Algo quedará de nosotras (Galaxia Gutenberg)

La crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, y europea en particular, Mercedes Monmany, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, publica la estremecedora y valiente historia de diez heroínas de la Resistencia antinazi en el campo de concentración de Ravensbrück, que publica Galaxia Gutenberg.

Óscar Herradón ©

Se hallaba a 90 kilómetros al norte de Berlín y operó entre 1939 y 1945, con la caída del nazismo. El campo de concentración y exterminio de Ravensbrück, como otros KZ (konzentrationslager) del Tercer Reich, fue sinónimo del mal absoluto. En el marco de los aterradores experimentos médicos nazis, este campo ocupó un papel capital en la ignominia de las SS. Para la comprobación del efecto de determinados fármacos (entre ellos las sulfamidas) y de métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades a las que estaban expuestos los soldados alemanes en el frente, se utilizaron mujeres –en su mayoría detenidas políticas de origen polaco– a las que se causaban terribles heridas de forma intencionada que después eran tratadas por los facultativos según el caso.

Karl Gebhardt.

Aquellas desdichadas jóvenes de no más de veinte años la mayoría acabarían siendo conocidas como «las conejillas de Ravensbrück» y habrían de sufrir más que ningún otro paciente de los doctores de la muerte de las SS (y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta las depravaciones que se llevaron a cabo en Auschwitz-Birkenau o Dachau, entre otros KZ). Por orden de Karl Gebhardt, al frente de la medicina en los campos siguiendo las directrices del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, se les realizaban trasplantes de órganos, nervios e incluso huesos (a una interna se le llegó a extirpar la escápula que se le trasplantó a una paciente del hospital de Hohenlychen).

Lo más habitual era provocarles deliberadamente heridas en las que los doctores y enfermeros nazis inoculaban bacterias causantes de la gangrena y otras enfermedades graves. Después, dejaban a las prisioneras días enteros hasta que la enfermedad se desarrollaba. En ocasiones les administraban fármacos y en otras únicamente veían la evolución de la misma o realizaban la extirpación de los miembros infectados sin usar anestesia.

Muestra de los terribles experimentos nazis en los Juicios de Núremberg.

Algunos testigos afirmaron más tarde en Núremberg que los gritos de las internas eran espantosos, «como si no fueran humanos», y el olor debido a las infecciones insoportable. Y aquellos individuos se hacían llamar médicos… El número de infectadas llegó a las 75 internas; en ocasiones, para simular las condiciones de una herida de bala, se introducían en las heridas abiertas fragmentos de cristales, astillas de madera e incluso tierra, y posteriormente se procedía a realizar torniquetes a ambos lados de la incisión para frenar la circulación sanguínea y ver la reacción en la zona, que se vendaba con apósitos impregnados en diferentes sulfamidas; muchas de las mujeres eran devueltas al trabajo en el campo teniendo que soportar los dolores de las heridas, al menos las que podían aún levantarse de la cama… Murieron alrededor de 65 mujeres en las peores condiciones, y como ya era moneda común en estos laboratorios del horror, el SS Gebhardt tampoco obtuvo resultado positivo alguno, solo cadáveres, aunque demostró a Himmler y a Hitler que había hecho todo lo posible por salvar la vida de Reinhard Heydrich tras sufrir un atentado de la Resistencia en Praga en 1942.

Klauberg.

También en Ravensbrück se llevaron a cabo experimentos de esterilización realizados por el célebre ginecólogo Carl Clauberg, que dispuso de 200 mujeres de entre 20 y 40 años, casi todas judías, a las que inyectó en el útero una especie de cemento líquido, formalina, con la intención de causar su esterilidad, inyecciones que provocaron terribles quemaduras a las víctimas, muchas de las cuales murieron. La esterilización de las «razas inferiores» (como gustaba el régimen en llamar a los que no eran arios sin mácula) era una de las obsesiones de los médicos nazis y del propio Himmler y a conseguirla mediante un método más rápido y eficaz que la vasectomía y la ligadura de trompas se dedicaron también los esfuerzos del profesor Horst Schumann, en este caso en Auschwitz, que en septiembre de 1943 contó con un gran número de mujeres de entre 16 y 18 años para sus pruebas.

