Libros Cúpula publica en castellano la autobiografía de Lucas Fox, primer batería del grupo londinense, con el subtítulo de «Historias de una vida alucinante», traducción de la edición francesa que Hors Collection publicó en 2025 con motivo del cincuentenario de la banda.
Este volumen no se trata, por tanto, la biografía de Motorhëad escrita por un periodista o crítico musical, sino el testimonio del hombre que, seis meses antes de que existiera el trío que todo el mundo recuerda, fue a buscar a Lemmy Kilmister al aeropuerto de Londres tras su despido de Hawkwind y montó con él, junto al guitarrista Larry Wallis, el germen de lo que primero se llamó Bastards y que el mánager Doug Smith rebautizaría como Motörhead.
El libro arranca precisamente ahí, en el Londres psicodélico de los setenta, y el editor francés insiste en que su verdadero tema no es Motörhead sino ese Swinging London de la contracultura, la moda y las drogas del que la banda fue solo una consecuencia. Fox y Lemmy, siete años mayor, se conocieron una noche de borrachera en un club de Margaret Street y descubrieron que compartían la pasión por la Segunda Guerra Mundial y el humor de Tommy Cooper, una combinación tan extraña como reveladora del personaje que luego construiría Lemmy.
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La curiosidad central del relato, la que da título al libro, es precisamente el «in and out»: Fox tocó la batería en el debut de la banda ante Greenslade en el Roundhouse el 20 de julio de 1975 y siguió al frente seis meses, hasta que durante las sesiones del primer álbum en los estudios Rockfield, en Gales, fue sustituido por Phil «Philthy Animal» Taylor. Queda un rastro concreto de su paso: en el disco On Parole su batería sobrevivió en el tema «Lost Johnny», el único tema no regrabado posteriormente por Taylor. Diez años después volvería a subirse al escenario con sus antiguos compañeros para el vídeo del décimo aniversario de la banda, The Birthday Party, tocando el tema homónimo en el Hammersmith Odeon.
Un particular verso suelto
Mötorhead en Port Talbot en 1982.
Lo que el libro promete y que pocos lectores de Motörhead conocen es la vida posterior de Fox, tan disparatada como su breve paso por la banda. Tras el batacazo, fundó en 1977 el grupo punk Warsaw Pakt en Ladbroke Grove, cuyo nombre obligó, por pura coincidencia de siglas, a que un grupo de Manchester llamado entonces Warsaw cambiara su nombre por el que haría historia: Joy Division. Después tocó con The Sisterhood, el proyecto paralelo de Andrew Eldritch (Sisters of Mercy), y a finales de los ochenta se mudó a Francia para convertirse en director técnico del festival Midem de Cannes, programando a nombres como James Brown, Al Jarreau o Kim Wilde, y liderando después, por encargo del Ministerio de Cultura francés de Jack Lang, campañas de promoción internacional de la música francesa en Nueva York y Los Ángeles que ayudaron a lanzar a los Gipsy Kings o Mano Negra fuera de Francia. En 2018, ya con setenta años cumplidos, todavía se subió a tocar de nuevo con los Pink Fairies junto al histórico Paul Rudolph.
Todo eso es lo que promete este volumen de más de quinientas páginas en su edición española: no el enésimo libro sobre Lemmy, sino la crónica de un superviviente lateral de la historia del rock británico, que vivió el nacimiento del grupo más ruidoso del mundo desde dentro y luego construyó, lejos de los focos, una carrera entera en la industria musical europea.
En conmemoración del medio siglo de existencia de una de las bandas de rock y heavy metal más legendarias de la historia, Libros Cúpula publica en castellano el mejor homenaje en forma de libro que podía hacerse a la «Dama de Hierro»: Iron Maiden.Infinite Dreams.
