Operación Underworld: la Cosa Nostra contra Hitler (II)

Para preparar la invasión aliada de Sicilia, se orquestaron numerosos planes secretos. Uno de ellos, que permanecería clasificado hasta tiempos muy recientes, tuvo como protagonistas a algunos de los personajes más oscuros de la Mafia italoamericana de aquel tiempo. Ahora que Ático de los Libros publica Sicilia 1943. El primer asalto a la fortaleza Europa, del historiador británico James Holland, recordamos aquel singular episodio de la guerra secreta.

Por Óscar Herradón ©

Mientras transcurría la guerra en Europa y en los EEUU metían a los japoneses –muchos de ellos naturalizados norteamericanos– en campos de internamiento bajo un riguroso control, en uno de los episodios más ignominiosos de la guerra por parte aliada, Luciano, unos meses después de iniciar su colaboración, recibió una nueva visita en Great Meadow; eran varios miembros de la ONI (Office of Naval Intelligence) que querían hablarle sobre Sicilia, la tierra de sus antepasados.

Lucchese

Al parecer, la información que tenían sobre la isla italiana era insuficiente: no conocían ni la cantidad ni la preparación de las tropas del Eje allí estacionadas; tampoco la situación de los campos minados y fortificaciones, así como otro tipo de infraestructuras. Aunque esta parte del «pacto» ha sido negada por varios historiadores, lo cierto es que existen pruebas recogidas en el Informe Herlands y otros expedientes (ya no tan) secretos que señalan que los agentes de contrainteligencia se reunieron hasta en 15 ocasiones con Luciano, a quien le entusiasmaba seguir el curso de la guerra desde su celda, en cuyas paredes colgaba un enorme mapa del escenario del conflicto europeo. Desesperado con la situación de los acontecimientos en 1943, al ver que los aliados no abrían un segundo frente que también Stalin ansiaba, Luciano llamó a su presencia a dos de sus mejores pistoleros, Tommy Lucchese y Joe Adonis, a quienes instó a acabar con la vida del propio ¡Adolf Hitler! Sí, tal cual.

Luciano pensó entonces en uno de los mafiosos más célebres que se encontraban en Sicilia –y que, contrariamente al resto de la Cosa Nostra, había mantenido estrechos lazos con el régimen de Mussolini–. Sin embargo, aquel alocado plan nunca pudo llevarse a cabo. El Führer sufrió al menos 40 tentativas de magnicidio y de todas ellas salió bien parado, incluso del atentado del 20 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo, en Prusia Oriental, cuando el coronel Claus von Stauffenberg colocó una bomba que estalló al lado de Hitler, en el marco de la conocida como Operación Valkiria.

La invasión de Sicilia

A partir del momento en que se reunieron en Great Meadow, cientos de norteamericanos de origen siciliano acudieron a comisarías y centros de Inteligencia americanos para facilitar todo tipo de informaciones sobre sus lugares de origen. Se organizó además un equipo de comunicaciones, formado por agentes del ONI y algunos mafiosos expulsados de Sicilia por el Duce instalados en Canadá, que aún mantenían un estrecho contacto con la isla. Todo ello sería de vital importancia para la Operación Husky, nombre en clave con el que se conocería la inminente invasión aliada de la isla mediterránea.

Aquello facilitó la realización de numerosos sabotajes a las tropas alemanas en la isla, y las primeras tropas alidadas que desembarcaron en sus costas fueron guiadas a través de los campos de minas precisamente por colaboradores de la mafia vestidos de paisano –o al menos eso reza la leyenda negra–. Sobre este punto no hay consenso entre investigadores, surgiendo múltiples historias que le interesaba mantener vivas a la Cosa Nostra para edulcorar su siniestra trayectoria criminal.

La pregunta de hasta qué punto el alto mando aliado confesó un secreto tan delicado como una gran operación militar a una banda de delincuentes es algo a lo que no se ha podido dar una respuesta convincente. El «pacto secreto» existió, sobre todo en relación con la protección de los muelles de Nueva York, y parece que continuó hasta la liberación de Sicilia, aunque fueron solo unos grupos minoritarios dentro de las autoridades militares aliadas quienes lo conocían y lo apoyaron e impulsaron para derrotar al nazismo.

Don Calò

De hecho, en los diarios de campaña de las unidades norteamericanas que pasaron por distintos pueblos supuestamente controlados por la «Honorable Sociedad» –como la localidad siciliana de Villalba, controlada por Calogero Vizzini, alias «Don Calò»–, no aparece registro alguno de las historias contadas por algunos capos tras la guerra. Lo único cierto es que Charles ««Lucky» Luciano volvió a demostrar que era un hombre afortunado, como rezaba su apodo de juventud. Condenado en un principio a 35 años de cárcel por proxenetismo, fue puesto en libertad en 1946, habiendo cumplido tan solo nueve años de su condena. Sin duda, la colaboración con la contrainteligencia de la Marina tuvo sin frutos; de hecho, llegó, incluso, a ofrecerse él mismo para dejarse caer en paracaídas sobre Sicilia. No se lo permitieron, claro.

