Los duques de Windsor y la sombra del nazismo (parte I)

Ciñó la corona del Reino Unido bajo el nombre de Eduardo VIII, pero no tardó en abdicar para casarse con Wallis Simpson, una dama sin ascendente real. Sus delicados contactos con el régimen nazi y franquista antes y durante la Segunda Guerra Mundial pusieron contra las cuerdas al gobierno inglés y han generado numerosas dudas sobre su patriotismo y la verdadera razón de su abdicación. En nuestro país, rodeado de espías de ambos bandos, vivió uno de los episodios más singulares de la contienda.

Óscar Herradón ©

Llegó a ser rey de Inglaterra. Eso sí, por un breve periodo de tiempo, ya que tuvo que renunciar a la corona para poder casarse con una plebeya –cosas que en los últimos tiempos no pasan en España–, y llegó a acercarse peligrosamente a los grupos fascistas de su país y a mantener contactos con la Alemania del Tercer Reich, lo que lo convertía en un personaje incómodo para su propio Gobierno. Hablo del Duque de Windsor, quien, precisamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Londres estaba siendo bombardeado sin tregua por los aviones de la Luftwaffe alemana, pasó por España y Portugal en una compleja trama de espías digna de la mejor novela de Ian Fleming (agente de inteligencia, por cierto, en esa misma contienda). Eso sí, su periplo no tuvo nada de ficción a pesar de las muchas sombras que todavía rodean a este enigmático episodio de nuestra historia.

Eduardo, futuro duque de Windsor, nacía el 23 de junio de 1894 en White Lodge, Surrey. Era el mayor de tres hermanos. Corría mayo de 1910 cuando su padre ascendía al trono con el nombre de Jorge V del Reino Unido, tras la muerte de Eduardo VII, por lo que Eduardo, el 13 de julio de 1911, cual primogénito varón, era investido oficialmente como príncipe de Gales y, por tanto, se convertía en heredero de la Corona. Desde joven, destacaría por un desapego al protocolo palaciego. La Primera Guerra Mundial dejaría una huella imborrable en su memoria, y las atrocidades del frente, que visitó en más de una ocasión, le convencieron de que Europa no debía volver a sumergirse en una contienda de tales dimensiones, algo clave en sus decisiones futuras.

El playboy enamorado

Durante la década de los veinte tuvo una ajetreada vida social y se le atribuyeron, cual playboy, numerosos romances. Pero sería en los años treinta cuando conocería a la mujer que cambiaría no solo su vida, sino el futuro de toda una nación: Wallis Simpson, norteamericana de ascendencia alemana y plebeya que, cuando comenzó su relación con Eduardo, todavía no se había divorciado de su segundo esposo, el angloamericano Ernst Simpson. Aquello no le importó lo más mínimo al príncipe de Gales cuando, el 20 de enero de 1936, moría su padre y él subía al trono bajo el nombre de Eduardo VIII. Ya entonces su relación adúltera había provocado un escándalo con su familia y en los círculos cortesanos. En un principio, quienes le rodeaban, conocedores de su fama de Don Juan, pensaron que se trataría de una relación pasajera, pero no fue así.

A pesar de la oposición del Gobierno, dirigido entonces por el primer ministro Stanley Baldwin, y de la familia real, el nuevo monarca siguió adelante con su relación. Y es que Wallis, además de plebeya y divorciada –algo intolerable para la «alta moral» británica–, parecía esconder un turbio pasado lleno de escándalos y relaciones con personajes afines al nazismo, como el ministro de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, Joachim von Ribbentrop. La relación con Wallis le acabaría costando al nuevo rey la mismísima Corona. Oficialmente siempre se dijo que en el romance con la plebeya subyacía la razón de que abdicara apenas 325 días después de convertirse en monarca, pero lo cierto es que el Gobierno estaba muy preocupado además por su peligroso acercamiento a la Alemania nazi en una Europa por la que comenzaban a soplar con fuerza vientos de guerra.

