Guns ‘N Roses: 40 aniversario

El monumental volumen firmado por Martin Popoff y publicado en castellano por Libros Cúpula es la crónica ilustrada de los angelinos, cuarenta años de excesos, genio y autodestrucción.

Óscar Herradón ©

A los habituales del Pandemónium no hace falta que les diga lo importantes que han sido los «Guns» en mi vida; al resto, solo decir que hay pocas bandas de rock tan inmensas y a la vez controvertidas, amadas y odiadas casi a partes iguales. Y el mejor homenaje que podrían tener en forma de libro los fans con motivo del 40 aniversario de su fundación (cuatro décadas, ahí es nada) es este libro firmado por el periodista y crítico musical canadiense Martin Popoff y editado en castellano con mimo por Libros Cúpula, que tiene en su catálogo otros títulos del mismo autor: Kiss. 50 aniversario, The Who & Quadrophenia y Pink Floyd.

Publicado originalmente por Motorbooks dentro de la serie que ya ha dedicado volúmenes a Alice Cooper, Ozzy, Van Halen, AC/DC o Rush, este tomo de tapa dura de 191 páginas ajusta cuatro décadas de la banda de Axl Rose y Slash a cuarenta capítulos, uno por cada hito que marcó su trayectoria, acompañados de fotografía de escenario y de backstage, memorabilia y un póster desplegable con una cronología completa de la banda. Popoff, autor canadiense afincado en Toronto con más de cien libros publicados sobre rock duro y heavy metal –entre ellos volúmenes sobre Rush, The Clash, Led Zeppelin, Bowie y AC/DC, además de los citados publicados en gran formato por Cúpula–, y por tanto más que versado en la materia, firma aquí una obra que no pretende ser la biografía definitiva de Guns N’ Roses, sino un álbum de familia narrado con oficio.

Del garito al estadio

El planteamiento es sencillo y funciona precisamente por su sencillez: cuarenta capítulos para cuarenta momentos clave, desde los orígenes de la banda en el Sunset Strip angelino hasta su condición actual de maquinaria de festivales. Metal-Rules.com describe la obra como un retrato entretenido y bien resuelto de la banda, que recorre su transformación desde el grupo callejero y agresivo de los años ochenta hasta el gigante que hoy llena estadios en sus giras esporádicas. El mismo texto apunta, eso sí, una carencia relativa de testimonios directos de los propios músicos, compensada con entrevistas puntuales y un extenso repaso a su álbum debut, el inmortal e influyente Appetite for Destruction, con su primer hit, «Welcome to the Jungle», al que los catapultó: «Sweet Child o’ mine», y otros temas convertidos en himnos desde hace décadas como «Paradise City», que desde siempre ha sido el broche final de sus largos y vibrantes directos. 

Uno de los mayores atractivos del libro son precisamente entrevistas en primera persona con dos bajistas que vivieron la banda desde ángulos muy distintos, Duff McKagan y Tommy Stinson, quien ocupó ese puesto durante buena parte de la etapa post-clásica. El libro reconstruye la formación y los primeros años del grupo, sus actuaciones más determinantes, los discos que cambiaron las reglas del juego, colaboraciones destacadas, la cara más oscura de los conflictos empresariales y personales, y las tensiones internas que fueron minando y rehaciendo la alineación a lo largo de los años.

Entre el mito y el archivo

El sitio That Eric Alper subraya el tono narrativo del volumen, alejado de la mera acumulación cronológica de datos y fechas: plantea que el libro no se limita a enumerar discografía e hitos, sino que construye un relato desatado y sin concesiones de la trayectoria del grupo. El volumen incluye semblanzas de los cinco miembros originales –Axl Rose, Slash, Duff McKagan, Izzy Stradlin y Steven Adler–, detalles de las sesiones de estudio y de los incidentes más sonados, además de un repaso a los cambios de formación y a las reuniones que los fans llevaban años esperando. 