Vi a los Iron Maiden por primera vez un lejano junio de 1999 en un sitio que recibiría numerosas críticas por su acústica pero que estaba a apenas 10 minutos andando de la casa de mis padres, mi hogar entonces: La Cubierta de Leganés, en el marco de la gira The Ed Hunter Tour. Fueron teloneados por otros grandes, en este caso del trash, Megadeth, que no estaban en su mejor momento. Y aunque a los que ahora son veinteañeros aquello pueda parecerles el Pleistoceno –y lo era, ni siquiera habían nacido, y un servidor apenas tenía 19 añitos– la banda británica ya tenía una larga solera. Los vi cuando ya habían pasado sus años dorados, de Killers a Fear of the Dark, pero seguían teniendo una garra, una energía, una determinación y una complicidad con el público que envidiarían Bad Bunnies y Quevedos (y no hablo del insigne autor de nuestro Siglo de Oro). Y con 19 años uno vive las cosas con mayor intensidad. Es lógico.
Entonces faltaban unos meses para que lanzaran su disco más progresivo hasta el momento, Brave New World, tras un largo impasse en el que la banda había vivido la salida de Bruce Dickinson, su cantante más emblemático y frontman actual, tras dos discos en los que se encargó del micro Blaze Bailey: The X Factor (1995) y Virtual XI (1998), y su esperado –y acertado– regreso. Una etapa rara –no mala, ojo–, pero rara, casi insólita. Curiosamente, para profanos, los Maiden no comenzaron con Dickinson al micro, sino con el controvertido y también genial Paul Di’Anno, que estuvo en los dos primeros discos de estudio de la banda, el homónimo Iron Maiden, de 1980, y Killers, de 1981, y que falleció en 2024 tras una vida llena de excesos.
Y tras aquel impasse de mediados de los 90 volvieron los Maiden clásicos, y aquel chaval de entonces 19 años, loco de un amor no correspondido que le traería de cabeza durante demasiado tiempo (cosas de la inexperiencia y de la idealización juvenil), quedó eclipsado ante su magnanimidad. Han pasado 27 años de aquello, ¡27!, y los Iron Maiden siguen, como unos Rolling del metal, girando alrededor del mundo y publicando discos de estudio (el último, Senjutsu, de 2021), algo que muy pocas bandas del rock han conseguido, salvo los Rolling –que llevan más de 60, ahí es nada, y han publicado su último disco de estudio, Foreign Tongues, el 10 de julio de este mismo 2026–, AC/DC y algún otro, seguidos de cerca por otros monstruos del heavy metal británico, Judas Priest y su líder, Rob Halford, 50 años en el podio de los acordes eléctricos.
Sueños infinitos
Ahora, en conmemoración de los 50 años de fundación de la banda que lo cambiaría todo en el llamado NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal, un movimiento surgido precisamente en Inglaterra a finales de los 70 y en los que brillaron junto a otros grupos como Judas Priest o Saxon), y mucho más allá, Libros Cúpula publica en castellano el libro de los libros de la Doncella: Iron Maiden. Infinite Dreams, que cuenta ahora también con una edición limitada no apta para todos los bolsillos.
El volumen, publicado originalmente por Thames & Hudson para conmemorar el cincuentenario de la banda, es un libro de gran formato –25 x 33 centímetros, 352 páginas de papel satinado cosidas en lugar de encoladas y en tapa dura, con una profusa parte gráfica, y un peso considerable– concebido desde el principio tanto como artefacto para fans como documento memorístico. El resultado es uno de los libro de rock más completos y mejor ejecutados de los últimos años que ningún fan que se precie de la «Doncella» puede perderse.
La elección del título no es arbitraria, Infinite Dreams, pues alude a la permanencia de un proyecto creativo que, a diferencia de la mayor parte de sus contemporáneos del heavy metal de los ochenta (salvo Judas Priest, insisto), no se ha limitado a sobrevivir sino que ha seguido produciendo obra relevante. Es asimismo el título de una de las canciones de uno de sus discos de estudio más laureados (y uno de los favoritos de quien esto suscribe), lleno de referencias mágico-diabólicas y contenido esotérico: Seventh son of a Seventh Son, lanzado en 1988, ¡hace casi 40 años!