Luego, y muy probablemente gracias a aquella colaboración soterrada con el gobierno en la contienda, fue deportado a Italia, muriendo en extrañas circunstancias el 26 de enero de 1962 en el aeropuerto internacional de Nápoles, donde sufrió un infarto mientras se disponía a encontrarse con el productor estadounidense Martin Gosch, con la idea de realizar una película sobre su vida en los bajos fondos. ¿Pudo ser asesinado? Quién sabe. A su ostentoso funeral asistieron más de 300 personas. Su ataúd, como si se tratase del mismo féretro de un rey, fue paseado por las calles de Nápoles en un coche fúnebre tirado por caballos.

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

En mi libro Expedientes Secretos de la Segunda Guerra Mundial (Luciérnaga, 2018) dedico un amplio capítulo a esta operación clandestina. El ensayo que me sirvió de principal referencia y que aborda aquel «secreto de Estado» de la Administración Roosevelt es Aliados de la Mafia, de Tim Newark (Alianza Editorial, 2009), que a su vez bebe de otro previo, The Luciano Project: The Secret Wartime Collaboration of the Mafia and the U.S. Navy, publicado en la lejana fecha de 1977.

Para conocer con detalle el aspecto estratégico y militar (planificación, comandos, comunicaciones…), la editorial Ático de los Libros acaba de publicar un detallado libro que arroja importante información, alguna de ella hasta ahora clasificada: Sicilia 1943. El primer asalto a la fortaleza Europa. Un volumen con un proceso documental de infarto y una fuerza narrativa digna del mejor relato de ficción, hasta el punto de que Gerard DeGroot, del diario The Times, ha dicho de él que «El talento de Holland radica en su habilidad de resucitar a estos guerreros con una vívida prosa». No ha sido el único elogio, pues la crítica se muestra unánime a uno y otro lado del Atlántico.

El asalto aliado de Sicilia, el país natal de Lucky Luciano, fue previo al Desembarco de Normandía y bajo el nombre en clave de Operación Husky, fue, a partir del 10 de julio de 1943, la mayor operación anfibia de la historia y el primer gran asalto a la Fortaleza Europa, como reza el subtítulo del ensayo. Y es que el viejo continente estaba blindado en su salida hacia el mar por fuerzas del Tercer Reich. Para facilitar la operación Husky, se puso en marcha otra obra maestra del engaño en inteligencia y de la que hemos hablado en Dentro del Pandemónium, la Operación Carne Picada, que vuelve a estar de actualidad ante el estreno de una nueva película centrada en el caso, El arma del engaño, adaptación del ensayo superventas del periodista británico Ben Macyntire El hombre que nunca existió (a su vez, título de una película de 1956 dirigida por Ronald Neame).

El día 10 de julio de 1943, y en gran parte gracias al engaño a Hitler, cuyo alto mando creyó más probable que una incursión aliada sería por Grecia y no por Sicilia, más de 160.000 tropas británicas desembarcaron en la isla italiana para comenzar el avance hacia el corazón del Reich alemán. Tras una campaña aérea que consolidó una nueva forma de hacer la guerra y señaló el comienzo de la hegemonía aliada en los cielos europeos, la batalla por Sicilia fue una de las campañas más dramáticas y trascendentales de toda la Segunda Guerra Mundial.

Bajo un sol abrasador y en una isla infestada por los mosquitos y las enfermedades y controlada por la mafia (que había recibido instrucciones de facilitar el apoyo a las fuerzas aliadas, en gran parte para vengarse del cerco al que les había sometido Mussolini), los Aliados participaron en combates de una violencia inusitada en entornos hostiles, con recursos limitados y contra un enemigo que se negaba a rendirse.

En este monumental trabajo, Finalista al Mejor Libro de Historia Militar del Ejército británico, James Holland, principal exponente de la nueva generación de historiadores que están reinterpretando aquel sanguinario conflicto (y que ha entrevistado a varios de los supervivientes, de los que cada vez, por desgracia, hay menos), ofrece al lector el apasionante y vívido relato de uno de los grandes puntos de inflexión de la guerra y que cambiaría su rumbo hacia el comienzo del fin del dominio del Eje. Sin la misma, y sin lo que sobrevendría el Día D a partir de otras numerosas operaciones clandestinas que ya abordamos en el blog, la victoria aliada habría sido imposible.

