Miguel Hernández, corresponsal de guerra

El hombre acecha al hombre, que publica Alianza Editorial, reúne por primera vez, de forma completa y anotada, el corpus periodístico de guerra de Miguel Hernández: treinta y cinco crónicas escritas entre el 16 de enero de 1937 y el 6 de abril de 1938, cuando el poeta de Orihuela combinaba el fusil con la pluma como comisario político del Ejército Popular.

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La cuidada edición corre a cargo del historiador valenciano Joaquín Riera Ginestar, profesor en la Marina Alta, que acompaña los textos de notas, acotaciones aclaratorias y fotografías originales del periodo. Conviene situar primero dónde nacieron estos escritos. No son crónicas de un corresponsal neutral, sino textos de propaganda destinados a levantar la moral de la tropa republicana, publicados en cabeceras como Pasaremos, Avanzadilla, Nuestra Bandera, La Voz del Combatiente o Al Ataque. Hernández escribe desde dentro del conflicto, como actor y testigo a la vez, y eso marca todo el volumen. No hay en él la equidistancia que sí buscaba, por ejemplo, Manuel Chaves Nogales en sus crónicas de la misma contienda fratricida. Riera Ginestar lo señala en su introducción con una fórmula tajante: en Hernández no hay ecuanimidad, ni real ni fingida.

El núcleo más logrado del libro son las tres crónicas dedicadas al asedio, asalto y toma del Santuario de Santa María de la Cabeza, en Jaén, donde unos doscientos guardias civiles y más de mil familiares resistieron nueve meses el cerco republicano. Es un episodio tan dramático como el del Alcázar de Toledo, pero mucho menos conocido, y aquí Hernández despliega su instinto de narrador épico, cargando la prosa de un aliento casi poético. Como cabía esperar, ofrece la lectura contraria a la que hicieron los sublevados: para él, la resistencia se sostuvo gracias al uso inmoral de civiles como escudos humanos.

El día a día en el frente

El resto del volumen retrata la vida cotidiana del frente: los primeros días de un combatiente novato, la crueldad del enemigo, la miseria del campesinado andaluz, las figuras de mandos como «El Campesino» (apodo del militar comunista pacense Valentín González) junto a soldados anónimos. Hernández se muestra además inflexible en materia de disciplina, hasta el punto de dictar normas de comportamiento para la tropa en sus permisos, con avisos sobre el alcohol, el tabaco y la vida sexual, entendiendo el cuerpo del soldado como un arma que hay que preservar. Y pese a escribir bajo consigna, no elude la crítica, pues lamenta la inexperiencia de los milicianos frente a un enemigo mejor equipado y denuncia el abandono de los frentes andaluces por el Gobierno central, que durante ocho meses de guerra los dejó casi sin tanques ni aviación mientras la aviación franquista actuaba a placer.

Alberti y León en La Habana en 1930.

Ahí está también uno de los mayores hallazgos del libro para quien busque curiosidades: el choque de Hernández con la llamada retaguardia dorada. El poeta cargó contra quienes en Madrid llevaban una vida disipada, «ajenos al drama del pueblo», organizando fiestas con champán en nombre del pueblo. Sus blancos, aunque no los nombrara, eran Rafael Alberti y María Teresa León, a quienes llegó a llamar «nuevos señoritos» en una visita a la capital. Alberti, según cuenta Riera Ginestar, le retó a escribir su crítica en una pizarra; Hernández la resumió en una frase que le costó una bofetada de María Teresa León. Otra perla del volumen es la respuesta que Hernández da a un miliciano que le afeaba errores en una de sus crónicas sobre el Santuario de la Cabeza: ahí se declara poeta y no periodista, y deja una de sus frases más citadas, la de que «la verdad habla a balazos».

Periodismo versus propaganda

La cuestión de fondo que plantea la edición, y que Riera Ginestar defiende con convicción, es si estos textos pueden leerse como un precedente del nuevo periodismo de los años sesenta: la narración en primera persona, la implicación del autor como parte de la historia narrada y la calidad literaria del conjunto apuntarían en esa dirección, con el compromiso político como aportación propia de Hernández. Es una tesis sugerente, aunque discutible, pues los textos obedecen a un fin distinto de informar y siguen consignas de parte, lo que los acerca más a la propaganda bien escrita que al periodismo narrativo stricto sensu. Si hay un pariente literario más ajustado sería John Reed, para quien el periodismo era también un arma para encender el espíritu revolucionario, antes que Tom Wolfe o Gay Talese.

Al margen de esa discusión de etiquetas, el valor del libro no depende de si se le llama periodismo o propaganda. Es un documento de primera mano, escrito a pie de trinchera, que muestra a un Hernández distinto del de los sonetos amorosos y las posteriores «Nanas de la cebolla». Un cronista de urgencia, ideológicamente comprometido hasta la médula, capaz de convertir el parte de guerra en literatura sin perder nunca la tensión testimonial. La edición de Riera Ginestar, con su aparato de notas y su cuidado contexto histórico, habitual en las ediciones de Alianza, es lo que permite leer estos textos no como curiosidad menor del poeta, sino como pieza necesaria para entender tanto al autor como el día a día de la guerra vivida desde dentro.

