Prisiones siniestras de la historia (I)

En el siguiente post, realizamos un recorrido, desde la antigüedad a nuestros desconcertantes días, por los presidios y mazmorras más temibles erigidas por el hombre para el hombre. Algunas están impregnadas por la siempre presente huella de la leyenda, por lo general trágica, pero el misterio asoma también, cual intruso, cuando visitamos sus celdas, palpamos sus paredes, recorremos, como trasuntos de condenados en vida, sus polvorientos corredores de la muerte.

Óscar Herradón ©

Los gritos eran indescriptibles, el ambiente viciado y pestilente, las ratas, gigantescas, corrían a sus anchas, lacerando y comiendo la carne de los reos cuando éstos se descuidaban, agotados por la tiniebla; la cámara de torturas funcionaba a pleno rendimiento, el verdugo presto a desplegar toda su habilidad con artilugios que parecían ideados por la mano del mismo demonio… Celdas oscuras, llenas de humedad, sin comunicación posible con el exterior; la soledad, el hambre y la muerte inminente convertidas en única compañía. La falta de libertad como bandera.

Prisiones, presidios, cárceles… probablemente el lugar más temido por el hombre de todas las épocas, el reducto de piedra erigido para privar de libertad al ser humano, algo que hoy se hace más palpable ante el azote de la Covid-19 y el confinamiento obligado, lo que nos hace sentir un poquito cómo deben sentirse estos hombres, por desalmados que hayan sido. Un reducto pétreo en el que, por lo general, se cometieron atrocidades inimaginables con los congéneres y cuyas paredes, al menos aquellas de los que continúan en pie, son testigos mudos no solo del sufrimiento, que fue mucho, sino de episodios y sucesos cargados de misterio, el mismo misterio que sobrevolaba una atmósfera oscura, tétrica e impía de un rincón al otro del orbe azulado.

La Bastilla, prisión y símbolo regio

La Bastilla, símbolo del absolutismo francés, se ideó en 1356, en una época de gran convulsión política, en plena guerra contra los ingleses, a modo de recinto alrededor de París para proteger la ciudad de cualquier amenaza exterior, por orden de Etienne Marcel, en un momento en el que el rey galo era prisionero de los ingleses. La célebre torre de la prisión se comenzó a construir en la puerta de St. Antoine. La primera piedra fue colocada el 22 de abril de 1370 y en 1382, con Carlos VI sentado en el trono, se culminó su construcción; un impresionante edificio formado por ocho torres de 22 metros y unas paredes inexpugnables de cuatro metros de grosor.

Lo que empezó siendo una fortaleza que protegiera la ciudad de la luz acabó por convertirse en símbolo del poder real, en prisión de Estado en la que eran encerrado los reos por orden expresa del monarca, simplemente con carta sellada por Su Majestad –conocida como lettre de cachet. Un presidio que en numerosas ocasiones fue «alojamiento» de personas de renombre, como el cardenal del Balue, que fue encerrado en una jaula por orden del rey Luis XI, el mariscal de Biron, acusado de espía de los españoles, el célebre ministro de finanzas Fouquet, por orden de Luis XIV, o «inquilinos» tan célebres como Voltaire, que fue encerrado en ella dos veces y el enigmático hombre de la máscara de hierro, personaje cuya identidad aún hoy continúa siendo esquiva y ha dado pie a todo tipo de hipótesis: que si se trataba de un hermano del propio Rey Sol, que si era un hermano gemelo del monarca, que si Fouquet, e incluso el dramaturgo Molière o el propio mosquetero D’Artagnan, según la teoría esbozada por el historiador inglés Roger MacDonald.

