Curiosidades de Halloween (Segunda Parte)

2 11 2020

En plena resaca de Halloween, recordamos en este post unas cuantas curiosidades, algunas realmente increíbles, sobre lo que esconde una festividad «siniestra» que de una y otra forma se celebra en casi todos los rincones de un planeta cada vez más dañado –y no precisamente por espíritus de ultratumba–.

Óscar Herradón ©

Pomona, el festival de la cosecha

Los adornos de frutas para las mesas la noche de Halloween, tales como manzanas y nueces, también tienen su particular significado simbólico. Tres de las frutas sagradas de los celtas eran la bellota, la manzana y la nuez, especialmente la avellana, que era considerad aun dios, y la bellota, considerada sagrada por estar asociada con el roble, algo que parece también estaba relacionado con la fiesta de la cosecha romana de la Pomona, en la que las manzanas servían para ritos adivinatorios. Así, Roma se adueñaba de una fiesta pagana como más tarde lo haría el cristianismo.

Mediante esta festividad, los romanos daban gracias a los dioses por los alimentos recibidos. Pomona era una diosa autóctona de la mitología romana protectora de la fruta, los árboles frutales y los jardines, y simbolizaba la abundancia. El culto de la diosa estaba a cargo de un flamen minor, el Flamen Pomonalis, el cargo más ínfimo dentro de la estructura sacerdotal.

El día 1 de noviembre los romanos celebraban el Día de la Pomona, pero realmente para honrar a los muertos contaban con otra festividad: las Feralia, que se celebraban el 21 de febrero como culminación y punto y final de otra fiesta, las Parentalia –o Fiestas Parentales–.

Ese día los romanos llevaban alimentos a las tumbas de sus seres queridos y es muy probable que se celebrasen festejos en los que no faltase el vino y las orgías. En el trascurso de esta celebración, una vieja hechicera ofrecía a Tácita, diosa del silencio, un sacrificio de connotaciones mágicas muy singular.

Un gato negro… ¡peligro!

Los druidas pensaban que los gatos negros eran seres humanos reencarnados y que el sacerdote tenía la habilidad de adivinar el futuro a través de ellos. De aquel tiempo parte la superstición que acompaña al desdichado minino: si alguno se cruzaba en el camino de una persona, significaba que podía poseerla, un mal augurio, y empezaron a coger mala fama.

Lo peor para ellos llegó con la Edad Media y la fiebre de la brujomanía: empezó a circular la leyenda de que las brujas adoptaban la forma de gato negro –entre otro tipo de teriantropía– para pasear por el vecindario o acudir a los aquelarres, y empezó su matanza indiscriminada. De ahí parte la creencia de que si se cruza uno en tu camino, te espera un cúmulo de desgracias… en Halloween, si esto te pasa, hay solución: caminar siete pasos hacia atrás y ¡maldición conjurada!

Todo aquel que tuviera un gato negro era sospechoso de ser un pagano, o aún peor: de practicar la brujería o de adorar al demonio, creencia auspiciada por la propia Iglesia católica. Debido a que en parte del folclore se atribuía a los mininos poderes psíquicos especiales, era lógico que se eligiese a este tipo de animal –pensaban algunos inquisidores– para que asistiera a la bruja en sus conjuros.

Llegaron a tener tan mala estrella, que incluso se les culpó de influir en la propagación de la Peste Negra, exterminándose a miles de ellos. Paradójicamente, al eliminar a tantos felinos, proliferaron aún más las ratas, verdaderas causantes de la expansión de la pandemia causada por la bacteria Yersinia pestis.

Lo increíble es que a día de hoy persisten muchas de estas prácticas. En 2014, saltaba a la prensa la noticia de que en Budapest se estaba protegiendo a los gatos negros ante la inminente llegada de Halloween. Al menos eso es lo que declaró Kinga Schneider, la responsable del «Arca de Noé», el principal refugio de animales de Hungría: acosados por múltiples peticiones de adopción de gatos negros antes de la festividad, descubrieron que dichas solicitudes procedían en su mayoría de grupos satánicos, por lo que se denegó su entrega: «Esos gatos gustan mucho a los satánicos, que quieren sacrificarlos durante misas negras en el periodo de Halloween».

Si nos remontamos a 2006, una noticia similar tenía lugar en los EEUU, donde se prohibía la adopción de gatos negros hasta que pasara Halloween, pretendiendo así evitar el maltrato durante la festividad. Según Phil Morgan, director ejecutivo de la Sociedad Protectora de Animales de Kootenai, Idaho: «Es como una leyenda urbana. Pero en la industria de las agencias de protección es bastante común que no se de en adopción gatos negros o conejos blancos debido a todo esto de los sacrificios satánicos».

Como curiosidad: en Reino Unido existe la creencia de que los que traen mala suerte son los gatos blancos, no los negros y, por contra, en la Midlands se creía que regalar un ejemplar blanco durante una boda traía buena suerte a la novia. Y en el sur de Francia se conocía a los gatos negros como «matagots» o «gatos magos», aprovechados por el sugerente y mimético universo Harry Potter que, según una tradición local, traían buena suerte a las personas que los trataran con respeto. En Irlanda, sin embargo, cuando un gato negro se interponía en el camino de una persona, anunciaba un peligro de muerte o una epidemia. 

Unas pinceladas más:

–Una tradición arraigada entre las escocesas consistía en creer que la noche de Halloween podían ver el rostro de su futuro marido en el espejo si colgaban sábanas mojadas frente al fuego. Otra versión es que las jóvenes debían pelar una manzana frente al espejo, alumbradas únicamente con la luz de una vela: si lograban pelarla en una única tira, el espejo les mostraba a su prometido. 

–Las primeras calabazas de Halloween eran nabos. Los druidas portaban un gran nabo hueco al que habían esculpido un rostro y que llevaba una vela encendida a modo de linterna o farol, para representar al espíritu maligno del que debían obtener poder o expulsarlo. Cuando esta tradición llegó al Nuevo Mundo, no había nabos, pero sí un vegetal nativo con mucho excedente: la calabaza.

–Los jóvenes estadounidenses suelen acudir a scary farms o «granjas terroríficas» –este ingrato 2020 imagino que en mucho menor número y con mascar(rilla)–, grandes espacios donde se crean escenas especiales como si de platós de rodaje se tratara, una especie de «pasajes del terror» a gran escala, algunos tan célebres como el californiano Knott’s Scary Farm.

–El miedo a Halloween existe, y está catalogado dentro de las patología psiquiátricas: la Samhainofobia.

Las gemelas de El Resplandor (The Shining, 1980)

–Las películas de terror son, claro, las favoritas para estas fechas. Según un estudio realizado por la Universidad de Westminster (Reino Unido), el visionado de este tipo de largos puede hacernos quemar cerca de 200 calorías. Según la compañía de distribución Lovefilm, la cinta que consigue que un espectador queme más calorías –hasta 184– es El Resplandor, de Stanley Kubrick, adaptación de la novela homónima de Stephen King.

–Salem (Massachussetts) –sí, donde las brujas– y Anoka (Minnesota), tienen el dudoso privilegio de ser consideradas capitales mundiales de Halloween.


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