He aquí el enlace para adquirir el libro:

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Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

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La Guerra de Portugal (1640-1668)

Nuestros vecinos la bautizaron como Guerra de Restauraçao de Portugal, también conocida como Guerra de Independencia. La Guerra con Portugal, como se conoció entre los españoles, se inició en 1640, duró 27 largos años hasta 1668 y tendría importantes consecuencias tanto a nivel nacional como internacional, siendo uno de los episodios clave del fin del esplendor de los Austrias hispánicos. Ahora, un detallado trabajo de investigación nos desvela los episodios olvidados de aquella contienda y el papel de los ejércitos españoles en la defensa de la llamada Unión Hispánica.

Por Óscar Herradón ©

Sebastián I de Portugal murió en la batalla del Alcazarquivir en 1578, por culpa de una actitud temeraria tras hacer oídos sordos a las advertencias de sus principales consejeros de que debían rendirse. Aquella batalla, conocida también como de Los Tres Reyes, enfrentó a las fuerzas portuguesas y a las de los pretendientes al trono de Marruecos. Imbuido de un ferviente espíritu de Cruzada y un marcado fanatismo religioso que le inculcaron sus educadores jesuitas, Sebastián se lanzó a una muerte segura en el campo de batalla. Su cuerpo fue recuperado después y sepultado primero en Alcazarquivir, y el mes de diciembre de 1578, fue entregado a las autoridades portuguesas en Ceuta, donde sus restos permanecieron hasta 1580, momento en que se realizó su entierro definitivo en el Monasterio de los Jerónimos de Belém.

Espinosa

Tras su muerte, se inició un movimiento de fuerte impronta mística, un mito conocido como Sebastianismo, debido a que poca gente había visto el cadáver del joven monarca y mucho menos aún lo habían reconocido (asunto del que me ocuparé en otra detallada entrada en «Dentro del Pandemónium»), en torno a las profecías del poeta António Gonçalves Annes Bandarra, unos versos a los que se atribuyeron carácter mesiánico. Juzgado por la Inquisición como judaizante (aunque parece que no era judío), sus libros fueron incluidos en el Índice de los Libros Prohibidos. Murió en 1556, 22 años antes que el rey luso, pero muchos quisieron ver en sus versos un aviso de lo que sucedería tras la muerte del monarca en el campo de batalla. Y en torno a ese mito surgieron personajes que se hicieron pasar por el rey redivivo, como Gabriel de Espinosa, pastelero de Madrigal, en una historia que ya quisieran hoy los de Sálvame.

Enrique I

Sebastián murió sin herederos, y sin la muerte también sin descendencia de su sucesor, su tío-abuelo Enrique I, en enero de 1580, se instauró un vacío de poder y la consiguiente crisis dinástica, y mientras las Cortes portuguesas decidían qué candidatura a ocupar el trono era la más apta, Felipe II de España se anticipó y reclamó sus derechos a la sucesión del trono luso: de los once matrimonios que tuvieron lugar entre la desaparecida dinastía de Avis, ocho habían sido con los Austrias españoles, por lo que la llamada Unión Ibérica, largamente anhelada, estaba en el horizonte y se convertía en una posibilidad muy real.

La Unión Hispánica

Felipe II

El Rey Prudente contaba con el apoyo de la clase media, la nobleza y el alto clero, pero la oposición vino de las clases populares y el bajo clero: el 20 de junio de 1580, Antonio, Prior de Crato, adelantándose al Austria, se proclamó rey de Portugal en Santárem. Candidato de dudosa legitimidad y un supuesto origen bastardo del rey Manuel I, su reinado (legitimado en varias localidades del país) duró apenas 30 días, pues sus escasas tropas serían vencidas por las comandadas por el duque de Alba en la batalla de Alcántara el 25 de agosto de 1580.

Antonio, prior de Crato

Un año después, Felipe II, en el momento más álgido de su reinado, ese imperio sin corona en el que «no se ponía el sol», fue proclamado rey con el nombre de Filipe I de Portugal por las Cortes de Tomar. La Unión Ibérica se convertía en una realidad y el reino luso pasaba a formar parte de la corona hispánica. Algo que engrandecía el poder de los Austrias españoles pero que no era bien visto por amplios sectores de la sociedad lusa, que se sentían humillados ante tan grande agravio a su independencia y honor.

Olivares

Durante décadas el reino portugués formó parte del reino de España, pero la tensión por diversos motivos políticos y la decisión de poner impuestos a favor de la corona a partir de 1611 (lo que empobreció a la población del país vecino) extendió un movimiento de sublevación que en torno a 1630 experimentó diversas escaramuzas y levantamientos (en su mayoría anecdóticos) que en los primeros años del reinado de Felipe IV, y a causa de la dura reglamentación del Conde-Duque de Olivares (en la presión fiscal debida a la castellanización de los territorios peninsulares), culminaría con el estallido de la sublevación en 1640.