En el siglo XVII, el temible cardenal Richelieu la utilizaría como cárcel de Estado, cuando tras sus gruesos muros se torturaba a los reos con crueldad hasta que confesaban sus «crímenes» –algo por otra parte habitual en aquel tiempo en cualquier prisión de cualquier país–. Algunas prisiones medievales contaban con algo que ya forma parte del museo de los horrores de la historia, un museo con demasiadas piezas; las denominadas oubliettes según la voz francesa, una palabra que deriva de oubli –olvido– y que consistía en pozos horadados en el suelo que servían de mazmorras, pero que acababan por convertirse en tumbas. Allí se arrojaba a los prisioneros más temidos –o a aquellos que simplemente se habían atrevido a desafiar el orden establecido–, donde eran relegados al olvido, alejados del mundo de los vivos hasta que morían de agotamiento, enfermedad o inanición. Aunque no se sabe con certeza si realmente existió, la oubliette más célebre según las crónicas fue precisamente la de la prisión «regia» francesa.

En el siglo XIX, el escritor galo Luis Blanc trazó un siniestro retrato de lo que fuera la Bastilla antes de la Revolución Francesa, un lugar ocupado por jaulas de hierro, calabozos subterráneos que eran «nido de sapos, lagartos, ratas monstruosas, arañas; una enorme piedra por todo mobiliario, cubierta con un poco de paja». Espacios donde el reo respiraba un aire viciado, pestilente, rodeado de las sombras del misterio y condenado a un encierro casi perpetuo, ignorante incluso de la pena por la que había sido condenado.

Una prisión que ha dado pie a numerosas leyendas y que en su día fue conocida como «el infierno de los vivos». Los reos sabían cuándo entraban, pero nunca cuándo habrían de salir. La Bastilla se convirtió así en símbolo del poder tiránico del rey, por lo que sería uno de los principales objetivos y símbolos de la Revolución Francesa, cuando fue tomada por una multitud enfervorecida que pretendía acabar con el símbolo del Antiguo Régimen. Aquello tuvo lugar el 14 de julio de 1789. El 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey, Luis XVI, símbolo para los franceses de un tiempo de oscuridad y prisiones que, bajo el gobierno revolucionario y sus aniquilaciones en masa sería todavía más siniestro.

La Torre de Londres

Dos fueron las prisiones más célebres de Inglaterra durante siglos: la Marshalsea –donde sobre los reos generalmente pendían delitos financieros– y la Torre de Londres, todavía hoy símbolo de tortura y habitáculo pétreo para entidades atormentadas, quizá el más célebre presidio, junto a Alcatraz y la Bastilla, de la historia más oscura del hombre.

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Situada a orillas del Támesis, fue fundada hacia el año 1066 por los normandos, con piedras blancas traídas de Francia. Sería Guillermo el Conquistador, en 1078, el encargado de construir la denominada Torre Blanca, comienzo de una edificaciónn que llamada posteriormente Palacio Real y Fortaleza de Su Majestad, sería utilizada tempranamente como prisión, convirtiéndose en símbolo de la opresión real. La Torre es un complejo fortificado de varios edificios situados dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso alrededor, y que sería ampliado en varias ocasiones durante los siglos XII y XIII, disposición que prácticamente se mantendría inalterable a partir de entonces. A partir del siglo XIV, con motivo de la coronación de un nuevo rey, una procesión partía desde este símbolo del poder de Inglaterra hasta la Abadía de Westminster, donde se realizaba la ceremonia en sí. Desde su construcción hasta el siglo XV fue utilizada también como residencia real, pero los Tudor preferirían utilizarla básicamente como fortaleza y prisión, una prisión rodeada de leyendas, estandarte del sufrimiento y la sinrazón humanas.

A lo largo de su historia, parece que solo unas siete personas fueron ejecutadas dentro de sus gruesos muros; lo común era trasladar a los condenados hasta una colina denominada Tower Hill, situada al norte de la fortaleza, donde a lo largo de cuatro siglos fueron ejecutadas al menos 112 personas, pero no sería raro que el número fuera mucho mayor. 

