Damas Ibéricas: el poder femenino tallado en piedra

La Esfera publica el último trabajo de Jesús Manuel de la Cruz Martín, un trabajo documentado y narrado de forma excepcional con ilustraciones de la historiadora y arqueóloga Silvia Martínez Amorós: Damas Ibéricas. Una historia del poder femenino con nombre de mujer.

Óscar Herradón ©

La Esfera de los Libros publicó este 2026 este ensayo divulgativo, con el que el profesor e historiador madrileño amplía el trabajo que viene desarrollando desde 2020 en su proyecto de divulgación «Voces de Bronce y Hierro», dedicado a los pueblos prerromanos de la península y ya conocido por libros anteriores como La Bicha de Balazote y el Más Allá de los íberos.

Figuras oferentes. Cerro de los Santos (Albacete).

La tesis central del libro es sencilla y, a la vez, poco explotada hasta ahora: de todos los pueblos que habitaron la Península antes de la llegada de Roma, solo los íberos del sur tallaron en piedra a sus mujeres aristócratas, y además durante una ventana temporal muy breve. De la Cruz Martín reconstruye, yacimiento a yacimiento, desde la Prehistoria hasta la Edad del Hierro, ese universo funerario y religioso en el que la mujer ocupaba parcelas de poder que la historiografía tradicional tardó en reconocer. El libro, como decimos, viene ilustrado por la arqueóloga Silvia Martínez Amorós, un añadido que en este tipo de ensayo visual no es mero adorno o aderezo de la edición sino parte del argumento, dado que buena parte de lo que se sabe de estas mujeres se deduce de la estatuaria.

Las «damas» ibéricas

La pieza que abre y cierra cualquier conversación sobre este tema es, inevitablemente, la Dama de Elche: unos labradores la desenterraron por casualidad en 1897 en La Alcudia, y su busto de caliza acabó primero en el Louvre antes de que el franquismo reclamara su devolución en 1940 como símbolo de la «raza ibera», instalándola en el Prado hasta que en 1971 pasó al Museo Arqueológico Nacional. Durante la ocupación nazi de París estuvo incluso escondida junto a otras piezas del patrimonio español que habían quedado varadas en Francia. Y no todo es unanimidad: en 1995 el historiador del arte estadounidense John F. Moffitt llegó a sostener que se trataba de una falsificación decimonónica, atribuida a un falsario de la zona levantina, en una época en la que efectivamente existía un negocio próspero de imitaciones arqueológicas. No era así.

Dama de Baza.

Menos conocida, pero igual de fascinante, es la Dama de Baza, hallada intacta en 1971 en la tumba 155 de la necrópolis granadina de Basti: una urna funeraria con forma de mujer sentada en un trono alado, rodeada de armas, algo que en su momento desmontó el prejuicio de que las sepulturas con armamento eran necesariamente masculinas. Los análisis óseos revelaron que se trataba de una mujer de entre veinte y treinta años, sin patología conocida, y todavía se discute si la escultura representaba a una divinidad, una sacerdotisa o una aristócrata real.

Monumento de Pozo Moro.

A ella se suman otras «damas» menos célebres –las de Porcuna, Cabezo Lucero o Pozo Moro– que completan ese pequeño catálogo escultórico único en la Europa de la época. Y hay un detalle casi folclórico que De la Cruz Martín rescata en la línea de la propia tesis del libro: en algunas comunidades íberas las mujeres competían tejiendo telas durante fiestas rituales, y las que producían las piezas más numerosas o mejor tramadas recibían regalos públicos, una prueba más, indirecta, de cómo el prestigio femenino se construía y se exhibía en esas sociedades.

Rasputín y la caída de los Romanov

La editorial Crítica publica en castellano el último trabajo del historiador británico Antony Beevor, la biografía definitiva del monje «loco» que encandiló a los zares, un recorrido por la decadente corte rusa en los años previos a la Revolución.

