Coincidiendo con el ochenta aniversario del bombardeo de Hiroshima que pondría fin trágica y brutalmente, junto a Nagasaki, a la Segunda Guerra Mundial, Iain MacGregor publicó un libro que ahora lanza en castellano Ático de los Libros: Los hombres de Hiroshima, un recorrido apabullante y aterrador por uno de los momentos más oscuros de la historia humana.
A las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, un único avión sobrevoló la localidad japonesa de Hiroshima. Segundos después, un destello blanco, más brillante que el sol, convirtió la ciudad en un auténtico infierno. En ese instante comenzó una nueva era, y el mundo cambó para siempre.
Groves con Oppenheimer ante los restos de la prueba Trinity.
En Los hombres de Hiroshima, recorreremos el camino que condujo hasta ese momento decisivo tras el que nada volvería a ser lo mismo. Durante años, en plena Segunda Guerra Mundial y de lucha contra los totalitarismos (la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial) en laboratorios secretos y despachos del más alto nivel, se desarrolló una carrera científica y militar sin precedentes. Bajo la dirección del militar Leslie Groves y del físico Robert Oppenheimer, el Proyecto Manhattan dio forma a un arma capaz de cambiar el curso de la guerra… y de la historia. Mientras tanto, en los cielos del Pacífico, los hombres del coronel Paul Tibbets se preparaban para ejecutar una misión de la que dependía el desenlace del conflicto.
Little Boy.
En el exhaustivo ensayo, MacGregor, prestigioso historiador británico que trabaja también como editor de libros de no ficción desde hace más de treinta años –y del que Ático de los Libros tiene publicado también El Faro de Stalingrado. La verdad oculta en el corazón de la mayor batalla de la Segunda Guerra Mundial–, propone ampliar radicalmente el elenco de protagonistas de uno de los episodios más estudiados del siglo XX: no solo los científicos de Los Álamos ni el piloto que soltó la bomba, sino también el alcalde de Hiroshima, el periodista que reveló al mundo las consecuencias del lanzamiento de Little Boy aquel nefasto 6 de agosto desde el bombardero Enola Gay, y las voces japonesas que la historiografía angloamericana ha tendido a dejar en segundo plano siguiendo el relato de los vencedores. El libro es, en este sentido, más un ejercicio de historia coral, apoyado en un número impresionante de fuentes, tanto directas como indirectas, que una historia militar convencional.
Senkichi Awaya.
MacGregor construye el relato cortando con rapidez entre las historias de figuras centrales y otras mucho menos conocidas, convirtiendo incluso el propio bombardero B-29 en un personaje más de la trama. Los críticos destacan la habilidad del autor para reencuadrar una narrativa histórica de gran escala en lo que llama microrrelatos construidos sobre testimonios directos, una técnica que ya había ensayado en su libro anterior sobre el sitio de Stalingrado y que aquí aplica, por ejemplo, al retrato del alcalde Senkichi Awaya o a la peripecia casi cómica del físico Alexander Sachs intentando hacerse oír por el presidente Roosevelt.
El trabajo consigue retratar con detalle a las figuras del gobierno y el ejército estadounidenses que precipitaron el final de la guerra a la vez que inauguraban la tensa era nuclear que vino después, mientras que el historiador militar Mark Stille ha señalado que el examen del trasfondo, la tecnología y las personalidades de ambos bandos convierte al libro en lectura indispensable sobre el tema.
La larga sombra del hongo nuclear
Kodama.
El libro se sostiene, en última instancia, sobre un contraste deliberado entre registros: por un lado, la escala épica del relato –de los despachos de Washington a los laboratorios de Nuevo México, del frente aéreo europeo a los bombardeos incendiarios sobre Japón–; por otro, la intimidad de historias individuales como la de Michiko Kodama, superviviente de la explosión con la que MacGregor decide abrir el libro, una elección que hace que toda la obra se lea bajo la sombra del hongo nuclear desde la primera página.