Foto Óscar Herradón (noviembre de 2014)

Es célebre también su Torre Sangrienta –Bloody Tower–. En principio, dicha cámara era una especie de estancia «de lujo», donde eran retenidos personajes de renombre como el arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, siendo quemado en la hoguera por orden de María Tudor al haber validado el matrimonio de su padre con Jane Seymour –no debemos olvidar que María era la hija de Catalina de Aragón, primera consorte y única legítima a ojos de los católicos del fallecido monarca inglés–. Pero más tarde pasaría a ser conocida con el escalofriante nombre actual, según la tradición, porque Ricardo III mandó asesinar en ella a sus sobrinos, aunque nunca se supo el verdadero destino de estos príncipes.

La Torre de Londres fue célebre en tiempos precisamente de los Tudor, con el citado monarca, tan pasional como depravado, su hija la católica María Tudor, y con su hermana, la protestante Isabel I –que curiosamente había estado encerrada varios años en dichas fortaleza–, cuando los espías a sueldo del secretario de Estado Francis Walsingham perseguían católicos con denuedo.

Máquinas de tortura, jaulas de hierro, una humedad y olor fétido que condenaba a los reos a un calvario constante… Durante el reinado del despiadado Enrique VIII, el verdugo más célebre de la fortaleza fue Sir Leonard Skevington, teniente de la Torre, quien ideó una máquina de tortura atroz y célebre desde entonces en Inglaterra: la llamada «hija de Scavenger –o Skevington–». Cuenta la tradición que durante un interrogatorio a un traidor al rey, en 1581, Skevington se encontró con el problema de que el reo medía más de dos metros, por lo que no podía ser torturado en el potro, la gran especialidad del jefe de los verdugos; fue así como a Leonard se le ocurrió crear un artilugio cuyo funcionamiento era precisamente el contrario al del potro: mientras este último se construyó para estirar las extremidades hasta casi desmembrarlas, la «hija de Scavenger» consistía en comprimir los miembros; era un dispositivo con dos grandes brazos que forzaban al reo a colocarse en posición fetal. Al ceñirlos podían destrozar la espalda y fracturar brazos y piernas; a medida que el acero presionaba la caja torácica, las costillas se fracturaban y dislocaban, los pulmones se comprimían y, en el momento culmen, la sangre brotaba a chorros por los orificios del cuerpo. Otra víctima de este terrible artefacto, poco usado por otra parte en los interrogatorios, fue Thomas Cottam, un sacerdote católico que fue ejecutado en tiempos de Isabel I de Inglaterra.

Famosa es también en la fortaleza la llamada «Puerta de los Traidores», que hoy puede verse en las visitas guiadas que se llevan a cabo en la fortaleza y que constituyen uno de los mayores atractivos turísticos de Londres. Construida por Eduardo I, en un primer momento esta, situada en la llamada Torre de St. Thomas, era una de las principales entradas fluviales del castillo, que cambió de nombre cuando se convirtió en el acceso por el que eran conducidos reos acusados de alta traición como Tomás Moro o Ana Bolena, cuya sombra, alargada, dicen que aún puede verse en su interior…

(Foto Óscar Herradón. Noviembre de 2014)

El «espectro» más célebre que aseguran se pasea por las dependencias de la Torre londinense, como digo, es el de Ana Bolena, decapitada por orden de su marido, Enrique VIII –quien tenía especial devoción por enviar a sus cónyuges al cadalso–, acusada de adulterio, incesto –con su hermano– y alta traición, quien permaneció encerrada en la prisión hasta su ejecución, en 1536. Cuentan que ha sido vista numerosas veces por miles de testigos en más de 100 lugares distintos de la fortaleza y la torre. Uno de los testimonios más célebres fue el de un joven centinela que 1864 hacía guardia debajo de la llamada «Casa de la Reina», quien aseguraba haberla visto recorrer los pasillos: de la niebla surgió una figura ataviada de blanco que, presurosa, se dirigía hacia él, traspasándole. Otra cosa es que aquella «visión» fuera fruto de la sugestión que y el temor que ya atenazaba a los guardianes, si no fuera porque la figura fue también vista por otros dos soldados, que aseguraron haber presenciado la escena. Otras leyendas del folclore inglés afirman que la madre de Isabel I, la Reina Virgen, solía aparecerse a los testigos sin cabeza, lo que se era fruto de la forma en la que había sido ajusticiada: decapitada por el verdugo.