Óscar Herradón ©

Cuando la emperatriz viuda de Rusia estaba embarazada del futuro zar, tuvo un sueño que marcaría el resto de sus días: su hijo moriría a manos de un campesino. ¿Se cumpliría esa profecía con la llegada a la corte de Grigori Rasputín, un enigmático monje apenas alfabetizado, procedente de Siberia?

En este retrato extraordinario, el prestigioso historiador británico Antony Beevor (cuya prolífica obra está en su mayor parte publicada en castellano precisamente por la Editorial Crítica) nos acerca como nunca antes a la escandalosa vida y muerte de Rasputín. Aunque nunca ocupó un cargo oficial en la corte, el místico ruso Grigori Yefímovich, nacido el 21 de enero de 1869 en Prokóvskoye, hoy en el óblast ruso de Tiumén, ejerció una influencia decisiva sobre los Romanov y protagonizó episodios de corrupción política y financiera y numerosos escándalos sexuales. Las consecuencias de los rumores y las teorías conspirativas a su alrededor propiciaron tal desafección hacia la corte del zar que, cuando estalló la Revolución de febrero de 1917, casi nadie alzó una espada en su defensa.

Bearded man whispering to crowned woman on an ornate sofa beside spilled drinks
Imagen generada con la IA de WordPress.

A través de informes, entrevistas e interrogatorios inéditos, Beevor revela la verdad tras la leyenda de Rasputín: las motivaciones de su oportunismo político, su profunda hipocresía y la lujuria desenfrenada. Entre un thriller político y un misterio gótico, esta biografía revela una historia fascinante de perversión humana y caída de imperios.

¿Qué encontraremos en las páginas de este ensayo?

Este nuevo título sobre el controvertido Rasputín llega como el enésimo intento de desentrañar a la figura más mitificada del ocaso zarista, pero Antony Beevor, historiador militar curtido en Stalingrado y Berlín, plantea desde el arranque un giro de enfoque: no es, según sus propias palabras, una biografía convencional, sino una exploración de la tierra de nadie entre el hecho y el mito. Esa declaración de intenciones marca la lectura que ha hecho de él la crítica anglosajona, mayoritariamente elogiosa aunque no unánime en sus reparos.

Philippe de Lyon.

Stephen Lovell, en Literary Review, reconoce que la historia está muy trillada, pero valora que Beevor sabe extraer sus aspectos más reveladores, en particular la demostración de hasta qué punto la corte imperial, sumida en una fiebre espiritista de la época, era terreno abonado para un gurú como Rasputín. Es precisamente esa lectura de contexto –una Rusia cortesana ya predispuesta al misticismo antes de que Rasputín apareciera, donde pululaban personajes como el francés Philippe Nizier Anthelme (conocido como Maestro Philippe de Lyon), con fama de ocultista y curandero y que cautivó a Nicolás II–, la que distingue al libro de otras biografías del personaje.

Teffi.

The Irish Times insiste en esa misma clave: no se trata de una biografía en sentido estricto, sino de un examen dual del declive de la dinastía, en el que las heridas infligidas a los Romanov se acumulan más que se concentran en un solo golpe. La reseña recupera además el testimonio de la escritora rusa Teffi (seudónimo de Nadezhda Alexándrovna Lójvitskaya, 1872-1952), citada por el propio Beevor, que definía a Rasputín como una figura casi novelesca, envuelta en leyenda tanto en vida como en la memoria posterior, y subraya cómo el historiador dedica buena parte del libro a preguntarse, más que a responder de forma tajante, cómo pudo un campesino siberiano apenas alfabetizado precipitar el hundimiento de un imperio.

Nicolás II.

Donde el consenso crítico se muestra más firme es en la desmitificación de los rumores sexuales que rodearon a Rasputín durante la Primera Guerra Mundial. Beevor sostiene que las acusaciones de relaciones con la emperatriz y sus hijas eran completamente falsas, y acuña una fórmula feliz –lo que llama «las fake news de su época»– para describir cómo la prensa rusa alimentó ese rumor pese a su falta de fundamento. Esa reivindicación parcial del personaje, lejos de blanquearlo, convive en el libro con un catálogo bien documentado de sus abusos reales: la revista Publishers Weekly, citada en el agregador Book Marks, resume el resultado como el retrato de un régimen que se pudre desde arriba, mientras que Kirkus valora el pulso narrativo del conjunto –lo califica de historia ágil y atractiva– aunque lamenta cierta ambigüedad de Beevor a la hora de tratar los supuestos poderes curativos de Rasputín, que el propio autor deja caer sin desarrollar del todo.

