Enriqueta Martí. La Vampira de Barcelona (I)

A comienzos del siglo pasado, en una Barcelona en blanco y negro que se encaminaba hacia la modernidad, pero en la que la superchería tenía aún un gran peso y los bajos fondos eran un hervidero de malas costumbres, tuvieron lugar una serie de horrendos crímenes cometidos por una mujer aparentemente normal que escondía un terrible secreto. El nombre con el que fue bautizada era Enriqueta Martí. El apodo que le colgarían los medios sensacionalistas: la Vampira de Barcelona. Esta es su historia.

Óscar Herradón ©

En 2012 se cumplieron 100 años de la muerte del personaje, al que dedicamos un amplio reportaje en la desaparecida revista Enigmas, y ahora que mi buen amigo Alberto de Frutos, al alimón con Eladio Romero, publica En la Escena del Crimen (Larousse, 2022), en una edición ilustrada que corta el aliento (y si te descuidas, algún que otro cuello) y, entre un amplia amalgama de crímenes patrios que conmocionaron a la sociedad a lo largo de dos siglos –con prólogo del periodista Juan Rada, ex director del legendario semanario El Caso–, recupera el citado de la «Vampira del Rabal», era el momento de traerlo al interior del Pandemónium.

Fue una de las serial killers más temibles de la crónica negra catalana, y de haberse tratado realmente de una «vampira», etiqueta que le colgó la prensa sensacionalista de la época, ávida de podredumbre y escándalo –lo que en gran parte desvirtuaría su figura, reconvirtiéndola de una deleznable paria criminal en una suerte de bruja de poderes sobrehumanos–, es muy posible que el personaje que protagoniza este post todavía se hallase oculta en algún rincón oscuro del barrio gótico de Barcelona, expectante, siempre al acecho, pendiente de que un confiado muchacho, que pasea saboreando un dulce o botando una pelota, sea presa de sus engatusamientos.

Si formara parte del universo legendario –que coquetea siempre con la realidad– de los No Muertos, Enriqueta Martí continuaría siendo un peligro para la sociedad, no solo un recuerdo funesto de unos tiempos marcados por la superchería, la miseria y una alta sociedad decadente dispuesta a cualquier cosa para proteger a sus congéneres, aunque ello significara acabar con los más desamparados. Las huelgas, el feminismo y los movimientos civiles comenzaban a presionar (había tenido lugar poco tiempo antes, apenas tres años, y no por casualidad, la llamada Semana Trágica) y el mundo estaba a punto de cambiar de forma radical, no siempre como esperaban los poderes fácticos que gobernaban nuestra piel de toro (de ahí a la guerra civil había un paso… y tan solo unos años).

Pero volvamos a Enriqueta, que me pierdo. A pesar, como digo, de lo que dirían de ella los rotativos, convirtiéndola poco menos que en la tía abuela payesa del conde Drácula, nuestra protagonista no lucía colmillos, ni es probable que durmiera ni siga haciéndolo en un ataúd a la espera de que la noche caiga sobre la ciudad condal y la sangre brote a chorros del vientre rajado de par en par de una criatura inocente (suena grotesco, pero así se escribían muchas de aquellas crónicas de sucesos de principios del siglo pasado, para escándalo de la moral católica y regocijo del pueblo llano).

Nacer, crecer, delinquir…

Siendo muy joven, Enriqueta se trasladaba de su ciudad natal, San Feliú de Llobregat, donde había nacido en 1868, hasta Barcelona, donde comenzaría trabajando como niñera. Pálida, de ojos finos y rasgados, una muchacha más no era difícil que pasara desapercibida en una de las urbes más cosmopolitas de la España decimonónica que se acercaba a un nuevo siglo. Codiciosa, pues sería, parece, la codicia lo que la llevaría a los bajos fondos y a los más retorcidos crímenes, la joven Enriqueta comenzó a ejercer la prostitución, tanto en burdeles que salpicaban entonces la capital catalana como en lugares públicos dedicados a tal menester, como el Puerto de Barcelona o el llamado Portal de Santa Madrona.