Aunque parece no ser el único «fantasma» que se pasea a sus anchas por este símbolo londinense. Diversos testimonios afirman que también se aparece el de Lady Jane Grey, conocida como “la reina de los nueve días” –el escaso tiempo que reinó– quien también fue ejecutada en la Torre de Londres, donde fue encerrada por orden de la católica María Tudor al no renunciar a su credo protestante, acusada de participar en una rebelión de la que al parecer la desdichada ni siquiera había formado parte. Jane Grey fue sentenciada en febrero de 1554 y decapitada en la explanada que se hallaba en frente de la Torre. En 1957, en el aniversario de su ejecución, aseguran que un guardián vislumbró una masa blanquecina que acabó tomando la forma de Lady Jane, suceso corroborado por otro testigo.

(Fotografía Óscar Herradón. Noviembre de 2014. Con Teresa Nieto).

Otros «espectros célebres» son los de Thomas Beckett –quien aparece golpeando uno de los muros con su crucifijo–, o una procesión fantasmal que al parecer puede verse en el aniversario de la ejecución de Margarita Pole, ordenada por el sanguinario Enrique VIII que ya he citado anteriormente. Las extrañas apariciones han llegado a afectar a un edificio de oficinas de lujo situado frente a la fortaleza, cerca del Tower Bridge, donde los operarios de mantenimiento y limpieza afirman haber observado la aparición de una dama en la primera planta, junto al hall y también en los pasillos de la segunda planta. No obstante, la tradición fantasmagórica está fuertemente asentada en Inglaterra y Escocia, y fue impulsada por los escritores románticos, que dejaron una huella indeleble en sus gentes, muy predispuestas a observar «fenómenos extraños» que quizá no hayan tenido jamás lugar. Ya sabemos del fuerte poder de la sugestión…

Sea como fuere, la Torre de Londres y aledaños es un lugar misterioso y extraño que aún conserva entre sus muros el aroma de un tiempo de injusticia y temor en el que los monarcas dictaban sus órdenes implacablemente, por lo que se quizá se escuchen los lamentos eternos de los que allí fueron sacrificados sin compasión bajo el hacha del verdugo. Si alguien se aventura a visitarla, que le dedique al menos medio día entero, pues la visita el larga, fascinante, obligada para los apasionados de la historia.

La Isla del Diablo

Como en la archifamosa serie Perdidos, pero con un argumento tristemente real, los habitantes de la isla del diablo estaban prisioneros en un paraíso del que no podían escapar; su ubicación, el agua que la rodea, eran sus verdaderos barrotes. Una colonia penal en Panamá en la que tuvieron lugar hechos terribles, luctuosos, que todavía se palpan en ese ambiente por lo demás paradisíaco. Pero la exuberante vegetación no es capaz por sí sola de ocultar el sufrimiento y la muerte que allí tuvieron lugar, los miles de cadáveres que descansan bajo su tierra tras años de padecimientos indescriptibles.

La Isla del Diablo –nombre que también se daría a la estadounidense Alcatraz– es la más pequeña de las tres Islas de Salvación y se halla a 11 km de la costa de Guayana francesa, con una extensión de 0,14 km2. Rocosa y cubierta de vegetación tropical, se encuentra a unos 40 metros sobre el nivel del mar.