Entre agosto y septiembre, la pareja realizó un sonado recorrido por el Mediterráneo en el yate Nahlin. En octubre ya tenían claro los miembros del gobierno que Eduardo no tenía intención alguna de abandonar a su amante, sino todo lo contrario: de casarse con ella. Aunque en una reunión en Buckingham con el primer ministro Baldwin, el 16 de noviembre de 1936, Eduardo propuso la posible solución de un matrimonio morganático, según el cual continuaría siendo monarca, aunque Wallis no sería reina, el gabinete gubernamental se negó en rotundo, rechazando también la propuesta otros gobiernos de la Commonwealth y la Iglesia anglicana. O renunciaba al casamiento o a la Corona.

Puesto que seguir adelante produciría una crisis constitucional, según contaría años después en sus memorias, Eduardo decidió abdicar el 10 de diciembre, y era sustituido por su hermano el duque de York, Jorge VI (el soberano al que da vida el actor Colin Firth en la cinta El discurso del rey), quien le nombró dos días después «Su Alteza Real el Duque de Windsor».

Una sonada tournée por el III Reich

Su enlace supuso un nuevo escándalo cortesano. Eduardo y Wallis Simpson contraían matrimonio en Francia en 1937, en una ceremonia celebrada por el reverendo Robert Anderson Jardine, a pesar de la negativa de la Iglesia de Inglaterra a autorizar la unión. Pero había algo más tras la controversia y la abdicación; según historiadores como Martin Allen, autor del libro El rey traidor, tras ello se escondía la germanofilia del duque, que también frecuentaba la compañía de importantes jerarcas nazis y del líder de los fascistas ingleses, Oswald Mosley.

Precisamente el mismo año de su enlace, en octubre, Eduardo y Wallis realizaban una sonada visita a la Alemania nazi, haciendo caso omiso a las advertencias del gobierno británico. De hecho, llegaron a ser recibidos por el mismo Adolf Hitler en su residencia del Obersalzberg, en Berchtesgaden, el Berhof, una visita que sería aprovechada por el implacable aparato propagandístico del régimen, comandado por Goebbels, para mostrar al mundo cómo un inglés por cuyas venas corría sangre real admiraba los “numerosos logros” del nacionalsocialismo. De hecho, Eduardo fue fotografiado en Berlín pasando revista a un escuadrón de las SS junto a Robert Ley, nada menos que Jefe de Organización del Partido Nazi, quien hizo de cicerone durante la tournée, y se pudo ver al duque, brazo en alto, realizando el saludo fascista.

En su visita al Berhof
Attlee

Es evidente que en Gran Bretaña esos movimientos del que apenas un año atrás era su rey se veían con preocupación, y la diplomacia británica y la Inteligencia, a través de sus agentes, intentaba por todos los medios alejarlo de tan nocivos contactos. No obstante, en su círculo íntimo eran bien conocida su germanofilia, su antisemitismo y feroz anticomunismo y su afinidad para con muchas de las políticas del NSDAP, tesis que ganaría más fuerza en 1995, con la publicación de una serie de documentos secretos de la Policía Internacional y de Defensa del Estado –PIDE– portuguesa, según se hacía eco entonces el diario El País. No obstante, el duque de Windsor no era, como los nazis, partidario de iniciar una guerra en Europa, pues su experiencia con «las escenas de horror sin fin» de los que fue testigo en la Primera Guerra Mundial lo condujeron a apoyar la política de apaciguamiento de la que, por aquel entonces, seguía un amplio sector del gobierno inglés y que permitiría a Hitler escalar posiciones hasta poner en jaque a los países colindantes.

