Churchill y Franco. Una guerra secreta por la neutralidad (I)

De todos es sabido el estrecho lazo que mantuvo el régimen de Franco con el nazismo. Menos conocidas son las relaciones entre el Gobierno británico de Churchill y España. La desclasificación de importantes documentos de aquel periodo arroja luz sobre un soborno encubierto que cambiaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial.

Por Óscar Herradón ©

Casi 84 años después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, devastador conflicto que perfilaría el mundo en el que vivimos, y que dio un giro de 180 grados a la historia de la humanidad (y cuyas terribles consecuencias vuelven a reverberar en los oídos de los europeos a más de un año de la guerra de Ucrania), hemos escuchado hablar hasta la saciedad de las relaciones que el gobierno franquista, con un implacable poder recientemente estrenado, mantuvo con la Alemania nazi.

De todos es sabido que Adolf Hitler contribuyó al esfuerzo de guerra del lado de los golpistas, con armamento y con episodios tan deleznables –y estratégicamente claves– como el bombardeo de Guernica, que serviría a los modernos aviones de la Luftwaffe de entrenamiento para su indiscriminada Guerra Relámpago en el Viejo Continente; también de las negociaciones entre este y Francisco Franco para que una España paupérrima con un ejército mal preparado aunque fanático a la causa nacional no se mantuviera neutral, conversaciones que tendrían su momento clave en la reunión en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Pero, ¿y las relaciones del dictador español con los aliados, concretamente con Winston Churchill y los mandamases del Foreing Office? ¿Tuvo algo que ver el combativo premier británico con la neutralidad del régimen franquista?

A bote pronto uno imagina que el “Caudillo” no pretendía mantener contacto alguno con las democracias occidentales cuando él mismo se había decantado por un régimen de Partido Único, prensa única e ideología nacionalfascista –y de religiosidad desbordante– que veía en el nazismo un arma implacable a quien pretendía imitar –creencias religiosas aparte–. Es más, en numerosas ocasiones Franco se jactó de querer entrar en la guerra del lado del Eje. ¿Qué sucedió entonces? A continuación veremos que Winston Churchill y su gobierno tuvieron mucho más que ver en el desarrollo de los acontecimientos de lo que en un principio pudiera parecer.

Una reveladora desclasificación

Enseguida nos retrotraeremos a la España de principios de los años cuarenta, con una Europa sumida en plena contienda. Pero a principios de octubre de 2016 saltaba a primera plana una noticia sobre el tema que venimos tratando. Concretamente, la prensa hablaba sobre la “traición” de Churchill a Franco, en relación a Gibraltar, cuando el entonces jefe del Estado español estaba convencido de que el dirigente británico devolvería aquella región por su neutralidad en el conflicto, a partir de unos papeles que en 2013 fueron desclasificados por la Oficina de Registro Público británica y que se sumaban a la gruesa publicación de archivos hasta entonces secretos sobre las relaciones entre los mandamases de Downing Street y el gobierno franquista. El tema de Gibraltar es sustancioso, aunque no fue definitivo en el desarrollo de los acontecimientos.  

A través de dichos expedientes y notas de las embajadas –la mayoría secretas hasta entonces– se puede trazar una historia de espías y medias verdades, y negociaciones en la sombra que mantuvieron a Franco en una delicada tesitura: apoyar a Hitler y Mussolini, a quienes consideraba aliados naturales, o mantenerse al margen para recibir promesas y ayudas de Inglaterra y Estados Unidos. Finalmente, el régimen se decantaría por esta última opción –con matices–.

España, nido de espías

Lord Halifax

Eran las 22.15 horas del 4 de junio de 1940 cuando sir Samuel Hoare, embajador británico en el Madrid franquista, enviaba un telegrama urgente a Londres. Era una comunicación secreta dirigida a Edward Frederick Lindley Wood, primer conde de Halifax, más conocido como lord Halifax a secas, que hoy, desclasificado por el MI6, sabemos que rezaba lo siguiente: «Hay indicios de que está cobrando impulso la idea de abandonar la neutralidad, y tengo la impresión de que ha llegado el momento de actuar de forma inmediata para verificarlo». Inglaterra estaba viviendo uno de sus peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, siendo sus tropas literalmente arrasadas por la «Guerra Relámpago» nazi.

Samuel Hoare. Wikipedia (Free License).

Aquel mismo día se había producido el desastre de Dunkerque y, aunque Churchill no claudicó y continuó con su diatriba luchadora, enunciando el célebre discurso en el que afirmaría que los ingleses «jamás nos rendiremos», lo cierto es que la entrada de nuestro país en la contienda, algo que entonces parecía inminente, podía ser un golpe de efecto magistral para equilibrar la balanza bélica a favor del Eje.

Si Franco se posicionaba en la contienda del lado de Alemania e Italia e invadía Gibraltar –algo que estuvo a punto de suceder mediante la denominada “Operación Félix”–, el territorio del sempiterno enfrentamiento entre nuestro país y el del premier, los aliados perderían el Mediterráneo y los buques y acorazados británicos tendrían que bordear todo el continente Africano hasta el Canal de la Mancha para librar su batalla en el Norte de África, una zona clave para la victoria. Esa era la verdadera amenaza española, pues su ejército estaba mal pertrechado y sus tropas aún acuciaban los estragos de la Guerra Civil, pero era un movimiento estratégico decisivo.

