Yo, el Rey. La historia (verdadera) de Carlos II

De la mano de Ático de los Libros nos llega un monumental ensayo que restituye, por fin, la figura uno de los monarcas más vapuleados por siglos de historiografía.  Tuvo taras, y muchas, y cometió errores de gobierno, pero fue también un soberano que gobernó durante casi tres décadas un imperio con pies de barro en un tiempo en el que se aunaban numerosos conflictos y problemas tanto nacionales como a escala internacional, y que desde entonces ha estado marcado, de forma profunda, por una leyenda negra que por fin comienza a desmontarse. Eso es lo que pretende Yo, el Rey: la historia de Carlos II, del historiador Alberto Bravo.

Óscar Herradón ©

En 2007, hace casi dos décadas, ahí es nada, dediqué un extenso capítulo a Carlos II de Austria en el libro Historia Oculta de los Reyes: magia, herejía y superstición en la corte, publicado por la desaparecida editorial Espejo de Tinta, centrándome en los aspectos más extraños de su reinado, toda una conspiración de las facciones cortesanas (austracistas por un lado y favorables a los Borbones franceses por otro) con la intención de que la Corona hispánica recayera en sus linajes (finalmente fue a parar a Felipe V, que inauguraba la dinastía borbónica en España, lo que provocó una larga y sangrienta Guerra de Sucesión que duró de 1700, tras la muerte de El Hechizado, hasta 1713).

Carlos II en el Salón de los Espejos del Alcázar. Juan Carreño de Miranda.

La documentación en torno al segundo Carlos era tan extensa como fascinante, y un servidor se centró en los aspectos relacionados con la supuesta «posesión» –en realidad una conjura palaciega como una catedral–, pero lo cierto es que lo que tenía en común (tanto la del siglo XIX, como la continuadora del siglo XX, entre ellas la clásica biografía del historiador español Gabriel Maura y Gamazo, publicada originalmente en 1942, e incluso la de parte de principios de los 2000) era la acusación del monarca de largo y rizado pelo rubio de ser una suerte de fantasma degenerado de un imperio en descomposición y el símbolo pasivo de la decadencia de los Austrias. Pues bien, eso está empezando a cambiar en ensayos revisionistas que acercan al personaje, como es el caso de este nuevo volumen (también colosal, de 768 páginas) que acaba de publicar una editorial muy presente en el Pandemónium, Ático de los Libros.

Carlos II, por Juan Carreño de Miranda.

Alberto Bravo, investigador especializado en Historia Moderna temprana en la Universidad Autónoma de Madrid, aspira a rescatar a Carlos II de la caricatura decimonónica: fue un monarca, a diferencia de la propaganda en su contra, que sostuvo la Monarquía Hispánica durante más de tres décadas en condiciones adversas, y el autor lo hace con gran rigor documental. Bravo, especializado en este convulso período de nuestra historia (y por ende la de toda Europa y medio mundo que pertenecía entonces a aquel imperio), construye su relato desde la infancia del monarca (según las malas lenguas –y la propaganda en contra de los Austrias–, fruto de la última cópula de su padre, un decrépito Felipe IV que había sido tan promiscuo en lo sexual como temeroso de Dios), un niño de cuatro años –con bastantes problemas de salud– que hereda el trono de la Monarquía Hispánica, entonces el mayor imperio de su tiempo, con súbditos desde Bruselas hasta Nápoles y desde México hasta Manila. El texto –insistimos, monumental, pero apasionante– se apoya en ese contraste entre la fragilidad física (y según la mayoría de fuentes clásicas, psicológica) del rey, y la escala descomunal de lo que debía gobernar, y usa esa tensión, con acierto narrativo, como hilo conductor de toda la obra.

Contra la leyenda negra

El mérito historiográfico central del texto es el desmontaje sistemático de la leyenda negra del Hechizado. Bravo argumenta que esta imagen, construida en buena medida como propaganda posterior, oculta a un soberano consciente del peso de su corona que logró mantener la cohesión de la Monarquía en uno de los momentos más delicados de su historia, y sostiene que bajo su reinado la economía de los reinos peninsulares se recuperó y la maquinaria política siguió funcionando con una sorprendente capacidad de adaptación, a pesar de los numerosos frentes abiertos en distintos rincones del planeta, de las conjuras y camarillas cortesanas para debilitarlo y la superstición y la exaltación de la fe en plena Contrarreforma –utilizada también con intereses creados para debilitar y acongojar al monarca–. Entre ellos los distintos «exorcismos» a los que fue sometido y que aceleraron su decadencia física y psicológica (sin aparentemente nada sobrenatural a su alrededor, sino una auténtica conjura palaciega).

Retrato ecuestre de Carlos II, por Luca Giordano.