Leído en conjunto, Los hombres de Hiroshima. La carrera por construir la bomba atómica y la fatídica decisión de usarla, funciona mejor como ampliación coral de un relato ya muy trabajado que como revisión historiográfica disruptiva: no aporta un descubrimiento documental que cambie la interpretación aceptada de por qué se decidió usar la bomba atómica, pero sí logra, con oficio narrativo, devolver rostro y voz a personajes secundarios de la memoria histórica que hasta ahora habían quedado eclipsados por los nombres mayores de Oppenheimer, Truman o Tibbets.
Un libro apabullante que ha sido descrito por el brillante historiador militar británico James Holland como: «Impresionante. La historia en su máxima expresión: una mezcla de erudición impecablemente investigada, fuentes primarias reveladoras y una narración apasionante».
Antoine de Morès murió en 1896, acribillado por una partida tuareg en el desierto argelino, al frente de una caravana con la que perseguía la fantasía de una alianza franco-musulmana contra británicos y judíos. Con esa muerte terminó una vida de fracasos sucesivos que, sin embargo, Sergio Luzzatto convierte en el hilo conductor de una genealogía incómoda: la del fascismo antes del fascismo, con un pulso narrativo encomiable y un manejo sustancial de fuentes. El autor, el italiano Luzzatto, ostenta la cátedra Emiliana Pasca Noether de Historia Moderna de Italia en la Universidad de Connecticut. Es doctor por la Scuola Normale Superiore de Pisa y por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Durante casi veinte años fue profesor titular de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Turín.
El primer fascista, que ahora publica en castellano Pasado & Presente en una edición para elogiar, es la biografía de Antoine Amédée Marie Vincent Manca di Vallombrosa, marqués de Morès, aristócrata francés de origen sardo nacido en 1858. Luzzatto reconstruye una trayectoria itinerante y estrepitosa: la carrera militar abandonada, la primera quiebra bancaria saldada por su padre, el matrimonio con Medora von Hoffman, hija de un banquero de Wall Street, y el traslado a Dakota, donde intentó revolucionar el comercio de carne mediante las nuevas técnicas de refrigeración y fundó una ciudad, Medora, bautizada en honor a su esposa. Allí trabó amistad con Theodore Roosevelt, el futuro presidente. También aquel proyecto naufragó, y Morès atribuyó el fracaso a una supuesta conjura de comerciantes judíos.
De ese fracaso nacieron otros viajes: Hong Kong, la India, un ferrocarril hacia el golfo de Tonkín que nunca se construyó. Y luego, entre 1888 y 1893, justo antes del caso Dreyfus, los años de la política francesa, en los que Morès promovió un nacionalismo agresivo y un antisemitismo militante, organizando grupos de activistas dispuestos al choque callejero. Fue un fracaso más, quizá el más humillante por su exposición pública, el que lo empujó a Argelia en 1894 y, finalmente, al desierto donde encontró la muerte.
¿Cuáles son las verdaderas raíces del fascismo?
Morès en un duelo contra el capitán Mayes.
El libro no se limita a la biografía de un aventurero fallido. Luzzatto lo usa para reabrir un debate historiográfico de fondo: si las raíces del fascismo hay que buscarlas en la ruptura de la Primera Guerra Mundial, como sostiene Emilio Gentile, o en un sustrato ideológico decimonónico que ya circulaba por el París de fin de siècle, tesis asociada sobre todo a Zeev Sternhell. Según el crítico Alessandro Vanoli en doppiozero, Luzzatto se inclina claramente por la segunda vía, aunque matiza la propuesta de Sternhell: la genealogía francesa del fascismo corre el riesgo de ser una construcción esencialista, hecha casi solo de ideas y desligada de la existencia concreta de un partido o un régimen. Frente a eso, Morès aporta algo distinto: no una doctrina, sino una práctica. Un hombre de acción, no de pensamiento, que combinó odio racial, una pretendida solidaridad interclasista (el populismo, palabra aún por acuñar) y violencia organizada.