La banda nació en 1985 de la fusión de dos formaciones del circuito del Sunset Strip, Hollywood Rose y L.A. Guns, y adoptó el nombre combinando ambas denominaciones. Los cinco integrantes originales –Bill Bailey, Saul Hudson, Michael McKagan, Jeffrey Isbell y Steven Adler– se rebautizaron como W. Axl Rose, Slash, Duff McKagan e Izzy Stradlin; solo Adler conservó su nombre real.

La revista Louder recogió en su momento el testimonio del propio Adler sobre la génesis de Appetite for Destruction, grabado en Rumbo Recorders en agosto de 1986 bajo la producción de Mike Clink: el batería describió a la formación clásica como una hermandad que vivía, comía y compartía todo, y defendió que reunir a cinco músicos capaces de generar ese tipo de magia colectiva es extraordinariamente raro. Según su relato, el material del disco surgió directamente de las experiencias compartidas por el grupo, incluida su vida en la calle antes de firmar con Geffen Records, sello que terminó ganando la puja por ficharlos en 1986 al ofrecerles la libertad artística que buscaban.

La portada original del álbum, pintada por Robert Williams y titulada igual que el disco –con un robot que acaba de cometer una violación–, resultó tan polémica que las principales cadenas de tiendas se negaron a exhibirla, lo que obligó a Geffen a sustituirla por la imagen de la calavera con las cruces, hoy tan icónica como la original. Publicado el 21 de julio de 1987, Appetite for Destruction se convirtió con el tiempo en el álbum debut más vendido de la historia en los Estados Unidos, con más de treinta millones de copias en todo el mundo, y su vídeo de «Welcome to the Jungle» marcó un antes y un después al entrar en la rotación de MTV en 1989, el espaldarazo televisivo que terminó de lanzar a la banda al estrellato masivo.

Guns N’ Roses: 40 aniversario no aspira a sustituir a las biografías exhaustivas del grupo, esas que dedican cientos de páginas a diseccionar cada disco y cada escándalo. Su ambición es otra: ofrecer una vista panorámica, vistosa y bien documentada, pensada tanto para quien vivió la era de Appetite en directo como para quien descubrió «November Rain» en una plataforma de streaming treinta años después. Y deleitar a la vez con ello al fan incondicional –y lo hace, os lo aseguro–. Como retrato ilustrado y accesible de cuarenta años de una de las bandas más influyentes y erráticas del rock, es un diamante en bruto: lo mejor para que «no llores esta noche, nena».

Y por otro lado, ahora que los Guns están nuevamente de moda (siempre lo han estado a lo largo de cuatro décadas, incluso en las largas ausencias del inconstante pero genial Rose) y de gira, Alianza Editorial publica un nuevo título del periodista musical Jesús Casañas dedicado a los angelinos que enseguida reseñaremos en el Pandemónium. Sayonara, Baby!

FLEA: Ácido para los niños. Unas memorias

Es uno de los músicos más carismáticos de las últimas cuatro décadas. Flea («Pulga» en inglés), bajista de la banda de funk-rock Red Hot Chili Peppers desde que se fundara, un ya lejano 1983, creció en un hogar lo más parecido al infierno. De la mano de Libros Cúpula nos llegan por fin sus memorias traducidas al castellano: Acid for the Children. No tienen desperdicio.

Óscar Herradón ©

Cuenta todo, con pelos, señales y humo, y sin sonrojarse, en su libro de memorias. Si su compañero y amigo Anthony Kiedis, vocalista de la banda, mostró en las suyas, Scar Tissue (Capitán Swing, 2016), publicadas en 2017, que la historia de los «chiles rojos picantes» había sido una montaña rusa de emociones, adicciones y escándalos, las de Flea son aún más afiladas y hasta estremecedoras.

Nacido en Melbourne, Australia, en 1962, el mismo año que vinieron al mundo grandes del rock como Axl Rose, Jon Bon Jovi, Tommy Lee, Kirk Hammett o el propio Kiedis, Flea, de nombre real poco comercial, Michael Peter Balzary, ha titulado sus recuerdos, con acierto y mala leche, como Acid for the Children («Ácido para los niños»), que ahora podemos disfrutar en castellano de manos de Libros Cúpula en una edición para los fans más exigentes. Ya la misma portada del libro es un suculento aperitivo de lo que el lector encontrará en su interior: un jovencísimo Flea, prácticamente un niño que no ha entrado aún en la adolescencia, aparece fumándose un porro. Y no, no es una fotografía trucada. Es real. De su álbum familiar, ese que tenemos todos de tiempos pretéritos y más inocentes (para algunos, claro).