Duque de Braganza

En 1638, ante el agravamiento de la situación, se convocó en Madrid, capital del reino de España, la Junta Grande de Portugal y en marzo de 1639 se suprimió el Consejo de Portugal, que fue sustituido por una Junta situada en Lisboa y otra más sita en Madrid. El descontento se había manifestado en varias revueltas populares en 1634 y 1637 respectivamente, en la región del Alentejo y otras ciudades, sin demasiadas consecuencias, aunque la insurrección estaba a punto de estallar. El personaje principal que encabezaría la oposición a España sería Joao, Duque de Braganza, aunque durante meses se mostró reacio a encabezar la conjura, entregado a su pasión, la música, en el Palacio de Villaviciosa. Finalmente aceptó ser nombrado rey pero no ser el líder de la insurrección. A la espera de que esta triunfase, permaneció en su dorado retiro.

Margarita de Saboya

El despótico gobierno de Miguel de Vasconcelos y Diego Suárez, secretarios de Estado de la virreina Margarita de Saboya, y ciertos agravios y exacciones violentas, fueron la chispa que hizo explotar a los rebeldes. Aprovechando que el grueso de las tropas españolas se hallaba desplegado en Cataluña, donde la situación era aún más delicada, los conjurados proclamaron la independencia de Portugal el 1 de diciembre de 1640. A las 9 de la mañana, los insurrectos ingresaron al Paço da Ribeira, en Lisboa, y asesinaron y arrojaron por la fachada del Palacio Real, que da a la Plaza del Mercado lisboeta, al secretario de Estado, Miguel de Vasconcelos, arrestando a su vez a la virreina en su gabinete, siendo encerrada en el Convento de Santos-o-Novo.

Asesinato de Vasconcelos

El Duque de Braganza aceptó la autoridad de la rebelión y se intituló rey de Portugal ese mismo día 1 bajo el nombre de Juan IV, dando inicio a la cuarta dinastía lusa o dinastía de Braganza.

La respuesta de España

Álvaro de Bazán

La confirmación del triunfo del alzamiento llegó a Madrid el 7 de diciembre de 1640, y en la corte se prohibió, bajo pena de vida, que se hablase del asunto. Pero el mecanismo de la guerra se puso en marcha. Rápidas operaciones militares dirigidas por el anciano duque de Alba por tierra y por el Marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán, por mar, fueron la respuesta de la corona española a tal desafío. Por el norte tuvo especial importancia la compañía que capitaneaba D. Fernando de Castro, Conde de Lemos, constituida en parte por gente reclutada en la antigua provincia de Tuy, y a cuya fuerza expedicionaria no dudaron en sumarse muchos ciudadanos de La Guardia (hoy A Guarda, la hermosa tierra de mi familia materna desde cuya playa de O Molino se vislumbra el norte de Portugal con tal nitidez que parece que uno pudiera, apenas entornando los ojos, agarrarlo con la palma de su mano), y de comarcas adyacentes.

Sancho Dávila

A ellos se unieron también los tercios reunidos en la ciudad de Pontevedra bajo las órdenes de D. Sancho Dávila, Maestre de Campo, apodado «el Rayo de la Guerra» (que en 1580 fue vencido por el prior de Crato en la Batalla de Alcántara pero que el 24 de octubre de ese mismo año conquistó Oporto para la corona), al igual que hicieron otros señores cumpliendo los mandatos de Felipe IV, como D. García Sarmiento de Sotomayor, Señor de Salvatierra, que acudió con sus vasallos a formar parte del ejército invasor. Movimientos de tropas similares tuvieron lugar en las otras fronteras entre España y Portugal, principalmente en territorio extremeño.

Los Habsburgo bautizaron a Juan IV como «El Tirano», mostrándolo en su propaganda como a un traidor. El 28 de enero de 1641 se iniciaron las sesiones de las Cortes que legitimaron la «restauración» de Juan al trono portugués. La falta de combates de importancia daría a los portugueses dos largas décadas para fortalecer su defensa frente a Castilla, reconstruyendo fortalezas, creando un ejército más efectivo y haciéndose con armas para su defensa. El país luso quedó dividido en seis regiones militares y se emprendieron una serie de obras de fortificación tanto de las fronteras como de las ciudades del interior en previsión de posibles ataques españoles.