Drumond
El telón de fondo es igual de relevante que el protagonista. Vanoli subraya que el libro retrata también el mundo que rodeó a Morès: la Francia posrevolucionaria, el Segundo Imperio con su nobleza mundana, el auge de una sociedad de consumo y de una burguesía insegura que se sentía amenazada por el movimiento obrero y las crisis cíclicas, y un imperialismo global que se extendía desde las praderas norteamericanas hasta el Sáhara. En ese paisaje aparecen figuras como Édouard Drumont, autor del panfleto antisemita La France juive, y Maurice Barrès, testigo de la degradación pública de Alfred Dreyfus en enero de 1895.
Más de 500 páginas que se leen con el rigor de un ensayo antes que con la ligereza de una novela, aunque el autor, versado en el oficio (en 2011 ganó el premio Cundill de Historia y entre sus obras destaca una tetralogía sobre la Revolución Francesa y diversos títulos de historia italiana, entre ellos Partisanos, publicado en castellano por Debate en 2015) coquetee con recursos narrativos propios de la biografía de aventuras. Esa combinación explica el eco que el libro tuvo también en la prensa cultural italiana, que no ha dejado de leerlo en clave contemporánea: la crítica de Simon Levis Sullam en Domani presenta a Morès directamente como precursor tanto de Mussolini como de formas actuales de populismo autoritario, una lectura que el propio Luzzatto no rehúye.
Mussolini.
Lo que queda, cerrado el libro, es menos una respuesta que una advertencia: el fascismo, antes de ser un régimen, fue un repertorio de gestos, lenguajes y odios disponibles mucho antes de 1922, y Morès los ensayó todos sin éxito alguno hasta que la historia, décadas después, encontró a alguien capaz de hacerlos funcionar. Sobre el libro, Caroline Weber, autora de Proust’s Duchess, ha dicho: «Parte aventurero, parte emprendedor, parte ideólogo, el marqués de Morès es una de las figuras más fascinantes del siglo XIX, cuyas proezas abarcan los cuatro continentes. Pero, por encima de todo, Luzzatto demuestra en esta soberbia biografía que Morès es el antecesor de los movimientos nacionalistas y antisemitas de la ultraderecha, que siguen coleando en nuestros días. El primer fascista ofrece una mirada indispensable y urgente a un pasado tóxico que, por desgracia, puede ser también un trágico prólogo».
La editorial Pasado & Presente publica Francofacts, un libro que marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo y que sin duda tu cuñado no quiere que leas. Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie, y que intenta hacernos llegar, en un virtuoso maridaje entre el humor y la academia, un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente.
Este libro marca un antes y un después en la historiografía sobre el franquismo. Un título que debería ser de obligada lectura en las escuelas. Un catálogo de respuestas a las sempiternas preguntas acerca de nuestro pasado común: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Se ha muerto Paco? El curioso lector podrá exclamar: ¡Esto no venía en mi libro de bachillerato! Su lectura deja un retrogusto de autenticidad y controversia que gustará o no, pero que no dejará indiferente a nadie. Dos jóvenes, aunque sobradamente preparadas, figuras de referencia en sus respectivos campos de creación aúnan esfuerzos para hacer llegar un mensaje a los españoles de bien: tu cuñado miente. Es el fruto del maridaje entre el humor y la academia, un irresistible cóctel que invita a reír y a pensar.
La guerra incivil
El 18 de julio de este 2026 se cumplieron 90 años del trágico inicio del golpe de Estado que daría pie a la Guerra Civil Española (que en realidad comenzó un día antes, en el norte de África), y casi un siglo después la población española está más polarizada que nunca desde el fin de la dictadura, que siguió al fin de la brutal contienda y duró 40 años. En un tiempo del auge de la ultraderecha en todo el mundo, y también de los movimientos de izquierda radical que han alimentado en parte la llama totalitaria, al igual que los fracasos de las políticas supuestamente progresistas que en muchos lugares han causado el efecto contrario al pregonado por sus gobiernos, el recuerdo de aquella guerra fratricida –y las versiones contrapuestas sobre su origen, desarrollo y final–, en definitiva sus fantasmas, están más vivos que nunca desde hace más de cincuenta años.