Aunque la intención de Flea, nada arrogante, era –según recoge– escribir sobre la banda que lo convirtió en ídolo de masas desnudo sobre el escenario y con un calcetín por taparrabos (sí, su excentricismo y actitud provocadora nunca fueron en detrimento de su calidad musical, sino todo lo contrario, la complementaban), acabó escribiendo sobre sí mismo y su vida porque en su devenir se halla precisamente la esencia de lo que acabarían representando los Red Hot Chili Peppers.

Aunque nació en Australia, el trabajo de su padre, que era pescador, llevó a la familia tempranamente hasta Nueva York, cuando Flea tenía cinco años. Dos años después, el matrimonio se separó y el progenitor regresó a tierras australianas y su madre, de nombre Patricia, se casó con un músico de jazz que influiría en la posterior trayectoria musical del infante, pero también convertiría su existencia en un jodido cuento de terror no apto para niños.

Flea, un tierno adolescente ya con Hendrix tatuado

El nombre de su padrastro era Walter Urban Jr., un tipo bohemio y librepensador que además tenían habituales ataques de ira y era alcohólico. Walter llevó a Patricia y a los niños –Flea y su hermana Karyn– a vivir en el sótano de la casa de sus padres. Cuando el chaval tenía once primaveras se mudaron a Hollywood, a un barrio bastante conflictivo, sembrado de proxenetas, prostitutas y drogodependientes. Su estatura le valdría el sobrenombre de «pulga» y eso que el bajista mide 1,68 m (sin embargo, en EEUU la media está en 1,74 m).

Una noche, en Halloween, Walter, tras romper casi todo en la casa, se lió a tiros por la calle. Luego fue arrestado, con la cara y el torso ensangrentados. Pidió perdón, como solía hacer, pero volvió a las andadas, como sucede por lo general con esa clase de tipos. Sin embargo, los ensayos del padrastro con su banda en el salón del hogar familiar (por llamarlo de alguna manera) marcarían profundamente a Flea. Digamos que le trajo lo peor y lo mejor, despertando su temprana vocación por la música, que tantos éxitos le brindaría. Parece que el chaval también sentía un complejo de inferioridad, que, unido a crecer en un hogar desestructurado, le llevó tempranamente a acercarse al mundo de las drogas y a frecuentar compañías peligrosas. Según confesó en 2008, puesto que todos los adultos de su vida se evadían de la realidad y los problemas con sustancias prohibidas, el alcohol y las drogas estaban en todas partes: «Empecé a fumar marihuana cuando tenía 11 años y luego empecé a esnifar, pincharme, fumar y a perseguir dragones durante mi adolescencia y juventud».

Cóctel explosivo de drogas y alcohol

Siguiendo lo que el mismo bajista narra en Acid for the Children, ya adolescente empezó a consumir speed y a experimentar con el ácido lisérgico que cautivó a muchas bandas de los 60 y 70. Según contaba a The Guardian sobre este punto, el LSD tuvo sin embargo un efecto «positivo» en él: «Para alguien como yo, que corría como un loco por las calles, las drogas me ayudaron a acceder a mi subconsciente, desarrollaron un carácter más introspectivo». Y le ayudó –supuestamente– con la música, fundando una banda con sus amigos Kiedis y el guitarrista Hillel Slovak.

Hillel Slovak en 1983

Su primer nombre fue Tony Flow and the Miraculously Majestic Masters of Mayhem, formado por Kiedis, Flea, Slovak y el baterista Jack Irons, con un solo tema, Out in L.A. Debutaron en un local de nombre The Rythm and Blues y tras varias actuaciones y varias canciones propias añadidas a su setlist, finalmente decidieron cambiar su nomenclatura por la de Red Hot Chili Peppers, acertando de pleno.