Como señala el periodista musical Nick Ruskell en la revista referente británica Kerrang!, el hecho de que la etapa post-retorno de Bruce Dickinson –iniciada, como digo, en 1999– represente ya más de la mitad de la historia total de la banda habla por sí solo de la singularidad del fenómeno Iron Maiden dentro del rock de estadios (de una banda que comenzó en pequeñas salas y con pocos seguidores allá por finales de los 70 en una Inglaterra contestataria y en pleno cambio que curiosamente no tardaría en ser gobernada por la conservadora Margaret Thatcher, apodada «la Dama de Hierro», ¿casualidad?).
El número total de ilustraciones de este colosal volumen al nivel de la producción de la banda que lleva cinco décadas girando por todo el mundo es de nada menos que 1.024, realmente una «Historia Visual Oficial» en su máxima expresión. Además, a diferencia de la mayoría de bibliografía sobre los Maiden, que carece de la cooperación y aprobación del grupo británico, esta obra accede a la colección personal de fotografías y artefactos de los propios miembros, mucho de ello material inédito, y en lugar de recurrir únicamente a citas publicadas con anterioridad, recoge nuevos testimonios e interpretaciones de su ambicioso proyecto eléctrico.
Por ejemplo, el prólogo es de Steve Harris, su emblemático bajista y miembro fundador, el único integrante de la banda que ha estado presente en todos y cada uno de sus discos. El epílogo es del cantante, Bruce Dickinson (un tipo multifacético de una inteligencia proverbial y habilidad especial en distintas áreas: es piloto, esgrimista, empresario, literato, historiador, y mucho más, y por supuesto uno de los grandes frontmans del heavy metal de todos los tiempos), quien lo llama burlonamente un «prólogo al revés».
Infinite Dreams se organiza en cuatro grandes secciones cronológicas que coinciden con las etapas definidas por los cambios de formación, un criterio narrativo sin duda eficaz que permite navegar el libro («I see the ghost of navigator», los fans me entenderán) desde su propia relación con la banda. La primera sección, Burning Ambition 1975-1982, cubre los años fundacionales y la era Paul Di’Anno. Entre los objetos más impactantes figura la cazadora de cuero del vocalista con la primera camiseta oficial del grupo dentro, así como una carta manuscrita del cantante a Steve Harris en la que le sugiere buscar un nuevo vocalista, todo un incunable. El propio bajista recuerda: «Paul era un tipo difícil, pero tenía talento. Con él fue una montaña rusa».
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La segunda sección, Where Eagles Dare, 1982-1988 (que toma su título de la canción que abre otro de sus grandes discos de estudio, Piece of Mind), es la más extensa y abarca el período de mayor esplendor comercial y artístico de la banda. Especialmente fascinantes son las páginas dedicadas a la portada Somewhere in Time: hay un primer plano del Eddie cyborg de la cubierta delantera, y en la página siguiente aparece un dibujo preliminar en blanco y negro junto a una versión terminada temprana en color. Y es que las portadas de Iron Maiden son tan legendarias como sus propias composiciones. El artista Derek Riggs (creador de la inmortal mascota del grupo, Eddie) recuerda sobre el proceso de creación de Somewhere in Time que «la pintura tardó dos meses y medio, pero tuve que parar una semana en medio… Me quedaba sentado mirando el cuadro, soñando adónde iban sus personajes y qué hacían. Puedes volverte loco».
