Espías atómicos: agentes soviéticos en el Proyecto Manhattan (I)

En un reciente reportaje en «Dentro del Pandemónium» hablábamos sobre la implacable vigilancia a la que durante décadas el FBI sometió a Albert Einstein. Pues bien, aunque la fijación de J. Edgar Hoover con la llamada «infiltración roja» rayaba en la paranoia, lo cierto es que no iba tan desencaminado. Y es que en el corazón mismo del ultrasecreto proyecto atómico estadounidense se infiltró el mismísimo Kremlin, cuyos altos cargos estuvieron informados de los avances con uranio enriquecido que se llevaron a cabo en la base no tan «blindada» de Los Álamos.

Óscar Herradón ©

Una singular historia de diplomacia, contrainteligencia, medias verdades y pura conspiranoia que se mantuvo silenciada durante décadas y que estuvo a punto de cambiar el devenir del siglo XX, en los complejos y combativos tiempos de la esvástica, la hoz y el martillo y la bandera estrellada de EEUU, cuya vulneración a los derechos humanos y civiles –como el caso de los ciudadanos japoneses dentro de sus fronteras– no casaba con lo impreso en su Carta Magna y el lema de la tierra de la «libertad y las oportunidades».

1950. En EE UU se produce un verdadero pánico rojo que no dejará de incrementarse en las décadas siguientes hasta el final de la Guerra Fría. Para más inri, aquel año que pasaría a la historia como el comienzo de la Caza de Brujas del senador por Wisconsin Joseph McCarthy, con la colaboración de otros políticos de calado como Richard Nixon, el propio presidente Harry Truman –que el 30 de enero anunciaba públicamente la fabricación de una bomba de hidrógeno «mucho más poderosas que la bomba atómica», eje de la política de la Casa Blanca– o autoridades como Hoover y su FBI, tuvo lugar el mayor escándalo por espionaje en el seno del país.

A comienzos de febrero de ese año era detenido en Londres el científico alemán Klaus Fuchs, para algunos el mejor agente de inteligencia del siglo XX, ahí es nada (aunque eso se ha dicho de muchos, quizá demasiados) quien no tardaría en confesar que durante la Segunda Guerra Mundial y después había robado regularmente secretos atómicos estadounidenses y se los había filtrado a los rusos. Una declaración que parecía del todo coherente teniendo en cuenta que el propio Truman había declarado en septiembre de 1949 que los rusos habían ensayado la bomba atómica y que EE UU ya no era la única potencia nuclear –lo que provocó que dedicaran astronómicas cantidades de los ya muy abultados presupuestos de Defensa al desarrollo de la Bomba H–.

Hoover, que se había arrogado el éxito de detener en territorio norteamericano a dos comandos de espías nazis en plena guerra, comandados por George John Dasch, la mayoría de los cuales fueron ejecutados en la silla eléctrica –una historia que tendrá su espacio en breve en «Dentro del Pandemónium»–, fue incapaz de impedir que en el corazón de la maquinaria armamentística se infiltraran espías soviéticos.

Klaus Fuchs (Wikipedia)

Aquello parecía dar a Hoover la razón: él había vigilado a Einstein como sospechoso de espionaje, y continuaría haciéndolo, ahora con más motivo, y en ese momento otro científico alemán, conocido del primero –y que, según un informe interno equivocado del FBI, había sido recomendado por el Premio Nobel para participar en el Proyecto Manhattan– descubría todo el pastel. Pronto, el estado de ánimo del país se manifestaba en alarmantes titulares de prensa como los siguientes: «Los rojos consiguen nuestros planes de bomba»; «Un británico pasa secretos militares atómicos a los rusos», «Espías rondaban las plantas atómicas estadounidenses». A ello se sumaba algo completamente nuevo, y que marcaría la historia de aquel tiempo: la aparición de la televisión, con sus imágenes apocalípticas y dramatizadas hasta el paroxismo sobre la amenaza soviética.

Puede que la amenaza de la infiltración comunista nunca fuese tan real como advertían los defensores de la América reaccionaria que hoy representa el presidente saliente Donald Trump, también obsesionado durante su mandato con la investigación atómica de Irán, un día en el que Washington está blindado ante la toma de posesión de Joe Biden con las aguas más revueltas si cabe que en los años 50, pero lo cierto es que no les faltaba razón: el «enemigo rojo» había penetrado en lo más profundo del sistema y recabado la información secreta más delicada de su historia: la relacionada con el desarrollo atómico. Aquello daría rienda suelta a los conspiracionistas y a los anticomunistas hasta el punto de que se llevaría a cabo una persecución febril de todo lo que oliera a disidencia.

«Supertrump» (Wikipedia)

Los titulares se hacían eco de que Fuchs admitía haber entregado secretos atómicos a los soviéticos desde una fecha tan temprana como 1942, pero, ¿cómo pudo un agente enemigo infiltrarse en las instalaciones ultrasecretas de Oak Ridge, el lugar junto a la Casa Blanca y después el Pentágono –que fue creado precisamente entre 1941 y 1943– más protegido en tiempos de la guerra, en la que era ya la primera potencia armamentística mundial, rebosante de expertos agentes, policías, militares de alta graduación y científicos plenamente entregados al esfuerzo de guerra?

