Orquestando el Día D. Los secretos del Desembarco de Normandía (II)

Fue un momento crucial en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y a la hora de doblegar a las fuerzas de Hitler en el viejo continente. Ahora que Ático de los Libros publica el ensayo Normandía 1944, del prestigioso historiador y escritor británico James Holland, recordamos algunas anécdotas de aquella sangrienta y heroica jornada que cambió la historia para siempre.

Óscar Herradón ©

Lo más importante en todo momento, la mayor preocupación, había sido mantener el secreto de las operaciones. Gran parte de la costa meridional inglesa estaba cubierta de campamentos militares conocidos como «salchichas», donde las tropas de invasión permanecían aisladas, sin contacto con el exterior, aunque solo en la medida de lo posible, puesto que muchos soldados saltaban las alambradas para encontrarse con sus novias y esposas o tomar una última copa –para muchos, por desgracia, así sería–. La posibilidad de que se produjesen filtraciones era muy elevada (por ejemplo, un general estadounidense de las fuerzas aéreas fue enviado a casa con deshonra por haber revelado la fecha de la denominada Operación Overlord en el curso de una fiesta en el Claridge londinense).

Rommel con Hitler en 1942.

Entonces existía, según refiere Beevor en su exhaustivo estudio sobre aquellos días previos al que sería denominado por el general alemán Erwin Rommel, encargado de la defensa de Normandía, como «el Día más Largo», el temor de que en Fleet Street se notara la ausencia de los periodistas británicos invitados para acompañar a las fuerzas invasoras y cubrir e inmortalizar aquel glorioso momento. Tanto ingleses como alemanes sabían que el Día D era inminente, pero existía la duda sobre cuál sería la fecha exacta y dónde tendría lugar el desembarco, algo que había que ocultar al enemigo a toda costa. Era la conocida como Operación Bodyguard, que contaría con distintas ramificaciones orientadas a confundir a los ejércitos de Hitler para que culminara con éxito la invasión de Europa.

Teherán: el pistoletazo de salida

El origen de esta operación puede rastrearse hasta la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el primero de los encuentros de los «Tres Grandes» donde se juntarían Churchill, Roosevelt y Stalin para orquestar el ambicioso plan de invadir el Viejo Continente que en principio tendría lugar en mayo de 1944 (finalmente se retrasaría un mes), con el general Eisenhower como comandante supremo aliado y Montgomery como comandante de las fuerzas terrestres aliadas para el ataque a través del Canal de la Mancha.

Churchill con Roosevelt en Yalta.

Parece ser que durante la conferencia, al menos así nos lo ha transmitido la historia de aquel encuentro, Churchill se volvió hacia Stalin y profirió uno de sus típicos comentarios metafóricos que se convertiría en una suerte de mito: «En tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras». Stalin le contestó, secamente: «Esto es lo que llamamos astucia militar». La invasión del Día D, efectivamente, iba a estar protegida y ayudada por una campaña gigantesca, un conjunto de mentiras –a cuál más ingeniosa– para ocultar la verdad. En reconocimiento por la observación del premier británico, se bautizó a la empresa con el nombre en clave de Bodyguard (Guardaespaldas), si es que no se trata de otro más de esos abundantes episodios apócrifos que salpican los libros de historia y se dan por verdaderos.

El objetivo principal de la Operación Bodyguard era engañar a los alemanes para que creyeran que la invasión llegaría a un punto que no era, y que no llegaría al lugar que era, en palabras de Ben Macintyre: «Y aún más, para asegurarse de que esas tropas que se estaban preparando para rechazar la falsa invasión no eran desplegadas para repeler la auténtica, el engaño debía mantenerse después del Día D». La llamada «Operación Carne Picada» sirvió para facilitar los desembarcos en Sicilia en 1943. El objetivo ahora era justo el contrario: un año antes se había logrado convencer a los alemanes de que el objetivo más probable no era el objetivo real. Ahora el propósito era hacer creer a Hitler que el objetivo más verosímil era el objetivo.

En la actualidad el Día D aparece, con cierta aura mítica, como una victoria monumental, algo, en retrospectiva, como históricamente inevitable. Sin embargo, en aquel momento no parecía tan claro y los aliados tuvieron no pocas dificultades a la hora de llevarla a cabo: los ataques anfibios, como señala el citado Macintyre, estaban entre las operaciones más difíciles de la guerra y, además, los alemanes habían construido una denominada «zona de la muerte» a lo largo de toda la costa francesa, con una profundidad de más de ocho kilómetros, una pista de obstáculos letal hecha de alambre de espino, cemento y más de seis millones de minas, tras la cuales había emplazamientos de artillería y puestos de ametralladoras y búnkeres.

Sir Alan Brooke.