Documentos secretos del SOE en España

Aquello podía ser un verdadero desastre para los aliados. Había que hacer algo, y hacerlo rápido, y esa era la misión de Hoare, que había llegado a la capital española tan solo unos días antes de escribir a Halifax. Este personaje, uno de los más brillantes diplomáticos –y también espía, campo que conocía muy bien, pues había dirigido el servicio secreto británico en Rusia durante la Gran Guerra–, ya tenía sesenta años cuando fue nombrado embajador. En más de una ocasión había mostrado simpatía hacia la causa nacional y era el hombre más indicado para convencer a Franco y sus generales de la importancia capital de la neutralidad. Lo haría, eso sí, a golpe de talonario.   

Asunto Confidencial

Blitz

Y es que de los papeles desclasificados se deduce que Hoare tenía un plan –aunque el tiempo corría en su contra– para mantener la neutralidad española en la guerra. Paul Preston, biógrafo del embajador, señala que este había enviado telegramas a Londres explicando que Franco le había recibido en un despacho en el que lucían retratos de Hitler y Mussolini y le había llegado a decir que los británicos «deben rendirse ante la inevitable victoria alemana». Es más, el jefe del ejecutivo español había prometido a Hitler su participación en la contienda a cambio de la expansión española en África y de todos era sabido que estaba dispuesto a apoyar los totalitarismo que él mismo representaba frente a los regímenes parlamentarios, mientras en las calles de la Península falangistas y universitarios afectos a la dictadura clamaban por la victoria de Hitler con proclamas como «¡Abajo Inglaterra!», frases lapidarias que gritaban el 1 de junio de 1940 ante la embajada británica.

Todo estaba en contra de los ingleses para que España se mantuviera neutral y su entrada en la guerra era inminente, según Hoare, salvo que se detuviera con una gran cantidad de dinero, nada menos que medio millón de libras –dinero que aumentaría exponencialmente hasta los 10 millones de dólares– para sobornar a varios generales poderosos del régimen franquista. Si Gibraltar caía en manos españolas o alemanas y las potencias del Eje instalaban baterías en la costa africana, el Estrecho, como señalé líneas más arriba, quedaría blindado y los barcos, buques y navíos de guerra ingleses tendrían que circunnavegar África no solo para librar la batalla en el norte del continente sino también para acceder a la India, un territorio clave que podía llenarse de insurgentes y opositores al imperio británico.

«La Caballería de San Jorge»

En toda esta operación de chantaje la embajada británica en España se sirvió de la contrainteligencia y el espionaje, una de las armas más efectivas en aquella lucha. El principal espía, además de Hoare, en Madrid, era Alan Hillgarth, agregado naval y responsable de Inteligencia en nuestro país. Trabajando mano a mano con Hoare, será este quien escriba la célebre frase, dirigiéndose a sus superiores en Londres, de que es el momento adecuado de cargar “la caballería de San Jorge”, haciendo alusión a las guineas de oro con las que su país ayudaba a sus aliados en conflictos pasados, monedas decoradas con el patrón británico. Así acabaría conociéndose esta operación secreta que por fin ha trascendido.

Alan Hug Hillgarth

Y uno de los hombres clave para que la misma fructificara, según los informes y lo que ya recogiera en un magnífico libro en 2008 el historiador Pere Ferrer, fue el empresario español Juan March, quien ya había sido una pieza clave en la financiación del viaje que trajo a Franco a España para el levantamiento del 18 de julio que dio inicio a la Guerra Civil, a bordo del Dragon Rapide, un hombre cuya fundación hoy goza de enorme prestigio pero con un pasado lleno de claroscuros que, según Ferrer, era «un maestro de doblegar voluntades a través del soborno», quien había hecho una gran fortuna con el contrabando de tabaco durante la I Guerra Mundial y había blindado su imperio vendiendo armamento a distintos contendientes durante la Segunda, a aquel que fuera el mejor postor. Además, sería confidente del almirante Wilhelm Canaris –jefe de la Inteligencia naval de la Marina alemana, más tarde ejecutado por traición al Führer– en Madrid. Sería en 1936 precisamente cuando Alan Hillgarth conoció en Mallorca, donde se había establecido a principios de aquella década, al multimillonario hispano.

Al parecer, la decisión del MI6 de utilizar a March era que los generales españoles no supieran que era precisamente el gobierno británico, por el que no tenían demasiada simpatía, quien les compraba. Aunque en los primeros telegramas que intercambia Hoare con Londres no se mencione el nombre del empresario, autores como los historiadores Gabriel Cardona o Enrique Moradiellos, así como el citado Ferrer, apuntaban ya antes de la desclasificación de los documentos y misivas que era con March precisamente con quien el embajador británico negociaba los sobornos a los generales españoles. El banquero mallorquín estaba convencido de que los generales no le harían ascos al «complemento salarial» ofrecido por los hombres de Churchill.

Canaris

Los militares opositores a Franco, que los había, empezaron ya a mostrar su descontento durante la Guerra Civil, incluso en el propio bando golpista, y cuando el conflicto fratricida terminó, algunos quisieron restaurar la monarquía borbónica y otros sacar el mejor provecho personal de la situación. El ejército franquista no estaba precisamente bien pagado en la España de la cartilla de racionamiento y el estraperlo. Los generales españoles ganaban unas 5.000 pesetas mensuales en medio de una fuerte inflación –lo que implicaría que las cantidades iniciales subieran desorbitadamente–. Aquello no era lo que se dice mucho dinero, aunque muchos de aquellos mandamases tuvieran sus propios “negocios” gracias a su cargo en el franquismo.