Fabricando a un espía

El doctor Klaus Fuchs nació en Rüsselsheim, Alemania, en 1911, y su historia es una de las más apasionantes del siglo pasado. Como habría de sucederle a muchos de sus colegas, entre ellos Einstein, en 1933 Fuchs tuvo una serie de encontronazos con los nazis, provocados por su filiación al Partido Comunista alemán, lo que le hizo emigrar a Francia, y posteriormente, gracias a contactos familiares, viajó a Inglaterra, a Bristol, en cuya universidad obtuvo su doctorado en física en 1937, así como un doctorado en Ciencias en la Universidad de Edimburgo.

Oak Ridge en 1945 (un área militar no tan segura)

Tras el estallido de la guerra en septiembre de 1939, los ciudadanos alemanes en territorio inglés serían internados, como lo fueron también los japoneses en Norteamérica en uno de los episodios más oscuros de la historia aliada. Fuchs fue trasladado a un campo de internamiento a la Isla de Man, y posteriormente enviado a Quebec, en Canadá, donde permanecería recluido hasta diciembre de 1940. Gracias a la intercesión del profesor Max Born, que tuteló su tesis –y según algunas fuentes, al propio Einstein–, Fuchs fue liberado y regresó a Edimburgo, donde pasó a trabajar en el proyecto de investigación de armamento nuclear británico, conocido con el nombre en código de Tube Alloys –«Aleaciones Tubulares»–, por recomendación del físico británico Rudolf Ernst Peierls.

Peierls

Revelaciones posteriores indican que ya por aquel entonces había sido contactado por los soviéticos. En uno de los papeles desclasificados del GRU –hoy conocido como GU, servicio de inteligencia militar, y de plena actualidad por sus incursiones precisamente en Reino Unido, e incluso en el Procés catalán–, fechado en Londres el 10 de agosto de 1941, se muestra que se estableció contacto con Fuchs. A pesar de las restricciones en tiempos de guerra, su origen alemán y sus contactos con el «enemigo rojo», le concedieron la ciudadanía británica en 1942, a punto ya de participar en el proyecto armamentístico más letal y relevante de todos los tiempos. Y eso que en Alemania Fuchs había sido un reconocido miembro del Partido Comunista y que mientras terminaba su formación en Física siguió manteniendo contactos con los miembros del partido.

El hecho de que un científico con un oscuro pasado de filiación comunista que había sido investigado incluso por la inteligencia británica, diera el salto para trabajar en Los Álamos parece que se debió a un imperdonable descuido del MI-5: un informe de sus agentes animaba a trasladarle al Proyecto Manhattan, al otro lado del Atlántico, porque «allí no podría contactar con espías rusos». Sorprendente (y equivocado, como se mostraría más adelante).

Si bien durante su estancia en Inglaterra Fuchs había sido supervisado por el GRU, una vez que cruzó a Nueva York pasó a ser competencia del NKGB. A finales de 1943, Fuchs fue transferido, junto con Peierls, a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde pasaron a trabajar para el Proyecto Manhattan, que por fin había tomado forma gracias a las presiones de físicos como Einstein o Leó Szilárd, que convencieron a Roosevelt de que la Alemania nazi podría conseguir pronto la bomba atómica, una amenaza demasiado seria para no actuar, teniendo en cuenta el avanzado nivel tecnológico del Tercer Reich y su visible poder de destrucción. Eso en parte, y por otra gracias a movimientos aún más oscuros de pequeños grupúsculos que en Washington estaban decidiendo cómo sería lo que quedaba del siglo XX, aun a pesar de la opinión en contra de prestigiosos científicos.

Los Álamos (¿inexpugnables?)

Desde agosto de 1944, Fuchs trabajó en la División de Física Teórica del Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, un lugar blindado por barrotes que a muchos científicos –principalmente europeos– les incomodaba porque les recordaba a los campos de concentración nazis. Allí, realizó su trabajo bajo las órdenes del físico nuclear Hans Bethe, uno de los padres de la bomba atómica, más tarde investigado también por los federales por «afiliación comunista», al igual que el líder del proyecto, el físico teórico Robert Oppenheimer, atormentada para los restos por su participación.

El Proyecto VENONA 

El encargado del interrogatorio de Fuchs fue el oficial del MI-5 William Skardon. Tras una gran presión, y a pesar de su negativa inicial, el físico confesó finalmente en enero de 1950, y debido a sus declaraciones desenmascaró la tapadera de varios colegas que no tardarían en ser detenidos.

Cuando Fuchs firmó su confesión, implicó a un contacto estadounidense anónimo. Al conocer Hoover dicha información, se entregó a fondo a desenmascararlo y, con los medios de comunicación ansiosos de historias de agentes secretos, movilizó equipos especiales de sus agentes por todo el país. Así, la Oficina tuvo pronto una lista de más de 500 sospechosos, y entre los científicos que también se puso bajo vigilancia se hallaban dos del Proyecto Manhattan, Hans Bethe –supervisor de Fuchs– y Edward Teller, ambos nacidos en el extranjero, judíos e intelectuales.