Tiempos de guerra

HMS Kelly

Tras el controvertido viaje a la Alemania de la esvástica, el duque y Wallis viajaron hasta Francia, donde pasarían largas temporadas instalados cómodamente en sus lujosas mansiones de París y Cap. Antibe, veraneando incluso en la costa española, que le apasionaba. La Segunda Guerra Mundial estallaba el 1 de septiembre de 1939 con la invasión alemana de Polonia. Ese mismo mes, Lord Mountbatten trasladó al matrimonio de nuevo a Inglaterra a bordo del acorazado HMS Kelly, y Eduardo fue nombrado Mayor militar adscrito a la misión británica en Francia, regresando poco después al país galo. Ya entonces planeaba sobre el duque la sospecha de una colaboración con los nazis mientras los británicos se preparaban para una lucha sin cuartel contra la Luftwaffe de Göring, que pretendía allanar el camino para una inminente invasión de las islas en el marco de la Operación León Marino, el único intento desde los tiempos de Felipe II y su Armada Invencible.

De hecho, febrero de 1940, el ministro alemán en La Haya, el conde Julius von Zech-Burkersroda, llegó a afirmar que Eduardo había filtrado los planes de guerra de los aliados para la defensa de Bélgica, según las investigaciones de la experta en monarquías Sarah Bradford. El problema llegó para la pareja con la invasión de Francia por los ejércitos de Hitler en mayo de ese mismo año. Entonces, la figura de Eduardo adquiría una gran relevancia para unas posibles negociaciones de paz, tanto para sus compatriotas como para sus amigos alemanes.

Von Zech-Burkersroda

Los Windsor se encontraban en una encrucijada, pues a pesar de sus buenas relaciones con los nazis, estaban en un país ocupado, en plena contienda, mientras el suyo se preparaba para la batalla más grande que jamás había librado. Eduardo debía apoyar a su gobierno, o corría el peligro de ser acusado de alta traición. Para ponerse a salvo, Eduardo y Wallis huyeron primero a Biarritz y después pusieron rumbo a España. Las carreteras francesas se encontraban repletas de automóviles que ponían rumbo a la Península, invirtiéndose el proceso que había tenido lugar apenas un año antes, con el fin de la Guerra Civil.

Este post tendrá una inminente segunda parte.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Con su habitual buen hacer, La Esfera de los Libros nos brinda entre sus novedades un libro a través del que comprenderemos mejor la figura de la duquesa de Windsor (y por ende la de su controvertido marido), escrito nada menos que por Diana Mitford, una de las más estrechas amigas del duque. Asidua invitada a sus fiestas en París o al «Moulin» de Orsay, el pueblo francés donde fueron vecinos, Mitford dejaría a su primer marido (inmensamente rico) por el fascista inglés Oswald Mosley, a quien admiraba (convirtiéndose en lady Mosley), lo que estrecha aún más esos lazos entre quien fuera breve monarca del trono inglés y su plebeya esposa con las fuerzas reaccionarias, para la mayoría de historiadores, verdadera causa (más allá del amor ilegítimo) de que fuese apartado de la Corona cuando ya corrían vientos de guerra en Europa, sabedor el gobierno de su germanofilia y sus buenas relaciones con el Tercer Reich.

Un libro, definido por el prestigioso historiador Philip Mansel como «Irresistible» en el que Mitford, a través de un característico y afilado estilo –maliciosamente inteligente, ciertamente irónico y perspicaz–, pinta un retrato de gran realismo de quien fuera su amiga, Wallis Simpson, captando su encanto pero también sus sombras, que las tuvo, y no fueron pocas. He aquí la forma de adquirirlo:

http://www.esferalibros.com/libro/la-duquesa-de-windsor/

Nazis tras las huellas de la Atlántida (I)

Una de las mayores obsesiones de algunos líderes nazis, principalmente de Heinrich Himmler, fue hallar pruebas de la existencia de un continente o una isla perdida que corroborara la delirante teoría de que la raza aria tenía un origen divino que la convertía en superior al resto de los mortales. Una suerte de patria ancestral de semidioses y superhombres de la que partían los ancestros nazis. Varios guardias negros fueron tras su pista y también dejaron numerosos secretos en otras islas malditas…