El rey Juan IV de Portugal
Escudo de armas de Juan IV

En un principio, Juan IV actuó de forma precavida: mantuvo el sistema legal del periodo anterior y a la mayoría de cargos de responsabilidad. A su vez, creó el Consejo de Guerra, el Consejo Ultramarino y emprendió las reformas del Consejo de Estado y del Consejo de Hacienda. Sobrevivió a un intento de regicidio en 1647 y murió el 6 de noviembre de 1656 debido «al mal de la gota y la piedra», cuando ya había fallecido su primogénito, el infante Teodosio, príncipe de Brasil (que murió en 1653, a los 19 años), extendiendo la leyenda de la maldición que pendía sobre los Braganza.

Melo

El periodo de 1640 a 1668 se caracterizó por enfrentamientos periódicos entre ambos reinos, desde pequeñas escaramuzas a graves conflictos armados. El frente se mantuvo prácticamente estático y, por parte española, era fundamentalmente defensivo, pues la prioridad de la Corona era sofocar la Sublevación de Cataluña. Siguiendo el llamamiento de Juan IV, algunos cientos de soldados cambiaron de bando, pero otros no, y de hecho, en el frente catalán combatieron numerosos soldados portugueses a favor de los Austrias y la unidad en su conjunto llegó a estar al mando de un luso, Francisco Manuel de Melo.  En un primer momento, de hecho, el gobierno madrileño permitió que los rebaños portugueses pasaran a Extremadura y que jornaleros lusos participaran en la siega en Castilla en 1641. La corte madrileña pasaría de la guerra defensiva a la ofensiva en 1657.

La debilidad de ambos reinos retrasó los enfrentamientos bélicos que debían decidir la cuestión de la independencia portuguesa, lo que hizo que la guerra durase 27 largos años, siendo la más larga del siglo XVII en la península Ibérica.

Victorias olvidadas y la derrota de un imperio

En una larga guerra de casi 28 años, hubo importantes éxitos de los Tercios españoles que caerían en el olvido por el fracaso final de la Corona hispánica a la hora de retener el trono luso, y precisamente un portentoso ensayo que acaba de publicar la editorial Actas recoge esas victorias y una visión de conjunto detallada y analítica de aquella longeva contienda. El libro en cuestión es La Guerra de Portugal (1640-1668), obra de Enrique F. Sicilia Cardona.

Por sus páginas caminan personajes fascinantes de ambos bandos, convencidos de que estaban llamados a realizar grandes hazañas y de la victoria final, y se desgranan las traiciones y alianzas de ingleses y franceses que se coaligaron para ayudar a los resistentes lusos y derribar así al gigante con pies de barro en que se había convertido la monarquía hispánica, que no obstante atesoraba un poder y dignidad todavía apabullantes. Un escenario que trascendía, por tanto, la política de la Península y se convertía en otra guerra más de escala internacional en aquel siglo de contrastes y una dura pugna por controlar la hegemonía de Occidente que fue el Barroco.

Asedio de Badajoz. 1658

Su autor, profesor de Humanidades, conferenciante y especialista en temas histórico-militares, despliega un exhaustivo conocimiento de la época y las múltiples aristas de aquel conflicto y hace un uso encomiable de una cantidad de fuentes documentales que asusta. Recupera así, en su conjunto, esa caída marcial final y pone los puntos sobre las íes en lo que a la restitución de nuestro pasado se refiere, un pasado de contraluces que no obstante resulta apasionante.

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Norsk-Hydro: la batalla del agua pesada (II)

En un post anterior vimos cómo los nazis llevaron a cabo la investigación nuclear en búnkeres secretos bajo tierra que tardaron setenta años en ver la luz. Pero el proceso de obtención de la energía atómica sería diferente al llevado a cabo por los aliados. Un elemento fundamental era el agua pesada. Y neutralizar su uso fue uno de los objetivos de los comandos especiales enviados para sabotear el programa atómico del Reich. El libro «La Brigada de los Bastardos» (Ariel, 2021), del brillante divulgador estadounidense Sam Kean, recupera ésta y otras acciones casi suicidas llevadas a cabo por grupos de la Resistencia financiados por Londres y Washington.

A pesar del fracaso y el amplio coste en vidas humanas, en la central londinense del SOE no se dieron por vencidos y, ante la insistencia de Churchill, se decidió formar un nuevo comando. El coronel John Skinner «Belge» Wilson, quien al comienzo de la guerra dirigía el centro de entrenamiento del SOE en Norgeby House –y fuera jefe de Policía en Calcula, además de estar al mando de los boy-scouts ingleses–, fue puesto al frente de la sección noruega del organismo y se ocupó de instruir a un grupo de seis jóvenes agentes noruegos en técnicas de sabotaje para llevar a cabo un nuevo intento de destruir la fábrica de agua pesada.