Harry Gold

Pero el golpe de gracia lo dio Hoover cuando sus hombres detuvieron a un químico llamado Harry Gold que resultó ser el cómplice desconocido de Fuchs. Este químico de laboratorio nacido en Berna, Suiza, en 1910, y nacionalizado estadounidense, al que el biógrafo Allen M. Hornblum define como «ese soltero tímido de ojos tristes de Filadelfia», era un recluta reacia a la causa comunista en 1930, que llegó a resistirse a la influencia de las arengas políticas de un amigo de la juventud. Sin embargo, como señala el periodista Allen M. Hornblum en The invisible Harry Gold – The man who gave the soviet the atom bomb (Universidad de Yale): «Impresionado por el hecho de que la Unión Soviética se había convertido en el primer país en hacer del antisemitismo un crimen contra el Estado», finalmente decidió llevar a cabo, a partir de 1934, acciones de espionaje contra su empresa a favor de los soviéticos, ya que a éstos les interesaban por aquel entonces los productos de la Pennsylvania Sugar Company. Según su biógrafo, «Nadie podía sospechar que el hombre rechoncho de aspecto extraño y expresión triste era un espía soviético que comerciaba con secretos industriales y militares». Para pasar desapercibido y evitar ser vigilado, «caminaba por el lado oscuro de la calle y comía en restaurantes con cabinas en lugar de mesas al aire libre». Con el fin de reforzar el poderío industrial de la URSS, a partir de los años 40 decidió pasar la información que le pasaba Fuchs y éste se la entregaba a un individuo encargado de hacerla llegar a Moscú. Aquel individuo respondía al nombre en clave de «Sonia», cuya verdadera identidad era la de Ruth Kuczynski, el contacto de Fuchs en las filas soviéticas y nada menos que la mano derecha de uno de los mejores espías soviéticos de todos los tiempos en Asia: Richard Sorge.

Ruth Kuczynski, alias «Sonia»

Los nombres que salpican el «expediente Fuchs» son numerosos: desde la espía estadounidense Elizabeth Bentley –que espió para la URSS de 1938 hasta 1945–, otra de las «víctimas» del Proyecto VENONA, al también brillante espía atómico Theodore Hall. Las consecuencias de las detenciones acabarían llevando al matrimonio formado por Ethel y Julius Rosenberg a la silla eléctrica, los primeros civiles condenados a muerte y ejecutados por espionaje en EE UU en uno de los episodios más deleznable de la «democracia» del país de las barras y estrellas.

Este post continuará desvelando «información clasificada» en una próxima entrega.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

Recientemente la Editorial Crítica publicaba un vibrante ensayo que nos viene que ni pintado al asunto que hemos tratado en este post: Historia secreta de la bomba atómica. Cómo se llegó a construir un arma que no se necesitaba, del historiador y periodista británico Peter Watson.

Un autor que sabe de lo que habla como pocos, y es que Watson tiene una larga carrera en el campo del periodismo de investigación, siendo uno de los primeros espadas de este campo en Reino Unido en las últimas seis décadas. Fue editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo de investigación «Insight» de The Sunday Times, un proyecto iniciado en 1963 y que entre otras importantes revelaciones en 1967 informó de que el espía prófugo a la URSS Kim Philby, un turbio y apasionante asunto de espionaje que no tardaremos en abordar en el blog, era nada menos que el tercero de los llamados «Espías de Cambridge». A su equipo de investigación se debe también la investigación del «Caso Profumo (The Profumo affair)», un escándalo político sin precedentes en Reino Unido, la controversia sobre el fármaco Talidomida o la fabricación secreta de armas nucleares por el Estado de Israel.

Watson, además, ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito crónicas y opiniones para medios de tanto prestigio como The Observer, The New York Times o The Spectator. Autor de nada menos que trece libros, entre los que destacan Historia Intelectual del siglo XX (2004), La gran divergencia (2012), La Edad de la Nada (2014) o Convergencias (2017), todos ellos publicados en castellano por Crítica, es uno de los más agudos observadores de la historia social del siglo XX. Nadie mejor que él, pues, para hablarnos de lo que sucedió entre bambalinas en relación al proyecto atómico.

Con un pulso narrativo impagable, propio solo de los mejores, y un ritmo endiablado, cual si se tratara de un thriller, pero escrupulosamente verídico, y apoyado en una profusa documentación, mucha de ella inédita hasta el momento y otra solo recientemente desclasificada, el británico nos muestra cómo surgió, y cómo en un principio fue desechada por los científicos, la idea de construir un arma nuclear. ¿Entonces, por qué prosperó? En la línea en la que venimos hablando sobre Los Álamos y los oscuros personajes que rodearon al proyecto, Watson nos revela cómo un pequeño grupo de conspiradores, asentados en el poder y que controlaban los pasillos de Washington, tomó por su cuenta la decisión de construir y emplear la bomba atómica, algo que, contrariamente a lo que se suele admitir, parece que no era necesaria para poner fin a la Segunda Guerra Mundial. Y qué fin… Un ensayo controvertido que no solo desvela un pasado desconocido: ilumina un presente sujeto todavía a una amenaza nuclear latente. He aquí cómo adquirirlo:

https://www.planetadelibros.com/libro-historia-secreta-de-la-bomba-atomica/311813

30 paisajes de la Guerra Civil

La Editorial LAROUSSE publica este portentoso ensayo, firmado por los investigadores Alberto de Frutos y Eladio Romero García, sobre la contienda que enfrentó a los españoles hace más de 80 años y que arroja luz sobre los espacios que aún quedan de aquel tiempo de sangre y fuego, historiográficamente no tan lejano.