Comunicaciones in extremis Madrid-Londres

Al comienzo todo parecía marchar viento en popa. El 9 de junio, Hoare telegrafiaba a Londres lo siguiente: «Las negociaciones secretas proceden satisfactoriamente». Pronto, no obstante, el dinero prometido se quedó corto, y el medio millón de libras inicial iría aumentando progresivamente para evitar que España entrase en guerra. Los intercambios telegráficos entre la embajada inglesa en Madrid y la capital británica eran cada vez más frecuentes y en ellos, hoy desvelados, podemos leer frases de Hoare tan inquietantes –y trascendentes– como las siguientes: «Dudo de si enviar ningún nombre, ni siquiera en un mensaje cifrado». Cuando Italia declara la guerra a Francia y Gran Bretaña, Franco anuncia que España pasa de la neutralidad a la “no beligerancia” y la situación es cada vez más crítica. Samuel Hoare vuelve a escribir a Londres: «Debe aceptar mi palabra de que las personas son de la mayor importancia (…) la entrada de España en la guerra depende de nuestra rápida acción». Y puntualizaba: «La situación es crítica». Lo acordado por el espionaje británico con March era depositar el dinero en el Swiss Bank Geneva de Nueva York. El día 21 de junio, el Foreign Office confirmaba a Hoare que la operación ya había sido realizada.

Este post tendrá una inminente segunda parte en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Existen diversos títulos que nos acercan a estos hechos de forma exhaustiva, como Sobornos. De cómo Churchill y March compraron a los generales de Franco, de Ángel Viñas (Crítica, 2021) o El Telegrama que Salvó a Franco. Londres, Washington y la cuestión del régimen (1942-1945), de Carlos Collado Seidel, también editado por Crítica unos años antes, en 2016. El más reciente es Bajo las zarpas del Léon, de Marta García Carrera, editado por Marcial Pons.

Un libro muy recomendable para entender la influencia ejercida por Gran Bretaña en España para decantar la balanza a favor de los aliados, no solo en la Segunda Guerra Mundial sino también en la Primera. En tan delicados periodos históricos del siglo XX España se convirtió en un protagonista destacado del escenario neutral, y fue objeto de reiteradas campañas propagandísticas extranjeras que trataban, por una parte, de explotar las filias y fobias existentes en el país, y por otra, favorecer sus respectivas causas bélicas y dificultar la actuación del enemigo en territorio español. En este sentido, la potencia aliada que movilizaría mayores esfuerzos propagandísticos en la Península sería Gran Bretaña, colocando al país, como reza el título del ensayo, bajo la zarpa de un león que, aunque luchó a contracorriente buena parte de los conflictos, extendió sus garras a través de la diplomacia y la persuasión, como hemos visto en este post.

Este documentado trabajo revela la misión de la propaganda británica en España, un instrumento de guerra que partía de instancias ministeriales y diplomáticas, pero que también se nutría de dinámicas paralelas, como las aportadas por las redes de inteligencia, la iniciativa popular o las plataformas periodísticas e intelectuales. Evolucionando desde la supervivencia a la ofensiva, los británicos emplearon todos los canales disponibles a su alcance para tratar de orientar a la opinión pública española; a veces caminando al filo de lo imposible entre el límite de la imaginación, los obstáculos impuestos por el Gobierno español y los márgenes de la clandestinidad.

He aquí el enlace para adquirirlo:

https://www.marcialpons.es/libros/bajo-las-zarpas-del-leon/9788418752346/

Franco Desenterrado. La Segunda Transición Española

Y otro libro polémico pero a su vez necesario lo publicó en 2022 la editorial Pasado & Presente, a cuyos títulos debe estar muy atento cualquier apasionado de la historiografía. Se trata de Franco Desenterrado. La Segunda Transición Española, del catedrático de Estudios Hispánicos en el Oberlin College Sebastiaan Faber. En unos tiempos en que la Ley de Memoria Histórica, renombrada Ley de Memoria Democrática (que derogó la anterior), intenta dignificar a los perdedores, también se ha provocado un efecto contrario y probablemente no deseado a más de 80 años del fin del conflicto fratricida: el despertar de viejas rencillas, las consecuencias de los asuntos mal cerrados (o cerrados apresuradamente) y la debilidad de esa misma memoria a la que se quiere dar voz.

Y es que, aunque todo país democrático debe limpiar su oscuridad y hacer justicia, muchos aseguran que aquello debió hacerse recién inaugurada la democracia, y no cuando la mayoría de aquellos (tanto las víctimas como los verdugos) llevan décadas muertos. Aunque, quizá, como reza el refrán, «nunca es tarde». No todos opinan igual, claro.

Esta polarización, incrementada tras el traslado de los cuerpos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera del Valle de los Caídos, hoy renombrado también como Cuelgamuros, unido al auge de la ultraderecha en Estados Unidos, toda Europa y también en España, la parcialidad de la judicatura y de algunos medios y otros problemas que vienen a evidenciar las fisuras de la llamada Transición, como el movimiento independentista catalán o el nuevo revisionismo histórico, sirven al autor para preguntarse si realmente España necesita una Segunda Transición…

Un libro controvertido pero revelador, con un enfoque mesurado y externo, sobre la delicada situación que atraviesa nuestro país y que contiene 13 entrevistas a periodistas, historiadores y politólogos de distintos ámbitos y posiciones, como Enric Juliana, Antonio Maestre, José Antonio Zarzalejos, Cristina Fallaràs, Marina Garcés o Ignacio Echevarría, cuyas palabras pueden servirnos para comprender y analizar correctamente nuestro pasado y cómo nos enfrentamos a nuestro futuro.