El hecho de tocar desnudos (o bien tapándose el miembro con un calcetín o bien totalmente en cueros), les hizo icónicos y singulares unido a sus poderosas melodías funk, sus cuerpos musculados y sus tatuajes en un tiempo en el que no se llevaban como ahora (hasta la saciedad y sin mucho sentido). Aquella puesta en escena «nudista» les convirtió también, quizá sin pretenderlo, en ídolos de la comunidad gay. De hecho, según recuerda Flea en el libro, los bares de ambiente de Los Ángeles fueron «los primeros que se fijaron en Red Hot Chili Peppers». De mentalidad abierta, nunca tuvo reparos en admitir que mantuvo relaciones sexuales con miembros de su mismo sexo, eso sí, aquello le convenció «de que no era gay», puntualiza.

Blood, sugar, sex, magik, el álbum que los llevó a lo más alto a principios de los 90

En el extremo opuesto, el exhibicionismo y desenfado de la banda despertaron las iras de los más reaccionarios, abundantes en el país en los años ochenta (aunque hoy, bajo la resaca Trump, también son multitud) cuando se formaron, y en Virginia, por ejemplo, Kiedis llegó a ser detenido por escándalo público, como en su día le sucedió a icónicos frontman como Jim Morrison.

La tragedia y el renacimiento

Flea dejaría las drogas a los treinta años, impactado por el daño que los estupefacientes hicieron en buenos amigos suyos. Fue el caso por ejemplo del también miembro fundador y guitarrista Hillel Slovak. Era el 25 de junio de 1988, y tras varios días desaparecido, fue hallado muerto en su apartamento por una sobredosis de heroína. Tenía tan solo veintiséis años. Una adicción, la del «caballo», que también traería de cabeza al frontman de los Red Hot, a Kiedis, pero éste supo recomponerse tras numerosos intentos de rehabilitación.

Anthony Kiedis fue durante años politoxicómano

Muchos pensaban que tras la trágica muerte del virtuoso guitarrista el grupo no remontaría, y es que era probablemente la pieza fundamental de una banda que empezó como un grupo de amigos con pocas intenciones hasta que Slovak los llevó por la senda del funk-rock (de hecho, Flea era… ¡un trompetista de conservatorio!, que acabó decantándose por el bajo precisamente por consejo de su colega). Hubo numerosos intentos de reemplazarlo, la mayoría sonados fracasos, hasta que llegó otro torbellino de las seis cuerdas que con apenas 19 años encajó a la perfección: John Frusciante, que en principio aspiraba a tocar para Thelonius Monster (los RHCP se lo llevaron en plena audición).

Frusciante

Y como su antecesor, además de un fuera de serie en la música se dejó arrastrar por las drogas, tanto, que muchos pensaban que no tardaría en morir. Asediado también por fuertes episodios de enfermedad mental –casi con seguridad desencadenados por sus excesos– a mediados de los noventa parecía un muerto viviente que llegó a grabar vídeos y entrevistas que hoy pueden verse en Youtube y que encojen el corazón. Los de un auténtico yonqui en plena decadencia vital.  Su propia inmersión en los infiernos sería tema de unas memorias bastante más trágicas que las de sus compañeros, y en breve hablaremos de esa odisea en este blog. El tiempo dirá si nos brinda la oportunidad de leer con pelos y señales su historia.

Volviendo a Flea, dejar las drogas le permitió centrarse en la música, pero también hacer sus pinitos en el cine. Hizo pequeños papeles en cintas míticas como El Gran Lebowski, de los Hermanos Coen, donde interpretaba a un nihilista alemán, Miedo y asco en las vegas –la adaptación al cine del visionario Terry Gillian de la enloquecida obra sobre drogas del periodista Hunter S. Thompson, que bien podrían haber protagonizado los RHCP en lugar de Johnny Depp y Benicio del Toro–. Tiempo antes ya había salido en Mi Idaho Privado, junto a su amigo River Phoenix, víctima también de una sobredosis el 31 de octubre de 1993 (las drogas, siempre las drogas en el entorno de Flea); y en Le llaman Bodhi (1991), junto a Keanus Reeves y  Patrick Swayze (reitero, lleva mucho tiempo entre nosotros), una cinta donde también aparece en varias escenas Antony Kiedis. Años antes, uno después de la muerte de Slovak, en 1989, encarnó el papel de Needles en Regreso al Futuro II, de Robert Zemeckis, la saga de culto de los ochenta, y repitió en Regreso al Futuro III (1990).