Óscar Herradón ©

Conocí al escritor y periodista Alberto de Frutos en 2007. Llegó, junto a otros compañeros, entre ellos Javier Martín García, a la editorial América Ibérica procedente de uno de esos grupos que ya empezaban a acusar la llamada «crisis del papel» que tiempo después nos azotaría también a nosotros. La crisis de 2008, apenas unos meses más tarde, terminaría de hundir a la prensa escrita, ni qué decir tiene la actual. El tiro de gracia a las rotativas. Ambos, Alberto y Javier, Javier y Alberto –Tanto monta, monta tanto– llegaron como redactor jefe y redactor, respectivamente, de una revista entonces de bastante impacto en las publicaciones históricas españolas, Historia de Iberia Vieja, que con el tiempo terminaría por llamarse Historia de España y el Mundo y que hoy, por desgracia, ha desaparecido.

Formaron equipo, cambiando notablemente su línea editorial, con el periodista Bruno Cardeñosa, su director desde entonces hasta el cierre, y el diseñador gráfico Eugenio Sánchez Silvela. Hasta que llegó el ignominioso 2020, año en que por las veleidades del destino tanto Alberto como un servidor –también Javier meses antes–, entre otros compañeros, nos vimos fuera de una redacción que había sido no nuestra segunda casa, sino muchas veces la primera; quién sabe si a causa de esa dichosa crisis del papel agudizada por lo digital y la falta de kioscos, o vaya usted a saber por qué realmente.

Contradicciones del mercado aparte, lo cierto es que forjé una gran amistad con Alberto de Frutos y Javier Martín, amistad que puedo decir orgulloso que continúa viva aunque ya no compartamos cada día «pupitre» –léase mesa de redacción–, café de máquina y olor a tortilla de patata del bar de la esquina impregnado en nuestras ropas de adolescentes eternos. Pues bien, don Alberto, que tiene un currículum para echarse a temblar y ha ganado más de 100 premios literarios –ahora está centrado en los ensayos, pero sin duda es más un escritor de ficciones y un poeta–, es de esas personas que le sorprenden a uno cada día, por su entusiasmo y buen hacer, por su fidelidad, y sobre todo por su conocimiento, no enciclopédico, que se queda corto, sino «computacional». Como Sheldon Cooper, pero menos friki y real, en este caso en el campo de las humanidades, y no en el de la física.

No soy historiador, aunque son unos cuantos los años dedicados a la divulgación, al periodismo y a la investigación histórica. Se puede decir que sin ser un experto no soy lego en la materia, pero nadie con nombre y apellidos –al menos que conozca– llega a los niveles de condensación de la información –sumados a una elocuencia de infarto– de este pequeño gran hombre, al menos en el campo historiográfico, claro. Supongo –lo sé– que de muchas cosas Alberto no tiene ni idea, como cualquiera que no posea el don de la omnisciencia divina. Como todo hijo de vecino, vamos. Pero de esto sí, de esto sí sabe, y mucho. Por eso, cuando me llegó la noticia (me lo dijo tiempo antes, he de reconocerlo) de que LAROUSSE publicaba un nuevo ensayo firmado por él –a cuatro manos con el doctor en Historia Eladio Romero García– no podía sino esperar un trabajo encomiable. Impresión que se tornó certeza cuando recibí el voluminoso libro, profusamente ilustrado a todo color, y entre sus líneas de no tan lejanas batallas y sí viejos rencores se adivinaba la pluma siempre afilada y sabia de mi buen amigo.

Por supuesto, quienes lean esto dirán que no soy objetivo. No lo soy, claro, ninguno lo es, pero tampoco es necesario, el buen hacer sabe apreciarlo cualquiera sin que le digan ni mu. No hacen falta ornamentos. Ni para lo contrario tampoco. Sé de buena tinta que los autores se han recorrido una gran parte de nuestra piel de toro para escarbar entre los pequeños guijarros de memoria que a otros, a pesar de la ingente cantidad de bibliografía de aquella época, para echarse a temblar, se les han escapado. Y el resultado de ese trabajo de investigación y dedicación, de entusiasmo por nuestro pasado/presente y de buen hacer, es este 30 paisajes de la Guerra Civil que hace poco que ha visto la luz en las librerías, esas que siguen temblando ante la incertidumbre pero que se mantienen a flote gracias al tesón y el amor a la cultura, que somos todos –o al menos deberíamos serlo–.

De las grandes batallas a los episodios silenciados

Una obra de impecable factura en una edición fabulosa que ilustra, y qué bien lo hace, nada menos que, como reza su título, 30 escenarios donde se dirimió el futuro de la contienda y con él el destino de los españoles, de los mal llamados «ganadores» y «perdedores», porque aunque unos lo tuvieron más fácil que otros y desde luego en aquella guerra fratricida hubo unos más culpables que otros, y más malvados, todos perdieron, todos los españoles. Muchos también de los que hoy se están yendo sin despedirse azotados por otra guerra silenciosa pero implacable. Como siempre se pierde cuando hay muertos y se tiran bombas, o cuando hay pandemias.