Ronnenberg

Al frente de la nueva operación fue designado el joven de 23 años Joachim Ronneberg (quien moriría en 2018, a los 99 años), también en nómina del SOE, organismo conocido por los alemanes despectivamente, aunque no sin fundamento, como la «Escuela de Bandolerismo Internacional». El propio Ronneberg escogió a otros cinco hombres que, con los cuatro de avanzadilla que ya se encontraban en la zona de Hardangervidda, completarían el equipo, entre ellos Knut Haukelid, un neoyorquino cuyos progenitores eran también noruegos.

Operación Gunnerside

Los seis agentes fueron trasladados a una escuela de adiestramiento especial del SOE que había sido desalojada al completo porque era necesario construir en ella un modelo a escala de cada una de las 18 celdas de alta concentración de agua pesada que se hallaban en la Norsk-Hydro, pues era de suma importancia que los saboteadores pudieran identificar correctamente la maquinaria objeto de su ataque. Una vez terminada, Ronneberg y sus hombres practicaron sin cesar la forma de colocar, incluso en la oscuridad, explosivos simulados, familiarizándose con la planta hidroeléctrica.

Miembros de la Operación Gunnerside del SOE

Mientras tanto, llegaba a Londres con su valiosa información bajo el brazo el citado doctor Brun. El nuevo comando dispondría, pues, de importantes planos de la planta facilitados por éste y Tronstad que sirvieron para reconstruir a escala natural las partes más importantes de la instalación, entre ellas, como apunta Janus Piekalkiewicz en su libro de cabecera Espías, agentes y soldados, «las secciones de concentrado y embotellamientos», por lo que los oficiales aprendieron a situar las cargas explosivas con rapidez y de forma segura, incluso en la oscuridad si fuera necesario. 

Acceder a la fábrica no era lo que se dice sencillo; únicamente existían dos vías de acceso: a través de un puente suspendido sobre un barranco de 50 metros de profundidad, que estaba custodiado por dos centinelas, y a través de una línea férrea. Optaron por la segunda de las opciones, pero para llegar hasta las vías, los agentes del SOE debían descender el barranco hasta el río Maan y después escalar la pared contraria. A pesar de que se habían endurecido las medidas de seguridad tras el fracaso de la Operación Freshman, los alemanes, convencidos de que los aliados no intentarían un sabotaje en invierno, relajaron la protección de la factoría. Una vez que acababa la vía, se llegaba a unos cobertizos, ya en terrenos de la Norsk-Hydro y el acceso a éstos solamente estaba bloqueado por un sencilla puerta de alambre provista de un candado y una cadena. Lo más difícil sería escalar y después hacer rappel, pero, como el grupo Swallow, los seis nuevos agentes eran expertos montañeros.

El equipo de apoyo

Haugland

Mientras tanto, en la cabaña reconvertida en centro de transmisiones, el operador Knut Haugland, que al igual que sus compañeros no había dejado de trabajar en la misión a pesar de la tragedia de los planeadores, recibía noticias de Londres, a la vez que un ingeniero que actuaba como su enlace en la fábrica les facilitaba datos sobre la manipulación del agua pesada y qué tipo de medidas de seguridad habían adoptado los alemanes, además del emplazamiento de las baterías antiaéreas y los campos de minas.

Para no poner sobre alerta a los nazis, que podían tener interceptadas las líneas, hasta el último momento no se informó a los agentes que partían de Londres del lugar exacto del aterrizaje. Se les entregó, junto al equipo, una píldora de cianuro, por si acaso debían tomar la salida rápida. La noche del 16 de febrero de 1943, un bombardero Halifax trasladó a los seis oficiales noruegos, que saltaron en paracaídas sobre la meseta de Hardangervidda. Tras varios días de búsqueda en medio de una condiciones climáticas muy adversas, se unieron al grupo de avanzadilla y todos se ocultaron a unos tres kilómetros de Rjukan, en otra cabaña abandonada, donde perfilaron los últimos detalles de la misión de sabotaje.

Poniendo en práctica lo que tantas veces habían ensayado en la escuela del SOE en Inglaterra, procedieron a llevar a cabo la misión en la fábrica de Norsk-Hydro. Tras retener a un trabajador noruego en la factoría, colocaron las cargas explosivas en las cámaras de electrólisis de agua pesada, abandonando en el lugar, de forma deliberada, un subfusil británico para dejar claro que se había planificado en plan en Londres y que los nazis no tomaran represalias contra la población civil. No querían que sucediera lo mismo que en Praga tras el atentado y posterior muerte del implacable Reinhard Heydrich.