Padre de familia, intervenciones televisivas y filantropía

En 1988, el año en que moría su gran amigo y aquel suceso le impulsó a abandonar la autodestructiva senda de las adicciones, el bajista se casó con Loesha, con la que tuvo una hija, Clara, que hoy tiene 33 años. En 2005 tuvo otra hija, Sunny Bebop, con la Top Model Frankie Ryder y en 2019 se casó por segunda vez con una diseñadora de nombre Melody, como la del Baile del Gorila. Todo un padre de familia al que se puede ver en eventos deportivos, en colaboraciones con otros colegas del mundo del rock (Slash, Thom Yorke, Patti Smith, Alanis Morissette, Michael Stipe…) e incluso en algunas intervenciones en 1992 del Saturday Night Live!, en varios episodios de Los Simpson (en versión cartoon, claro –hay que ser muy famoso para eso–) y en el show de Ben Stiller, donde ganó al célebre actor cómico de Algo pasa con Mary –que entonces no había rodado aún– en un partido de basket.

También tiene una vocación filantrópica. Puesto que Flea veía que el sistema de enseñanza pública mostraba un gran vacío a la hora de enseñar música y otras formas de arte a los niños, decidió fundar una escuela dedicada a ayudar a los jóvenes (muchos con una infancia desestructurada, como él) a progresar musicalmente: el Silverlake Convervatory of Music. Sin duda, todo un personaje de la (contra) cultura de las últimas décadas al que hay que tener muy en cuenta.

He aquí la forma de adquirir sus muy adictivas memorias:

https://www.planetadelibros.com/libro-acid-for-the-children/326891

El «doble» de Paul McCartney

Una de las historias más alucinadas y alucinantes de los años en que triunfaban el ácido y la psicodelia es aquella que recibió el sugerente nombre de «Paul is dead» –PID, «Paul está muerto»–, que ha engrosado los anales de las leyendas urbanas míticas del rock. Bueno, de las leyendas en general, porque en el tiempo en que surgió, los alocados y añorados sesenta, no se las tildaba todavía de «urbanas». Una historia que parece contribuyó a extender, en cierto modo, el propio cuarteto de Liverpool y a la que hoy pondríamos la etiqueta de Fake News, pues no todo se ha inventado en la era de Internet.

Óscar Herradón ©

Hoy el bueno de Paul –no tan «bueno» si leemos declaraciones de Yoko y algún que otro productor–, lanzaba al mercado el álbum McCartney III, el cierre en forma de trilogía de un proyecto en solitario que inició tras la traumática separación de los Beatles un imborrable 10 de abril de 1970, cuando precisamente el bajista zurdo hacía público un comunicado anunciando la ruptura. Pues eso, este diciembre de 2020 lanzaba su nuevo disco, a los 78 años y todavía en plena forma, aunque con cierta dependencia del botox. Pues bien, tantos años después, y con este señor aún subido a un escenario, infatigable, tras haber escrito con mayúsculas parte de la MÚSICA del siglo XX, todavía hay quien cree que es… ¡un impostor!

Todo empezó el 12 de octubre de 1969, cuando un misterioso oyente de la emisora WKNR-FM de Dearborn, en el Estado de Michigan (EEUU), que respondía al nombre de Tom, dejó en el aire –nunca mejor dicho– un misterio que los más conspiranoicos, por no llamarlos de otra manera, se han empeñado en perpetuar: nada más y nada menos que el hecho de que el ex Beatle, en este caso Paul y no el siempre controvertido John Lennon que brindaría titulares en su corta vida y después, había fallecido en 1966.