Su historia como presidio comienza en 1851, cuando el emperador francés Napoleón III decidió utilizarla para enviar lejos del país a prisioneros de todo tipo, desde criminales y asesinos a presos políticos. El presidio era administrado desde Korou, en tierra firme, pero las condiciones en la isla eran estremecedoras, en condiciones sanitarias y alimenticias infrahumanas, de ahí su significativo nombre. Desde 1852 hasta 1938 fueron enviados al lugar más de 80.000 prisioneros, la mayoría de los cuales no salía jamás con vida.

El penal fue clausurado en 1946, siendo repatriados a Francia la mayoría de sus presos, algunos tan célebres como Alfred Dreyfus, que pasó allí cuatro años hasta que fue declarado inocente en 1906 a raíz del «Caso Dreyfus», el anarquista Clément Duval, quien escribiría en sus Memorias acerca de su paso por la isla, describiéndola como «uno de los barrios bajos de Sodoma, construida en la sombra de la bienintencionada burguesía de la Tercera República, un tributo a su modesta moralidad y su positiva ciencia penal». Al margen de esta descripción, influenciada sin duda por su pensamiento político, lo cierto es que la Isla del Diablo fue un lugar sobrecogedor. Quien mejor plasmó sus vivencias en aquel paraíso tropical que tras su exuberante vegetación ocultaba lo más sórdido de la humana, fue Henri Charrière, quien a través de su célebre novela Papillon –llevada también con éxito al cine por Franklin J. Schaffner en 1973– narraba sus numerosos intentos de fuga de las Islas de Salvación y también de la Isla del Diablo, describiendo algunas de las atrocidades que allí se cometían. Un historia cuya veracidad ha sido cuestionada numerosas veces, pero que no desmerece la siniestra fama de un lugar que, como bien indica su nombre, parecía haber sido construido y custodiado por los lugartenientes del príncipe de las tinieblas.

Este post continuará, tras los barrotes…

PARA CURIOSEAR UN POCO MÁS:

Tras el éxito cosechado con el libro La vuelta al mundo en 80 cementerios, el autor Fernando Gómez publica también con Ediciones Luciérnaga su nuevo trabajo, que nos viene que ni pintado para la temática de este post: El mundo a través de sus cárceles, un inquietante y tenebroso paseo por los presidios más emblemáticos, algunos de ellos citados en estas líneas: desde la Cárcel Mamerina de Roma o la Prisión de los Plomos de Venecia a la cárcel de Reading, en Inglaterra, la prisión australiana de Port Arthur o la siempre sugerente Alcatraz, «la Roca», que preside la sugerente portada del ensayo que podéis ver bajo estas líneas. En tiempos de confinamiento forzoso, no esta mal ver cómo han malvivido los reos, por muy temibles o despreciables que fueran, de un rincón al otro de este planeta (in)humano.

Supertecnología nazi en la Segunda Guerra Mundial

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos «OVNI», una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

Siguiendo la estela dejada en los anteriores post sobre los increíbles artilugios tecnológicos desarrollados por el Tercer Reich durante la contienda, algunas de las «Armas Milagrosas» más sorprendentes fueron las llamadas «armas limpias», que utilizaban en parte la energía medioambiental para funcionar.

El llamado «Cañón Sónico», diseñado por el doctor Richard Wallauschek, estaba formado por dos reflectores parabólicos conectados por varios tubos que formaban una cámara de disparo, donde una mezcla de oxígeno y metano, detonada de forma cíclica, producía unas ondas sónicas muy potentes, de gran amplitud. A unos 50 m y con un solo minuto de exposición, se calcula que habría matado a cualquiera que se hallara cerca y a unos 250 m produciría un dolor auditivo insoportable para el ser humano, aunque nunca fue usado sobre el terreno.

Wallauschek

En el Instituto Experimental de Lofer, en el Tirol austríaco, el Dr. Zippermeyer diseñó el llamado «Cañón de Vórtice» o «Rayo Torbellino», un mortero de gran calibre que disparaba proyectiles rellenos de carbón pulverizado y un explosivo de acción lenta que, combinados, al explotar creaban una suerte de tifón artificial que, debidamente orientado, podría derribar aviones enemigos que se encontraran cerca. También era sorprendente el «Cañón de Viento», aunque tampoco se utilizó jamás en combate.