Joan Pujaló

En torno a 1895, si los datos oficiales que manejamos sobre ella son correctos –pues las fechas no están completamente claras– se casó con el pintor Joan Pujaló, quizá para abandonar esa mala vida que ahora es objeto de debate político continuado, relación que no tardaría en fracasar, según confesaría en una entrevista el propio Joan en 1912 (cuando ya se había descubierto el pastel criminal), porque según él Enriqueta sentía una afición desmesurada por el género masculino, por lo que realizaba continuas visitas a las llamadas «casas del mal vivir», y poseía un carácter extraño, era –sigue– hipócrita e impredecible. La mujer, no obstante, ya no se podía defender de aquellas acusaciones, así que, quién sabe…

No obstante, Pujaló sucumbió al oscuro encanto de la Martí, y en el tiempo que duró su relación, se juntaron y separaron, cual émulos de actores hollywoodienses, hasta en seis ocasiones. Mientras tanto, Enriqueta llevaba una doble vida: la de prostituta y alcahueta y la de esposa reservada. Pronto no fue lo suficiente lo que sacaba vendiendo su cuerpo y su avaricia la llevaría a combinar la prostitución con la mendicidad. Durante el día, la Martí, vestida con harapos, pedía limosna y recurría a casas de caridad, a los conventos y a las parroquias, donde conseguía engordar su bolsa cuando ni mucho menos pasaba hambre. Para su miserable cometido, en ocasiones llevaba a niños de la mano, con la intención de ablandar los corazones de los viandantes, niños que decía que eran sus hijos pero que había encontrado por esas calles decadentes prerrevolucionarias.

Sin embargo, Enriqueta parece que nunca había dado a luz. Niños que no solo servirían para ocultar su falsa calidad de mendiga, sino para fines más oscuros. Por la noche, su transformación –cual trasunto femenino de Jekyll y Hyde–, era absoluta: se vestía con sus mejores galas, con buenas gasas, lujosas sedas y tocados, y se dirigía al Liceo, donde conocía a la gente de alto postín, creando a su alrededor una cartera de potenciales clientes, los de un prostíbulo en el que había niños y adolescentes.

Prostíbulos y ciénagas urbanitas

Mientras recorría los bajos fondos como mendiga, Enriqueta, retorcida dama de la podredumbre, localizaba y seguía los pasos de los niños huérfanos y famélicos, de aquellos más débiles que podían servir a sus propósitos como proxeneta. Secuestraba a los infantes y en el Liceo se ponía en contacto con cocheros y otros trabajadores que le informaban de los movimientos de la aristocracia. A partir de ese momento, no le sería difícil poner en contacto ambos mundos: el de los muchachos de los bajos fondos y el de los ricos con mucho dinero y aún más depravación. Parece ser que fue por aquel entonces cuando a Enriqueta, que los rotativos describieron como ducha en artes oscuras, se le ocurrió que no solo podía sacar plata de su abominable prostíbulo de menores, sino que podía utilizar a los muchachos para «curar las enfermedades» de las gentes de rancio abolengo.

Este post tendrá una inminente continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER MÁS:

Barcelona 1912. El Caso Enriqueta Martí (Sílex)

Su autor, el escritor y crítico literario Jordi Corominas, nos introduce en el fascinante caso de la «Vampira» desde una visión más cercana a la realidad de los hechos, donde el personaje se integra en una Barcelona dividida en dos facciones muy marcadas, ricos y pobres, burgueses y obreros, Modernismo y Revolución, en una trama que para el autor ha sobrevivido en sus mentiras porque nos puede más las fantasía que la verdad, un relato que trata de «aclarar los hechos y situar a Enriqueta Martí en su justa dimensión».

Corominas afirma que entonces el relato oral, la tradición oral, tenían mucha fuerza, en una sociedad en gran parte analfabeta y en la que los periódicos estaban destinados a un público muy selecto, generalmente de la clase alta. Enriqueta se convirtió en un mito, no obstante, gracias al enorme eco que tenía la prensa, lo que según el autor se explica también por la gran cantidad de casos que había en la época de maltrato infantil y secuestro de niños, no solo en Barcelona o Cataluña sino en toda España. Pero además, tras un hecho socialmente muy tumultuoso como fue la Semana Trágica, los ánimos estaban a flor de piel.