El Muro Atlántico parecía impenetrable y no eran pocos los militares escépticos acerca del éxito de la operación. El mariscal de campo sir Alan Brooke, jefe del Estado Mayor imperial, llegaría a decir: «Puede ser perfectamente el más terrible desastre de toda la guerra». Había que controlar el elemento sorpresa, probablemente el más complicado de mantener, a toda costa. Solo había un puñado de lugares adecuados para un desembarco masivo en aquella zona. En palabras de uno de los planificadores, según recoge John C. Materman en The Double Cross System in War, «era completamente imposible ocultar el hecho de que el ataque principal tendría lugar en algún punto entre la península de Cherburgo y Dunquerque».

Calais… un trampantojo

Calais destruida por los Stukas en junio de 1940.

El objetivo más obvio era el paso de Calais, en el noroeste, la región más cercana a la costa británica. Además, los puertos de aguas profundas de Calais y Boulogne podían ser abastecidos fácilmente así como reforzados una vez tomados por los aliados, y la cabeza de puente en Calais ofrecería la ruta más directa para una marcha de los ejércitos invasores hacia París y el corazón industrial alemán en el Ruhr. De hecho, el propio Hitler había identificado aquella región como el objetivo más probable: «Es ahí donde el enemigo debe atacar y atacará, y es ahí –a menos que todos los indicios sean engañosos– donde tendrá lugar la batalla decisiva contra las fuerzas de desembarco». Efectivamente, todos los indicios, la mayoría facilitados por agentes dobles, eran engañosos. Sin embargo, el Führer estaba completamente alerta respecto a la posibilidad de volver a ser engañado como en las invasiones del norte de África y Sicilia. Sería mucho más difícil para los servicios de Inteligencia aliados engañarle en esta ocasión.

Por su parte, en julio de 1944, los planificadores militares aliados habían llegado a la conclusión de que, «en lugar de las ventajas evidentes que proporciona el paso de Calais por su proximidad a nuestra costas», la costa de Normandía al norte de Caen representaba un mejor objetivo: las playas normandas eran largas, anchas y con pendientes suaves, con brechas adecuadas en las dunas a través de las cuales una fuerza invasora podría replegarse rápidamente tierra adentro. La ausencia de un fondeadero de aguas profundas se resolvería de manera ingeniosa mediante la construcción de enormes puertos artificiales conocidos como Puertos Mulberry.

Precisamente para dejar el camino libre a la invasión, y paralelamente a los preparativos militares, en un esfuerzo colectivo extraordinario, los servicios secretos británicos, en colaboración con los norteamericanos y los de la Francia Libre, llevarían a cabo uno de los más brillantes señuelos de la Segunda Guerra Mundial, utilizando las habilidades de un ecléctico grupo de agentes dobles del Sistema de Doble Cruz, entre ellos, uno de los mejores espías de la contienda: el español Juan Pujol, alias «Garbo».

¿Qué encontraremos en el libro de James Holland Normandía 1944. El Día D y y la batalla por Francia?

En esta nueva historia del Día D y las batallas en Normandía (que Ático de los Libros publica en rústica con solapas tras el éxito de su edición en tapa dura), James Holland, el principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando la Segunda Guerra Mundial, nos ofrece una visión global que cuestiona mucho de lo que creemos saber sobre esta campaña. Muchos relatos anteriores han ignorado la escala y complejidad del esfuerzo bélico aliado, así como las limitaciones tácticas, operativas y estratégicas de las fuerzas alemanas.

A partir de archivos y testimonios inéditos que van desde soldados rasos hasta generales, pasando por pilotos de bombarderos, enfermeras o miembros de la Resistencia, el autor nos brinda, con una prosa palpitante, el relato épico de la campaña que supuso el principio del fin de la guerra en Europa. Normandía 1944 es una historia de lucha y superación, un relato del Día D y la campaña de los Aliados en Normandía que integra los niveles operacional, estratégico y táctico en una obra escrita con el magistral estilo que caracteriza a Holland.

Al día siguiente de la conquista

Ahora que están las aguas tan revueltas en relación al abuso –o no– del Imperio español durante la Conquista, más de cinco siglos después de que se produjera el que sin duda es uno de los grandes momentos históricos de la historia moderna, La Esfera de los Libros publica un ensayo que pone los puntos sobre las íes a nivel historiográfico en relación a asunto tan controvertido.

Óscar Herradón ©

Felipe VI.