He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial:

http://pasadopresente.com/component/booklibraries/bookdetails/2022-02-07-17-24-27

Generalísimo (Galaxia Gutenberg)

Y si lo que queremos es centrarnos en una de las figuras clave de esta historia, el dictador Francisco Franco, y sus múltiples «rostros» y contradicciones (de las que también hizo gala en ese crucial periodo que supuso la Segunda Guerra Mundial, en relación tanto con el Eje como con los Aliados), nada mejor que sumergirnos en las páginas de Generalísimo. Las vidas de Francisco Franco, 1892-2020, recientemente publicado por una editorial habitual en el Pandemónium, Galaxia Gutenberg.

Obra de Javier Rodrigo, investigador en ICREA Acadèmia y catedrático acreditado en la Universitat Autònoma de Barcelona, pretende recorrer la vida del personaje a partir de sus denominaciones: de cómo lo llamaron, y de cómo se autodenominó. Paquito, Comandantín, Caudillo, Generalísimo, Su Excelencia el Jefe del Estado… estas y otras denominaciones acompañaron al dictador a lo largo de su vida. Según sus biógrafos y propagandistas (que hicieron «el agosto» durante cuarenta largos años), fue el inmortal, heroico y providencial hombre enviado por Dios para salvar a España, el defensor de la patria, santificado hasta el punto de que, a su muerte, la gente le dejaría peticiones manuscritas de milagros en el ataúd.

O, en su reverso tenebroso representado desde el antifranquismo, el ser tímido, reprimido y taimado, el cruel, traidor, déspota y despiadado Criminalísimo. El resultado es una reconstrucción a veces turbadora y siempre fascinante de los mitos adheridos a la biografía de Francisco Franco Bahamonde. Una visión renovada y original, un recorrido desde el mito del guerrero tocado por Dios, inmortal e invencible, hasta la caricatura presente, convertido en carne de meme, pasando por su proyección narrativa como salvador de la patria, pacificador nacional, buen dictador, abuelo feliz, protodemócrata u hombre excepcional e irrepetible. Generalísimo habla de las vidas, reales o inventadas, del dictador. Pero, sobre todo, habla de la historia y el presente de España con la controvertida Ley de Memoria Democrática en boca de todos.

La revolución pasiva de Franco (HarperCollins)

Y si queremos seguir ahondando en la ambigua personalidad del dictador, desde un enfoque novedoso como sucede con el texto anterior, el pasado 2022 HarperCollins Ibérica publicaba el sugerente ensayo La revolución pasiva de Franco, un libro diferente sobre el dictador y las entrañas del franquismo, que nos revela una nueva perspectiva de la historia contemporánea de España y la llamada Transición. Es obra del filósofo e historiador español José Luis Villacañas, quien, de la mano de La vida de Castruccio Castracani, la obra de Maquiavelo que vio la luz en 1520, nos descubre la figura del «Caudillo» como condotiero y explica al personaje comparándolo con el prototipo de gobernante dibujado por el diplomático y escritor italiano en su inmortal obra El Príncipe.

Teniendo en consideración además el pensamiento del teórico marxista también italiano Antonio Gramsci, Villacañas estudia el papel constituyente de Franco y el sentido de lo que llama «la revolución pasiva», sin precedentes en la historia de nuestro país, que se llevó a cabo durante su largo mandato de cuatro décadas.

Siguiendo el guion de la comedia La Mandrágora de Maquiavelo, el autor también analiza la Transición para preguntarnos cuánto duran las revoluciones pasivas, por qué son tan inestables y qué es lo que las pone en peligro. Todo ello bajo el telón de fondo de la destrucción del pueblo republicano y del sufrimiento de las clases populares en la larga noche de la guerra y la posguerra que marcaron gran parte del siglo XX en el sur de Europa. He aquí el enlace para adquirirlo en la web de la editorial tanto en papel como en edición digital:

Memoria de la Retirada (BLUME)

Y en relación al período inmediatamente anterior a las negociaciones secretas emprendidas entre el gobierno franquista y Londres, un libro que conmueve y que es de obligatoria lectura para entender el sufrimiento que causó la sublevación, la Guerra Civil y la posterior victoria del bando franquista es Memoria de la Retirada. 1939. Éxodo y Exilio, dirigido por el fotoperiodista y realizador nacido en París Miquel Dewever-Plana y publicado por la editorial Blume.

Este cautivador ensayo marca el momento en el que Barcelona cayó en manos de los sublevados. Fue el 26 de enero de 1939 y desde ese momento miles de familias republicanas hubieron de exiliarse a Francia, dejando atrás toda una vida, la patria, los enseres y propiedades y los recuerdos. Numerosos niños acomparon a sus padres camino del exilio, experimentando los terribles campos de internamiento y concentración, calamidades y muchas privaciones más.

80 años después, aquellos niños de corta edad se hallan en el ocaso de sus vidas (aunque cada vez son menos los testigos directos de aquellos turbulentos años en que también transcurrió la Segunda Guerra Mundial) y desean más que nunca transmitir como legado a los más jóvenes (que a veces apenas saben algo de nuestra guerra fratricida) la dolorosa experiencia que vivieron. Y este volumen profusamente ilustrado recoge su extraordinario testimonio.

Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte II)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Eduardo y Wallis (Source: Wikipedia. Free License).

En la capital española, los Windsor permanecerían ocho días, del 22 de junio al 1 de julio de 1940, y aunque breve, esta estancia sería decisiva en el desarrollo de los acontecimientos posteriores y en la futura suerte que correría la pareja. Impresionado por los devastadores efectos de la contienda fratricida que desangró a los españoles durante tres años (lo que afianzó su idea de que la guerra, que consideraba una barbarie, no era la solución a los problemas), el duque hizo diversas visitas oficiales y se reunió con altos cargos del gobierno franquista, por aquel entonces, aunque neutrales, abiertamente favorables a los intereses alemanes frente a los aliados.