Héroes del Silencio. La chispa adecuada

El periodista musical Jesús Casañas publica en Alianza Editorial la biografía no autorizada de Héroes del Silencio, probablemente la más grande banda de rock que tuvo nuestro país, un libro sobre el grupo comandado por Enrique Bunbury de 1984 a 1996, que analiza su discografía disco a disco, canción a canción. ¿Preparados para la Avalanchaaa?

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Casañas se sumerge también en las armonías, letras, arreglos y producción de cada tema. Una doble vocación de crónica y análisis musical que distingue este trabajo de la enésima biografía de fan. El autor no es un recién llegado al oficio. Periodista y músico, licenciado en Economía y Periodismo, empezó a escribir sobre rock en 2006 en la revista Rock Estatal, de la que llegó a ser coordinador, y hoy firma en la decana Mondo Sonoro; antes de Héroes ya había publicado una biografía de Extremoduro, y a este le ha seguido Metallica: Nos veremos en el infierno, también publicado por Alianza y que reseñamos recientemente en el Pandemónium. Ese oficio se nota en la solidez documental del libro, aunque también arrastra el vicio de quien escribe para el lector ya convencido: da por sabidas muchas cosas que un lector no iniciado agradecería ver explicadas, quizá, con más calma. Pero es el único pero.

El libro organiza la historia del grupo capítulo a capítulo, álbum a álbum, desde el trío original (1984-1986) hasta Nunca fue tan breve una despedida (1995/1996), y cierra con una minibiografía de Enrique Bunbury a título de epílogo. La estructura funciona bien como armazón cronológico, pero es también la anécdota fundacional la que mejor resume el espíritu del libro: Héroes del Silencio nació en Zaragoza en 1984 como Zumo de Vidrio, formado por el guitarrista Juan Valdivia junto a su hermano Pedro y un primo, con Bunbury incorporado inicialmente como bajista. La leyenda –que Casañas recoge y contextualiza– cuenta que Valdivia decidió convertirlo en cantante después de escucharle interpretar una canción de David Bowie; un año después el grupo cambió de nombre y, tras quedar segundos en un concurso en Salamanca, llamaron la atención del productor de EMI Gustavo Montesano, que los firmó tras verlos en directo en la sala En Bruto de Zaragoza. Es el tipo de episodio fundacional que toda banda necesita y que el libro narra con oficio.

Una rock-band internacional

Donde el libro gana enteros es en el tramo internacional de la carrera, el menos conocido para el público español medio. Senderos de traición (1990) lo produjo Phil Manzanera, guitarrista de Roxy Music y fan confeso del grupo, y la gira posterior llevó a Héroes hasta México –donde conocieron al guitarrista Alan Boguslavsky, que terminaría integrándose en la banda– y hasta Alemania, donde una actuación en un concierto benéfico de Rock Against Racism les granjeó una legión de nuevos seguidores. El disco fue certificado triple platino en España y alcanzó el platino en Alemania y Suiza, un dato que sitúa a Héroes en un lugar casi único: el de banda hispanohablante capaz de vender en mercados no hispanos. El crítico angloparlante de AllMusic lo resume sin sentimentalismo alguno, calificando al grupo como una banda española cuyo virtuosismo e innovación impulsaron el resurgir del rock en español, un juicio que Casañas comparte pero que en el libro llega también recubierto de –merecida– épica.

Cómic de Héroes del Silencio actuando en Madrid en 1993, con público y texto: “HÉROES DEL SILENCIO”, “EL ESPÍRITU DEL VINO”, “YEEEEAHHH!!”, “ROCK!!”, “¡¡HÉROES!!!”, “¡AVALANCHA!”
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El clímax narrativo, inevitablemente, es Avalancha (1995), grabado en Los Ángeles con Bob Ezrin –productor de Pink Floyd y Alice Cooper– y con Boguslavsky ya coescribiendo temas. Los sencillos «Iberia sumergida» y «La chispa adecuada» encabezaron las listas españolas, y el tema título entró en rotación alta en MTV Europe; el disco debutó número uno en España y desató una gira de dieciocho meses y más de ciento cincuenta conciertos que, según reconoce el propio libro publicado por Alianza, terminó de desgastar a un grupo ya exhausto y en conflicto interno. El vídeo de «La chispa adecuada» fue elegido vídeo del año en los Billboard Latin Music Awards de 1996, la misma temporada en que la banda se disolvía. Ese contraste –el éxito comercial más alto coincidiendo con la implosión– es el mejor material dramático del libro, y Casañas lo sabe aprovechar con maestría. 