Ayer la web de la Casa Real publicaba un vídeo en el que se veía a Felipe VI decir ante el embajador de México en España, Quirino Ordaz, que «hubo mucho abuso» durante la Conquista de América y que «Hay cosas que desde el punto de vista actual no pueden hacernos sentir orgullosos». Fue en el marco de una visita privada, sin prensa, a la exposición «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena». Destacando únicamente estas palabras, suena a disculpa rotunda, pero lo cierto es que en su declaración el monarca dijo más cosas (entre ellas, habló de la legislación a favor de los indígenas que solo tenía la monarquía hispánica en aquel tiempo): «También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las leyes de indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso y también, como decía antes, valorar el hecho de que de ahí, de ese conocimiento, pues nos apreciaremos más».

Y añadió aún más, insistiendo en la necesidad de que «las dos partes del Atlántico puedan conocer la historia común porque esa cultura mestiza es lo que nos define hoy», porque «conociendo la antigüedad es la manera que tenemos de valor lo que ocurre hoy»; y que «hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo».

Todo esta polémica comenzó hace unos años, en 2019, cuando el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, exigió por carta a los reyes de España que pidieran perdón «por la conquista» (exigencia que reiteró en mayo de 2024). Curioso, teniendo en cuenta que uno de sus abuelos era cántabro. La Casa Real no contestó, y como represalia, Felipe VI no fue invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta, Claudia Sheinbaum. Estas declaraciones del jefe del Estado se enmarcan en una política enfocada en suavizar las tiranteces con el país hermano en aras de fomentar la concordia, una suerte de gesto de reconciliación que ha sido bien visto al otro lado del Atlántico. ¿Y por qué ahora? Probablemente porque España acoge el próximo mes de noviembre la Cumbre Iberoamericana y existe una intención de acercamiento.

Leyenda Negra VS Leyenda Rosa

Ilustración del siglo XVI de Theodor de Bry.

Sin embargo, las palabras de Felipe VI levantaron un gran polvareda mediática –no parece ser que calibraran muy bien en prensa la repercusión que podrían tener tales declaraciones por parte del Jefe del Estado–, un nuevo encontronazo entre las fuerzas políticas, en este caso entre los partidarios de la leyenda negra sobre la Conquista (particularmente los grupos de izquierda y republicanos, gobierno de Sánchez incluido), y los que abrazan con entusiasmo la versión contraria, la exaltación de las glorias imperiales (que las hubo, claro, y no pocas), en parte engordadas por la llamada leyenda rosa.

Mapamundi de Juan de la Cosa (1500).

No, no todo fue maravilloso, pacífico y altruista, está claro, por mucho que la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, diga que la conquista de América «fue la mayor obra civilizadora de la historia y se respetaron los derechos de los súbditos». El Imperio español, el más grande de su tiempo y uno de los mayores de la historia, se enriqueció muy mucho con el oro de Indias y con el trabajo (o explotación, según se mire), de los indígenas y de sus tierras, hubo matanzas y opresión, como ha sucedido siempre en toda conquista, invasión, colonización, etcétera.

Llegada a América (1923). Óleo sobre lienzo de Camilo Egas.
Virgen de los Navegantes, de Alejo Fernández (1531-1536).

Pero no todo fue masacre, agresión y esclavitud, como quieren hacernos creer diversas facciones políticas y el propio gobierno mexicano actual, cuyos integrantes, no lo olvidemos, son los verdaderos descendientes de esos mismos españoles que se lanzaron a hacer carrera en el Nuevo Mundo. Porque sí hubo mestizaje, cosa que no pasó prácticamente en otras conquistas (o invasiones, depende del discurso) llevadas a cabo por ingleses o franceses un poco más al norte, en territorios que, curiosamente, fueron descubiertos por españoles, aunque la historiografía estadounidense ahora lo olvide, como olvida la crucial colaboración de la Corona española, entonces ceñida por Carlos III, a la Revolución e Independencia del pueblo norteamericano, a unos meses de que se cumpla el 250 aniversario de la Independencia, el 4 de julio de este 2026.

Matanza de Cholula.

Así, las palabras del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, principal líder de la oposición, tildadas por otros grupos políticos poco menos que de reaccionarias por afirmar que se siente orgulloso de la Conquista, en cierta manera, y lejos de polémicas vacías, tienen sentido, porque efectivamente, no se pueden juzgar el pasado y la historia bajo el prisma de nuestra actualidad o los valores –o falta de ellos– de un hombre del siglo XXI: «Hacer ahora un examen de las cosas que ocurrieron en el siglo XV es un disparate» –al fin y al cabo, un poco lo mismo que vino a decir Felipe VI, cuyas palabras se descontextualizaron por interés partidista, por unos y por otros–.

El encuentro entre Cortés y Moctezuma. Pintura del siglo XVII.