Óscar Herradón ©

1 de julio de 1935. Cinco eruditos alemanes se reúnen con Heinrich Himmler en un espacioso despacho en la Prinz-Albrecht-Strasse de Berlín. Aquellos cinco estudiosos representaban a Walter Darré, dirigente de la Oficina de Raza y Reasentamiento (RuSHA), y a los paganistas del NSDAP. El Reichsführer de las SS pretendía crear un instituto de investigación que recuperase las huellas del pasado «glorioso» de Alemania.  Darré compartía su entusiasmo en la creación de dicho Instituto y a la siniestra reunión había sido invitado otro extraño personaje: Herman Wirth, uno de los prehistoriadores más célebres del país. Tras varias horas de apasionado debate, aquellos hombres decidieron fundar la Sociedad para el Estudio de la Herencia Ancestral Alemana, más conocida como la Ahnenerbe. Wirth sería su presidente y el Reichsführer asumiría el cargo de superintendente y el control del Consejo de Administración.

Wirth, el hombre al que Himmler encargó la dirección del Instituto, era uno de los más controvertidos folcloristas del Tercer Reich. Enormemente culto y entregado, aunque devoto de la parapsicología –aseguraba que su esposa, Margarethe Schmitt, podía leer la mente mediante la telepatía y que poseía dotes de clarividencia– y la vida sana, en 1928 había fundado la Herman Wirth Gesellschaft o «Sociedad Herman Wirth», antecedente directo de la futura Ahnenerbe. Una vez al mando, estaba plenamente convencido de que se hallaba a punto de realizar, según recoge la periodista Heather Pringle en El Plan Maestro, un descubrimiento que sería trascendental para la historia. Sus peculiares y poco ortodoxas teorías sobre el pasado, recogidas en su monumental obra La Aurora de la Humanidad (1928), le habían granjeado no pocas críticas de sus colegas, aunque también los elogios de los grupos nacionalistas.

Experto en escritura y símbolos antiguos, conocía el sánscrito a la perfección y varias lenguas muertas y había realizado tesis sobre las máscaras funerarias de los yupik –esquimales de Alaska– y sobre el significado funerario de los antiguos dólmenes de Irlanda. A esas alturas de su carrera creía haber descubierto una antigua escritura sagrada que habría sido nada menos que inventada por una civilización nórdica cuyos vestigios se perdían en el Atlántico Norte miles de años atrás; la escritura más antigua del mundo que para aquellos no podía ser sino aria.

La Atlántida: continente perdido, tierra prometida

Herman Wirth… ¿visionario o simple friki?

Muy influido por el mito de la Atlántida, Wirth creía que la primordial escritura que perseguía había sido precisamente inventada por los atlantes, para él, los primeros nórdicos. Fuera así o no, estaba seguro de que sería capaz de descifrarla, desentrañando de esa manera los misterios «de la ancestral religión aria». En La Aurora de la Humanidad catalogaba y analizaba millares de símbolos rúnicos de diversas culturas del norte de Europa. Inspirándose en Alfred Wegener, padre de la deriva continental, ideó una nueva teoría pseudocientífica, la de la «deriva polar», según la cual el polo helado habría sido la cuna de los pueblos arios del norte. Los polos a la deriva y los continentes errantes habrían acabado con esa «raza ártica» perfecta, aunque algunos de sus miembros se habrían refugiado en remotos lugares aislados como el mismo continente perdido.

Tanto Wirth como Himmler, al igual que el teórico y ocultista nazi Alfred Rosenberg, estaban convencidos de que la Atlántida era un continente real, cuna de los antiguos arios, y que aún existían vestigios del mismo en el océano Atlántico, donde la raza nórdica habría evolucionado hace unos dos millones de años. El continente perdido de Wirth había ocupado en su momento de esplendor un territorio que se extendería desde Islandia hasta las Azores; asimismo, el profesor creía que en 1935 solo algunos fragmentos del mismo permanecían a flote tras milenios de fuerte actividad tectónica: las españolas Islas Canarias, que también fueron centro de la investigación de los guardias negros, fascinados con los guanches, y las islas de Cabo Verde.