La tercera sección, The Edge of Darkness, 1988-1999, aborda la salida de Dickinson y el período con Blaze Bayley al micro. La marcha de Bruce se reconoce y se cubre brevemente, pero no se explora ni se explica en profundidad; el propio cantante reconoce: «Mi decisión de irme: podrías señalar muchas pequeñas cosas, ninguna de las cuales fue realmente decisiva». El caso es que volvió, que es lo importante, y no porque su sustituto fuera un mal cantante. El batería, el emblemático Nicko McBrain analiza sin contemplaciones aquella etapa: «La era Blaze de Maiden tuvo grandes momentos, pero también muchos que no lo fueron… Blaze tuvo dificultades», y las ventas durante aquella era fueron bajas. No siempre se puede estar en el Olimpo del rock, pero regresarían…
La sección final, A Brave New World 2000-, sin cierre definitivo (esperemos que por mucho tiempo), documenta el retorno de Dickinson y el guitarrista Adrian Smith y los cuatro discos de estudio más recientes, hasta culminar con la retirada de Nicko McBrain y la gira del cincuentenario. Toma el nombre del disco que lanzaron a comienzos del nuevo milenio (hace ya 26 años) que iniciaba una nueva era y tomaba a su vez el título de la novela distópica de Aldous Huxley, traducida al castellano sin mucho acierto como Un Mundo Feliz.
La legendaria publicación británica Kerrang! sitúa el libro en la misma lógica de la grandiosidad calculada que las propias giras de la banda: al igual que sus históricos directos, el monumental volumen es la mejor versión posible de lo que semejante objeto puede ser, «repleto de suficiente material para entusiasmar incluso a los más curtidos». Larga vida a la Doncella.
Es una de las bandas de rock duro más grandes del planeta. Y continúan llenando estadios y haciendo vibrar a millones de personas a pesar de que podrían ser nuestros abuelos. En 2020 publicaron Power Up, un disco que, lejos de considerarse las migajas de un gigante con pies de barro, fue una nueva inyección de «rutinaria» energía –y lo digo en el buen sentido– de los australianos. Ahora que se cumplen 50 años de su formación y Ma Non Troppo publica la edición actualizada y ampliada de La Historia de AC/DC, de la legendaria autora Susan Masino, recuperamos algunas de las curiosidades que rodean al grupo comandado por Angus Young y Brian Johnson.
–Un día de borrachera de esos que tienen de forma bastante habitual las rock stars, según recordaba el cantante de AC/DC Brian Johnson, se fue junto al fallecido guitarra rítmica y vital compositor de la banda, Malcolm Young, hasta el escocés Lago Ness ¡en busca del monstruo! Se pusieron de rodillas en una de las orillas y, según Johnson: «Malcolm tenía una bebida en una mano y la caja llena de fuegos artificiales en la otra, tratando de encender un fuego en el lago». Cuando regresaron a casa con sus esposas tenían paja en el pelo y estaban cubiertos de barro. «¡Qué noche!», sentenciaría el vocalista. Del críptido, nada de nada…
–La historia de la canción «Dirty deeds done dirt cheap» es realmente surrealista. En la letra se menciona un número de teléfono, el 36-24-36. En realidad fue una elección al azar pero traería insospechadas consecuencias. El tema habla de un «solucionador de problemas» (el propio Bon Scott) al que las chicas han de llamar cuando quieren perder la virginidad o los chicos en caso de que quisieran que les ayudase a pegar a quien les intenta robar la novia o para deshacerse de una chica demasiado plomo… Scott decía «Hey» (en un agudo mayor que Julio Iglesias) justo tras pronunciar los números, por lo que la legión de fans de la banda australiana creyó que decían «36-24-36-8…». Y como el mundo está lleno de curiosos (y de gente con mucho tiempo libre) algunos –muchos– comenzaron a llamar al teléfono, que resultó ser el de la casa de una pareja de Libertyville (Illinois, EEUU) que, hartos de ser molestados, demandaron al grupo por un cuarto de millón de dólares alegando que habían promovido su acoso continuado.