El de Enriqueta era también el tema de conversación predilecto de los vecinos de Barcelona día tras día. Existía entonces una tendencia a este tipo de contenido sensacionalista y truculento que comienza en 1910, apenas dos años antes, con el caso del Sacamantecas, que influiría muy mucho en la forma de contar lo sucedido en la ciudad condal, una suerte de reflejo a la española de lo que sucedió unas décadas antes en Londres con el caso –¿nunca resuelto?– de Jack el Destripador, también en los bajos fondos, en este caso al otro lado del canal de la mancha, en Whitechapel.

Un recorrido que pone los puntos sobre las íes en lo sucedido, radiografía la Barcelona de su tiempo y desmonta los aspectos menos verosímiles del relato.

En la Escena del Crimen (Larousse)

Y por supuesto el citado libro compuesto a cuatro manos por Eladio Romero y Alberto de Frutos –quienes ya colaboraron juntos en 30 paisajes de la Guerra Civil que reseñamos en su momento–, En la escena del crimen. Dos siglos de crónica negra en España, publicado recientemente por Larousse.

En la línea del libro de Corominas, De Frutos y Romero desmontan parte de la leyenda que convivió durante décadas con la historia real de Enriqueta Martí, víctima del sensacionalismo de su tiempo y de la feroz competencia en la venta de periódicos. Pero hay mucho más, y en las páginas profusamente ilustradas de este oscuro –y entretenidísimo– compendio, se recogen 30 crímenes que a lo largo de 200 años de nuestra historia, por sus particularidades, conmocionaron la España del momento, dejando una huella indeleble en su historia negra reciente; unos sucesos íntimamente ligados al auge de los medios de comunicación, de implantación general en nuestro país a mediados del siglo XIX, que alimentaban a una opinión pública cada vez más ávida de noticias sensacionalistas.

Asesinatos vinculados en cierta manera a lo esotérico, como los cometidos por Manuel Blanco Romasanta, «el hombre lobo de Allariz», o los del Sacamantecas citado, así como los de Enriqueta y el crimen de Gádor, que daría origen a la siniestra leyenda del hombre del Saco; crímenes colectivos que sacudieron a todo un pueblo, como la matanza de Puerto Urraco o los asesinatos los marqueses de Urquijo, rodeado de claroscuros todavía hoy; o los asesinatos de Mazarrón, en Murcia, que darían pie a una de las más aplaudidas películas del inolvidable Fernando Fernán Gómez, El Extraño Viaje (precisamente su título iba a ser El Crimen de Mazarrón, pero se lo prohibió la férrea censura de la época, que también neutralizó su difusión); sucesos todos ellos que configuran parte de la memoria colectiva nacional, como el de la madrileña calle Fuencarral, el de Níjar o el del juego de rol. Una crónica negra que trasciende el género del true crime y forma parte del ADN secular hispánico, repleto, por supuesto, también de cosas buenas.

He aquí el enlace para hacerse con este sanguinolento recorrido por el pasado patrio:

https://www.larousse.es/libro/libros-ilustrados-practicos/en-la-escena-del-crimen-dos-siglos-de-cronica-negra-en-espana-eladio-romero-garcia-9788419250674/

El «soldado de Dios» que fundó la Compañía de Jesús

El pasado año 2021 la Compañía de Jesús conmemoraba el Quinto Centenario de la conversión de Ignacio de Loyola, su fundador, un personaje histórico fascinante cuya labor evangelizadora marcaría un antes y un después no solo en la trayectoria del catolicismo sino en la configuración del mundo contemporáneo occidental. Extendida por todo el orbe, la Compañía se convertiría en la milicia de la Iglesia católica en tiempos de la Contrarreforma (muchos de sus miembros serían espías en cortes protestantes), pero también tendría abiertas disputas –y algo más– con la Santa Sede. Esta es la historia de un hombre reconvertido en militante de la fe, un «soldado de Dios» con sus luces y sus sombras.

Por Óscar Herradón ©

El 13 de marzo de 2013, hace ya casi una década, el cardenal argentino Jorge Maria Bergoglio se convertía en el último pontífice de la Santa Sede con el nombre de Francisco I y, por primera vez en la historia del papado, el Vicario de Cristo pertenecía a la Orden de los jesuitas. El vendaval no dejó entonces de azotar al Vaticano. A los escándalos de Vatileaks, la pederastia, la corrupción y la influencia de la masonería durante el mandato de Benedicto XVI, todos ellos vendavales de tiempos recientes, venían a sumarse las polémicas relacionadas con una Orden cuyo líder es conocido como «el Papa Negro», organización que en más de una ocasión mantuvo una guerra abierta con el mismo Vaticano.