Los movimientos de izquierdas utilizan a Franco al más mínimo embate para atacar a los nuevos referentes de la derecha (algunos sí, ultraderecha), mientras que estos mismos suavizan el papel represor del militar nacido en Ferrol (ya no «del Caudillo») mientras extienden versiones alternativas que distorsionan la realidad histórica de una época terrible. Es entonces cuando se hace necesario, en medio de este maremágnum agitado y crispado, poner los puntos sobre las íes, desvirtuar teorías conspirativas sin fundamentos y acudir a las fuentes primarias para confeccionar la historia tal cual fue, nuestra historia, la de todos. No la historia alternativa, ni la sesgada ideológicamente (de una parte u otra del espectro ideológico, que aunque menos, también hay teorías conspirativas que ganan fuerza entre los sectores de izquierda).
En este sentido, y lejos de esa literatura revisionista hoy tan de moda que cala entre los jóvenes como nunca antes (muchos de ellos llegan a afirmar cosas como que «con Franco se vivía mejor» cuando el dictador murió hace más de cincuenta años), o que fue la izquierda la que inició la guerra en el 36, debemos reaccionar. No hay que minimizar, no obstante, algunos desvaríos de esos mismos movimientos de izquierda que ayudaron –que no justificaron, ojo– a abonar el campo de la rebelión: la quema de iglesias, la subversión al orden establecido, los golpes independentistas –como el de Cataluña que puso en un brete a Manuel Azaña–, etcétera. Pero no, no empezó la guerra el Frente Popular ni parece que dieran un pucherazo en las elecciones de febrero, como dicen una y otra vez, hasta la saciedad, los «grandes» conocedores de la historia del siglo XX.
Pues bien, este libro surge precisamente para echar abajo los muchos bulos sobre la bonhomía de Francisco Franco Bahamonde, por mucho que hiciera pantanos e implantara –mentira, no lo hizo él– nuestra Seguridad Social: cuando el dictador llegó al poder, este servicio llevaba más de treinta años en funcionamiento, iniciado a través de la comisión de reformas sociales de 1883 y comenzada a aplicarse en 1900, quedando la seguridad social institucionalizada en 1908 a través del Instituto Nacional de Previsión, INP. Pasado & Presente editorial, habitual en el Pandemónium por su amor y cuidado a la historia y a la divulgación, está detrás de la publicación de este Francofacts. Desmontando los bulos sobre el franquismo, del historiador y profesor asociado de la Universidad Autónoma de Madrid Fernando Hernández de Sánchez y el historietista español Pedro Vera, que como bien reza su subtítulo sirve para «Desmontar los bulos del franquismo», con mucha ironía, sarcasmo, mala leche y con ilustraciones realmente ingeniosas de Vera.
Patriota, honrado… y austero
Un lugar común de la historiografía revisionista y de los nostálgicos del régimen es que durante el franquismo «pudo haber corrupción, como en todo sistema político. Pero lo cierto es que Franco fue un ejemplo de austeridad y honradez», algo que desmonta sin dificultad Hernández de Sánchez (apoyado en una minuciosa bibliografía), que asegura que aunque la fama de tener las manos limpias es uno de los mitos más queridos por los franquistas: su ídolo entró en la guerra sin sueldo (porque la República le retiró al sublevarse su sueldo de general, de 2.500 pesetas al mes). A pesar de ello, Bahamonde contaba –como el resto de cómplices en la insurrección– con el seguro suscrito a su nombre por el financiero y contrabandista de tabaco Juan March (sí, el mismo que da nombre a la prestigiosa Fundación), por si las cosas salían mal.
Pazo de Meirás.