–Antes de elegir el disfraz de colegial que lo convertiría en leyenda del rock duro (y que sigue utilizando en sus actuaciones en directo a pesar de ser casi septuagenario) Angus Young probó otros atuendos, entre los que estaban el disfraz de El Zorro, un gorila, el de Spiderman e incluso una parodia de Superman de su propia cosecha a la que bautizó como «Super Ang». Desde el primer día en que formaron la banda hace ahora 50 años, en 1973, Angus iba a ensayar, cuando aún era estudiante, sin cambiarse de ropa, y su hermana Margaret tuvo la genial idea de que ese podía ser su atuendo, ya que «se comportaba como un niño». Y… voilà.
–Es conocido que la CIA ha utilizado bandas sonoras de lo más variopinto para realizar torturas en sus cárceles secretas (de Metallica a Christina Aguilera y de Rage Against The Machine a Tupac) pero ya en un lejano 1989, para derrocar al general panameño Manuel Antonio Noriega, las tropas del ejército estadounidense, al conocer que se hallaba refugiado en la Nunciatura de Panamá, rodearon el edificio colocando grandes amplificadores y pusieron canciones de AC/DC que estuvieron atronando durante tres días seguidos. Finalmente, con los nervios a flor de piel (se ve que no era muy fan del hard-rock), el dictador decidió entregarse… y dejar descansar sus oídos.
–Han vendido millones de discos. Tantos, que según sus biógrafos si colocásemos en una línea recta todos los vinilos que se han venido de LP Back in Black desde su lanzamiento en 1980 (más de 40 millones de copias), llegaríamos caminando sobre el policloruro desde Huelva hasta Toulouse. Si juntásemos las copias vendidas de todos los discos (incluidos directos, rarezas, series B…) quizá pudiésemos ir caminando sobre un electrizante camino de baldosas negras hasta la Cochinchina.
–Los Young copiaron las siglas de su inmortal nombre de la leyenda «Alternating Current / Direct Current» que aparecía en la máquina de coser eléctrica que usaba su hermana, un eslogan que para ellos simbolizaba el sonido enérgico y crudo de la banda. Quién les iba a decir a aquellos pipiolos lo que lograrían con algo en un principio tan inocente… Lo demás es historia.
–Y además de las siglas (ese «Isi Disi» que dirían Santiago Segura y Florentino Fernández en la Plaza de Toros de Leganés, la misma banda a la que el consistorio invitó para inaugurar su calle en marzo del año 2000), tenemos el logo, tan representativo como el de Cola-Cao. No es de extrañar, fue diseñado por el creador del de Pepsi, Gerard Huerta. Un señor con un largo historial de éxitos de marketing, pues diseñó los logos de otras bandas como Boston, Foreigner, Ted Nugent e incluso en de la revista «Time» o el de HBO. La banda australiana se las apañó, al parecer, para no pagar al artista ni un centavo. Si hubiese tenido un contrato por royalties…
–A toda buena banda de rock (y pop) le rodea alguna leyenda maldita, como hemos visto numerosas veces en el interior del Pandemónium (de Black Sabbath a Led Zeppelin, de Nirvana a The Beatles), y AC/DC no iba a ser menos. El misterio de las últimas palabras de Bon Scott, el inolvidable segunda cantante del grupo (el primero fue el efímero Dave Evans) son todo un misterio, engordado por los rumores de los fans: «Shazbot Nanu Nanu». Son las últimas que grabó durante la sesión de «Night Prowler» (tema de Highway to Hell). Los sectores más reaccionarios vieron en las mismas una invocación al diablo, y la gota que colmó el vaso conspiracionista fue el hecho de que en 1985 el asesino en serie Richard Ramírez, apodado precisamente «Night Stalker», dejó en la escena de un terrible asesinato cometido el 17 de marzo en Rosemead, California, un gorro con el logo de AC/DC. Aquello puso a la banda en el punto de mira y llevó a los más retorcidos a segurar que se trataba de un guiño –maligno– a dicha canción. En realidad, sus últimas palabras registradas poco tenían que ver con el príncipe de las tinieblas: se trataba de una cita del extraterrestre que interpretaba el entrañable Robin Williams en la serie de televisión Mork y Mindy, que encantaba al malogrado Scott.