El «Cañón de Vórtice» del Dr. Zippermeyer

Submarinos eléctricos, espoletas de infrarrojos para explosivos, bombas teledirigidas, tanques súper-pesados que no tenían rival, helicópteros experimentales, incluso un cañón curvo que se instalaba en los fusiles de asalto y podía disparar desde las esquinas…

Quizá la más sorprendente y peregrina de todas estas «Armas Milagrosas» (Wunderwaffen) fuera –si es que existió más allá de los cenáculos conspiracionistas–, la llamada «bomba endotérmica», que consistía en una serie de explosiones especiales que, al ser lanzadas desde aviones, tras detonar, generaría una zona de intenso frío, de un radio de acción de al menos un kilómetro, que congelaría cualquier forma de vida, aunque no dañaría las estructuras, ya que no generaba radiación. Un artefacto que finalmente nunca entró en acción, aunque los teóricos de la conspiración afirman que los americanos se hicieron con ella y eso explicaría algunos de los prototipos actuales de «armas meteorológicas». De momento, solo especulaciones, aunque fascinantes.

Curiosamente, la última unidad alemana, formada por once militares, que se rindió a los aliados, lo hizo varios meses después del suicidio de Hitler, en septiembre de 1945, en la estación de investigación meteorológica en la isla noruega ártica Spitzbergen. Los experimentos que allí se realizaron continúan siendo uno de los mayores misterios sin resolver de la Segunda Guerra Mundial.

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.

Armas «Milagrosas» del Tercer Reich (III)

Aviones a reacción, un cañón sónico y otro solar, prototipos “OVNI”, una supuesta bomba atómica e incluso un arma eléctrica basada en el Martillo de Thor. Los ingenieros y científicos nazis desarrollaron un arsenal bélico que parecía cosa del futuro, varias décadas adelantado a su tiempo. Un increíble repertorio de «Armas Milagrosas» que pudo haber cambiado el curso de la guerra, y de la historia.

Óscar Herradón ©

¿Qué sucedió cuando los bombarderos aliados de la RAF destruyeron las instalaciones de Peenemünde? Los proyectos de «Armas Milagrosas» no se detuvieron, ni mucho menos, y los nazis continuaron innovando en este campo, esta vez en laboratorios construidos en búnkeres bajo tierra que no podían localizar los rastreadores enemigos.

Aunque no todas las instalaciones fueron destruidas –el llamado «túnel del viento», la planta de medición y los terrenos de prueba, quedaron intactos–, la Operación Hidra retrasó notablemente el proyecto y obligó a trasladar las investigaciones y a algunos de sus más brillantes científicos a otro lugar secreto para continuar la lucha a la desesperada.

Laboratorios bajo tierra

Los bombardeos aliados contra Hamburgo, o las fábricas de cojinetes de Schweinfurt y las de Peenemünde citadas, obligaron a trasladar los equipos de investigación hasta Nordhausen, en Turingia, en el interior de las montañas Hartz, donde la empresas Mittelwerk GmbH se dedicaría a fabricar y montar las bombas voladoras V-1 y los cohetes V-2, así como motores de propulsión para los aviones Messerschmitt 262 –el primer avión de combate a reacción del mundo en estar en servicio– y otros modelos vanguardistas.

Me-262 (USAF, Wikipedia)

Las nuevas instalaciones fueron situadas una caverna de 23 metros de altitud, construida ex profeso para aquella tarea. Los presos del campo de concentración cercano de Mittelbau-Dora, que hoy permanece en pie como museo del horror, fueron trasladados hasta su interior y utilizados como mano de obra esclava. Llegaron a trabajar allí hasta 20.000 hombres en régimen de esclavitud. En la impresionante instalación secreta de Nordhausen se fabricaron más de 30.000 proyectiles V-1, de los cuales al menos una quinta parte cayó sobre Londres.