Según esta leyenda, que el anónimo oyente se encargaría de moldear de forma minuciosa –y no poco ingeniosa–, el miércoles 9 de noviembre de 1966, concretamente a las 5 de la madrugada, McCartney, tras abandonar el estudio en el que se grababa el mítico álbum Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, semidesnudo y al parecer acompañado de una misteriosa joven de nombre Rita, se introdujo en un Aston Martin que condujo a velocidad de vértigo hasta saltarse un semáforo y ser embestido por un camión –aquí las versiones se contradicen–, perdiendo literalmente la cabeza. Evidentemente, Paul había sido visto después, hasta 1969, en todo tipo de actos del grupo, en conciertos, ruedas de prensa, videoclips… Era imposible que hubiera dejado su vida en el asfalto… ¿o no?

Un señor con nombre de sopa

Según el citado Tom y otros teóricos de la conspiración –o más bien sembradores de la confusión, al menos en un primero momento–, el McCartney que se dejaba ver en público y ponía su voz a las nuevas canciones de The Beatles era ¡un doble! Y ese doble tenía nombre: un tal William Shears Campbell, ganador del concurso de dobles organizado por la banda de Liverpool en 1966 para sustituir al beatle zurdo, un policía canadiense aficionado a la música que no solo era clavadito a la star fallecida, lo cual ya era casualidad, sino que ¡tenía la misma voz! Y el/los forjadores de la leyenda aseguraban que los propios componentes del grupo daban pistas en sus álbumes de estudio posteriores a esa fecha en los que, sucintamente, insinuaban que McCartney había pasado a mejor vida.

Al parecer, cuando estaban en antena, el enigmático Tom pidió al conductor del programa, Russ Gibb, que reprodujese la canción Revolution 9 a la inversa, y el disc jockey creyó escuchar la frase «Turn me on, dead man» –traducida como «enciéndeme o excítame, hombre muerto»–. Poquito para pensar que el rumor fuese realidad, pero lo cierto es que dos días después, en el periódico Daily Michigan, fue publicado un artículo firmado por Fred Labour y John Gray, curiosamente también estudiantes de la misma universidad que Tom Zarski –la muy posible identidad del oyente «Tom»–, en el que realizaban una interpretación nada objetiva de lo que veían en el álbum recientemente publicado de la banda británica, el exitoso Abbey Road que hizo célebres los pasos de cebra en el merchand de medio mundo. Hasta hoy.

En esta portada, en la que los cuatro músicos cruzan la carretera, Paul es el único que aparece descalzo, algo que, según algunas culturas –los autores no especificaban cuáles– es una alegoría de la muerte. La célebre matrícula que puede verse en el coche aparcado al fondo, 28 IF, haría referencia a la edad que tendría McCartney si –if– no estuviera muerto. Más retorcido, imposible. Pero hay más.

En 1967 se publicaba Sgt. Peppers Lonely Heart’s Club Band, por lo tanto, según la teoría la conspiración, sería el primero sin McCartney y con William Campbell como integrante. La explicación: en la psicodélica portada, el «doble de Paul» luce una insignia con las siglas O.P.D., que en inglés significan Officially Pronounced Dead –Declarado Oficialmente Muerto–, aunque la pura verdad es que eran las siglas de la Ontario Police Department; además, varias canciones harían alusión al día y a la hora de la muerte del beatle, según los conspiranoicos claro. Aparecía además una tumba hecha de flores y un bajo –instrumento que Paul tocaba– también hecho de flores al que le faltaba una de las cuatro cuerdas, lo que, una vez más, indicaría que uno de los cuatro de Liverpool había muerto. El hecho de que entre la amalgama de personajes que decoran la portada apareciera también el célebre ocultista inglés Aleister Crowley, alentó a los conspiradores a afirmar que The Beatles adoraban al diablo, como tantas otras estrellas del rock, tema que daría para mucho más.

El rumor se extiende como la pólvora

Abierta la caja de Pandora, el pinchadiscos Russ Gibb, que creyó a pies juntillas la historia del tal «Tom», o quiso imperiosamente creerla, acompañado de John Small y Dan Carlisle, comenzaron un programa en la WKNR-FM bajo el nombre de «Complot Beatle», un programa bastante radical de una hora de duración dedicado a corroborar la verdad de la historia que duró varios años en antena en Detroit.