Schumann con Clauberg.

Su método consistía en la exposición de las prisioneras a altas dosis de rayos X que eran orientados hacia sus genitales. En un primer momento las mujeres, que desconocían las intenciones de Schumann –quien no les avisaba de la exposición a la radiación–, no sentían nada, pero pocos minutos después empezaban a experimentar dolores atroces en su abdomen y partes íntimas y sufrían violentos vómitos; tras la exposición, Horst solía extirparles los ovarios para verificar sus avances. Solo sobrevivieron seis de estas desdichadas. Estas operaciones también se llevaron a cabo en hombres de entre 18 y 35 años a los que después se extirpaba los testículos. Las fuentes de Núremberg hablan de que entre enero de 1942 y diciembre de 1944, Schumann castró a un millar de hombres. Estremecedor.

Algo quedará de mí                                  

Aunque por el campo pasaron –y sufrieron– hombres, fue el mayor lager dedicado casi en exclusividad a mujeres: por él pasaron durante el tiempo en que estuvo en activo más de 130.000 prisioneras de diferentes nacionalidades, incluidas mujeres opositoras al régimen de la esvástica, judías, gitanas y republicanas españolas, las cuales sufrieron trabajos forzados, abusos y estos deleznables experimentos médicos. Precisamente en el espantoso campo de Ravensbrück se desarrolla la apasionante –y a la vez estremecedora– historia del ensayo que recomendamos en el Pandemónium: Algo quedará de mí. Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de concentración de Ravensbrück.

La autora es Mercedes Monmany, quien en el título retoma el «non omnis moriar» horaciano y que presenta su contenido como un intento de rescatar del olvido a mujeres de convicciones firmes que enfrentaron dos totalitarismos, el nazi y el soviético, en distintos momentos de sus vidas. Escritora, crítica literaria, traductora y editora, Monmany, especializada en literatura contemporánea europea, es autora, entre otros ensayos, de Por las fronteras de Europas, Ya sabes que volveré (que sigue la misma línea de este último trabajo, sobre las escritoras judías muertas en Auschwitz Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Komar, publicado también con gran acogida por Galaxia Gutenberg) y Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados de la literatura del siglo XX.

Violette Szabo.

La galería reúne perfiles muy dispares: la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo, la aristócrata Anne de Bauffremont-Courtenay, la brigadista Lise London, Geneviève de Gaulle, la testigo de campos nazis y soviéticos Margarete Buber-Neumann, la periodista checa Milena Jesenská, la religiosa ortodoxa Marie Skobtsova, la espía británica Violette Szabo y la joven poeta polaca Grazyna Chrostowska, ejecutada con veintiún años. Cinco murieron y cinco sobrevivieron para dar testimonio, y Monmany construye el libro precisamente sobre esa tensión entre la memoria escrita y el silencio impuesto tras la Liberación, cuando el relato oficial priorizó la épica militar sobre el testimonio de las supervivientes de los campos.

Tillion.

El libro se sostiene sobre todo en dos de sus figuras, Tillion y Delbo, que son también las más trabajadas por la crítica anglosajona y francesa. Tillion reelaboró su testimonio de 1946 en sucesivas versiones hasta 1988, combinando el rigor etnológico con la experiencia directa del campo, mientras que Delbo optó por una escritura más poética y fragmentaria de la memoria traumática; ambas rechazaron, cada una a su manera, la idea de que la experiencia concentracionaria fuera inexpresable.

Mujeres realizando trabajos forzados en Ravensbrück.

Monmany, al reunir a francesas, alemanas, checas, británicas, polacas y rusas bajo un mismo techo narrativo, insiste en que la resistencia femenina europea no fue un fenómeno nacional sino continental, y que buena parte de sus protagonistas siguieron pagando un precio político después de 1945, ya bajo regímenes comunistas. Es un libro de vocación coral y ensayística, escrito con la erudición de crítica literaria que caracteriza a su autora, más cercano en ambición al ensayo histórico-biográfico que a la investigación de archivo, y su mayor logro está en la construcción de esa red de vidas cruzadas de mujeres que hicieron historia, y la padecieron.