Dan Jones, en The Sunday Times, elogia la prosa serena y elegante del libro y lo describe como una meditación sobre la historia tanto como una lección de escritura fluida y ecuánime. Owen Matthews, en The Spectator, lo califica de relato excepcionalmente documentado, moralmente serio y con frecuencia sombríamente cómico sobre cómo un campesino siberiano casi analfabeto llegó a precipitar el colapso de una de las mayores autocracias del mundo. Rupert Christiansen, en el Daily Telegraph, es algo más comedido –lo describe como sólidamente documentado y narrado con agilidad– sin llegar al entusiasmo de sus colegas, mientras que The Independent celebra el modo en que Beevor explora las contradicciones del personaje, del que extrae, dice, un retrato vívido no solo de Rasputín sino de todo el crepúsculo de la Rusia imperial.

A pesar de ser un lugar común de la historiografía, Beevor maneja con solvencia un aparato de fuentes con el que reconstruye tanto la fascinación cortesana por Rasputín como la mecánica del rumor que, más que el propio personaje, terminó por deslegitimar a la monarquía rusa a ojos de su pueblo.

Rasputín. Los archivos secretos

Y si a pesar de la ingente labor documental de Beevor algún lector se queda con ganas de saber todavía más sobre el monje siberiano iluminado, también Crítica publicó en 2023 el ensayo Rasputín. Los archivos secretos, del autor moscovita Edvard Radzinsky, un texto con un enfoque muy diferente, casi antagónico.

Radzinsky.

En 1995 un expediente de los Archivos Estatales desaparecido durante años salió a subasta en Sotheby’s y llegó a manos de Radzinsky. Contenía las interrogaciones del círculo íntimo de admiradores de Rasputín y de los que le mantuvieron bajo vigilancia policial –documentos que ningún otro historiador había visto nunca–. Con este expediente, Radzinsky es capaz de convertir la biografía de Rasputín de leyenda misteriosa en realidad. Utilizando las declaraciones de los amigos del monje iluminado, de profesores, devotos, y de sus fanáticas fans femeninas –la gente que veía a Rasputín casi cada día– Radzinsky presenta un informe fascinante de cómo Rasputín ejercía y ampliaba su poder.

El autor ruso revela el completo alcance de la cometida relación de Rasputín con la zarina y describe su famosa odisea sexual a través de las mujeres mundanas de St. Petersburgo, utilizando el sorprendentemente vicioso testimonio de las propias mujeres para descubrir el tesoro escondido de secretos increíbles. Aquí está documentado, por primera vez, el modo en que Rasputín llegó a la corte zarista y la verdadera identidad del hombre que le disparó y mató en 1916. Y finalmente, el autor nos ofrece las razones reales de la influencia de Rasputín en virtualmente todas las decisiones imperiales al final de la dinastía real rusa de Romanov. A través de su acceso exclusivo al «Expediente Rasputín», su incomparable investigación por otras fuentes y su probado talento para contar historias, Radzinsky es capaz, finalmente, de contar la completa, sensacional historia de Rasputín, extensamente documentada y definitiva.

Algo quedará de nosotras (Galaxia Gutenberg)

La crítica literaria y ensayista especializada en literatura contemporánea, y europea en particular, Mercedes Monmany, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, publica la estremecedora y valiente historia de diez heroínas de la Resistencia antinazi en el campo de concentración de Ravensbrück, que publica Galaxia Gutenberg.

