Visionarias, librepensadoras y espiritistas

Almuzara publica el último trabajo de la historiadora Dolors Marín, doctora en Historia Contemporánea, especialista en el movimiento libertario español, un viaje que recupera del injusto olvido a mujeres pioneras de las luchas sociales de 1830 a 1931.

Óscar Herradón ©

Las hermanas Fox.

Marín es autora de otros ensayos como Anarquistas, Clandestinos, Ministros anarquistas o La Semana Trágica, que rescatan del olvido las prácticas asociativas y culturales de quienes no ocuparon los titulares de la gran historia política. Este nuevo libro aplica ese mismo instinto de recuperación a un terreno más resbaladizo: el de las mujeres que, entre 1830 y 1931, buscaron emancipación personal y colectiva a través de vías que hoy suenan extravagantes –el mesmerismo, el espiritismo o la teosofía– pero que en su momento fueron auténticos laboratorios de disidencia. Un enfoque realmente novedoso y magnético.

La tesis de fondo es sencilla y está bien planteada: la ciudad decimonónica, con su asociacionismo obrero y sus ateneos, fue el caldo de cultivo de una generación de mujeres –maestras, editoras, poetas, ilustradoras, escritoras– que encontraron en las corrientes espiritualistas una vía de acceso a la palabra pública que la religión oficial y el republicanismo político les negaban. Algunas de esas mujeres se decantaron después hacia el republicanismo, otras hacia el anarquismo de raíz federal; el libro las sigue en ambas direcciones sin perder de vista el hilo espiritista que las conecta. Es un enfoque que dialoga directamente con lo que la historiadora Mary Nash lleva demostrando desde los años setenta sobre la relación entre feminismo, movimiento obrero y cultura política en la España contemporánea, y con el trabajo de Gloria Espigado sobre el papel de las mujeres en el anarquismo español, que documentó de forma pionera cómo el asociacionismo libertario permitió a estas mujeres una presencia pública inédita para su tiempo.

Pioneras, rebeldes, inconformistas

La figura de Amalia Domingo Soler –escritora y espiritista sevillana que dirigió publicaciones enfocadas específicamente a mujeres desde el espiritismo militante– funciona como eje casi natural del volumen, aunque Marín evita el error de convertir el estudio en una simple galería de retratos individuales. Prefiere reconstruir redes: cómo circulaban estas mujeres entre ateneos, prensa obrera y círculos espiritistas, en una época en la que, como ha señalado la investigadora Marta Nogueroles Jové en su trabajo sobre el espiritismo filosófico en la España del siglo diecinueve, esta corriente estuvo íntimamente ligada al librepensamiento y a la masonería, y gozó de una legitimidad intelectual que hoy resulta difícil de imaginar, antes de que el darwinismo social y el auge de un capitalismo poco dado a discursos integradores la condenaran al descrédito.

Puesto en perspectiva comparada, el libro se beneficia de dialogar más con la historiografía anglosajona sobre el fenómeno, que es considerablemente más extensa. La historiadora británica Alex Owen, en su influyente The Darkened Room: Women, Power and Spiritualism in Late Victorian England (2004), mostró cómo en la Inglaterra victoriana el espiritismo ofreció a las mujeres, a través de la mediumnidad, una autoridad social que subvertía las relaciones de género convencionales, al precio de quedar atrapadas en una feminidad «natural» que la propia práctica espiritista reforzaba; es una tensión –emancipación a través de un rol supuestamente femenino– que también atraviesa el caso español, y que Marín intuye y documenta con buen material de archivo. Visionarias, librepensadoras y espiritistas. Mujeres pioneras de las luchas sociales (1830-1931) es, en ese sentido, más crónica coral que ensayo interpretativo: prioriza sacar a la luz nombres y trayectorias olvidadas –tarea nada menor, y necesaria– frente a la construcción de un marco explicativo tan trabado como el que ofrece la tradición académica angloamericana sobre espiritismo y género.