Más que de un paisaje –o de 30–, podríamos hablar, como bien dice Frutos, de una «huella moral», casi un símbolo de permanencia que nos transmite cada imagen, acompañada de numerosos datos y mapas actuales (una rica cartografía elaborada ex profeso para este libro).  Un recorrido gráfico por la Guerra Civil, por lo que queda de aquel enfrentamiento que supuso el prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial y que hoy sigue influyendo, nos guste o no, en nuestras vidas y en el discurso político. Si no que se lo digan a los señores que se sientan en el Congreso.

En sus monumentales páginas –el «tocho» pesa alrededor de 2 kilos– podemos ver qué ha quedado de batallas como Jarama, Brunete, Belchite… pero también se abordan episodios mucho menos conocidos y no por ello poco relevantes, como el asedio de Huesca, la batalla de Lopera o de Cabo Machichaco, la fuga del penal de San Cristóbal y un largo etcétera. Evidentemente, como afirman los autores, hubo que hacer una difícil selección previa o el libro estaría formado por varios volúmenes de gran tamaño.

En definitiva, un LIBRO de LIBROS que el amante de la Historia de España, las dos con mayúscula, incluso de la que fue triste, debe tener en su biblioteca, sin duda en lugar destacado. No se arrepentirá. He aquí la forma de adquirirlo:

https://www.larousse.es/libro/libros-ilustrados-practicos/30-paisajes-de-la-guerra-civil-eladio-romero-garcia-9788418100789/

LA OTRA CARA DE LA GUERRA (SÍLEX EDICIONES)

Toda guerra es trágica, y nuestra guerra fratricida no lo fue menos, de hecho, al constituirse en el campo de pruebas de la inminente Segunda Guerra Mundial, se erigió en una contienda moderna, con una armamento atroz por su capacidad de devastación y donde la política se había convertido en un arma tanto o más peligrosa que la pólvora. Baste echar un vistazo a la gran polarización que en España continúa generando aquella contienda que sucedió hace 80 años pero cuyas heridas no han cicatrizado.

La guerra es sinónimo de muerte, de crueldad, de crímenes… pero en no pocas ocasiones en medio del horror surge la esperanza, y entre lo más oscuro del ser humano se atisba la luz de aquellos que no pretenden herir al enemigo (o a quien sea) sino proteger y cuidar, dotando de humanidad a la deshumanización bélica. Fue el caso de las personas que se preocuparon por el bienestar de las gentes en la contienda, que también existieron, y cuyos recuerdos (largamente olvidados) se encarga de rescatar un magnífico ensayo publicado por Sílex Ediciones: La Otra Cara de la Guerra. Solidaridad y humanitarismo en la España Republicana durante la Guerra Civil, de Francisco Alía Miranda, que tiene en su haber otros exitosos títulos de la época como Julio 1936 (Crítica, 2011) o La agonía de la República (Crítica, 2015).

Como bien cuenta el autor, el dramatismo que se vivió de un rincón a otro de la Península Ibérica eclipsó la inmensa labor humanitaria que se vivió tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En parte estuvo protagonizada por las organizaciones humanitarias, unas ya existentes y otras formadas ex profeso durante la guerra. Pero también fue muy importante la solidaridad desplegada por gran parte del pueblo español (frente al sadismo y violencia de otra gran parte), y de otros países que no miraron para otro lado ante la tragedia, una tragedia que fue largamente reflejada en los periódicos por el gran números de reporteros, fotógrafos y escritores que cubrieron la información en el frente y en la retaguardia (Ernest Hemingway, John Dos Passos, George Orwell, Robert Capa, Gerda Taro, Jay Allen…).

Pero además de la solidaridad como manifestación colectiva y organizada, existió una solidaridad individual, espontánea, como catarsis del odio y la muerte, que se improvisó sobre la marcha tanto en muchos hogares como entre numerosas personas para paliar la tan marcada tragedia del pueblo, del vecino, del hermano.

EL OGRO PATRIÓTICO (EDICIONES PASADO Y PRESENTE)

Y si lo que queremos es comprender los orígenes de esa guerra fratricida, que no son pocos ni precisamente sencillos, nada mejor que sumergirnos en las páginas de El Ogro Patriótico: Los militares contra el pueblo en la España del siglo XX, de Juan Carlos Losada, una exhaustiva y reveladora investigación publicada por Ediciones Pasado & Presente, que sabe bien lo que significa mimar la historiografía.

Para describirlo, nada mejor que las palabras de uno de los grandes expertos españoles sobre la Guerra Civil, el historiador Ángel Viñas: «No cabe escribir sobre la historia de España sin asaltar, de una manera u otra, los bastiones del poder militar. (…) Mezclando el relato histórico con la reflexión política, cultural, administrativa e institucional sobre un tema que el autor ha venido trabajando desde hace más de veinte años no es exagerado afirmar que este libro pone ante los ojos del lector una veta fundamental en la evolución a lo largo de más de un siglo que ha conducido hasta el presente de la sociedad española: la constante intervencionista del ejército que condujo a un choque con el mundo civil y, por consiguiente, a querer sabotear, si no hundir, la democracia. Lo hicieron una vez. Lo hubieran podido hacer otra. Ganas no faltaron».