El implacable señor Churchill

No hay que olvidar que para conseguir la victoria y convertir España, con sus eslóganes totalitarios, en «Una Grande Libre», Franco contó con el apoyo logístico y militar nazi y con el italiano, a pesar del acuerdo de No Intervención firmado por las potencias europeas. La península Ibérica había sido el campo de pruebas en el que la Wehrmacht puso a punto sus innovaciones tecnológicas en el campo bélico y ahora se convertía en un auténtico nido de espías, un país «neutral» en el que jugaban sus cartas ambos contendientes y donde los duques serían presionados desde varios frentes, manteniendo una intensa actividad diplomática a tres bandas: con el propio gobierno franquista; con el inglés, comandado ya por Winston Churchill, partidario de una lucha con todas las consecuencias contra Hitler –y rotundamente contrario a cualquier tipo de negociación de paz entre ambos países–; y también con los nacionalsocialistas.

Agentes secretos tras sus pasos

Samuel Hoare había sido recientemente nombrado embajador británico en España, y traía con él instrucciones del mismo Primer Ministro de seguir muy de cerca a Eduardo, debiendo mantenerle informado personalmente de cada paso que diera y decisión que tomara. Entonces existían serias sospechas del servicio secreto –el SIS–, de que el otro rey mantenía contactos con sus amigos alemanes, y la Península era un lugar delicado por la facilidad de movimiento que éstos tenían en ella. Así, aquellos escasos ocho días tuvo lugar una intensa actividad informativa entre las embajadas: Churchill y Hoare se enviaron varios telegramas, donde el premier pedía al diplomático que evitase el contacto de Eduardo y Wallis con los germanos, intentando, por todos los medios, que su estancia en nuestro país fuese lo más breve posible, instándole a que el matrimonio se trasladase hasta Lisboa. Allí los planes eran otros: alejarlos de la influencia de la esvástica obligándoles a exiliarse a una colonia inglesa, probablemente en América del Norte.

Sir Samuel Hoare siguió cada paso de la pareja por España
Beigbeder

En Madrid, se celebró en honor de Eduardo una recepción en el Hotel Ritz, organizada por la embajada británica y a la que asistieron más de 300 invitados. A pesar de la contienda europea, seguían siendo la pareja de moda del periodismo sensacionalista. Tras la recepción, por orden del mismo Franco, el ministro de Asuntos Exteriores español, Juan Luis Beigbeder, se entrevistó con el duque: la idea, impulsada por el dictador, era interrogar sutilmente al inglés sobre su posicionamiento respecto a diversas cuestiones que podrían ser trascendentales en un futuro cercano, entre ellas, en relación con la guerra en Europa, su opinión sobre la posición del Gobierno inglés y las acciones de Churchill y si era o no la intención del duque intervenir personalmente en el rumbo de los acontecimientos, según se desprende del informe secreto de Beigbeder a Franco sobre Eduardo que se encuentra en el Archivo Francisco Franco, concretamente el informe 27.073, como recogió en un magnífico artículo sobre el tema el doctor en historia Isidro González García.

Eden

El ministro enviaba al Caudillo dicho informe secreto el 25 de junio, cuando los ingleses llevaban tres días en el país. Según se desprende de éste, el duque le había transmitido que se encontraba en una compleja situación personal, sus ideas para que se solucionase el conflicto y su latente antisemitismo, otro de sus puntos en común para con los nazis: «No soy más que un retrato, no sé dónde me quieren colocar ni qué debo hacer. Hace cuatro años que me retiré de la política y desgraciadamente presentí entonces las calamidades actuales. Toda la culpa la tienen los judíos y rojos de Eden con gente del Foreign Office y otros políticos, a todos los cuales pondría contra la pared». Eduardo se refería a Anthony Eden, quien por aquel entonces ocupaba la cartera de Exteriores en el gobierno británico.

Según transmitió el aristócrata a Franco, «no desea más que una paz justa y equitativa con el fin de elevar no la cultura de la clase baja, sino sus medios de vida», remarcando que se sentía «muy impresionado por la miseria de ciertos pueblos de España que vio a su paso a esta capital». Es cierto que, germanofilia y declaraciones poco dignas de un personaje de su posición aparte, Eduardo se había mostrado interesado en la mejora de las condiciones laborales de las clases medias y bajas en su país, y había sido criticado por algunas de sus inclinaciones (contrarias a la política británica y más favorables a la sindical) en sus años como príncipe de Gales.

La frustrada «Operación David»

Pero volvamos al asunto que nos ocupa: mientras la glamurosa pareja se hallaba en nuestro país, los servicios de Inteligencia alemanes estaban gestando una operación clandestina que respondería al nombre de «Operación David» y que consistía nada menos que en la retención, e incluso el secuestro por la fuerza, de su «amigo» Eduardo a fin de presionar a los peces gordos de Downing Street para cambiar su política de agresión al Tercer Reich.

El Estado Mayor alemán sabía que librar una guerra en dos frentes era demasiado arriesgado, y el Führer, que consideraba a los británicos de ascendencia germánica, prefería llegar a un acuerdo con éstos para tener las manos libres a la hora de emprender la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética que siempre tuvo en mente. Aquello, no obstante, quedaría en saco roto.

