Motörhead In & Out

Libros Cúpula publica en castellano la autobiografía de Lucas Fox, primer batería del grupo londinense, con el subtítulo de «Historias de una vida alucinante», traducción de la edición francesa que Hors Collection publicó en 2025 con motivo del cincuentenario de la banda.

Óscar Herradón ©

Fox, 2026.

Este volumen no se trata, por tanto, la biografía de Motorhëad escrita por un periodista o crítico musical, sino el testimonio del hombre que, seis meses antes de que existiera el trío que todo el mundo recuerda, fue a buscar a Lemmy Kilmister al aeropuerto de Londres tras su despido de Hawkwind y montó con él, junto al guitarrista Larry Wallis, el germen de lo que primero se llamó Bastards y que el mánager Doug Smith rebautizaría como Motörhead.

El libro arranca precisamente ahí, en el Londres psicodélico de los setenta, y el editor francés insiste en que su verdadero tema no es Motörhead sino ese Swinging London de la contracultura, la moda y las drogas del que la banda fue solo una consecuencia. Fox y Lemmy, siete años mayor, se conocieron una noche de borrachera en un club de Margaret Street y descubrieron que compartían la pasión por la Segunda Guerra Mundial y el humor de Tommy Cooper, una combinación tan extraña como reveladora del personaje que luego construiría Lemmy.

Mid-1980s Motörhead concert comic with “Ace of Spades,” “Yeeaaah!,” “Crash!,” “Rrrooaar!,” and “Thud!”
Imagen generada por la IA de WordPress.

La curiosidad central del relato, la que da título al libro, es precisamente el «in and out»: Fox tocó la batería en el debut de la banda ante Greenslade en el Roundhouse el 20 de julio de 1975 y siguió al frente seis meses, hasta que durante las sesiones del primer álbum en los estudios Rockfield, en Gales, fue sustituido por Phil «Philthy Animal» Taylor. Queda un rastro concreto de su paso: en el disco On Parole su batería sobrevivió en el tema «Lost Johnny», el único tema no regrabado posteriormente por Taylor. Diez años después volvería a subirse al escenario con sus antiguos compañeros para el vídeo del décimo aniversario de la banda, The Birthday Party, tocando el tema homónimo en el Hammersmith Odeon.

Un particular verso suelto

Mötorhead en Port Talbot en 1982.

Lo que el libro promete y que pocos lectores de Motörhead conocen es la vida posterior de Fox, tan disparatada como su breve paso por la banda. Tras el batacazo, fundó en 1977 el grupo punk Warsaw Pakt en Ladbroke Grove, cuyo nombre obligó, por pura coincidencia de siglas, a que un grupo de Manchester llamado entonces Warsaw cambiara su nombre por el que haría historia: Joy Division. Después tocó con The Sisterhood, el proyecto paralelo de Andrew Eldritch (Sisters of Mercy), y a finales de los ochenta se mudó a Francia para convertirse en director técnico del festival Midem de Cannes, programando a nombres como James Brown, Al Jarreau o Kim Wilde, y liderando después, por encargo del Ministerio de Cultura francés de Jack Lang, campañas de promoción internacional de la música francesa en Nueva York y Los Ángeles que ayudaron a lanzar a los Gipsy Kings o Mano Negra fuera de Francia. En 2018, ya con setenta años cumplidos, todavía se subió a tocar de nuevo con los Pink Fairies junto al histórico Paul Rudolph.

Todo eso es lo que promete este volumen de más de quinientas páginas en su edición española: no el enésimo libro sobre Lemmy, sino la crónica de un superviviente lateral de la historia del rock británico, que vivió el nacimiento del grupo más ruidoso del mundo desde dentro y luego construyó, lejos de los focos, una carrera entera en la industria musical europea.

Guns ‘N Roses: 40 aniversario

El monumental volumen firmado por Martin Popoff y publicado en castellano por Libros Cúpula es la crónica ilustrada de los angelinos, cuarenta años de excesos, genio y autodestrucción.