Tras la victoria, el Caudillo se autoasignó un sueldo de 50.000 pesetas al año, lo que según el autor «en absoluto explica el monto real que acumuló a lo largo de sus cuarenta años de ejercicio en el poder». Al margen de sus honorarios oficiales, Franco se enriqueció de manera fraudulenta por tres vías: la apropiación de donativos efectuados por particulares adictos a su causa; la venta de café regalado por la dictadura brasileña; y el soborno, disfrazado de donativo, de la empresa norteamericana de telecomunicaciones ITT. A o largo de los años de la guerra, Franco recibió en su cuartel general donaciones en metálico y en especie. Según las investigaciones del historiador Ángel Viñas, el Caudillo se habría reservado para sí mismo parte de las aportaciones que sus simpatizantes hicieron a la suscripción nacional abierta para financiar la guerra. Y mucho más: junto a dinero y joyas, el Caudillo recibió otros valiosos obsequios que engrosaron su patrimonio personal, como el Pazo de Meirás (A Coruña), el Palacio del Canto del Pico, en Torrelodones (Madrid); apartamentos en Alicante; fincas en Marbella; y olivares en Mancha Real (Jaén). Suma y sigue.
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Ley de Responsabilidades Políticas.
Mientras Franco y su entorno prosperaban de forma meteórica, sus principales partidarios se forraban mediante el pillaje autorizado por la Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 que, en palabras del hispanista Paul Preston, fue «en esencia un mecanismo para justificar la expropiación masiva de los vencidos». Incontables patrimonios cambiaron de manos gracias a la delación, la denuncia o la usurpación, al tiempo que los vencidos quedaban en la ruina, ya fuera por las elevadísimas multas y sanciones económicas que acompañaban a las condenas impuestas por los tribunales militares o por la pérdida total de sus ahorros al ser declarado nulo y sin valor el dinero emitido por la República.
Otra fuente de enriquecimiento de los incondicionales de la dictadura pertenecientes a clases modestas fue la concesión de estancos de tabaco, despachos de aceite, licencias de taxi o puestos de portería y conserjería. De esta forma, el régimen generaba un sector social que le debía gratitud y dispuesto a colaborar como adulador entusiasta o como confidente. Las élites, por su parte, se vieron favorecidas por la purga del mundo intelectual, académico y técnico, y la propia familia del patriarca también sacó tajada de su poder: su yerno, el marqués de Villaverde, emprendió un negocio de importación de motos italianas de marca Vespa introducidas en el país a través de una sociedad de la que era presidente el marqués de Huétor de Santillán, jefe de la Casa Civil del Generalísimo, es decir, «uno de los que cortaba el bacalao en El Pardo». Los ejemplos son innumerables, y casi todos están explicados en este maravilloso libro ilustrado con corrosivos dibujos del artista Pedro Vera (uno de los maestros de la revista humorística El Jueves –que hasta no hace mucho, se publicaba los miércoles, cosas de la triste y letal crisis del kiosco–, donde fue creador, entre otros, de Nick Platino y Ortega y Pacheco) y escrito igualmente con cierta mala leche.
Cristóbal Martínez Bordiú
Regresando un momento sobre la familia del Caudillo, cuenta su autor que no se esperaba otra cosa de Cristóbal Martínez Bordiú, un señorito de segunda de la buena sociedad de Jaén con la carrera de medicina; y que una letrilla satírica corrió en los días que rodearon su boda con la única hija del dictador: «La niña quería un marido,/ la mamá quería un marqués, / el marqués quería dinero./ ¡Ya están contentos los tres!». El marqués de Villaverde acumuló gran cantidad de cargos públicos y privados, enriqueciéndose en poco tiempo. Entre 1950 y 1979 fundó, presidió o formó parte de los consejos de administración de diecisiete empresas, e introdujo a sus parientes en palacio, una trama de relaciones que pronto fue conocida como «el clan de El Pardo».
El libro está repleto de frases lapidarias (acompañadas de sus pertinentes e incendiarios dibujos) que deconstruyen la imagen dorada de los nostálgicos –y muchísima información para corroborar la tesis– como esta: «“Nuestra cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Y lo consiguieron hasta el día de hoy». Un libro valiente, provocador (más para unos que para otros) y tremendamente entretenido.