Precuela. Una lucha de Estados Unidos contra el fascismo

Capitán Swing publica este ensayo de la periodista Rachel Maddow que recuerda un episodio histórico olvidado del país de las barras y estrellas que muestra el auge de los extremismos del pasado en una nación cada vez más polarizada bajo el segundo mandato de Donald Trump.

Óscar Herradón ©

Precuela es un ensayo histórico y político verdaderamente revelador en el que Rachel Maddow explora de forma incisiva un episodio poco conocido de la historia estadounidense: la presencia y expansión de movimientos fascistas y pro-nazis en los Estados Unidos durante las décadas de 1930 y 1940, en el periodo de Entreguerras y en la Segunda Guerra Mundial, en la que el país entró oficialmente tras el ataque japonés de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El libro nace de la investigación realizada para el pódcast de la autora, Ultra, y funciona como una advertencia sobre la fragilidad democrática y la facilidad con la que el extremismo puede infiltrarse en instituciones aparentemente sólidas.

Juicio a los saboteadores nazis (1942).

Uno de los mayores aciertos del ensayo es su capacidad narrativa. Y es que Maddow tiene amplia experiencia televisiva y eso se nota en el ritmo: convierte una investigación histórica compleja en un relato casi de thriller político. Figuras como el sacerdote católico estadounidense nacido en Canadá Charles Coughlin (que hizo un soberbio uso de la radio para llegar a la audiencia de forma masiva), el propagandista y poeta germanoamericano George Viereck -que llegaría a actuar brevemente como agente nazi en la guerra- o el movimiento America First aparecen no como anécdotas a pie de página, sino como parte de una red ideológica que simpatizaba con Hitler y buscaba debilitar la democracia estadounidense desde dentro.

Operación Pastorius

Viereck.

Precisamente en 1942 tendría lugar uno de los episodios más insólitos de la Segunda Guerra Mundial, y sería la infiltración para atentar en territorio estadounidense de varios agentes nazis que finalmente serían desenmascarados, detenidos por el FBI y ejecutados. Fue denominada Operación Pastorius por el Abwehr –el servicio de inteligencia militar alemán comandado por al almirante Wilhelm Canaris–, en honor al nombre del fundador del primer asentamiento alemán en América, Franz Daniel Pastorius (Germantown, Pensilvania, 1683).

Bandera del German American Bund.

El objetivo de los ocho hombres enviados en dos grupos por el Tercer Reich –liderados, uno por George John Dasch y el otro por Edward Kerling– era sembrar el caos económico y el miedo civil: destruir fábricas de aluminio, infraestructura ferroviaria, la industria química y las instalaciones hidroeléctricas del río Ohio. Aprovecharían el enorme éxito –y la protección– que podían brindarles antiguos miembros del Bund Germano-Americano (German American Bund), un movimiento de inspiración nazi fundado en los EE. UU. en 1936, financiado por el gobierno de la Alemania nacionalsocialista y que en 1939 contaba con 20.000 miembros que llegaron a dar un multitudinario mitin en el Madison Square Garden de Nueva York el mes de febrero, movimiento que sería disuelto por las autoridades tras la entrada del país en la contienda. Sin embargo, una pifia de los espías alemanes, entrenados de forma apresurada antes de ser soltados cerca de la costa estadounidense en submarino, hizo que fueran rápidamente desenmascarados por agentes de J. Edgar Hoover y juzgados por un tribunal militar.

Rachel Maddow (Wikipedia).