Alfred Rosenberg tras su ejecución en 1945. El imperio que pronosticó no duraría mil años.
Rudbeck

El erudito había bebido de fuentes anteriores e incluso de los ariosofistas como Guido von List o Lanz von Liebenfels, y precisamente este último aseguraba en sus textos racistas y ocultistas que la última Thule se correspondía a la Atlántida. En el siglo XVII, el historiador y naturalista sueco Olof Rudbeck había emplazado la esquiva Atlántida en Escandinavia en su obra Atlantica. Según éste, precisamente en este país habría florecido la cultura más antigua de la humanidad, algo que sostuvieron más tarde muchos ideólogos nazis al relacionar a los arios con los nórdicos. Y afirmaba sin contemplaciones que nada menos que el sueco era la lengua hablada por Adán en el Paraíso. Más tarde sería la ocultista rusa Madame Blavatsky quien reavivaría el mito en La doctrina secreta (1888), al dividir la historia del hombre en siete grandes ciclos marcados por el ascenso y la caída de siete grandes razas. La cuarta de éstas, que consideraba antecesora de la raza aria, era la de los atlantes, gigantes con grandes poderes psíquicos que poseerían una tecnología superior obtenida a través del denominado Fohat, «energía cósmica» o luz primordial, quienes, tras la desaparición de su célebre continente, habían dado origen a la raza aria –la quinta en sus cálculos «revelados»–.

Por su parte, el citado Guido von List, en La escritura ideográfica de los ariogermanos (1910), consideraba a los atlantes los descendientes del gigante Bergelmir, la versión nórdica del mito bíblico de Noé, recogida por Snorri Sturluson en el siglo XIII en su obra mitológica seminal Edda Mayor y Edda Menor.

En otra obra publicada en 1914, El protolenguaje de ariogermanos, List afirmaba que los megalitos prehistóricos de la Baja Austria demostraban la pervivencia en pleno continente europeo de una «isla» que habría formado parte en tiempos antiguos de la misma Atlántida. El propio Wirth insistía en destacar el carácter sagrado de estas construcciones de piedra. Liebenfels, por su parte, consideraba que los «sobrehumanos» atlantes fueron los primeros ancestros de la actual raza aria y ubicaba el continente perdido en el norte del océano Atlántico, teoría que haría suya el investigador de la Ahnenerbe.

Según Rosa Sala Rose, autora del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Acantilado, 2003), la tergiversación del mito ofrecía numerosos atractivos para la asimilación ideológica nazi, pues por una parte ofrecía a éstos «la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición (…). Por otra, permitía elevar a una dimensión cuasi-religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo», ya que el declive de los atlantes y de la raza aria –creían– había venido precisamente por mezclarse con «razas inferiores» y esta creencia alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y la depuración racial. Nazismo en su pura esencia, vamos.

Este post tendrá al menos un par de continuaciones… en breve, en «Dentro del Pandemónium».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Para descubrir qué hay detrás de la búsqueda de esos «continentes perdidos» y los muchos eruditos que postularon su existencia, nada mejor que sumergirse en las páginas de una de las últimas novedades de mi preciada La Esfera de los Libros, un libro cargado de anécdotas y de lectura absorbente: Colega, ¿dónde está mi urbe? La Atlántida y otras ciudades perdidas en la historia y el tiempo, del joven divulgador Andoni Garrido, célebre por el canal de YouTube «Pero eso es otra historia», donde recoge casi 40 leyendas sobre este asunto: desde la citada Atlántida que obsesionó a los teósofos y a los ariosofistas y más tarde a algunos nazis a El Dorado, cuya búsqueda costaría la vida a más de uno y a más de dos, pasando por Lemuria, Hiperbórea, Shambhala, Yamatai, Cíbola o Aztlán, entre otras. La intención: descubrir qué hay de verdad y qué de mentiras tras todas estas historias y buscar un posible origen para estos mitos que se encuentran en numerosas culturas, algunas con milenios de antigüedad. He aquí la forma de adquirirlo:

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Otto Skorzeny: un nazi en la corte de Franco (Parte III)

Llegó a ser considerado el hombre más peligroso de Europa. El laureado militar nazi Otto Skorzeny buscó refugio en la España franquista, un régimen que lo acogió con los brazos abiertos y donde el austriaco intentaría revitalizar un ejército de soldados de la esvástica contra el avance del comunismo. Un plan secreto que salió a la luz hace apenas unos años y que muestra los estrechos vínculos de la dictadura franquista con los nazis fugados tras la derrota del Tercer Reich.