El resultado es un libro ameno, bien documentado y generoso en voces recuperadas, que cumple su función divulgativa sin renunciar del todo al rigor de archivo que se le exige a una historiadora con la trayectoria de Marín, aunque no es tarea fácil teniendo en cuenta la propia amplitud del proyecto, al abarcar mesmerismo, espiritismo, teosofía, librepensamiento, republicanismo y anarquismo federal bajo un mismo paraguas. Para quien conozca la obra anterior de Marín sobre el anarquismo español, este ensayo se lee como una extensión lógica de su interés por las culturas de la disidencia; para quien llegue sin ese bagaje, funciona sobre todo como una puerta de entrada, generosa en nombres propios, a un capítulo de la historia social española que la historiografía canónica ha tendido a tratar como curiosidad marginal antes que como objeto de estudio serio.

El Renacimiento Oscuro (Crítica)

El profesor de Harvard Stephen Greenblatt publica esta biografía en clave de época sobre Christopher Marlowe, el rival de William Shakespeare que murió acuchillado a los veintinueve años, un libro que ha sido merecedor del libro del año por el New York Times Book Review, Kirkus Review y The Economist.

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Greenblatt, quien ha sido ganador del prestigioso Premio Pulitzer por El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, que ha publicado en español también Crítica, abre el libro, titulado El Renacimiento Oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare, con una anécdota que resume bien el problema de fondo: en 1952, durante unas obras en el Corpus Christi College de Cambridge, aparecieron unos tableros en principio destinados a la basura que resultaron ser un cuadro. Restaurado, mostraba a un joven pálido de pelo cobrizo con la inscripción «aetatis suae 21 1585» y el lema latino quod me nutrit me destruit –«lo que me nutre me destruye»–. Muchos han querido ver ahí el único retrato conocido de Marlowe, aunque el propio Greenblatt admite que había otros alumnos de esa edad en el mismo colegio ese año.

El crítico John Mullan, que reseñó la edición original publicada el pasado año 2025 en The New Statesman, usó precisamente esa imagen para explicar el reto del libro entero: sabemos qué obras escribió Marlowe, dónde estudió y poco más, así que Greenblatt no firma tanto una biografía como un retrato de la época «peligrosa» que le tocó vivir.

Espía, traductor y sospechoso de ateísmo

Marlowe en 1585.

Entre los datos curiosos que rescata el autor destaca el episodio de Cambridge: Marlowe estuvo a punto de no recibir su título por ausencias injustificadas, hasta que llegó una carta del Consejo Privado de la reina (estamos en plena Inglaterra isabelina, por lo que se trataba de la mismísima Reina Virgen) certificando que había prestado «buen servicio a Su Majestad» en Reims, sede del colegio de católicos ingleses exiliados, lo que los historiadores interpretan como una misión de espionaje para el aparato de Francis Walsingham, secretario principal de la soberana desde 1573 y conocido como «maestro de espías», pues filtró agentes por toda Europa, incluido el corazón del Imperio español, principal antagonista de Isabel I.

Antes de eso, Marlowe ya había traducido los Amores de Ovidio, unos poemas de una franqueza sexual que los excluía de cualquier aula. Y las frases blasfemas que se le atribuyen –que Moisés era «un embaucador» o que san Juan Evangelista compartía lecho con Cristo– proceden de delatores de dudosa fiabilidad.

Tamburlaine, el Fausto y una rivalidad discutida

Isabel I.

La crítica, tanto española como extranjera, ha sido bastante unánime a la hora de alabar el libro. Anthony Lane, en The New Yorker, elogia el pulso casi de novela de espías con que Greenblatt narra esta historia, y el Washington Post destaca la capacidad del autor para levantar, sobre pruebas documentales escasísimas, un relato que se sostiene en su profundo conocimiento del siglo XVI, la misma técnica que ya empleó con Shakespeare en El espejo de un hombre, recientemente publicado en una estupenda edición también por Crítica. Ahí entra lo más discutible del libro: Greenblatt da por buena la hipótesis, no exenta de polémica académica, de que Marlowe coescribió las partes segunda y tercera del Enrique VI de Shakespeare, y relega el debate de fuentes a las notas finales en lugar de exponerlo en el cuerpo del texto. El crítico de Goodreads Brendan lo resume con cierta ironía: el propio subtítulo evita nombrar a Marlowe porque, comercialmente, es Shakespeare quien vende libros.

