes, sino como cabezas de estado en sí mismas, y hacerlo a escala global y a lo largo de cinco milenios. El libro recorre desde el Egipto de Hatshepsut hasta el Japón imperial, pasando por la Georgia medieval de Tamar la Grande, las reinas de Madagascar que resistieron la colonización francesa, la Castilla de Urraca, el reino kushita de Shanakdakhete o la Hawai de Liliuokalani, alternando figuras muy conocidas como Cleopatra, Catalina la Grande o Boudica con otras casi ausentes de la historiografía occidental.

El propio planteamiento metodológico es lo más interesante del proyecto: Norton ha explicado que le interesaba aislar un patrón, el de mujeres que accedieron y ejercieron el poder soberano sin mediación masculina, y comprobar si ese patrón se repetía con independencia de la época o el continente. Es una aproximación comparatista poco habitual en la historia de la monarquía femenina, que tradicionalmente se ha escrito país por país o dinastía por dinastía.

Gran aceptación de crítica y público

Cleopatra.

Alison Weir, autora de referencia en historia Tudor, elogió el rigor académico combinado con un ritmo narrativo ágil y destacó en particular la perspectiva internacional del libro de Norton. Con entusiasmo, escribió: «Este libro es una obra maestra. Una historia apasionante sobre la soberanía femenina. Para tratarse de un trabajo histórico basado en una impresionante investigación académica, es una lectura entretenidísima, repleta de detalles fascinantes y análisis perspicaces. Las mujeres que gobernaron el mundo, una invitación a la reflexión escrita con elegancia, sitúa a Elizabeth Norton entre nuestras mejores historiadoras. ¡Imprescindible!».

Isabel I de Inglaterra.

Desde el ámbito estrictamente académico, Elena Woodacre, especialista en monarquía femenina en la Universidad de Winchester y autora de un estudio de referencia sobre las reinas de Navarra (The Queens Regnant of Navarre: Sucession, Politics, and Partnership, 1274-1512), valoró que el ensayo ayuda a entender los obstáculos comunes que enfrentaron estas gobernantes y cómo lograron superarlos. Por su parte, Tracy Borman, historiadora y autora de biografías sobre Ana Bolena e Isabel I de Inglaterra, subrayó que el libro logra dar una lectura nueva incluso de figuras tan trilladas como Cleopatra o la propia Reina Virgen, lo cual no es poco mérito tratándose de dos de las reinas más escritas de la historia.

Queen in purple robes addressing a crowd from a carved throne

El punto fuerte de Norton, como en sus anteriores obras, sigue siendo la reconstrucción biográfica accesible y bien documentada. Además, el simple hecho de reunir por primera vez a estas mujeres bajo un mismo marco comparativo, y de rescatar a figuras como Shanakdakhete o las reinas malgaches del olvido casi total en que las tenía la historiografía en español, ya justifica por sí solo el proyecto.

¿Qué personajes encontraremos en el libro?

Estos son los capítulos que encontraremos en este absorbente ensayo de cariz femenino:

Capítulo 1: Damas poderosas y rectos esposos: Merneit de Egipto, Matilde de Inglaterra, Margarita I de Dinamarca, Noruega y Suecia, y Tecuichpotzin (Isabel Moctezuma) de los mexicas.

Capítulo 2: El problema del pariente varón: Cleopatra de Egipto, Carlota de Chipre, Blanca II y Leonor de Navarra.

Capítulo 3: Arrebatar el trono: Hatshepsut de Egipto, Irene de Bizancio e Isabel y Catalina II de Rusia.

Woman wearing a jeweled Byzantine crown and embroidered ceremonial robes
Irene de Bizancio (Imagen generada por la IA de WordPress).

Capítulo 4: Reinas niñas: María e Isabel II de Jerusalén, María Estuardo, Teriimaevarua II de Bora Bora  y Guillermina de los Países bajos

Capítulo 5: «Todos los cachorros del león leones son»: Tamara de Georgia, Juana de Francia (o Juana II de Navarra) y María Teresa de Austria.

Capítulo 6: La elección del fénix: Wu Zetian de China e Isabel I de Inglaterra e Irlanda.

Capítulo 7: Regimientos monstruosos: Atalía de Judá, Arsínoe IV de Egipto y María Estuardo.

Capítulo 8: Reinas guerreras: las candaces de Kush, Zenobia de Palmira, Isabel I de Castilla y Juana la Beltranjea.

Six women in Egyptian-inspired ceremonial clothing inside a carved temple
Candaces de Kush.

Capítulo 9: Los espejos de la reina Himiko: las ocho emperatrices reinantes de Japón.

Capítulo 10: Soberanía femenina y colonización: Victoria del Reino Unido, Lili’uokalani de Hawái y las reinas de la lluvia de lobedus.

Capítulo 11: La era de las emperatrices: las nababs begunes de Bhopal, Victoria de la India, Cora Gooseberry de Sídney y Ranavalona Ide Madagascar.

Capítulo 12: Reinas del siglo XX: Guillermina de los Países Bajos, Salote Tupou III de Tonga, Isabel II de Reino Unido y Margarita II de Dinamarca.

Crowned medieval queen addressing assembled knights beside an ornate throne