Óscar Herradón ©

A los habituales del Pandemónium no hace falta que les diga lo importantes que han sido los «Guns» en mi vida; al resto, solo decir que hay pocas bandas de rock tan inmensas y a la vez controvertidas, amadas y odiadas casi a partes iguales. Y el mejor homenaje que podrían tener en forma de libro los fans con motivo del 40 aniversario de su fundación (cuatro décadas, ahí es nada) es este libro firmado por el periodista y crítico musical canadiense Martin Popoff y editado en castellano con mimo por Libros Cúpula, que tiene en su catálogo otros títulos del mismo autor: Kiss. 50 aniversario, The Who & Quadrophenia y Pink Floyd.

Publicado originalmente por Motorbooks dentro de la serie que ya ha dedicado volúmenes a Alice Cooper, Ozzy, Van Halen, AC/DC o Rush, este tomo de tapa dura de 191 páginas ajusta cuatro décadas de la banda de Axl Rose y Slash a cuarenta capítulos, uno por cada hito que marcó su trayectoria, acompañados de fotografía de escenario y de backstage, memorabilia y un póster desplegable con una cronología completa de la banda. Popoff, autor canadiense afincado en Toronto con más de cien libros publicados sobre rock duro y heavy metal –entre ellos volúmenes sobre Rush, The Clash, Led Zeppelin, Bowie y AC/DC, además de los citados publicados en gran formato por Cúpula–, y por tanto más que versado en la materia, firma aquí una obra que no pretende ser la biografía definitiva de Guns N’ Roses, sino un álbum de familia narrado con oficio.

Del garito al estadio

El planteamiento es sencillo y funciona precisamente por su sencillez: cuarenta capítulos para cuarenta momentos clave, desde los orígenes de la banda en el Sunset Strip angelino hasta su condición actual de maquinaria de festivales. Metal-Rules.com describe la obra como un retrato entretenido y bien resuelto de la banda, que recorre su transformación desde el grupo callejero y agresivo de los años ochenta hasta el gigante que hoy llena estadios en sus giras esporádicas. El mismo texto apunta, eso sí, una carencia relativa de testimonios directos de los propios músicos, compensada con entrevistas puntuales y un extenso repaso a su álbum debut, el inmortal e influyente Appetite for Destruction, con su primer hit, «Welcome to the Jungle», al que los catapultó: «Sweet Child o’ mine», y otros temas convertidos en himnos desde hace décadas como «Paradise City», que desde siempre ha sido el broche final de sus largos y vibrantes directos. 

Uno de los mayores atractivos del libro son precisamente entrevistas en primera persona con dos bajistas que vivieron la banda desde ángulos muy distintos, Duff McKagan y Tommy Stinson, quien ocupó ese puesto durante buena parte de la etapa post-clásica. El libro reconstruye la formación y los primeros años del grupo, sus actuaciones más determinantes, los discos que cambiaron las reglas del juego, colaboraciones destacadas, la cara más oscura de los conflictos empresariales y personales, y las tensiones internas que fueron minando y rehaciendo la alineación a lo largo de los años.

Entre el mito y el archivo

El sitio That Eric Alper subraya el tono narrativo del volumen, alejado de la mera acumulación cronológica de datos y fechas: plantea que el libro no se limita a enumerar discografía e hitos, sino que construye un relato desatado y sin concesiones de la trayectoria del grupo. El volumen incluye semblanzas de los cinco miembros originales –Axl Rose, Slash, Duff McKagan, Izzy Stradlin y Steven Adler–, detalles de las sesiones de estudio y de los incidentes más sonados, además de un repaso a los cambios de formación y a las reuniones que los fans llevaban años esperando. 

La banda nació en 1985 de la fusión de dos formaciones del circuito del Sunset Strip, Hollywood Rose y L.A. Guns, y adoptó el nombre combinando ambas denominaciones. Los cinco integrantes originales –Bill Bailey, Saul Hudson, Michael McKagan, Jeffrey Isbell y Steven Adler– se rebautizaron como W. Axl Rose, Slash, Duff McKagan e Izzy Stradlin; solo Adler conservó su nombre real.