Josef Terboven

Poco después de que los saboteadores huyeran, las cargas comenzaron a detonar. Al día siguiente se produjo en Rjukan una reunión de urgencia entre el comisario del Reich en la zona, Josef Terboven, y el jefe de las SS y de la policía de ocupación en Noruega, Wilhelm Rediess, que ordenaron la detención de medio centenar de personas en calidad de rehenes. Sin embargo, pocas horas después el general de la Wehrmacht, Nikolaus von Falkenhorst, célebre por ejecutar la Operación Weserübung –nombre en clave del asalto alemán sobre Dinamarca y Noruega– ordenó poner en libertad a los prisioneros, alegando que se trataba de una operación de índole militar, ajena a la población civil, aún a sabiendas de que la Resistencia local debía estar de una u otra forma involucrada en el acto de sabotaje. Sin duda, sabía que una represalia sobre los habitantes del lugar tan solo serviría para aumentar la tensión en un país donde los grupos opositores eran muy activos ante la ocupación alemana.

Nikolaus von Falkenhorst

Aún así, Von Falkenhorst decidió peinar la meseta de Handargevidda con unos 3.000 hombres en busca del grupo de comandos británico que creían se encontraba oculto. Quemaron las cabañas y los refugios pero no los encontraron. Seis de los diez hombres del comando que llevó a cabo la Operación Gunnerside ya habían conseguido huir a Inglaterra vía Suecia, tras haber recorrido 300 kilómetros en apenas dos semanas, mientras otros cuatro, comandados por Haukelid, permanecieron en el país para continuar al servicio de la Resistencia.

Última misión en el lago Tinn

La zona de la fábrica donde se producía el agua pesada sufrió grandes daños, pero ello no impidió que apenas seis meses después la planta de Vermok ya estuviera reparada y el agua pesada volviera a producirse. Enterado de ello Churchill, para detener la carrera atómica nazi esta vez hizo oídos sordos a las reticencias de los noruegos y dio luz verde al bombardeo de la planta. Sería la Fuerza Aérea Norteamericana, con sus Fortalezas Volantes B-17, las que lanzarían más de setecientas bombas sobre la planta de Norsk-Hydro el 16 de noviembre de 1943, con la lamentable pérdida de la vida de veinte civiles noruegos.

Haukelid

Debido a los daños causados en la fábrica, los alemanes decidieron trasladar las reservas de agua pesada que aún poseían hasta Alemania: nada menos que 39 barriles que contenían catorce toneladas del preciado líquido. En cuanto tuvo conocimiento de ello, Einar Skinnarland informó a Londres. Fue de nuevo Winston Churchill quien dio la orden a la Ejecutiva de Operaciones Especiales para que se tomaran medidas drástica para acabar con aquel cargamento. Sería Knut Haukelid quien recibiría el encargo de llevar a cabo la nueva misión.

Sabedores de que podían ser objeto de un nuevo sabotaje, los nazis blindaron el tren que debía transportar los barriles hasta Alemania con un centenar de centinelas. Sin embargo, en un punto del trayecto, concretamente donde se situaba el lago Tinn, la vía férrea se cortaba y los barriles debían ser trasladados a bordo de un transbordador ferroviario que realizaba un trayecto de unos treinta kilómetros sobre el agua entre las localidades de Mael y Tinnoset.

El plan era hundir el ferri, concretamente el SF Hydro. Debido a que el lago Tinn, uno de los más grandes de Noruega, alcanzaba una profundidad de hasta cuatrocientos sesenta metros, los alemanes no podrían recuperar los barriles de su fondo. Era, no obstante, una misión muy arriesgada que conllevaba, a su vez, la pérdida de vidas civiles como graves «daños colaterales» de la guerra secreta. No obstante, gracias a varios empleados de la Norsk-Hydro que trabajaban en secreto para la Resistencia, se pudo retrasar la salida del ferri un día, del 19 de febrero, sábado, al 20, domingo, el día de la semana que la cantidad de pasajeros era menor.

SF Hydro

La madrugada del día 20 de febrero de 1944, Haukelid y otros tres saboteadores penetraron en el HMS Hydro y colocaron ocho kilos y medio de explosivo en la sentina del ferri. A las 10.30 horas de la mañana la carga hizo explosión y al cabo de unas horas la embarcación descansaba en el fondo del lago Tinn. Habían muerto catorce civiles, entre tripulantes y pasajeros, pero gran parte del cargamento de agua pesada destinado al esfuerzo nuclear del Tercer Reich quedó inservible.

En 1965, Anthony Mann dirigía la cinta Los héroes de Telemark, protagonizada por Kirk Douglas, una versión con algunas inexactitudes históricas como la mayoría de películas gestadas por Hollywood, aunque de buena factura y muy entretenida. Tuvieron que pasar cinco décadas hasta que se recuperaran los primeros restos de aquel naufragio que puso punto y final a la Operación Gunnerside, que pasaría a la historia como «la Batalla del Agua Pesada».

