Un nuevo enfoque de la narrativa contemporánea del Este de Europa, lo cual no es poco decir teniendo en cuenta la calidad de sus autores, cargada de guiños literarios, imposible de catalogar en un género concreto, pues está formada de múltiples estilos, referencias y homenajes.
El protagonista de esta absorbente novela inclasificable, de prosa fresca y marcado toque lírico, en ocasiones sarcástica e irreverente, es Igor, un joven dramaturgo de éxito que en un momento determinado se encuentra aislado en un pueblo perdido entre Polonia y Bielorrusia (la tierra y la identidad son capitales en la obra de su autor, Ignacy Karpowicz, como en su día lo fue de otros maestros de la literatura polaca, y también rusa). La otra protagonista, o quizá la verdadera, es la anciana que da título a la novela, Sonka, marcada por una existencia trágica, que acogerá a Ígor en su humilde hogar, lo único que posee junto a una vaca.
Karpowicz
Su pasado marcado por el horror de la Segunda Guerra Mundial, por el odio y la humillación que traen consigo la semiesclavitud en tiempos de tiranos y en la propia intimidad del hogar, donde los enemigos no visten uniforme, pero también por el deseo casi obsesivo y por un amor prohibido imposible de explicar, será utilizado por el despiadado dramaturgo para dar forma a su nueva creación artística. Pero en lugar de agradecer las atenciones y la sinceridad de Sonka, que le abrió las puertas de su casa y lo más íntimo de su persona, sus más profundos temores, Igor modificará su historia según el interés de su relato, apropiándose de ella y desvirtuándola por completo. A través de increíbles giros cargados como un revólver de literatura en su más pura esencia, palabras que a veces parecen cuchillos, Karpowicz cuestiona hasta dónde deben llegar los límites de la creación artística y si todo está permitido en loor de la gloria.
En 2016 Rayo Verde ya publicó del mismo autor la cautivadora Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores, avanzando esa brillante mezcla de formas narrativas que destaca también en Sonka, crítica con un mundo posmodernista apático y aburrido que rezuma también ironía sobre un país poscomunista, con clara influencia del ruso Mijaíl Bulgákov y el checo Milan Kundera, y cierto toque del francés François Rabelais. Su última novela publicada en castellano, la que ocupa este post, es también una joya literaria que no se parece a nada anterior, que sorprenderá incluso al más y que podéis adquirir en la página de la editorial:
Ignacy Karpowicz nació en Bialystok (Polonia) en 1976. Actualmente vive en Varsovia. Es escritor de prosa, traductor y viajero. Debutó con la novela Uncool (2006) y un año más tarde publicó The Miracle y una colección de impresiones sobre sus viajes alrededor de Etiopía llamada The Emperor’s New Flower (and Bees). Ha sido finalista del Premio Nike, el más famoso de su país, en cuatro ocasiones. Con su quinto libro, Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores, ganó el Polityka Passport de 2010. Su última novela, Sonka, se ha traducido al inglés, el francés, el alemán, el ucraniano, el croata y el bielorruso. A pesar de su éxito, insiste en afirmar: «Definitivamente, no soy un escritor».
La inmortal obra de Robert Louis Stevenson ilustrada por el francés Etienne Friess. Esa es una de las últimas apuestas de la siempre detallista Edelvives, en un nuevo título de una preciosa colección dirigida por el también ilustrador galo Benjamin Lacombe, cuyas obras han sido publicadas en castellano por la misma editorial y en las que profundizaremos en un próximo post.
Como novedad, esta nueva versión de La isla del tesoro opta, en su faceta artística, por una excepcional galería de animales personificados, dando así un novedoso giro a la lectura de este maravilloso relato clásico, enfocado a los lectores jóvenes de entre 10 y 12 años (pero que deleitará por igual o en mayor grado a los adultos), en una edición abreviada y adaptada a nuestros tiempos de la obra original de Stevenson; una de las mayores obras sobre piratería de todos los tiempos, una novela de aventuras no exenta de crítica hacia la ambición y el ansia de amasar dinero que no ha perdido vigencia siglo y medio después de que fuera escrita.