Hasta finales del verano de 1944, la fábrica consiguió permanecer oculta a los aliados gracias a que todas las entradas y conductos de ventilación estaban eficazmente camuflados y los misiles, una vez fabricados, eran cargados en grandes camiones o en vagones de tren dentro de los mismos túneles, de donde partían las vías hacia la red ferroviaria alemana hasta llegar a las bases de lanzamiento, situadas cerca del Canal de la Mancha. En diciembre de 1944, la fábrica subterránea había producido un total de 1.500 V-1 y 850 V-2, por lo que comenzaron a ampliar su superficie excavando nuevos túneles, uno de ellos destinado a una fábrica de oxígeno –necesario porque era uno de los combustibles empleados por los V-2–, una nueva fábrica de motores de avión y una refinería para producir petróleo sintético.

Cuando la derrota era inevitable, se habían lanzado sobre Londres unos 1.403 misiles que acabaron con la vida de 2.754 personas y causaron 6.532 heridos y también sobre otros objetivos, como Amberes, donde cayeron 1.214 misiles. De haber contado con más tiempo, el V-2, unido a otros diseños y armas «milagrosas» nazis, habrían sin duda influido de forma decisiva en el desenlace de la guerra. El 11 de abril de 1945, las tropas norteamericanas llegaron a los túneles, liberaron a los prisioneros –que habrían muerto si se hubiera dado vía libre al plan de bombardear las cuevas con napalm, que se barajó– e inspeccionaron minuciosamente el lugar antes de dejarlo en manos de los soviéticos, haciéndose, casi con seguridad, con importantes y secretos diseños de última generación.

Campo de concentración de Mittelbau-Dora

Nordhausen no sería el único refugio subterráneo donde los nazis llevarían adelante sus proyectos técnicos y sus «armas milagrosas». En diciembre de 2014 saltaba a los medios una sorprendente noticia: «Desentierran el laboratorio nuclear de Hitler», titulaba el rotativo español El Mundo, que se hacía eco de las investigaciones del historiador alemán Reiner Karlsh, quien decía probar la existencia de varios lugares de ensayos y laboratorios nucleares, pruebas que se habrían realizado el 3 de marzo de 1945 a las 21.20 horas y en octubre de 1944. La CIA parece que también poseía información de un espía que señaló que existían varios campos de tiro e identificó la entrada a una compleja red de túneles.

Túneles que cuya existencia fue corroborada por excavaciones en una zona bastante inaccesible de la población de St. Georgen an der Gusen, que formaba parte de Alemania durante el Tercer Reich y hoy es territorio austriaco, según hacía público en el semanario Der Standard el periodista Markus Rohrhofer. Una zona que despertó la curiosidad al detectarse niveles de radiactividad excesiva y aparentemente inexplicable.

Entonces, el documentalista Andreas Sulzer, al frente de la investigación, señalaba que en base a exploraciones geoeléctricas parece que las instalaciones fueron edificadas aprovechando una cavidad de la montaña rocosa: una extensión total de más de 75 hectáreas cuyos accesos estaban sellados y rodeados de muros de granito de gran espesor; las investigaciones sobre el terreno han dividido a los expertos: algunos creen que allí ser realizaron pruebas nucleares, laboratorios que estaban conectados con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen y la fábrica subterránea B8 Bergkristall –donde se fabricaba el Messerschmitt Me 262, mientras que otras corriente mantiene que los nazis nunca llegaron a ser capaces de construir un reactor nuclear, ni tampoco sabían cómo calcular la masa crítica de una bomba, según se determinó en las denominadas «conversaciones de Farm Hall» en 1945 tras los interrogatorios a varios científicos atómicos alemanes.