–En relación con leyendas urbanas, se cuenta que la mujer de Angus, Ellen, le dijo una vez a un fan con el que coincidió en un viaje en tren que cuando la banda estaba grabando The Razors Edge (publicado en septiembre de 1990), al entrar al estudio vieron que había coros en pistas donde no se había grabado ninguno (que supieran), y que las voces eran… ¡de Bon Scott! ¿Una colaboración fantasmagórica desde el más allá o más bien puro marketing? Me inclino más por la segunda de las opciones.
–43 años después la muerte de Bon Scott continúa siendo un misterio. Era una fría mañana londinense el 19 de febrero de 1980 cuando se encontró el cuerpo sin vida del cantante dentro de un Renault 5. Por aquel entonces Scott estaba colaborando con el grupo francés Trust, con el que grababa en un estudio de Londres, y comenzaba a grabar con Malcolm y Angus el que sería su nuevo álbum, el superventas Highway to Hell. Aquella noche la pasó en el club The Music Machine, en Candem, junto a su colega Alistair Kinnear. Al quedarse KO, Kinnear fue incapaz de despertarlo y lo dejó durmiendo en el coche frente a su casa, mientras él subía al domicilio. Al día siguiente el cantante estaba muerto, según la autopsia oficial, ahogado en su propio vómito. Luego nacerían las hipótesis, los misterios y las teorías de la conspiración, como ha sucedido con la muerte de Elvis, Michael Jackson, Jim Morrison o Brian Jones, y muchos otros.
En el libro Bon: the last highway (2017), su autor, Jesse Fink, aportó nuevos detalles tras una exhaustiva investigación: Scott era legendario en relación a la cantidad de alcohol que soportaba, por lo que sería extraño que le hubiera provocado un efecto tan devastador. Fink y otros apuntan a una sobredosis de heroína (mezclada, eso sí, con alcohol). Tampoco ayudaron a resolver el misterio las inconsistentes declaraciones de Kinnear que, en realidad, era amigo de una ex novia de Scott, Silver Smith. Además, este había realizado un larguísimo recorrido en coche para dejar al cantante de AC/DC en la puerta de su propia casa ante la imposibilidad –según dijo– de cargar con él. Sin embargo, Angus no es que fuera de constitución precisamente fuerte y más de una vez cargó a hombros con Scott en los directos, como muestran varias fotografías… Quién sabe.
PARA SABER (MUCHO) MÁS:
Existen infinidad de libros sobre AC/DC (uno de los mejores, AC/DC. For those about to rock, editado por Blume en 2018) y el más reciente en castellano es obra de una editorial muy conocida entre los lectores del Pandemónium: Ma Non Troppo (Redbook Ediciones). Se trata de La historia de AC/DC. La banda de heavy metal más grande de todos los tiempos, probablemente la historia definitiva (al menos hasta ahora) sobre los australianos.
Los AC/ DC son mucho más que un guitarrista embutido en un uniforme colegial con cuernos en la gorra o la gigantesca campaña con la que anuncian en directo «Hell’s Bells», tema compuesto en memoria de Bon Scott. Son puro electroshock, pasión por la electricidad. Criticados y admirados a partes iguales, nadie puede permanecer indiferente ante los riffs de Angus, la obstinada guitarra rítmica de Malcolm (al menos hasta su muerte en 2017, siendo sustituido por su sobrino, Stevie) y la postura chulesca a la vez que cercana de Brian Johnson. Con ellos de nada valen las florituras y las impostaciones: lo suyo es rock, pura energía en estado salvaje incluso cuando tienes casi 70 años, que se dice pronto. Un relato electrizante y muy entretenido, repleto de información contada de primera mano, obra de una legendaria escritora de rock, que tiene casi los mismos años que los australianos.