Y es que ni el concepto de guerra ni el de raza ni el de religión eran iguales en los siglos XV, XVI o XVII (ni siquiera a comienzos del siglo XX). Tampoco el de los derechos humanos que, aunque sea muy loable y un deber democrático defenderlos, no existían en la concepción del hombre renacentista, nos guste o no. Hoy tampoco podemos comprender una institución como el Santo Oficio, pero en el marco de una sociedad donde Dios era tan importante como el mismo Estado (o más), tenía su razón de ser –al margen de si eran justos o no sus procedimientos, como la tortura o la delación, por supuesto terribles a ojos de la jurisprudencia actual–. Porque si no, la historia deja de ser una ciencia social y se convierte en una suerte de ucronía más acorde a la ficción que a la realidad.

¿Qué encontraremos en este ensayo?

Para saber qué sucedió realmente justo después de que los españoles pusieran por primera vez sus pies (y sus mosquetes, sus morriones y sus Biblias) en el Nuevo Mundo, eso que descubrió por casualidad (¿o no tanta?) Cristóbal Colón cuando pretendía viajar por una nueva ruta a las Indias, nada mejor que acercarnos a las reveladoras páginas de una de las novedades de La Esfera de los Libros: Al día siguiente de la conquista. La historia de lo que España construyó en América, del historiador e hispanista mexicano Juan Miguel Zunzunegui. 

Vista de la Plaza Mayor de México (1695).

Según se detalla en el libro, castellanos, tlaxcaltecas y texcocanos comenzaron a construir la hispanidad: pueblo mestizo, cristiano y humanista, mágico y místico que dio la vuelta al mundo y engendró la primera globalización, una cultura que dejó un continente sembrado de vestigios de grandeza. Zunzunegui firma su primera obra en España –tras ser un superventas en su país de origen, no, no todos los mexicanos odian el Descubrimiento–, para contar sin odios ni rabia lo que verdaderamente ocurrió en América.

Un ensayo, sí, que desmiente la Leyenda Negra, pero que no teme señalar las faltas cometidas –insisto, un poco lo mismo que ha afirmado Felipe VI–. La historia de cuanto fuimos como imperio, unos y otros: «Qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos», escribe.

Pues eso, algo más de imparcialidad, aceptación del pasado y alejamiento de los discursos gloriosos y, por contra, tremendistas, que llevan o bien a la glorificación únicamente de la patria y la bandera frente a la justicia o bien a la decapitación de estatuas de personajes españoles de calado histórico en el Nuevo Mundo como Hernán Cortés,  fray Junípero Serra, Bernardo de Gálvez o el mismo artífice del Descubrimiento, Cristóbal Colón, algo tristemente cada vez más habitual.

That Texas Blood Vol. 1 (Planeta Cómic)

También de la mano de Planeta Cómics, de la que reseñamos recientemente la novela gráfica post-apocalíptica Lluvia, se publica el primer volumen de That Texas Blood, de Chris Condon y Jacob Phillips, un absorbente western contemporáneo ambientado en el centro sur profundo de los EE.UU.

Óscar Herradón ©

Un tomo que recopila la serie original (de los números 1 al 6) y que narra la historia de Joe Bob Coates, sheriff del condado de Ambrose cuya jubilación está cercana y quien lleva tiempo desencantado con su oficio y los problemas de una localidad del territorio tejano profundo. Como contraparte, tenemos la historia de Randy Terrill, un escritor que vive en Los Ángeles y que hace mucho tiempo que se marchó del pueblo hastiado; ahora debe volver, tras la muerte de su hermano, una muerte repentina y extraña, lo que provocará el rechazo de parte de los lugareños, que no ven bien su regreso.

Y a partir de ahí, con oscuros secretos que ocultan los personajes que pululan por estas páginas, se desatará una espiral de violencia que hunde sus raíces en un pasado lleno de traición y sangre. El guionista estadounidense Chris Condon es autor de obras relevantes del noveno arte como Harley Quinn Black + White + Redder, Ultimate Marvel, Marvel One Shot o Creepshow, y la más reciente, News from the fallout (junto a Jeffrey Alan Love), donde combina la ciencia ficción con el terror de corte clásico; y el dibujante británico Jacob Phillips (hijo del legendario Sean Phillips), responsable de los trazos de esta novela gráfica, ha destacado por obras como Reckless, Donde vi el cadáver, Night Fever y La Casa de los Impíos –estos tres últimos publicados por Norma Editorial– y Newburn, que ha publicado también este 2026 Planeta Cómic.

That Texas Blood es una obra vibrante salpicada de violencia, una violencia tan presente en todos los ámbitos de estos tiempos inciertos, que recuerda por un lado a los western modernos, pero por otro al cine de Tarantino o los hermanos Coen y que ha recibido excelentes críticas de los medios especializados en los Estados Unidos, e imaginamos que no tardará en cosecharlas de los patrios. La serie original contó con 20 números que probablemente Planeta Cómic publique tres o cuatro números integrales. En el Pandemónium, esperamos ansiosos el lanzamiento de la continuación.