La revista Louder recogió en su momento el testimonio del propio Adler sobre la génesis de Appetite for Destruction, grabado en Rumbo Recorders en agosto de 1986 bajo la producción de Mike Clink: el batería describió a la formación clásica como una hermandad que vivía, comía y compartía todo, y defendió que reunir a cinco músicos capaces de generar ese tipo de magia colectiva es extraordinariamente raro. Según su relato, el material del disco surgió directamente de las experiencias compartidas por el grupo, incluida su vida en la calle antes de firmar con Geffen Records, sello que terminó ganando la puja por ficharlos en 1986 al ofrecerles la libertad artística que buscaban.

La portada original del álbum, pintada por Robert Williams y titulada igual que el disco –con un robot que acaba de cometer una violación–, resultó tan polémica que las principales cadenas de tiendas se negaron a exhibirla, lo que obligó a Geffen a sustituirla por la imagen de la calavera con las cruces, hoy tan icónica como la original. Publicado el 21 de julio de 1987, Appetite for Destruction se convirtió con el tiempo en el álbum debut más vendido de la historia en los Estados Unidos, con más de treinta millones de copias en todo el mundo, y su vídeo de «Welcome to the Jungle» marcó un antes y un después al entrar en la rotación de MTV en 1989, el espaldarazo televisivo que terminó de lanzar a la banda al estrellato masivo.

Guns N’ Roses: 40 aniversario no aspira a sustituir a las biografías exhaustivas del grupo, esas que dedican cientos de páginas a diseccionar cada disco y cada escándalo. Su ambición es otra: ofrecer una vista panorámica, vistosa y bien documentada, pensada tanto para quien vivió la era de Appetite en directo como para quien descubrió «November Rain» en una plataforma de streaming treinta años después. Y deleitar a la vez con ello al fan incondicional –y lo hace, os lo aseguro–. Como retrato ilustrado y accesible de cuarenta años de una de las bandas más influyentes y erráticas del rock, es un diamante en bruto: lo mejor para que «no llores esta noche, nena».

Y por otro lado, ahora que los Guns están nuevamente de moda (siempre lo han estado a lo largo de cuatro décadas, incluso en las largas ausencias del inconstante pero genial Rose) y de gira, Alianza Editorial publica un nuevo título del periodista musical Jesús Casañas dedicado a los angelinos que enseguida reseñaremos en el Pandemónium. Sayonara, Baby!

Lo mejor de Las Hermanas Gilda

Bruguera rescata a la pareja cómica que retrató, sin saberlo, la represión sexual del franquismo, una selección cronológica de los mejor de una de las series más longevas del tebeo español, firmadas por Vázquez.

Óscar Herradón ©

El volumen, una preciosa edición en tapa dura, reúne páginas escogidas de Las hermanas Gilda ordenadas cronológicamente, de manera que el lector puede seguir la evolución del dibujo y del humor de Vázquez a lo largo de más de tres décadas de publicación, e incluye historietas apaisadas de los años cincuenta nunca antes reeditadas, junto con portadas de revista, carteles e ilustraciones promocionales protagonizadas por el dúo. Es, en ese sentido, más un homenaje arqueológico que una simple recopilación de gags, pensado tanto para quien creció con la revista Pulgarcito bajo el brazo como para quien se acerca a las hermanas por primera vez.

Con un planteamiento tan simple como eficaz, Hermenegilda y Leovigilda son dos hermanas que conviven pese a llevarse a matar, un choque de caracteres que Vázquez explotó durante más de tres décadas. Las dos hermanas Gilda son una pareja de protagonistas no especialmente agraciadas que comparten vivienda a pesar de sus diferencias, y la ficha de Lambiek –la enciclopedia internacional de cómic con sede en Ámsterdam, una de las referencias más citadas fuera de España para trazar genealogías del tebeo europeo– sitúa el debut de la serie en el número 96 de Pulgarcito, en 1949, con continuidad casi ininterrumpida en distintas cabeceras de Bruguera como Gran Pulgarcito y El DDT.

Cine negro y visigodos en clave de astracanada

El origen del nombre es, probablemente, el dato más citado por la crítica internacional cuando se ocupa de esta serie, y con razón: es puro ingenio de posguerra. El título de la serie y los nombres de sus protagonistas remiten a dos referentes completamente distintos fundidos en un solo chiste: la película de cine negro Gilda, estrenada en España tres años antes (y muy condenada por el régimen franquista), y el sangriento enfrentamiento entre los monarcas visigodos Hermenegildo y Leovigildo, que además de reyes rivales eran padre e hijo. Convertir una tragedia dinástica visigoda y un melodrama hollywoodiense protagonizado por Rita Hayworth en el nombre de dos hermanas de barrio enzarzadas en la brega doméstica da bastante bien la medida del humor absurdo y erudito a la vez que cultivaba Vázquez.