PARA SABER ALGO (MUCHO) MÁS:

Este episodio se recoge, junto a muchos otros vinculados al trabajo de sabotaje de los aliados para frenar el proyecto atómico nazi, en el vibrante ensayo La Brigada de los Bastardos. La apasionante historia de los científicos y espías que sabotearon la bomba atómica nazi, publicado recientemente por Crítica. En realidad, la «batalla del agua pesada» fue uno más (aunque relevante) de los episodios que se encuadraron en un plan mucho más ambicioso que partió de reuniones secretas en Washington y que fructificó gracias a la estrecha colaboración entre los servicios secretos estadounidenses y los británicos.

Mientras se planificaba de forma reservada el Proyecto Manhattan en Los Álamos, la Oficina de Servicios Estratégicos –OSS, antecesora de la CIA–, ideó un plan secreto que recibió el nombre de Operación Alsos. En griego dicha palabra significa «arboleda», equivalente en inglés a «grove», en alusión al jefe de la operación, el general Leslie R. Groves, director general del Distrito Mahattan de Ingeniería (popularmente conocido como Proyecto Manhattan).

Su objetivo era rastrear y entorpecer las investigaciones sobre energía nuclear llevadas a cabo por los potencias del Eje, principalmente el Tercer Reich. El corazón de la misión Alsos estaba conformada por el grupo que da nombre al ensayo: la llamada «Brigada de los Bastardos», un grupo de soldados, científicos y agentes secretos que se infiltraron entre los físicos, químicos y militares alemanes para detener la amenaza más aterradora de la guerra: que Hitler dispusiera de una bomba nuclear.

El resultado fue, como hemos visto en esta entrada, un complot digno del mejor thriller, pero rigurosamente real, y documentado con mimo por el divulgador científico Sam Kean, con ese estilo claro, directo y en ocasiones cercano al humor que le caracteriza y que le ha hecho merecedor de una gran notoriedad y una legión de seguidores. Es colaborador de medios como The New Yorker, The Atlantic, The New York Times Magazine o Science, y ha publicado obras convertidas en auténticos bestseller como La cuchara menguante, El pulgar del violinista, El último aliento de César y Una historia insólita de la neurología, todos ellos publicados por la editorial Ariel.

Leslie R. Groves

Aquellos hombres de la «brigada» que bien pudieron inspirar a Quentin Tarantino para su película Malditos Bastardos, que arriesgaron sus vidas en pro de la libertad, orquestaron todo tipo de sabotajes, impulsaron el espionaje a una escala nunca antes vista y cometieron incluso asesinatos para frenar las aspiraciones del Führer. Entre ellos destacaron con luz propia el ex jugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit o el general Leslie R. Groves, pero hubo muchos más, y todos tienen su momento de gloria en estas páginas (prolongación en papel de su verdadera actuación en el curso de la HISTORIA con mayúsculas). Un relato vibrante y en ocasiones increíble (aunque sucedió) que podéis adquirir en el siguiente enlace:

https://www.planetadelibros.com/libro-la-brigada-de-los-bastardos/331525

Comandos y operaciones especiales en la II Guerra Mundial (Susaeta):

Y si lo que queremos es realizar un acercamiento, ameno a la vez que instructivo, al gran teatro de operaciones secretas y clandestinas que tuvieron lugar en aquella brutal conflagración, nada mejor que sumergirnos en las páginas, profusamente ilustradas a todo color y acompañadas de mapas y gráficos, de Comandos y operaciones especiales de la II Guerra Mundial, una joya gráfica editada por Susaeta Ediciones. Un recorrido vertiginoso por las unidades de comandos de ambos contendientes que, alcanzando un desarrollo y perfeccionamiento colosal, se desplegaron por desiertos, mares, selvas, acantilados, montañas y urbes asediadas como Stalingrado o Berlín…

Esta magnífica selección –pues fueron tantas que harían falta miles de páginas para detallar cada una de ellas– contempla operaciones famosas como la Operación Fortitude (que permitió el Desembarco de Normandía, el gran asalto a la Fortaleza Europa), o la Operación León Marino, que planeó la invasión –frustrada– de Gran Bretaña por la Wehrmacht, y otras menos conocidas, como la Operación Gleiwitz (una operación de falsa bandera que atribuyó a los polacos el ataque a la frontera alemana y justificó la invasión del país por los ejércitos de Hitler) pero que contribuyeron, algunas de manera decisiva, al resultado final de la mayor sangría conocida por el hombre contemporáneo.

He aquí el enlace para hacerse con este volumen:

https://www.editorialsusaeta.com/es/libros-de-guerra/11847-comandos-y-operaciones-especiales-en-la-ii-guerra-mundial-9788499284859.html