Protagonizada por el joven héroe Jim Hawkins, hijo del dueño de la posada del Almirante Benbow, bajo el magistral trazo de Friess toma la forma de un ratón que, zarandeado por los giros del destino y superado por los acontecimientos de una vida que no es la que espera, se verá inmerso en toda clase de peligros. Otros personajes antropomorfos que no nos dejarán cerrar este voluminoso libro son el caballero John Trelawney, un trotamundos y aventurero de ascendencia noble y armador de la goleta Hispaniola, que toma la forma de un elegante caballo; el doctor David Livesey, narrador de una parte de la historia, que adquiere la forma de bulldog, y no gratuitamente: esta raza de perro inglesa se caracteriza por su fidelidad y su inquebrantable rectitud, rasgos que caracterizan al personaje perfilado por Stevenson.
El capitán pirata Flint, con el que John Silver el Largo navegó como contramaestre –y quien guardaría el célebre mapa del tesoro–, es aquí un loro de color verde, la mascota del joven Hawking, mientras que Silver, quien también se enrolará a bordo de la Hispaniola como cocinero, es representado con la portentosa imaginación de Friess con los trazos de un mustélido glotón, testarudo y sagaz, de gran astucia y perseverancia. El antiguo pirata Ben Gunn, reconvertido en marinero, tiene la forma de un reptil curtido por el sol, lo que no es baladí: a ello debe su supervivencia en la isla del tesoro, a la capacidad de su especie para adaptarse a los entornos más hostiles.
Una multicolor abanico de héroes y villanos, de hombres corrientes y pérfidos criminales, inspirados lejanamente en ciertos personajes históricos, dibujados aquí con un trazo delicado pero firme, con cierto aire clásico pero de fresca originalidad y tonos que evocan melancolía, que se embarcarán hacia la isla del título para cumplir sus sueños… y venganzas, en una monumental edición que puedes adquirir en el siguiente enlace:
Miguel de Cervantes fue uno de los más ilustres de nuestras letras, y su monumental Quijote en dos partes es considerado por muchos el inicio de la novela moderna. Ahí es nada. Además, fue un valeroso soldado que luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos, episodio bélico que él mismo describiría como «la más importante ocasión que vieron los tiempos». ¿Cuál fue su papel en este enfrentamiento en medio del mar que teñiría de sangre las aguas del Mediterráneo?
Batalla de Lepanto (Antonio de Brugada, Wikipedia)
Como buen exponente del Siglo de Oro en que le tocó vivir, para Cervantes la profesión de soldado era probablemente aquello de lo que se sintió más orgulloso durante toda su ajetreada vida. Para el escritor, como buen caballero, las armas siempre fueron tan importantes como las letras, quizá más, como se desprende del famoso Discurso de las armas y las letras que recita don Quijote en su obra cumbre, pues sin acción, la teoría, está vacía de contenido:
«…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que al estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida».
En dicho discurso, de una alta calidad literaria y reveladora elocuencia, Cervantes volverá sobre el recurrente tema de la llamada «Edad de Oro»:
«Bien haya aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención…».
No se trata sin embargo de ningún discurso pacifista, Cervantes lo que hace es reivindicar las antiguas armas de los nobles caballeros –espada, lanza– puras y sin la capacidad de exterminio de las modernas armas de artillería, que el autor aborrece, pues con ellas «no se puede demostrar la verdadera valentía de un guerrero». Hace 400 años el concepto de pacifismo actual –reivindicable y loable, por supuesto– habría sido considerado absurdo, probablemente cobarde.