Eran tiempos de grandes turbulencias. Incluso, mientras Eduardo y Wallis eran recibidos en nuestro país, los servicios secretos británicos temían una invasión de la Península por parte de los ejércitos de Hitler, y la consecuente conquista de Gibraltar, un puerto clave para el abastecimiento. Es por esta razón, entre otras, que aquellos días de ajetreo continuado fueron tan relevantes. Entonces se temía que la devastadora maquinaria bélica alemana, que con su «Guerra Relámpago» –Blitzkrieg– estaba conquistando una extensión de terrenos no conocida desde los tiempos de Napoleón, ganara la guerra, y cualquier acción y decisión diplomática eran vitales para lo que acabara sucediendo. Eran horas decisivas y los Windsor, piezas fundamentales de este gran puzle de complot, operaciones secretas e informaciones cruzadas, las vivieron entre España y el país vecino, Portugal, siendo seguidos muy de cerca por el gobierno español, sus compatriotas y los espías al servicio de la esvástica.

Hoare

Beigbeder continuaba en su expediente secreto informando a Franco que: «Internacionalmente no antepone Inglaterra a los demás países. Carece de sentimiento nacionalista de manera muy marcada, razón por la que desea una paz a todo trance y un arreglo justo en beneficio de la humanidad más que en bien de uno u otro Estado». Aquella actitud, evidentemente, era considerada por su gobierno como una amenaza, sobre todo desde que Churchill fuera nombrado primer ministro, y algunos hablaban de su postura como derrotista, algo que en tiempos de guerra se pagaba caro. Es más, Eduardo insistió –siempre según lo escrito por Beigbeder– en que no le hubiera importado representar a su país ante el Gobierno del general Franco, y llegó a realizar declaraciones que ponían en peligro su propia integridad física si llegaba a oídos inadecuados: «Dijo que si se bombardease con eficacia Inglaterra esto podría traer la paz. Parecía más bien desear que esto ocurriese». Y eso que hablaba no solo de su patria sino de un país del que había sido rey…

Speer

Varios autores han barajado que la idea de Eduardo era recuperar la corona, y que Wallis, a su vez, se convirtiera en reina. Así, firmaría la paz con los alemanes y les apoyaría en su cruzada contra los soviéticos, pues era bien conocida también su aversión al bolchevismo, que compartía con otros importantes personajes de su país y por supuesto alemanes, españoles e italianos. También los nazis creían que el Windsor era la clave para un armisticio entre ambos países, y todo parece indicar que pretendían restituirle en el trono inglés. De hecho, habían lamentado que abdicara en la figura de su hermano Jorge VI. El mismo Albert Speer, arquitecto favorito de Hitler y Ministro de Armamento del Reich durante la guerra, recogía en sus controvertidas y esculpatorias Memorias: «Estoy seguro de que a través de él se podrían haber logrado relaciones permanentes de amistad. Si se hubiera quedado, todo habría sido diferente. Su abdicación fue una grave pérdida para nosotros».

Este post tendrá una inminente tercera y última parte en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER UN POCO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich. Un libro, definido por Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (primera parte)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Cuando el régimen de Hitler estaba siendo cercado por todos sus frentes, muchos fueron los nazis que intentaron escapar a otros países, como el Portugal de Salazar, la Argentina de Perón… y, por supuesto, la España de Franco, cuya diplomacia supo jugar muy bien sus cartas alejándose –al menos en apariencia– de la orbe nacionalsocialista, manteniendo una falsa «neutralidad».

Muchos de los principales allegados al que se hizo llamar Generalísimo eran filonazis, como Serraño Suñer, y el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y la Gestapo, realizó un viaje a nuestro país en 1940 que pronto contaremos en «Dentro del Pandemónium». Incluso en los años finales de la guerra europea, cuando la Alemania nazi comenzaba a perder el conflicto en todos los frentes, ahogada por el invierno ruso, Franco envió a su División Azul, comandandada por el general Agustín Muñoz Grandes, y en el que no todos fueron fervientes voluntarios de la causa fascista.

Himmler en su visita a España en 1940

Pues bien, como el régimen español comulgaba en muchos aspectos con el nacionalsocialista –salvo, principalmente, en el delicado tema de la religión, no olvdemos que España era «nacionalcatolicista»–, y por supuesto con la Italia fascista, no es de extrañar que nuestro país se convirtiera en uno de los lugares predilectos para los prófugos que escapaban de la justicia aliada.

De proteger y trazar una ruta de huida a criminales de guerra, la mayoría pertenecientes a las SS, se encargaría una red secreta que extraoficialmente (no hay documentos desclasificados que se refiera a ella como tal, pero sí suficientes evidencias de su existencia) recibió el nombre en clave de ODESSA, y que permitió a peligrosos personajes del régimen de la cruz gamada como el médico de las SS Josef Mengele, conocido como «el Ángel de la Muerte» o Adolf Eichmann, escapar hacia Sudamérica, algunos de ellos vía España, otros a través de la llamada Ruta de las Ratas, a través del cobijo de varios monasterios que les condujeron hasta el mismísimo corazón del Vaticano.

También esta organización sería la responsable de proteger a uno de los más temibles criminales nazis, Otto Skorzeny, quien llegaría a jactarse de ser uno de los principales impulsores de la red secreta encargada de dar cobijo a los antiguos miembros de la sanguinaria Orden Negra.