La propia caracterización física de las hermanas reforzaba el contraste cómico: Herme es morena, entrada en carnes, con un moño característico, mientras que Leo es alta, delgada y rubia; ambas, por diseño, alejadas del canon de belleza al uso. Herme es ingenua y alocada y persigue sin descanso encontrar marido, mientras que Leo, más adulta, cultiva un carácter escéptico y amargado que la lleva constantemente a boicotear los planes de su hermana pequeña.

Lo que distingue a esta serie de otras astracanadas costumbristas de la época es la lectura que la crítica ha hecho retrospectivamente de su subtexto. Existe una interpretación, atribuida al crítico Terenci Moix, según la cual Leovigilda y Hermenegilda encarnan la frustración sexual y la represión propias de la España franquista, una lectura que convierte el gag doméstico en radiografía social involuntaria. La misma fuente apunta que, a partir de 1955, el endurecimiento de la censura sobre el tebeo obligó a rebajar el tono adulto que la serie había mantenido en sus primeros años.

Un niño prodigio de la escuela Bruguera

Manuel Vázquez Gallego, nacido en Madrid en 1930 y fallecido en Barcelona en 1995, creó a las hermanas Gilda con apenas dieciocho años para la revista Pulgarcito, en lo que fue su primera gran serie antes de encadenar, año tras año, algunos de los personajes más populares del tebeo español: Heliodoro Hipotenusa y la propia serie Gilda en 1949, la familia Cebolleta en 1951, Angelito en 1964 y, sobre todo, Anacleto, agente secreto en 1967, su obra más recordada junto a las Gilda.

El diccionario biobibliográfico francés Bédéthèque, referencia habitual del cómic franco-belga (bande dessinée) para catalogar autores extranjeros, sitúa a Vázquez entre la primera y la segunda generación de la escuela Bruguera y lo coloca, en términos de influencia sobre el mercado español, al mismo nivel que su colega Francisco Ibáñez. La ficha de Lambiek matiza esa genealogía y ubica a Vázquez, junto a José Escobar y al propio Ibáñez, dentro de la llamada «segunda generación» de la escuela Bruguera de los años sesenta, caracterizada por personajes de trazo esquemático sobre fondos reducidos y un humor construido a base de gags físicos y conflictos continuos entre personajes, la gramática visual que las hermanas Gilda ayudaron a fijar casi veinte años antes.

Vázquez tuvo además la rareza de convertirse él mismo en personaje de sus propias historietas, caricaturizándose recurrentemente como parte del universo Bruguera, un gesto de autoficción muy poco habitual en el tebeo de la época. La revista especializada estadounidense Cartoon Brew se hizo eco en su día del biopic español El Gran Vázquez, dirigido por Óscar Aibar (donde el actor Santiago Segura daba vida al creador y dibujante), y destacó especialmente las secuencias animadas realizadas por la productora londinense Espresso Animation bajo la dirección de Philip Vallentin, subrayando que era la primera vez que personajes como Anacleto, Gú-Gú o las propias hermanas Gilda cobraban vida animada, medio siglo después de haber sido creados en papel.

Lo que hace de esta antología algo más que un ejercicio de nostalgia es precisamente esa doble lectura que ha ido acumulando la serie con el paso de las décadas. Por un lado, el gag puro, el choque de caracteres entre dos hermanas condenadas a convivir, resuelto con el timing certero de un dibujante que dominaba la página como pocos; por otro, el documento involuntario de una sociedad que canalizaba en la comedia costumbrista las tensiones que no podía nombrar de ningún otro modo. Bruguera, al recuperar el material en orden cronológico y con piezas inéditas, no solo rinde homenaje a una de sus parejas cómicas más queridas, también deja a la vista el oficio de un autor que, con dieciocho años, ya sabía construir un personaje que sobreviviría treinta y seis años de publicación y llegaría, décadas después, hasta la pantalla.