Un recorrido indispensable, pues, para entender las tensiones políticas que se vivieron en nuestro país el siglo pasado, evidenciando el papel intervencionista del ejército en el devenir político de España (no solo en la Guerra Civil, sino en otras insurrecciones), pero donde también se reivindica el papel heroico de algunos miembros del ejército que lucharon contra sus superiores para defender la libertad y la renovación de unos ideales caducos, reaccionarios e intransigentes.

He aquí la forma de adquirir este portentoso ensayo:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2020-03-10-09-29-28

Demonios de Babilonia (I)

En esta amplia y fértil región de Oriente Próximo, regada por los ríos Tigris y Éufrates, se erigieron algunas de las civilizaciones más fascinantes del mundo antiguo. Mesopotamia y sus muchos reinos fueron pioneros en numerosos campos, también en la lucha contra el mal y en la configuración de todo un universo mitológico donde los dioses pugnaban con monstruos antediluvianos, las enfermedades eran causadas por demonios y los oráculos vaticinaban el porvenir. Exorcistas, magos, vampiros y fantasmas jalonan las siguientes líneas.

Óscar Herradón ©

La diosa Ishtar, «la reina de la noche»

Parece una broma macabra del destino que las grandes extensiones de Oriente Próximo y Medio que hoy en día son verdaderos polvorines y campos de la muerte, con Siria como eje central de una guerra que ha durado más de ocho años y que aún da sus últimos coletazos, terminando con siglos y siglos de historia bajo los escombros, y demasiados muertos, la mayoría inocentes, fueran en su día la cuna de las grandes civilizaciones. Damasco, Alepo, Palmyra… han sido recientemente escenarios de luchas fratricidas y territorio de islamistas radicales, sin embargo, durante miles de años gozaron de un esplendor que actualmente costaría imaginar a cualquiera.

Lo mismo sucedió con la hoy caótica y violenta Irak, antaño Babilonia, la más gloriosa capital del mundo antiguo, en la Baja Mesopotamia, una urbe portentosa regada por los ríos Tigris y Éufrates. Más tarde llegaría el Imperio persa… La historia con letras de oro se escribió en estos lugares hoy trágicamente devastados. No vamos a hablar aquí de cuáles fueron los imperios que surgieron aquí, ni cuáles sus conquistas o enfrentamientos, ni sus tragedias, hoy tantas y tan ignominiosas, ni quiénes –grandes potencias occidentales incluidas– son en parte responsables de las mismas. Sí nos centraremos, en cambio, en algunos de sus dioses más temibles, en sus ritos de paso e iniciáticos, en la lucha entre el bien y el mal en unas sociedades antiguas que tenían castas sacerdotales, realizaban exorcismos muy elaborados, ceremonias mágico-religiosas en fechas señaladas y también realizaron sacrificios de sangre.

Viajamos nada menos que hasta el siglo XVIII antes de Cristo, siglos antes del gran esplendor de los faraones egipcios, cuando Hammurabi reinaba en esa misma Babilonia, el gran centro político, religioso y cultural del mundo antiguo, para enfrentarnos a los demonios de horribles formas de Mesopotamia en el tiempo en que los hombres acudían atónitos a la lucha titánica entre Marduk y Tiamat, dioses que presidían los mitos de la creación en Mesopotamia, relatos recogidos –con numerosas variaciones que no vienen al caso– en el Enuma Elish o Poema babilónico de la Creación, y en la Plegaria para la fundación de un templo, entre otros textos cosmogónicos.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Durante un viaje a Berlín en 2017 tuve la ocasión de apreciar en el Museo de Pérgamo la reconstrucción de la llamada puerta de Ishtar, y aunque algo fuera de contexto si tenemos en cuenta la capital alemana en pleno siglo XXI y la antigua Babilonia, por mucho que la sala esté acondicionada para aparentar la lejanía de los siglos, lo cierto es que uno puede acercarse –aunque mínimamente– a lo que debió ser el esplendor de una civilización apoteósica. Por soñar que no quede.

Exorcismos y conjuros

En el extenso periodo comprendido entre el 3.000 y el 2.000 a.C. los hombres pensaban que las enfermedades –a las que llamaban shêrtu– no podían ser causadas directamente por los dioses, sino que los culpables de las mismas eran nada menos que un ejército de 6.000 demonios –ni en acadio ni en sumerio existía un término para evocar a los «demonios» o los «diablos», sino designaciones particulares de seres misteriosos y nocivos, tomados de instituciones represivas o de seres zoomorfos o antropomorfos más o menos monstruosos y malvados y que a día de hoy no conocemos bien– dispuestos en todo momento a causar el mal ajeno provocando pestes, fiebres, abortos y todo tipo de epidemias destinadas a castigar a los hombres por sus pecados. En la cosmovisión de los mesopotámicos, la religión nunca podía ir desligada de la vida cotidiana y relacionaban el dolor físico con el más allá al creer que una enfermedad, que conocían como «la mano del espíritu de la muerte», era causada por un castigo divino (o bien a causa de un maleficio o de un «demonio») de ahí la importancia de las figuras de las que ahora vamos a hablar.