En Precuela, Maddow también destaca el papel de periodistas, fiscales e investigadores que combatieron esa infiltración fascista en un tiempo en el que gozaba de gran aceptación entre algunos sectores, creciente, el movimiento nazi y fascista europeo. Así, la autora, en lugar de centrarse en los demagogos del pensamiento ultraconservador y filofascista, presta mucha atención a quienes intentaron frenarlo, en lo que se convierte en una combinación entre investigación histórica y advertencia contemporánea, pues establece paralelismos evidentes con la política estadounidense actual, lo que ha llevado a ciertos críticos a afirmar que la obra funciona más como una advertencia ideológica que como un análisis desapasionado.

Aunque fuera así –y a veces lo es–, la situación actual, de profunda polarización de la población y de decisiones absolutamente delirantes y en ocasiones incluso cercanas a la ilegalidad de la segunda Administración Trump, aceptan el símil (con sus grandes distancias, claro, pues por suerte no estamos en los tiempos del Tercer Reich, el fin del colonialismo o la Unión Soviética de Stalin), pero, en todo caso, la democracia –aunque no sea plena, según algunos sectores políticos– debe cuidarse. Y al margen de tratarse o no de una «advertencia», recordar este oscuro episodio del pasado estadounidense, un país que no mucho tiempo después se volvería paranoico con la llamada «infiltración comunista» es razón de peso para elogiar un libro de estas características.

Un ensayo convertido en best seller de The New York Times, con un enorme valor documental y la importancia de rescatar un capítulo históricamente olvidado, una obra que obliga al lector a reconsiderar la idea de que el fascismo fue un fenómeno exclusivamente europeo y que recuerda que las democracias liberales nunca están completamente inmunizadas frente a movimientos extremistas, y no solo de derechas.

Esclavos en la Europa del siglo XX

Espasa publica una historia única y en gran parte desconocida por el gran público de cómo las grandes potencias europeas reinstauraron la esclavitud en pleno siglo XX.

Óscar Herradón ©

El siglo XX fue sin duda uno de los más violentos de la historia. Aunque a lo largo de milenios los grandes imperios conquistaron a cuchillo –por la fuerza– a aquellos que acabarían siendo sus súbditos y convirtieron en esclavos a numerosos pueblos, la devastación y delirio violento del pasado siglo no tiene parangón –a pesar de que este siglo XXI que vivimos no sea precisamente un dechado de virtudes pacifistas, tal y como está ahora el panorama geopolítico–. A ello se debió la profunda polarización política y los extremismos ideológicos, y por supuesto la tecnología, esa que nos facilita tanto la vida pero que también hace que las armas sean mucho más devastadoras que las usadas siglos atrás (y eso sin hablar del armamento atómico, desarrollado precisamente en la Segunda Guerra Mundial, en Los Álamos, en el marco del ultrasecreto Proyecto Manhattan, pero también en otros lugares, incluida la Alemania nazi y la Unión Soviética).

Pues bien, tanta muerte y destrucción como trajo el siglo XX y sus dos guerras mundiales, tuvo también su reflejo en la opresión y la esclavitud, que es de lo que trata un minucioso ensayo recientemente publicado por Espasa y firmado por Michael Seidman, profesor de Historia en la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington, EE. UU.: Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945). Seidman es autor también del libro publicado en castellano por Alianza Editorial A ras de suelo: historia social de la República durante la Guerra Civil (2003).

Esclavos de la Revolución y de la Contrarrevolución

Group of men digging with pickaxes in snow while a guard watches
Imagen generada con la IA de WordPress.

En Europa, como en África y en Asia, la guerra dio impulso a la esclavitud y la esclavitud dio impulso a la guerra. La radicalización propia del periodo bélico favoreció la brutalización de la ética del trabajo. Regímenes muy distintos entre sí –tanto revolucionarios como contrarrevolucionarios– e incluso mutuamente hostiles, construyeron sus países e imperios fomentando diversas variantes de trabajo asalariado, forzado y esclavo. Estos Estados centralizadores coaccionaron directamente a cientos de miles de trabajadores, y, en algunos casos, a millones. Una autoridad estatal desbordada y decidida a crear o mantener imperios restableció la esclavitud y el trabajo forzoso por todo el continente europeo y sus colonias. La recuperación de la esclavitud por parte de regímenes de extrema izquierda y de extrema derecha se convirtió en una norma, con todo lo que ello conllevaba, «a costa de un ingente desperdicio de recursos humanos».