Thomas Harriot

No es fácil rescatar al personaje, ni siquiera a través de la minuciosa labor documental desplegada por Greenblatt, y es que una y otra vez, en palabras del citado Mullan, a Marlowe solo se le vislumbra a través de la vida de otros –el mago y astrónomo Thomas Harriot, el círculo de Walter Raleigh, el empresario teatral Philip Henslowe–, de modo que el propio protagonista queda como una sombra. Es una limitación que el propio autor reconoce de partida, dada la naturaleza «fragmentaria y esquiva» de las huellas que dejó Marlowe antes de morir apuñalado en una taberna de Deptford, en circunstancias que siguen sin aclararse del todo. Al margen de ello, es un relato vibrante, cautivador y un retrato del siglo XVI, el Renacimiento inglés, obligado para todo amante de la historia moderna.

Historia desde los márgenes

En el libro En los confines del mundo. Una nueva historia de la Antigüedad, que ha publicado recientemente la Editorial Crítica, el historiador Owen Rees, investigador en la Universidad de Birmingham Newman y fundador del portal especializado badancient.com, propone abandonar el punto de vista habitual de griegos y romanos para mirar la Antigüedad desde sus fronteras.

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Ovidio en el exilio (1915).

El propio autor arranca el vibrante y extenso relato (casi 400 páginas) con el exilio de Ovidio en una ciudad fronteriza del mar Negro, donde el poeta se lamentaba de haber caído en un lugar bárbaro y desolado. Rees usa esa queja como hilo conductor: durante siglos hemos heredado la mirada de quienes, como Ovidio, consideraban que la civilización terminaba donde acababan sus propios mapas. Gracias a la arqueología, sostiene el autor, hoy sabemos que esos supuestos confines albergaban sociedades complejas y dinámicas, no vacíos poblados de monstruos.

Un recorrido por tres continentes

El itinerario del libro transcurre con capítulos dedicados a Náucratis, el único puerto egipcio donde se permitía comerciar a los griegos y foco de la «egiptomanía» que se extendió por el mundo helénico, y a Taxila, en el actual Pakistán, un reino situado en el límite más lejano de las conquistas de Alejandro Magno que resistió la influencia griega y se convirtió en centro de expansión del budismo. También destaca el capítulo sobre Vietnam, que el autor trata como el escenario de uno de los grandes «qué hubiera pasado si» de la historia, el posible contacto directo entre Roma y el imperio Han chino.

Ruinas de Volubilis.

Pero hay mucho más en sus documentadas páginas: la colonia griega de Massalia, la actual Marsella, y su convivencia con los galos; el enclave de Volubilis, en el actual Marruecos; y la ciudad de Co Loa, en el valle del río Rojo, en Vietnam. El sitio Unseen Histories, en una entrevista con el propio Rees, precisa un dato curioso que conecta ambos extremos del libro: fuentes chinas de la dinastía Han describen la llegada de un supuesto enviado romano –probablemente un mercader– a la corte imperial en el siglo II, tras desembarcar en una región vietnamita llamada Rinan.

Julio César.

Frente a figuras conocidas como Cleopatra o Julio César, el relato reserva espacio a protagonistas anónimos de esas zonas fronterizas: entre ellos, una trabajadora sexual emprendedora en Náucratis, soldados aficionados al juego apostado en Adriano o un monje grecobudista procedente del Ganges. Sobre su edición inglesa («The Far Edges of the Known World: Life Beyond the Borders of Ancient Civilization», W.W. Norton, 2025), Publishers Weekly calificó el libro de vivo y ágil, capaz de dar vida a rincones oscuros del mundo antiguo, mientras que Kirkus lo resumió como buena historia antigua fuera de los caminos trillados.

En el Wall Street Journal, Michael Patrick Brady subrayó que el verdadero objetivo de Rees es mostrar cómo los relatos históricos han estado moldeados por quienes los contaban, y que el libro funciona como recordatorio de que las narrativas ordenadas –civilizado frente a bárbaro, ciudadano frente a extranjero– rara vez reflejan la complejidad real del pasado. Un relato fascinante que ahora podemos disfrutar en castellano gracias a la voluminosa edición de Crítica.