Óscar Herradón ©

Se hallaba a 90 kilómetros al norte de Berlín y operó entre 1939 y 1945, con la caída del nazismo. El campo de concentración y exterminio de Ravensbrück, como otros KZ (konzentrationslager) del Tercer Reich, fue sinónimo del mal absoluto. En el marco de los aterradores experimentos médicos nazis, este campo ocupó un papel capital en la ignominia de las SS. Para la comprobación del efecto de determinados fármacos (entre ellos las sulfamidas) y de métodos de tratamiento para las lesiones y enfermedades a las que estaban expuestos los soldados alemanes en el frente, se utilizaron mujeres –en su mayoría detenidas políticas de origen polaco– a las que se causaban terribles heridas de forma intencionada que después eran tratadas por los facultativos según el caso.

Karl Gebhardt.

Aquellas desdichadas jóvenes de no más de veinte años la mayoría acabarían siendo conocidas como «las conejillas de Ravensbrück» y habrían de sufrir más que ningún otro paciente de los doctores de la muerte de las SS (y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta las depravaciones que se llevaron a cabo en Auschwitz-Birkenau o Dachau, entre otros KZ). Por orden de Karl Gebhardt, al frente de la medicina en los campos siguiendo las directrices del Reichsführer-SS Heinrich Himmler, se les realizaban trasplantes de órganos, nervios e incluso huesos (a una interna se le llegó a extirpar la escápula que se le trasplantó a una paciente del hospital de Hohenlychen).

Lo más habitual era provocarles deliberadamente heridas en las que los doctores y enfermeros nazis inoculaban bacterias causantes de la gangrena y otras enfermedades graves. Después, dejaban a las prisioneras días enteros hasta que la enfermedad se desarrollaba. En ocasiones les administraban fármacos y en otras únicamente veían la evolución de la misma o realizaban la extirpación de los miembros infectados sin usar anestesia.

Muestra de los terribles experimentos nazis en los Juicios de Núremberg.

Algunos testigos afirmaron más tarde en Núremberg que los gritos de las internas eran espantosos, «como si no fueran humanos», y el olor debido a las infecciones insoportable. Y aquellos individuos se hacían llamar médicos… El número de infectadas llegó a las 75 internas; en ocasiones, para simular las condiciones de una herida de bala, se introducían en las heridas abiertas fragmentos de cristales, astillas de madera e incluso tierra, y posteriormente se procedía a realizar torniquetes a ambos lados de la incisión para frenar la circulación sanguínea y ver la reacción en la zona, que se vendaba con apósitos impregnados en diferentes sulfamidas; muchas de las mujeres eran devueltas al trabajo en el campo teniendo que soportar los dolores de las heridas, al menos las que podían aún levantarse de la cama… Murieron alrededor de 65 mujeres en las peores condiciones, y como ya era moneda común en estos laboratorios del horror, el SS Gebhardt tampoco obtuvo resultado positivo alguno, solo cadáveres, aunque demostró a Himmler y a Hitler que había hecho todo lo posible por salvar la vida de Reinhard Heydrich tras sufrir un atentado de la Resistencia en Praga en 1942.

Klauberg.

También en Ravensbrück se llevaron a cabo experimentos de esterilización realizados por el célebre ginecólogo Carl Clauberg, que dispuso de 200 mujeres de entre 20 y 40 años, casi todas judías, a las que inyectó en el útero una especie de cemento líquido, formalina, con la intención de causar su esterilidad, inyecciones que provocaron terribles quemaduras a las víctimas, muchas de las cuales murieron. La esterilización de las «razas inferiores» (como gustaba el régimen en llamar a los que no eran arios sin mácula) era una de las obsesiones de los médicos nazis y del propio Himmler y a conseguirla mediante un método más rápido y eficaz que la vasectomía y la ligadura de trompas se dedicaron también los esfuerzos del profesor Horst Schumann, en este caso en Auschwitz, que en septiembre de 1943 contó con un gran número de mujeres de entre 16 y 18 años para sus pruebas.

Schumann con Clauberg.