Pasaron apenas unas horas del nombramiento y de su anuncio público con la ansiada fumata blanca y no tardaron en surgir en la prensa internacional rumores que vinculaban al nuevo Papa con el colaboracionismo en la dictadura argentina, algo que no tardó en ser desmentido por el jesuita Franz Jalics, secuestrado en 1976 por la cúpula militar y residente en Baviera desde 1978, quien afirmó presto que Francisco, que era entonces Provincial de la Orden jesuita en Buenos Aires, no le entregó a la Junta. El escándalo se servía desde varios frentes, azuzado en parte por un sector tradicional de la Iglesia que no miraba al jesuitismo precisamente con buenos ojos, una enemistad que se remonta siglos atrás. Y el hecho de que el pontífice hiciese declaraciones como la que sigue no hizo sino echar más leña al fuego: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!», recordaba a las palabras de Juan Pablo I y a muchos les venía a la mente su trágico final…

Origen, historia y leyenda de la Compañía

La historia del fundador de la Compañía, el vasco Ignacio de Loyola, apellido que tomó de la aldea donde nació, es tan extraña como apasionante. Primero soldado –luchó en la defensa de Pamplona contra los franceses, donde fue herido en una pierna–, pronto sintió la llamada de la fe. Durante su convalecencia leyó varios libros religiosos que le llevaron a replantearse toda su vida. Tras experimentar una supuesta visión de la Virgen con el niño Jesús, se produciría su definitiva reconversión de hombre de armas en soldado de Dios.

Cual caballero andante veló armas ante el altar de Nuestra Señora de Montserrat, singular enclave místico que se cuenta como uno de los refugios del Santo Grial al que acudiría el mismísimo Heinrich Himmler durante una visita a España en plena Segunda Guerra Mundial. Al terminar sus oraciones, Loyola dejó la espada y la daga y se vistió con ropas pobres, sandalias y un bastón, para dedicar su vida al Todopoderoso y a la predicación. Fue a partir de ese momento –dijo– cuando sufrió diversas visiones de tipo aparentemente celestial. Con dicho hábito llegó a Manresa, donde vivió en una cueva en medio de una constante meditación y un estricto ayuno. Tras dicha experiencia eremítica (común a otros hombres de su siglo como Benito Arias Montano, místico y bibliotecario de Felipe II en el monasterio de El Escorial), nacerían sus Ejercicios Espirituales, que se publicaron años más tarde, en 1548, y que serían la base de la filosofía jesuítica.

Loyola durante su convalecencia
Iglesia de Jesús (Roma)

Viajó a Roma y el 4 de septiembre de 1523 a Jerusalén, para regresar después a Barcelona. Más tarde aprendería latín y se inscribió en la Universidad de Alcalá de Henares, cuna de ilustres del Siglo de Oro como Cervantes. Posteriormente se trasladó a Salamanca, donde comienza a predicar acerca de sus Ejercicios, algo que le granjeará problemas con las autoridades, llegando a ser encarcelado por un periodo de varios días. Una vez libre, viajaría a París, en cuya universidad estudiará siete años, y donde se rodeó de seis seguidores. Entonces ya tenía claro cuál era su proyecto vital y se mudó a Flandes y más tarde a Inglaterra, la «Pérfida Albión», para recabar fondos para su no poca ambiciosa Obra.

El juramento de los soldados de Dios

El día 15 de agosto de 1534, en medio de un ambiente ceremonioso y recogido, Loyola y sus seis acólitos juraron en Montmartre «Servir a nuestro señor, dejando todas las cosas del mundo»; fundaban así la Sociedad de Jesús, y decidían ponerse a las órdenes del Papa cual «soldados de Dios». El pontífice Paulo III dio su aprobación a sus pretensiones y les permitió ordenarse sacerdotes en Venecia. En su viaje a Roma, para servir al sucesor de san Pedro en el trono pontificio, en la localidad de La Storta, Ignacio de Loyola vivió otra experiencia mística: una visión al parecer trinitaria en la que «el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: ‘Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo’ y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: ‘Yo quiero que tú nos sirvas’».