Aunque la tesis de Bravo no es completamente original, pues lleva varios años tomando fuerza entre los historiadores, ganando terreno frente al relato clásico de decadencia total, el acierto del autor es que la sistematiza con una base documental notable, brindándole una gran solidez para sostenerla. Antes que él, el prestigioso hispanista británico Henry Kamen ya había cuestionado el catastrofismo del siglo XVII español en Spain in the Later Seventeenth Century, y Christopher Storrs, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Dundee, en Escocia, en The Resilience of the Spanish Monarchy 1665-1700, planteó hace más de una década el argumento estructuralmente idéntico –resiliencia institucional frente a colapso– que ahora reaparece, con un rigor encomiable y una abultada cantidad de fuentes de referencia, como eje vertebrador del libro de Bravo.

Yo, el Rey es, ante todo, una corrección necesaria del retrato caricaturesco de Carlos II, escrita con solvencia y bien anclada en la historiografía reciente sobre la resiliencia de la Monarquía Hispánica incluso en sus momentos de agonía. De él ha dicho el citado Christopher Storrs, que comenzó una línea de investigación ahora continuada –y profundizada– por Bravo: «Un estudio monumental, amplio y riguroso sobre el reinado de Carlos II, basado en un impresionante dominio de las fuentes esenciales. La época del último Habsburgo español […] ya no puede considerarse una edad oscura de la historiografía española». Pues eso.

Historia de las partes bajas

La Esfera publica Historia de las partes bajas, del Dr. Roberto Pelta Fernández, un repaso muy ameno, entre lo escatológico y lo anecdótico, de cómo la genitalidad y sus achaques han condicionado momentos de la historia europea.

Óscar Herradón ©

El autor no es historiador, sino médico: doctor en Medicina por la Universidad Complutense, especialista en Alergología en el Gregorio Marañón y que cuenta también con una nutrida trayectoria como divulgador sanitario y cierto recorrido en la historia de la Medicina, pues es autor también de El veneno en la historia (publicado en 1997, hace casi treinta años, por Espasa), un conocimiento del tema que se nota a la hora de profundizar en las divertidas páginas del libro.

Félix Faure.

El recorrido va desgranando casos concretos convertidos en episodios notables del pasado: la afición de doña Germana de Foix (segunda esposa de Fernando de Aragón, llamado el Católico, viudo de Isabel de Castilla) por la cantaridina, entonces considerado -erróneamente- potente afrodisíaco; el violento final del papa Juan XII, «el Fornicario»; la circuncisión de Alfonso de Borbón y Battenberg; las dolencias rectales de Lutero, la muerte de un presidente francés en pleno acto sexual (Félix Faure, quien al parecer expiró su último aliento mientras su amante le practicaba una felación en el Elíseo, en 1899) o los devaneos amorosos de Paulina Bonaparte. El hilo conductor es que la parte más íntima del cuerpo y sus enfermedades, terminó moviendo tronos, escándalos y decisiones políticas.

Fernando VII, «el Biendotado»

Fernando VII.

Deteniéndonos, por ejemplo, en Fernando VII, tras su llegada al trono el pueblo de Madrid, cansado de la incompetencia de su padre, Carlos IV, le bautizó como «el Deseado», adjetivo poco apropiado, por muchas razones (de hecho, pasaría a la historia como el Felón). El más ajustado, no obstante, para definirle, al menos en el sentido del libro que tenemos entre manos, sería el sobrenombre de «el Biendotado», y es que parece ser que la naturaleza regaló al monarca de la España revolucionaria un miembro de grandes dimensiones. 

Mérimée.

Según las crónicas y avisos de la época, Fernando se hizo fabricar una almohadilla especial con un agujero en el centro para poder penetrar a María Cristina, su cuarta y última esposa, sin provocarle ningún desgarro. El escritor galo Prosper Mérimée, que viajaba con asiduidad a España por aquellos años, contaba que el miembro viril del monarca era «fino como una barra de lacre en su base y tan gordo como el puño en su extremidad»; casi una aberración, vamos. No obstante, no es difícil imaginar que con tales dimensiones «el Deseado» fuera un semental, que parece ser que lo fue, pero de forma muy tardía y con bastantes dificultades.