Soldado de Fortuna          

El que acabaría siendo considerado por los americanos como «el hombre más peligroso de Europa», nació el 12 de junio de 1908 en el seno de una familia de clase media de Viena, aunque tenía antepasados alemanes. Según su partida de nacimiento, su nombre completo era Otto Johann Bapt Anton Skorzeny, aunque adoptaría distintas identidades tras la caída del nazismo. Al igual que la mayoría de sus compatriotas, en su juventud sufrió los rigores del periodo de Entreguerras y la fuerte crisis que provocó en Austria y Alemania la derrota en la Gran Guerra, caldo de cultivo de los extremismos que desembocarían en el ascenso al triunfo del Partido Nazi.

El Tratado de Versalles

Cuando el dinero austríaco apenas valía el coste del papel en el que estaba impreso, Otto y sus hermanos pudieron sobrevivir gracias a la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Su padre grabó a fuego en la mente del joven la necesidad de la autodisciplina y le recomendó una vida austera. A los 18 años, Otto se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar ingeniería. Allí se inscribiría en una de las muchas Studentenverbindung, unas sociedades estudiantiles donde se practicaba el Mensur –un combate de esgrima con reglas específicas–, que constituía un paso fundamental (e iniciático) de la adolescencia a la madurez, capital para muchos otros nazis de alto grado como Reinhard Heydrich.

Mensur

Según cuenta el historiador y militar Charles Whiting, Skorzeny tuvo el primer duelo el mismo año en que se matriculó en la facultad. Para él fue un tema angustioso y que puso a prueba sus nervios, pero se convirtió también en una de sus pasiones. Al primer lance seguirían trece duelos más durante los cuales finalmente recibió las llamadas Schmisser, las cicatrices de honor que marcarían su fisonomía de por vida. Con los años, el esbelto austríaco –medía más de un metro noventa– sería conocido como «cara cortada» (scarface en su forma inglesa) por la enorme cicatriz que recorría parte de su rostro hasta la barbilla. Una vez graduado, consiguió reunir el dinero necesario para iniciar un negocio propio en Viena. Entonces toda Europa estaba expectante ante los movimientos cada vez más temerarios de Hitler y su Partido Nazi. Tras el Anchluss, la anexión de Austria, ante la mirada pasiva de los líderes internacionales en el marco de la llamada (y desastrosa) «política de apaciguamiento», Skorzeny no esperó a ser llamado a filas y se presentó en la primera división de las SS, la Leibstandarte-SS Adolf Hitler.

La configuración de un espía

Más tarde, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, pasó a la división Das Reich de las Waffen-SS. Ya entonces destacó por no cumplir estrictamente las órdenes de sus superiores. Sin embargo, la guerra seguía su curso  los acontecimientos se desarrollaban frenéticamente: Skorzeny fue destinado a los Balcanes, participó en la marcha sobre Rumanía y Hungría y después en la Operación Barbarroja, el plan del Führer para invadir la Unión Soviética, entonces su aliada tras el pacto Ribbentropp-Molotov para repartirse Polonia.

La Operación Barbarroja, el mayor despliegue nunca visto hacia el Este

Sería en la gigantesca y helada tierra de Stalin donde recibió la Cruz de Hierro y, tras caer enfermo, enviado de vuelta a Viena. Era diciembre de 1941. Una vez en el Gran Reich, fue ascendido a capitán de Reserva. Su destino: trabajar como una suerte de espía para los Servicios Secretos de Inteligencia de la Oficina Central de Seguridad del Reich (R.S.H.A., por sus siglas en alemán). Aquel trabajo le serviría para desenvolverse muy bien en el campo de la diplomacia durante sus largos años de exilio. Después, fue destinado como Jefe de Comandos con la misión de entrenar tropas especiales cuyo cometido sería la guerra de guerrillas y el sabotaje en el frente, además del secuestro y la tortura. El 25 de julio de 1943, con la guerra ya en contra, gracias a su historial militar Hitler le mandó llamar a la Guarida del Lobo  y lo puso a cargo de la operación de rescate de Benito Mussolini, que acababa de ser arrestado en Italia y del que se desconocía el paradero. Los servicios secretos alemanes dieron con su pista en el Hotel Campo Imperatore, en el macizo de los Apeninos conocido como Gran Sasso, una zona de difícil acceso.

Aquella misión fue bautizada como «Operación Roble» y se programó para el 12 de septiembre de 1943. Al mando de un escuadrón de las Waffen-SS se hallaba el capitán Otto Skorzeny. Doce planeadores DFS 230 sobrevolaron la zona montañosa donde estaba recluido el Duce y un grupo de expertos paracaidistas descendió sobre el complejo hotelero. Los italianos que custodiaban al líder fascista fueron cogidos por sorpresa y parece que no ofrecieron resistencia alguna.

Skorzeny con Mussolini tras la liberación en el Gran Sasso

Este éxito –que en parte el propio Otto le escamoteó a los paracaidistas de la Kurt Student, comandante de la fuerza aerotransportada de la Luftwaffe, la Fallschirmjäger, poniendo incluso en peligro la operación al exigir que Mussolini volase únicamente en su aparato– hizo que Skonerzny pasase del anonimato a convertirse en un auténtico héroe de guerra. Hitler le otorgó, insólitamente, la Cruz de Caballero y lo ascendió a Sturmbannführer –comandante o jefe de unidad de asalto– de las Waffen-SS.

Durante el tiempo que restaba de la contienda, a Skorzeny se le encargaron importantes misiones, como capturar al jefe de los partisanos yugoslavos, el mariscal Tito –misión que fracasó– o doblegar al regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy. Después, cuando tuvo lugar el más célebre atentado contra el Führer, la «Operación Valkiria» comandada por el laureado militar Claus von Stauffenberg, Skorzeny ayudó en Berlín a poner fin a la rebelión, estando 36 horas a cargo del centro de mando de la Wehrmacht –llegaría a afirmar, en otra de sus habituales fanfarronadas, que por media hora no fue él mismo quien ejecutó a Stauffenberg– antes de ser relevado de sus funciones.