Paulo III

En 1538, Loyola, acompañado de dos de sus hombres, regresó a Roma para la aprobación de la constitución de la nueva Orden, refrendada por Paulo III mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, que limitaba el número de miembros a sesenta, limitación que sería revocada tres años después mediante la bula Injunctum nobis, que permitía que la Societas Iesu no tuviera límites hasta alcanzar unas dimensiones impresionantes. Entonces, Loyola fue elegido Superior General de la Compañía, tras lo cual envió a sus seguidores como misioneros por Europa, con la intención de que creasen escuelas y seminarios. En 1548 por fin se imprimieron sus Ejercicios Espirituales, lo que le valió al antiguo soldado ser llevado ante la Inquisición, aunque fue rápidamente liberado.

Altar con los restos de Loyola (Roma)

En 1554 se adoptaron las denominadas Constituciones jesuitas, elaboradas por el mismo Loyola, base de una organización monacal a cuyos miembros se exigía absoluta abnegación y obediencia al Papa. A partir de entonces, la Compañía se extendería por todo el orbe, estando obligada a responde de sus actos únicamente ante el pontífice y el superior de la Orden, hoy conocido como el «Papa Negro». Nacía así una de las órdenes religiosas más poderosas y controvertidas de la historia. Ignacio de Loyola, el visionario, moría el 31 de julio de 1556, en su celda de la sede jesuítica en Roma, para ser canonizado en 1622 por el Papa Gregorio XV.

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

GARCÍA HERNÁN, Enrique: Ignacio de Loyola (Colección Españoles Eminentes). Taurus 2013.

J. LOZANO NAVARRO, Julián: La Compañía de Jesús y el poder en la España de los Austrias. Cátedra 2005.

LARA MARTÍNEZ, María y Laura: Ignacio y la Compañía. Del castillo a la misión. Edaf (XIII Premio Algaba), 2015.

MARTIN, Malachi: La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica. Plaza & Janés, 1988.

P. LUIS GONÇALVES DA CÁMARA: San Ignacio de Loyola. Biografía. Editorial Verbum 2020.

BREAKING NEWS!

Los jesuitas. Una historia de los «soldados de Dios» (Debate)

En este ensayo que ha visto recientemente la luz de la mano de la Editorial Debate, el inglés Jonathan Wright, doctor en Historia por la Universidad de Oxford y especialista en historia de los movimientos religiosos, aborda el importante y controvertido papel de la Orden ignaciana en el mundo moderno y contemporáneo, desde su fundación por Ignacio de Loyola (fue reconocida como Orden en 1540 y desde entonces no paró de crecer), su tradición erudita –muchos de sus hombres fueron preceptores de reyes y príncipes– y su labor combativa: de la conquista y evangelización del Nuevo Mundo a la Teología de la Liberación que fue investigada por el papa Juan Pablo II. También se adentra en su infatigable determinación a la hora de abordar misiones en territorios poco conocidos, como su epopeya en Japón (donde serían torturados y ejecutados varios jesuitas) y otros países del continente asiático, a las peligrosas travesías por el Mississippi o el Amazonas que convirtió a los «soldados de Dios» en temerarios aventureros con el crucifijo en ristre.

Los miembros de la Compañía eran hombres de vasto saber, pedagogos y científicos (físicos, químicos y matemáticos), y contaron entre sus filas con eruditos de la talla de Athanasius Kircher. Estaban presentes en las universidades de todo el mundo, muchas de ellas edificadas gracias a su intermediación, y fueron escribanos en las lejanas cortes, incluso, de los emperadores chinos. Llegaron al siglo XXI como un referente universal gracias a su fortaleza ideológica, a su presencia en terribles conflictos y al conocimiento profundo de las interioridades del Vaticano, y eso que estuvieron a punto de desaparecer en el siglo XVIII precisamente por causa del propio vicario de Cristo.

Hoy, en el trono de San Pedro se sienta un jesuita. Un vibrante ensayo, de profusa documentación y hábil y fluida prosa que conduce al lector por la leyenda y la realidad, las tramas secretas (desde los espías enviados por el Vaticano a la Inglaterra de Isabel I para defender la causa de María Estuardo hasta las acusaciones que se vertieron contra ellos acusados de querer derrocar gobiernos como lo serían también los masones) y las gestas de estos «intrépidos aventureros de la historia cultural, política y espiritual del mundo moderno» en palabras del propio Wright.