Fotografía de Óscar Herradón (Berlín, mayo de 2017)

Existían dos especialistas a la hora de paliar la enfermedad, cuyas acciones se complementaban para curar: el asû, el médico propiamente dicho, que prescribía qué tratamientos debía seguir el enfermo para curar sus males físicos o anímicos, y el âshipum o ásipu –sacerdote mesopotámico–, una suerte de mago-exorcista que se encargaba de los enfermedades que consideraban de índole sobrenatural y cuya finalidad era expulsar a los «agentes malignos» del cuerpo. El exorcista –en sumerio, lú-mas-mas– ejercía, en palabras del dominico e historiador francés Jean Bottéro, especializado en el Antiguo Oriente Próximo, «una verdadera profesión sacerdotal, delicada y compleja; ducho en el diagnóstico de los pacientes que iban a consultarle y al corriente de las condiciones adivinatorias en las que cada uno se encontraba, capaz también de elegir para él la fórmula que le convenía exactamente y de organizar y dirigir su ejecución, en el ‘momento propicio’, debía ser a la vez adivino, psicólogo, médico, confidente perspicaz y liturgista».

Debía ser obligatoriamente culto y le correspondía preparar y presidir todo su ritual, disponiendo el material de los ritos manuales y utilizándolos como era debido, recitando él mismo ciertos ritos orales, comisionado –según creía– por los dioses y dotado por ellos de los poderes especiales necesarios. Además, tras la ceremonia, pertrechaba al «poseído» o enfermo de amuletos y consejos protectores, siendo así el miembro más importante del clero en materia de culto sacramental. Siguiendo a Bottéro, «el exorcismo ocupó ciertamente un lugar sin igual en la vida ‘interior’ de los antiguos mesopotámicos».

El primer paso era que el propio enfermo ordenase a los demonios salir de su interior: «¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!», y después se pedía a los dioses que intercedieran para llevar la expulsión a buen término.

El dios protector del âshipum era Enki/Ea, divinidad mesopotámica de la sabiduría y del Apsú, la inmensa laguna subterránea de agua dulce y pura en la interpretación cosmogónica de las mitologías sumeria y acadia, del que obtendrían sus aguas todos los manantiales, ríos, lagos y otras fuentes de agua dulce.

Fórmulas mágicas y rituales ancestrales

Esta defensa contra el mal de carácter «mágico» se organizó en fórmulas, procedimientos y rituales, muy elaborados, adaptados cada uno de ellos a los efectos que se querían obtener, o a los inconvenientes que se querían evitar, «mediante el uso calculado de ritos orales y manuales, incluso, preferentemente, de una mezcla de los dos».

Los ritos exorcísticos consistían, generalmente, en actos y palabras en forma de oraciones. Siguiendo el Diccionario Akal de las religiones, estaban divididos en cuatro partes: 1. Descripción del demonio agresor, de la enfermedad o del encantamiento –magia negra– que atormentaba a la persona exorcizada; 2. Declaración de que el dios Marduk, que ha de pedir ayuda a su padre Enki/Ea para que el exorcismo –consistente en la eliminación del demonio atacante o del hechizo injustamente hecho– surta efecto; 3. Conversación entre Marduk y Enki. 4. Por último, la decisión de Enki/Ea de encargar a su hijo la ejecución del ritual, que debía efectuarse siguiendo sus indicaciones exactas. Los conjuros podían ser «lanzado» sobre el agua, el aceite o las plantas.

Como muestra, encontramos un ejemplo de «encantamiento» contra los efectos de una picadura de escorpión, en sumerio, fechado hacia mediados del tercer milenio: arrancaban su cola, rito manual elemental para neutralizar al animal y a la vez el mal presente, y todas las picaduras posteriores de todos los escorpiones posibles. Después venía el rito oral: a través de las palabras halagaban al animal, para «engatusarle»: por medio de esto, creían que quedaban suprimidos el mal de la picadura y sus consecuencias. Mientras, otro rito oral se dirigía a un «demonio» maléfico, al que ni siquiera nombraban, para neutralizar su influencia sobre aquel que había sido picado. Así, existía toda una medicina exorcista, diferente de la fundada en el empirismo, más racional, en la lucha contra la enfermedad.  Constituían un importante recurso religioso y además ofrecía todos los elementos de un amplio ceremonial multiforme, con numerosas ramificaciones.

Uno de los demonios a los que más solían combatir era Lamashtu, del que se creía que atacaba principalmente a niños y a mujeres embarazadas. Las «recetas» para los ritos exorcísticos de los niños solían ser complejas: había que mezclar piel de caballo, grasa de pescado y de un cerdo de color blanco, ceniza, manteca, tierra recogida junto a las puertas de los templos, diferentes tipos de hierbas, etcétera. A su vez, se rodeaba el lecho donde yacía el pequeño enfermo con pasta de harina.

En cuanto a la mujer encinta, se la protegía colgando cerca de ella lo que se conocía como «piedras del parto». Pero también existían conjuros especiales para el dolor de muelas, contra la parálisis, contra enfermedades de diverso género, para expulsar a los demonios que se hubieran instalado en una casa e incluso ¡contra el perro que hubiese orinado sobre una persona!