Busto de Carlos II de Austria. Guapo, lo que se dice guapo, no era…

Por el contrario, la supuesta impotencia de Carlos II el Hechizado alimentó buena parte de las teorías sobre la extinción de los Austrias españoles (las malas lenguas decían que, además, sus muchas «taras» eran a causa de que él fue el fruto de la última cópula de su promiscuo padre, Felipe IV, el mismo que interpreta Gabino Diego en la adaptación cinematográfica de la excelente novela de Gonzalo Torrente Ballester Crónica del Rey Pasmado). Su muerte, y su controvertido testamento (fruto de numerosos complots palaciegos) desembocarían en la Guerra de Sucesión española y la llegada al trono del primer Borbón de la Monarquía Hispánica, Felipe V, al que su segunda esposa, Isabel de Farnesio, parece que también doblegó precisamente a través de la alcoba, y el sexo. El caso de Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos V y héroe de Lepanto, se presenta como una muerte casi anecdótica frente a su leyenda militar: una hemorroide infectada, no una herida de guerra ni una epidemia, habría acabado con su insigne vida.

Luis XIV.

En cuanto a Luis XIV, el Rey Sol, el libro convierte su dolencia rectal, una fístula anal, en un episodio de repercusión política: la intervención quirúrgica del monarca que mandó edificar el Palacio de Versalles se transformó en un asunto vigilado por toda la corte, hasta el punto de que la operación. No era extraño teniendo en cuenta el culto que se rendía al soberano, casi una divinidad hecha carne: tratar con él mientras hacía sus necesidades en una bacinilla era un privilegio al alcance de muy pocos cortesanos. Y así una ristra de curiosidades, unas más desagradables que otras, que nos acercan a la historia de la monarquía de forma más que singular, y muy divertida. El propio título deja claro que el eje del libro no es la política ni la guerra, sino la anatomía y la enfermedad como motor oculto de la gran historia, y ahí está precisamente su mayor originalidad: Historia de las partes bajas. Anécdotas, curiosidades y misterios médicos de genitales.

Aquí se pudren los reyes de España (I)

Es uno de los rincones más herméticos del majestuoso monasterio del Escorial, en la localidad madrileña del mismo nombre. Se conoce como el Pudridero Real, y es uno de los lugares que recogen Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente en el ensayo España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, que acaba de publicar Desperta Ferro Ediciones.

Óscar Herradón

No está clara la fecha precisa en que se habilitó el llamado pudridero, pero no fue durante el reinado de Felipe II, el Rey Prudente, artífice del monasterio escurialense, cuyos arquitectos no contaron con un habitáculo apropiado para tal fin cuando erigieron el edificio, a la vez palacio y a la vez centro religioso. Sería con Felipe IV y la creación del Panteón Real, que se inauguró en 1654, cuando este lugar que aún hoy permanece en funcionamiento tomó forma.

La Cripta Real del monasterio, conocida como Panteón de los Reyes, sería construida por Juan Gómez de Mora, artífice también de la Plaza Mayor de Madrid, siguiendo los planos de Juan Bautista Crescenzi. Pero en tiempos de Felipe II, el espacio, mucho más reducido, fue ideado por el arquitecto Juan de Herrera siguiendo las indicaciones del soberano que, a su vez, quería cumplir la última voluntad de su padre Carlos V. El arquitecto y divulgador Juan Rafael de la Cuadra Blanco afirma en un artículo publicado en ABC en 1998 que «Carlos V dejó claro en su testamento que quería estar medio cuerpo debajo del altar y medio debajo de los pies del sacerdote».

El principal cronista de la época de Felipe II, el padre fray José de Sigüenza, ya dejó escrito que el monarca «quiso hacer un cementerio de los antiguos donde estuviesen los cuerpos reales sepultados y donde se les hiciesen los oficios y misas y vigilias, como en la primitiva Iglesia se solía hacer con los mártires». El lugar original donde Felipe II quiso enterrar a sus progenitores, a sus tías, a tres de sus mujeres y a su hijo Don Carlos –trágicamente fallecido a los 23 años tras una conducta muy inestable–, fue en una pequeña bóveda bajo el altar y bajo las estatuas orantes del presbiterio, y ligeramente encima del actual Panteón de los Reyes. Así descansaron sus restos hasta 1654, año del traslado y creación del nuevo espacio fúnebre, tal y como se encuentra en la actualidad. Aunque en las memorias de aquellos tiempos no se menciona el pudridero ni el origen de su construcción.

Acceso a la cripta.

En las mismas escaleras que bajan al Panteón Real, un espacio dotado de un ambiente y luminosidad que invitan al recogimiento y al misterio, en el segundo descanso, a mano derecha, se halla un pasadizo cerrado por una puerta de madera que da a un espacio cerrado, incluso hoy, para el común de los mortales; más aun para el visitante; y eso que el monasterio recibe una media de 700 mil visitantes cada año. Se conoce desde hace siglos como el Pudridero Real: las paredes son de piedra, el suelo de granito y el techo abovedado, 16 metros cuadrados por donde han pasado los restos mortales de la mayoría de los soberanos después de Felipe IV y donde todavía se encuentran los restos de los dos últimos Borbones fallecidos.