B8 Bergkristall

Y poco antes de dar forma a este reportaje, se hacía pública en Alemania la investigación del historiador Rainer Karlsch sobre unas galerías inexploradas de un búnker en Brandemburgo que pudo haber sido utilizado con fines bélicos. Aunque el polémico estudioso ya había «patinado» al sostener que los físicos nucleares habían logrado construir tres bombas nucleares, lo cierto es que las mediciones geomagnéticas parecen ahora darle la razón.

La historia cuenta que en el pequeño pueblo de Genshagen, junto a Ludwigsfelde, existían unas instalaciones de Daimler-Benz, concretamente una planta de fabricación de motores de avión. A comienzos de los años 40, en medio de la contienda, cuadrillas de trabajadores construyeron cerca de allí un complejo subterráneo que serviría de refugio antiaéreo durante los bombardeos. Pero parece que había algo más… En abril, con el avance del Ejército Rojo, un comando de las SS decidió volar los cinco accesos al búnker, «un despliegue excesivo» en palabras de Karlsch, que baraja que allí se ocultaran documentos secretos y también que al mismo fueron trasladados los materiales y proyectos que hasta entonces habían estado escondido en el espectacular castillo de Hakeburg, a unos 15 kilómetros de distancia.

El propietario de aquella antigua mansión señorial era Wilhelm Ohnesorge, ministro de Correos del Reich desde 1937 y que convirtió en su residencia después de que Hitler, en 1938, le otorgara 250.000 marcos como regalo de bodas. Ohnesorge, uno de los más entusiastas defensores de la producción de una bomba atómica, hizo construir en la finca de Hakeburg unas instalaciones de investigación y un centro de pruebas, donde un número indeterminado de científicos parece que trabajó en la construcción de material militar, precisamente en el momento de mayor auge de las denominadas «Armas Milagrosas», en los últimos meses de la guerra.

Frank Thadeusz, siguiendo la tesis de Rainer Karlsch, apunta que en dichas instalaciones se llegaron a producir verdaderos ingenios: desde aparatos de infrarrojos para visión nocturna hasta cohetes teledirigidos. A pesar de que el ministro enseñaba personalmente al Führer los maravillosos diseños que salían de sus laboratorios secretos, a éste parece que no le entusiasmaban demasiado, llegando a comentar en su círculo íntimo: «Hasta ahí íbamos a llegar, que ahora la guerra me la tenga que ganar el ministro de Correos…».

Wilhelm Ohnesorge

Sin embargo, los aliados serían poco después testigos de los avances que se habían llevado a cabo en los laboratorios armamentísticos tutelados por Ohnesorge: llegaron a fabricarse misiles antiaéreos guiados a distancia a través de monitores de televisión, algo increíble en su tiempo. Además, sus científicos desarrollaron diminutas cámaras que podían instalarse en los cohetes y convertirlos así en bombas dotadas de visión.

En las entrañas de la tierra los nazis cobijarían sus arsenales secretos que tantas décadas después del final de la guerra aún salen, de vez en cuando, a la luz, gracias al tesón de investigadores que a día de hoy continúan desempolvando los expedientes secretos del Tercer Reich, trazando un puzle cada vez más completo de aquel tiempo de verdugos y héroes, científicos y esclavos, cuya última línea aún está por escribir.  

PARA SABER UN POCO/MUCHO MÁS:

HERRADÓN AMEAL, Óscar: Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga, 2018.

Espías de Hitler. Las operaciones secretas más importantes y controvertidas de la Segunda Guerra Mundial. Ediciones Luciérnaga 2016.

La Orden Negra. El Ejército pagano del Tercer Reich. Edaf 2011.

PRINGLE, Heather: El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Debate, 2007.

ROMAÑA, José Miguel: Armas Secretas de Hitler. Nowtilus, 2011.

WITKOVSKI, Igor: The truth about the Wunderwaffe. RVP Press 2013.

VVAA: Armas Secretas de Hitler. Proyectos y prototipos de la Alemania nazi. Tikal, 2018.

VV.AA.: Hitler. Máquina de guerra. Ágata Editorial 1997.