Tempestad en el tiempo de las luces (Cátedra)

Y si en este post hablábamos del fundador de la Compañía y de cómo la misma alcanzó una expansión y un poder sin precedentes, a través de un completo ensayo de reciente aparición conoceremos el momento en el que la organización estuvo a punto de desaparecer y fue prohibida (y sus miembros perseguidos) en varios países, entre ellos España. Se trata de Tempestad en el tiempo de las Luces. La extinción de la Compañía de Jesús, publicado por Cátedra, del doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid Enrique Giménez López, desde 1988 Catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Alicante.

El libro, a través de numerosas fuentes, algunas inéditas hasta hoy, analiza el proceso que condujo a que el papa Clemente XIV se plegase a publicar el Breve Dominus ac Redemptor el 21 de julio de 1773, que extinguió canónicamente a la Compañía, y sus consecuencias posteriores, donde se vieron implicados los monarcas de España, Francia, Portugal, Nápoles y Prusia, y las emperatrices de Austria y Rusia. Un complejo escenario internacional en cuyo trasfondo se dirimían las relaciones entre la Iglesia de Roma y los Estados Europeos. Y es que ningún otro acontecimiento del siglo XVIII, salvo la Revolución Francesa –decisiva para el fin del Antiguo Régimen–, conmovió tanto a europeos y americanos como el fin de la Compañía fundada en el siglo XVI por Ignacio de Loyola.

Acabar con el jesuitismo, y no solo con los jesuitas, fue una labor a la que se entregaron con ahínco no solo las potencias católicas, sino obispos y muchas órdenes religiosas (que sentían envidia de la influencia ejercida por la Compañía en la vida política, en la cultura, en la educación de las élites y en las misiones del Nuevo Mundo y Asia, y pretendían «sacar tajada» del nuevo escenario). Sin embargo, la organización fue capaz de mantenerse viva en Prusia y Rusia, cuyos monarcas, al no ser católicos, no aceptaron el Breve papal de extinción.

Pío VII

Esta supervivencia se haría más patente con el estallido de la Revolución Francesa que acabó dando verosimilitud a las hasta entonces teorías conspirativas que asociaban la desaparición de la Orden jesuítica con la crisis del Antiguo Régimen. Tras la derrota de Napoleón, la Compañía fue restaurada por Pío VII en 1814 como arma ideológica a disposición del trono y el altar, y su influencia sigue siendo en la actualidad tan grande que el mismo pontífice romano, el papa Francisco, pertenecía a la misma antes de ser elegido por el «Espíritu Santo» para comandar la Santa Sede.

Hades y el oráculo de los muertos (II)

Fermín Bocos realiza un erudito, directo e irónico recorrido por algunos de los mitos y rituales más notorios del mundo clásico en su último libro, Zeus y familia. Dioses, templos y héroes, que ha publicado la editorial Ariel. Uno de los temas que trata es el de los oráculos, concretamente el de Éfira, que la tradición vincula con el Hades, el inframundo griego. Viajamos hasta allí para desvelar sus secretos.

Óscar Herradón ©

Los actos mágicos, las misteriosas oraciones y los relatos sugestivos sobre las almas de los difuntos que proferían los sacerdotes, convertían al consultante del oráculo, despojado de su voluntad según Philip Vandenberg, en un instrumento de los religiosos, lo que hacía que estuviera predispuesto a interpretar sueños y a ver apariciones que casi con seguridad eran inexistentes.

Tras varios días entre la vigilia y el sueño, en trance, se presentaba el sacerdote iluminado con una antorcha, semejante a una aparición, blanco como se creía era el alma de los muertos, murmurando en voz muy baja, casi imperceptible y pidiendo al visitante que le siguiera; le daba una piedra y le ordenaba que, una vez llegado al largo corredor, la arrojara hacia atrás en un gesto que alejaría de su persona todo mal. Piedras que han sido halladas por los arqueólogos en grandes cantidades y que demuestran la veracidad del relato. En un extremo del corredor se encontraba una habitación, aún más pequeña que la primera, donde el consultante proseguía con su interminable letargo.