Leyendas macabras

Aquel espacio dio lugar a numerosas leyendas y rumores durante siglos que intentó desmontar fray José Quevedo, bibliotecario del edificio, en su Historia y descripción de El Escorial, en 1849, siendo el primero en hablar del pudridero propiamente dicho: «Las puertas que están en el segundo descanso de la escalera conducen a los pudrideros, cuyo uso explicaré para desvanecer las muchas patrañas que sobre ellos se cuentan. Son tres cuartos a manera de alcobas, sin luz ni ventilación ninguna. Luego que se concluyen los Oficios y formalidades de entrega del Real cadáver que ha de quedar en uno de los panteones, el prior, acompañado de algunos monjes ancianos, baja al panteón del cadáver llevando consigo los albañiles y algunos otros criados».

En este punto, cabe reseñar que solo los 51 miembros de la comunidad de los agustinos que custodian el monasterio desde 1885 tienen acceso a este habitáculo que parece salido de un cuento de Poe, en una ceremonia que se repite desde hace siglos y de la que estaban encargados antiguamente los monjes jerónimos, un ceremonial que comienza así: «Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades del cuerpo de (…) que conforme al estilo y la orden de su majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia».

Momia de Carlos V.
Vista del Panteón, 1830.

Una vez cerrado de nuevo el féretro y levantada un acta de entrega, los monjes agustinos correspondientes se hacían cargo de la llave del ataúd y el cuerpo pasaba al pudridero. Quevedo continúa afirmando que «estos –los criados– sacan de la de tisú o terciopelo que la cubre, la caja de plomo sellada que contiene el cadáver y la conducen junto al pudridero. Mientras los albañiles derriban el tabique, los otros abren cuatro o más agujeros en la caja de plomo, la colocan dentro del cuarto o alcoba sobre cuatro cuñas de madera que la sostienen como dos o tres pulgadas levantadas del suelo, y en el momento los albañiles vuelven a formar el tabique doble que derribaron».

Los cuerpos regios permanecen en el interior del pudridero unos 30 o 40 años, hasta que ya se ha eliminado la corrupción y la humedad de los mismos y ya no desprenden mal olor, siendo trasladados al respectivo panteón. El objetivo del habitáculo es reducir los cuerpos de los cofres de plomo que el visitante puede observar en la cripta, de apenas un metro de largo por 40 centímetros de ancho que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón Real, cada uno grabado con el nombre en latín de la persona regia.

El cronista sigue así el relato del proceso: «Las cajas exteriores de las personas Reales que han de pasar al de Infantes permanecen en la sacristía de dicho panteón, hasta que vuelve a colocarse en ellas la de plomo con el cadáver según vinieron. Las de los Reyes se deshacen y aprovechan para ornamentos, porque ya no han de tener uso, pues sus restos se colocan en las urnas de mármol».

¿Qué encontraremos en España Macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad?

La muerte siempre ha generado angustia, miedo e incertidumbre. Es inevitable, impredecible y, por encima de todo, indomable. Sin embargo, los seres humanos tenemos a nuestro alcance una herramienta poderosa y que no hemos dejado de utilizar a lo largo de los siglos: las imágenes. Con ellas podemos materializar nuestros miedos, exorcizarlos e incluso escenificar el destino que nos aguarda más allá de la vida. España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad recorre las diversas estrategias con las que las personas nos hemos enfrentado a la muerte a través de una amplia selección de obras de arte medievales y modernas, tratando así de responder a una pregunta que no dejará de sobrevolarnos: ¿por qué se puso un énfasis tan marcado en crear imágenes sangrientas y crudas en lo formal y de tono melancólico en lo emocional?

Los autores de este libro, Gorka López de Munain y Miriam Beltrán Valiente, buscan desentrañar los mecanismos de lo macabro, comprender qué hay detrás de los cuerpos lacerados, las vísceras desparramadas o los borbotones de sangre que han salpicado las pinturas de vanitas o las esculturas de los santos mártires a lo largo de la historia. Para ello, hemos propuesto un viaje por la España más macabra, atravesando claustros, capillas, conventos, museos y cementerios, o panteones como el citado de El Escorial, con su singular Pudridero, tras los ecos de una estética que, a través de mecanismos cambiantes y refractarios a una definición cerrada, sigue agitando nuestras emociones. Veremos así cómo, de manera inesperada, el recurso a lo macabro terminará por encima de todo siendo una llamada de esperanza: Ubi est, mors, victoria tua? «¿Dónde está, muerte, tu victoria?».

Este post tendrá una inminente continuación en el Pandemónium *Texto publicado en su forma original en la revista Historia de Iberia Vieja por el autor y actualizado para el blog (todas las imágenes son de Wikimedia Commons de libre uso).