Óscar Herradón ©

Sobre Skorzeny planea la sombra de haber trabajado en secreto para la CIA, algo que no era nuevo para la Agencia estadounidense (en breve hablaremos en el Pandemónium de la «Operación Paperclip»), en un tiempo en el que el enemigo en Europa ya no era la derrotada (aunque no borrada) esvástica sino la amenaza del avance del comunismo soviético. Así, el historiador suizo Daniele Ganser, en su libro Los ejércitos secretos de la OTAN. La Operación Gladio y el terrorismo en la Europa occidental, señala que el oficial alemán de la Wehrmacht Reinhard Gehlen también trabajó para la CIA a la vez que ocupaba el puesto de jefe de los servicios secretos de la República Federal alemana tras la guerra. Al parecer, y por encargo de la inteligencia estadounidense, éste contrató a Skorzeny en la década de los 50 para entrenar al ejército egipcio, en unos años en los que ya se había fundado en tierras palestinas el Ejército de Israel, cuyo servicio secreto, el implacable Mossad, también seguía los pasos del libertador de Mussolini.

Y es muy probable que Skorzeny formara parte también de Gladio, una red clandestina anticomunista que operó en Italia durante la Guerra Fría, ideada por la CIA y el MI6 británico con el objetivo de prepararse para una eventual invasión soviética de Europa occidental a través de fuerzas armadas paramilitares secretas de élite diseminadas por distintos países, entre ellos España.

La Tercera Guerra Mundial

Uno de los proyectos más increíbles que estuvo cerca de hacerse realidad y tuvo a Otto Skorzeny como protagonista fue la intención de crear una fuerza militar en nuestro país en previsión del estallido de una Tercera Guerra Mundial. El proyecto personal de Skorzeny era crear, con antiguos militares nazis protegidos entre otras instancias por la Santa Sede, una especie de «ejército alemán en el exilio», según publicó en 2011 La Vanguardia. Un contingente de hasta 200.000 hombres que adoptaría el simbólico nombre de Legión Carlos V, de ecos marcadamente fascistas.

El objetivo de esta fuerza de choque de nostálgicos de la esvástica era contraatacar tras una eventual ofensiva militar comunista que hubiese culminado con éxito en Europa occidental, algo que no parecía imposible en los años duros de la Guerra Fría. Ni el proyecto fructificó ni, por suerte, se desencadenó un conflicto de tales dimensiones, aunque la tensión política –y los conflictos consecuentes en diversos países– se prolongaron durante décadas, lo que explica el mantenimiento del régimen franquista por las potencias occidentales tras la caída del Tercer Reich.

El plan implicaba a altos cargos del régimen franquista y a otros generales alemanes; al parecer, también contaba con el visto bueno de parte de la Curia romana e incluso de la mismísima embajada de Estados Unidos, donde el miedo al avance del comunismo se había convertido poco menos que un delirio en amplios sectores.

Hoy el archivo de Skorzeny es un verdadero sanctasanctórum para el historiador que indaga en el colaboracionismo de muchos de los hombres de Franco –y del propio dictador–, para ofrecer identidades falsas y un cómodo lugar de retiro a aquellos criminales. El mismo Skorzeny poseía una propiedad en Mallorca, en Alcudia, donde vivía en medio de todo tipo de lujos, como si jamás hubiese participado de la barbarie nazi.

Sus planes, para alegría del mundo libre, nunca se hicieron realidad. El libertador de Mussolini, «Caracortada», moría en Madrid, en una cama de la habitación 388 de la ciudad sanitaria Francisco Franco el 7 de julio de 1975 –paradojas del destino apenas cuatro meses después moría el dictador español–, abatido finalmente por un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco, que no dejó ni en los momentos de mayor agonía.