Trabajos forzados en el campo de Dachau.

Por supuesto, los campos nazis tienen en este asunto un papel capital, pero como señala el autor, buena parte de la literatura especializada en lengua inglesa se centró efectivamente en los campos de concentración y exterminio nazis, que estremecieron al mundo tras la caída alemana en 1945, dejando relativamente desatendidos el genocidio armenio y las experiencias italiana, española, francesa y soviética en aquellos aspectos que no fueron directamente genocidas. «La mayoría de los sistemas esclavistas no cometen genocidios ni aspiran a ellos , pero todos los genocidios –la forma más extrema de la nueva servidumbre característica de este periodo– incorporan la esclavitud», asegura Seidman.

Michael Seidman (Planeta).

En palabras del autor, «El genocidio, entendido como un proceso de sacrificio demográfico selectivo a gran escala dirigido a exterminar una etnia o una raza, produce el efecto perverso de convertir la esclavitud laboral en un privilegio para quienes sobreviven. La esclavitud laboral supone un robo de mano de obra; el genocidio, además, implica el saqueo de la propiedad y de las vidas de un grupo considerado peligroso y prescindible». Muy singular, por su salvajismo y gigantescas proporciones es el de los judíos bajo el Tercer Reich, pero hubo otros, no tan extremos, pero injustamente olvidados o relegados a una nota a pie de página por la historiografía.

La reinvención de la sumisión

Cadáveres de decenas de armenios en 1918.

El análisis de la reinvención de la esclavitud que desarrolla este revelador trabajo, rigurosamente documentado, se inicia con la Gran Guerra (después conocida como la Primera Guerra Mundial), un conflicto total en el que se recuperó el trabajo forzoso. Durante el siglo XIX, especialmente en América del Norte y Europa Occidental, tras un pasado terrible, tanto la esclavitud como otras formas feudales de relación laboral habían sido abolidas progresivamente y sustituidas por la mano de obra asalariada. Sin embargo, el estallido de la Gran Guerra en 1914 interrumpió esa tendencia hacia el trabajo «libre« y ante las exigencias de movilización propias de una guerra total, el liberalismo y el capitalismo de mercado quedaron relegados a favor del control y la dirección estatales de la economía.

Trabajadores forzosos en un campo franquista.

Aunque las naciones beligerantes afirmaban temer la «esclavitud» y la «barbarie» de sus enemigos, todas experimentaron con el uso de mano de obra forzada de grupos seleccionados por motivos políticos, religiosos y raciales. Fue un momento de reinvención de la servidumbre, en forma de esclavitud y trabajo forzado, en el continente europeo y de restablecimiento de la tortura y el asesinato en masa característico de sociedades esclavistas anteriores, que alcanzaría su máxima expresión de horror en la siguiente contienda global, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

¿Qué encontraremos en las páginas de este ensayo?

Prisioneros forzosos en el campo nazi de Sachsenhausen.

El libro comienza con la esclavitud y genocidio en el Imperio otomano, con la esclavización genocida de los armenios, y continua con la nueva esclavitud rusa, que abarca de 1914 hasta el neoesclavismo soviético durante la Segunda Guerra Mundial; dedica, como es lógico, varios capítulos al Tercer Reich y al esclavismo nazi durante la misma contienda («Esclavos y cautivos laborales en Alemania»; «La guerra y el trabajo según el nacionalsocialismo»; «Los esclavos sacrificados por el nazismo» y «La bestialización de los seres humanos», donde Seidman aborda con detalle y una asombrosa elocuencia incluso las estremecedoras mutilaciones médicas en los Lager); también el fascismo italiano, los campos de trabajos forzosos españoles o los campos de reclutamiento durante la posguerra, y también la esclavitud en el Imperio francés, para finalizar con el nuevo abolicionismo en la era de las guerras mundiales, así como la servidumbre en la URSS de la posguerra y la Guerra Fría en ciernes.