Este post, con las andanzas del bravucón conspirador que se codeó con lo más granado del espionaje internacional y la flor y nata del régimen franquista, tendrá en breve su continuación en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para profundizar en la escurridiza figura de Skorzeny, principalmente en sus años en España realizando numerosas intrigas, entramados mercantiles, todo tipo de conspiraciones –incluso la creación de la llamada «Legión Carlos V»–, así como sus numerosos alias, sus documentos secretos y sus contubernios con la CIA y el Mossad israelí –sí, aunque parezca contradictorio, expedientes desclasificados muestran que es así–, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de la Editorial Almuzara: Otto Skorzeny. El nazi más peligroso en la España de Franco.

Un trabajo que denota dedicación y un amplio manejo de fuentes documentales. Obra del periodista Francisco José Rodríguez de Gaspar, redactor jefe del periódico La Tribuna de Toledo, aclara en ella los muchos matices que rodearon a esta figura capital del sombrío pasado reciente de España.

Uno también puede leer los libros firmados por el propio Skorzeny sobre sus «gestas» (Vive peligrosamente, Luchamos y perdimos, Misiones Secretas y La Guerra Desconocida), otra cosa es creer en su fidelidad a los hechos narrados por quien ha sido considerado por algunos un mentiroso patológico y por los más un calculador y eficiente espía. O visualizar el estupendo documental estrenado en 2020 El hombre más peligroso de Europa, Otto Skorzeny en España, obra de Quindrop Producciones Audiovisuales, con coproducción de RTVE y la televisión balear IB3, codirigido por Pedro de Echave y Pablo Azorín.

La Guerra de Mussolini:

Y para conocer en profundidad el papel capital desempeñado en la Segunda Guerra Mundial por el hombre al que tuvo que liberar Skorzeny, Benito Mussolini, principal aliado occidental de Hitler, La Esfera de los Libros publica la que probablemente sea la monografía definitiva sobre el Duce en la contienda: La Guerra de Mussolini. La Italia fascista desde el triunfa hasta la catástrofe 1935-1943, y que muestra con reveladora precisión el largo alcance de la ineptitud estratégica italiana en la contienda, sin olvidar también el episodio del Gran Sasso en el marco de la Operación Roble.

Hasta el verano de 1940, al mismo tiempo que permanecía estrechamente alineado con Hitler, Mussolini se mantuvo prudentemente neutral. Sin embargo, a raíz del hundimiento repentino e inesperado de los ejércitos franceses y británicos, el Duce declaró la guerra a los Aliados con la esperanza de obtener ventajas territoriales en el sur de Francia y en África. Fue un terrible error de cálculo que abocó a Italia a una guerra prolongada e imposible de ganar.

La Esfera ©

Este nuevo trabajo de John Gooch, catedrático emérito de la Universidad de Leeds y uno de los mayores expertos en Italia y las dos guerras mundiales, es la crónica definitiva de la experiencia italiana en la contienda. Por todas partes (en la URSS, en el desierto entre Libia y Egipto y en los Balcanes), las tropas italianas tuvieron que enfrentarse a enemigos mejor equipados o más motivados. El resultado fue una serie de improvisaciones a la desesperada frente a unos aliados ante los que el país se mostró impotente.

El líder fascista moriría finalmente el 28 de abril de 1945, ejecutado sumariamente por un partisano comunista de un disparo en la cabeza. Existe controversia sobre la identidad de dicho magnicida, y todavía hoy se cuestiona la autoría, aunque comúnmente se acepta la versión dada por Walter Audisio, un hombre que se hacía llamar «comandante Valerio» y que se atribuyó la ejecución.

Mussolini y Hitler. El final de ambos dictadores llegaría en abril de 1945

El 25 de abril de 1945, en los estertores de la guerra en Europa (Hitler se suicidaría unos días después, el 30 de abril, en parte impresionado por la brutal muerte de su antiguo aliado), Mussolini había huido de Milán, donde residía entonces, junto a su amante Claretta Petacci, e intentaron escapar a la frontera suiza. Fueron interceptados y capturados el día 27 por partisanos locales cerca del pueblo de Dongo. Un grupo comandado por Audisio los subió bordo de un Fiat 1100 (el Duce creía entonces que venían a liberarlos), hasta la aldea de Giulino di Mezzegra donde, junto a la vía XXIV Maggio, a las puertas de Villa Belmonte, fueron fusilados el día 28 de abril.

Ambos cuerpos fueron trasladados esa misma tarde en un camión a Milán. Durante el trayecto no se permitió que nadie se acercara a los mismos, pero el día 29 fueron depositados en la Plaza Loreto y sometidos a todo tipo de ultrajes por la muchedumbre. El cuerpo de Mussolini quedó tan desfigurado que era prácticamente imposible la identificación post-mortem. Luego, el servicio de policía, compuesto de partisanos y bomberos, colgó los cadáveres cabeza abajo en una gasolinera de la misma plaza (junto a los de ), algo considerado simbólico por la forma en que los fascistas trataban los cuerpos de sus enemigos.

Una vez trasladados a la morgue, continuaron las vejaciones y se tomaron imágenes del cuerpo de Mussolini y de Petacci, a los que colocaron abrazados; instantáneas terribles que pueden verse en Internet y que muestran la violencia y el ensañamiento de las gentes con el líder fascista. El pasado año se cumplieron 75 años de aquel suceso.

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