No fueron los únicos. El rumor cobraría aún más fuerza cuando el pinchadiscos Ruby Yonge, que conducía un programa nocturno en la emisora WABC de Nueva York, comentó la noticia de la «muerte ocultada» de McCartney la noche del 21 de octubre de 1969, lo que le costó el despido inmediato y la suspensión de la emisión. La WABC tenía un radio de difusión enorme, podía ser escuchada en 38 de los 50 estados del país y su alcance llegaba incluso a la costa atlántica africana. Aquello provocó una oleada de rumores y conspiraciones de la que se hizo eco la prensa estadounidense. La beatlemanía resurgía con toda su fuerza pero esta vez en torno a la «defunción» de Paul, y no en su país natal, algo menos crédulo, sino al otro lado del Atlántico, tierra propicia a los rumores.

Y así una lista innumerable de supuestas pistas que los de Liverpool introducían en cada uno de sus trabajos –parecía como si, lupa en mano, los conspiracionistas esperasen a que los músicos publicaran un nuevo álbum para encontrar dichos indicios–. Letras de canciones, entrevistas… en cada uno de los movimientos y creaciones de los de Liverpool los amantes de la rumorología veían más y más pistas de que McCartney era un doble, una suerte de Döppelganger pero de carne y hueso: en el citado Abbey Road, Lennon vestía completamente de blanco –por lo que, según sus autores, asumía el rol de predicador–, Ringo Starr vestía el traje negro de los empleados funerarios, George Harrison, vestía ropa de trabajo –asumiendo el rol de enterrador–, mientras que el susodicho McCartney, a pesar de vestir también traje, aparecía con los ojos cerrados y los pies descalzos, algo habitual en los cadáveres que van a ser velados, caminando de forma distinta al resto y cogiendo el cigarrillo con la mano derecha, cuando de todos era sabido que Paul era el beatle zurdo, apareciendo a la derecha un coche fúnebre ¡El culmen del retorcimiento! Y así un largo etcétera de despropósitos.

Es probable que los cuatro músicos, que evidentemente se habían hecho eco de la leyenda, contribuyeran a perpetuarla en sus siguientes discos, lo que para ellos sería simplemente un juego de confusión. Aún así, hay quien cree todavía que McCartney no es McCartney, sino un doble, un doble que habría tenido la suerte de vivir como una superstar, ganando bastante más dinero que trabajando como policía local. Bastante es un eufemismo claro. ¿Paul is Dead? Quién sabe… También hay quien afirma que Elvis sigue vivo y que todo fue un montaje para alejarse de la presión mediática y vivir una vida tranquila. Algo común entre las gentes cuando a alguien se le considera casi sobrehumano, aunque solo sea una estrella del rock; no hay que olvidar que hace siglos, cuando un rey moría, solía ser «visto» por numerosos testigos, como fue el caso de Federico de Hohenstaufen o Sebastián de Portugal; las gentes se negaban a creer que estos personajes, como el común de los mortales, podían fenecer. Pero, evidentemente, lo hacían. Que se lo digan a Lennon.

La leyenda de PID también tiene su versión patria: hay quien asegura que Los Bravos sustituyeron a su teclista, poco después de suicidarse, por un encapuchado al que hacían pasar por éste en los conciertos que daban en las salas de fiesta, eso que llamaban guateques y con los que han martilleado nuestros oídos los padres de toda una generación. El rumor comenzó tras el trágico suicidio de Manolo González, apenas unos días después de que su esposa Loti, con la que había aparecido en las revistas del corazón, muriera en accidente automovilístico. Ya que Los Bravos, cuando se formaron, habían realizado un ingenioso ejercicio de marketing que les funcionó a las mil maravillas –a la hora de elegir nombre y saltar a la fama–, en esta ocasión, y tras llorar la muerte de su amigo, decidieron presentarse en público con un nuevo teclista, pero sin revelar su verdadera identidad. Fake News en toda regla, y patria.