Hades y Perséfone

Al final del corredor, a la derecha, se hallaba, según la leyenda, un laberinto que Dakaris efectivamenteencontró. Llegado a este punto, el consultante, que aún no había perdido por completo el sentido de la orientación, olvidaría por completo cuanto había dejado atrás. Diminutos cuartos que estaban cerrados con puertas guarnecidas de hierro que no se abrían hasta que la anterior no había sido cerrada, en medio de un ambiente asfixiante. Los sacerdotes habían avisado previamente al consultante de que, cuando hubiese atravesado el último umbral, hallaría bajo sus pies la hirviente morada del dios de los muertos, Hades, y de Perséfone, su esposa. Se hallaba ante el mismísimo reino de las sombras. Entonces, en el suelo se abría un agujero del tamaño de un sillar, donde el consultante debía verter la sangre de los animales sacrificados que llevaba consigo en un jarro. Las almas de los muertos debían beberla para recobrar su conciencia y así poder revelar el futuro a aquél que les había hecho una pregunta.

El «Hades» medía apenas 15 metros de largo y Sotiris Dakaris había conseguido sacarlo a la luz tras más de 2.000 años sin que ningún ser humano hubiese pisado su suelo sagrado. Aterrado, casi sumido en el delirio e incapaz de distinguir entre el sueño y la realidad, el consultante, tras verter la sangre del sacrificio, esperaba casi desvanecido el momento culmen: la aparición del «muerto» que estaba deseando ver y que le aportaría luz sobre su futuro. Ya habían pasado los veintinueve días de rigor, y los sacerdotes proyectaban, con el humo y las antorchas, siluetas fantasmagóricas en las paredes de la sala, mientras continuaban con su interminable cántico. De repente –siguiendo el trabajo de Philipp Vandenberg y lo recopilado por Dakaris–, se podían escuchar un gemido y un crujido, mientras sonidos inhumanos llenaban la estancia.

Entidades de ultratumba

En el extremo opuesto colgaba del techo un enorme caldero de cuyo borde sobresalía una mano… después podía verse otra y por último la cabeza, un rostro pálido y una figura extrañamente inhumana que acababa manteniéndose de pie dentro del recipiente. Para el consultante no podía ser otro que el difunto. La aparición comenzaba a moverse y hablaba con palabras mesuradas, mientras una balaustrada impedía al visitante acercarse más a la aparición. Una vez dada la respuesta –que no siempre se ajustaba a los deseos del que realizaba la pregunta- se escuchaba un gran estruendo y el caldero volvía a ponerse en marcha, se elevaba hacia el techo y desaparecía en medio de una densa nube de humo, mientas el canto monótono de los sacerdotes se iba extinguiendo, las antorchas se apagaban y la estancia quedaba en completo silencio.

Entonces, el visitante era cogido del brazo y trasladado a lo largo de las pequeñas estancias y los corredores citados hasta un pequeño cuarto destinado al último tratamiento al que debía ser sometido y donde era expuesto a los procesos de purificación obligatorios después de haber «contactado» con los muertos. Para Dakaris, todo era real, incluso la aparición, pero se debía a una ingeniosa escenificación de los sacerdotes del oráculo, un papel que es posible que interpretaran los mismos religiosos, temerosos de que un actor pudiera delatar el fraude. Durante el tiempo que el consultante permanecía incomunicado y en trance, los sacerdotes parece ser que obtenían del mismo, sutilmente, la información precisa para que después el alma de los «difuntos» pudiera darle una respuesta adecuada a sus inquietudes. Toda una puesta en escena ancestral.

BIBLIOGRAFÍA:

DAKARIS, Sotirios: Dodona (en inglés) 1993.

VANDENBERG, Philipp: El Secreto de los Oráculos. Destino, 1991.

Imágenes: Wikimedia Commons. Free License

PARA SABER MÁS:

En Zeus y familia. Dioses, héroes y templos, el veterano escritor y periodista Fermín Bocos (que en Viaje a las puertas del infierno, también publicado por Ariel, se sumergió en los insondables secretos del Hades y los oráculos de la antigüedad) nos presenta esta historia y muchas otras en una obra que rezuma amor por la historia, la filosofía y el arte, y que lanza puentes con el presente «para dejar constancia de la influyente vigencia que la producción intelectual de griegos y romanos tiene hoy en día». Un sucinto muestrario de divinidades olímpicas y de otras entidades de la Antigüedad; un recorrido subjetivo, divertido y culto a la vez que contribuye a desvelar parte de los misterios de nuestro pasado fundacional.