Trasnporte de los leones alados de Nínive a Londres

Los textos que contienen exorcismos están la mayoría recogidos en las 30.000 tablillas de la biblioteca de Asurbanipal –descubiertas en Nínive en 1841 por el viajero británico y arqueólogo Austen Henry Layard–, de las que unas 800 están dedicadas a la medicina, la sobrenatural incluida. Él fue también el responsable del traslado de los leones alados de Nínive hasta el British Museum, impresionantes monumentos que tuvo ocasión de apreciar en 2014 en la capital inglesa y que te dejan sin aliento… imagináos en su contexto, en época de pleno esplendor de la ciudad asiria.

Divinidad sanadora

A pesar de que conocemos la existencia de la figura del âshipum, se desconoce cómo se transmitían estos conocimientos, aunque algunos investigadores apuntan que podría existir un centro principal en la ciudad de Isin, lugar de la diosa Gula, considerada la divinidad sanadora. Y es que la escritura cuneiforme alberga numerosos secretos en este sentido. En 2007, gracias a textos cuneiformes, la filóloga Barbara Böck, científica titular del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, logró reconstruir muchos de los métodos de cura que usaban los habitantes de Mesopotamia hace 4.000 años, centrándose también en la parte sobrenatural y mágica, siempre muy presente en estas culturas.

Por ejemplo, gracias a las traducciones de Böck y su equipo, conocemos el libro Mushu’u –«Masajes»–, escrito en las lenguas sumeria y acadia que contiene más de cincuenta conjuros que eran recitados por los exorcistas mientras se aplicaban los tratamientos para eliminar las migrañas o las parálisis. Existe también un libro donde hay recetas y textos médicos que explican el aceite que se usaba para dicho masaje y el mal que conseguía evitar. Lo untaban de un modo centrífugo, desde el torso a las extremidades del enfermo. Finalmente, colocaban amuletos en las muñecas y los tobillos para evitar que el demonio –o los demonios– volvieran a entrar en el cuerpo. Los mesopotámicos celebraban estos ritos por los general durante dos días concretos del mes de agosto de nuestro calendario, porque pensaban que eran los más idóneos para comunicarse con el más allá y poder expulsar de sus cuerpos a esa entidad maligna que formaba parte de toda una legión de seres del inframundo.

Al margen de la enfermedad, los demonios que podían afectar a otras esferas eran combatidos también por medio de la magia. Existían encantamientos específicos como la quema de esfinges para luchas contra seres malignos. Otras veces, se ofrecía a los demonios causantes de cualquier tipo de mal una víctima sustitutoria, normalmente un chivo, acompañado de oraciones y súplicas para que la entidad desistiera de su propósito. También se recitaban encantamientos en los ritos específicos contra los espíritus de los muertos. Toda la sociedad estaba impregnada por esta relación invisible.

Este post continuará escarbando entre la cenizas de la vieja Babilonia…

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

La editorial Trotta acaba de publicar una monumental y absorbente monografía sobre la vieja Mesopotamia y los reinos que configuraron aquella importante región, cuna de la civilización a caballo entre Oriente y Occidente. En Historia del Próximo Oriente Antiguo (ca. 3000-323 a.n.e.), el profesor de Historia en la Universidad de Columbia (EEUU) y fundador de la revista Journal of Ancient Near Eastern History, Marc van de Mieroop, realiza un minucioso y revelador recorrido por el nacimiento, el esplendor y el fin de los pueblos que se establecieron a orillas del Tigris y el Éufrates sentando las bases de una lejana modernidad.

Comienza con una mirada a los pueblos nómadas y sedentarios que acabaron estableciéndose en dicha región para después centrarse en los primeros grandes mandatarios, como Shamshi-Adad I, quien fuera rey de Asiria entre el 1813 y el 1781 a.C. y cuya biografía podemos reconstruir en parte a través de diversas fuentes, como los escritos hallados en las ruinas de Maria, en la actual Siria, la lista real asiria y la llamada Crónica de los Epónimos; luego continúa abordando profundamente la figura de Hammurabi, sexto rey de Babilonia, y cómo sus leyes y su «código» del «ojo por ojo» revolucionaría la legislación babilónica para continuar con el reino hitita y la llamada «Edad Oscura», una época de crisis en la era antigua y punto de inflexión de un nuevo resurgir que acabaría floreciendo en distintos reinos como el Reino Nuevo Hitita o el Reino Medio elamita y, finalmente, en la eclosión de Persia y la creación de un imperio mundial bajo el cetro de grandes reyes como Darío I, Darío III o Jerjes.

Asimismo, en estas alumbradoras páginas De Mieroop nos ilustra sobre los sistemas políticos de los distintos pueblos asentados en esta zona del Próximo Oriente, la diplomacia, la guerra, las organizaciones sociales y, ya en el marco del imperio persa, su ascenso y expansión, los avances políticos, la administración y finalmente la inevitable caída tras siglos de esplendor. En definitiva, una completa obra sobre una de las grandes cunas de la civilización y, a pesar de su destacado papel en el avance humano y la historiografía, una gran desconocida por el gran público occidental frente a civilizaciones como la Grecia clásico o el Antiguo Egipto.