El epílogo está dedicado, como señalamos, a Bunbury. No podía ser de otra manera teniendo en cuenta la trayectoria de 30 años en solitario del cantante y compositor, muchísimo más longeva que la de los propios Héroes, con 15 discos de estudio. El volumen viene además ilustrado y acompañado de una playlist en Spotify (donde ahora la mayoría, reconozcámoslo, escuchamos la música; la era del streaming por mucho que nos gusten los surcos de los vinilos) y una selección de vídeos comentados en YouTube. El resultado es un productor realizado por el buen periodista musical, fiable, bien documentado, generoso en datos de ventas y giras. Aunque habríamos querido saber algo más sobre la verdadera causa de la disolución de los Héroes en el momento más alto de su carrera, como retrato de una década de rock en español contada con rigor de archivo, Héroes del Silencio. La chispa adecuada cumple sobradamente su función de libro de referencia.

El arte de disentir (Cátedra)

La nueva obra de Emilio Mitre, publicada por Ediciones Cátedra, repasa ocho siglos de disidencia intelectual medieval para preguntarse si el pensamiento libre europeo nació, paradójicamente, en el seno de la Iglesia que lo perseguía. El arte de disentir. Intelectuales y herejes en la Edad Media: cuando la ortodoxia se convierte en argumento y la herejía en método.

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Quema de herejes panteístas amalricenses en 1210.

El sugerente ensayo reúne trabajos menores, conferencias y prólogos que Emilio Mitre Fernández, catedrático emérito de Historia Medieval en la Universidad Complutense, publicó de forma dispersa a lo largo de su carrera. El resultado no es un tratado cerrado sino una miscelánea articulada en torno a una tesis clara: que las herejías bajomedievales, lejos de ser meros episodios de fanatismo religioso, constituyeron las primeras formas de disidencia intelectual organizada en Occidente, y que su represión –la construcción de la ortodoxia como aparato de poder– es tan reveladora del periodo como las propias doctrinas heterodoxas.

Pedro Aberlardo.

Mitre lleva casi medio siglo trabajando la historia de la herejía y la marginación religiosa medieval, y aquí despliega ese bagaje con un elenco de personajes que va de los cátaros a Pedro Valdo, de Pedro Abelardo a Ramón Llull, pasando por Siger de Brabante, el averroísmo latino y el Maestro Eckhart. El hilo conductor no es doctrinal sino historiográfico, ya que el autor está menos interesado en si Eckhart era o no panteísta que en el mecanismo institucional –concilios, inquisición, censura universitaria– que decide qué proposiciones son tolerables y cuáles merecen la hoguera.

Leproso medieval.

En ese sentido dialoga, aunque sin citarlos de forma sistemática en cada capítulo, con la tradición abierta por el historiador alemán Herbert Grundmann sobre los movimientos religiosos populares y con el concepto de «sociedad perseguidora» que el historiador británico R. I. Moore acuñó para explicar cómo la Europa de los siglos XI a XIII desarrolló mecanismos sistemáticos de exclusión del disidente, ya fuera hereje, judío o leproso. También resuena, de fondo, la lectura que el historiador también inglés Malcolm Lambert hizo de las herejías medievales como fenómeno social y no solo teológico.

La «herejía» como artefacto de poder

Una curiosidad que atraviesa el libro es la insistencia de Mitre en que el término «herejía» es en sí mismo un artefacto de poder: deriva del griego hairesis, que originalmente significaba simplemente «elección» o «escuela de pensamiento», sin ninguna connotación negativa. Fueron los padres de la Iglesia quienes lo resemantizaron como desviación culpable, de modo que el propio vocabulario con el que la historiografía describe a estos personajes ya lleva incorporado el veredicto de sus perseguidores.

Llull.

Otro dato que Mitre recupera con gusto es el papel del sabio mallorquín Ramón Llull (1232-1316) como caso límite: un converso que dedicó su vida a diseñar un sistema lógico-combinatorio, el Ars Magna (obra lógica en la que el filósofo expone su «arte combinatoria» o arte de poder expresar todas las verdades fundamentales de la fe) pensado para convertir racionalmente a musulmanes y judíos, y que sin embargo terminó él mismo bajo sospecha inquisitorial tras su muerte, con varias de sus obras incluidas en listas de proposiciones condenadas en el siglo XIV. El libro también se detiene en el filósofo escolástico belga Siger de Brabante (1240-1284) y el averroísmo parisino, cuya defensa de una doble verdad –filosófica y teológica– fue satirizada por Dante, que sin embargo lo coloca, sorprendentemente, entre los sabios del Paraíso, en el círculo de Santo Tomás de Aquino, su némesis intelectual.

A pesar de estar formado por piezas académicas y no concebido como una monografía, como introducción a la genealogía intelectual de la disidencia europea, y como muestra del oficio de uno de los grandes medievalistas españoles, El arte de la disidencia cumple sobradamente y es, sobre todo, un libro que invita a pensar cuánto de nuestra idea moderna de libertad de conciencia se fraguó, sin quererlo, en los tribunales que intentaban aplastarla.