Su método consistía en la exposición de las prisioneras a altas dosis de rayos X que eran orientados hacia sus genitales. En un primer momento las mujeres, que desconocían las intenciones de Schumann –quien no les avisaba de la exposición a la radiación–, no sentían nada, pero pocos minutos después empezaban a experimentar dolores atroces en su abdomen y partes íntimas y sufrían violentos vómitos; tras la exposición, Horst solía extirparles los ovarios para verificar sus avances. Solo sobrevivieron seis de estas desdichadas. Estas operaciones también se llevaron a cabo en hombres de entre 18 y 35 años a los que después se extirpaba los testículos. Las fuentes de Núremberg hablan de que entre enero de 1942 y diciembre de 1944, Schumann castró a un millar de hombres. Estremecedor.

Algo quedará de mí                                  

Aunque por el campo pasaron –y sufrieron– hombres, fue el mayor lager dedicado casi en exclusividad a mujeres: por él pasaron durante el tiempo en que estuvo en activo más de 130.000 prisioneras de diferentes nacionalidades, incluidas mujeres opositoras al régimen de la esvástica, judías, gitanas y republicanas españolas, las cuales sufrieron trabajos forzados, abusos y estos deleznables experimentos médicos. Precisamente en el espantoso campo de Ravensbrück se desarrolla la apasionante –y a la vez estremecedora– historia del ensayo que recomendamos en el Pandemónium: Algo quedará de mí. Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de concentración de Ravensbrück.

La autora es Mercedes Monmany, quien en el título retoma el «non omnis moriar» horaciano y que presenta su contenido como un intento de rescatar del olvido a mujeres de convicciones firmes que enfrentaron dos totalitarismos, el nazi y el soviético, en distintos momentos de sus vidas. Escritora, crítica literaria, traductora y editora, Monmany, especializada en literatura contemporánea europea, es autora, entre otros ensayos, de Por las fronteras de Europas, Ya sabes que volveré (que sigue la misma línea de este último trabajo, sobre las escritoras judías muertas en Auschwitz Etty Hillesum, Irène Némirovsky y Gertrud Komar, publicado también con gran acogida por Galaxia Gutenberg) y Sin tiempo para el adiós. Exiliados y emigrados de la literatura del siglo XX.

Violette Szabo.

La galería reúne perfiles muy dispares: la etnóloga Germaine Tillion, la dramaturga Charlotte Delbo, la aristócrata Anne de Bauffremont-Courtenay, la brigadista Lise London, Geneviève de Gaulle, la testigo de campos nazis y soviéticos Margarete Buber-Neumann, la periodista checa Milena Jesenská, la religiosa ortodoxa Marie Skobtsova, la espía británica Violette Szabo y la joven poeta polaca Grazyna Chrostowska, ejecutada con veintiún años. Cinco murieron y cinco sobrevivieron para dar testimonio, y Monmany construye el libro precisamente sobre esa tensión entre la memoria escrita y el silencio impuesto tras la Liberación, cuando el relato oficial priorizó la épica militar sobre el testimonio de las supervivientes de los campos.

Tillion.

El libro se sostiene sobre todo en dos de sus figuras, Tillion y Delbo, que son también las más trabajadas por la crítica anglosajona y francesa. Tillion reelaboró su testimonio de 1946 en sucesivas versiones hasta 1988, combinando el rigor etnológico con la experiencia directa del campo, mientras que Delbo optó por una escritura más poética y fragmentaria de la memoria traumática; ambas rechazaron, cada una a su manera, la idea de que la experiencia concentracionaria fuera inexpresable.

Mujeres realizando trabajos forzados en Ravensbrück.

Monmany, al reunir a francesas, alemanas, checas, británicas, polacas y rusas bajo un mismo techo narrativo, insiste en que la resistencia femenina europea no fue un fenómeno nacional sino continental, y que buena parte de sus protagonistas siguieron pagando un precio político después de 1945, ya bajo regímenes comunistas. Es un libro de vocación coral y ensayística, escrito con la erudición de crítica literaria que caracteriza a su autora, más cercano en ambición al ensayo histórico-biográfico que a la investigación de archivo, y su mayor logro está en la construcción de esa red de vidas cruzadas de mujeres que hicieron historia, y la padecieron.