No olvidemos que el ilustre don Miguel, aun con su evidente modernidad y amplitud de miras, fue un hombre de su tiempo, una época en la que los esquemas mentales de los hombres poco tenían que ver con los de hoy en día, otra de las razones por las que su obra se nos antoja más difícil de interpretar.
El caso es que en Lepanto el autor demostraría el valor de un auténtico héroe. Era el 7 de octubre de 1571 y cuando la flota en la que viajaba, en una galera conocida como La Marquesa, se enfrentó a las embarcaciones turcas, Cervantes se encontraba en el entrepuente que servía de enfermería, acechado por la malaria. La intensa fiebre y los vómitos que padecía no impidieron que ocupara una posición de gran riesgo en la celebérrima batalla, situándose en el esquife de la embarcación, donde corría el peligro de recibir fácilmente un proyectil o un arcabuzazo.
Tras largas horas de cruenta lucha cuerpo a cuerpo, reiterados abordajes y un inmenso océano teñido de sangre –el mismo autor así lo describiría–, la flota española consiguió vencer finalmente al Turco, no sin antes haber sufrido grandes pérdidas tanto uno como otro bando. Nuestro héroe sufrió también graves heridas de las que siempre se sentiría profundamente orgulloso: recibió tres arcabuzazos –sin duda por la posición de riesgo que ocupaba–, dos en el pecho y uno en la mano izquierda que le valdría el sobrenombre de «el manco de Lepanto». El «manco» que escribiría la obra cumbre de las letras hispánicas.
PARA INDAGAR ALGO (MUCHO) MÁS:
Para una visión global de la gran empresa de Lepanto, recientemente, y con motivo del 450 aniversario de tal acontecimiento, la editorial Edaf ha publicado el exhaustivo y apasionante ensayo Gloria imperial. La jornada de Lepanto, firmado por dos grandes conocedores de nuestro pasado, Carlos Canales y Miguel del Rey.
Una visión novedosa de un episodio clave del imperio español. Durante siglos, Lepanto se ha planteado siempre como una lucha religiosa –contra el Infiel–, pero este trabajo muestra también cómo dicha causa (de fe) estaba subordinada al poder y a mayores beneficios comerciales, pues como dice el refrán, no es oro todo lo que reluce, tampoco en las grandes gestas históricas. Al comienzo de la batalla que tiñó de rojo las aguas del Mare Nostrum, el imperio otomano poseía la armada más grande del mundo; cinco horas más tarde había dejado prácticamente de existir, y el enemigo de España perdido toda su hegemonía y poder marítimos. El Turco no estaba acabado tras el lance contra Juan de Austria (enviado por su hermano de padre Felipe II a comandar tal empresa), pero nunca volvería a ser el mismo ni a participar en un combate naval de tal importancia. En sus páginas conoceremos todo tipo de detalles, desde los políticos y económicos a los puramente militares y armamentísticos.
Aquí dejo el enlace para adquirir el libro en la web de la editorial:
Recientemente, la editorial Almuzara, con una loable dedicación a la divulgación histórica, publicaba Galeras de Guerra. Historia de los grandes combates navales (480 a.C.-1571 d.C.), del autor Víctor Aguilar-Chang. Precisamente, el libro finaliza en el último de los grandes enfrentamientos de este tipo de embarcaciones, el de la Batalla de Lepanto, comandada por don Juan de Austria, hermano por parte paterna del mismísimo Felipe II. Pero este ameno y completo ensayo se encarga de hacer un exhaustivo repaso por los barcos icónicos en las guerras del Mediterráneo durante más de dos milenios, ese Mare Nostrum que vio tanta sangre vertida en sus agitadas aguas; una monografía que llevará al lector a recorrer la evolución de las galeras de guerra, sus tácticas de combate y las estrategias seguidas por sus comandantes a través de tres grandes batallas que dejaron una huella indeleble en el océano: además de Lepanto, la de Salamina (480 a.C.) y la de Ecnomus (256 a.C.) He aquí cómo adquirirlo: